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miércoles, 1 de marzo de 2023

Alemania en el mundo tras la "Zeitenwende"

El inicio de la invasión rusa de Ucrania ha supuesto un cambio de paradigma en las relaciones internacionales. Las predicciones de los analistas apuntan desde a una reedición de la Guerra Fría hasta al nacimiento de un tablero global fragmentado en diversos bloques que acabe con la globalización liderada por Occidente tras la caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética. 

Alemania, una potencia económica de primer nivel y política de peso medio, intenta resituarse en ese nuevo contexto internacional. Tres días después del inicio de la invasión rusa, con solemnidad y ante el Bundestag, el canciller alemán, el socialdemócrata Olaf Scholz, calificó ese momento de impasse con la palabra “Zeitenwende” – traducido al castellano, algo así como “periodo de transición” –. Curiosamente – o no tanto –, la palabra “Wende” también se utiliza popularmente en Alemania para calificar la transición iniciada con la caída del Muro de Berlín en 1989 y culminada con la reunificación del país en 1990. La primera economía de la Unión Europea se encuentra sumida, por tanto, en un momento de redefinición de su papel en el mundo. 

Haciendo retrospectiva de los últimos doce meses, la frenética sucesión de acontecimientos en plano internacional ha dejado al menos cuatro grandes transformaciones en la política exterior alemana: la decisión de enviar armamento a un país en guerra en contra de la tradición del país tras la Segunda Guerra Mundial; el refuerzo de las relaciones transatlánticas y de la OTAN como principal instrumento de Defensa para Alemania; la ruptura económica con Rusia y el consecuente fin de la dependencia energética por las importaciones fósiles del Kremlin; y la pérdida de peso en el tablero internacional y, especialmente, dentro de la Unión Europea, cuyo eje gira actualmente hacia el flanco oriental del bloque en una lógica de rearme frente a Rusia. 


1. Nueva doctrina militar y armamentística: 

Tras la traumática experiencia del nazismo y de la Segunda Guerra Mundial, la República Federal apostó por intentar evitar el envío de armamento a regiones en guerra o de crisis como compromiso a no alimentar conflictos armados más allá de sus fronteras. Para implementar esa decisión histórica, y tratándose de uno de los principales países productores y exportadores de armas del mundo, Alemania cuenta con la llamada “cláusula de permanencia final” (Enverbleibsklausel, en alemán) que establece una autorización obligatoria de Berlín en caso de que un comprador de armas alemanas quiera revender o ceder el armamento a terceros países. 

Esa política de exportación limitada de armas no siempre ha funcionado, como demuestra el caso de los fusiles de asalto G36 del fabricante alemán Heckler & Koch que sirvieron para violar derechos humanos y asesinar a estudiantes en México. La venta de armas a Arabia Saudita y otras monarquías del Golfo Pérsico, que participan en guerras fuera de sus fronteras como la de Yemen, también ha motivado críticas dentro y fuera de Alemania. 

El inicio de la invasión rusa de Ucrania supone, no obstante, un salto cualitativo en la doctrina militar y armamentística del Gobierno federal: poco después de que las tropas rusas cruzasen las fronteras ucranianas, Scholz anunció la intención de su Gobierno de invertir 100.000 millones de euros en el ejército alemán en lo que será el mayor rearme de la historia de la República Federal. 

Esa ingente inversión busca volver a colocar a Alemania entre unos de los países que más gaste en Defensa dentro de la OTAN tras décadas de austeridad en sus propias fuerzas armadas. Esa contención presupuestaria en Defensa también tiene el telón de fondo histórico de que el militarismo no haya tenido buen cartel electoral en Alemania ya desde antes del fin de la Guerra Fría. 

La implementación de ese presupuesto extraordinario no va a ser, sin embargo, tarea fácil. La dimisión el pasado diciembre de la ministra alemana de Defensa, la socialdemócrata Christine Lambrecht, así lo apunta. El también socialdemócrata Boris Pistorius – exministro de Interior del Estado federado de Baja Sajonia – asumió una cartera históricamente muy complicada en la República Federal. De momento, Pistorius parece estar en disposición de llevar adelante la reforma de la Bundeswehr. De puertas para fuera, muestra un alineamiento cerrado con la precavida postura de Scholz. El canciller ha expresado en diversas ocasiones su temor a que la actual situación desemboque en un enfrentamiento directo entre la OTAN y Rusia y, por consiguiente, en la Tercera Guerra Mundial. 


2. Reforzamiento de la dependencia trasatlántica: 

Pese a ciertas resistencias, el Gobierno alemán ha mantenido un dubitativo pero constante suministro de armas al ejército ucraniano en coordinación con EE.UU. y con el resto de países de la OTAN. En este apartado, Scholz ha sido especialmente cuidadoso. Como han reconstruido diversos medios alemanes, como los semanarios Der Spiegel y Die Zeit, la condición que puso Scholz para dar luz verde al envío a Ucrania de tanques de producción alemana Leopard 2 fue que Washington hiciera lo propio con sus tanques de combate Abrams. 

Ante la ya complicada imagen de ver de nuevos tanques alemanes combatiendo en Ucrania – la última vez fue durante la Segunda Guerra Mundial por orden de los nazis –, el Gobierno de Scholz quiere evitar a toda costa que el envío de armas pesadas alemanas al frente ucraniano sea interpretado como una decisión en solitario y por riesgo propio. Ese temor demuestra la dependencia que Alemania sigue teniendo de la OTAN – con EE. UU. al frente – y que muy probablemente se profundizará ya desechado el sueño de algunos líderes europeos de establecer una “autonomía estratégica” que hiciera a la Alianza Atlántica algún día prescindible en el seno de la Unión Europea. 

Las voces que apuestan por un reforzamiento de la OTAN y de una mayor aportación de Alemania a la Alianza Atlántica se han hecho aún más fuertes en el debate público del país durante los últimos doce meses. Más allá de la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) y de algunas voces dentro de la alianza de poscomunistas y exsocialdemócratas de Die Linke que niegan la necesidad de continuar dentro del bloqueo militar, en el parlamento alemán predomina el consenso sobre que el futuro de Alemania está dentro de la OTAN. 

Esa posición es compartida por los cuatros grandes partidos históricos de la República federal: conservadores de la CDU-CSU, socialdemócratas del SPD, liberales del FDP y ecoliberales de Los Verdes. Ni siquiera entre los verdes, cuyas raíces descansan en el antimilitarismo de la década de los 80, hay voces de peso que pongan en duda el papel de la OTAN en la seguridad de Alemania. La actual ministra de Exteriores alemana, la co-vicepresidenta verde Annalena Baerbock, es, de hecho, una de las voces más pro-atlantistas y agresivas frente a Rusia de la actual política federal alemana. 


3. Adiós definitivo al gas ruso: 

Antes del 24 de febrero de 2022, Alemania importaba de Rusia la mitad del gas que consumían su industria y sus hogares. Hoy ese gas ya ha desaparecido del mercado energético alemán. A ello han contribuido las sanciones impuestas por Occidente a la economía rusa, la decidida decisión estratégica del Gobierno tripartito alemán – SPD, Verdes y liberales – de poner fin a las importaciones fósiles de Rusia y también el sabotaje de los gasoductos Nord Stream 1 y 2 que unían la Federación Rusa con la República Federal. 

Esa dependencia energética no es precisamente una cuestión reciente: las importaciones de gas y petróleo de Rusia a la República Federal se iniciaron a finales de la Guerra Fría. Era la consumación del principio político “Wandel durch Handel” (“Cambio a través del comercio”), establecido con la Ostpolitik del canciller socialdemócrata Willy Brandt a finales de los sesenta. La normalización de las relaciones comerciales y económicas debía llevar a cambios políticos en el mundo bipolar establecido por la Guerra Fría y acabar desembocando en la reunificación alemana, como acabó ocurriendo en 1990.

La nueva política agresiva del Gobierno de Vladimir Putin en la histórica área de influencia soviética y el fin de la compra de hidrocarburos a Rusia – la principal relación económica entre ambos países – ha dado al traste con el principio político del “Wandel durch Handel”, lo que además ha dejado en mal lugar a no pocas figuras socialdemócratas alemanas, siendo el excanciller Gerhard Schröder – amigo íntimo de Putin que se enriqueció gracias a su presencia en la dirección de varias empresas energéticas rusas – el gran ejemplo. 

El fin de la llegada del gas ruso no ha acabado dando lugar a los peores augurios proyectados el pasado año: es decir, un colapso económico a causa del cierre de la principal fuente de energía que alimentaba los procesos productivos de la industria alemana. A ello han contribuido un invierno relativamente suave, el ahorro en el consumo y también la importación de gas de Noruega y de gas licuado de EE.UU. y de otros países proveedores como Qatar. Ese gas licuado es, sin embargo, notablemente más caro que el gas que llegaba por los gasoductos procedentes de Rusia, lo que está encareciendo la producción industrial, reduciendo la competitividad alemana y contribuyendo a mantener elevada una inflación que cerró 2022 por encima del 8 por ciento en la primera economía de la UE. 

