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viernes, 3 de diciembre de 2021

Una fiscalía plagada de viejos nazis

“El puñal del asesino estaba escondido bajo la toga del jurista”. Esta fue la conclusión del Tribunal de Núremberg en uno de los procesos celebrados en la década de los 50 para depurar la responsabilidad del sistema judicial que amparó los crímenes del Tercer Reich. 

Como han descrito numerosos historiadores y pensadores de los siglos XX y XXI, la barbarie nazi estuvo apoyada en un sistema de leyes y decretos aplicados a rajatabla por millones de “delincuentes de escritorio”, como se suele denominar en alemán a los colaboradores necesarios de los crímenes nacionalsocialistas que ponían sellos para la deportación de judíos, escribían las sentencias contra opositores o firmaban las penas de muerte para los disidentes. Jueces y fiscales fueron, en ese sentido, figuras claves para dar un barniz legal a los crímenes de lesa humanidad nazis. 

El reciente libro Staatschutz im Kalten Krieg (Seguridad del Estado en la Guerra Fría), de los historiadores Friedrich Kießling y Christoph Safferling, abunda en esa realidad ya conocida de los primeros pasos de la República Federal de Alemania fundada en 1949. La investigación – de más de 500 páginas y realizada a petición de la propia Fiscalía Federal alemana – ha llevado a cabo un rastreo exhaustivo en archivos hasta ahora desconocidos, hemerotecas y otras obras ya publicadas que confirma las sospechas y aporta una novedad: cargos altos de la Fiscalía Federal de la Alemania occidental estuvieron ocupados por antiguos miembros del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) e incluso por criminales de guerra hasta bien entrados la década de los 70. El último fiscal marcado por el nazismo abandonó la institución en 1992. 

La conclusión de Kießling y Safferling se suma a la continuidad entre el régimen nazi y la joven república germano-occidental ya demostrada en otras instituciones como los ministerios de Justicia e Interior, la Oficina Federal de Investigación Criminal (BKA, por sus siglas en alemán, encargada de la seguridad del estado), los servicios de inteligencia o incluso las comisarías de policía. La mítica “desnazificación de Alemania” – en la mayoría de las ocasiones alabada fuera de las fronteras del país – fue un proceso muy corto y lleno de excepciones, agujeros y silencios. 


Sin “hora cero” 

Las cifras no dejan lugar a dudas: ya poco después de la creación de la Fiscalía Federal en 1950, la mitad de sus fiscales habían sido miembros del NSDAP. Esa cifra fue creciendo con el paso de los años: en 1966, el 91% de los fiscales había militado en el partido nazi. La argumentación generalizada en Alemania es que sin los exfuncionarios del Tercer Reich habría sido imposible reconstruir la República Federal. Las urgencias impuestas por la carrera entre las fuerzas ocupantes occidentales y la Unión Soviética dentro de la lógica la Guerra Fría aceleró esa rehabilitación de viejos nazis, también en la fiscalía y la judicatura. 

El análisis de las biografías de los jueces por parte de las fuerzas ocupantes de la Alemania occidental tras la Segunda Guerra Mundial fue dejando paso al pragmatismo en pos de la reconstrucción institucional, reforzado por el anticomunismo típico de la Guerra Fría que prefirió mirar hacia otro lado a la hora de designar a jueces y fiscales de pasado pardo. 

Pero ¿realmente habría sido imposible levantar la República Federal prescindiendo de los antiguos nazis? “No hubo una hora cero en ningún espacio social. También en el personal médico o la industria se reintegró a antiguos criminales nazis”, dice el coautor de la investigación Christoph Safferling. “Un nuevo inicio total, sin las competencias y la experiencia de juristas que habían prestado juramento al Führer, habría sido sencillamente imposible por una simple cuestión numérica. Sin embargo, sí se podría haber buscado alternativas de manera más exhaustiva entre retornados del exilio, abogados o mujeres, y se tendría que haber analizado con más cuidado la absorción de antiguos juristas nazis”, asegura el historiador. 


