La onda expansiva política y diplomática generada por el asesinato del general iraní Qasem Soleimani el pasado 3 de enero en Bagdad podría rebasar el territorio de Oriente Próximo. Alemania es una de las fichas de ese movimiento militar de Estados Unidos para la que también debería haber consecuencias. Esa es al menos la opinión del veterano activista y antimilitarista alemán Hermann Theisen. El asesinato extrajudicial de Soleimani habría sido imposible sin la participación de la base militar estadounidense situada en la ciudad alemana de Ramstein, asegura.
“Hoy sabemos que los drones militares operados desde Estados Unidos utilizan el repetidor de la base de Ramstein para llevar a cabo sus ataques en Oriente Medio. Y lo sabemos porque, debido a la curvatura de la tierra, un pilotaje sólo con la ayuda de satélites genera un retraso en la transmisión de datos que provoca, a su vez, que los ataques pierdan efectividad y exactitud”, me explica por teléfono Theisen. “Hasta ahora se desconoce si hay otra base con un repetidor como el que tiene Ramstein que pudiera servir de alternativa para las operaciones militares de Estados Unidos en Oriente Próximo. Ello nos lleva a concluir que los ataques de dron como el ejecutado contra Soleimani se realizan a través de Ramstein”.
Historial de denuncias
“Denuncia contra Ramstein”. Este fue la noticia que algunos pocos medios alemanes recogieron la semana pasada. Un activista anónimo había interpuesto una denuncia contra la base militar estadounidense en el estado federado de Renania Palatinado por “colaboración o participación en el pilotaje de un dron de combate en el asesinato del iraní Soleimani y de otras personas”. La fiscalía de Zweibrücken confirmó la recepción de la denuncia, cuyo autor fue el mismo Hermann Theisen.
Ramstein acumula un largo historial de denuncias contra prácticas que presuntamente violan la legislación alemana y la soberanía nacional del país. En 2016, el eurodiputado verde Hans-Christian Ströbele ya interpuso una denuncia contra el centro de operaciones militares por su participación en los ataques de Estados Unidos en Oriente Próximo y África.
En 2015, la publicación por la revista alemana Der Spiegel y el portal The Intercept de los llamados “Drone Papers” - que dejaron a la luz documentos militares estadounidenses - ya apuntó el papel clave que juega Ramstein en la “guerra de drones” global llevada adelante por el ejército estadounidense y la CIA ya desde la anterior administración de Barack Obama.
La ejecución de Soleimani no hace más que volver a poner sobre la mesa del poder judicial alemán un espinoso tema con implicaciones diplomáticas y políticas que incomodan al gobierno de Berlín. En 2013, el libro “Geheimer Krieg” ("Guerra secreta"), de los periodistas de investigación Christian Fuchs y John Goetz, lo expuso de una manera menos diplomática de lo que le gustaría al poder político alemán: “El gobierno federal es el anfitrión del comando militar de Estados Unidos sin el permiso del Bundestag”.
Precedente judicial
“El estatus de las tropas de la OTAN estacionadas en Alemania establece que están obligadas a respetar las leyes del estado en que el residen”, argumenta Hermann Theisen. “En el caso de las disposiciones legales que tienen que ser cumplidas por las tropas extranjeras en Alemania, destacan la prohibición de una agresión militar, establecida por el artículo 26 de la Constitución alemana, así como el respeto del derecho internacional”. El asesinato extrajudicial de Soleimani, en caso de haberse ejecutado con la participación de la base, quebranta ambas obligaciones legales.
El incómodo rol de Ramstein ya generó el año pasado una sentencia considerada un antes y un después en el encaje legal de la base en el orden constitucional de Alemania:el Tribunal Superior Administrativo de Münster ordenó al gobierno de Angela Merkel a comprobar la legalidad de las operaciones militares que Estados Unidos lanza desde la base. La sentencia llegó tras la denuncia de tres ciudadanos yemeníes que perdieron familiares en un ataque con drones estadounidenses en 2012.
“Esa sentencia apunta que las consultas del gobierno alemán al estadounidense son insuficientes, y que Berlín podría tener que exigir a Washington la aportación de pruebas de que sus tropas están respetando las leyes alemanas”, analiza Thiesen. En el aire queda si su denuncia dejará de ser un mero gesto simbólico para convertirse en otro precedente legal.
El veterano pacifista, que lleva desde la década de los 80 militando en el antimilitarismo y que incluso ha pasado en tres ocasiones por prisión por su activismo y sus actos de insumisión, confía en la independencia judicial de su país: “Por mi propia experiencia, puedo decir que Alemania tiene un Estado de Derecho que funciona”.
Chaukeddin Issa no tiene dudas: «El objetivo del Estado Islámico fue desde un principio eliminar del mapa a todas las minorías religiosas. No quieren a ningún otro tipo de creencia o religión en su califato que no sea la suya. Por eso comenzaron con la persecución no sólo de yasidíes, sino también de cristianos e incluso de kurdos chiítas».
Issa es miembro del Consejo Central de los Yasidíes de Alemania, el país europeo con la mayor comunidad de esta minoría religiosa. Los yasidíes llegaron a Alemania a partir de la década de los cincuenta procedentes de Siria, Irak, Irán y Turquía (los Estados que comprenden los territorios históricos del Kurdistán) por motivos económicos, como estudiantes o como refugiados políticos.
«Todos los yasidíes son kurdos sin excepción. El yasidismo era la única religión del Kurdistán antes de las diferentes olas de islamización», sentencia este traductor e historiador de 59 años, llegado a la capital alemana desde el noreste de Siria en 1974. Issa habla sentado en el salón de su casa, en el distrito berlinés de Kreuzberg, en un perfecto y aseado alemán. Razona con la tranquilidad de un intelectual con un profundo conocimiento de la historia de la religión y de Oriente Próximo.
Aunque no hay estadísticas oficiales, se calcula que en Alemania viven unos 60.000 yasidíes (Chaukeddin Issa aumenta esa cifra hasta los 120.000 sumando a todas las generaciones). Así pues, no es de extrañar que cuando empezaron a llegar a Europa las primeras informaciones sobre la persecución de yasidíes en el norte de Irak, las calles de algunas ciudades alemanas se llenasen de miembros de esta minoría religiosa.
«Frenemos el genocidio», gritaban los cientos manifestantes de concentrados hace unas semanas en Herford. En esa pequeña ciudad del oeste de Alemania incluso se produjeron enfrentamientos entreyasidíes y simpatizantes del fundamentalismo del Estado Islámico. La policía tuvo que intervenir y los titulares de la prensa hicieron saltar las alarmas en un país que ya ha sido escenario de enfrentamientos entre sus amplias comunidades turca y kurda cuando la cuerda entre la guerrilla kurda del PKK y el ejército turco se tensaba en el sureste de Turquía.