Alemania ha conseguido eliminar a marchas forzadas su dependencia energética de Rusia, pero su economía – renqueante ya antes del inicio de la invasión – mantiene el reto de reconvertirse sin perder la competitividad a la que contribuía el acceso barato al gas ruso. El Gobierno alemán mantiene, de momento, su objetivo de convertirse en la primera potencia industrial del mundo que convierta las fuentes de energía renovables en la columna vertebral de su matriz energética. 


4. Pérdida de peso geoestratégico: 

El último viaje a Europa del presidente de Estados Unidos no lo llevó a Berlín. Tras visitar por sorpresa al presidente ucraniano Volodimir Zelenski en Kiev, Joe Biden pasó por Varsovia en una señal del peso que ha ganado Polonia en la relación trasatlántica entre la Unión Europea y Estados Unidos. Con una política exterior comunitaria que sigue careciendo de una postura común en muchas cuestiones – como la Defensa o la política migratoria, por poner sólo dos ejemplos –, la Polonia gobernada por el partido ultranacionalista y ultraconservador PiS toma cada vez más relevancia en detrimento del liderazgo histórico del eje París-Berlín en la UE. 

“¿No tiene usted la sensación de que Alemania, el socio tradicionalmente más importante de EE. UU. en Europa en cuestiones como la cooperación militar, está perdiendo poco a poco cada vez más peso?”, le preguntó recientemente un periodista de la redacción polaca del canal alemán internacional Deutsche Welle a Michael Roth, diputado federal socialdemócrata y presidente de la comisión de Asuntos Exteriores del Bundestag

La respuesta de Roth rechazó cualquier tipo de “envidia” de Berlín respecto a Varsovia y realzó la reciente capacidad del canciller Scholz de convencer a Washington para que enviase tanques Abrams al frente ucraniano. Este último movimiento fue, curiosamente, interpretado en el extranjero como un síntoma de la debilidad y la dependencia del Gobierno alemán respecto al “hermano mayor americano”. 


Análisis publicado por el portal EsGlobal.org.

viernes, 17 de enero de 2020

El asesinato de Soleimani salpica a una base de EEUU en Alemania

La onda expansiva política y diplomática generada por el asesinato del general iraní Qasem Soleimani el pasado 3 de enero en Bagdad podría rebasar el territorio de Oriente Próximo. Alemania es una de las fichas de ese movimiento militar de Estados Unidos para la que también debería haber consecuencias. Esa es al menos la opinión del veterano activista y antimilitarista alemán Hermann Theisen. El asesinato extrajudicial de Soleimani habría sido imposible sin la participación de la base militar estadounidense situada en la ciudad alemana de Ramstein, asegura. 

“Hoy sabemos que los drones militares operados desde Estados Unidos utilizan el repetidor de la base de Ramstein para llevar a cabo sus ataques en Oriente Medio. Y lo sabemos porque, debido a la curvatura de la tierra, un pilotaje sólo con la ayuda de satélites genera un retraso en la transmisión de datos que provoca, a su vez, que los ataques pierdan efectividad y exactitud”, me explica por teléfono Theisen. “Hasta ahora se desconoce si hay otra base con un repetidor como el que tiene Ramstein que pudiera servir de alternativa para las operaciones militares de Estados Unidos en Oriente Próximo. Ello nos lleva a concluir que los ataques de dron como el ejecutado contra Soleimani se realizan a través de Ramstein”. 

Historial de denuncias 

“Denuncia contra Ramstein”. Este fue la noticia que algunos pocos medios alemanes recogieron la semana pasada. Un activista anónimo había interpuesto una denuncia contra la base militar estadounidense en el estado federado de Renania Palatinado por “colaboración o participación en el pilotaje de un dron de combate en el asesinato del iraní Soleimani y de otras personas”. La fiscalía de Zweibrücken confirmó la recepción de la denuncia, cuyo autor fue el mismo Hermann Theisen.

Ramstein acumula un largo historial de denuncias contra prácticas que presuntamente violan la legislación alemana y la soberanía nacional del país. En 2016, el eurodiputado verde Hans-Christian Ströbele ya interpuso una denuncia contra el centro de operaciones militares por su participación en los ataques de Estados Unidos en Oriente Próximo y África. 

En 2015, la publicación por la revista alemana Der Spiegel y el portal The Intercept de los llamados “Drone Papers” - que dejaron a la luz documentos militares estadounidenses - ya apuntó el papel clave que juega Ramstein en la “guerra de drones” global llevada adelante por el ejército estadounidense y la CIA ya desde la anterior administración de Barack Obama. 

La ejecución de Soleimani no hace más que volver a poner sobre la mesa del poder judicial alemán un espinoso tema con implicaciones diplomáticas y políticas que incomodan al gobierno de Berlín. En 2013, el libro “Geheimer Krieg” ("Guerra secreta"), de los periodistas de investigación Christian Fuchs y John Goetz, lo expuso de una manera menos diplomática de lo que le gustaría al poder político alemán: “El gobierno federal es el anfitrión del comando militar de Estados Unidos sin el permiso del Bundestag”. 

Precedente judicial 

“El estatus de las tropas de la OTAN estacionadas en Alemania establece que están obligadas a respetar las leyes del estado en que el residen”, argumenta Hermann Theisen. “En el caso de las disposiciones legales que tienen que ser cumplidas por las tropas extranjeras en Alemania, destacan la prohibición de una agresión militar, establecida por el artículo 26 de la Constitución alemana, así como el respeto del derecho internacional”. El asesinato extrajudicial de Soleimani, en caso de haberse ejecutado con la participación de la base, quebranta ambas obligaciones legales.

El incómodo rol de Ramstein ya generó el año pasado una sentencia considerada un antes y un después en el encaje legal de la base en el orden constitucional de Alemania: el Tribunal Superior Administrativo de Münster ordenó al gobierno de Angela Merkel a comprobar la legalidad de las operaciones militares que Estados Unidos lanza desde la base. La sentencia llegó tras la denuncia de tres ciudadanos yemeníes que perdieron familiares en un ataque con drones estadounidenses en 2012.

  

“Esa sentencia apunta que las consultas del gobierno alemán al estadounidense son insuficientes, y que Berlín podría tener que exigir a Washington la aportación de pruebas de que sus tropas están respetando las leyes alemanas”, analiza Thiesen. En el aire queda si su denuncia dejará de ser un mero gesto simbólico para convertirse en otro precedente legal. 

El veterano pacifista, que lleva desde la década de los 80 militando en el antimilitarismo y que incluso ha pasado en tres ocasiones por prisión por su activismo y sus actos de insumisión, confía en la independencia judicial de su país: “Por mi propia experiencia, puedo decir que Alemania tiene un Estado de Derecho que funciona”.


lunes, 6 de mayo de 2019

'Epidemia ultra’: la ola reaccionaria que contagia a Europa

Las próximas elecciones europeas marcarán “el inicio de una nueva historia para Europa”. Mateo Salvini formuló esta profecía la semana pasada en una comparecencia en Budapest con el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán. La capital húngara fue la última escala de una frenética campaña que el ministro de Interior italiano y líder de la Lega lleva desplegando las últimas semanas con un objetivo explícito: que las fuerzas ultraderechistas, ultranacionalistas y euroescépticas consigan convertirse en la primera fracción del Parlamento Europeo en los comicios de finales de mayo.

Salvini prefiere no hablar de una alianza de derechas, sino de una “alternativa a los burócratas”. Es su estrategia para disfrazar las posiciones de partidos como Alternativa para Alemania (AfD), la Reagrupación Nacional francesa de Marine Le Pen, el Partido Popular danés, la misma Lega italiana o el FPÖ austriaco, con profundas diferencias, pero también con puntos en común: retórica xenófoba, cierre de fronteras, ultranacionalismo, euroescepticismo, revisionismo histórico e islamofobia.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué las familias conservadora y socialdemócrata, los dos grandes actores que históricamente han controlado el Parlamento Europeo, perderán muy probablemente la mayoría absoluta de la cámara? ¿Cuáles son los perfiles de los líderes ultras? ¿Qué los une? ¿Qué los separa? El libro Epidemia ultra. La ola reaccionaria que contagia a Europa, coordinado por el politólogo  Franco Delle Donne y por un servidor, intenta dar respuestas a todas esas preguntas: 15 autores, periodistas y académicos, ofrecen en él una mirada especializada sobre 13 países tan diferentes como, por ejemplo, Italia, Polonia, Bélgica, Grecia, España y Reino Unido, entre otros.


