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lunes, 21 de noviembre de 2022

Esta es la casa del Union Berlín


El estadio del 1. FC Union Berlín está en medio de un bosque a orillas del río Spree. Para llegar a pie a la Alte Försterei hay que atravesar un camino de tierra entre árboles. Por el peregrinan en asombrosa armonía ultras bebidos, padres con sus hijos y familias al completo. 

La mayoría recorre a pie el kilómetro largo que separa la estación de tren de Köpenick del estadio: el trayecto es un viaje a través del universo unionista. Grupos de hinchas calientan motores a las puertas de los bares, aficionados venden el libreto del club, músicos callejeros le cantan a la larga memoria del Union mientras la reventa de entradas da sus últimos coletazos. 

Försterei significa en alemán algo así como casa en la que viven los guardas forestales. La sede del Union estaba situada originalmente en una casa forestal que todavía hoy sigue en pie, frente al estadio. Probablemente no haya mejor detalle para entender la importancia de las raíces para la identidad de este club. “Esto es más que fútbol. Es una comunidad, el lugar donde te encuentras con amigos, familiares y compañeros de trabajo”, explica Uwe mientras apura su cerveza. 

Equipo de barrio 

El Union es un equipo de barrio y Köpenick, el distrito que lo ha visto crecer. Situado en la periferia oriental de la capital alemana, es el bastión de un club acostumbrado a sobrevivir en las orillas del mundo del fútbol. Esto fue así durante el sistema socialista de la desaparecida República Democrática Alemana – en la que el Union no fue precisamente el equipo preferido del régimen – y lo siguió siendo tras la caída del Muro de Berlín. Que hasta hace poco fuera líder de la Bundesliga es una anomalía, un milagro en un deporte cuya élite vive entregada al dictado del dinero. 


El periodista que escribe estas líneas publicó el pasado octubre un reportaje sobre esa anomalía futbolística. Tras enviar el texto al departamento de prensa del club, llegó la respuesta: “Hola Andreu. Gracias por el reportaje. Te invitamos a ver un partido en nuestro estadio”. La invitación no es cualquier cosa: conseguir una entrada para ver en directo al Union en la Alte Försterei es casi misión imposible. Desde su ascenso a la Bundesliga en 2019 – el primero en su historia –, el estadio, con capacidad para 22.000 espectadores, está siempre lleno hasta la bandera. Esta es la crónica de la visita a la casa de un club sin igual. 

Salchichas, tabaco y cerveza 

En la Alte Försterei se anima y se sufre sin concesiones, se tutea y se habla, sobre todo, con dialecto berlinés. Venir aquí es como pasar la tarde de un domingo en el salón de tus abuelos. Esta hinchada llama, de hecho, a su estadio la “sala de estar” del Union. “Esta familia era pequeña y ha ido creciendo poco a poco, como en la vida misma. Esta familia pasó tiempos de mierda, las cosas no fueron tan bien como nos van hoy”, dice Joachim en el descanso del partido entre el Union y Borussia Mönchengladbach que se disputa esta tarde de domingo. 

La Alte Försterei huele a salchichas, tabaco y cerveza, que corre entre los aficionados antes, durante y después de cada partido. Aquí continúa habiendo un marcador con tablillas que se cambian a mano y la mayoría sigue el juego de pie, como en los estadios de los 80: sólo la tribuna principal, donde se ubican directiva y prensa, cuenta con asientos numerados. Ya sea de pie o sentada, algo une a la afición: aquí se grita los 90 minutos del partido más el descuento. “¡Eisern Union, Eisern Union, Eisern Union!”, vocifera la hinchada cada cinco minutos. 

“Eisern” significa “de hierro”. Nadie sabe muy bien cuál es el origen del adjetivo, pero recuerda el carácter obrero del club. En el siglo XIX, la zona de Köpenick era una de las regiones más industrializadas de Europa. La base social del Union ha sido históricamente trabajadora y orgullosa de ello. El tuteo entre aficionados y el acento berlinés forman parte de esa identidad. 