Criminales de guerra 

Algunas biografías de fiscales expuestas por la investigación dejan en evidencia no sólo una continuidad entre el nacionalsocialismo y las primeras décadas de la República Federal, sino también la rehabilitación de criminales de guerra en altos cargos de la Fiscalía Federal. Fue el caso del fiscal Ludwig Berner, que había sido juez del Tribunal Especial de Praga en la Checoslovaquia ocupada por los nazis, y responsable de al menos una docena de penas de muerte. 

Entre los funcionarios de la Fiscalía Federal de los primeros años hubo también al menos ocho antiguos jueces militares. Rudolf Herzog fue uno de ellos. A pesar de que había indicios de su corresponsabilidad en el asesinato y la condena a muerte de civiles belgas durante la Segunda Guerra Mundial, Herzog pudo jubilarse en 1967 como fiscal general. Las investigaciones sobre sus presuntos crímenes en la Bélgica ocupada fueron archivadas tras su muerte en 1985. 

En general, el libro Seguridad del Estado en la Guerra Fría dibuja una fiscalía alemana todavía anclada mental e ideológicamente en posiciones autoritarias y antidemocráticas. Dado que por aquel entonces Alemania estaba dividida en dos estados, se hace inevitable la pregunta de si el régimen oriental de la República Democrática Alemana (DDR, en sus siglas en alemán) sí aplicó un proceso de “desnazificación”. 

“En sus inicios, la desnazificación sí fue consecuente en la DDR. Una mayor perseverancia en ese sentido no le habría hecho mal a la República Federal”, responde el investigador Friedrich Kießling, que, sin embargo, puntualiza la “instrumentalización política” que de esa persecución de antiguos nazis hizo el régimen autoritario socialista oriental. “Se convirtió en un programa de purgas en favor de la dirección política del estado. Con todo, y a diferencia de la República Federal, hacer grandes carreras con un pasado nazi no fue posible en la DDR”.


Reportaje publicado por El Periódico de Catalunya.

lunes, 11 de mayo de 2015

«¿Adónde nos han traído estos hijos de puta?»

Las manos de Virgilio Peña están curtidas por el trabajo y por el paso del tiempo. Este excombatiente republicano español, de 101 años de edad, sobrevivió al campo de concentración de Buchenwald, que él mismo ayudó a liberar el 11 de abril de 1945 antes de la llegada del ejército estadounidense. 

Nacido el 2 de enero de 1914 en el pueblo cordobés de Espejo, este andaluz echa la mirada atrás ahora que se suceden las celebraciones por el 70 aniversario de la liberación de los campos de exterminio nazis. Peña, recuerdo vivo del siglo XX, nos recibe en el salón de su casa, en la ciudad francesa de Pau, donde nos cuenta su historia con un acento andaluz que sigue conservando prácticamente intacto. Virgilio repasa así los días de una vida de novela. 

Después de que la República perdiese la Guerra Civil, usted sale de España por la frontera con Francia. ¿Cómo acaba en el campo de concentración de Buchenwald? 

A mí me detuvieron en Burdeos en febrero de 1943 por pertenecer a la resistencia francesa. Yo y otros hacíamos actos de sabotaje en la base marítima de Burdeos. La policía francesa sabía que yo estaba en la resistencia porque un chico español me vendió. Después de torturarme y al ver que yo no decía nada, me entregaron a los alemanes. 

Cuando le detienen, ¿usted era consciente de que lo iban a deportar a un campo de concentración?  

Yo no sabía absolutamente nada, ni siquiera por qué me habían detenido. En Francia, ni yo ni nadie habíamos escuchado hablar de los campos de concentración nazis. Cuando bajé del tren en Alemania, a la entrada de Buchenwald, entonces me di cuenta. 

Usted siempre ha dicho que el viaje en tren hasta el campo fue horroroso... 

El viaje en tren fue criminal, casi peor que luego dentro del campo. Metían a mucha gente en el vagón. En el que yo viajé ponía «Ocho caballos y cuarenta hombres», pero allí metieron a ochenta y pico personas. Lo primero que hice fue agarrarme con estos dos dedos a unas manillas que había al lado de la puerta para atar a animales. Y así pase tres días y dos noches. Pese a ser enero, dentro del vagón hacía un calor enorme. Casi no se podía respirar. La gente que iba dentro gritaba y gritaba. Todavía no habíamos llegado a Buchenwald, pero en el momento en el que entrabas en el vagón, tenías que pensar en defenderte a ti mismo, porque el que se caía al suelo por una frenada del tren, ya no se levantaba más. 