Cuatro crisis

Todos los países ofrecen unas peculiaridades marcadas por su historia nacional, las circunstancias económicas y el contexto geográfico. No obstante, a la hora de teorizar sobre los porqués del contagio ultraderechista, parece que todos comparten una serie de factores. El politólogo Sebastian Friedrich, uno de los mejores analistas sobre el joven partido ultraderechista AfD, lo expone de la siguiente manera: “Las crisis ante las que el proyecto ultraderechista reacciona son cuatro: la del conservadurismo, la de la representación, la del capital y la social”.

Por la crisis del conservadurismo Friedrich entiende la incapacidad de la democracia cristiana y las fuerzas conservadoras de postguerra para mantener la totalidad del votante tradicional a causa de una cierta “socialdemocratización” del discurso (que no de sus políticas); la crisis de la representación hace referencia al concepto de postdemocracia, es decir, la sensación que cunde en una parte del electoral de que las recetas económicas ya están escritas al margen del resultado que arrojan las urnas; la crisis del capital apunta a la crisis del capitalismo en su actual estadio neoliberal; y, para acabar, la crisis social señala las crecientes desigualdades económicas y el impacto en las clases asalariadas generado por la recesión global y la crisis financiera de la última década.

A pesar de estos factores comunes, las diferencias entre países también son destacables. Austria, por ejemplo, es el escenario de “la ultraderecha europea de primera hora", como titula el periodista Juan Carlos Barrena su capítulo dedicado a este país. Lo gobiernos de Gran Coalición con los que democristianos y socialdemócratas austriacos han gobernado buena parte de la historia reciente del país han banalizado el debate político impulsando al FPÖ, un partido de raíces nazis que hoy gobierna en coalición con los conservadores del Partido Popular Austriaco de Sebastian Kurz.

Bélgica, dividida identitaria y lingüísticamente, ofrece un patrón bien diferente. Las dinámicas nacionalistas internas se combinan con el centro de poder de la UE en Bruselas, que atrae a figuras como Steve Bannon, antiguo asesor de Donald Trump y fundador del think tank The Movement, con el cual financia y asesora al frente ultraderechista europeo. Por eso Bélgica puede ser considerada “el laboratorio” de la epidemia ultra que amenaza a todo el continente. Prácticamente ningún país está ya a salvo. La llegada de Vox al tablero político español es el último ejemplo.

Las próximas elecciones europeas amenazan con convertirse en un punto de inflexión en la historia de la UE de consecuencias todavía difícilmente predecibles. El analista político Raúl Gil lo explica gráficamente en su prólogo para Epidemia ultra: "La identidad europea fue herida de muerte en los años de la crisis económica y las políticas de austeridad. Una herida infectada por el nacionalismo, que está empezando a afectar a los órganos vitales”.

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Puedes comprar Epidemia ultra en papel o en formato en digital en el siguiente enlace: https://www.amazon.com/dp/109373485X

Este libro es un proyecto autogestionado y autoeditado, así que tú apoyo nos ayudará a seguir ofreciéndote análisis e información que no encontrarás en otros medios y que te permitirán entender mejor el mundo en que te ha tocado vivir.

martes, 9 de abril de 2019

Europa: ¿nueva ola de antisemitismo?



“Nadie os protege, nadie. Acabaréis todos en una cámara de gas”. Distrito de Schöneberg, Berlín, diciembre de 2017. Un ciudadano alemán amenaza abiertamente al empresario israelí Yorai Fenberg frente a su restaurante. El dueño del local graba la escena con su teléfono y posteriormente la sube a internet. El vídeo es reproducido por medios locales y reaviva automáticamente un debate en realidad nunca acabado en Alemania: ¿sufren el país y el resto de Europa una nueva ola de antisemitismo más de 70 años después del Holocausto, y pese a un intenso y constante trabajo de recuperación de la memoria histórica impulsado por el Estado alemán? 

Después de hacer público este caso flagrante de antisemitismo, Yorai Fenberg ha denunciado en numerosas entrevistas que su local sufre al menos un ataque a la semana: pintadas, pegatinas o llamadas amenazantes. Yorai es un ejemplo claro de una percepción creciente entre los integrantes de la comunidad judía europea: más de un tercio de los judíos que residen en doce países de la Unión Europea barajan la posibilidad de emigrar porque ya no se sienten seguros en el Viejo Continente. Ésta es una de las conclusiones a las que llega el informe Experiencias y percepciones de antisemitismo, publicado el año pasado por la Agencia de la Unión Europea para Derechos Fundamentales (FRA, en sus siglas en inglés). 

El estudio basa sus conclusiones en entrevistas en profundidad a más de 16.000 judíos, religiosos o seculares; se trata, por tanto, de un informe que refleja la percepción del antisemitismo en el seno de la comunidad judía europea. Y su resultado no deja lugar a dudas: alrededor del 90% de los entrevistados residentes en Bélgica, Francia, Alemania, Holanda, Suecia y Reino Unido consideran que el antisemitismo fue especialmente alto en esos seis países entre 2012 y 2018. El 70% de los judíos entrevistados en los otros seis países incluidos en el estudio (Hungría, Italia, Polonia, España, Dinamarca y Austria) también tiene la percepción de que el antisemitismo creció considerablemente en sus respectivos países de residencia durante ese mismo periodo. 

Pero no se trata sólo de una cuestión de percepción. También hay cifras oficiales. Francia es tal vez uno de los casos más flagrantes en Europa: en 2018, hubo 541 actos de corte antisemita en el país galo. Ello supuso un 74% más que el año anterior. El ministro de Interior francés, Christophe Castaner, llegó a afirmar que "el antisemitismo se extiende como un veneno”. Repuntes estadísticos similares se dan en otros países europeos como Alemania, Reino Unido o Bulgaria.

Esas cifras oficiales, sumadas a estudios como el de la FRA, generan automáticamente dos preguntas sobre un fenómeno que tiene largas raíces históricas en Europa: ¿realmente sufre el Viejo Continente una nueva ola de antisemitismo? Y si es así, ¿cuál o cuáles son sus causas principales? ¿Tiene acaso que ver ese recrudecimiento con un antisemitismo importado del mundo árabe y predominantemente musulmán? 

“Yo creo que no hay ninguna duda de que hay un recrudecimiento del antisemitismo”, responde a la primera pregunta Martín Gak, judío secular, doctor en filosofía y corresponsal en religión y ética de la televisión alemana internacional Deutsche Welle.“El antisemitismo más insidioso y el que tiene una tradición más larga en Europa es el antisemitismo de derecha. La iconografía del judío eterno, la iconografía del judío usurero que está preparando una invasión externa para poner en jaque la unidad nacional, étnica y religiosa está muy presente en la actualidad”, dice Gak respecto a la segunda pregunta. “La idea de una guerra económica es, por ejemplo, la estrategia que está usando Viktor Orbán en Hungría para atacar a la Unión Europa. Hay en todo esto un elemento identitario, que define el antisemitismo de hoy como lo definía hace 70 años y que no viene de la comunidad musulmana ni de los que están escapando de las bombas sirias”. 

Para el analista, el antijudaísmo estructural, ya existente en Europa mucho antes de la llegada de la inmigración musulmana o de la llamada crisis de refugiados procedentes de Oriente Próximo en 2015, es la principal fuente del actual recrudecimiento del antisemitismo en el Viejo Continente. Con una diferencia: ahora vuelve a haber partidos capaces de canalizar electoralmente ese antisemitismo latente durante décadas. El lepenismo en Francia, el oficialismo del partido Fidesz en Hungría o el gobierno ultranacionalista polaco son sólo algunos ejemplos. 

Para algunos resulta, no obstante, tentador apuntar a la llegada a Europa de refugiados musulmanes para explicar ese repunte antisemita percibido por la comunidad judía. El último informe del Bundestag (parlamento federal alemán) sobre el antisemitismo señala en esa dirección: la llegada de musulmanes al país aumenta la sensación de inseguridad de la comunidad judía residente en Alemania. Sin embargo, esa percepción choca de bruces con la realidad estadística que ofrece el mismo informe: el 90% de los ataques antisemitas en Alemania sigue siendo obra de la ultraderecha.

“Cuando uno escucha a gente como Bannon, Lepen o Pegida [Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente] hablar de judeocristianismo, no estamos más que ante una chicana. Cuando fuerzas de ultraderecha marchan en el estado alemán de Sajonia con la bandera de Israel, está claro que se trata de un proyecto de lavado de reputación política”, reflexiona Martín Gak, que apunta así al sionismo de las nuevas ultraderechas europeas como una forma de intentar eliminar las sospechas de antisemitismo y también de estrechar lazos con el gobierno ultranacionalista y ultraconservador israelí del primer ministro Benjamin Netanyahu, quien no ha tenido reparos en acercarse a algunos movimientos ultras europeos y del resto del mundo.

