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sábado, 14 de diciembre de 2024

Putin, a través de los ojos de Merkel

El nombre del presidente ruso aparece 143 veces en “Libertad” - el libro de memorias recién publicado por la excanciller alemana -, más que ningún otro de los líderes con los que Merkel compartió reuniones y llamadas durante sus 16 años de Gobierno


Vladímir Putin, en una celebración en la sede de Stasi en Dresde. © Andreu Jerez Ríos

Cuando Angela Merkel se convirtió en canciller federal de Alemania en noviembre de 2005, Vladímir Putin ya lleva 5 años al frente de Rusia. Cuando la política democristiana dejó de ocupar la cancillería en diciembre de 2021, Putin seguía ahí, siendo presidente ruso. Ningún otro gran líder internacional estuvo tanto tiempo en el poder durante los 16 años de la ‘era Merkel’. Difícilmente haya habido un presidente con el que Merkel se haya reunido más veces que con Putin mientras estuvo en la primera línea de la política alemana e internacional. 

Esa convivencia en lo más alto del poder se proyecta en las memorias recién publicadas por Merkel bajo el título de “Libertad”: 143 veces aparece Putin mencionado en el libro con su apellido, más que Obama (56), Sarkozy (45), Bush (31), Tsipras (23), Cameron (12), Xi Jinping (3), Trudeau (3), Lula da Silva (2), Mariano Rajoy (2) o Pedro Sánchez (1), por poner sólo algunos ejemplos. De hecho, sólo dos nombres de esos líderes ocupan un espacio en el índice de las memorias merkelianas: “Almuerzo con George W. Bush” y “Esperando a Vladímir Putin” ha titulado la excanciller dos capítulos de la cuarta parte del libro de 740 páginas. 

Pese a sus evidentes diferencias, agrandadas tras el inicio de la invasión rusa de Ucrania, Angela Merkel y Vladímir Putin pudieron entenderse. Varios elementos de sus biografías hicieron la comunicación más fácil que entre Putin y otros líderes occidentales. En primer lugar, ambos vivieron en un país que ya no existe: la República Democrática Alemana (RDA), el sistema socialista oriental que se derrumbó tras la caída del Muro de Berlín en 1989. Merkel creció, se educó, se doctoró y vivió los primeros 35 años de su vida en la RDA. Putin vivió y trabajó como agente del KGB en Dresde entre 1985 y 1990, como todavía acreditan numerosos documentos hallados en lo que fue la central de la Stasi – la policía germanooriental – en la capital sajona. 

Merkel aprendió ruso tanto en la escuela como en la universidad, como cuenta en las 200 primeras páginas de sus memorias, dedicadas exclusivamente a la primera parte de su vida, la que trascurrió en la RDA, previa al inicio de su carrera política. Putin aprendió alemán durante su estancia en la Alemania oriental, además de diferentes estancias e intercambios en la Unión Soviética. “Su alemán era bastante mejor que mi ruso”, reconoce Merkel en uno de los pasajes dedicados a uno de sus encuentros con Putin. La lectura de los fragmentos de las memorias dedicados a Vladímir Putin son una valiosa documentación para entender mejor al presidente ruso a través de los ojos de Merkel. 


“Esperando Vladímir Putin” 

Junio de 2007, cumbre del G8 en el balneario de Heiligendamm, en la costa alemana del Mar Báltico. Merkel se encuentra en el ecuador de su primera legislatura como canciller y recibe a los líderes de los siete países más industrializados del planeta. Putin está entre ellos. Rusia busca reencontrar su posición en el mundo tras el trauma del hundimiento de la Unión Soviética y los años más duros de la terapia del shock económica, la privatización del patrimonio estatal y la transición al capitalismo de corte occidental. 

A las puertas de la cumbre, miles de manifestantes llegados de diferentes partes de Europa y del mundo protestan contra el modelo de planeta que proponen los líderes reunidos. Las marchas son uno de los últimos coletazos de lo que se llamó el movimiento altermundista o antiglobalización, nacido a finales del siglo pasado. Las fuertes medidas de seguridad y la presencia policial no evitan fuertes disturbios.

Dentro de la cumbre, el presidente Putin usa sus propios métodos para colocar de nuevo a Rusia en el mapa del poder internacional. “Antes de la cena, quería reunirme con los otros siete jefes de Estado y de Gobierno para tomar un aperitivo. El tiempo era bueno, podíamos sentarnos fuera. Los periodistas iban a la caza de fotos”, narra Merkel en la página 375 de sus memorias. “Sólo faltaba uno: Vladímir Putin. Esperamos y esperamos. Si hay algo que no soporto, es la impuntualidad. ¿Por qué hacía eso? ¿A quién intentaba demostrarle algo?", continúa Merkel. 

Finalmente, el presidente ruso llegó con 45 minutos de retraso. “¿Qué ha pasado?”, preguntó Merkel, casi preocupada. “Tú tienes la culpa. Más concretamente, la Radeberger”, respondió Putin. Radeberger es una marca de cerveza alemana que Putin conocía de su tiempo como agente del KGB en Dresde y que le gusta beber. Merkel decidió dejarle una caja como cortesía en la habitación de su hotel, como él mismo había pedido. “Parecía disfrutar siendo el centro de atención. Probablemente sentía mucha felicidad por haber obligado al presidente estadounidense a esperarle”, escribe la excanciller.