¿Sabe usted cuánta gente murió en ese vagón en ese trayecto? 

Como yo iba enganchado en la puerta, fui de los primeros en bajar. Y nada más tocar el suelo, ya tenías a un SS gritándote «Raus, Raus!» («Fuera», en alemán). Por eso no te lo puedo decir. Luego oí decir de otra gente que bajó más tarde del vagón que unas 30 personas habían muerto en el viaje. -¿Cómo fue la llegada? -En seguida que llegabas, te cortaban todo el pelo, desde los pies hasta la cabeza. Sólo te dejaban las cejas y las pestañas. Luego te metían en un líquido para desinfectar. Aquello picaba mucho. Al salir de allí, ya te dabas cuenta de dónde estabas, veías a los otros internos, que no tenían más que huesos. Y entonces te preguntabas: «¿Adónde nos han traído estos hijos de puta?» 

¿Recuerda el número que le otorgaron al entrar? 

Claro, perfectamente, ¿lo quieres en alemán o español? 40.843. Eso era lo primero que tenías que aprender al entrar a Buchenwald, porque en el campo no te llamaban por tu nombre. Cuando entrabas allí, perdías la nacionalidad y todo lo demás. Allí no eras más que un preso. 

¿Qué tipo de gente conoció allí? 

En mi bloque, que era el 40, había sobre todo alemanes antifascistas, la mayoría comunistas, y muchos checoslovacos. También había mucho intelectual: allí conocí al famoso ministro de Felipe González, Jorge Semprún. 

¿Usted tiene miedo a que todo lo que usted vivió caiga algún día en el olvido? 

Ahora que se cumplen los 70 años de la liberación de Buchenwald, esas cosas no se pueden olvidar. Son cosas para nosotros, los deportados. Como dijo Semprún, el día en el que muera el último deportado, no habrá nadie que hable del olor de la carne quemada. 

¿Guarda rencor a Alemania o a los alemanes? 

Yo al pueblo alemán no le guardo rencor, pero sí a los nazis y aquellos que cometieron tantas barbaridades. En Buchenwald había más alemanes que españoles. El campo lo construyeron los propios presos alemanes en 1937. ¿Cómo les voy a guardar rencor? Como se dice habitualmente, no hay que tener ni odio pero tampoco olvido.

Entrevista publicada en el diario ABC y videorreportaje emitido por DW Latinoamérica.



miércoles, 16 de abril de 2014

El caso Gurlitt, la punta del iceberg

El régimen nacionalsocialista erigido por Adolf Hitler no solo fue autoritario, militarista, racista y homófobo; también llevó a cabo un expolio sistemático de las más diversas propiedades, desde terrenos y fábricas hasta miles de obras de arte. Numerosas familias judías, por ejemplo, tuvieron que abandonar en su huida todo su patrimonio artístico; otras tuvieron menos suerte: antes de ser deportadas a una muerte casi segura en los campos de concentración, los nazis expropiaron su patrimonio cultural.

La colección de Corlenius Gurlitt podría ser un ejemplo más del enorme patrimonio cultural expoliado por el nazismo y heredado por la Alemania de posguerra tras la caída de Hitler. 

Septiembre de 2010: la extraña actitud del anciano Cornelius Gurlitt, hijo de un historiador, marchante y coleccionista de arte colaboracionista con los nazis, llama la atención de la Policía aduanera en un control rutinario a bordo de un tren entre Zúrich y Múnich. La Policía encuentra en el equipaje de Gurlitt 9.000 euros en efectivo. Una cifra cuyo transporte en metálico entre Suiza y Alemania es legal. Sin embargo, el extraño comportamiento del anciano llama la atención de la Policía, que inicia una investigación por sospechas de delitos fiscales y patrimoniales. 