Imagina que el conflicto palestino-israelí hubiese dejado más de 100 muertos durante los últimos tres meses. Imagina que la aviación israelí hubiese estado bombardeando repetidamente los territorios ocupados de Cisjordania, la Franja de Gaza e incluso enclaves de países vecinos como Egipto y Jordania. Seguro que los medios de comunicación masivos estarían llenos de titulares con expresiones como "agravamiento" o "escadalada de violencia" en Oriente Próximo y especulaciones sobre el estallido de la tercera intifada, esta vez quién sabe si incluso dentro de las propias fronteras del Estado de Israel. Pues la situación que acabo de describir se ajusta a lo que ha estado pasando dentro de las fronteras del Estado turco desde las últimas elecciones celebradas allí a principios de verano. Sin embargo, no he visto que los medios le hayan dado demasiada importancia al asunto, más allá de informar puntualmente sobre un atentado aquí o allá en alguna ciudad turca del Oeste del país. Será cuestión de intereses o de falta de criterio, supongo.
Quien haya estado siguiendo este blog durante las últimas tres semanas, habrá podido leer una serie de siete posts paridos durante un viaje a través de Turquía y el Kurdistán turco (Estambul, Diyarbakir, Batman, Hassankeyff, Armin,...). Partí con el objetivo de diseccionar el actual estado de un conflicto un tanto olvidado, pero que no por ello deja de ser conflicto y bastante grave, por cierto: ya ha dejado alrededor de 40.000 muertos, por ofrecer un dato contundente, y no parece que el goteo de víctimas vaya a parar tan fácilmente. Además de servirme para recopilar material empírico e impresiones a ras de suelo para una próxima tesis académica, el viaje ha dejado sendos artículos publicados por el diario El Economista y el Setmanari Directa, revista semanal editada en catalán. Aquí los tenéis. Que los disfrutéis.
Necesitaba tiempo para reflexionar sobre lo que pasó la madrugada del pasado domingo al lunes pasado. El asalto del ejército israelí a la flotilla con ayuda humanitaria que salió de Turquía en dirección a la bloqueada Franja de Gaza. Lo confieso: en un primer momento no pude creer que las IDF (Israeli Denfense Force) hubiesen usado fuego real contra los activistas, aunque fuesen islamistas radicales, pese a que como demuestran los testimonios a bordo de los barcos que formaban la flota había gente de todas las tendencias ideológicas y religiosas. Incluso viajaban judíos y ciudadanos árabe-israelíes. La acción del ejército de un Estado que se dice democrático no se puede permitir el lujo de atacar a civiles, al menos no impunemente. La acción debe tener consecuencias. La comunidad internacional debe castigar de alguna manera al Estado de Israel.
Durante mi visita a Israel y los territorios ocupados palestinos hace un año tuve la oportunidad, pese a la complejidad de la realidad del conflicto que azota a Oriente Próximo, de sacar una conclusión que me resulta irrebatible: el Estado de Israel y el movimiento neosionista han creado un sistema discriminatorio y racista similar al apartheid surafricano, tanto dentro de las fronteras israelíes como en en los territorios ocupados. Es exagerado y peligroso comparar ese sistema con los crímenes nacionasocialistas. Ese tipo de comparaciones demuestran una profunda ignorancia de la historia reciente, además de un populismo que puede dar alas al antijudaismo y antisemitismo mundiales.
Sin embargo, la acción militar contra la bautizada "flotilla de la libertad" supone un salto cualitativo en la forma en la que Israel ha estado usando su enorme superioridad militar en la región. El asesinato a sangre fría, casi me atrevería a decir la ejecución, de al menos 9 civiles en el abordaje puede ser interpretado de dos maneras: o bien fue un grave error de estrategia militar, o el actual gobierno de Israel ha destapado que realmente le importa bien poco lo que la comunidad comunidad piense y, lo que es peor, que desprecia el más mínimo resquicio de alcanzar algo parecido a la paz. La construcción mantenida de colonias en Cisjordania y en Jerusalén Este, así como el bloqueo de la Franja de Gaza, pese a la oposición de la comunidad internacional con Estados Unidos al frente, apuntan en esa dirección.
Es simplemente ridículo que Israel intente justificar su sangriento asalto alegando que sus soldados fueron atacados con palos y botellas rotas en el momento del abordaje el cual, además, tuvo lugar en aguas internacionales y por tanto fue ilegal. Simplemente, es un insulto a la inteligencia. Pocos días antes del acto de terrorismo de Estado israelí, leí un artículo del gran Rafael Sánchez Ferlosio. Un compendio de esos dardos que él llama pecios. Uno de ellos me pareció tremendamente atrevido, pero no por ello menos audaz:
Lo que pasó hace una semana confirma mis sospechas desatadas por el pecio de Ferlosio: el Estado de Israel y el neosionismo radical y racista que lo tienen secuestrado democráticamente están convirtiendo a aquéllo que tenía que ser el edén para los judíos en una pesadilla. Israel, desde luego, no va en la dirección correcta, y su propia sociedad debe ser la que despierte de ese mal sueño antes de que sea demasiado tarde.
A la espera de la respuesta de la censura directa, antisistema e ideológicamente dogmática, os dejo con una entrevista que tuve la oportunidad de hacer durante mi visita a Oriente Próximo: una mirada a una realidad mucho más complicada de lo que se piensa y parece. Entrevista que engarza bastante bien con el documental Checkpoint de Yoav Shamir y que demuestra que hace falta más gente como Mikhael Manekin a ambos lados de la trinchera para conseguir la reconciliación y la justicia en Oriente Próximo.
