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viernes, 19 de marzo de 2010

Una mirada a la periferia



“Ésta es la historia de un hombre que cae desde un edificio de cincuenta pisos. Para tranquilizarse mientras cae al vacío, no para de decirse: ‘Hasta ahora todo va bien. Hasta ahora todo va bien. Hasta ahora todo va bien'. Pero lo importante no es la caída. Es el aterrizaje”

Es la cita con la que película El odio (La haine, en francés), del director parisino Mathieu Kassovitz, da comienzo. Una trepidante introducción con imágenes en blanco y negro de jóvenes encapuchados enfrentándose a la policía en uno de tantos barrios periféricos de París con música de Bob Marley como telón de fondo. La cinta de Kassovitz es, en cierto modo, un producto cultural alternativo que ha dado a conocer la vida en la banlieue, la periferia de París y de otras grandes ciudades francesas. Una periferia que ardió en 2005 y cuyas llamas prendieron la mecha de la discusión política en Francia. Una periferia cuya realidad sólo suele llegar a las televisiones internacionales cuando estalla la violencia. Ya se sabe cómo funciona la ficción construida por los medios de comunicación de masas: los problemas sólo se convierten en noticia cuando estallan, no mientras se gestan.

El odio se estrenó en 1995, diez años antes del desencadenamiento de la última gran ola de violencia que se extendió como un polvorín por toda la periferia francesa, e incluso por los extrarradios de grandes ciudades de otros países europeos. No en vano, tanto el filme como la cita que lo introduce pueden ser interpretados como una señal de alarma, como un oscuro vaticinio que intentó azuzar la conciencia del poder político y económico galos. Al parecer, sin mucho éxito. Una década después, el odio de la periferia se desataba sin remedio. Y atraía de nuevo a los medios de comunicación que más que buscar respuestas intentaban confirmar a través de sus reportajes exprés las tesis oficiales preconcebidas por el poder. Pero la realidad es más complicada que todo eso.

"Banlieue" significa suburbio, lo que está fuera del centro. De hecho, la palabra "banlieue" hace referencia a cualquier barrio situado en las afueras de la ciudad. No tiene por qué ser una zona deprimida ni peligrosa. También puede ser un barrio residencial de clase media o alta. No obstante, los violentos acontecimientos le otorgaron a la palabra las siguientes connotaciones: barrio marginal y desestructurado, arquitectónicamente aislado, habitado por gente pobre y principalmente de origen inmigrante, con problemas de delincuencia y esporádicos estallidos de violencia.

Simplificar la verdad tranquiliza al bienpensante ciudadano medio, aunque esa simplificación sea una gran mentira. La banlieue es, sin duda, algo mucho más complejo, una realidad habitada por personas de carne y hueso, con problemas pero también con soluciones. Ésta es una mirada humilde, un intento de hacer comprender a través de tres personajes el pasado, el presente y el futuro de la banlieue parisina. Una mirada al corazón de la periferia cuando los valores del centro del poder sistémico se derrumban sin aparente remedio.



Nabil Boub, trabajador social de Sant Denis

Sant Denis sea tal vez la banlieue parisina más célebre. Situada al norte de la capital, es una ciudad viva y agradable, aunque no falta de problemas. Queda lejos del centro de París, y no geográfica, sino socialmente. El urbanismo de la capital francesa filtra a sus ciudadanos y los distribuye efizcamente por zonas: si te desplazas hasta Sant Denis en medios de transporte públicos, podrás percatarte de cómo la piel de los viajeros va mudando paulatinamente hacia los colores típicos de las ex colonias francesas. Sant Denis tiene zonas que recuerdan irremediablemente a fragmentos de El odio: gigantes bloques de edificios que aparecen como aislados de la totalidad urbana parisina. Pero aquí no hay ni barricadas, ni coches ardiendo ni jóvenes traficando con droga. Aquí sólo hay gente trabajadora y jóvenes de apariencia ociosa.

Sussaie Floréal Courtille es uno los trece centros sociales para jóvenes existentes en la ciudad. Chicos y madres charlan a sus puertas. Nuestra llegada despierta en sus ojos una mezcla de curiosidad y desconfianza. Saben que no somos de aquí. El centro social está situado en los bajos de uno de esos enormes bloques de viviendas. Además de ofrecer actividades culturales a los jóvenes y estructurar la vida social del barrio, uno de sus objetivos fundamentales es involucrar en la vida política a jóvenes de entre 18 y 25 años, incentivar que depositen su voto en las urnas. El centro fue creado en 1998 y, por tanto, su nacimiento no tuvo nada que ver con los disturbios de 2005, los que, por otra parte, no ocurrieron en Sant Denis, sino más bien en el este y el sur de la periferia parisina.