El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, fue el último líder ultraderechista en visitar oficialmente Israel y reunirse con él. Tras visitar el Museo del Holocausto en Jerusalén, Bolsonaro llegó a decir que el nacionalsocialismo alemán fue un fenómeno de izquierdas. Las nuevas ultraderechas europeas, marcadamente islamófobas, suelen entender además Israel como un ariete contra la presunta invasión árabe e islamista. 

“Después está la cuestión de las actitudes respecto al judaísmo de inmigrantes musulmanes y de las segundas, terceras o cuartas generaciones de musulmanes en Europa”, puntualiza Martín Gak. “Ahí la situación es mucho más complicada, una situación de judeofobia, de aprensión al judío que está cruzada por variables como la posición de Israel respecto a los palestinos, la educación importada desde Turquía, Marruecos o Siria a Europa, o la falta de judíos en los lugares en los que esos musulmanes europeos se mueven. Pero esta última es una posición mucho menos consistente que el antisemitismo ultraderechista europeo, que está totalmente asentado y trabaja en el subterráneo. Definitivamente, no es cierto que el antisemitismo europeo haya desaparecido. Ha desaparecido solamente del espacio público”. 

¿Es antisemita ser antisionista? 

El informe sobre antisemitismo elaborado por la FRA no deja lugar a dudas: los judíos residentes en Europa tienen ahora más miedo que antes a ser víctimas de un ataque o de una discriminación por su simple condición de judíos. No obstante, el informe tiene la limitación de basarse sólo en la percepción de los entrevistados y en lo que ellos consideran antisemita. ¿Es, por ejemplo, antisemita una crítica al Estado de Israel por su política de ocupación de los territorios palestinos?

“Especialmente en Facebook hay muchos comentarios antisemitas o antiisraelíes con carácter antisemita”, dice una mujer judía de 50 años residente en Alemania, en una de las declaraciones recogidas en el informe elaborado por la agencia comunitaria. La entrevistada no específica, sin embargo, qué es para ella un comentario antiisraelí de carácter antisemita, algo que parece fundamental en un momento en el que las fronteras entre el antisemitismo y las críticas al Estado de Israel o el antisionismo parecen menos claras que nunca. El caso de Ronnie Barkan y Stavit Sinai es prueba de esa confusión, en ocasiones provocada por ciertos actores políticos para deslegitimar las críticas al gobierno israelí y al propio Estado de Israel. 

Ronnie y Stavit son judíos, israelíes residentes en Alemania y activistas del Movimiento Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS, en sus siglas en inglés), una campaña global que desde hace más de una década presiona para acabar con lo que considera un sistema de apartheid levantado por el Estado de Israel contra todos aquellos de sus ciudadanos no judíos y, especialmente, contra los palestinos de los territorios ocupados y en la diáspora. Pese a ser descendientes de supervivientes del Holocausto, Ronnie y Stavit se enfrentan a menudo a acusaciones de antisemitismo por su activismo en el BDS. 

El BDS es especialmente controvertido en Alemania por las asociaciones psicológicas con el boicot puesto en marcha por los nazis con su llegada al poder en 1933 bajo el lema “No compres a judíos”. El movimiento fue incluso incluido en el Informe de los Servicios de Inteligencia de la ciudad-Estado de Berlín como un ejemplo de activismo antisemita. 

“Yo nunca hablo de judíos, sino de sionistas. Porque el judaísmo no tiene nada que ver con el sionismo. De hecho, muchos de los sionistas alrededor del mundo son cristianos”, puntualiza Ronnie, que no puede evitar tomarse a broma las denuncias de antisemitismo que enfrenta en numerosos medios alemanes. Los activistas israelíes van un paso más allá y cargan contra el actual uso del adjetivo antisemita que, en su opinión, es usado como “un arma política para silenciar a disidentes o críticos de Israel”. Para Ronnie y Stavit, la fusión de los conceptos de judaísmo y sionismo es ya antisemita en sí misma. 

“Uno de los grandes éxitos de la ultraderecha europea es precisamente haber conseguido presentarse a sí misma como un proyecto de centro-derecha, además de usar el sionismo como el certificado kosher para su antisemitismo, un antisemitismo que es aceptado incluso por el Estado de Israel”, dice Martín Gak. 

Para ejemplificar esta afirmación, que puede sonar algo provocadora, el analista toma el país que considera la vanguardia del rebrote del antisemitismo en el Viejo Continente: Polonia. “Ahí tenemos la combinación perfecta de islamofobia sin Islam y del antisemitismo sin judíos”, dice Gak al referirse a la baja tasa de población judía y musulmana residente en Polonia. “Al mismo tiempo, en el caso polaco vemos la autoexculpación. Una autoexculpación que incluso prohíbe con leyes sostener que Polonia participó en el Holocausto. Y cuando el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, dice que los polacos fueron colaboracionistas de los nazis, y el primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki, se queja, Netanyahu acaba pidiendo perdón. Polonia muestra actualmente signos de catástrofe casi constantemente”. 

El historiador judío de origen alemán Saul Friedländer sobrevivió a la última gran catástrofe sufrida por los judíos en suelo europeo gracias que fue ingresado por sus padres con una identidad falsa en un internado católico de Francia. Su padre y su madre acabaron muriendo en el campo de concentración y exterminio de Auschwitz, en el actual territorio de la república de Polonia. 

El pasado enero, Friedländer habló ante el Bundestag alemán en su condición de sobreviviente al Holocausto. Y recordó que el antijudaísmo que repunta actualmente en Europa no es más que la expresión de un fenómeno más amplio: “El antisemitismo es sólo un de los flagelos a los que están sucumbiendo lentamente una nación tras otra. El odio al extranjero, la tentación de formas de gobierno autoritarias y especialmente un nacionalismo cada vez más grave se extienden por todo el mundo de una manera cada vez más preocupante”.

Artículo publicado en Esglobal.org.

lunes, 14 de enero de 2019

¿Qué significa ser de ultraderecha en pleno siglo XXI?

No se recuerda un debate tan encendido y polémico sobre qué define a la ultraderecha como al que asistimos actualmente en los medios de comunicación europeos y americanos. Una discusión alentada por el avance electoral de partidos, movimientos y líderes políticos como Donald Trump en Estados Unidos y Jair Bolsonaro en Brasil, ya en el poder, o de AfD en Alemania y VOX en España, que amenazan con participar en gobiernos o, al menos, con condicionar la gobernabilidad de sus respectivos países. 

Pese al intenso debate generado, establecer qué elementos comunes definen a los nuevos partidos o movimientos ultraderechistas sigue generando ríos de controvertida tinta. Y lejos de avanzar hacia un consenso, las diferencias parecen incluso estar ampliándose: en algunos casos, por los intentos de blanquear posiciones inequívocamente ultraderechistas, que suponen una clara amenaza al sistema de convivencia democrática, y en otros, por las honestas dudas sobre cuáles son las líneas divisorias reales entre las posiciones ultraderechistas y las del ultraconservadurismo y la derecha radical. 

El debate teórico sobre esta última división tiene un largo recorrido en Alemania, cuya democracia ha estado escoltada por movimientos ultraderechistas o directamente neonazis prácticamente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y la fundación en 1949 de las dos repúblicas construidas sobre los escombros del nacionalsocialismo. En la actual República Federal de Alemania, la única que sobrevivió al fin de la Guerra Fría, no son pocos los que se preguntan hoy qué significa ser de ultraderecha en pleno siglo XXI, en el que la digitalización e Internet han cambiado radicalmente la forma de hacer política y también de comunicarla. 

“Ya que el ultraderechismo no cuenta con un concepto ideológico homogéneo, tampoco hay una definición uniforme para el término”, escribe Gabriele Nandlinger, periodista especializada en extremismos derechistas del portal alemán Blick nach Rechts. “Por lo general, los ultraderechistas rechazan el orden democrático y liberal -incluso a través del uso de la violencia- y quieren construir un sistema estatal autoritario o incluso totalitario, en el que una ideología nacionalista y racista debería servir de base para el orden social”. 

Según Nandlinger, la Oficina Federal de Protección de la Constitución en Alemania considera los siguientes elementos a la hora de incluir movimientos o partidos en su apartado dedicado al ultraderechismo: agresivo nacionalismo, el deseo de construir una comunidad sobre bases raciales, el antipluralismo, la xenofobia ligada por lo general al antisemitismo, las posiciones que apuestan por un estado liderado por una figura autoritaria, el militarismo, la relativización o banalización de los crímenes nacionalsocialistas, así como la difamación de las instituciones democráticas y de sus representantes. 

