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martes, 9 de febrero de 2021

Coto a la especulación del alquiler en Berlín

"A partir del próximo diciembre sólo estará obligado a pagar la siguiente cantidad". Cientos de miles de berlineses recibieron en las últimas semanas del pasado año una carta de sus arrendadores con el mensaje que abre este texto. Es la consecuencia de la entrada en vigor de la segunda fase de ley de límites en los alquileres de las viviendas en la capital alemana. Las cartas, sin embargo, también suelen incluir la siguiente advertencia: "Le recomendamos que reserve la diferencia entre el precio contractual y la reducción provisional del alquiler a causa de las incertidumbres legales existentes". 

La ley, aprobada por el tripartido de socialdemócratas, verdes y poscomunistas que gobierna en Berlín, está recurrida ante el Tribunal Constitucional; sus detractores -partidos conservadores y asociaciones de propietarios- consideran que la normativa rebasa las competencias del gobierno de la ciudad-estado y también que viola el derecho a la propiedad privada recogido por la Constitución alemana. Aunque la justicia ha rechazado varias solicitudes urgentes de freno a la ley por esta segunda cuestión, expertos recomiendan a los inquilinos conservar el dinero que ahora se ahorran: si el Constitucional falla en contra en contra de la ley, previsiblemente tendrán que reembolsarlo. 


Más de un millón de beneficiados

Alrededor de 350.000 hogares ya se benefician de la segunda fase de la ley, según estimaciones de la Asociación Inquilinos Berlineses, el mayor lobi de arrendatarios de la ciudad. La primera fase de la regulación entró en vigor en febrero de 2020, cuando alrededor de un millón y medio de alquileres ya quedaron congelados al nivel de junio de 2019. 

A partir de 2022 sólo podrán subir un 1,3% anualmente, y a partir de este diciembre, aquellos contratos de alquiler que estén un 20% por encima de los límites permitidos -9,80 euros por metro cuadrado para viviendas siempre y cuando no sean de nueva construcción, o su equipamiento y emplazamiento excepcionales las excluyan del cumplimiento legal-. Los propietarios están obligados a informar a sus inquilinos de la rebaja del precio y a llevarlo a cabo; de lo contrario, se enfrentan a multas. 

La de Berlín no es la primera regulación del mercado del alquiler aprobada en Alemania. En 2015, el Parlamento federal aprobó una ley de freno de los alquileres, con vigencia en todo el territorio de la república, que establece que los nuevos contratos de arrendamiento sólo podían estar un 10% por encima del precio medio de la zona en que esté situada la vivienda. 

Pero no fue suficientemente para frenar los precios en Berlín, una ciudad afectada por una alta especulación protagonizada sobre todo por fondos de inversión que vieron una oportunidad de oro en un mercado con precios relativamente bajos y mayoritariamente de alquiler -los pequeños propietarios son minoría en la capital alemana-, que prometía altos márgenes de beneficio para el gran capital. 


 

"Esa ley no funcionó sobre todo por la cobertura de costes de las obras de modernización: un 11% de esos costes podían ser incluidos en el precio final de alquiler y para siempre, y eso llevó a la aprobación de la ley berlinesa", explica Christoph Trautvetter, académico especialista en legislación inmobiliaria y justicia fiscal, y autor del informe "¿A quién pertenece la ciudad?", financiado por la Fundación Rosa Luxemburgo, que analiza las estructuras de propietarios en Berlín. "De todas formas, la legislación de 2015 ayudó a contener los precios, sobre todo si comparamos la situación alemana con la española", añade Trautvetter. 


Barcelona y Berlín 

Con un salario medio de algo más de 1.400 euros mensuales, un inquilino tiene que pagar una media de 959 euros en alquiler al mes en Barcelona. Ello supone más del 60 % de sus ingresos. El porcentaje dedicado al alquiler en Berlín asciende al 36% del salario medio de la capital alemana (2.536 euros). Es la comparativa que se desprende del estudio de Trautvetter, y que demuestra las diferencias entre los dos modelos. Así las cosas, ¿podría funcionar la ley berlinesa en la capital catalana? 

"No son situaciones comparables porque España no tiene un marco legal del arrendamiento como el de Alemania, y porque el porcentaje de propietarios allí es mucho mayor que aquí", aclara Reiner Wild, secretario general de la Asociación Inquilinos Berlineses. Wild presentó la ley de limitación de alquiler berlinesa en conferencias organizadas por los gobiernos autonómicos vasco y catalán; este último incluso ha aprobado recientemente una ley de regulación del alquiler inspirada parcialmente en la norma de la capital alemana. 

"Parece que el Gobierno central español está preparando una ley similar a la catalana para otras partes del Estado. En todo caso, la ley berlinesa podría ser una buena base para una regulación del mercado de alquiler español", asegura Wild, que reconoce estar en "contacto permanente" con asociaciones de defensa de los derechos de los arrendatarios del Estado español y cuya organización incluso traduce ya algunas de sus notas de prensa al castellano


Ley de emergencia

En todo caso, la situación en la capital alemana está lejos de ser ideal. "La ley de límites en los alquileres de las viviendas es una solución de corto plazo para un mercado de alquiler que estaba fuera de control en Berlín", cree Christoph Trautvetter, que reconoce que la legislación favorece tanto a altas rentas como a los más pobres de la ciudad, los que más dificultades tienen para encontrar una vivienda o para pagar la que ya alquilan. 

Según el analista, tanto la capital alemana como el resto de Alemania necesitan regulaciones más precisas que complementen las limitaciones del alquiler: la prohibición más estricta de mantener viviendas vacías, de especular con terrenos construibles o un impuesto más riguroso para transacciones inmobiliarias podrían ser sólo algunas de ellas.

Reportaje publicado por El Periódico de Catalunya.

lunes, 6 de abril de 2020

Coronabonos: las voces de la otra Alemania

"Cuando durante una tormenta algunos se tiran por la borda, no sirve de nada que el resto de la tripulación salte detrás. Es mejor quedarse en el barco y lanzarles un flotador”. 

Este es sólo uno de las párrafos dedicados estos días por cierta prensa alemana a los llamados coronabonos. La metáfora usada por una columnista del diario conservador “Die Welt” ilustra bien el rechazo militante de buena parte de la política, el empresariado y el electorado de Alemania a una emisión conjunta de deuda europea. Una demanda que cada vez se hace más fuerte en la Unión Europea para hacer frente a las consecuencias económicas y sociales que ya está generando el coronavirus en el Viejo Continente. 

Los estados de la UE más afectados por la pandemia son precisamente los que acumulan una mayor deuda pública. Los devastadores efectos del virus los convertirá muy probablemente en víctimas de la especulación financiera. Su margen para reactivar las economías con dinero público se estrechará así aún más. Economistas ya advierten de que la Gran Recesión de hace una década podría quedarse en anécdota si no se actúa de manera conjunta. 

Ayudas sí, mutualización no 

Pese a la excepcionalidad del momento, la posición del gobierno federal alemán, con Angela Merkel al frente, no se ha movido ni un milímetro desde la crisis financiera de 2009: Berlín sigue ofreciendo un rotundo 'no' a la mutualización de la deuda. Esta permitiría a los estados más golpeados por el virus, como Italia y España, a acceder una financiación en mejores condiciones en los mercados internacionales. 

Ayudas sí, mutualización de la deuda no, responde el gobierno alemán secundado por otros como el holandés o el austríaco. La negativa es interpretada como una señal de insolidaridad no sólo por la periferia europea, sino también por políticos y economistas de Alemania. Son las otras voces de la mayor economía de la UE. 

“Cada vez hay más gente en el espectro político y de los institutos económicos de Alemania que apoyan los coronabonos. Por eso nos preguntamos por qué el gobierno alemán se sigue oponiendo de manera tan testaruda. Parece no haber aprendido de la última crisis: precisamente el error entonces fue no encontrar una respuesta europea común”, dice Marcus Wolf, analista de Movimiento Ciudadano para el Cambio Financiero. La ONG, fundada por el exdiputado verde y experto en asuntos económicos Gerhard Schick, es una de las organizaciones alemanas que pide los coronabonos. 

“Tal vez sea difícil de entender en el extranjero”, explica Wolf, “pero en Alemania sigue prevaleciendo la idea de un presupuesto público equilibrado y de reducir el endeudamiento. En este caso, sin embargo, no se trata de emitir deuda común europea de manera indefinida, sino de una medida limitada en el tiempo ante la actual situación excepcional y porque unos países se ven más afectados que otros”. 

Rechazo histórico 

El rechazo en Alemania a una emisión conjunta de deuda avalada conjuntamente por todos los estados de la Eurozona no surge de la última recesión; se remonta a la introducción del euro hace dos décadas. “En Alemania nació entonces el mito de que se puede disfrutar de las ventajas de la moneda común sin tener que apoyar al resto de países”, explica el eurodiputado verde Sven Giegold, uno de los impulsores de la petición #WeAreInThisTogether que urge a la emisión de bonos comunitarios. 



“Durante años se les ha dicho a los alemanes que se puede tener una unión económica y monetaria, y al mismo tiempo que cada uno de los estados siga siendo independiente financieramente. Y eso es falso”, continúa Giegold. “Es irónico que dos de los principales beneficiados del euro – Holanda, gracias a su paraíso fiscal, y Alemania, con sus superávits comerciales – sean los que se opongan de manera más tozuda”. 