Mikhael Manekin tiene 30 años. Vive en Jerusalén con su mujer y su hija, y ha sido uno de los directores de la asociación Breaking the silence durante los últimos cuatro años. Fue teniente del ejército israelí entre 1999 y 2002 en el sur del Líbano y Cisjordania (Nablús y Jenín), donde tenía 30 soldados bajo su mando. Breaking the silence es una ONG creada y mantenida por ex soldados israelíes que sirvieron en los territorios ocupados palestinos o en guerras contra países árabes del entorno de Israel. La asociación se encarga de recopilar testimonios de soldados (hasta ahora alrededor de 700) sobre prácticas inmorales del Ejército israelí, sobre atropellos de los derechos humanos, e intenta así sensibilizar a la sociedad israelí. Una sociedad militarizada, donde el servicio militar obligatorio es de tres años para los varones y de dos para las mujeres. Una sociedad donde todo el pueblo forma parte del Ejército como reservista. ¿Por qué decidiste entrar en el proyecto de Breaking the silence? Después de cuatro años en el Ejército, ya no podía más. Ya no quería entrar en combate. Me alisté al Ejército israelí porque socialmente está considerado como una buena escuela. Crecí en el Jerusalén de los años 90, en el que había ataques suicidas constantemente. La línea de autobús que cogía para ir al colegio, por ejemplo, fue objetivo de atentados suicidas en dos ocasiones. Tenías la sensación de que podías ser víctima de un atentado en cualquier momento. La primera fase de mi servicio militar la cumplí en el sur del Líbano, cuando todavía estaba ocupado por Israel. Allí no me asaltaron debates morales. Tenía 19 años, me ofrecieron servir allí. Simplemente me lo tomé como algo que podía hacer mi servicio militar más interesante. La gran diferencia entre Cisjordania y el sur del Líbano, es que el Líbano controlábamos territorio, pero no personas. No teníamos contacto alguno con la población local, mientras que en Cisjordania sí. Allí no había ni checkpoints ni teníamos que irrumpir durante la noche en casas de palestinos para hacer detenciones. En 2000 entré en la academia militar para convertirme en teniente. Lo conseguí y me enviaron con una unidad a Nablús, Cisjordania. Ésa fue la primera vez que me di cuenta de lo que significa la ocupación. ¿Te diste cuenta entonces que tu trabajo no era luchar contra el terrorismo si no controlar a la población palestina? Nunca hice un análisis político de mi experiencia durante mi servicio. Simplemente me di cuenta de que no me sentía bien con lo que hacía. Teníamos que controlar a la población palestina y hacer de su vida un camino miserable. De ahí nació la idea de crear Breaking the silence, razón de ser de la organización todavía hoy en día: los israelíes no sabemos realmente lo que está ocurriendo en los territorios ocupados palestinos. Y te digo esto teniendo en cuenta que durante mi servicio en Cisjordania los palestinos que disparaban contra mi no eran precisamente pacifistas. Con todo, éramos conscientes, por una parte, de que los palestinos estaban formándose una idea errónea de los israelíes a causa de nuestra ocupación. Por otra parte, me di cuenta de lo que significa vivir bajo una ocupación. Te pongo un ejemplo muy claro: muchos israelíes creen que sólo hay checkpoints en la en la frontera con Cisjordania, pero en realidad hay ciento y cientos de checkpoints repartidos por todo el territorio. Cuando pasas por la experiencia de pasar por un checkpoint, uno tiene la sensación de que los soldados humillan a los palestinos para mantenerlos apagados, sin capacidad de reacción o levantamiento... Puede que en ocasiones sea así. De todas maneras, el checkpoint es ya de por sí humillante, dejando de lado si la humillación es un objetivo en sí mismo. Piensa que soldados que no llegan a los 20 años deciden a diario si una persona que les dobla en edad puede ir a trabajar o no. No creo que sea un problema de los soldados. Creo que la mayoría de ellos intenta hacer su trabajo de la mejor manera posible. Creo que el problema viene de la política militar aplicada por el Estado de Israel, en poner tanto poder en manos de soldados tan jóvenes. El objetivo de la organización es fundamentalmente informar sobre esa situación y denunciarla, e intentar educar al soldado y hacerle reflexionar, así como a la sociedad israelí. Lamentablemente, parece que la voz de un soldado tiene más credibilidad para la ciudadanía israelí que la de un palestino. ¿Por qué crees que Israel actúa como actúa en Cisjordania? No creo que los soldados israelís puedan tratar mejor a los palestinos mientras haya asentamientos judíos alrededor Ramala o en el corazón de Hebrón. Por eso digo que no creo que el problema sea militar, sino de caráter político, de aquella estrategia política que decide mantener los asentamientos en los territorios palestinos. Nosotros no tenemos una solución política específica, pero al menos informamos a la gente de que la situación en Cisjordania o Gaza está muy lejos de ser de color de rosa. Y eso frustra a aquéllos que creen no hace falta negociar con los palestinos. Ciertas partes de la sociedad israelí argumentan que el trabajo de Breaking the silence sería legítimo si se hiciera desde dentro del sistema, de forma cincuscrita a Israel, y no de puertas para fuera... No somos inocentes: vivimos en un mundo globalizado y es imposible intentar circunscribir nuestro trabajo al Estado de Israel. De todas maneras, el 90% de nuestras actividades (como tours por Cisjordania o sesiones informativas) las hacemos para para ciudadanos israelíes. Yo no creé ese sistema: cuando yo servía en el ejército, llevaba un fusil estadounidense, ropa estadounidense y leía libros estadounidenses. Es decir, me encontraba dentro de un sistema levantado con ayuda de un país extranjero. Estoy orgulloso ser ciudadano israelí y todo lo que hago lo hago con amor a mi país. El problema es que hay un inteso trabajol obístico que intenta hacernos creer que la situación en los territorios ocupados palestinos es de color de rosa. Esa fuerza es mucha mayor que la nuestra y está siendo pagada con mi impuestos. Mi trabajo es hacer entender que eso no es así, y ello incluye informar a periodistas extranjeros de que la sociedad israelí es mucho más compleja y diversa que esa realidad mostrada por la visión oficial pagada con mis impuestos. Eso es lo que la democracia debería ser. Estoy en contra de que lo que está ocurriendo en Cisjordania y como ciudadano tengo derecho a expresarlo. También se os acusa de ser una una organización de extrema izquierda... Y lo que nos acusan de ello, ¿quieren decir que ser de extrema izquierda es algo malo? Te pongo un ejemplo sobre la última operación militar contra la Franja de Gaza. Recopilamos muchos testimonios de soldados que participaron en ella y te puedo asegurar que son tipos que todavía sirven en el Ejército, que incluso apoyaron la ofensiva y que, por tanto, están muy lejos de ser de extrema izquierda. Yo luché por Israel en el sur del Líbano y he servido en Cisjordania. No tengo que probar mi patriotismo a nadie, y menos a aquéllos que me critican y que nunca