En febrero de 2012, la Policía consigue una orden de registro del departamento de Gurlitt en la capital bávara: allí descubre una valiosísima colección formada por 1.280 cuadros que contiene obras de Picasso, Chagall, Matisse y Beckmann, entre otros nombres. Las autoridades mantienen en secreto el descubrimiento hasta que el semanario alemán «Focus» lo hace público el 3 de noviembre de 2013. Ahí empieza el caso Gurlitt para la opinión pública. Una historia todavía con final abierto.

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lunes, 1 de octubre de 2012

Sobre el actual momento del neonazismo alemán

La policía alemana llevó a cabo a finales del pasado agosto una gran operación contra el neonazismo en el Estado federado de Renania de Norte-Westfalia: más 900 agentes registraron alrededor de 140 viviendas y locales en diferentes puntos del Estado más poblado e industrializado de la República Federal Alemana. La policía se incautó de armas de fuego, bates y puños americanos, además de propaganda del NPD (Partido Nacionaldemócrata de Alemania), uno de los partidos neonazis todavía legales en el país centroeuropeo y que tiene lazos con formaciones de extrema derecha españolas como Plataforma per Catalunya. 

Ese gran despliegue policial fue interpretado como un gesto contra la impunidad de la que gozó el grupúsculo de extrema derecha NSU (Clandestinidad Nacionalsocialista) tras los fallos de bulto cometidos por el sistema de seguridad alemán. La NSU fue una célula terrorista neonazi compuesta por tres miembros que mató a 9 inmigrantes de origen turco y griego, y a una agente de policía, puso bombas y atracó bancos entre 2000 y 2006. Primero, la policía y los diferentes servicios secretos alemanes fueron incapaces de detectar a los tres terroristas, que operaron con el probable apoyo de una red social. Después, destruyeron documentos relacionados con la investigación. 

Los graves errores cometidos por las autoridades le costaron el puesto a Heinz Fromm, ya expresidente de la Oficina de la Defensa de la Constitución, una las instituciones destacadas de los servicios secretos, cuya función es vigilar a aquellos sectores que buscan desestabilizar a la República Federal Alemana desde posiciones políticas y/o religiosas. La última gran operación contra el neonazismo alemán parece estar directamente relacionada con la llegada a la presidencia de la Oficina de la Defensa de la Constitución de Hans-Georg Maasse, quien asumió el cargo a principios del pasado agosto.

Pese a los cambios realizados en la cúpula del sistema de seguridad alemán y la reciente masiva redada, siguen siendo muchas las preguntas acerca de la actual escena del neonazismo en Alemania así como de las presuntas conexiones entre neonazis y algunos miembros de los servicios secretos y policiales del país. El último informe anual de la Oficina de la Defensa de la Constitución correspondiente al año 2011 revela datos sobre el actual momento del neonazismo en Alemania: el número de delitos de la extrema derecha (incluidos los de propaganda, como el antisemitismo) aumentó ligeramente con respecto al año anterior. Buena parte de esos delitos se concentró precisamente en el Estado de Renania de Norte-Westfalia, escenario de la última gran razia contra los círculos neonazis.

Continuar leyendo el artículo completo en ABC.es.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Pasividad ante el terrorismo neonazi alemán

Alguien me dijo una vez que el problema del neonazismo en Alemania no era tan grave como algunos querían hacer creer. Después de casi cinco años en este país, uno empieza a mirar de manera algo más crítica su realidad e historia, y esa sentencia me hizo reflexionar e incluso me llegó a parecer verosímil. Pero hace tiempo que hemos dejado de vivir en el mejor (o menos malo) de los mundos posibles, como demuestra la brutal crisis económica que sufre la eurozona y que parece haber sentenciado ya a la moneda común y la llamada "periferia" de la Unión Europea. Otra prueba de que no vivimos en el mejor de los mundos: la pasividad de las instituciones alemanas y los medios de este país ante la célula terrorista neonazi Clandestinidad Nacionalsocialista que asesinó al menos a 10 personas de origen inmigrante e hirió a más de 30, algunos gravemente, durante la última década.