Nabil Boub es uno de los trabajadores sociales del centro. Acepta a hablar con nosotros pero no quiere ser fotografiado. Aquí el porqué: “En realidad, fueron los mismos medios de comunicación los que provocaron la extensión de la violencia en la periferia. Su visión sesgada y manipuladora provocó una competición violenta entre los jóvenes”, afirma Nabil. A Nabil le gustaría que los periodistas viniesen a ver las actividades que desarrollan en el barrio y no sólo a cubrir la violencia. Nabil permite finalmente ser fotografiado. Sólo quiere evitar que le manipulen o le utilicen. Una cosa queda confirmada: a las gentes de Sant Denis no les gusta que les preguntes sobre los disturbios ni quieren que les relacionen con ellos. No se sienten representadas por ellos y, al parecer, se consideran maltratadas por los periodistas.

Benalí Khedim, obrero, padre de familia y habitante de una vivienda social

Benalí tienen 33 años y es de origen argelino. Habita con sus mujer y sus tres hijos una vivienda de unos 25 metros cuadrados en Sant Denis, muy cerca del imperial estadio nacional construido para el mundial de fútbol de 1998. Hace ocho años que Benalí vive en Francia, donde se gana bien la vida en el sector de la construcción. Antes de instalarse en París, vivió como inmigrante ilegal en España, Dinamarca y Finlandia. Benalí confiesa que no lo pasó nada bien antes de llegar a a la capital francesa. Sólo se sintió bienvenido en Europa tras poder instalarse definitivamente en Francia. “Por una cuestión cultural y por la lengua”, dice.

Con todo, Benalí sigue sin sentirse un ciudadano francés de primera categoría, de plenos derechos, porque hace ocho años que se ve obligado a vivir en centros sociales y no ha podido acceder a una vivienda propia para poder escapar de las estrecheces de la vivienda social. ¿Y por qué, si se gana bien la vida?: “Porque tienes que poder demostrar un salario al menos tres veces superior que el alquiler de la vivienda a la que quieres acceder, además de una garantía, un aval económico”. Y Benalí, claro, no tiene ese dinero.

Benalí vivió también en el centro de París, pero acabó siendo expulsado a la periferia. De hecho, sigue teniendo su vivienda oficial allí, donde también sigue trabajando y donde sus hijos van a la escuela. “En cierta manera me siento como una pelota de tenis que está siendo golpeada de un campo a otro. Me expulsaron del centro, pero es allí donde sigo trabajando. La administración francesa me prometió una vivienda en París, promesas no cumplidas. Mientras, el ayuntamiento de Sant Denis no me reconoce como ciudadano de esta ciudad”. Bengalí me dice esto blandiendo una carta del alcalde del distrito donde vivía antes: con ella le prometieron el acceso a una vivienda digna. Todavía lo está esperando. “Me siento francés, pero no en mis derechos”, dice con amargura. En Francia, en efecto, parece regir una doble moral: los trabajadores de origen inmigrante y los sin papeles tiene la obligación de pagar impuestos, pero no disfrutan de los mismos derechos que los ciudadanos franceses reconocidos como tales por el Estado.

Almany Kaonuté, líder del movimiento cívico-político Emergence

Si nos moviésemos por los tópicos, podríamos pensar que es jugador de fútbol, un sinpapeles, un traficante de drogas o incluso un cantante de hip-hop. Pero no, Almany Kaonuté, de 30 años, es, además del cabeza de lista para las próximas elecciones regionales del movimiento cívico-político Emergence, una persona de ideas claras y discurso directo. Almany es especialista en ingeniería aeronáutica. Hace un tiempo tuvo la oportunidad de irse a trabajar a Canadá, pero decidió quedarse en su ciudad, Fresnes, en el departamento de Val de Marnes. Una zona considerada como “sensible”. “Aquí hay mucho por hacer”, dice.

Almany nos recibe en un local de la acomodada banlieue de St. Mam-des-Fassés, donde el grupo de voluntariosos jóvenes que conforman Emergence preparan un video para la campaña de las pasadas elecciones regionales del 14 de marzo, en las que se presentaron en los ocho departamentos de la periferia parisina y obtuvieron más de 12.000 votos. “Este movimiento fue creado en 2008 después de las elecciones municipales. Nos dimos cuenta de que no estábamos representados por los políticos locales. Y decidimos a organizarnos utilizando como base toda la vida asociativa de diferentes 'banlieues' parisinas”, cuenta Alemany en un tono sosegado, con la clarividencia que otorga el desengaño. “En 2005, tras el estallido de violencia, nos dimos cuenta de los problemas que había en nuestras ciudades. La manipulación política nos obliga a contribuir a mejorar esta situación”.