Cuando en España e Italia miles de personas luchan por su vida y sus sistemas sanitarios están al borde del colapso, Alemania insiste en que su opción es la mejor para la UE, argumenta Giegold: “Y eso no es muy europeísta”. En lugar de los coronabonos, Berlín apuesta por usar el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), creado durante la última crisis para rescatar a los países del euro. Con más de 400.000 millones de euros, el fondo ofrece préstamos a cambio de reformas económicas. Grecia y Portugal, que acudieron al rescate, ya conocen las duras condiciones. 

“Respiración artificial” 

“El dinero barato del Banco Central Europeo llega a los mercados financieros, pero no a la economía real. Es como mantener con vida a un paciente con respiración artificial, y al mismo tiempo sacarle sangre”. Fabio De Masi, diputado federal alemán de La Izquierda, prefiere esa metáfora para describir la situación del euro: mientras el BCE compra deuda pública de los estados europeos, la UE desaprovecha la opción de los eurobonos, argumenta el político alemán de padre italiano. 

“El gobierno federal alemán teme romper un tabú”, explica De Masi. “Además, puede utilizar el MEDE para hacer recortes más duros. Un ejemplo: durante la crisis de Grecia, sus aeropuertos regionales fueron privatizados. La alemana Fraport fue la beneficiada. El gobierno alemán intenta usar la crisis para imponer los intereses de empresas alemanas”. 

El experto en asuntos económicos del partido más a la izquierda del arco parlamentario alemán expone de manera pragmática su defensa de los coronabonos: “Cerrarán empresas, se destruirán empleos y al final tendrán que aprobarse caros rescates. Por eso los coronabonos son más baratos. Y ello va también en el interés de Alemania. Si a la crisis del coronavirus le sigue una crisis del euro, y si no conseguimos controlar la situación en Italia o España, tampoco la conseguiremos controlar en Alemania”. 

Las voces alemanas a favor de los coronabonos creen que de la respuesta a la peor crisis que sufre Europa desde la Segunda Guerra Mundial depende el futuro del proyecto europeo: “Si los estados europeos no se apoyan suficientemente en esta crisis histórica”, dice De Masi, “si son Cuba, China o Rusia los que envían médicos y material a Italia, entonces la UE se hará innecesaria”. 

Reportaje publicado en El Periódico de Catalunya.

sábado, 25 de agosto de 2018

Desmontando el mito de las pensiones públicas de Alemania

Susanne Neumann trabajó más de treinta años como limpiadora de casas, edificios y oficinas. Hoy recibe 800 euros netos mensuales de pensión pública. Se trata de una pensión reducida por incapacidad laboral: enfermó de cáncer y tuvo que prejubilarse. Tras casi cuatro décadas de cotizaciones a la caja pública de pensiones, lo tendría realmente difícil para llegar a fin de mes con ese dinero. “Mi marido todavía trabaja y gana un buen sueldo”, confiesa. Susanne se siente una afortunada si mira a su entorno, porque su situación dista de ser excepcional en el país más rico y poblado de la Unión Europea. 

El 48% de todas las pensiones públicas alemanas están por debajo de los 800 euros mensuales, y el 62%, por debajo de los 1.000. En el caso de las mujeres, las pensiones menores a 800 euros alcanzan incluso el 64% de todas las jubiladas. Un ingreso menor a 969 euros al mes es considerado el umbral que da acceso a la pobreza para hogares unipersonales en Alemania. 

Todas estas son estadísticas oficiales del Ministerio Federal de Trabajo y Asuntos Sociales basadas en datos correspondientes al año 2016. El Gobierno federal se vio obligado a ofrecerlas a inicios del pasado julio tras recibir una pregunta parlamentaria de La Izquierda, uno de los partidos que conforman la oposición a la Gran Coalición gobernante (democristianos y socialdemócratas). 

Sabine Zimmermann, presidenta de la comisión parlamentaria para Familia, Personas Mayores, Mujeres y Juventud, fue la diputada que hizo la pregunta. La respuesta desmonta el mito sobre las pensiones públicas alemanas especialmente extendido en países del sur de Europa, en los que suele cundir la idea de que en Alemania no hay cultura de compra de una vivienda porque las pensiones públicas son un auténtico seguro contra la pobreza en la tercera edad. Hace tiempo que eso dejó de ser así.

“Lo cierto es que las estadísticas no me sorprendieron”, reconoce la diputada Zimmermann. “El Gobierno federal alemán asegura que en el país sólo hay un millón de personas en la tercera edad que dependen de la ayuda social básica, pero investigadores de la pobreza apuntan que hay casi tres millones de jubilados que podrían solicitar esa ayuda estatal por tener pensiones muy bajas”. 

La parlamentaria de La Izquierda se refiere a aquellos pensionistas que, avergonzados por la inesperada pobreza que sufren, prefieren no acudir el complemento de ayuda social básica estatal y se ven abocados a acudir a la caridad de los bancos alimentos o a recoger botellas retornables en las calles para obtener unos euros diarios que complementen sus insuficientes ingresos. Esta última es una imagen que se ha convertido en habitual en las grandes ciudades del país.

Continúa leyendo el reportaje en El Confidencial.

martes, 20 de marzo de 2018

Los bancos de alimentos, el “sismógrafo” de la pobreza en Alemania

Karola nunca creyó que llegaría a la tercera edad en esta situación: a sus 70 años, hoy hurga en un contenedor de desechos orgánicos. Busca verduras o frutas que todavía sean comestibles. Esta jubilada alemana ya tiene la donación semanal que recibe todos los lunes en un banco de alimentos del distrito berlinés de Neukölln frente al que ahora revuelve en la basura; sin embargo, cuando viene aquí, intenta hacer el máximo acopio posible para llegar con mayor holgura a fin de mes. Karola recibe 600 euros mensuales de jubilación, complementados por algo más de 100 euros de subvención estatal. Una vez pagado su alquiler, que asciende a 500 euros, le quedan unos 200 para comer a diario. 

“Podría alimentarme con ese dinero, pero, y aunque me avergüenza, prefiero acudir a este banco de alimentos. Así puedo ahorrar algo para comprar cosas necesarias o hacer frente a gastos imprevistos”, dice la pensionista con las manos todavía manchadas por los desperdicios orgánicos. Karola, que trabajó toda su vida como vendedora de flores e incluso tuvo su propio negocio, es jubilada, pobre y forma parte del casi medio millón de pensionistas que acuden anualmente a los más de 900 bancos de alimentos repartidos por la geografía del país más rico de la Unión Europea. 

Según las datos oficiales de la federación de bancos de alimentos de Alemania, alrededor de millón y medio de personas se sirvieron en 2016 de las donaciones de comestibles de estas iniciativas privadas apoyadas por voluntarios que se encargan de recuperar alimentos que de otra forma acabarían desperdiciados. Esa cifra, que no se actualiza anualmente, es hoy muy probablemente mayor, aseguran desde la federación. Aunque la cantidad de personas en la tercera edad se ha doblado en los últimos años, la mayoría de los beneficiarios (53%) son ciudadanos en edad laboral, con o sin trabajo. La coordinadora de bancos de alimentos ha detectado, además, un repunte entre niños y jóvenes dependientes de la beneficencia. La (creciente) pobreza tiene muchas caras en Alemania.

Esas estadísticas llevaban mucho tiempo ahí, pero aterrizaron en los medios casi de rebote, de mano de una noticia que generó perplejidad: el pasado diciembre, la dirección de un banco de alimentos de la ciudad de Essen anunciaba que no aceptaría a más beneficiarios que no pudieran acreditar la nacionalidad alemana. Todos aquellos peticionarios de ayuda sin pasaporte alemán quedaban, por tanto, excluidos. “Debido a que, durante los últimos, años el porcentaje de conciudadanos extranjeros entre nuestros clientes ha crecido un 75% a causa del aumento de refugiados, nos vemos obligados a aceptar sólo a personas con un documento de identidad alemán para garantizar una integración racional”, apuntaba una breve nota en la web de la organización.

Pese a las numerosas críticas, la medida, vigente hasta finales de marzo, ha sido defendida a capa y espada por Jörg Sartor, director del banco de alimentos de Essen. Sartor asegura que la decisión no tiene trasfondo xenófobo alguno, y simplemente persigue una distribución más equilibrada de los alimentos así como la atención de las quejas de algunas jubiladas alemanas, que acusaron de mal comportamiento a beneficiarios de origen extranjero. Según datos facilitados por la federación de bancos de alimentos, el porcentaje de beneficiarios extranjeros asciende al 60% en todo el país, un porcentaje que alcanza el 80% en el Estado de Renania del Norte-Westfalia, en el que está Essen.

"Nueva cuestión social alemana"

El caso de Essen ha generado un debate público en Alemania, donde el aumento de la pobreza no sólo se nota en calles, sino que también se ha instalado en la agenda política. El presidente federal, Frank-Walter Steinmeier, incluso citó el banco de alimentos de la discordia en su discurso durante el nombramiento del nuevo gobierno de Gran Coalición de la canciller Merkel: “La creciente polarización en la mayoría de sociedades europeas, pero también en la nuestra, salta a la vista. Una polarización que no sólo se refleja en el banco de alimentos de Essen, sino en todo el país”.

   

Y mientras Steinmeier llama la atención sobre la creciente desigualdad en el país más rico y poderoso de la UE, la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) no deja pasar la ocasión de aplaudir la decisión tomada por el banco de Essen. Destacadas figuras de AfD hace tiempo que hablan, no en vano, de la “nueva cuestión social alemana” y defienden que el mantenimiento del Estado de bienestar sólo es posible con una política de fronteras cerradas. En su modelo de país sólo hay sitio para los pobres autóctonos.