Juego sin florituras 

La hinchada del Union no necesita una jugada de 30 pases para aplaudir. Una recuperación tras un balón dividido, un saque de esquina a favor o un disparo a las nubes bastan para arrancar una ovación. Los unionistas saben cuáles son las limitaciones futbolísticas de su equipo y no se avergüenzan de ello. La entrega física de sus futbolistas hace posible que ese juego sin florituras sea efectivo. Van quintos de la Bundesliga y disputan competiciones europeas. 

El público grita “Fußballgott” (“dios del fútbol”) cada vez que hay un cambio local. Pero aquí los dioses son de carne y hueso, y están obrando un milagro con un club que estuvo al borde de la desaparición hace dos décadas por problemas financieros. Si el Union sigue existiendo es porque así lo quiso su masa social, que llegó a donar sangre para conseguir fondos para el club y a trabajar en la reforma de su estadio sin cobrar un euro. 

“Cuando gritamos que el Union Berlín será el próximo campeón alemán, por supuesto lo gritamos con ironía”, aclara Georg con la voz rota tras otro partido épico. El Union ha ganado esta noche al Gladbach por 2 a 1 con un gol de cabeza en el último minuto del descuento. Vasos llenos de cerveza han volado por encima de la tribuna de prensa. El milagro continúa en Köpenick. 

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miércoles, 5 de junio de 2013

La lección del fútbol alemán

El día después de la victoria del Bayern Múnich en el Camp Nou por 0 a 3, los jugadores del equipo bávaro arrastraban una dulce resaca por el aeropuerto de El Prat. La noche anterior habían celebrado hasta altas horas de la madrugada el pase a la final de la Liga de Campeones con el equipo técnico, la directiva y algunos aficionados alemanes en un hotel de la Ciudad Condal.

Mientras tiraban de sus maletas con una sonrisa en los labios, algún que otro jugador del Bayern reconocía que los jugadores del Barça habían quedado “destrozados” psicológicamente tras el aplastante 7 a 0 que el equipo de Jupp Heynckes les encajó en el global de la eliminatoria. “Pero ya iba siendo hora de que ganasen otros”, se comentaba en la delegación bávara a la espera del avión que había de llevarles de vuelta a Múnich, donde fueron recibidos como héroes. 

El ánimo que se respiraba en las filas del Bayern era el ejemplo perfecto de lo que algunos han calificado de cambio de ciclo en el fútbol europeo de clubes, y también de lo que tal vez podría suponer el inicio de cambio de ciclo en en el fútbol de selecciones. 

Heynckes, maestro de ceremonias 

Con 68 años y una larga carrera como entrenador en las ligas alemana, española y portuguesa, Jupp Heynckes personifica la satisfacción que actualmente vive el fútbol germano. Tras pasar largo tiempo a la sombra de ligas como la italiana, la inglesa o la española, la Bundesliga monopolizará la atención en la final de la máxima competición europea gracias a sus dos principales equipos y eternos rivales: el Bayern Múnich y el Borussia Dortmund. Heynckes, que probablemente anunciará su retirada tras la final de Wembley, ejerce de maestro de ceremonias en estos días dulces de la Bundesliga.

“Es algo grandioso que dos equipos alemanes hayan llegado a la final. La ultima vez que el Bayern fue campeón de Europa fue en 2001, y ése fue el último campeón alemán de la Liga de Campeones. Es una final de ensueño para nuestro fútbol”, declaró Heynckes ante un grupo de periodistas alemanes en Barcelona después de reconocer le había costado dormirse que la noche anterior. 

A Heynckes no le gusta falsa modestia: el veterano entrenador ha asegurado en varias ocasiones que su equipo es la mejor versión del Bayern de las últimas décadas: “Hasta ahora, ningún equipo alemán había jugado y ganado la Bundesliga de una manera tan atractiva y creativa como la hecho mi equipo esta temporada. Y ello se refleja en todos los récords que hemos roto”. 

No en vano, se puede decir que el Bayern ha culminado una temporada liguera histórica: nunca nadie antes se había proclamado tan rápido campeón alemán (con 20 puntos de ventaja respecto al segundo a 6 jornadas del final), ni con una mejor diferencia de goles (94 a favor y 15 en contra) ni con más puntos (88) que el Bayern esta temporada. Ni siquiera el Borussia Dortmund de Klopp, al que Madrid de Mourinho no pudo tumbar en Europa, ha podido hacer sombra al equipo construido por Heynckes.