Fronteras difusas 

A pesar de que la derecha radical pueda compartir ciertas de las posiciones ultraderechistas arriba enumeradas y de que las fronteras entre el ultraderechismo y la derecha radical sean a menudo difusas, hay un punto que aparece como decisivo para los académicos alemanes: el inequívoco y abierto rechazo del orden constitucional y democrático. “Desde las instituciones y las ciencias sociales se utiliza el térmico 'radicalismo de derecha' por regla general para organizaciones o personas situadas claramente a la derecha del centro del espectro político, pero que se mantienen dentro del marco constitucional. Por lo general, el radicalismo de derecha no adopta posiciones hostiles frente al orden democrático”, razona Gabriele Nandlinger. 

Ese marco teórico, sin embargo, parece un tanto desactualizado cuando se aplica a las llamadas Nuevas Derechas alemanas o a partidos como Alternativa para Alemania (AfD) o el FPÖ austriaco, que, pese a mostrar un discurso público respetuoso con las instituciones y el orden constitucional, tienen claras relaciones con movimientos ultraderechistas y reciben el voto útil del neonazismo militante clásico, además de coquetear con posiciones que relativizan o minimizan los crímenes del nacionalsocialismo. 

Como ejemplos de esto último están las declaraciones del líder de AfD, Alexander Gauland, quien calificó el régimen nazi como “una cagada de pájaro en los 1.000 años de exitosa historia alemana”. En esa misma línea, el líder del ala etnonacionalista de AfD, Björn Höcke, describió el monumento a las víctimas del holocausto erigido en el centro de Berlín “como un monumento de la vergüenza” para Alemania. 

Pese a que esas constantes salidas de tono de figuras destacadas de AfD son posteriormente puntualizadas o disculpadas por el partido, cuesta no ver en esa estrategia de provocación sistemática y estratégica un intento de desestabilización de uno de los pactos tácitos acordados por los partidos democráticos alemanes tras el desastre de la Segunda Guerra Mundial: el rechazo del uso del nacionalismo y de la relativización del nazismo como herramientas políticas y electorales. AfD rompe ese acuerdo y se convierte, consecuentemente, en un elemento desestabilizador del sistema político alemán nacido hace siete décadas, al tiempo que respeta las reglas formales del juego democrático e institucional. 

¿Y qué es VOX? 

VOX es la última formación que ha irrumpido electoralmente en la escena de partidos radicales de derecha o ultraderechistas del Viejo Continente. La pregunta es, de nuevo, inevitable: ¿qué adjetivo es el más adecuado para definir a la formación liderada por Santi Abascal?

Para Guillermo Fernández, sociólogo e investigador de la Universidad Complutense de Madrid, VOX está, al menos de momento, más cerca de la derecha radical que del ultraderechismo: “En la medida en que participa en el juego democrático, pienso que VOX es derecha radical, identitaria y ultraconservadora. La mayoría de cuadros vienen del ala más radical del PP y de sectores integristas de la Iglesia Católica que, por ejemplo, quedaron muy defraudados por Rajoy cuando éste llegó al poder y no derogó automáticamente la Ley del Aborto, por poner un claro ejemplo. Para mi, sin embargo, decir que VOX es derecha radical en lugar de ultraderecha no le quita peligrosidad. Es un partido que proviene de una reconfiguración de la derecha más radical para tratar de dar la batalla cultural a la izquierda”.

A la hora de establecer una serie de comunes denominadores compartidos por los nuevos movimientos ultraderechistas o radicales de derecha, desde Trump hasta Bolsonaro pasando por AfD, FPÖ o VOX, el investigador de la Universidad Complutense enumera los siguientes elementos: ultraconservadurismo, concepto esencialista de la identidad nacional, discurso contra las élites o antiestablishment, antifeminismo y combate de la llamada “ideología de género”. 

Para Franco Delle Donne, doctor en Ciencia Política y especialista en comunicación política residente en Alemania, el debate léxico sobre el uso “ultraderecha” o “derecha radical” es, sin embargo, estéril: “A mi me tiene sin cuidado si esos partidos quieren o no respetar el régimen democrático o institucional, porque no respetan algo que me parece mucho más relevante: los valores de un consenso logrado con mucho trabajo en el que, por ejemplo, la mujer tiene que estar a la misma altura que el hombre. Y líderes como Bolsonaro declaran como una política de Estado combatir esa igualdad de género”. 

Preguntado por más elementos compartidos por Bolsonaro, VOX, AfD y otros movimientos ultras europeos, Delle Donne ofrece los siguientes: visión retrógrada de la identidad nacional, que mira al pasado para construir identidades compartidas para el futuro; la búsqueda constante de un chivo expiatorio o enemigo exterior, situado fuera esa comunidad anclada en valores tradicionales, que puede ser el inmigrante, el transexual, el refugiado, la izquierda o el musulmán; el desprecio por la clase política, por las élites o el establishment del que los medios de comunicación tradicionales también suelen formar parte; y, por último, la provocación constante y estratégica para romper lo políticamente correcto y ampliar el terreno del debate político más allá de los límites considerados como tolerables por los partidos predominantes hace tan sólo unos años y que ya están dejando de serlo. Este parece ser el nuevo campo de batalla en el que se disputarán las mayorías electorales en el futuro próximo.

Análisis publicado por El Confidencial.

viernes, 15 de mayo de 2015

Alemania e Israel: ¿pasado que une y presente que separa?


Cuando Rolf Friedemann Pauls, el primer embajador de la República Federal Alemana en Israel, llegó a Tel Aviv en 1965, necesitó la protección de los servicios secretos israelíes durante las primeras semanas en su nuevo destino diplomático. La llegada de Pauls al aeropuerto de la capital de Israel estuvo acompañada de protestas y gritos de “Nazis raus” (“Nazis fuera”). Los recuerdos sobre el bárbaro holocausto planeado y ejecutado por el nacionalsocialismo estaban todavía demasiado frescos en el joven Estado judío. El hecho de que Pauls fuera oficial en el Ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial tampoco ayudó demasiado. 

El actual presidente de Israel, Reuven Rivlin, estudiante de 25 años de edad en aquellos días, también participó en las protestas. Coincidiendo con el 50 aniversario del inicio de las relaciones diplomáticas entre Alemania e Israel, la opinión de Rivlin es completamente diferente: “Alemania es hoy un faro de la democracia en el mundo”, declaró el presidente israelí en una entrevista concedida al tabloide alemán Bild Zeitung durante su visita oficial de tres días a Berlín para conmemorar las cinco décadas de relaciones diplomáticas entre ambos países. 

Rivlin no tiene problema en reconocer que Alemania es actualmente el principal aliado de Israel en Europa. “Lo más asombroso” de la amplia y variada colaboración actual entre ambos Estados “es el brutal contraste con la oscura historia del pueblo judío” en Alemania. Así lo declaró al inicio de su visita al país heredero de los crímenes cometidos por el nazismo. El ministro de Exteriores alemán, el socialdemócrata Frank Walter Steinmeier, tampoco ha dudado en asegurar que la reconciliación de alemanes e israelíes “roza el milagro”. 

Amistad tormentosa 

Y pese a las alabanzas que se han cruzado estos días los máximos representantes de ambos países, las relaciones entre Alemania e Israel siguen siendo difíciles. Una tormentosa amistad que tiene el conflicto de Oriente Medio como principal telón de fondo y que se acaba proyectando irremediablemente en las cada vez más complicadas relaciones entre la Unión Europea e Israel.

“Entre amigos se pueden y se deben abordar las diferencias abiertamente. Por ejemplo, nosotros hemos dejado clara nuestra posición respecto a la construcción de asentamientos en los territorios ocupados; desde nuestra perspectiva, la construcción de asentamientos es ilegal y también un obstáculo para una solución pacífica con los palestinos”. Son palabras de Steinmeier con motivo de la visita del presidente israelí a Alemania. Debido a la evidente responsabilidad histórica que recae sobre cualquier Gobierno federal alemán respecto a la cuestión judía, el Ejecutivo de Merkel tiene que hacer malabares verbales cada vez que critica la ocupación que Israel mantiene en Cisjordania.

Las declaraciones del máximo responsable de la diplomacia germana no tardaron en encontrar una respuesta de Rivlin: “Como amigos, aceptamos que no siempre tengamos la misma opinión. Sin embargo, Alemania también tiene que entender que la necesidad de Israel de defenderse puede llevar a decisiones que no siempre sean aceptables para Europa”, dijo el presidente de Israel en una entrevista con la televisión pública alemana. Todo un aviso para navegantes sobre las divergencias que se ciernen sobre las relaciones entre la Unión Europea y el recién estrenado Gobierno del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu.

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martes, 25 de noviembre de 2014

"En México estamos viviendo una reedición de la guerra sucia"

Henning Schacht / Amnistía Internacional ©.
Teólogo, antropólogo y director del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, Abel Guerrero es una voz reconocida en el activismo civil mexicano. En una reciente visita a Alemania, donde en 2011 fue galardonado por Amnistía Internacional por su labor en el violento Estado de Guerrero, Barrera no dudó en ligar a las más altas estancias del Gobierno federal con el crimen organizado y el narcotráfico. 