El caso de Essen no sólo genera debate en las altas instancias del Estado y en la clase política germana, sino también entre los mismos receptores de la beneficencia. Para comprobarlo, basta con visitar dos bancos de alimentos de Berlín situados en Wedding y Neukölln, dos distritos históricamente habitados por trabajadores y con un alto porcentaje de población de origen inmigrante. Entre los beneficiarios, alemanes o extranjeros, hay opiniones de todo tipo.

Conny tiene 53 años y está prejubilada por enfermedad. Recibe 768 euros mensuales de pensión. Trabajó de muchas cosas: en una fábrica, en el sector servicios, en un bar... Su salario fue por general bajo, con lo que también lo fueron sus contribuciones a la seguridad social. Conny tiene un hijo de 20 años, pero vive sola y se ve obligada a acudir al banco de alimentos de Neukölln para poder llegar a fin de mes. Carga con dureza contra la decisión tomada por el banco de Essen y también contra las políticas sociales de los sucesivos gobiernos alemanes de los últimos 15 años. El Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) es el principal blanco de sus críticas, pues ha dejado de ofrecer una alternativa realmente social. “Pero parecen no darse cuenta”, dice.

Svetlana es una madre soltera de unos 40 años. Originaria de Kazajistán, lleva una década viviendo en Alemania. Esta es la segunda vez que viene a buscar comida a un banco de alimentos. Si se hubiese enterado antes, asegura, también habría venido antes. Svetlana tiene trabajo, pero lo que gana no le llega para pagar el alquiler (530 euros por un apartamento de una sola habitación), asumir todos los gastos derivados de la casa y además alimentar a su hija. Por eso, viene a buscar comida. Svetlana no entiende muy bien la decisión tomada por el banco de alimentos de Essen, así que prefiere no opinar.

Helga Nautojat es un jubilada de 63 años. Asegura que los alimentos que acaba de recoger no son para ella, sino para una amiga jubilada que está enferma y no puede salir de casa. Helga es viuda y cobra 1050 euros de pensión. Además, paga unos 800 euros de hipoteca. Por tanto, le quedan 250 para hacer frente al pago de luz, agua y el resto de eventuales costos. Reconoce que el dinero le llega muy justo para comer todos los días. No le parece bien la decisión del banco de Essen de excluir sólo a extranjeros: “Sencillamente, los podrían haber separado”.

Jubilados y madres solteras

Hay dos perfiles predominantes entre los beneficiarios del banco de alimentos de Neukölln: los jubilados y las madres solteras (desempleadas o trabajadoras). Así lo asegura su director, Karsten Böhn, quien reconoce que la cantidad de peticionarios de ayuda ha aumentado notablemente en los últimos años. “Este tipo de bancos son el auténtico sismógrafo de la magnitud de la pobreza en Alemania”, asegura, mientras decenas de personas desfilan frente a su despacho para hacer acopio de alimentos a cambio de un simbólico euro. Si la canciller Merkel le pidiera medidas concretas para combatir la pobreza y la desigualdad, le daría dos sin dudarlo ni un segundo: el aumento de salario mínimo actual de algo más de 8,84 euros la hora hasta, al menos, 11 (para combatir la llamada “pobreza trabajadora”) y el incremento de la ayuda de subsistencia o Hartz IV, que calcula algo más de 4 euros diarios para comida.

“En Alemania nadie tiene por qué pasar hambre”, zanja Siemen Dallmann, director del banco de alimentos del distrito de Wedding. “La gente viene aquí para poder dedicar el poco dinero que tiene a gastos que les sería imposible asumir si tuviese que invertirlo todo en comida. Y ese es precisamente el objetivo de estos bancos. El problema es que cada vez más gente a acude a nosotros y las donaciones de alimentos también comienzan a reducirse”. Y ahí parece estar precisamente la fuente de conflicto en algunos bancos como el de Essen, que la fuerza ultraderechista más exitosa de la historia de la República Federal no desaprovecha para intentar enfrentar a los pobres alemanes con los extranjeros.

Queda la sensación de que si AfD no fuese actualmente la tercera fuerza del Bundestag, en el que además a partir de ahora liderará la oposición parlamentaria a la nueva Gran Coalición, la decisión del banco de Essen y el consecuente debate nunca se habrían producido. “Un cosa está clara”, reflexiona Siemen Dallmann, “desde que AfD existe y está en el Bundestag, aquí y allá hay gente que se atreve a decir cosas que antes no habría dicho. Dudo que los representantes del banco de Essen sean simpatizantes de AfD. Pero, en general, sí es verdad que 15 años atrás, la gente que hoy vota a AfD ya existía y escondía sus opiniones. Hoy todo esas posiciones son mucho más públicas, porque incluso hay un partido en el Parlamento que defiende lo mismo abiertamente”.

Reportaje publicado por El Confidencial.

sábado, 30 de diciembre de 2017

Paradoja alemana: el paro en mínimos mientras crece el número de gente sin casa

“860.000 personas no tienen casa en Alemania. La cifra ha crecido un 150% desde 2014”. 

Este titular, generado por un informe de la organización no gubernamental Bundesarbeitsgemeinschaft Wohnungslosenhilfe (BAG W), rebotó en numerosos medios dentro y fuera del país más rico de la Unión Europea a mediados del pasado mes de noviembre. La información volvía a lanzar sombras sobre un modelo económico que ha sido y sigue siendo referencia para muchos gobiernos y políticos del Viejo Continente. Unas sombras que se alargan cuando se observa cuál es la previsión de BAG W para el próximo año: en 2018, el número de los sin techo superará holgadamente el millón de personas en Alemania. Algo falla en la locomotora económica europea. 

La llamada crisis de refugiados arrancó oficialmente en el verano de 2015. Desde entonces, Alemania ha recibido alrededor de un millón de personas procedentes, sobre todo, de Oriente Próximo. Se hace por tanto muy tentador intentar explicar el aumento de personas sin vivienda con la llegada de miles de sirios, afganos e iraquíes. Sin embargo, y aunque los refugiados sean uno de los factores, la situación es bastante más compleja y tiene una indudable dimensión económica nacional. 

“La falta de una política de vivienda y del combate de la pobreza son la base estructural de la problemática”, asegura a El Confidencial Werena Rosenke, subdirectora de BAG W y coautora del informe. “Desde 1990 hasta hoy el número de vivienda social se ha reducido un 60%. Desde hace años, en muchos Estados federados no se construye ni una sola vivienda social bajo el argumento de que el mercado se regula a sí mismo”, asegura Rosenke, que apunta además la privatización de vivienda social todavía existente por parte de las autoridades federales y estatales. 

Las cifras hablan por sí solas: en 1990 había en Alemania casi tres millones de viviendas sociales. 2017 cerrará con poco más de un millón. Y la tendencia va claramente a la baja. 



De los 858.000 personas sin una vivienda estimadas por el informe de BAG W, casi la mitad (422.000) eran ciudadanos residentes en Alemania sin relación alguna con la ola de refugiados. La cifra de personas sin casa ascendía en 2006 a 248.000. Si obviamos a los refugiados que siguen sin tener un techo propio, el número de personas que no puede permitirse una vivienda se ha doblado, por tanto, durante la última década en Alemania. La figura del trabajador pobre juega un papel fundamental en ese avance. 

“En Alemania tenemos el sector de salarios bajos más grande de toda Europa. Hay una cifra de gente que no se debe subestimar con condiciones laborales precarias, que necesitan dos empleos para llegar a fin de mes o incluso pedir ayuda a social al Estado a pesar de estar trabajando”, asegura Werena Rosenke. “Como ya han demostrado muchos otros informes, la tasa de desempleo no es decisiva para el aumento o descenso de personas sin casa, sino cuál es la disponibilidad de viviendas a precio asequible”. 

Alemania se ha convertido en un país de paradojas socioeconómicas: su tasa de desempleo es la más baja desde 1991; mientras, la cifra de personas que no pueden permitirse una vivienda es la más alta desde la reunificación. 

Burbuja inmobiliaria urbana 

Al fenómeno del trabajador pobre hay que sumarle la evidente burbuja inmobiliaria que, alimentada por los actuales bajos tipos de interés, la inversión de capital extranjero y el avance del mercado de compra en detrimento del de alquiler, se ha formado en los principales núcleos urbanos del país. El precio de la vivienda aumenta ininterrumpidamente desde 2010, especialmente en ciudades como Múnich, Colonia, Hamburgo o Berlín. 

Carsten Krull es trabajador social en la capital alemana desde hace tres décadas. Lo ha visto prácticamente todo. Hoy dirige un centro diurno de acogida y asesoramiento para personas sin techo en el barrio occidental de Moabit. Por aquí pasa todo tipo de gente: desde alcohólicos vagabundos hasta trabajadores alemanes y extranjeros que, pese a contar con un empleo y un salario, no encuentran una vivienda que puedan pagar. 

Moabit es un claro ejemplo del desarrollo que ha experimentado el mercado inmobiliario en la capital alemana: hace una década, era un barrio con problemas estructurales, tráfico de drogas y considerado inseguro; hoy apunta a convertirse en la siguiente víctima de los procesos de gentrificación y especulación urbanística que están convirtiendo la vivienda en un bien escaso y, por consiguiente, extremadamente valioso en la capital alemana. 

“En Berlín, personas con un salario bajo apenas tiene la posibilidad de encontrar un apartamento. Y esa es una realidad que cada vez se extiende más”, explica Carsten Krull a El Confidencial. “Esta zona en la que tenemos nuestro centro era antes un lugar donde nadie quería vivir. Los cárteles de 'Se alquila' se quedaban durante años colgados en las ventanas. Entretanto, aquí ya se está mudando la clase media-alta. Si alguno de nuestro asesorados intenta alquilar un apartamento en esta zona, lo tendrá prácticamente imposible”. 