 

“Perdóname, Angela” 

 Putin y Merkel no se conocieron en la RDA. El primer recuerdo de un encuentro personal que la excanciller conserva se remonta a junio del año 2000, cuando ya era presidenta de la conservadora CDU. Su partido todavía estaba en la oposición cuando Putin visitó Berlín como presidente de la Federación Rusa. La primera visita de Merkel al Kremlin fue en febrero de 2002. El socialdemócrata Gerhard Schröder todavía era canciller de Alemania y Putin tendía la mano a Occidente. Un año antes, el presidente ruso había ofrecido un discurso ante el Bundestag. Recibió un aplauso prácticamente cerrado de los diputados federales alemanes. Merkel ocupaba un escaño como diputada democristiana.

En enero de 2007, Merkel visitó a Putin en su residencia privada en la ciudad de Sochi, en la costa rusa del Mar Negro. Antes de la reunión ante la prensa, el equipo de Merkel pidió al de Putin que evitase sacar a su labrador negro Koni, como ya había hecho el presidente ruso en la recepción de otros mandatarios. “Desde mi primera visita como canciller en 2006, Putin sabía que yo tenía miedo de los perros porque uno me había mordido en 1995”, cuenta Merkel en la página 380. La petición no sirvió de nada. Putin dejó entrar a Koni ante los focos de las cámaras y los flashes de los fotógrafos. 

Durante el intercambio de posiciones, el perro no sólo se paseó libremente por la sala, sino que llegó a sentarse a los pies de Merkel, quien, con gesto nervioso, intentaba mantener la calma mientras Putin dibujaba una sonrisa. “Interpreté por su expresión facial que estaba disfrutando de la situación. ¿Simplemente quería ver cómo reacciona una persona en apuros? ¿O era una pequeña demostración de poder?”, reflexiona Merkel. Preguntado al respecto, Putin dijo recientemente, 17 años después del episodio: “Perdóname, Angela. No quería causarte sufrimiento alguno”. 


‘No’ a Georgia y Ucrania 

Uno de los episodios que Merkel explica en su libro con más carga de actualidad es la cumbre de la OTAN en Bucarest de 2008. Sobre la mesa estaba la posible adhesión de Georgia y Rumanía a la alianza militar. Merkel, con el apoyo del presidente francés Sarkozy, se opuso a allanar el camino de entrada para ambos países. Y lo argumenta de la siguiente manera: “Discutir el estatus de Ucrania y Georgia sin analizar también el punto de vista de Putin fue, en mi opinión, una negligencia grave. Desde que Putin llegó a la presidencia de su país en el año 2000, hizo todo lo que estuvo en su mano para convertir de nuevo a Rusia en un actor en la escena internacional, al que nadie pudiera ignorar, especialmente Estados Unidos”. 

La entonces canciller tenía por tanto en cuenta las preocupaciones de seguridad del vecino oriental, algo que hoy puede costarle a un político alemán ser calificado de “Putinversteher” (un neologismo peyorativo que significa algo así como “comprensivo con Putin”). También puso en duda que la entrada de Ucrania y Georgia aumentara la seguridad de ambos países, así como la de la OTAN. La cumbre de Bucarest acabó sin un acuerdo sobre la posible adhesión de Georgia y Ucrania, pero la declaración final abría la puerta a su entrada “algún día”, una fórmula general que suponía una declaración de intenciones y un “reto” para Putin, argumenta Merkel. 

En un encuentro posterior, Putin le dijo al respecto: “Tú no serás canciller para siempre. Y entonces Ucrania y Georgia se convertirán en miembros de la OTAN. Y quiero evitarlo”. Merkel pensó para sus adentros que él tampoco sería presidente ruso para siempre. En diciembre de 2024, camino al tercer aniversario del inicio de la invasión rusa de Ucrania, Putin sigue gobernando Rusia con mano de hierro, mientras Merkel se pasea por platós de televisión y teatros presentando sus memorias. Hay quien se pregunta si Putin habría ido tan lejos con Angela Merkel como canciller federal alemana. Un debate estéril a efectos prácticos, porque Merkel ha cerrado para siempre su carrera política hasta el punto de que evita inmiscuirse con sus declaraciones actuales en la gestión política actual del Gobierno alemán. Lo que quedan son sus memorias.

Reseña publicada por ElDiario.es.

miércoles, 10 de abril de 2024

“Con potencias nucleares no se juega"

Nuestros políticos llevan dos años repitiendo un doble mantra sobre la invasión rusa de Ucrania: “Rusia no puede ganar esta guerra” y “Ucrania no puede perderla”. El problema es que la mayoría de esos políticos occidentales, en especial los de Alemania, no acaban de explicar qué significa a efectos prácticos que Rusia no gane y que Ucrania no pierda. Si esto último significa que Ucrania recupere su soberanía y sus fronteras de 1991 - con la península de Crimea y los actuales territorios del este ocupados por Rusia -, parece bastante evidente que Ucrania ya ha perdido esta guerra.