Como apunta de manera valiente y bien políticamente incorrecta el corresponsal de La Vanguardia en Berlín, Rafael Poch, "los nazis han matado mucho más que el radicalismo islámico, que en Alemania no ha producido ningún gran atentado. Mucho más que la célebre 'Fracción del Ejército Rojo' de Andreas Baader y Ulrike Meinhof, que produjo 34 muertos entre su fundación en 1970 y su disolución en 1998, sin contar los 27 activistas que la banda dejó por el camino en tiroteos con la policía y huelgas de hambre. Esas violencias, que han inspirado toneladas de obras y titulares de periódico, se quedan muy cortas al lado de la violencia neonazi".

Toneladas de análisis, artículos, libros y programas de televisión dedicados al pasado terrorista de la extrema izquierda, mientras la extrema derecha mataba de manera impune a por lo menos 180 personas desde la reunificación alemana, como apunta la Fundación Amadeo Antonio. Ante tal escándalo, todo son preguntas: ¿por qué el Estado y los medios de comunicación no fueron capaces de reaccionar? ¿O es que no quisieron? ¿Hasta qué punto colaboraron los servicios secretos del Estado alemán con los tres miembros de la célula Clandestinidad Nacionalsocialista y su evidente red de apoyo social? ¿Es esto sólo el final de la violencia neonazi o estamos ante un revival del pistolerismo de extrema derecha ya conocido por este país? Bernd Wagner, ex policía, criminalista y cofundador de la asociación Exit, con el que tuve la oportunidad de hablar para una entrevista para el último número de Setmanari Directa, nos da algunas respuestas. Eligí una frase de la conversación como titular que me provocó un escalofrío al trascribirla: "En Alemania hay miles de militantes neonazis que son potenciales terroristas".

Aus Selección de reportajes

viernes, 13 de marzo de 2009

El silencio de los Quandt



El pasado lunes Helg Sgarbi, bautizado por la prensa centroeuropea como “el gigoló más famoso de Suiza”, fue condenado por la Audiencia Regional de Múnich a seis años de cárcel por estafa e intento de extorsión. Durante el juicio, que apenas duró unas horas, el tribunal consideró probado que Sgarbi había conseguido alrededor de 9 millones de euros de varias mujeres a través de la extorsión. ¿Su arma?: el uso de vídeos con contenidos sexuales comprometedores para al menos cuatro mujeres adineradas. Entre ellas, la mujer más rica de Alemania, Susanne Klatten.

La lectura del veredicto, aceptado por Sgarbi con una media sonrisa de aparente satisfacción y las palabras “lo siento en lo más profundo”, fue el último episodio de un culebrón que comenzó en julio de 2007, y que de momento parece haber concedido una tregua a la opinión pública. Aquel verano, el gigoló suizo entró en contacto con Susanne Klatten. La multimillonaria alemana se dejó seducir por su sonrisa, sus buenas maneras y su desenvoltura sin ser consciente de que ello acabaría con su vida discreta, hasta ese momento siempre apartada de los focos de las cámaras y de las portadas de la prensa pese a ser la heredera de una de las mayores fortunas del mundo.

Ese aparentemente fortuito encuentro estival supuso el principio de un tormentoso romance. Tras haber conseguido ganarse los encantos de Klatten, Sgarbi comezó a pedir dinero a su presunta amante. Primero, intentando infudir misercordia en el corazón de Klatten a través de inverosímiles historias: Sgarbi le aseguró a Susanne haber atropellado y dejado paralítica a la hija de un mafioso estadounidense, por lo que necesitaba siete millones de euros para poner su vida a salvo. Tras una primera negativa, la multimillonaria cedió y aceptó darle al suizo medio millón de euros en metálico. Pero Sgarbi no se conformó con ello y siguió exigiendo a Klatten cada vez mayores sumas de dinero. Ante las constantes negativas de Susanne, Sgarbin sacó su as de la manga: le amenazó con entregar a la prensa los comprotedores vídeos.