Si se le pregunta sobre los porqués del incremento del número de personas sin casa apuntado por el informe de BAG W, el trabajador social contesta que hay que diferenciar entre las personas sin techo que viven en la calle y aquellos ciudadanos con bajos ingresos (también conocidos como “trabajadores pobres) y dependientes de ayudas sociales. 

El primer grupo, marcado generalmente por el consumo de alcohol, drogas y también por las enfermedades mentales, tiene poco que ver con el desarrollo del modelo económico de Alemania durante el último cuarto de siglo. Ya estaban allí antes de 1990. La evolución del segundo grupo, sin embargo, sí presenta una relación directa con la neoliberalización de la locomotora económica europea. Haciendo repaso del perfil de personas a las que ha atendido durante los últimos años, Carsten Krull no tiene dudas: “La pobreza cada vez se amplía más en Alemania”. 

Sin estadísticas oficiales 

Pese a la creciente problemática, llama la atención que el Gobierno federal alemán no cuente con estadísticas oficiales sobre gente sin casa. Sólo un par de Estados federados confecciona un informe anual y de alcance regional. Tanto a Werena Rosenke como Carsten Krull les cuesta no ver una intencionalidad política en esa ausencia de cifras estatales. Los problemas que no están en la agenda, en definitiva, no existen para el electorado. 

Elfriede Brüning, directora del Centro para Personas Afectadas por la Escasez de Vivienda de Berlín, cree, no obstante, que la inexistencia oficial de estadísticas responde simple y llanamente a que la cifra de personas sin casa no interesa absolutamente a nadie en el mundo de la política. “Por eso le estoy agradecida a las miles de personas refugiadas que, gracias a su llegada a Alemania, llamaron la atención sobre la problemática”, dice a El Confidencial la trabajadora social. 

Brüning se refiere a la contribución estadística del alrededor de medio millón de refugiados llegados al país desde 2015 que hoy siguen sin techo. Sin ellos, el titular que abre este artículo no habría sido posible en 2017, y el impacto de la creciente realidad de personas sin casa en el espacio público, muy probablemente inexistente. 

Contra lo que se pueda pensar, la mayoría de personas que busca ayuda en el Centro para Personas Afectadas por la Escasez de Vivienda dirigido por Elfriede Brüning no responde a la imagen de vagabundos víctimas del alcoholismo y las drogas; la mayoría de los afectados asesorados por el centro son ciudadanos alemanes que vive temporalmente en casa de familiares o amigos ante la imposibilidad de encontrar una vivienda. En 2016, más de un 11% de los asesorados contaba incluso con un empleo. 

Luego está el grupo de “los sin techo invisibles”; es decir, personas que a primer golpe de vista parecen ciudadanos socialmente integrados, pero que en realidad no cuentan con una vivienda propia y peregrinan durante meses o incluso años entre sofás de amigos, centros de acogida e incluso la calle. 

Elfriede Brüning no tiene dudas: la cifra de personas trabajadoras, asalariadas e integradas socialmente que se ven afectadas por la falta de vivienda no ha hecho más que aumentar durante los últimos años en Alemania. Elfriede tampoco duda ni un momento en señalar la relación entre el modelo económico del país más rico de la UE y el creciente número de personas sin techo: “Siempre que hablamos con el Senado de Berlín [Gobierno regional de la ciudad Estado] sobre la necesidad de intervenir para que personas con poco dinero pudieran acceder a una vivienda, la respuesta era que el mercado se ocuparía de ello. El mercado, efectivamente, se ocupó y ahora tenemos una inmensa cifra de personas sin vivienda. Un día fuimos una economía social de mercado. El carácter social se quedó por el camino. Hoy sólo somos una simple economía de mercado”.

Reportaje publicado en El Confidencial.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Jubilado, pobre... y alemán

Joseph H. tiene 75 años. Trabajó hasta los 71 como enlosador. Actualmente recibe 416 euros mensuales por su renta pública de jubilación. Paga 400 de alquiler por su apartamento de una sola habitación en Múnich. Para llegar a fin de mes, se ve obligado a pedir la ayuda de subsistencia básica al Estado alemán. Un ayuda insuficiente para comprar los medicamentos que necesita y poder comer todos los días. Por eso acude de vez en cuando a una cocina comunitaria de su barrio, donde, además de comer caliente, recibe alimentos de forma gratuita. 

 Harry N. también tiene 75 años. Trabajó hasta los 41 como funcionario del Ministerio de Finanzas, hasta que una enfermedad lo incapacitó. Su pequeña jubilación no le da para llegar a fin de mes, por eso hasta ahora hizo trabajos a tiempo parcial para complementarla. Desde que perdió su último empleo busca envases retornables en papeleras y contenedores de basura para sacarse unos euros diarios. Lo hace cuando cae la noche o bien temprano, antes de que salga el sol: le da vergüenza ser visto por vecinos o conocidos. 

Además de la edad, Joseph y Harry comparten tres características: son jubilados, son pobres… y son alemanes. Son parte de más del 15 por ciento de jubilados de la mayor economía europea afectados por la pobreza, según datos de la Oficina Federal de Estadística de Alemania. Una pobreza que se refleja en las peticiones de ayudas públicas: más de medio millón de jubilados solicitaron la ayuda de subsistencia mínima el pasado año. Una cifra que se ha doblado en la última década y que seguirá creciendo en los próximos años si algo no cambia en Alemania, un país muy envejecido y en el que la familia juega un papel prácticamente residual. 

Informe demoledor 

El caso de Harry está extraído del último informe anual sobre la pobreza en Alemania de la asociación Deutscher Paritätischer Wohlfahrtsverband. La conclusión de apartado dedicado a la exclusión social en la tercera edad en Alemania es simplemente demoledor: “La pobreza en la vejez amenaza con convertirse en un fenómeno masivo en los próximos a años, pues sabemos que el precio de la vida, como la vivienda y la energía, sube, mientras que el valor de las jubilaciones no deja de bajar”. ¿Cómo ha podido llegar uno de los países más ricos del mundo a esta situación? 

“Se trata de un problema creado en casa. Hace 15 años se decidió debilitar el sistema público de pensiones, con distancia el principal pilar de la seguridad en la vejez para más de 90 por ciento de la población alemana. Se tomó esa decisión para mantener bajas las aportaciones al sistema estatal de pensiones”, asegura a Joachim Rock, autor del informe. “Al mismo tiempo, se apostó por fondos de jubilación privados, que hoy apenas aportan una solución para los jubilados pobres o amenazados por la pobreza, y que en fases como la actual, de tipos de interés muy bajos, apenas arrojan dividendos”. 

Como muchos otros críticos de la política económica de los últimos gobiernos federales, Joachim Rock responsabiliza directamente a la Agenda 2010, el paquete de reformas y recortes sociales introducido en 2003 por el Gobierno rojiverde del excanciller socialdemócrata Gerhard Schröder. “La Agenda 2010 mantuvo una política de reducción de las cuotas al sistema público de pensiones a costa de su eficiencia. El fomento de minijobs y de la precariedad laboral también aumenta la pobreza en la vejez”, apunta Rock. 

La estabilidad del sistema público de pensiones es un viejo debate en Alemania. La grave crisis demográfica que sufre el país, generada por la baja tasa de natalidad y el envejecimiento poblacional debido a la creciente esperanza de vida, no sólo pone en jaque el propio modelo productivo germano, sino también su sistema de seguridad social y su Estado del bienestar. El Gobierno de Schröder decidió en su momento reducir las aportaciones al sistema público de pensiones y fomentar seguros de jubilación privados (complementarios de las jubilaciones públicas) a través de subvenciones estatales. Lo que parecía una decisión previsora se ha revelado más de una década después como un sistema fallido, como reconoció recientemente el actual gobierno de Gran Coalición formado por democristianos y socialdemócratas. 

Rebelión en la tercera edad 

Alemania, año 2030: más de un tercio de los jubilados vive por debajo del umbral de la pobreza; hay prisiones especiales para personas mayores de 65 años debido a la creciente criminalidad en la tercera edad, como por ejemplo los asaltos a farmacias en busca de medicamentos impagables; la cifra de suicidios crece escandalosamente entre la población mayor; y un grupúsculo denominado Comando de Ancianos Iracundos protagoniza ataques, atracos y acciones reivindicativas en un país que ha dejado en la cuneta a buena parte de su vejez.


Es el panorama que dibuja el documental en clave de ficción “2030. Rebelión de los ancianos”, emitido en 2007 por la televisión pública alemana ZDF. La película proyecta el posible futuro cercano de un país marcado por una política de pensiones fracasada. Un futuro ficticio, pero perfectamente verosímil atendiendo a las proyecciones que hacen expertos e institutos económicos. “Todavía no ha ocurrido, pero esto o algo parecido podría llegar pronto”. Con esta frase termina el docudrama de tintes preapocalípticos. 

La pobreza en la tercera edad ha dejado de ser un fenómeno minoritario en Alemania. La de ancianos en busca de botellas retornables se ha convertido en una imagen habitual en sus paisajes urbanos. La exclusión social en la vejez está lejos de ser una ficción en la locomotora económica europea, sino que es más bien un fenómeno cada vez más visible. 