¿Dominio del fútbol alemán? 

Algunos vaticinan que el poderío bávaro es sólo el preámbulo del dominio del fútbol alemán a nivel internacional. En una reciente entrevista con el canal de internacional alemán Deutsche Welle, Ottmar Hitzfeld, entrenador que consiguió las dos últimas copas de Europa con equipos alemanes (con el Bayern y el Dortmund, precisamente), no se mordió la lengua: “La Bundesliga y el fútbol alemán han crecido. Nuestra liga es modelo en cuanto al manejo de la salud de las finanzas, Bayern Múnich es el club de fútbol más rico del mundo, un club que lo ha logrado todo a pulso, fruto de su propio esfuerzo sin tener que acudir a jeques u otro tipo de inversionistas. Dortmund también tiene sus finanzas en orden, el club se ha recuperado y en mercadeo ambos clubes trabajan de una forma envidiable”. 

El fútbol alemán no sólo dio una lección deportiva al español en las últimas semifinales de la Liga de Campeones, sino también con su modelo de liga: la competitividad en la lucha por el campeonato alemán ha destacado en los últimos años. Sólo un dato: cuatro equipos (Borussia Dortmund, Bayern Múnich, Wolfsburgo y Stuttgart) se proclamaron campeones en las últimas seis temporadas, mientras que la liga española fue cosa de dos: Madrid y Barça. 

Esa mayor competitividad está directamente relacionada con el reparto del dinero generado por los derechos televisivos: a diferencia del fútbol español, en el alemán son todos los clubes de primera y segunda quienes negocian de manera colectiva, por lo que los ingresos se reparten de una manera más equitativa. Ello, sumado a las magníficas infraestructuras levantadas para el Mundial celebrado en Alemania de 2006, con estadios modernos y llenos, y a una hornada de jóvenes y talentosos futbolistas como Marco Reus, Mario Götze o Thomas Müller, parece vaticinar un brillante futuro al fútbol alemán. 

Guardiola, la guinda 

El fútbol español es en parte responsable de la buena salud deportiva que disfruta el fútbol alemán. Lo reconoce el propio Heynckes: “Siempre dije que mi equipo ha heredado de Barcelona parte de lo que es hoy tanto en el campo como fuera de él. El Barca es ejemplar”. Si bien es cierto que el fútbol de combinación puesto de moda por el Barça y la selección española ha dejado huella en el fútbol germano, éste ha desarrollado un estilo propio, que combina el toque con un fútbol más directo y vertical, como apunta Hitzfeld. 

La pregunta que ahora muchos se hacen es cómo gestionará Pep Guardiola la combinación de ese modelo de triangulación, de cuyo origen él forma parte, con el fútbol más directo que tanto gusta al aficionado alemán. Si el próximo entrenador del Bayern Múnich da con la tecla, Guardiola podría escribir historia con su futuro club y poner así la guinda a un modelo futbolístico que funciona.

viernes, 9 de julio de 2010

Las banderas...

El fútbol es capaz despertar los instintos más primarios e irracionales del ser humano. Entre ellos, el nacionalismo. Ese fenómeno que una vez escuché comparar con los pedos: a uno no le suele molestar el propio, incluso le puede llegar a deleitar por mucho que apeste, pero los del resto no los puede ni oler. Y en el mundial de fútbol que ahora nos toca vivir y sufrir, el nacionalismo de corte patriotero-futbolero. Una joya.