Esta obviedad se da en medio de un encendido debate en Alemania sobre la entrega de misiles de crucero Taurus al ejército ucraniano. Kiev los lleva demandando desde hace un año, el mismo tiempo que el canciller alemán, el socialdemócrata Olaf Scholz, se niega a entregarlos. Scholz desconfía del Gobierno de Zelenski y teme que Ucrania pueda usar los misiles para golpear la retaguardia rusa dentro del propio territorio de la Federación Rusa. Con el actual estado del frente, Ucrania podría golpear militarmente en las puertas de Moscú con esos misiles de producción alemana.

La desconfianza de Scholz crece con las recientes declaraciones del presidente de Francia, Emmanuel Macron, en las que se negaba a descartar el envío de tropas terrestre de la OTAN a Ucrania, un extremo que el canciller alemán tardó tan sólo unas horas en desmentir con un mensaje institucional en el que dijo textualmente: “Confíen en mi: no habrá tropas alemanas en Ucrania”. Scholz teme una escalada nuclear entre la OTAN y Rusia. Ese es el contexto en el que se niega a enviar los misiles Taurus a Ucrania. Y, pese a que la realidad desmiente los deseos de nuestros políticos, en el Gobierno alemán sigue cundiendo el mantra de que “Ucrania no puede perder esta guerra”.

“Cualquier niño sabe que con potencias nucleares no se pelea”. Esto me dijo recientemente el coronel del ejército alemán en la reserva Ralph D. Thiele. Lo entrevisté para un reportaje de Deutsche Welle Español sobre el miedo de Scholz a una escalada nuclear y la negativa de Berlín a enviar sus misiles Taurus al campo de batalla ucraniano. Thiele está lejos de ser lo que en Alemania se denomina despectivamente como “Putinversteher”, es decir, un presunto agente del Kremlin en Europa Occidental que compra y difunde la narrativa de Moscú. Thiele trabajó como asesor del Ministerio de Defensa alemán y también de la comandancia de la OTAN, además de aparecer constantemente en medios generalistas de Alemania. Es decir, es una voz autorizada y reconocida en asuntos militares.

Me permito reproducir aquí parte de la entrevista. Me parece de enorme valía para entender el delicado momento que vive Ucrania y cómo hemos llegado hasta el punto de especular sobre una posible guerra directa - y nuclear - entre la OTAN y Rusia.

- Señor Thiele, ¿podrían cambiar los misiles Taurus el rumbo de la guerra en Ucrania?

En cierto modo, sí. Los Taurus podrían escalar la guerra hasta provocar el uso de armas nucleares. Así que sí podrían suponer un cambio radical en el curso de la guerra en Ucrania. Son aquellos que argumentan a favor del envío de Taurus los que los ven como un cambio relevante en favor de Ucrania, hasta el punto de Ucrania pudiese ganar la guerra a Rusia. Pero, ciertamente, no es así.

¿Han entregado otros países occidentales misiles de crucero similares a los Taurus a Ucrania ?


Otros países no han suministrado misiles de crucero o misiles guiados comparables a los Taurus. EE.UU. puede alcanzar fácilmente los 2.000 kilometros con sus misiles de crucero, cuyo alcance ha limitado a unos 150 kilómetros en Ucrania. De hecho, sólo dos países han entregado un misil parecido al Taurus: Francia e Inglaterra, el Scalp y el Storm Shadow respectivamente. Estos vuelan unos 300 kilometros, y eso ya supuso una nueva dimensión. La entrega Taurus ahora significaría que estaríamos doblando el alcance. 

¿Está justificado el miedo de Schlolz a una escalada nuclear?

Está bien fundamentado. Y el problema básico de la discusión es que muchos aspectos de la misión están sujetos a secreto o incluso a alto secreto. Por eso el canciller no siempre puede explicar detalladamente qué razones tiene.

El Taurus es tan preciso porque dispone de bases de datos, porque cuenta con personal formado durante muchos años. Así que, con todos estos son argumentos, en realidad, para utilizar los Taurus con sensatez en la guerra de Ucrania, haría falta una participación alemana. Pero el canciller no quiere iniciar una guerra contra Moscú. En otras palabras, no tenemos la certeza de que el Taurus no se utilizará contra Moscú, y Berlín sólo puede tenerla si los oficiales alemanes están presentes sobre el terreno si finalmente se despliegan los Taurus en Ucrania.

En ese temor a una escalada nuclear, Alemania no cuenta con armamento nuclear propio, a diferencia de Francia y Reino Unido. ¿Puede que esa falta de capacidad disuasión nuclear sea otra de las razones de la prudencia de Scholz?

El paraguas nuclear americano es existencial para nosotros. Los únicos potenciales nucleares que tenemos aquí son los de los británicos y los franceses, y son muy pequeños. Mientras, EE.UU., China o Rusia tienen una cartera muy amplia de armas nucleares. Sus arsenales nucleares son como las teclas de un piano que  se pueden tocar según sea necesario en una situación táctica o estratégica. Así las cosas, es el paraguas nuclear de EE.UU el que nos salva el culo a los europeos, por así decirlo.

¿Deben entenderse las advertencias de Putin sobre una posible guerra nuclear como una ambigüedad estratégica o como una emanaza real?

Durante décadas, hasta los niños sabían que con potencias nucleares no se juega. Yo viví en primera persona la Guerra Fría, de hecho fui testigo cuando cayó el Telón de Acero de cómo un inspector general checo entregaba al comandante en jefe de la OTAN un plan de ataque ruso en el que se detallaba el uso de armas nucleares como algo normal. Ese no es ahora el contexto de nuestra discusión. Nos perdemos en debates peregrinos sobre diferentes variantes militares sin tener en cuenta lo que ello significa para el otro, para el que tenemos enfrente. 