En contra de los cálculos de Sgarbin, Susanne Klatten decidió dar un paso adelante y denunciar el caso a la policía, a pesar de ser consciente de que, antes o después, la historia llegaría a las páginas de la prensa y a las pantallas de televisión. Tras el juicio exprés celebrado el pasado lunes, Sgarbin tendrá que cumplir íntegramente los seis años de prisión que le han sido impuestos por su inquebrantable negativa a declarar sobre sus supuestos cómplices y sobre el paradero del dinero extorsionado.

Como era de prever, el nombre de Susanne Klatten se ha convertido en pasto de las portadas de diarios y en suculento material para programas televisivos más o menos serios. Así las cosas, era inevitable que comenzasen a surgir preguntas sobre la vida de la mujer más rica del Alemania, que hasta el momento había conseguido mantener su privacidad al margen de los focos de la actualidad: ¿de dónde procede su fortuna? ¿Quiénes son sus antepasados? ¿Cuál es la historia de su familia? ¿Por qué ha elegido una vida discreta, apartada de los medios y de la vida pública de la sociedad alemana?

Para para comenzar a dar respuesta a todas estas cuestiones hay que remontarse a 1881. Ese año nació Günther Quandt, el abuelo paterno de Klatten, fundador de la saga de los Quandt y del actual patrimonio de Susanne, que la revista Forbes ha estimado recientemente en 7.000 millones de euros, fortuna que la sitúa dentro del grupo de las 25 personas más ricas de Europa. Empresas como Altana, Varta, Milupa o BMW, icono de la fortaleza de la economía alemana, forman parte de la historia de ese imperio empresarial levantado por Günther Quandt. Un imperio que ha cruzado como un transatlántico la historia del siglo XX y que mira con optimismo al siglo XXI.

Sin embargo, no es oro todo lo que brilla. Como bien apunta la voz popular, en todas las familias hay trapos sucios, y la estirpe de los Quandt no se salva de ello. El documental Das Schweigen der Quandts (“El silencio de los Quandt”), elaborado por periodistas del canal público alemán NDR y que salió a la luz en 2007, apunta en esa dirección. A través de la recuperación de documentos oficiales y privados correspondientes a la época de los años 30 (durante el ascenso del nazismo en Alemania), a la Segunda Guerra Mundial y al periodo posbélico de los años 50, el documental señala que el abuelo de Susanne Klatten, Günther Quandt, su padre, Herbert Quandt, y su tio lejano, Harald Quandt, se apoyaron en el régimen de Adolf Hitler para fortalecer sus empresas y aumentar así su fortuna.

El documental ofrece nombres y datos con una fría precisión. Estremecedores relatos de supervivientes del campo de concentración Hannover-Stöcken parecen dejar bastante claro que el imperio Quandt se sirvió del trabajo forzado al que eran sometidos los presos para producir baterías en la fábrica de la empresa AFA, propiedad del abuelo de Susanne Klatten. Cientos de personas murieron a causa las condiciones miserables en las que eran obligadas a trabajar. Además, según historiadores y economistas que aparecen en el vídeo, esas baterías iban destinadas en buena parte al Ejército alemán, que las usaba con fines bélicos. Por tanto, parece claro que los Quandt participaron de forma activa en el alzamiento y desarrollo de la estrategia militar del régimen nacionalsocialista. Además, Günther Quandt también sacó provecho de los procesos de expropiación de empresas judías y no judías en Alemania y en el resto de Europa.

Tras el final de la guerra, numerosas familias capitalistas alemanas que habían desempeñado un papel activo en el desarrollo industrial bajo la dictadura de Hitler, como por ejemplo los Krupp, tuvieron que responder por crímenes contra la humanidad en los juicios de Núremberg. Pero Günther Quandt y sus dos hijos Hebert y Harald consiguieron escapar de la justicia pese a los evidentes lazos económicos y políticos que les unían con el nazismo. Un ilustrativo ejemplo de ello: la primera esposa de Günther Quandt, Magda Ritschel, madre de su tercer hijo, Harald Quandt, y de la que se separó en 1929, se acabó casando con Joseph Goebbels, uno de los políticos más importantes e influyentes del nacionalsocialismo y jefe de la propanda nazi. El documental Das Schweigen der Quandts incluso sugiere que el abuelo de Susanne Klappen utilizó ese contacto para ganar posiciones en el sector industrial durante el Gobierno de Hitler.