En el caso de Alemania, ese patriotismo futbolero se ha apropiado irremediablemente del espacio público. Berlín, esta capital tan atípica de este curioso país, tampoco se escapa. Desde hace semanas el aire berlinés anda cargado por una sociedad en estado de coma intelectual. La cosa parece estar clara: todo empezó hace cuatro años, me comenta un joven ex militar alemán avergonzado por la actitud de sus compatriotas. Entonces, con ocasión del mundial de fútbol de Alemania, el Gobierno federal lanzó una campaña cuyo objetivo era alentar a los ciudadanos alemanes de nacimiento y adopción a que se reapropiasen del sano patriotismo germano. Así, y bajo el eslogan de "Du bist Deutschland" ("Tu eres Alemania"), los alemanes se quitaron la careta y mostraron que ellos también pueden ser buenos patriotas. Porque si tú eres Alemania, camarada, si todos somos Alemania, ya no hay nada que temer: tras décadas de autorrepresión provocada por los estragos que dejó tras de sí el nacionalismo étnico y racista que desató la Segunda Guerra Mundial era hora de volver a sacar a pasear la bandera. El fútbol ofreció la ocasión perfecta para ello. Un espectáculo de masas que lo permite casi todo.

Cuatro años han pasado, y la semilla patriótica plantada por el Gobierno alemán parece haber crecido sobre raíces bien sólidas: los alemanes de nacimiento y adopción vuelven a blandir sin sonrojo ni complejo alguno la bandera alemana. Ahí está: en los retrovisores de los coches, los escaparates de los späties, los balcones, los pendientes de las cajeras de los supermecados, los carritos de los niños e incluso en los colores con los que los postpunkies se lacan sus postcrestas. Y como a los chicos de Joachim Löw se les ocurra ganar el Mundial, esa bandera, ahora onmipresente hasta la enfermedad, amenaza con quedarse por mucho tiempo con consecuencias imprevisibles.

A todo esto, el patriotimo futbolero ha parido una historia digna de ser contada: Ibrahim Bassal, un berlinés de origen libanés que lleva en la capital más de 20 años, es el propietario de un bazar en la Sonnenalle, en el distrito de Neuköln. A Ibrahim se le ocurrió al inicio del Mundial colgar una bandera de Alemania de 100 metros cuadrados de la fachada del edificio en cuyos bajos esta situado su negocio. No sin consecuencias: un presunto grupo de extrema izquieda llamado Kommando Kevin-Prince-Boateng Berlin-Ost, cuyo objetivo es acabar con todas las banderas presentes en la capital como muestra de su antinacionalismo, parece ser el responsable de varios ataques sufridos por la enorme bandera. El nombre del comando, por cierto, hace referencia al fútbolista berlinés de origen africano que renegó de la selección de su país para jugar con la de Ghana. "Os pido por favor que dejéis la bandera tranquila", dice Ibrahim, "nos ha costado mucho dinero". Los alemanes ya no le dejan a uno ni querer ser alemán, debe de decirse para sus adentros el pobre Ibrahim.

viernes, 29 de mayo de 2009

Titular premonitorio



Cosas que tiene este cielo bajo Berlín: hace algo más de un mes el diario El Mundo me envió a Múnich a entrevistar al ya ex entrenador del Bayern, Jürgen Klinsmann, y al centrocampista Marc Van Bommel, el único futbolista de la plantilla bávara que jugó en el Barcelona. La razón: el equipo alemán estaba a punto de enfrentarse al de Guardiola en el Camp Nou en la ida de los cuartos de final de la Champions League.

Mientras Klinsmann tragaba saliva ante la más que previsible derrota (al final por un contundente 4 a 0) que le esperaba a su equipo en el campo del Barça, Van Bommel, en un aparente arrebato de masoquismo, parecía alegrarse de jugar contra sus ex compañeros. Mientras Klinsmann veía como su puesto pendía de un hilo (finalmente no consiguió acabar la temporada en el banquillo del Bayern), el medio holandés era todo alabanzas a sus ex compañeros. De la charla con Van Bommel decidí rescatar la frase "Si el Barça nos elimina, ganará la Champions" como titular. La elegí por considerarla excéntrica y un poco exagerada, la impresión que, sorprendentemente, me llevé de un jugador que sobre el campo parece todo lo contrario.

Tras lo visto el pasado miércoles en Roma, Van Bommel demuestra que no sólo es jugador de fútbol (dejaré a cada uno que juzgue si bueno o malo), sino que también parece saber de fútbol. Me concedió, sin saberlo, un titular premonitorio. Como última reflexión dejo escrito que, para aquéllos a quienes les gusta el fútbol, no queda duda alguna: el miércoles venció el fútbol (y también el negocio, pero ¿hace falta recordar eso?).