Putin habla en serio sobre el uso de armas nucleares si los intereses vitales de Rusia se ven afectados. Y eso es lo que ha ocurrido con la ampliación de la OTAN hacia las fronteras rusas. Su preocupación de que las fuerzas de la OTAN crucen directamente la frontera rusa e intenten desestabilizar el régimen de Putin es percibido por el Kremlin como una cuestión vital que podría justificar el uso de armas nucleares. Y ahí se insertan las amenazas de un posible envío de tropas de tierra de la OTAN a Ucrania. Yo tomaría en serio las amenazas de Putin. En parte, forman parte de una guerra de información, pero al mismo tiempo son muy serias. Y me parece que todo ello no se refleja lo suficiente en nuestras discusiones occidentales.

¿Se refiere con ese posible envío de tropas de la OTAN a las palabras del presidente de Francia, Emmanuel Macron?

A pesar de que el presidente francés es inteligente, creo que en este caso es ingenuo. Por supuesto que se puede jugar al póquer y es cierto que en un conflicto estratégico hay que mostrar los instrumentos de que se dispone. Pero si el adversario sabe que no se tiene nada a mano, es decir, conoce la debilidad de nuestra capacidad de defensa convencional - no sólo por nuestros medios de comunicación, sino por supuesto también por sus propios servicios secretos -, es ingenuo amenazar ahora con el envío de unas tropas que ni siquiera tenemos.

Mi recomendación sería más bien que nos ocupáramos primero de ampliar nuestras capacidades militares convencionales. Así también podremos entregar más munición y material militar a Ucrania y, al mismo tiempo, comenzaría a explorar la vía de la negociación con Rusia. Creo que estamos siendo imprudentes al descartar la posibilidad de las negociaciones desde un principio.

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Estas respuestas son un extracto de una entrevista más amplía realizada para la confección del siguiente análisis para DW Español:


jueves, 4 de agosto de 2022

Entrevista con Hans-Christian Ströbele, cofundador de Los Verdes alemanes

Ströbele nos recibe en su despacho de Berlín. Foto: Pau Cegarra.

Abogado, militante pacifista, exabogado defensor de militantes de la RAF (Fracción del Ejército Rojo), cofundador de Los Verdes alemanes y del diario berlinés de izquierda TAZ, diputado federal durante dos décadas... Hans-Christian Ströbele es un fragmento vivo de la historia de Alemania. Nacido en 1939, sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial y se politizó en la República Federal de la Guerra Fría, en la que conoció la caza de brujas y también la prisión por “apoyo a organización criminal”. Encara el tramo final de su vida angustiado por la guerra de Ucrania y cabreado por la carrera militarista en que la que su país y el mundo se han embarcado. 

Señor Ströbele, en el actual contexto político y social, ¿hasta qué punto se sigue sintiendo representado por su partido, Los Verdes? 

 Es mi partido, lo cofundé hace 40 años. Y sí, sigo sintiéndome representado por él, incluso cuando no estoy de acuerdo con algunas de sus decisiones y con algunas medidas del actual Gobierno. Pero estoy acostumbrado a eso. Estuve más de 20 años en el Bundestag parlamento federal alemán y ahí también voté repetidamente contra mi propia fracción parlamentaria, sobre todo en cuestiones relacionadas con la guerra y la paz. 

¿Qué queda del partido que cofundó en la década de los 80? 

Los Verdes son el proyecto político más exitoso desde la Segunda Guerra Mundial en Alemania. En aquel entonces nos formamos como una coalición de diferentes movimientos sociales, especialmente del movimiento ecologista, del antinuclear, del movimiento feminista y pacifista. El objetivo no era fundar un partido, sino una coalición para estar representados en el parlamento, para llevar los temas de la calle al parlamento. El movimiento pacifista, por ejemplo, llegó a movilizar en manifestaciones hasta medio millón de personas. Era muy importante. 

Al principio se rieron de nosotros y nos insultaron. Se nos excluía incluso de las comisiones. 40 años después, no sólo somos un partido de Gobierno, sino que además somos el factor más importante del actual Gobierno. Nuestros temas – especialmente el ecologismo y el movimiento antinuclear – forman ya parte del mainstream, están presentes en todos los partidos democráticos alemanes. Si toma los programas electorales de la CDU, del SPD o del FDP, en todos encontrará las demandas ecológicas y el tema climático bien arriba. Son temas centrales. Lamentablemente, esos partidos no actúan después en consecuencia. 

Pero cuando analiza las decisiones de los actuales líderes de su partido, del ministro de Economía, Robert Habeck, y de la ministra de Exteriores, Annalena Baerbock, ¿también se sigue sintiendo identificado? 