Günther Quandt consiguió así escapar de la cárcel y sus dos hijos, Herbert y Harald, pronto se pusieron manos a la obra para reactivar las empresas familiares. La gran fortuna de los Quandt había conseguido sobrevivir al nacionalsocialismo, a la Segunda Gran Guerra y a la derrota alemana en la contienda. Los Quandt se adaptaron una vez más a los nuevos tiempos. Con la riqueza amasada, Herbert se hizo con la mayor parte de acciones de BMW y reflotó la empresa automovilística, que con perspectiva histórica es considerada como uno de los paradigmas del llamado milagro económico alemán de la posguerra. Mientras seguían aumentando sus ganancias, la familia Quandt optó por llevar una vida discreta, apartada de las excentricidades y de los medios de comunicación, probablemente consciente de que su negro pasado les obligaba a mantener la discreción.

Susanne Klatten nunca conoció a su abuelo: nació en 1962, cuando Günther Quandt ya llevaba ocho años muerto. Creció en una mansión en Bad Homburg, una pequeña localidad situada en el Estado federado de Hesse, en el corazón de Alemania. Su infancia fue relativamente normal, pese a la riqueza que le rodeaba y de la que quizá no fue consciente durante sus primeros años de vida. Cuando su padre murió repentinamente a los 71 años, en 1982, Susanne todavía era una jovencita de 20 años. Una jovencita que había heredado un inmenso patrimonio del cual, y según la voluntad de su propio progenitor, ella no debía ocuparse. Susanne sólo debía prepararse para el futuro profesional.

En 1981 comenzó a estudiar Ciencias Económicas en la Universidad de Buckingham, y después cursó un máster en el Instituto Internacional de Desarrollo Directivo de Lausanne. Pese a saber que no tenía la necesidad de trabajar para poder vivir, a diferencia de la mayoría de sus compañeros de universidad, Susanne no se dejó seducir por las mieles de la jetset. Según varios perfiles publicados en medios alemanes, la heredera siempre ha tenido a su madre, Johanna Quandt, como modelo de mujer perseverante y trabajadora al que imitar. Tras la muerte de su marido, Johanna pasó a formar parte de los consejos de vigilancia tanto de BMW como de Altana, en lugar de dejar el trabajo en manos de asesores y especialistas.

Después completar diversos periodos de prácticas en las empresas cuya parte de la propiedad le pertenecía en herencia, y durante los que siempre ocultó su auténtico apellido para pasar desapercibida, Susanne Klatten dio el salto en 1993. Con 31 años entró a formar parte del consejo de vigilancia de la farmacéutica Altana. A partir de ese momento los resultados de la empresa comenzaron a subir como la espuma. Con todo, Susanne siempre mantuvo la compostura: la joven directiva parecía haber heredado no sólo la fortuna, sino también la discreción posbélica de los Quandt.

Hasta ahora, la empresaria nunca se había salido del guión, no había concedido entrevistas ni aireado informaciones sobre su vida privada. Su figura perseguía mantener siempre un perfil bajo. Susanne parecía querer mantener siempre bien escondidas su cartas. Hasta que conoció a Helg Sgarbi y cometió un desliz bien caro para el mantenimiento en secreto de su vida privada.

En una excepcional entrevista concedida a finales de 2008 al Finantial Times Deutschland, Susanne Klatten afirmó lo siguiente sobre su experiencia con Sgarbi: “En el momento de la extorsión, tuve claro que me había convertido en una víctima, y que me tenía que defender en mi nombre y en nombre de todas las mujeres de mi familia.” Algo similar pretenden aquéllos que sobrevivieron a los trabajos forzados en las fábricas que funcionaron bajo el mandato de su padre y su abuelo durante el nacionalsocialismo: una indemnización histórica o, al menos, un perdón. Desde luego, algo más que el discreto silencio mantenido hasta ahora por los herederos de los Quandt, que arrastran una ingente riqueza de oscuras raíces.