han hecho nada por Israel. Es muy injusto que un país que te envía a luchar a territorios extranjeros donde te puedan matar no esté dispuesto a escuchar tus críticas como ex soldado cuando vuelves del combate. ¿Qué me dices de la censura militar? ¿Han sufrido vuestras publicaciones la censura del Ejército israelí? Sabemos que todo lo que publicamos debe respetar los principios de seguridad establecidos por el Ejército. Nosotros no publicamos informaciones que puedan dañar la seguridad de Israel. Yo también vivo aquí y eso significaría tirar piedras sobre mi propio tejado. Nunca tuvimos problemas con la censura. Lo único que podemos hacer es intentar que nuestra información sea auténtica, contrastada, veraz y objetiva. ¿Qué podría hacer Israel para mejorar la vida de los palestinos? Se trata de una cuestión de voluntad política. La fuerza ocupadora debe velar por la igualdad de los derechos de los ciudadanos que viven en el territorio ocupado. Ésos son mis valores: creo que la gente debe ser tratada de manera igualitaria y los ciudadanos deben disfrutar de plenos derechos civiles. La forma en que los palestinos son tratados en los checkpoints, por ejemplo, infrige esos valores. Israel no está ocupando Cisjordania porque tenga que hacerlo, sino porque tiene muchos intereses allí. Así que debería velar por la igualdad entre personas de diferentes nacionalidades, entre israelíes y palestinos. Los soldados que decidieron ofrecer sus testimonios en vuestro proyecto, ¿sufrieron posteriormente represalias? Muchos de ellos decidieron mantenerse en el anonimato. Primero, porque muchos son todavía soldados y es ilegal hablar sobre las operaciones militares en las que participaron. Segundo, porque a veces son presionados por sus superiores para que no hablen. Fue el caso de la última operación de Gaza, en la que muchos soldados fueron ordenados por sus superiores que no hablasen sobre lo que habían visto o hecho. El sistema militar suele funcionar como una secta: los soldados aceptan no hablar de lo que ocurre dentro de su unidad, todo debe quedar dentro de ella. Nuestro objetivo no es mejorar el Ejército israelí, sino simplemente informar a la ciudadanía, que paga con sus impuestos esa institución militar, sobre lo que pasa. Ése es mi derecho como ciudadano, y más teniendo en cuenta que el Ejército israelí no puede ser investigado de forma externa, sino que todas las investigaciones tienen carácter interno. Así es muy difícil conseguir información veraz y objetiva sobre lo que ocurre en el Ejército. Personalmente, tras tomar parte en el proyecto de Braking the silence, ¿te sientes aislado, apartado socialmente? No, en absoluto. Hay que tener en cuenta que el porcentaje de soldados israelíes que han entrado en combate real es muy pequeño, quizá del 10% de todo el Ejército. Por tanto, yo formo parte de la minoría de una minoría. Por otra parte, considero que los ciudadanos judíos-israelíes tienen, en general, un amplio de derecho de libertad de opinión, incluso diría mayor que en otros sistema democráticos. Siempre que seas judío-israelí, claro. Pero las cosas están cambiando. Con este tipo de Gobiernos como el actual, las cosas están yendo a peor: el Ministerio de Exteriores israelí, por ejemplo, está intentando cortar la financiación que recibimos de países de la Unión Europea. Somos una organización democrática y abierta, y no tenemos nada que esconder. Quizá ése sea el problema. Muchos israelíes afirman que ir a los territorios ocupados es muy peligroso: ¿no tienes miedo de ir a Cisjordania cuando organizas tours informativos? El miedo que muchos israelíes tienen de ir a los territorios ocupados forma parte de su ignorancia. Te doy un dato: nunca un activista pacifista israelí ha sido herido o asesinado por palestinos, nunca desde 1967. Siempre fueron disparados por el ejército israelí o por otros israelíes. Cuando acudo a Cisjordania para hacer algún tour informativo, los palestinos saben quién soy yo y lo que yo hago. ¿Cuál es tu opinión personal sobre la situación actual del conflicto? Fundamentalmente creo que la incomunicación entre ambas partes se está agravando a causa del sistema de separación, del levantamiento del muro, del endurecimiento de los controles en los checkpoints. Ello crea más estereotipos en cada una de las partes sobre la otra. Te pongo un ejemplo: es ilegal para un ciudadano israelí ir a Ramalla. Es un dato muy claro sobre la separación oficial. ¿Eres optimista sobre una posible paz? Si no lo fuera, no haría lo que hago, sino que estaría ganando dinero. Si miras otros conflictos a lo largo de la historia, te das cuenta de que han pasado por diferentes fases. Este conflicto tiene raíces muy profundas y llevará muchos muchos años alcanzar la paz. Pero creo que es posible, y por eso trabajo.
Berlín, Alemania: se confirma la viabilidad de una coalición gubernamental conservadora-liberal entre CDU-CSU y FDP. Por delante nos quedan cuatro años de una alianza que recortará impuestos y prestaciones sociales, que dará un viraje (¿neo?) liberal a la economía germana y mejorará los indicadores macroeconómicos de la locomatora europea. Otra historia será la de las familias y los trabajadores con nombres y apellidos, y problemas financieros.
Cisjordania, Palestina: allí no hay coaliciones ni medidas económicas (neo) liberales porque no hay soberanía ni paz verdadera. Recuerdo cuando comentaba a mis amigos israelíes que pensaba cruzar al otro lado, a Cisjordania. Automáticamente me respondían: "No lo hagas, es muy peligroso". Cuando llegué a Jenín, mi primera estación en Palestina (admito que con cierto respeto), fui recibido por sonrisas, extrema hospitalidad y enorme cariño. ¿Cómo puede ser una sola realidad percibida de manera tan diferente? Será el odio, que ciega...
A continuación os dejo con un reportaje publicado en catalán en el revoltoso Setmanari Directa: el Valle del Jordán, un codiciado y escondido patio trasero de Cisjordania en el que el sistema del apartheid regula la vida de sus habitantes.
El Valle del Jordán: el olvidado y codiciado patio trasero de Cisjordania
Cualquier persona mínimamente informada sabe de las trabas y dificultades que impone el Ejército israelí a los palestinos residentes en ciudades como Jenín, Ramala o Hebrón, en el norte y oeste de la ocupada Cisjordania: checkpoints, decisiones arbitrarias y humillaciones diarias. Menos conocida es, sin embargo, la situación humanitaria en la parte oriental: la franja del Valle de Jordán fronteriza con Jordania. Prácticamente la totalidad de esa región forma parte de la zona C: es decir, se encuentra bajo estricto control de las IDF (el Ejército israelí, “Israeli Defense Forces”, en sus siglas en inglés) y en ella rige por completo la jurisdicción militar establecida por Israel. En consecuencia, el Ejército israelí hace y deshace allí a sus anchas. Mientras en las calles de Ramala, la capital de facto de Cisjordania, la economía florece lentamente y se puede ver un vivo intercambio comercial, la población del Valle del Jordán se hunde poco a poco en el olvido en el que está sumido el patio trasero de Cisjordania.