Sí, por supuesto. Yo, por ejemplo, fui un activista del movimiento pacifista. Siempre tuve la convicción de que conseguir la paz sin armas era el lema correcto, y no conseguir la paz con cada vez más armas pesadas. Por eso me he expresado últimamente de manera muy crítica sobre la guerra en Ucrania. Pienso que las negociaciones son lo más importante y que tenemos que hacer todo lo posible para evitar una escalada militar y una guerra de desgaste. Debemos encontrar vías para que esta aguerra de agresión de Putin pueda acabar. Y ahí hay diferencias con mi partido. Algunas de sus promesas, como por ejemplo que Ucrania tiene que ganar esta guerra, me parecen una ilusión. Yo digo que Ucrania debe ofrecer resistencia. Eso me parece bien y lo apoyo, pero debemos evitar una escalada que nos lleve a una guerra mayor en Europa contra Rusia, o de los países de Europa del Este y Alemania contra Rusia.

Si nos encontramos ante una posible Tercera Guerra Mundial, ¿por qué el movimiento pacifista alemán, tan fuerte en el pasado, tiene hoy tan poca fuerza? 

El movimiento sigue existiendo, claro está, pero ahora vemos como un pueblo europeo es atacado y bombardeado sin miramientos ni motivo alguno, y como se cometen graves violaciones de los Derechos Humanos. Eso está presente a diario en todos los canales de televisión, en la radio y en los diarios. También por eso las voces que apuestan por un pacifismo consecuente no están tan presentes, tampoco en la calle. Pero espero que eso vuelva a cambiar. 

Siempre leo con mucha atención los mensajes que publica en su activa cuenta de Twitter, y también las respuestas. En ocasiones le acusan de ser un Putinversteher (comprensivo con Putin). ¿Tiene la sensación de que en Alemania se ha estrechado la libertad de expresión? 

Sí, tiene usted razón, ese tipo de posiciones se ha extendido, lo que considero no sólo estúpido y erróneo, sino también antidemocrático. Es antidemocrático insultar o denunciar a alguien con quien no se está de acuerdo. Pero si usted mira mis tweets, también se percatará de que son muy exitosos. Hoy, por ejemplo, he escrito uno en el que digo que si las ciudades quieren ahorrar energía ante la falta de suministro, entonces deberían apagar los anuncios luminosos, que no tienen sentido y además son perjudiciales. Hasta ahora tengo más de 8.000 ‘me gusta’. Con el coche propongo lo mismo: dejar de usarlo. 

Lo acaba de comentar usted. Ha escrito en Twitter: “Todos hablan de ducharse, pero si hay que ahorrar energía, entonces las publicidades luminosas deberían apagarse en todas las ciudades. Nadie las necesita”. Entiendo que es una crítica al ministro de Economía, el verde Robert Habeck, responsable de la cuestión energética… 

En la actualidad, la Coalición Semáforo [gobierno tripartito alemán de socialdemócratas, verdes y liberalesintenta eliminar los problemas sociales. Lamentablemente, lo hace con medidas para toda la población, como si fuera con una regadera que ha de llegar a toda la población, no sólo a los más necesitado, sino también a los ricos, a las personas que tienen suficiente como yo. Eso no puede ser. Se tienen que discutir nuevas medidas que se concentren en las personas que realmente sufren o que no pueden seguir pagando su vivienda.

Robert Habeck detectó muy pronto el problema energético, pero tiene poco tiempo para actuar porque Putin puede cerrar pronto el grifo del gas. Será una situación muy difícil. Ahí habrá que mirar a quién se atiende primero. Creo que habría que atender primero a la población y a sus necesidades fundamentales, y después a la industria, especialmente la gran industria. No es que haya que destruir todo, pero sí hay que considerar elementos sociales para que esta terrible guerra no tenga además como consecuencia que la gente se vea arrastrada a la pobreza y la desesperación en Alemania. 


Usted ya calificó en el pasado – ya antes de la invasión rusa de Ucrania – a Putin de dictador. He leído que cuando el Bundestag lo recibió en 2001, usted fue el único diputado que permaneció sentado como gesto de protesta. ¿Ha sido Occidente demasiado acrítico con Putin durante demasiado tiempo? 

No quiero disculpar a Putin: sólo él carga con la responsabilidad. Pero Putin ya propuso en el Bundestag una mayor cooperación en cuestiones como la distensión, las garantías de paz y también propuso negociaciones. Aquello cayó en saco roto. Yo eso lo critico a pesar de que ya entonces considerara a Putin una mala persona. Ya sabía lo que había hecho en Chechenia, por ejemplo. Por eso permanecí sentado, aunque no estoy seguro de que fuera el único diputado. Con todo, Putin ofreció un discurso en el Bundestag en el que dijo que había que sentarse e intentar encontrar un orden de seguridad y de paz compartido. Y creo que ese habría sido el camino correcto. 

¿Qué opina de las voces que critican que Occidente haya financiado durante décadas la guerra que Rusia despliega ahora en Ucrania a través de las importaciones de fuentes de energías fósiles? 

Creo que una crítica generalizada contra el comercio con Rusia es errónea. Con un país tan cercano y tan grande – sobre el que, por cierto, todavía tenemos una responsabilidad por lo ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial –, se debe comerciar. Otra cosa es si la dependencia energética – que podría provocar ahora que nos quedemos sin calefacción durante el invierno – fue correcta. Seguramente no lo fue. Pero desde la caída del Muro y la desaparición de la Unión Soviética, la política alemana también podría haber hecho algo para evitar que los países que antes eran zona de influencia soviética se convirtiesen en la avanzadilla de la OTAN. Evidentemente, no se le puede prohibir nada a esos países, pero ¿realmente había que colocar bases con misiles frente a la frontera de Rusia? El argumento de que esos misiles apuntan hacia Irán es obviamente una estupidez. Se tendría que haber actuado de manera más sensible a la hora construir una seguridad compartida con Rusia y que la expansión de la OTAN no se orientase contra Rusia. 