Señor Barrera, ¿por qué cree que el caso de los jóvenes de Ayotzinapa ha provocado tal reacción internacional, teniendo en cuenta que hace años que en México rigen la colusión entre instituciones y crimen organizado y la violación sistemática de los Derechos Humanos? 

Lamentablemente, en nuestro país la situación siempre se trata de ocultar. El mismo presidente de la República se deslindó de su responsabilidad en esta ocasión. Nadie creía que los estudiantes iban a desaparecer; todos pensábamos que a lo mejor se había refugiado en algún lugar ante la represión. Pero su desaparición provocó que los padres se comenzaran a concentrar, y desde ahí se gestó este movimiento de reclamo global por la presentación de los 43 jóvenes desaparecidos. 

¿Y por qué ha cobrado el caso de los jóvenes de Ayotzinapa tal dimensión? 

Porque en él se concentra una tragedia en la que están involucrados policías, el presidente municipal de Iguala y su esposa, porque hay omisión por parte del Gobierno federal y porque el ejército no impidió que ocurriese lo que ocurrió. El Estado mexicano en su conjunto, y sobre todo las instituciones encargadas de dar seguridad, fueron cómplices. Hay poderes fácticos en nuestro país que están influyendo en la manera de ejercer el poder, y de atentar contra la vida y los derechos fundamentales de la población. Sobre todo, cuando se trata de expresiones públicas de protesta, como en el caso de los normalistas de Ayotzinapa. O tal como ya ocurrió el 12 de diciembre de 2011, cuando policías estatales y federales mataron a dos estudiantes en Guerrero, crimen por el cual todavía no se ha castigado a nadie. 

¿Cómo cree que podría combatirse la galopante impunidad que sufre su país? 

En el caso concreto de Ayotzinapa, primero tiene que haber una investigación profunda con la asistencia técnica de expertos internacionales. Segundo, se tiene que arrancar de raíz la corrupción y se tienen que depurar las policías. No puede ser que sigamos dependiendo de agentes que están coludidos con el crimen organizado. En México no hay garantías de seguridad ni confianza en las autoridades. Somos un país de víctimas y desaparecidos. 

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jueves, 18 de septiembre de 2014

¿Sufre Alemania una ola de nuevo antisemitismo?

“Judío, judío, cerdo cobarde, sal y pelea solo” o “Hamás, Hamás, judíos a la cámara de gas” fueron algunas de las agresiones verbales antisemitas que pudieron escucharse en manifestaciones celebradas en Alemania durante las últimas semanas. Marchas convocadas por los más diversos colectivos contra las devastadores consecuencias de la última operación militar de Israel sobre la Franja de Gaza, y que en ciertos casos fueron bastante más allá de la legítima crítica al Gobierno israelí. 

Recientemente, el presidente del Consejo Central de los Judíos en Alemania, Dieter Graumann, llegó decir al diario británico The Guardian que el actual es “el peor momento desde la era nazi”. Unas declaraciones que provocaron que medios y personalidades relevantes de la política y la sociedad germanas denunciaran una ola de nuevo antisemitismo. Pero, ¿realmente se trata de nuevo un antisemitismo o simplemente del reavivamiento del antisemitismo de siempre que sigue latente tanto en Alemania como en otros países europeos? 

El último informe sobre las tendencias antisemitas en Alemania publicado en 2012 por encargo del Bundestag (cámara baja del Parlamento alemán) arrojó uno resultados contundentes: alrededor de un 20% de la población alemana mantiene prejuicios antisemitas. La expresión práctica de esa discriminación está muy a menudo ligada a la idea de que la comunidad judía mundial conforma un grupo homogéneo que busca imponer sus intereses a través de una enorme influencia política y financiera. A esto último también se le conoce popularmente como teoría de la conspiración judía internacional. 

En contra de la sensación transmitida por medios y líderes de opinión, los índices de antisemitismo se han mantenido estables durante los últimos años y hasta la fecha. “Los sondeos no muestran un aumento, pero seguramente la guerra en Gaza sí que ha provocado que el resentimiento ya existente en la sociedad alemana se haya trasladado a las calles”, opina Stefanie Schüler-Springorum, directora del Centro para la Investigación de Antisemitismo de la Universidad Técnica de Berlín. “Desde 1945, el remanente antisemita se ha extendido en dos sentidos: la fijación en Israel y la equiparación de ese Estado con toda la comunidad judía, y el llamado antisemitismo defensivo, a través del cual se relativiza el Holocausto de diversas maneras”, apunta la profesora, para quien no hay un nuevo antisemitismo, sino nuevas formas de expresión de los viejos prejuicios. 

El diagnóstico de Schüler-Springorum se parece al de Anetta Kahane, presidenta de la Fundación Amadeu Antonio, organización no gubernamental que promueve la lucha contra el racismo en Alemania: “Cuando el conflicto en Oriente Medio sufre una escalada, aquí también crece la atención sobre lo que allí ocurre y se reactiva el resentimiento antisemita ya existente. Los ataques físicos y verbales crecen en esas fases para luego volver a descender. Pero ello no quiere decir que el antisemitismo latente desaparezca”.

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viernes, 18 de julio de 2014

El aniversario de un símbolo


Con un torrente de felicitaciones tanto en los redes sociales como en los medios de comunicación tradicionales. Así ha vivido Alemania el aniversario de la canciller Angela Merkel, que cumplió ayer 60 años. Una gobernante que por su estilo y sus objetivos éxitos políticos se ha convertido en todo un símbolo de la locotomora económica europea y también de la defensa a ultranza de la austeridad como política económica sin aparentes alternativas. Un símbolo que muy probablemente pasará a la historia europea y mundial por sus aduladores incondicionales y pese a sus más acérrimos detractores.

Señora No”, “canciller de hierro” o “canciller tefón”. Muchos son los nombres que Merkel ha recibido por su manera de gobernar Alemania y de liderar Europa. “Ni los estudios de demoscopia, ni sus socios políticos ni sus rivales se aclaran con ella, y eso hace que crezcan su fama y su mito. Merkel deja que los debates sigan su curso y que los fuegos se consuman, y la gente tiene así la impresión de que ella se ocupa de que nada ocurra”, escribía esta semana un columnista del diario regional «Aachener Zeitung».

Un carácter que parece perfecto para un pueblo como el alemán, mayoritariamete conservador y poco amante de la improvisación y las sorpresas. Sin grandes gestos ni una dialéctica brillante, y con un perfil más bien bajo que unos consideran señal de solidez política y otros, de simple mediocridad; así se ha aupado la heredera política de Helmut Kohl a lo más alto de la democracia cristiana alemana, de donde nadie parece capaz de bajarla. Es más: Merkel no desmiente ni confirma su candidatura para una cuarta legislatura.

Sin embargo, su estilo parsimonioso e incluso a veces pasivo también tiene una cara B: la incapacidad de Merkel de explicar a su propio pueblo la crisis de deuda europea ha permitido que los euroescépticos de Alternativa para Alemania (AfD) se hayan hecho hueco a la derecha de la coalición conservadora (CDU-CSU) que lidera. Un logro del euroescepticismo político alemán que contradice la célebre frase del exlíder socialcristiano bávaro Franz Josef Strauß: “A la derecha de la CSU no puede haber ningún partido democráticamente legítimo”. Pues ya lo hay.

lunes, 14 de abril de 2014

Armas alemanas para el mundo

El comercio mundial de armas no entiende de crisis: creció un 14% entre 2009 y 2013. Dentro de esa lógica exportadora armamentística, la llamada locomotora económica europea ocupa la tercera posición mundial.

Así lo indica el último informe anual del Instituto Internacional de Estudios para la Paz (SIPRI) con sede en Estocolmo. Aunque Alemania redujo sus exportaciones de armas un 24% durante el último lustro, la industria armamentística germana continúa acumulando el 7% del mercado global de armas y mantiene así la tercera posición, sólo por detrás de Estados Unidos (30%) y Rusia (26%), pero incluso por delante del gigante chino (5%).

Aunque esa cifra encaja bastante bien en la lógica económica de un país que basa más del 50% de su PIB en las exportaciones, que Alemania sea uno de los principales exportadores de armas del mundo no casa con la retórica oficial utilizada por su diplomacia desde del fin de la Segunda Guerra Mundial: prudencia en guerras y agresiones unilaterales como la invasión de EE.UU. a Irak.

Pero una cosa son las cifras y los discursos oficiales y otra, las prácticas reales de las elites políticas y económicas. El caso de los fusiles G36 de la empresa Heckler & Koch, encontrados hace tres años en manos tanto de miembros de la delincuencia organizada como de los llamados grupos de atodefensa en México, son un claro ejemplo.