“Hay que tener ojo para darse cuenta. Cuando sales bien temprano de casa, es normal ver a jubilados caminando por las calles, algo en principio atípico. Pero si uno se fija bien, verá cómo muchos de ellos buscan botellas retornables en contenedores de basura.Y eso asusta”. El que habla es Hans-Jürgen Scheibe, un trabajador del sector de la construcción jubilado que ahora dedica parte de su tiempo a denunciar la creciente pobreza en la tercera edad. No ha visto la película “2030. Rebelión de los ancianos”; por eso, el nombre que él y sus colegas decidieron darle a la asociación que los representa tiene algo de premonitorio: Seniorenaufstand (“Levantamiento de jubilados”). 

Scheibe denuncia la alarmante pérdida de poder adquisitivo de los jubilados alemanes: “Las pensiones crecieron de 2003 a 2013 un 8,8 por ciento, mientras que los precios aumentaron un 19,3 y los salarios, un 18,95 por ciento en el mismo periodo”, declara Scheibe citando estadísticas del sistema público de pensiones alemán. 

Jubilación de dos velocidades 

Hace años que economistas apuntan que las reformas de corte neoliberal que consiguieron sacar a la economía alemana de la profunda crisis de principios de siglo está creando una sociedad de dos velocidades: mientras un sector de población mantiene contratos laborales estables con buenas cotizaciones a la seguridad social, la precariedad laboral y los contratos de trabajo con pocas perspectivas ganan terreno en la primera economía del Viejo Continente. Esta sociedad de dos velocidades se proyecta también en las condiciones de vida en la tercera de edad. La vejez germana tampoco escapa la desigualdad. 

Una de esas voces críticas es Marcel Fratzscher, presidente del Instituto para la Investigación Económica (DIW). Su último libro, 'Lucha por la distribución. Por qué Alemania es cada vez más desigual', apunta que Alemania es uno de los países más desiguales de la OCDE y advierte de lo que se le viene encima al país en materia de jubilaciones: “Debido al envejecimiento poblacional, el Estado alemán tendrá que aumentar hasta 2030 su crecimiento anual en más de un 2 por ciento para poder hacer frente a los costes adicionales en pensiones y sistema de salud”. Un avance del PIB poco realista a la vista del débil crecimiento de la economía mundial, de la que Alemania depende profundamente debido al fuerte peso de sus exportaciones. 

Mientras, la creciente pobreza en la tercera edad impulsa paradójicamente a la punta de lanza de la nueva extrema derecha germana, el joven partido Alternativa para Alemania (AfD), que con toda seguridad obtendrá representación en el Bundestag en las próximas elecciones federales. Y paradójicamente, porque AfD presenta propuestas económicas de marcado corte neoliberal que están lejos de pretender fortalecer el sistema público de pensiones. Ello demuestra que AfD se ha convertido, sin duda, en el gran partido protesta de Alemania, capaz de capitalizar políticamente buena parte del descontento social de las clases medias y bajas del país pese a no ofrecer recetas económicas de corte social. 

El profesor Joachim Rock cree que Alemania todavía está a tiempo de evitar un futuro como el proyectado por el filme “2030. Rebelión de los ancianos”. Pero para ello ve necesaria la introducción inmediata de medidas que den un vuelco a las proyecciones más apocalípticas: la estabilización y el aumento del nivel de las jubilaciones por encima del 50 por ciento, el reforzamiento de los elementos de solidaridad en el sistema público de pensiones, el fin al fomento público, financiado con el dinero de todos los contribuyentes, de planes de pensiones privados, y, sobre todo, la creación de empleo de calidad que aporte ingresos a la caja pública de pensiones. “Necesitamos una lucha decidida contra la pobreza. Y para ello, la política de pensiones del Gobierno alemán tiene que dar un giro de 180 grados”, sentencia Rock.

Reportaje publicado en El Confidencial.

lunes, 7 de marzo de 2016

¿Es Alemania la solución al desempleo en España?

Corría el año 2011 cuando el semanario alemán Der Spiegel adelantaba la siguiente noticia: el Gobierno de la canciller Angela Merkel estaba dispuesto a ofrecer al entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, un programa para atraer a Alemania a jóvenes licenciados y especialistas españoles. Berlín pretendía así matar dos pájaros de un tiro: combatir la falta de mano de obra cualificada en Alemania, y ayudar a España con su grave problema de desempleo juvenil. 

La noticia generó decenas de titulares de prensa y supuso la oficialización de una realidad en ciernes: la locomotora económica europea se estaba convirtiendo en escenario de una nueva migración española con diferencias y similitudes con la migración española a la Alemania de los años 60. Un fenómeno que algunos no tardaron en describir como “El vente pa' Alemania Pepe 2.0”. 

Los medios alemanes también se hicieron eco de la (presuntamente) masiva llegada de jóvenes desempleados españoles y de otras nacionalidades sudeuropeas a la primera economía de la UE. Un fenómeno presentado en Alemania en la mayoría de ocasiones como una oportunidad de oro para un país con una grave crisis demográfica, pero también como una amenaza para el sistema de ayudas sociales germano, del que los extranjeros presuntamente venían a abusar. 

Cinco años han pasado desde que la noticia de Der Spiegel saltase a la arena pública, tiempo en que el imaginario popular se ha llenado de referencias a la nueva migración española en Alemania y también de productos culturales de éxito comercial como la película “Perdiendo el norte” o su secuela televisiva “Buscando el norte” que, con más o menor acierto, se hacen eco de esa realidad. 

Llegados a este punto, convendría hacerse una serie de preguntas: ¿realmente hay tantos españoles en Alemania? ¿Tan masiva es la nueva migración española en Alemania? Y, sobre todo, ¿es Alemania la solución al grave problema de desempleo juvenil y no tan juvenil que sufre España? 

Cifras oficiales 

Las cifras oficiales sobre la comunidad española en Alemania no dejan duda: el crecimiento ha sido mantenido desde el inicio oficial de la crisis económica, pero en ningún caso exponencial. Al menos así lo apuntan los datos tanto de la Oficina Federal de Estadística alemana (Destatis) como de los diferentes consulados españoles en el país. Según el registro de extranjeros de Destatis, entre 2009 y 2014, la comunidad española en Alemania creció en 42.000 personas, de las 104.000 a las 146.000.

Los datos ofrecidos por los seis consulados españoles no diferen mucho de los de Destatis: en 2009, había algo más 123.000 ciudadanos españoles registrados en los seis consulados en el país. Al cierre de 2015, esa cifra superaba levemente los 147.000. La comunidad española está en todo caso muy por detrás en número de otras comunidad extranjeras en Alemania, como la turca, la italiana o la de los ciudadanos de la antigua Yugoslavia. 

Aunque es evidente que hay un importante contingente de ciudadanos españoles que, tras llegar a Alemania, no se registran ni en los ayuntamientos locales ni en los consulados, parece claro que los que se convierten en residentes, acaban apareciendo en las estadísticas oficiales, que sirven así de un buen termómetro sobre la dimensión real de la nueva migración. 

En todo caso, las cifras oficiales apuntan que Alemania no es el destino número 1 para buscar un futuro vital y laboral entre los migrantes españoles. La llamada locomotora económica europea está por detrás de otros destinos como Francia o Argentina, según las cifras del Instituto Nacional de Estadística. ¿Está Alemania, por tanto, sobrevalorada? 

Volver para quedarse 

“Como salida laboral pienso que Alemania no está más o menos sobrevalorada que otros destinos de su entorno como Reino Unido. Como salida vital, en cambio, la integración supone un reto mucho mayor que en otras latitudes debido principalmente al idioma y a la idiosincrasia del país y sus habitantes”. Así lo asegura Diego Ruiz del Árbol, cofundador de la plataforma Volvemos.org, nacida recientemente para facilitar el retorno del talento fugado de España durante los últimos años a causa de la crisis económica y la precariedad. 

Diego sabe lo que dice cuando habla sobre Alemania: vive desde hace una decada en Berlín, adonde llegó en busca de nuevas experiencias vitales y laborales. Sin embargo, ahora lo tiene claro: este ingeniero informático volverá próximamente a España con su familia. Para quedarse. Para él, la aventura berlinesa está llegando a su fin. 

Con el retorno de migrantes como él, con un bagaje diferente al de los que se quedaron, Diego cree que la realidad laboral española podría mejorar: “Es necesario un cambio de discurso para superar el estigma que ha acompañado al emigrante en los últimos años. Creemos que es necesario cambiar el 'nos vamos' o 'nos echan' por el 'Volvemos', y partiendo de ese cambio de mensaje, cambiar la realidad laboral de España”. 

Según cálculos hechos por los fundadores de la plataforma Volvemos a partir de las estadísticas oficiales, uno de cada cuatro españoles emigrados durante los últimos años ha vuelto a casa. El potencial del retorno está, por tanto, ahí. 

Precariedad como realidad 

Entre los miembros de la comunidad española en Berlín, es común hacer bromas sobre la migración presentada por programas de televisión como el ya mítico “Españoles por el mundo”: programas que suelen presentar la migración como una realidad idílica, en la que sus protagonistas han hecho carrera profesional o tienen boyantes negocios propios. El fracaso brilla en ellos por su ausencia. 

Desde la introducción de la llamada Agenda 2010 (paquete de reformas de recorte social y flexibilización del mercado laboral) hace una década por el entonces canciller socialdemócrata alemán Gerhard Schröder, si bien el número de desempleados en Alemania ha tocado mínimos históricos, no es menos cierto que la cifra de personas que trabajan en condiciones precarias (minijobs, contratos definidos, etcétera) ha aumentado enormemente. Según cifras de Destatis, en 2012, 8 de los alrededor de 40 millones de trabajadores eran clasificados como precarios en Alemania. La precariedad es así una realidad objetiva del actual mercado laboral germano. Una realidad de la que, evidentemente, la nueva migración española tampoco escapa. 