Pese a las numerosas críticas internacionales, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, autorizó recientemente la construcción de 455 nuevas viviendas en colonias judías ya establecidas en Cisjordania. Un revés a la aparente próxima reanudación de las negociaciones de paz entre la Autoridad Nacional Palestina e Israel. Veinte de esos nuevos bloques de viviendas serán levantados en el Valle del Jordán, donde actualmente ya viven alrededor de 7.500 colonos repartidos en 36 asentamientos. Y es que el Valle del Jordan es una pieza muy codiciada: pese a ser una zona muy seca, el hecho de ser la mayor depresión del mundo le confiere un microclima propicio para diversos cultivos (no en vano, Israel cuenta con numerosos invernaderos para el cultivo intensivo de frutas y verduras); además buena parte del sureste del valle colinda con el mar muerto, lo que la convierte en una zona con un enorme potencial turístico ya explotado en parte por Israel. Por último, es innegable que el Valle del Jordán es de una importancia estratégica capital para Israel, que usa políticamente los asentamientos para poder mantener una fuerte presencia militar en la zona: el Valle del Jordán funciona así como un magnífico tapón de seguridad para Israel respecto a la vecina Jordania. Pero el Valle de Jordán es más que una potencial fuente de ingresos y una plataforma de seguridad para Israel: es la tierra en la que viven y malviven más de 50.000 palestinos, entre los que se encuentran un buen número de beduinos seminómadas. Mientras la jurisdicción militar asegura una vida digna para los colonos judíos (que viven atrincherados en sus asentamientos), la población palestina tiene que lidiar con las numerosas prohibiciones de movimiento dentro de su propia tierra por “razones de seguridad”, como siempre alegan las fuentes del Ejército israelí. Uno de los mejores ejemplos es la carretera 90 que cruza de norte a sur los 120 kilómetros del Valle del Jordán: la 90 era la arteria que unía el norte de Cisjordania con Jericó (ciudad enclavada en el corazón del valle del Jordán) y el puente de Allenby, el único paso entre Cisjordania y Jordania. Tras el estallido de la segunda intifada en 2005, el Ejército israelí prohibió la circulación de vehículos con matrícula verde (palestina), a excepción de taxis y autobuses con permiso especial. Ahora es una carretera reservada a coches con matrícula israelí (amarilla). La circulación de palestinos en el resto del valle del Jordán también está limitada: Israel ha establecido en el valle numerosos puntos de control militar (los conocidos popularmente como “checkpoints”), cuatro de ellos alrededor de Jericó: como informa la ONG B’Tselem, que funciona como centro de información sobre la situación de los Derechos Humanos en los territorios ocupados, en 2005 el Ejército endureció las restricciones para los palestinos que pretendían cruzar esos controles. Aunque la situación en los controles es en actualidad más distendida, en general sólo los palestinos que puedan demostrar que tienen su residencia en el valle tienen permitida la entrada. El resto de palestinos de Cisjordania no tienen permitida la entrada al Valle del Jordán: es igual si tienen tierras que trabajar o familiares que visitar. “Palestinos que sean encontrados en el Valle sin permiso, serán entregados a la policía”, afirma el portavoz del Ejército israelí. Cuesta no comparar este sistema de discriminación sistemática con el apartheid surafricano. Como apunta el informe de la ONG israelí B’Tselem, “el Valle del Jordán es un territorio anexionado de facto por Israel”. Así las cosas, vivir como palestino en el Valle del Jordán no es nada fácil, y más duro es aún para los beduinos: árabes musulmanes tradicionalmente nómadas que han tenido que asentarse ante la imposibilidad de mantener una vida en movimiento. Por lo general, las condiciones de vida de los beduinos son miserables: sus casas consisten en chabolas hechas de plástico y en algunos casos ni siquiera tienen un techo: duermen a la interperie y construyen pequeños corrales para sus animales. Viven gracias a una economía de subsistencia y autoabastecimiento ante la dificultad de poder vender sus productos en mercados de Cisjordania por la prohibición de movimiento del Ejército israelí. La jurisdicción militar impide además que los palestinos construyan casas e infraestructuras, de nuevo “por cuestiones de seguridad”. De nuevo, la imposición militar provoca una situación kafkiana: los habitantes del Valle de Cisjordania no tienen permitido construir en su propia tierra, mientras el Estado de Israel decide de forma unilateral levantar nuevas edificaciones en los asentamientos judíos. Con todo, incluso en las situaciones más difíciles nacen movimientos civiles: el movimiento de resistencia no violenta del Valle del Jordán pretende llamar la atención de la situación inaceptable que se vive en esta zona de Cisjordania, al tiempo que busca, siempre desde su posición de movimiento independiente, colaborar con organizaciones internacionales y agencias de cooperación extranjeras para ir mejorando poco a poco las condiciones de vida de los habitantes palestinos de la región. El carismático Fathy Khadarat es uno de los líderes del movimiento. Su discurso, en un sorprendentemente magnífico inglés, es claro: sólo desde la participación de los propios habitantes, con su inclusión en los procesos de desarrollo, se podrá mejorar las condiciones de vida en el valle. Fathy da entender que no sólo la ocupación militar israelí es culpable de la situación en el Valle del Jordán, sino que la propia autoridad y las presuntas ONGs palestinas con sede en Ramala hacen menos de lo que podrían para conseguir la llegada de recursos a este olvidado patio trasero de Cisjordania. Un patio trasero olvidado, pero que será fruta codiciada en las más que seguras próximas negociaciones de paz entre la ANP y el Gobierno israelí.
Israel es un estado democrático y de derecho rodeado de países árabes donde la democracia brilla por su ausencia. En Israel se celebran elecciones en las que todo el mundo puede votar y participar. La israelí es una sociedad abierta en la que caben diferentes formas de entender y vivir la vida. Son argumentos frecuentememte utilizados por los israelíes para justificar la existencia del Estado de Israel (a parte de las razones históricas). Hay que reconocer que la democracia israelí goza de mejor salud que la egipcia o la libanesa. Sin embargo, la sociedad israelí también tiene su lado oscuro: no todos sus habitantes gozan de una ciudadanía de primera categoría. Y es que, al fin y al cabo, Israel es un Estado creado por judíos para judíos.
Israel puede ser una democracia con una relativa buena salud pese a todas las limitaciones impuestas por el excepcional y constante estado de guerra con sus vecinos árabes. Pero la democracia israelí está encerrada en un Estado no secular, en el que los judíos no religiosos viven atrapados por aquellos judíos que interpretan la religión desde la ortodoxia. La no secularidad del Estado de Israel le resta legitimidad democrática respecto a sus vecinos y también de cara a la comunidad internacional. Y hace que uno se pregunte si toda esa fachada occidental no es más que un maquillaje de modernidad con el que Israel se muestra al mundo desde Tel Aviv y sus alrededores. El mismo profesor y guía Uri Goldflam reconoce que la falta de separación entre Estado y religión en Israel supone un obstáculo para alcanzar la paz. Sigue existiendo una importante parte de la sociedad israelí que lo justifica todo a través del derecho divino otorgado por dios al pueblo judío. De ahí nacen las pretensiones de recuperar el Gran Israel (Eretz, en hebreo), la provocativa creación de colonias judías en Cisjordania, la justificaciones de la militarización de la sociedad, etcétera.