Alemany trabaja como educador social y es voluntario en diferentes proyectos sociales. Él mismo es hijo de una familia procedente de Malí y sabe de lo que habla: “En esta sociedad reina una gran hipocresía. Yo soy francés, porque nací aquí, pero mis padres son de Malí. Nunca leí, por ejemplo, en los libros que me dieron en la escuela la historia de las ex colonias francesas. Tampoco se me habló de diversa realidad de la actual sociedad francesa. Nuna me sentí representado con la imagen que me enseñaron de Francia”. Para Alemany, los problemas de las banlieues nacen de un cúmulo de razones: un modelo urbanístico fallido, desempleo, estigmatización y segregración social por el color de la piel, ...

...y Emergence no sólo aporta críticas, sino también propuestas: “Estamos cansados de las promesas de los políticos profesionales de izquierda y derecha. No necesitamos formar parte de la elite para saber cuáles son los problemas de los barrios en los que vivimos. La brecha entre clase política y la sociedad es cada vez más grande, y si no hacemos algo, los problemas serán cada vez mayores. Por eso animamos a los jóvenes a utilizar las urnas para depositar su voto en lugar de quemarlas”.

Almany sabe que lo importante no es la caída. Lo importante es el aterrizaje.

P.D: agradecimientos a Cafebabel por su apoyo logístico-económico y a Simon Chang por ceder sus fotos para este post.

jueves, 25 de febrero de 2010

'Bonjour' desde Cafebabel...


Agrandir le plan

El tiempo se le va a uno de tal manera que a veces hasta se le olvida que tiene un blog, y lo descuida, pero sólo temporalmente. He estado un tanto desconectado las últimas semanas porque se me acumulan las más diversas tareas y no me queda tiempo ni para sentarme a escribir. Con todo, la vida sigue bajo mi cielo bajo Berlín. De hecho, escribo desde la pequeña y agradable redacción de la web cafebabel.org situada en la rue Sant Denis número 226, París. Una página de jóvenes periodistas que edita reportajes en todas las lenguas oficiales de la Unión Europea con el apoyo de la Comisión. Un proyecto interesante con el que ya había colaborado anteriormente. Ahora tengo la oportunidad de conocerlos en persona. Un placer.

Cafebabel me ha invitado a escribir sobre la situación en las banlieues parisinas cinco años después del estallido de la primera ola de violencia y rabia antisistemas. Sólo cuatro días para abordar un tema tan vasto y complejo, y también tan apasionante. Las preguntas que me asaltan a bote pronto: ¿qué se está moviendo a nivel político entre los más pobres de los pobres del corazón del primer mundo? ¿Cómo está afectando la maldita crisis al extrarradio parisino? ¿Qué queda de la revuelta?: ¿sólo cenizas o el saludable sustrato regenerador que puede dejar tras de sí cualquier proceso destructivo? Intentaremos darles repuesta....

miércoles, 8 de julio de 2009

Gitanos en Europa: ¿ciudadanos de pleno derecho?

"Yo no soy racista, pero, de verdad, con los gitanos es que no puedo". ¿Cuántas veces no habrás escuchado esta frase? Bien, pues la persona que la pronuncia está cayendo en el racismo del tópico, procedente de la ignorancia y/o la falta de ganas de saber. Yo mismo reconozo haber sido racista con la comunidad gitana, a pesar de haber crecido con ella. Ahora, de alguna manera, admiro a ese pueblo. Os dejo con unas gotas documentales sobre la situación de la minoría gitana en Europa. El texto es mío y el vídeo, de mi compadre Israel Ramírez.



La última semana del pasado mayo saltó la polémica en Berlín: un grupo de familias gitanas procedentes de Rumanía (unas 90 personas) llegó a la capital alemana huyendo de la precaria situación económica que sufría en su país de origen. Tras la entrada de Rumanía y Bulgaria a la UE en 2007, la comunidad gitana de esos países de Europa del Este disfruta ahora de libertad de movimientos para poder buscarse la vida en los países occidentales. Tras acampar en un parque del popular distrito de Kreuzberg, la policía intentó desalojarlos una y otra vez, hasta que las familias gitanas decidieron refugiarse en una casa okupada del barrio y posteriormente en una iglesia. El asunto pronto saltó a la prensa, después de que las autoridades berlinesas consideraran inaceptable que los ciudadanos rumanos fueran de un lugar a otro de la ciudad.