Destacadas figuras políticas alemanas como Ursula von der Leyen o Olaf Scholz aseguran una y otra vez que la OTAN es una alianza militar defensiva… 

No, simplemente no lo es. Eso no es verdad. La OTAN protagonizó una guerra de 20 años en Afganistán sin base legal alguna. Una guerra que perdió, por cierto. También bombardeó Serbia sin una resolución de la ONU, e intervino Libia y es culpable de que ese país siga sumido en una guerra civil espantosa. Estados Unidos y otros estados de la OTAN protagonizaron también una guerra criminal en Irak que incendió todo Oriente Próximo y que generó lo que vino después, es decir, Estado Islámico. El asalto de Estados Unidos a Irak hizo que el orden en aquella región saltara por los aires. Después vinieron las fuerzas islamistas radicales que incluso fundaron su propio estado. Estados Unidos tiene una responsabilidad directa sobre todo eso. 

¿Es historia la estrategia de “autonomía estratégica europea”, es decir, una defensa europea independiente de la OTAN? 

En este momento, sí. Ahora mismo se hace todo lo posible para convertir a la OTAN en una alianza más grande, más fuerte, más compacta y, a poder ser, ampliamente armada con cabezas nucleares. Creo que eso es muy peligroso. Ese es un problema que tenemos que solucionar cuando la guerra en Ucrania acabe. Hay quien dice que la Unión Europea debería dotarse de unas fuerzas armadas que pudieran actuar en caso de guerra. En todo caso, tenemos que analizar cuál es en realidad la relación entre la estrategia de seguridad de la Unión Europea y la de la OTAN. ¿Son siempre idénticas? Son muchas las cuestiones que hay que resolver y sobre las que antes yo no era consciente. 

Usted es un fragmento vivo de la historia reciente de Alemania. Ha vivido y visto mucho. ¿Tiene todavía razones para mirar con optimismo hacia el futuro dado el actual estado de las cosas? 

En este momento, no. Ahora tengo muchos motivos para el temor. Mi principal acción política ahora es concentrarme en advertir a lo que nos arriesgamos con esta guerra. Pero obviamente espero – y por eso hago política – que esto cambie. Siempre le digo a la gente lo que ahora le voy a decir a usted: durante 74 años de mi vida no viví una guerra en Alemania. Eso es casi un milagro. Y ahora eso se ve amenazado por la destrucción. Tenemos que apostar por la mediación, por el diálogo con el otro, como hizo el canciller Willy Brand en su momento. No soy un fan de Brandt. Nunca condenó, por ejemplo, la guerra de Vietnam. Pero su política de apertura en un contexto de frentes endurecidos fue un acierto. Entonces, aquí en Berlín occidental, si interpretabas una pieza de teatro de Bertold Brecht, eras automáticamente un comunista y ya pertenecías al otro lado. Esa es la atmósfera que en parte también hoy se respira. Si hoy no dices que estás dispuesto a darlo todo por Ucrania, independientemente de lo que pase aquí en Alemania, eres automáticamente un Putinversteher, un fan de Putin. Es una auténtica estupidez.

Entrevista publicada por la revista CTXT.


viernes, 27 de mayo de 2022

Rusohablantes en Alemania: comunidad entre dos tierras

Alrededor de tres y medio millones de personas con raíces en el espacio postsoviético viven en Alemania. No es una cifra oficial, sólo estimaciones basadas en un microcenso de la Oficina Federal Estadística en 2016. La mayoría de esa diáspora postsoviética, mayoritariamente de habla rusa, procede de Rusia, Kazajistán y Ucrania. La actual guerra en este último país ha colocado a esa importante minoría migratoria en una situación incómoda, entre dos tierras. 

Alrededor de dos millones y medio de los rusohablantes residentes en la República Federal conforman, además, una comunidad con estatus especial: los llamados Russlanddeutsche (alemanes de Rusia), descendientes de colonos de habla alemana que se asentaron a finales del siglo XVIII e inicios del XIX en la cuenca del río Volga y en la costa norte del Mar Negro – entonces Imperio Ruso y hoy territorio en guerra entre Rusia y Ucrania –. 

Esas colonias alemanas respondieron a la invitación de la emperatriz Catalina II y el emperador Alejandro I, que pretendían así poblar territorios vacíos de su Imperio. Como explica la Central Federal para Formación Política, los colonos recibieron la promesa de ventajas: tierras gratuitas, exención fiscal, liberación del servicio militar y de culto religioso, derecho a la autonomía administrativa y al retorno a su origen si así lo deseaban en algún momento. 


Ola de denuncias 

Con el triunfo de la Revolución Rusa en 1917, la minoría étnica alemana llegó incluso a tener una república propia dentro de la URSS: la República Autónoma Socialista Soviética de los Alemanes del Volga. El estallido de la Primera Guerra Mundial, de la Segunda y las purgas estalinistas acabaron arrinconando a la minoría alemana, susceptible de ser colaboracionista con los nazis. Los descendientes de los alemanes de Rusia fueron retornando paulatinamente a sus territorios de origen antes y después del fin de la Guerra Fría. 