Sin embargo, lo que más legitimidad resta a la democracia israelí es la existencia de diferentes tipos de ciudadanía. No hay que olvidar que el 20% de la sociedad no es judía: uno de los siete millones de ciudadanos israelíes está compuesto por árabes musulmanes o cristianos. Ciudadanos israelíes, sí, pero de probada segunda categoría. ¿Cómo aprobar una democracia que no es capaz de tratar como iguales a sus ciudadanos por su religión o procedencia?
El renombrado periodista arabe-israelí Khaled Abu Toameh fue uno de los ponentes más interesantes del seminario en el que participé en la Universidad de Herzeliya. Su historia le convierte en una rara especie: comenzó su carrera periodística en medios palestinos fieles a la Autoridad Nacional Palestina de Yasser Arafat. Tras hartarse de la filosofía propagandística y apegada al poder de los diarios palestinos, decidió comenzar a trabajar para medios israelíes, donde conoció "la auténtica libertad de prensa". Khaled ha escrito desde entonces para medios como The Jerusalem Post, la BBC, The Sunday Times o la NBC. Cuando le preguntas sobre los límites de la libertad existentes en medios israelíes, Khaleb bromea: “A veces le tengo decir a mi editor que por favor sea un poco más cuidadoso con mis textos: en ocasiones incluso son publicados con faltas de ortografía”.
Khaleb nos ofreció una imagen idílica de Israel. Se deshizo en elogios al Estado que lo había aceptado pese a ser parte de la minoría: es decir, árabe musulmán. Lo hizo desde la altura que le concede su exitosa carrera como autor y profesor universitario, desde la perspectiva de que "todo está en su sitio" que disfrutan aquéllos que han saboreado las mieles del éxito. Llegados a este punto no me pude contener más: “Perdone, y quizá desde la ignorancia, he leído en diferentes sitios que la minoría árabe-israelí es una ciudadanía de segunda categoría. Además, esta semana tuve la oportunidad de leer el artículo publicado por el autor israelí Neve Gordon en Los Angeles Times en el que calificaba al Estado de Israel de ‘sistema de apartheid’ y en el que pedía el boicot a ese sistema discriminatorio”.
Silencio. Primero hubo silencio en la sala y después algunas miradas de desaprobación procedentes de mis colegas israelíes. Khaleb tomó aire y, tras una breve sonrisa con el aparente objetivo de quitarle hierro al asunto, comenzó a desenmascarar la mentira del presunto edén israelí: “Bien, primero tengo que decir que yo no me siento discriminado ni un ciudadano de segunda categoría....sin embargo, tengo que reconocer que la minoría árabe-israelí ha sufrido durante los últimos 60 años una discriminación sistemática en lo referente a educación, trabajo, sanidad.... Si la administración israelí no despierta pronto, la tercera intifada no comenzará en Gaza o Cisjordania, sino en ciudades como Haifa, Nazaret o Jaffa. Se han producido algunos cambios, pero puede que ya sea demasiado tarde. Espero que no”.
Es la descripción de una discriminación sistemática, la descripción de un defensor del Estado israelí que afirma que prefiere ser “ciudadano de tercera en Israel que de primera en el mundo árabe”. Una discrimación que dinamita las bases del proyecto sionista y le resta legitimidad para con sus propios ciudadanos no judíos. Sin embargo, ¿quién dijo que Israel fuera un lugar para árabes cristianos, musulmanes o seculares? ¿Es que acaso hay quien todavía pone en duda que Israel fue creado por judíos para judíos?
P.D: foto tomada en la atrincherada Tumba de Raquel, cerca de Jerusalén.
“Señores pasajeros, les recordamos que no está permitido llevar armas en el recinto del aeropuerto ni en sus alrededores”. Es el sistema de megafonía del aeropuerto internacional Ben Gurion. Un mensaje que avisa al viajero de que Israel es un Estado en eterna guardia tras sus numerosas guerras contra su entorno árabe. Un Estado en el que ir armado por la calle es algo relativamente normal. Por los bulevares de Tel Aviv se puede ver a chicos de 18 años portando fusiles mientras se comen un helado o envían un mensaje con el móvil. Por el paseo marítimo de la capital no es extraño ver a grupos de jovencísimos soldados de las IDF (el ejército israelí, en sus cifras en inglés “Israeli Defense Forces”) haciendo footing con sus automáticas. Armas de las que un recluta israelí no puede separarse en absoluto: de hacerlo, se arriesga a tener que cumplir penas de cárcel de “hasta 7 años”. Habla una joven israelí de 24 años que ya ha cumplido sus dos años de servicio militar obligatorio (tres para los varones). Sarahafirma que para ella la experiencia en las IDF fue “buenísima": "Un tiempo donde hice amigos y conocí a un montón de israelíes que de otra forma nunca hubiera conocido”. El servicio militar obligatorio es un periodo de aprendizaje en el que el ciudadanos de Israel parecen interiorizar que el Estado en el que viven es un enorme ejército en constante guardia. No es difícil hablar con jóvenes isralíes sobre su experiencia en las IDF. De hecho, la mayoría acogía con naturalidad e incluso desenfado mi curiosidad sobre la vida en el ejército. Amit fue uno de ellos. Lo conocí tomando un cóctel en uno de los numerosos chiringuitos que pueblan las playas de Tel Aviv. Mientras un helicóptero de apariencia militar volaba sobre nuestras cabezas (“¿Militar? No, es demasiado silencioso. A los helicópteros militares los reconoces por el estruendo que hacen”, puntualizó Amit con gesto de saber de lo que estaba hablando), contestó a mis ávidas preguntas sobre la última guerra Líbano en el verano de 2006, donde él sirvió. “Sí, es cierto que los miembros de Hezbolá estaban muy bien preparados para la guerra. Parecían jodidos ninjas: aparecían de la nada, disparaban sus bazucas y volvían a desaparecer como habían aparecido”, me contó Amit con el tono con el que habla alguien que narra sus recuerdos de una acampada estival. “La verdad es que fue una experiencia dura: perdí a amigos allí. Muchas veces no puedo dejar de pensar que si yo hubiera estado un par de metros a la derecha, ahora mismo no estaría vivo”. ¿Y volverías a la guerra si Israel te lo pidiera? “Por supuesto que sí. Para mi servir en el Ejército es como tomarme unas vacaciones. Dejó mi vida normal, mi casa, mi familia, para volver a encontrarme con viejos amigos”. Realmente cuesta entender cómo se pueda hablar así sobre la guerra. Quizá sea una estrategia