El Estado alemán, a falta de medios jurídicos para abordar a ciudadanos comunitarios, pretendió hacerse cargo de los niños de la familias rumanas. Mientras, el Senado berlinés sólo ofrecía la solución de asilo de refugiados a los recién llegados, además de no sentirse obligado a proteger a los menores de la familias. Todo un complicado y contradictorio proceso burocrático. Los colectivos sociales que ofrecieron ayuda a las familias gitanas, por su parte, denunciaron el trato discriminatorio sufrido por los gitanos a manos de la policía y la falta de respeto de los derechos básicos de unos ciudadanos europeos como otros cualquiera. O, ¿es que quizá el problema sea que los gitanos no son tratados como ciudadanos de pleno derecho de la UE?

Según estimaciones, la comunidad gitana europea está compuesta por entre 9 y 12 millones de personas distribuidas por todo el continente, aunque su gran mayoría se concentra en los países del sur y el este. De esta forma, se puede afirmar sin miedo a equivocarse que la gitana es la mayor minoría existente en Europa, o, al menos, la mayor minoría europea huérfana de un Estado o gobierno regional que la represente. Mientras la Unión Europea continua su proceso de ampliación y soluciona (peor o mejor) los problemas identitarios y sociales existentes en su seno, la cuestión gitana sigue abierta. Prueba de ello es el último informe sobre la situación de los derechos humanos en el mundo publicado por Amnistía Internacional: en el capítulo dedicado a Europa y Asia central, AI da un severo toque de atención sobre la situación de discriminación que sufre la minoría gitana en Europa, así como sobre la falta de voluntad política para buscar soluciones.

El relator especial sobre racismo de las Naciones Unidas confirmó el pasado noviembre que “en el corazón de la Europa moderna existe un serio y profundo problema de racismo y discriminación hacia la comunidad gitana que debe ser combatido con todos los medios del Estado de Derecho”. Según Amnistía Internacional, la gitana fue la minoría de Europa y Asia central más afectada por una “discriminación sistemática”: gran parte de sus miembros fueron excluidos de la vida pública y sólo tuvieron un acceso limitado a vivienda, educación, empleo y asistencia sanitaria. Falta de escolarización, barraquismo, ausencia de servicios básicos como acceso a agua potable y electricidad, etcétera. Y ello no sólo ocurre en países candidatos a entrar en la UE, como Albania o Kosovo, sino también en Estados de pleno derecho de la Unión, como Italia o Repúbica Checa.

Encuentro en Berlín

Tres semanas antes de la mediática llegada de las familias gitanas rumanas a Berlín, tuvo lugar en la capital alemana un encuentro bien diferente: cincuenta jóvenes gitanos y trabajadores sociales de organizaciones juveniles de 17 países europeos diferentes participaron en un seminario organizado por la asociación alemana Amaro Drom y Roma Active Albania con apoyo de la Comisión Europea en el marco del Programa Juventud. Un encuentro de sirvió para compartir experiencias sobre la situación en los diferentes países representados y trazar proyectos de futuro dentro del ámbito de juvenil gitano.

Este redactor tuvo la oportunidad de hablar con siete de los jóvenes gitanos participantes procedentes de siete países diferentes. De esas conversaciones nacieron los siguientes perfiles. Una microvisión general sobre la situación de la juventud gitana europea, sobre sus perspectivas, sus miedos y sus esperanzas:

Hamze Bytyci es un berlinés con raices kosovares que se siente “metropolitano, europeo y gitano”. Hamze trabaja habitualmente con la asociación Amaro Drom, por lo que conoce bien la situación de su comunidad en Alemania y Berlín. Hamze cree que el futuro de la comunidad gitana en Europa tiene “dos caras”: “Ahora estamos dando los primeros pasos para mejorar su situación. Es como el inicio de una revolución pacífica. Por otra parte, todos sabemos lo que está ocurriendo con la minoría gitana en países Italia o en República Checa. Necesitamos más dinero y más tiempo”.