“Nos encontramos, sobre todo, con gente que aún desconoce sus derechos como emigrantes en Alemania, por ejemplo el derecho a prestaciones sociales”, asegura Daniel, miembro de la Oficina Precaria de Berlín, un colectivo que forma parte de la Marea Granate de Berlín y que asesora a extranjeros hispanohablantes sobre sus derechos y deberes sociales en Alemania. “Esto es importante de aclarar si tenemos en cuenta que muchas personas han llegado con la idea de encontrar un sustento digno, que luego no es tan fácil conseguir. También recibimos dudas sobre el seguro de salud (de obligatorio pago en este país), temas relativos a la vivienda o de derecho laboral. Más allá del desconocimiento del idioma, la mera identidad de 'Südländer' (sudeuropeos) conlleva un esfuerzo extra para defenderse en estos dos últimos aspectos, ya que te lo suelen poner menos fácil aún que a las personas alemanas”. 

La conclusión que se extrae, en definitiva, tras hablar con españoles con experiencia como emigrantes en Alemania es que la primera economía europea, lejos de la realidad presentada actualmente por algunas películas, series y programas de televisión, está lejos de ser la solución al grave problema de desempleo que sigue sufriendo España. 

Y ello sin tener en cuenta el coste personal que supone asentarse en un país que no es el luyo, por muy integrado que se esté. “El emigrante sale de España para resolver un problema a corto plazo (falta de perspectivas laborales) sin tener ni idea de las verdaderas consecuencias de la decisión que está tomando”, reflexiona Diego, de la plataforma Volvemos.org. A lo que Dani, de la Oficina Precaria de Berlín, añade: “Como dice una psicóloga que colabora con nosotros, la emigración conlleva un proceso de duelo, y muchas veces no nos damos cuenta a las primeras de cambio”.

Reportaje publicado en El Confidencial.

martes, 23 de febrero de 2016

“¿Es el Deutsche Bank una asociación criminal?”

Pérdidas récord de 6.800 millones de euros en 2015, escándalos financieros y litigios que se acumulan (con sus correspondientes gastos millonarios) sin aparente fin, el valor de las acciones en caída libre desde hace semanas en la Bolsa de Fráncfort y un daño a la imagen empresarial de Deutsche Bank difícilmente reparable. 

Analistas y medios alemanes no tienen duda: el mayor banco privado de Alemania y buque insignia de la locomotora económica europea vive la crisis más grave de su historia. “El declive de Deutsche Bank”. Así titulaba recientemente el conservador y referencial diario Frankfurter Allgemeiner Zeitung un minucioso reportaje sobre el primer banco privado germano. 

“Quien busque las razones del declive de Deutsche Bank, se topará rápidamente con su acceso a la banca de inversión”, escribe el reportero del FAZ. “De esta manera, el banco se instaló en otra cultura empresarial, la anglosajona. La banca de inversión apuesta por caminos más cortos para hacer negocios más rápidos. Detrás de todo eso están las ganancias y, cómo no, los bonos de gratificación”.

El Deutsche Bank, un banco tradicionalmente ligado a la cultura empresarial alemana basada en la exportación y la economía real, daba el salto a la banca de inversión y al negocio especulativo en 1989: el entonces presidente de la Junta Directiva, Alfred Herrhausen, cerró la compra del banco británico Morgan Grenfell. Pocos días después, moría en una atentado con bomba del grupo terrorista de extrema izquierda alemán RAF (Fracción del Ejército Rojo). 

Pese al asesinato del directivo y a lo ruinosa que resultó la compra del Morgan Grenfell, el cambio de cultura empresarial de Deutsche Bank no cesó ahí. Todo lo contrario: siguió su curso en armonía con el capitalismo de casino que estaba a punto de inagurar una nueva y aparentemente imparable era tras la caída del Muro de Berlín, el hundimiento del bloque soviético y el fin de la Guerra Fría.

“Irresponsabilidad organizada” 

El jurista y autor alemán Wolfgang Hetzer evita los eufemismos a la hora de hablar y escribir sobre Deutsche Bank. El título de su último libro sobre los negocios ilegales y las masivas irregularidades financieras cometidas por el banco no puede ser más explícito: ¿Es el Deutsche Bank una asociación criminal?. En él, describe el clima empresarial de la entidad como una “irresponsabilidad organizada” en la que los sistemas de control internos y la filosofía bancaria ligada a la economía real brillan por su ausencia. 

Hetzer dedica casi dos páginas de su libro sólo a enumerar todas las acusaciones y sospechas a las que se enfrenta Deutsche Bank: incumpliento de la obligación de informar a sus clientes sobre las prácticas especulativas con los tipos de interés, práticas de cartel en el comercio con seguros de incumplimiento, falsificación de información en la venta de productos financieros, manipulación de balances bancarios y así un largo etcétera. 

Como explica Hetzer en una charla con periodistas extranjeros en Berlín, el Deutsche Bank pasó de ser una de las columnas del denominado “milagro económico alemán”, el gran motor financiero de la economía real y las grandes empresas alemanas que pretendían volver a los mercados internacionales tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, para convertirse en un actor más de la banca de inversión especulativa cuya tradición tiene sus raíces en plazas financieras como Nueva York y Londres, y no en Berlín o Fráncfort. Como apunta el documental de la televisión pública alemana “La caída de Deutsche Bank”, el banco se instaló a partir de la década de los 90 en “una cultura del cow boy financiero”. 


Tras el primer paso dado en 1989 por Herrhausen, Hetzer considera el año 2003 (momento en el que Alemania pasaba un mal momento económico) como la otra fecha fundamental para entender la evolución de Deutsche Bank: “El entonces Gobierno federal rojiverde [de Gerhard Schröder] descubrió que los mercados financieros podían crear miles de puestos de trabajo y decidió abrazar la economía financiera porque era moderna, porque el resto de países también lo hacían y porque Alemania tenía que abrirse al mundo. Entre 2003 y 2004 diseña y aprueba la Ley de Modernización de Inversión, que permite la operación de hedge funds [fondos de alto riesgo] que hasta ese momento no eran legales en Alemania”. 

La crisis (no resuelta) de 2008 

“La Ley de Modernización de Inversión del Gobierno rojiverde estuvo marcada por un espíritu equivocado de la liberalización de los mercados”, admite Sven Giegold, portavoz de la fracción de Los Verdes alemanes en el Parlamento europeo. El entonces Gobierno eco-socialdemócrata del canciller Schröder tampoco escapó, por tanto, a los cantos de sirena sobre las bondades intrínsecas de la liberalización de los mercados financieros que gobernaron el comienzo del siglo. “No obstante, esa ley no es la causante del comportamiento criminal de Deustche Bank”, puntualiza Giegold. 

Para Giegold, esa ley sólo supuso el marco legal de unas actuaciones que responden única y exclusivamente a la responsabilidad de la cúpula del mayor banco privado alemán, que, por otra parte, sigue funcionando como un banco normal y financiando a la economía real, pero con el norme lastre presupuestario dejado por los negocios especulativos. Y el eurodiputado alemán advierte: “Debe quedar claro que ésta no es una crisis exclusiva de Deutsche Bank, sino que estamos ante una crisis continuada y no resuelta de los mercados financieros globales. Ésta es la misma crisis de 2008”.

Volkswagen, Siemens, Allianz, Deutsche Bank. El del banco alemán es sólo el último nombre en la lista de multinacionales alemanas cuya reputación se ha visto afectada por escándalos o sospechas de malas prácticas. La marca Made in Germany ya no es lo que era. Su reputación cae precisamente por la pérdida o erosión de valores que la hacían fuerte en el mercado internacional: seriedad, trabajo bien hecho, confianza. 

El jurista Hetzer y el eurodiputado Giegold coinciden en este sentido en una medida: la introducción de un derecho penal para empresas, inexistente hoy en Alemania. “A diferencia de los países anglosajones, Alemania no tiene un código penal para castigar la responsabilidad corporativa de las empresas. La dimensión de la criminalidad extendida en el seno de Deutsche Bank demuestra que la responsabilidad individual prevista en el código penal germano no puede funcionar en este caso. El banco en su conjunto estaba tan mal organizado que toda la entidad como persona jurídica debería responder por los delitos cometidos”, propone Hetzer. 

¿Rescate a la vista? 

La peor crisis de la historia de Deutsche Bank tendrá consecuencias a corto plazo: el banco prevé cerrar 200 de sus 750 filiales y si consigue vender su filial Postbank, podría reducir su número de empleados de 110.000 actuales a los 77.000. El banco calcula además que los gastos derivados de sus litigios y las multas derivadas de sus negocios ilegales alcanzarán cifras récord durante 2016. 

Cifras que dejan claro el carácter sistémico de Deutsche Bank: el mayor banco privado alemán y uno de los 30 principales bancos del mundo es demasiado grande para caer. Una factura que podrían acabar pagando los contribuyentes alemanes. Otra opción sería que otro gran banco de inversión, como JP Morgan por ejemplo, se hiciese con Deutsche Bank: su actual valor hace la operación factible, pero los gastos que tendría afrontar el nuevo dueño hace que la compra sea poco verosímil.