psicológica del joven israelí para abstrarse de la sociedad de excepción en la que vive inmerso. Honestidad, confianza y propaganda “La diferencia entre las fuerzas armadas israelíes y las del resto del mundo es que aquí el panadero, el repartidor de periódicos y el profesor universitario son reservistas: todo ciudadano israelí forma parte de una manera u otra del Ejército”. El que habla es Uri Goldflam, el fundador de Shalhevet, una empresa consultora de educación que también ofrece visitas guiadas en Jerusalén y otras ciudades de Israel. El mismo Uri sirvió en la Franja de Gaza. Para Uri esa militarización de la sociedad supone que el Ejército tenga que ser más honesto, cuidadoso y decir siempre la verdad: “Aquí todo el mundo se entera de lo que pasa en las IDF, porque todo el mundo forma parte de ellas o conoce a gente que sirve en ellas”. Su alegación venía precedida de mis serias dudas sobre la veracidad de la información que ofrecen las IDF sobre sus operaciones en los territorios palestinos o sobre la moralidad de su forma de proceder. Dudas provocadas por nuestro previo encuentro con Avital Leivobich, la jefa de la Oficina para Medios Internacionales del Ejército israelí. “Nosotros siempre decimos la verdad”, nos dijo sin sonrojo Leibovich. “Sin embargo, ¿dicen ustedes siempre toda la verdad?”, pregunté yo. “¿Y quién dice siempre toda la verdad? ¿Usted?”, me respondió de nuevo sin sonrojarse. Leivobich nos dio un repaso del “honesto” manejo de información por parte del Ejército israelí, afirmó que los muertos civiles en la última ofensiva de Gaza fueron muchos menos de lo que dieron los medios extranjeros (unos 300, según Leivobich; 500, según la información de la mayoría de medios y organizaciones pro derechos humanos[1]) y describió las bondandes del muro de separación que aisla y divide Cisjordania: “Gracias a la valla han desaparecido los atentados suicidas y también el sistema de la dagua, por el que las familias de los suicidas recibían dinero de las organizaciones terroristas. De esta forma, esos palestinos se han tenido que poner a trabajar, lo que ha reactivado de manera indirecta la economía de Cisjordania”. Además, según Leivobich, la “valla” también ha mejorado la seguridad dentro del territorio ocupado, gracias a lo que ha aumentado el turismo en ciudades como Jericó o Jenín. Sobre la ilegalidad del muro declarada por la ONU y el Tribunal Internacional de La Haya, Leivobich respondió: “Bien, Israel es un país soberano y toma las medidas que cree necesarias para asegurar su seguridad”. Cínica propaganda que no puedo aceptar como información veraz, le dije a Uri... ... “Entiendo que no te creas la información procedente de las IDF, porque los ejércitos de países como España proceden de otra manera, pero créeme: en este país puedes confiar en los militares”, me respondió Uri. Su teoría es clara: la propaganda israelí está mucho más cerca de la verdad que la palestina. Los periodistas extranjeros, con buena fe, buscan el punto medio entre ambas versiones, con lo que la información de los medios internacionales sobre el conflicto israelí-palestino siempre acaba siendo involuntariamente propalestina y alejadísima de la verdad. Escuchando a los israelíes uno se da cuenta de que están absolutamente convencidos de que su versión es la más veraz y de que sus motivaciones bélicas cuentan con una legitimidad absoluta, casi incontestable. En definitiva, la supervivencia de Israel descansa en la creencia en el proyecto sionista por parte de la propia población, una ciudadanía convencida de que su país tiene razón de ser y de que el pueblo judío tiene derecho a vivir como vive y donde vive. A partir de ahí, quien intente acabar con Israel, saboreará su brutal potencia de fuego. Como dice Uri, “si los árabes bajan las armas, ganarán la paz. Pero si los israelíes bajan la armas, perderán su Estado”. Discurso profundamente pragmático y, en parte, realista. Así las cosas, parece como si la mayoría de los israelíes no creyese en la posibilidad de alcanzar una convivencia pacífica con sus vecinos árabes. “Ésa es una visión muy cristiana por tu parte. Veo que eres muy optimista sobre la convivencia entre religiones, pero si la población musulmana sigue creciendo en Europa, quizá algún día verás como esos musulmanes europeos declaran la República Islamista de Alemania”, remató Uri. En agosto de 2005, el entonces primer ministro de Israel, Ariel Sharon, decidió implementar el conocido como Plan de desconexión en Gaza: Israel retiraba todos los asentamientos de la Franja así como su presencia civil y militar. Después Hamás se hizo allí con el poder. ¿Qué ocurrió entonces? Que la fracción islamista palestina comenzó a lanzar cohetes sobre el sur de Israel. Es la versión de los hechos de David, un estudiante de 28 años de mirada noble y palabras diáfanas. “No nos quedó otra opción que atacar. La cosa es así: si nosotros le damos oportunidades a la paz y los palestinos nos siguen atacando, nosotros devolveremos los golpes. Para el resto del mundo aparecemos igualmente, hagamos lo que hagamos, como los malos de esta película. Si ellos matan a uno de los nuestros, nosotros mataremos a 10 de ellos. Si es el juego al que quieren jugar, pues jugaremos”. El precio de la seguridad de Israel, del edén para el pueblo judío, tiene un precio. Un precio muy alto para la parte más débil.
Jerusalén, dos de la tarde: una pareja de jóvenes soldados israelíes comen un falafel en un restaurante situado cerca de la ciudad vieja sin despegarse de sus armas automáticas. Comienzo a hablar con ellos y pronto estamos charlando entre risas. Les pregunto que dónde están haciendo el servicio militar. En Cisjordania, me responde la chica. He estado por allí, le digo, ¿te gusta? No, no me gusta, es peligroso, me responde con gesto de sorpresa. No tuve esa sensación, le replico. Quizá para ti, pues tu no eres judío, repone. No crees posible conseguir la paz algún día con los palestinos. Mirada de escepticismo como primera respuesta. Como segunda: “Ojalá, pero, sinceramente, creo que jamás será posible”.
[1]Israel/Gaza: Operación “Plomo Fundido”: 22 días de muerte y destrucción: en los 22 días que duró la Operación “Plomo Fundido”, murieron unos 1.400 palestinos, entre ellos 300 niños y niñas, más de 115 mujeres y unos 85 hombres de más de 50 años. Fuente: Amnistía Internacional. Más información en este enlace.