Aún hoy, las autoridades de la República Federal conceden la nacionalidad alemana a aquellos que pueden demostrar una descendencia de los colonos que se instalaron en el Imperio Ruso hace dos siglos. Estas últimas personas reciben el nombre spätaussiedler, que sirve para denominar a los migrantes retornados del espacio postsoviético a lo largo del siglo XX y del XXI. El concepto de Russlanddeutsche – que en muchos casos no hablan alemán o lo hacen con acento ruso – puede llegar a tener hoy una connotación peyorativa en Alemania, un fenómeno acentuado por la guerra en Ucrania.

Desde el inicio de la invasión rusa, las autoridades alemanas han registrado más de 1.700 delitos relacionados con la guerra, la mayoría crímenes de odio, agresiones verbales, pintadas amenazantes e incluso violencia física. La minoría rusohablante es la gran protagonista de estos incidentes, ya sea en el rol de víctima o agresor. La organización Mediendienst Integration – especializada en asuntos migratorios – confirma que ha habido un aumento de las denuncias de agresiones contra la comunidad rusoparlante en Alemania. En esta coyuntura, la embajada rusa en la República Federal tampoco deja escapar la ocasión para denunciar una oleada de rusofobia. 


9 de mayo 

Es difícil hacerse una idea de cuál es la posición predominante dentro de esa minoría rusohablante respecto a la guerra en Ucrania. El miedo a expresarse públicamente y a ser calificado de seguidor de Putin juega seguro un papel importante. La visita al Memorial Soviético de Treptow Park en Berlín el 9 de mayo es así una oportunidad de oro: este lugar se convierte en un centro de peregrinación para ciudadanos de raíces soviéticas el día que Rusia celebra la victoria sobre la Alemania nazi. Aquí hay enterrados unos 5.000 soldados soviéticos caídos en la Segunda Guerra Mundial. 




La efeméride ha estado este año cargada de tensión. Las autoridades berlinesas tomaron una medida salomónica para evitar enfrentamientos entre nacionalistas rusos y ucranianos: prohibir cualquier tipo de símbolo nacional de ambos países, así como de la desaparecida URSS. Igor, Artur y Alex sacan, sin embargo, una bandera de la Federación Rusa ante el imponente monumento que representa un liberador soldado soviético con una esvástica destruida a sus pies y una niña en sus brazos. 

Este grupo de rusos de origen kazajo vienen cada año a celebrar el 9 de mayo, que esta vez tiene especial importancia: están cansados de que criminalicen a su país de origen, aseguran. “Si la prensa de aquí dice la verdad, ¿por qué prohíben los medios rusos?”, pregunta Alex a en referencia al bloqueo de RT y Sputnik en la Unión Europea. “La guerra no es en absoluto contra el pueblo de Ucrania, es contra el fascismo. Y eso es la mitad de Ucrania”, asegura Igor. Todos escucharon el discurso del presidente Vladimir Putin antes de venir al monumento. Todos lo apoyan. Putin sólo quiere la paz, dicen. 

“Vivo en Alemania. Soy un alemán de Rusia retornado. Pero, en realidad, somos los hijos de la Unión Soviética y eso es sagrado”, dice Vladimir, enfundado en una camiseta con las iniciales en cirílico de la URSS. “No me gusta nada lo que está pasando, ese acoso a Rusia, el odio que hay contra Rusia. Yo soy soviético, comunista, y no me gusta que los tiempos soviéticos sean ahora ensuciados, escupidos, igual en donde sea”. 

Ludmila sostiene una foto de su padre Andrei, héroe militar soviético que defendió Stalingrado y Moscú. Está aquí hoy con su hija Svetlana para honrar la memoria de los que cayeron haciendo lo mismo que él. Originarias de Moldavia, niegan sufrir rusofobia en Alemania, rechazan la guerra en Ucrania y aseguran ayudar a refugiados ucranianos. Ludmila se agarra a lo divino para espantar los fantasmas de una Tercera Guerra Mundial: “Espero que Dios devuelva la razón a los presidentes de ambos países y que la guerra entre Ucrania y Rusia acabe pronto”.


Reportaje publicado por El Periódico de Catalunya.

lunes, 28 de marzo de 2022

El silencio de Merkel y la dependencia energética de Rusia

"Esta guerra de agresión de Rusia marca un profundo antes y después en la historia de Europa tras el fin de la Guerra Fría. No hay justificación alguna para esta flagrante violación del derecho internacional. La condeno de la manera más tajante". Estas han sido hasta ahora las únicas palabras de Angela Merkel sobre la invasión rusa de Ucrania. Las difundió la oficina de la excancillera el pasado 24 de febrero, el mismo día en que el Ejército ruso cruzó las fronteras ucranianas. Más de un mes después, la figura política alemana más importante del siglo XXI -profunda conocedora de Vladímir Putin, con el que compartió numerosas negociaciones y cumbres- sigue evitando comparecencias o declaraciones públicas. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su comparecencia conjunta con el canciller alemán, Olaf Scholz, este 18 de marzo de 2022 en Berlín. 