Sea como sea, no parece que nadie se atreva a predecir qué consecuencias tendría para el sistema financiero europeo y global una caída de Deutsche Bank, reconocen los expertos consultados. El ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, aseguró recientemente en Bruselas que la situación del banco no le preocupa porque “Deutsche Bank es un banco fuerte”. Unas declaraciones que más que tranquilizar los ánimos, alimentaron las especulaciones en Berlín sobre un posible rescate por parte del Gobierno federal del que fuera el buque insignia del sector financiero alemán.

lunes, 1 de febrero de 2016

¿Por qué Alemania no gasta más?

Alemania necesita urgentemente inversiones en su red vial, en educación, guarderías y hospitales. Buena parte de sus municipios están subfinanciados pese los superávits presupuestarios presentados por el Gobiernos federal de Angela Merkel durante los dos últimos años. Así lo vienen advirtiendo desde hace tiempo políticos, sindicatos y institutos económicos de la locomotora económica europea.

“A pesar de los superávits públicos, una gran parte de los municipios alemanes invierten demasiado poco. Los problemas se agravarán si no hay un cambio rápido y decidido de la política económica. Sobre todo los municipios con altos gastos sociales invierten poco en infraestructura”, asegura Marcel Fratzscher, presidente del Instituto Alemán para la Investigación Económica (DIW, en sus siglas en alemán). 

El DIW presentó a finales del pasado año un informe sobre las infraestructuras públicas del país más poderoso de la Unión Europea. Y sus conclusiones fueron demoledoras: Alemania invierte demasiado poco en el mantenimiento de infraestructuras ya existentes (puentes, canalizaciones, etcétera) y también en la construcción de nuevas. La pobre inversión de municipios y ayuntamientos, que se hacen cargo de infraestructuras de primera necesidad como escuelas, guarderías o red vial (y también de la llegada de refugiados), es especialmente grave: casi se redujo a la mitad entre 1992 y 2013 en relación con el desarrollo del PIB de Alemania. Ello se debe fundamentalmente a una financiación muy desigual e insuficiente, por un lado, y a un aumento de los costes sociales, por otro. 

Las infraestructuras de un país son fundamentales tanto para el mantenimiento de su competitividad internacional como para el crecimiento continuado de su economía, advierte el informe del DIW. Por eso, según el instituto económico con sede en Berlín, Alemania debería cambiar su política de austeridad pública en infraestructuras para mantener su estatus de potencia económica y para darle un empujón a una economía cuya coyuntura no es especialmente alentadora pues sus exportaciones muestran cierto agotamiento por la menor demanda de las economías emergentes. Teniendo en cuenta que el Gobierno federal ha encadenado dos años consecutivos con superávits públicos, una pregunta se hace inevitable: ¿por qué Alemania no gasta más?

Ahorrar por ahorrar

En una charla informal con periodistas hace un tiempo en Berlín, un exmiembro del Comité Ejecutivo de Banco Central Europeo se preguntaba en voz alta sobre las razones de la tendencia que una parte de los alemanes tienen a ahorrar por ahorrar. “No parece que tenga mucha lógica que alguien acumule dinero durante mucho tiempo sin tener una inversión en mente”, razonaba en voz alta el reconocido economista de la periferia de la UE. Estadísticas demuestran que los ahorros de los alemanes alcanzaron cifras récord precisamente durante la crisis de deuda europea. 

Como apunta el Bundesbank, Alemania cerró 2015 con un endeudamiento privado ligeramente por encima del 50 por ciento del PIB total de Alemania, muy por debajo de buena parte de sus socios europeos. Desde el año 2000, cuando el endeudamiento privado alemán alcanzó la cota del 70 por ciento del PIB, la deuda privada prácticamente no ha hecho más que disminuir. Una reducción en línea con las intenciones del Gobierno federal: el ministro de Finanzas germano, el inflexible democristiano Wolfgang Schäuble, insiste una y otra vez en que su principal objetivo es reducir el endeudamiento público de Alemania, que cerró 2014 rozando el 75 por ciento del PIB, tendencia a la baja. 

El pueblo alemán, por tanto, no parece ser muy amigo del endeudamiento. No en vano, las palabras del español “deuda” y “culpa” corresponden a un único vocablo en alemán: “Schuld”. Dos acepciones para una solo palabra que deja claro que endeudarse tiene una implicación moral negativa en Alemania. 

Críticas internacionales (y nacionales) 

Esa tendencia a la austeridad no siempre es bienvenida dentro de Alemania ni fuera de sus fronteras. Desde hace años, los principales socios comerciales de la locomotora económica europea vienen echando en cara a Berlín un consumo interno muy débil y un excesivo superávit en su balanca comercial gracias a voraces exportaciones: la introducción paulatina de un salario mínimo interprofesional (gracias a la presión de los socialcialdemócratas del SPD, socios de Gobierno de Merkel) y el actual bajo precio del dinero han convertido precisamente a la demanda interna en uno de los principales acicates para que la economía germana creciese un 1,7 por ciento durante 2015. 

Sin embargo, y dadas las deficiencias que siguen presentado las infraestructuras alemanas, el gasto público continúa pareciendo insuficiente. Una percepción que se acrecentó con el anuncio hecho recientemente por Schäuble: la caja pública alemana cerró el curso pasado con un superávit de más de 12.000 millones de euros. “¿Qué está haciendo el Gobierno federal con ese dinero?”, se preguntaron miembros de la oposición, economistas y sindicalistas. 

“La situación es especialmente grave en los municipios, que arrastran una inversión pendiente de más de 130 mil millones de euros desde 2003”, declara Stefan Körzell, miembro de la cúpula directiva de la Federación Alemana de Sindicatos (DGB, en sus siglas en alemán), la mayor organización sindical del país. “El principal problema”, continúa Körzell, “no es el superávit, sino la reforma constitucional que limita el endeudamiento público, el llamado 'freno de la deuda'. Sin él, Alemania podría haber invertido más de 20 mil milones de euros adicionales en 2015 sin entrar en conflicto con el Pacto Fiscal Europeo”. 

Austeridad militante

Los críticos alemanes con la austeridad militante del Gobierno de Merkel acusan a Berlín de querer ser un alumno ejemplar en la UE respecto la ortodoxia presupuestaria, pero olvidando las inversiones que el Estado alemán objetivamente necesita. “Con unos tipos de interés tan bajos como los actuales no tiene ningún sentido económico aplazar las inversiones que el Estado alemán necesita desde hace años”, asegura a Gerhard Schick, parlamentario opositor alemán y portavoz económico de Los Verdes en el Bundestag. Schick se pregunta además cómo puede ser que en Alemania se sigan alentando los eternos fantasmas de la inflación cuando actualmente “el mayor riesgo económico es la deflación”. 

El Gobierno de Merkel ya ha anunciado que invertirá buena parte del superávit obtenido en 2015 para cubrir los gastos derivados de la masiva llegada de refugiados. Stefan Körzell, de la DGB, considera, sin embargo, que muchos municipios no se encontrarían superados actualmente por la crisis de refugiados si el Gobierno federal hubiera ejecutado hace tiempo las inversiones municipales necesarias. “Es increíble que Alemania aplique desde hace años política económica que nos perjudica. Muchos miles de millones de euros ganados con nuestras exportaciones los hemos perdido tras invertirlos en malos fondos financieros. Podríamos haber aprovechado ese dinero mucho mejor invirtiéndolo en el país”, denuncia Schick, diputado de Los Verdes. 

Las recomendaciones del instituto berlinés DIW son claras: el Gobierno federal debería aumentar la financiación municipal y asumir buena parte gastos sociales que hoy son competencias locales. Sólo así, los municipios alemanes podrán dedicar más recursos a invertir en infraestructuras, dando así un empujón a la demanda pública y la economía del país. Esas recomendaciones, sin embargo, podrían entrar en claro conflicto con el objetivo número 1 de Schäuble: cerrar 2016 sin nuevas deudas. Un objetivo que el presidente de DGB, Reiner Hoffmann, no duda en califica de “dogma del déficit cero”.

Reportaje publicado por El Confidencial.

lunes, 1 de junio de 2015

Ser feliz sin un euro


0,00 euros. Ese es el precio en Amazon del libro «Feliz sin dinero. Cómo vivo mejor y de manera más ecológica sin un céntimo». El autor se llama Raphael Fellmer, un alemán de 31 años que hace cinco abandonó su antigua vida para comenzar una «huelga de dinero», como él mismo lo califica. 

«Todo comenzó como un experimento: inicié un viaje con dos amigos en autostop desde Holanda hasta México para demostrar que también es posible viajar sin dinero», asegura Raphael en conversación telefónica. «El experimento acabó funcionando: tras once meses, conseguimos llegar en velero a nuestro destino. Pero la experiencia me enseñó algo más: que las relaciones humanas son más puras y mucho más auténticas si no hay dinero de por medio». 

Paradójicamente, de adolescente, Raphael soñaba con ganar lo antes posible su primer millón para invertirlo en proyectos sociales. De hecho, en su primera estancia en México se dio cuenta de lo fácil que era hacer dinero si uno se dedica a ello con «empeño, ambición y perseverancia», tal y como cuenta en su libro. Sin embargo, también se percató de que ganar dinero no sólo le resultaba «aburrido», sino también «siniestro»: «Me horrorizaba la idea de hacerme millonario a costa de gente trabajadora».

«Todo fluye»

En lugar de invertir tiempo y fuerzas en engordar su cuenta bancaria, Raphael milita en la cultura del compartir: «Para vivir sin dinero es fundamental ofrecer las capacidades o bienes que tienes sin esperar nada a cambio. Mi visión de un planeta sin dinero no es un mundo de trueque, sino más en línea con el funcionamiento de la naturaleza. En la naturaleza, el árbol no cierra un contrato con la tierra para que el primero deje caer las hojas como nutriente, sino que todo fluye». 