Llegada al aeropuerto de Schönefeld a las siete de la mañana del viernes 21 de agosto: después de una noche sin dormir tras haber trabajado hasta las 3 y media de la madrugada y haber tenido que preparar todo mi equipaje a última hora, como siempre, lo primero que me llamó la atención al llegar fue la presencia de una pareja de policía alemana pertrechados con armas cortas que paseaba frente a la terminal donde tenía que facturar mi equipaje para mi vuelo a Tel Aviv. Nunca había visto algo así en un aeropuerto alemán. En seguida me di cuenta de que la presencia policial estaba directamente relacionada con el avión que tenía que tomar: era de la compañía israelí ELAL.
Entré en la terminal y, tras un breve barrido visual, supe cuáles eran las ventanas de ‘check in’ correspondientes a mi vuelo: ante ellas habían sido instaladas una docena de pequeñas mesas, distribuidas en cuatro filas paralelas y acordonadas con una cinta de seguridad. Era el primer filtro al que me tenía que enfrentar antes de entrar en Israel: una entrevista de más o menos profundidad dependiendo de mi perfil. Decididí hacer un pequeño experimento: confesar a primera de cambio mi profesión: periodista. Palabra que parece aterrorizar a las autoridades israelíes a la vista de cómo reaccionó mi interlocutor. “¿Periodista? Aha...”.
La entrevista cambió de rumbo en ese momento: las preguntas aparentemente más inocentes cómo “¿Has estado en Israel alguna vez?” o “¿Dónde vives en Berlín?” comenzaron a intercalarse con otras más incisivas como “¿Conoces a alguien en Israel o en algunos de los países árabes del alrededor?”, “¿Qué has leído sobre Israel hasta el momento?” o “¿Tienes pensado escribir algo durante tu visita?”. Ahí está el punto decisivo: el Gobierno de Israel y parte de su población están convencidos de que los medios internacionales ofrecen una imagen tergirversada del conflicto en la que ellos siempre aparecen como los malos de la película. Se me ocurre, además, que el Gobierno también tiene cosas que esconder. Por eso, las autoridades israelíes son extremadamente cuidadosas a la hora de dejar entrar a profesionales de medios en el país y, si quieren acceder al carnet de prensa israelí, les obligan a firmar documentos que les comprometen a no publicar material que suponga un peligro (según el criterio del Ejército judío) para la seguridad del Estado.
Tras una larga ristra de preguntas que se alargó por casi media hora durante la que mi interlocutor se ausentó en un par de ocasiones para consultar a su superior sobre mi caso, mi entrevistador me pidió algo de lo que me habían advertido algunos compañeros que ya habían estado en Israel: “Mira, ya hemos visto que tienes una invitación oficial de una universidad israelí, pero son todos documentos que podrían haber sido falsificados. Por eso necesitamos que nos muestres un mail de la organización del seminario. Si no te supone ninguna molestia, me deberías acompañar a una habitación y abrir tu correo electrónico para que podamos ver que efecticamente has recibido un mail con los documentos y la invitación formal”. Mi reacción fue en un primer momento de rechazo, alegando que tenía derecho a preservar la privacidad de mis comunicaciones. Finalmente, le pedí al funcionario tener que mostrarle "sólo" uno de los correos recibidos de mi contacto en Tel Aviv y que, por favor, no curiosease en la bandeja de entrada de mi cuenta. Aceptó.
Una vez confirmado que efectivamente había recibido la invitación de la universidad, volvimos a la mesa. Una decena de preguntas más y ya tenía el permiso de las autoridades para volar a tierra santa. En total, unos 45 minutos de interrogatorio. Bienvenidos a Israel. Tel Aviv Llegar a Tel Aviv un viernes a media tarde no es buena idea: el sabbat, día sagrado de los judíos, empieza el viernes al mediodía. Los transportes públicos se paralizan, con lo cual no hay manera de moverse en autobús o tren entre el aeropuerto internacional de Ben Gurion y el centro de la capital israelí. Yo lo descubrí ese mismo viernes. Sin embargo, lo que no cesa es el negocio: los taxis y los shuttles (furgonetas colectivas) siguen funcionando a precios nada asequibles. Por el trayecto en taxi entre el aeropuerto y la zona de Haryakon me cobraron 141 shekels. Al cambio, unos 30 euros. Una vez es una vez. El taxista era simpático y me dejó en la misma puerta de mi hostal, el Haryakon 48. El edificio, de cinco plantas, era un hervidero de mochileros entre los que predominaban los turistas estadounidenses. Dejé el equipaje en mi habitación, un espacio de unos 15 metros cuadrados con cuatro literas y bastante sucio, pero al menos con aire acondicionado. Pronto conocí a Mike, un canadiense de 20 años. Judío, me dijo con orgullo, electricista y de espaldas anchas. Mike me propuso ir a comer: el turista canadiense se convirtió casi sin quererlo en mi primer guía en Israel. La conversación de Mike estaba llena de lugares comunes y su ignorancia era atrevida. Con todo, su presencia podía ser por momentos agradable. Fuimos a comer a un lugar que él conocía. Camareras de impresión nos dieron la bienvenida. Allí comenzamos a hablar sobre esto y aquéllo. Me enseñó con orgullo la estrella de David que colgaba de su cuello. Tras comer bien y barato nos fuimos a dar un paseo por la playa. Tel Aviv se parece a Benidorm: es ciudad alargada sobre la costa, plagada de rascacielos y con barrios de casa bajas que han acabado engullidos por las nuevas y mastodónticas edificaciones. Su aparentemente interminable paseo marítimo está salpicado por innumerables discotecas, restaurantes y tiendas. Por la noche, la mezcla de luces y colores puede llegar a aturdir.
A la izquierda de una de las carreteras que recorre de forma paralela a la playa y el paseo, a medio camino entre el antiguo pueblo árabe de Yaffa y el centro de Tel Aviv, se levanta una mezquita (la única que vi en la capital israelí). El minarete estaba adornado con unas luces verdes fosforentes que le daban un curioso aspecto kitsch al templo. Comenté en voz alta y sin mayor intención “una mezquita”. “Sí”, contestó Mike con una enorme sonrisa clavada en los labios, “habría que reventarlas todas”. Yo, perplejo, pregunté con escandalizada candidez: “¿Por qué?” “Pues porque ellos hacen lo mismo con nuestras sinagogas", contestó Mike casi más escandalizado que yo. Luego me acusó ante un grupo de turistas estadounidenses de apoyar a Hamás (¡!).
Fue la primera vez, pero no la última, que me tuve que enfrentar en Oriente Próximo al discurso apuntalado por las palabras “ellos” y “nosotros”. El bien y el mal. El blanco y el negro. Estructuras dicotómicas y reduccionistas nacidas de los 60 años de conflicto o incluso tal vez generadoras del mismo enfrentamiento. Discurso que no hace más que alimentar la espiral de odio, hambre de venganza y violencia, y, lo peor de todo, asumido por extranjeros ajenos al conflicto.