Analistas recalcan que Merkel quiere evitar a toda costa quitar protagonismo al socialdemócrata Olaf Scholz, su sucesor al frente de la cancillería. También hay quien ve en ese estruendoso silencio un reconocimiento implícito de dos errores estratégicos que, con retrospectiva, marcaron los 16 años de gobiernos de Merkel: la insistencia en reconocer a Putin como un interlocutor previsible y relativamente confiable al frente del Kremlin, y el impulso de una dependencia energética del gas ruso al que Alemania no tiene alternativa a corto plazo. El gasoducto Nord Stream 2, que conecta directamente Rusia con el noreste de Alemania, es el ejemplo más claro: Merkel lo defendió hasta el final de su gobierno aduciendo que era una "iniciativa privada".


Voces en la CDU 

"No puedo ni quiero decir nada sobre la señora Merkel. Pero, mirando atrás, muchas decisiones fueron incorrectas. Por ejemplo, haber profundizado la dependencia energética de Rusia, haber asegurado durante años que el gasoducto Nord Stream 2 era un proyecto de la iniciativa privada, a pesar de que nunca lo fue. El resto se lo deben preguntar a la señora Merkel. Yo no puedo hablar por ella". Esto dijo esta semana Friedrich Merz, el nuevo presidente de la Unión Demócrata Cristiana de Alemania (CDU), durante una videoconferencia con periodistas extranjeros. 

Merz, un rival histórico de Merkel dentro del conservadurismo alemán, no perdió la oportunidad de disparar contra una parte del legado de la excancillera. Las voces críticas con Merkel dentro del partido conservador no se limitan, sin embargo, a sectores históricamente opuestos al merkelismo. Annegret Kramp-Karrenbauer, expresidenta de la CDU, exministra federal de Defensa y figura cercana a Merkel, escribió el 24 de febrero en Twitter: "Estoy furiosa con nosotros porque fracasamos históricamente. No nos preparamos tras lo ocurrido en Georgia, Crimea y el Donbás, lo que habría asustado a Putin". El plural mayestático usado por Kramp-Karrenbauer va más allá de una simple autocrítica y apunta a Merkel sin citarla. 


La carta fósil 

Las cifras sobre la dependencia energética de Alemania respecto a Rusia hablan por sí solas: alrededor del 75% de las importaciones rusas a la República Federal son combustibles minerales (gas, petróleo, carbón, etc.). Esas importaciones cubren además más de la mitad del consumo de la República Federal, como apunta un informe del Instituto de Economía Alemana (IWK). 

Según cifras de la Oficina Federal de Estadística (Destatis), en 2005 -año en que Merkel llegó al poder- Alemania importó gas y petróleo rusos por valor de 16.000 millones de euros. El año pasado, esa cifra superó los 19.000 millones. Alemania es, con casi el 25% de las importaciones totales de gas ruso, el mayor cliente de Rusia en el mundo. Con la puesta en marcha del Nord Stream 2 -paralizado sine die-, esa dependencia energética aumentaría aún más. 

La carta fósil de Putin es, por tanto, evidente en la crisis global desatada por la invasión y la consecuente guerra en Ucrania. La pregunta que queda en el aire es por qué Merkel -una política a la que le costaba tomar decisiones rápidas porque prefería analizar antes todas las variables- ahondó tanto y durante tanto tiempo en la dependencia energética de Alemania respecto a Rusia. 

"En los últimos años, la prioridad número uno en la política energética alemana fueron los buenos precios. Y si se trataba de comprar gas, Rusia era el proveedor más cercano. El gas distribuido a través de gasoductos ha sido en los últimos años claramente más barato que el gas licuado", responde Malte Küper, especialista en política energética del IWK. "El actual conflicto pone de manifiesto la debilidad derivada de esa dependencia, a pesar de que sea recíproca: Rusia también depende de los ingresos por la exportación de gas". 


Posible colapso 

La Alemania de Merkel apostó por el gas ruso con el apoyo de una industria que veía en los bajos precios y en la fiabilidad de Rusia como proveedor una buena opción para mantener la competitividad. Desde el punto de vista geoestratégico, los sucesivos gobiernos de Merkel parecieron apostar por los lazos comerciales con Moscú para rebajar las crecientes tensiones militares entre la OTAN y la Federación Rusa -una estrategia ya usada por la República Federal con la Unión Soviética en la fase final de la Guerra Fría-. 

Todo eso se muestra ahora como un error estratégico. A corto plazo, Alemania no puede sustituir el gas ruso. El Gobierno tripartito de Scholz se opone, por ello, al bloqueo de las importaciones fósiles de Rusia con las que Putin está financiando la invasión de Ucrania. "Si Alemania quiere sustituir el gas ruso, entonces tendremos que comprar gas licuado en grandes cantidades, por ejemplo, a Catar o Estados Unidos. Sin embargo, hasta ahora Alemania no tiene ninguna planta transformadora", apunta Malte Küper, que establece un plazo de al menos dos años para poder sustituir el gas ruso por gas licuado. 

Con este panorama, no es descabellado que Alemania encare el próximo invierno con unas reservas insuficientes de gas, lo que podría suponer un colapso de su sistema industrial -cuyo funcionamiento depende en buena parte del gas ruso- y un impacto directo en las cadenas de suministro de supermercados y tienda, con el correspondiente desabastecimiento. El famoso "colapso", tan anunciado por expertos en energía desde hace décadas, estaría así más cerca.


Reportaje publicado por El Periódico de Catalunya.