Admir Biberovic es un licenciado en Derecho que vive en Tuzla, en el norte de Bosnia-Herzegovina, donde trabaja para una ONG. Admir es optimista respecto al futuro de su comunidad en Bosnia, donde viven oficialmente alrededor de 100.000 gitanos: “El Gobierno de mi país es miembro de proyecto Decade or Roma Inclusion, que busca la inclusión de la comunidad gitana europea. Ha dedicado así 3 millones de euros para ello este mismo año”. Admir es optimista porque cree que si alguien está convencido en cambiar algo, lo puede cambiar, y él ve convencimiento de sobras en encuentros como el de Berlín.

Brisilda Taço es una estudiante de Comunicación y Relaciones Públicas de Albania, donde la comunidad gitana está compuesta por unas 120.000 personas, aunque sólo según estimaciones pues no hay “estadísticas oficiales”. Brisilda es clara: “La situación de la comunidad gitana albanesa es mala: sufre un alto porcentaje de paro, hay familias que no tienen casa y viven en tiendas o poblados. Muchos niños no acuden a la escuela. Me atrevo decir que la situación social de los gitanos en Albania es incluso peor ahora que durante la época comunista”. Al futuro la estudiante albanesa le pide poco y mucho al mismo tiempo: “Espero ver a todos los niños gitanos en las escuelas y adultos de mi comunidad en el Parlamento”.

Ionut Stan trabaja como policía en un pueblo del norte de Rumanía. Ionut, que se siente gitano porque “no puede ser otra cosa”, reconoce que su comunidad sigue estando discriminada por “el color de su piel”. Sin embargo, nota “un cierto viento de cambio”: “Si bien es cierto que en algunas regiones de Rumanía hay comunidades gitanas realmente pobres, también hay miembros de mi comunidad que están muy integrados, con estudios y trabajo”. Ionut tuvo la oportunidad de trabajar en Bruselas durante seis meses gracias a una beca, por ello aprecia mucho lo que significa la UE. Ionut es optimista respecto al futuro: “La vida de mis hijos será mejor que la mía”.

Karolina Mirga estudia Relaciones Internacional y trabaja para una ONG de Polonia, donde reside: “Mi nacionalidad oficial es polaca, pero en mi corazón soy gitana; por tanto, diría que soy una gitana polaca. Mi padre es gitano, mi madre es polaca y yo soy un mezcla de ambas identidades”. En Polonia, donde viven oficialmente entre 20.000 y 30.000 gitanos, su comunidad está “bastante bien integrada, aunque sigue habiendo problemas en campos como la educación o la vivienda”. Karolina muestra incertidumbre sobre el futuro, pero reconoce que los cambios “ya han comenzado”: “No puedo decirte qué es lo que va ocurrir durante los próximos 50 años, pero quizá algún gitano llegue a presidente de los Estados Unidos [risas]”.

Kike Jiménez, de 24 años, es un trabajador social de la asociación Kale dor Kayiko del País Vasco, en el norte de España. Kike reconoce las dificultades para definir su propia identidad: “¿Si me siento de dónde vengo? Uff, es un poco complicado de responder teniendo en cuenta la situación política que vivimos en el País Vasco. Si a eso le sumamos mi identidad gitana, me parece una pregunta un tanto complicada. Me siento tan gitano, tan vasco y tan español, a partes iguales, a la vez que europeo”. Kike afirma que los gitanos del norte de España van un poco por detrás en el tema de educación que los de otras partes de España como Cataluña, Andalucía o Madrid. Sobre el futuro, Kike dice: “Durante los últimos 50 años la sociedad gitana ha cambiado muchísimo. Creo dentro de 50 años estaremos en todas las partes, allí donde nos lo propongamos”.

Nesime Salioska es la coordinadora de la asociación Roma Organization for Multicultural Affirmation – SOS Prilep de Macedonia, donde oficialmente viven 80.000 gitanos (la cifra extraoficiale es mucho mayor): “El estatus social de la comunidad gitana está por debajo del estatus medio de la comunidad macedonia, de forma que los gitanos macedonios siguen teniendo problemas para acceder a las instituciones y para disfrutar del ejercicio de sus derechos humanos”. Nesime es realmente pesimista sobre el futuro: “Muchos países que forman parte de la UE sólo hablan de la situación de la comunidad gitana, pero no toman medidas concretas. Alemania y España son dos buenos ejemplos: están constantemente hablando de la necesidad de mejorar la situación de las comunidades gitanas en otros países, como por ejemplo Macedonia. Sin embargo, ni Alemania ni España toman medidas concretas para solucionar los problemas de las comunidades gitanas de sus propios países”.

P.D: podéis ver los vídeos de todos los perfiles en el siguiente enlace.