Y ese «todo fluye» parece funcionar más allá de la vida de Raphael. En 2012, cofundó foodsharing.de, una plataforma que se encarga de recoger parte de los más de once millones de toneladas de alimentos todavía comestibles que el actual sistema económico desperdicia anualmente en Alemania. Una red de 6.000 voluntarios se encarga de distribuir gratuitamente esos alimentos tanto a personas pobres como a ciudadanos críticos con el consumismo capitalista. Foodsharing rescata 10.000 kilos de comida al día en Alemania, Austria y Suiza, que llegan a manos de unas 70.000 personas semanalmente. 

Casado con Nieves (una española que conoció en Berlín) y padre de dos hijos de 1 y 4 años, Raphael reconoce que su huelga de dinero es más complicada desde que tiene familia. Nieves sigue usando algo de dinero para pagar el seguro médico de los niños y para otros gastos. «Pero usa muy poco. Mi familia no hace huelga de dinero, pero sí de consumo», asegura Raphael. 

 En cuanto a la vivienda, hasta ahora eran en parte nómadas. Han vivido en lugares que les ofrecía la gente, en cuartos o en pequeños apartamentos compartidos con otras familias. Pero Raphael y los suyos buscan ahora un lugar en España, Francia o Italia para asentarse. Su próximo sueño es recuperar un pueblo abandonado para crear Eotopia, una comunidad vegana, ecológica, sostenible, libre de dinero y conectada con el mundo a través de Internet. Raphael también busca personas que le ayuden a traducir su libro al español. La remuneración, por supuesto, asciende a 0,00 euros.


domingo, 1 de marzo de 2015

Crecimiento y pobreza: realidades paralelas en Alemania

“Es una muy buena noticia que en Alemania la cifra de personas con trabajo sea tan alta como nunca antes”. Esta fue una de las frases que la canciller Angela Merkel pronunció durante su último discurso de Fin de Año. Una cifra, sin duda, irrebatible: las estadísticas oficiales de desempleo hace hace años que vienen reduciéndose en la locomotora económica europea.

El pasado jueves la Agencia Federal de Empleo comunicó que el paro cayó en febrero una décima respecto al mes anterior, situándose en el 6,9 por ciento. Actualmente, algo más de tres millones de personas no tienen trabajo en Alemania. Una cifra con la que economías periféricas como la española o la griega sólo pueden soñar. 

No obstante, el cuadro macroeconómico germano es bastante más complicado de lo que parece a primera vista. Para entender la evolución socioecónomica que ha experimentado el país más poblado y rico del Viejo Continente durante los últimos años, es necesario ir más allá de las cifras oficiales de desempleo y de la evolución del Producto Interior Bruto. Si no, es imposible entender este otro dato: la cuota de pobreza en Alemania alcanzó en 2013 una cifra récord. Un 15,5 por ciento de la población ingresa menos del 60 por ciento del salario medio del país. Ello la convierte en técnicamente en pobre. 

Es la conclusión a la que llega el reciente informe «Die zerklüftete Republik» («La república dividida»), elaborado por Der päritatische Gesamtverband (La Asociación Paritaria), una organización apartidista y no gubernamental que congrega a más de 10.000 asociaciones y centros de ayuda para la población más necesitada del país. 

“Los afectados por la pobreza son sobre todo desempleados, madres solteras y padres solteros, y niños. Cuando la gran mayoría de los parados, es decir el 59 por ciento, y más del 40 por ciento de todos los padres y madres solteras viven en la pobreza, entonces es que algo ha dejado de funcionar en nuestro Estado social”, apunta el informe, que establece la línea de riesgo de pobreza en Alemania en 892 euros mensuales para el presupuesto mensual de un soltero, y en 1873 euros para el de una familia de cuatro miembros, dos de ellos menores. 

Agenda 2010 

Uno de los datos que más llama la atención es el crecimiento paralelo que han experimentado durante los últimos años la economía alemana y la tasa de pobreza. Desde la última gran recesión que vivió la economía mundial en 2009, y que la locomotora europea y sus exportaciones sufrieron considerablemente, el PIB de Alemania ha crecido de manera constante. Sin embargo, también lo han hecho los segmentos de población pobres o en riesgo de exclusión social.


Pobreza ("Armut") y PIB ("Wirtschaftsentwicklung") crecen de manera paralela en Alemania.

“Para entender esta situación hay que remontarse al último Gobierno rojiverde del excanciller Schröder y las reformas que introdujo bajo el nombre de la Agenda 2010”, dice al teléfono Christian Woltering, coautor del informe «La república dividida». “Si bien es cierto que reformas como la unificación y simplificación de las ayudas sociales eran necesarias”, asegura Woltering, “esa reforma se hizo siempre a la baja, de manera que la racionalización de las ayudas sociales se convirtió en un recorte de facto”.

Woltering se refiere a las reformas del sistema social y del mercado laboral introducidas entre 2003 y 2005 por el último Gobierno de coalición del SPD y Los Verdes. El entonces canciller socialdemócrata, Gerhard Schröder, apostó por unas reformas económicas de claro corte neoliberal para aumentar la competitividad de la economía germana en un mundo ferozmente globalizado. A la vista de los datos macroeconómicos que ofrece hoy Alemania, esas reformas tuvieron el efecto deseado, pero también un enorme precio social que ahora queda patente en unas cifras de pobreza difícilmente comprensibles en un país desarrollado. 

Trabajador pobre 

Otra de las estadísticas que llama enormemente la atención es que mientras el desempleo baja en Alemania, la tasa de pobreza alcanza cotas récord. Es lo que los economistas califican como el fenómeno de “working poor” (“trabajador pobre”). “Ello hace referencia al creciente número de personas empleadas en el sector precario y en trabajos temporales cuyos salarios son insuficientes para salir de la pobreza”, especifica Woltering. 

Como apunta un artículo de la Fundación Hans-Böckler (dependiente de la Federación Alemana de Sindicatos, DGB), el número de personas con trabajo en Alemania que malvive de un salario insuficiente creció de los 2,2 millones en 1996 hasta superar los tres millones de personas en 2013. Ello supone un aumento del 6,2 al 7,8 por ciento del total de la población activa del país. 

Ese crecimiento del Prekariat (trabajadores precarios), además de un evidente impacto socioeconómico que explica el crecimiento paralelo de empleo y pobreza, tiene una doble consecuencia a medio plazo debido a las crecientes bajas cotizaciones sociales: “Por una parte, cada vez menos asalariados tienen derecho al seguro de desempleo. Y por otra, la cifra media de ayuda que reciben los parados alemanes se reduce tanto por el débil avance salarial como por el creciente sector de empleos temporales”, asegura Eric Seils, del Instituto de Investigación Económica y Social (SWI), cercano a las grandes centrales sindicales germanas. 

A la pregunta de si la creación de puestos de trabajo sirve para combatir automáticamente la pobreza y la exclusión social, como muchos aseguran en los países europeos más afectados por la crisis, Seils responde: “Desde 2004, Alemania ha experimentado un crecimiento del empleo y también del número de trabajadores pobres. Al mismo tiempo, el porcentaje de gente viviendo en hogares que sufren el desempleo se ha mantenido más o menos estable. Por tanto, lo que Europa necesita no es simplemente crear empleo, sino puestos de trabajo de los que se pueda vivir”. 

Dos mercados laborales 

Tras la introducción de las reformas de la Agenda 2010 ahora hace una década, los sucesivos Gobiernos federales (formados por coaliciones entre socialdemócratas y verdes, conservadores y liberales, y conservadores y socialdemócratas) han abrazado políticas económicas de evidente corte neoliberal. El Estado alemán se ha retirado así de su tradicional papel de redistribuidor lo que ha permitido que la concentración de la riqueza, al igual que los índices pobreza, haya alcanzado cotas récord. 

Alemania ha vivido durante los últimos años un fenómeno que el informe «La república dividida» bautiza como “política laboral de dos clases”: mientras los sectores laborales con tradición sindical y capacidad de negociación colectiva mantienen una protección social (seguro de desempleo, cotizaciones considerables y construcción de una jubilación digna, valores clásicos del modelo alemán conocido como “Economía Social de Mercado”), los sectores menos sindicados y más desprotegidos reciben sueldos bajos y sufren condiciones laborales precarias marcadas por una alta flexibilidad y temporalidad. 

La reciente introducción de un salario mínimo interprofesional (hasta ahora inexistente en Alemania) de 8,50 euros la hora, por iniciativa de los socialdemócratas, debería servir para combatir el fenómeno del “trabajador pobre”. La Asociación Paritaria celebra la introducción del salario mínimo que, sin embargo, considera insuficiente. Un salario de 11,50 euros la hora serviría realmente para combatir la pobreza trabajadora, según su informe. 

Pese a ese salario mínimo, el investigador Eric Seils advierte: “El trabajo pobre ha aumentado especialmente entre los asalariados con contrato fijo. Se puede decir, por tanto, que el fenómeno del 'trabajador pobre' ya afecta a todo el espectro del mercado laboral alemán”. Atendiendo a la crisis demográfica que sufre Alemania, si esa tendencia al alza del sector precario y sus correspondientes débiles cotizaciones se mantienen, en un futuro no muy lejano la locomotora europea tendrá un grave problema de pobreza en la tercera edad cuyos efectos ya se empiezan a percibir en las calles de las grandes ciudades del país.

Artículo publicado en el diario ABC. En este enlace se puede acceder al PDF: 
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