La ley de la República Federal Alemana establece que la industria armamentística del país no puede exportar a países o regiones en crisis o en guerra. Por eso, para exportar armas o la tecnología necesaria para fabricarlas, las empresas del ramo necesitan licencias otorgadas por el Gobierno federal. ¿Cómo puede ser, por tanto, que fusiles de asalto del modelo G36 de Heckler & Koch terminasen en Guerrero, uno de los Estados federados mexicanos más golpeados por la llamada "guerra contra el narcotráfico", que ya ha dejado más de 100.000 muertos desde de 2005, según cifras del propio Gobierno mexicano?

En busca de respuestas

La conferencia "Dependencias violentas", organizada recientemente en la capital alemana por el grupo México vía Berlín, intentó dar respuesta a esa y otras preguntas. Con la participación de expertos, periodistas especializados, académicos e investigadores, la principal conclusión fue: Alemania dice una cosa ante la comunidad internacional, pero hace otra a la hora de firmar los millonarios contratos de venta de armas. Y lo hace sin considerar seriamente las consecuencias de su modelo exportador.

"El Gobierno federal olvida que la exportación de armamento tiene un efecto de larga duración. Un fusil como el G36, por ejemplo, puede ser utilizado durante décadas, mientras que las decisiones políticas suelen tener una caducidad de cinco años o incluso menos. Que el fusil cayera en manos de criminales mexicanos demuestra que la estrategia de Alemania de intentar fortalecer al Estado mexicano no sólo fracasó, sino que además contribuyó al aumento de la violencia". El que habla es Hauke ​​Friedrichs, periodista especializado en temas de seguridad y colaborador habitual del prestigioso semanario Die Zeit.

Asumiendo el rol de abogados del diablo, algunos de los asistentes a la conferencia preguntaron si hay alternativas realistas a los millonarios negocios que las empresas armamentísticas germanas cierran fuera de las fronteras de la Unión Europea. "En Europa, un mercado clave para los fabricantes de armas alemanes, el negocio peligra. Esto obliga a la industria del país a exportar más para no caer en la decadencia económica", asegura Alexander Lurz, experto en armamento y asesor del partido opositor Die Linke ("La Izquierda"). "Ante esta situación, el Gobierno alemán tiene dos opciones: fomentar la venta de armas a otros países o poner en marcha programas de reconversión industrial".

Una industria con historia

Carlos A. Pérez Ricart es uno de los fundadores de México vía Berlín. Este estudiante de doctorado y politólogo mexicano no tiene dudas: Alemania vendió ilegalmente armamento "sobrante" de la Segunda Guerra Mundial a países en conflicto entre 1964 y 1975. Su investigación titulada MEREX AG o la frontera de lo (i)legal en la política alemana de exportaciones de armamentos apunta que Alemania vendió armas incluso a bandos enfrentados en un mismo conflicto, como los ejércitos de India y Pakistán en 1965.

El informe, basado en documentos desclasificados de la CIA, coloca a la empresa MEREX AG, fundada por el exmilitar nazi Gerhard Mertin y protegido entonces por los servicios de inteligencia del Estado alemán occidental, en el centro neurálgico de una red de contactos y empresas fantasmas que se encargaba de realizar las ventas de armamento que la ley alemana no permitía. "En esas operaciones participaron los servicios secretos del país para deshacerse de arsenal de la Segunda Guerra Mundial a precio de mercado", asegura Pérez Ricart.

Todo ello, en palabras del politólogo mexicano, pone en evidencia "la contradictoria política exterior alemana durante la segunda mitad del siglo XX y la delgada línea entre la legalidad y la ilegalidad" que caracteriza el mercado mundial de exportación de armas, del que la industria alemana sigue siendo líder destacado.

P.D.: reportaje publicado originalmente en catalán en el número 357 de Setmanari Directa. La versión en catalán la podéis leer íntegramente haciendo click sobre la siguiente foto.

domingo, 5 de enero de 2014

Sobre guerras secretas e intereses bastardos

La indignación desplegada por el Gobierno de la canciller Angela Merkel y el aparato diplomático de la República Federal Alemana ante el espionaje masivo de Estados Unidos en suelo alemán es puro teatro. Ésa es la conclusión a la que uno llega tras leer el recomendable libro Geheimer Krieg ("Guerra secreta") escrito por los periodistas Christian Fuchs y John Goetz. 

Cuando hace unos meses, y gracias a las filtraciones hechas por el extécnico de los servicios secretos estadounidenses Edward Snowden (todavía refugiado en Moscú a la espera de un salvoconducto), la prensa alemana desveló que EE.UU. había estado interviniendo durante años el teléfono móvil de Merkel, de otros parlamentarios alemanes así como las comunicaciones de millones de ciudadanos residentes en Alemania, el establishment político germano se echó las manos a la cabeza, calificó las escuchas de "inadmisibles" y exigió explicaciones "inmediatas" a Washington. El embajador de estadounidense en Alemania incluso fue llamado a consultas por primera vez en la historia moderna de las relaciones de ambos países. El barrio político de Berlín parecía recuperar así las atractivas esencias de las novelas de espionaje tan típicas de la Guerra Fría.

Tras meses de intensas investigaciones, el periodista estadounidense John Goetz, quien trabaja en Alemania desde hace dos décadas, lo tiene claro: los servicios secretos de EE.UU. ni han dado ni dan un solo paso en suelo alemán sin el beneplácito del espionaje alemán, y por tanto, del Gobierno federal. O mejor dicho: los servicios secretos estadounidenses cuentan con absoluta carta blanca de Berlín para actuar cuando y como crean necesario en territorio germano, básicamente porque Alemania es un elemento fundamental de la política exterior y de seguridad de Estados Unidos y porque "el aparato militar alemán y estadounidense son inseparables, la misma cosa", en palabras del propio Goetz.

De este modo, ¿a qué viene tanta indignación por parte del Gobierno alemán si los servicios secretos y militares de Estados Unidos campan a sus anchas por el territorio de la República Federal desde el fin de la Segunda Guerra Mundial?  Como Fuchs y Goetz apuntan, tanto aspaviento responde más bien a una estrategia política de mero consumo interno: como claramente muestran las encuestas, la ciudadanía alemana ha mantenido y mantiene por razones obvias una postura manifiestamente pacificista desde 1945. Los alemanes se oponen de manera inequívoca a intervenciones militares de su país fuera de sus fronteras. No obstante, y como deja patente la investigación Geheimer Krieg, la silenciosa y mortífera "guerra contra el terrorismo" que la Administración Obama lleva actualmente cabo a través de ataques con drones en países como Afganistán, Pakistán o Somalia sería imposible sin la indispensable colaboración de Alemania, país que sirve de base de operaciones, logística e inteligencia al ejército y a los servicios secretos estadounidenses.


Los sucesivos gobiernos alemanes, ya estuvieran encabezados por socialdemócratas o democristianos (o por ambos, como en la actual Gran Coalición), han desplegado así un doble juego político: con una mano, y ante la opinión pública, se abstienen de apoyar e incluso se oponen a la estrategias belicistas de sus aliados de Washington, mientras con la otra, le conceden a Estados Unidos total libertad y los medios que estén a su alcance para poner en marcha y ejecutar sus políticas de seguridad y sus estrategias bélicas desde suelo alemán.

Pero si el Gobierno federal alemán aplica ese doble juego político, ¿dónde queda la responsabilidad de los representantes democráticamente elegidos por la ciudadanía alemana? ¿De qué sirve el ordenamiento constitucional vigente en Alemania si a final de cuentas el Gobierno federal permite que el ejército estadounidense ordene ejecuciones extrajudiciales de presuntos terroristas y también de decenas de civiles inocentes en Afganistán, Pakistán o Somalia desde bases situadas en Stuttgart o Ramstein? Una de las voces que aparece en el libro de Fuchs y Goetz es Dieter Deiseroth, actualmente juez del Tribunal Federal Administrativo. Deiseroth lo expone con la sutileza diplomática que confiere la jerga jurídica: "Todo gobierno alemán se mueve en los límites de la inconstitucionalidad" cuando permite que se lleven a cabo guerras ilegales desde su territorio soberano.

Los socialdemócratas alemanes, con el apoyo de Los Verdes en el entonces Gobierno de coalición rojiverde, todavía sacan pecho por haberse opuesto a la (ilegal) guerra de Irak impulsada por la Administración de George W. Bush tras los atentados del 11-S. Sin embargo, nada dicen de la pasividad diplomática mostrada entonces por el Gobierno federal sobre el secuestro y las torturas a las que fueron sometidos ciudadanos alemanes inocentes detenidos previamente por Estados Unidos por ser presuntos terroristas. ¿Un ejemplo?: la experiencia de Murat Kurnaz en la cárcel ilegal de Guantánamo narrada en la película 5 Jahre Leben (Cinco años de vida) pone de manifiesto cuán poco le importan al poder político los ciudadanos a los que representa cuando sus derechos entran en conflicto con otros intereses bastardos y absolutamente carentes de legitimidad democrática y moral.


lunes, 16 de septiembre de 2013

Entrevista a Alemania

¿En qué momento se encuentra la llamada locomotora económica europea?

Sociedad alemana: En un momento de profunda crisis económica, política y de identidad en buena parte de los países que forman la Unión Europea, muchos miran a mi capital, Berlín, en busca de respuestas y también de soluciones. Durante los últimos años, he marcado el devenir político y económico del Viejo Continente gracias a un remozado liderazgo que se vio erosionado durante la crisis económica en la que me vi inmersa a principios del presente siglo. En aquel momento, un desempleo estructural considerable y un Estado del Bienestar que ciertamente necesitaba una revisión llevó a mi entonces canciller, el socialdemócrata Gerhard Schröder, a introducir un paquete de reformas ya mítico, conocido como Agenda 2010, con el apoyo de Los Verdes: aquellas reformas supusieron un recorte del gasto público y del Estado del Bienestar, así como la flexibilización del mercado laboral.

¿Los resultados?: con los datos macroeconómicos en la mano, mi economía ha soportado mejor que la de otros países europeos la Gran Recesión que comenzó hace más de cinco años. Actualmente, los datos oficiales de desempleo rondan el 7% de la población activa, he mantenido un ligero crecimiento en un contexto de crisis europea y global, y el sector exportador, clave en mi economía (supone alrededor del 50% de mi PIB), se mantiene robusto gracias a la diversificación de los mercados en los que busco salida a mis apreciados productos made in Germany.  

Esas reformas introducidas hace una década, ¿sólo han tenido efectos positivos?
 
SA: No, ni mucho menos. Unos datos macroeconómicos buenos no siempre se traducen en la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos de un país. O al menos no de todos. Si echamos un vistazo, por ejemplo, a mi mercado laboral, veremos que éste tiene dos caras bien diferentes: mantengo e incluso creo empleo, pero al mismo tiempo, mi sector de sueldos bajos y de condiciones laborales precarias se extiende y engulle a cada vez a más personas: como apunta el libro (recientemente publicado) “La quinta Alemania. Un modelo hacia el fracaso europeo”, alrededor de 8 millones de asalariados en mi mercado laboral trabajan en mini jobs o en condiciones laborales precarias. Además, el hecho de que la Agencia Federal de Empleo no incluya a mis parados de larga duración (los conocidos popular y despectivamente como Hartz IV) hace que el desempleo oficial sea más bajo que el real.

No son pocos los economistas los que me califican como la actual punta de lanza del neoliberalismo en Europa. Como apunta un informe del Instituto de Ciencia Económica y Social financiado por la Comisión Europea, el modelo neoliberal, que comenzó a ganar terreno entre mi clase política ya en la década de los 80, ha provocado que el sector del trabajo a tiempo parcial haya escalado del 14 al 29% entre los años 1991 y 2010. Esa neoliberalización de mi modelo económico ha provocado, por tanto, una dualización de mi mercado laboral: hay millones de asalariados, de sectores donde el sindicalismo mantiene una cierta capacidad de negociación colectiva, que pueden vivir de sus sueldos, cotizan y construyen así una jubilación digna con sus aportaciones a la caja de la seguridad social; sin embargo, también hay millones de trabajadores que no pueden vivir dignamente de sus sueldos, que tienen contratos precarios con salarios tan bajos que ni siquiera cotizan y cuyo futuro en la vejez, por tanto, es incierto. De hecho, la pobreza en la tercera edad ya es una realidad en Alemania: en las calles de Berlín no es inusual ver a ancianos en busca de botellas de vidrio y plástico, con cuya devolución ingresan unos euros que les ayudan a completar su insuficiente jubilación. En resumen, soy capaz de contener la tasa de desempleo, pero incapaz de asegurar una distribución equilibrada de la riqueza: según la OCDE, soy uno de los países industrializados donde más ha crecido la brecha entre ricos y pobres.

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viernes, 30 de agosto de 2013

¿Por qué Alemania es la locomotora económica europea?

Hace años que Alemania recibe el calificativo de «locomotora económica europea». Con la crisis de deuda y la recesión que está sufriendo el Viejo Continente (y sobre todo su llamada periferia), ese rol se ha visto reforzado. No en vano, son muchos los que miran hacia Berlín en busca de respuestas (y también de soluciones). Con las elecciones federales alemanes a la vuelta de la esquina (se celebran el próximo 22 de septiembre), algunas voces en España incluso aseguran que los comicios germanos son tan o incluso más importantes que las elecciones generales españolas. 

Pero, ¿por qué es tan decisiva la economía alemana para el resto de países europeos? En primer lugar, Alemania es el país más poblado de la Unión Europea: con 80 millones de habitantes, el peso de su mercado interior así como su potencia exportadora convierten al país en la economía más fuerte del continente. Además, la economía germana descansa fuertemente en sus exportaciones: casi la mitad de la PIB alemán suele depender de su comercio exterior y, por tanto, de los países (en buena parte europeos) que compran sus productos. La industria alemana está fuertemente especializada, y su tecnología y maquinarias son apreciadas en países europeos y del resto de mundo. Sólo un dato que demuestra esto último: las exportaciones de Alemania aumentaron drásticamente con la introducción del euro como moneda común europea, lo que permitió abaratar los costes del comercio entre los países de la Eurozona. 

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lunes, 29 de abril de 2013

¿Es México un Estado de derecho?

La política de seguridad del ex presidente mexicano Felipe Calderón (del conservador Partido de Acción Nacional, PAN) ha llevado al país americano “a la crisis más profunda en materia de desapariciones forzadas que se haya producido en América Latina en las últimas décadas”. Ésta es la dura afirmación que vierte la organización Human Rights Watch (HRW) en su reciente informe “Los desaparecidos de México. El persistente costo de una crisis ignorada”, según el cual hay indicios que sustentan la sospecha de que miles de civiles fueron desaparecidos por soldados y policías mexicanos durante la Administración Calderón (2006-2012). 

El informe de la organización estadounidense parece confirmar lo que era un secreto a voces durante los últimos meses del sexenio anterior: que la guerra contra el narco impulsada por Calderón fue un estrepitoso fracaso no sólo porque no consiguió reducir la violencia del crimen organizado, sino también porque aumentó exponencialmente el número de violaciones de derechos humanos cometidas por las fuerzas de seguridad. 

Tras la llegada a la presidencia el pasado diciembre de Enrique Peña Nieto, del Partido Revolucionario Institucional (PRI), la cifra oficial de muertos en el marco de esa guerra fallida ya asciende a más de 70.000. Así lo confirmó recientemente el secretario de Gobernación (Ministerio de Interior), Miguel Ángel Osorio Chong. La cifra de personas desaparecidas entre 2006 y 2012 asciende además a 27.000. 

Criminalización de las víctimas 

Las acusaciones del informe de HRW, así como las cifras de muertos y desaparecidos, hacen inevitable la comparación entre México y las dictaduras militares del cono sur como la argentina o la chilena. Igualmente inevitable es la siguiente pregunta: ¿es México actualmente un verdadero Estado de derecho? 

“México es un Estado de leyes sin justicia, un país donde hay muchas leyes y en el que sí puedes tener acceso a la justicia, pero ese acceso no es igualitario”, afirma Daniel Zapico, coordinador de Amnistía Internacional México, que publicará un informe similar al de HRW en los próximos meses. La decisión de Calderón de sacar al Ejército a las calles tomada aumentó las denuncias de torturas y asesinatos sumarios cometidos por las fuerzas de seguridad. ¿Cuál fue la reacción del Gobierno de Calderón? “El discurso oficial afirmaba que todas las víctimas de la violencia estatal eran narcotraficantes o colaboradores del crimen organizado”, apunta el coordinador de Amnistía Internacional. 

Esa criminalización de las víctimas civiles de la violencia estatal no es nueva. Viene siendo denunciada desde hace tiempo por asociaciones civiles como el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad del poeta Javier Sicilia, así como por académicos como Günther Maihold, del prestigioso Colegio de México. Para Maihold, “el movimiento encabezado por Sicilia intenta dignificar a las víctimas consideradas en el discurso oficial como bajas colaterales, que las autoridades niegan al señalar que la guerra del narco solamente está implicando muertes entre los integrantes de los grupos criminales. Esta implícita criminalización de las víctimas civiles es la que ha impulsado a los familiares a movilizarse en contra de una comunicación oficial de la violencia que no respeta la integridad de las personas.”

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