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lunes, 25 de noviembre de 2024

Un "polvorín" llamado Tegel

La terminal C del antiguo aeropuerto berlinés acoge a 5.000 personas refugiadas y peticionarias de asilo. El mayor y más costoso centro de acogida de Alemania es blanco de denuncias por malas condiciones y falta de transparencia financiera


Terminal C de Tegel.© Andreu Jerez Ríos

“La visita dura dos horas y ni un minuto más. Ustedes deciden cómo invertir su tiempo”. Monika Hebbinghaus no se siente cómoda cuando refugiados y refugiadas se acercan al grupo de periodistas. Aunque la jefa de prensa de la Oficina berlinesa de Asuntos de los Refugiados intenta transmitir normalidad, apenas puede esconder que le incomoda que personas alojadas en este centro de refugiados en el antiguo aeropuerto de Tegel detengan al grupo de reporteros para contar sus historias. 

Es mediados del pasado octubre. Los rayos de sol pierden fuerza a medida que avanza el otoño en la periferia norte de Berlín. El invierno se acerca y con él, el frío, la oscuridad y los meses más difíciles para el centro de acogida de refugiados de Tegel. Aquí viven unas 5.000 personas, tendencia al alza. La mayoría son ucranianas, con estatus especial concedido por el Gobierno alemán tras el inicio de la invasión rusa. Gracias a ello, obtuvieron un permiso de residencia sin necesidad de pasar por el proceso burocrático correspondiente. Pero el permiso de residencia no significa poder encontrar un apartamento en una ciudad con uno de los mercados inmobiliarios más tensionados de Alemania y Europa. 

También hay personas peticionarias de asilo de otros países. La mayoría vienen de Turquía, Afganistán, Siria, Vietnam y Moldavia, según cifras oficiales de las autoridades berlinesas. Los responsables de este centro de acogida improvisado en lo que fuera el principal aeropuerto de la capital alemana - cerrado en noviembre de 2020 tras la inauguración del Aeropuerto Internacional Willy Brandt - organizan hoy una visita de prensa para un equipo de la televisión internacional alemana Deutsche Welle y para el ElDiario.es. Tienen interés en mejorar la imagen del mayor centro de acogida de refugiados de Alemania. Tegel acumula demasiados titulares negativos en prensa alemana y extranjera. 

“Un lugar que no debería existir”, tituló el semanario Der Spiegel una larga crónica, publicada el pasado septiembre sobre las precarias condiciones de vida de las personas alojadas alrededor de la terminal C del antiguo aeropuerto. “Los días aquí son largos. No hay nada que hacer aunque hay mucho por resolver” es una de las frases que mejor resume el texto. La crónica arroja luz sobre la gestión del centro de acogida, sobre la falta de transparencia de las contratas y su financiación pública, y, sobre todo, lo hace a través de los protagonistas del lugar: las personas refugiadas. 


Críticas y agradecimiento 

 La cámara y el micro de Deutsche Welle llaman rápidamente la atención de los residentes. Muchos miran con curiosidad. Otros se acercan a hablar directamente en su idioma. Una mujer ucraniana con bastón comienza a dirigirse en ruso al objetivo de la cámara, sin esperar a que nadie le pregunte. Se queja de la falta de una atención médica adecuada. Lleva 18 meses en Tegel, sin perspectivas de ser derivada a otro alojamiento. Cuenta que llegó con dos hijos, uno de ellos con discapacidad. La jefa de prensa de la Oficina de Asuntos de los Refugiados, la señora Hebbinghaus, se interesa primero por su situación para acabar interrumpiendo la conversación con el argumento de que hay que avanzar en la visita. 

Berdnyk Aleksander. 
© Andreu Jerez Ríos
Pero la gente aquí quiere hablar sobre su situación. “Las condiciones son muy malas. No podemos hacer nada. La comida es mala. He perdido peso, se me ven las costillas”, cuenta el joven ucraniano Berdnyk Aleksander, unos metros más adelante, a las puertas de lo que fuera el edificio de la Terminal C en el que las antiguas ventanillas de check-in sirven hoy para registrar a los recién llegados. Berdnyk lleva 10 meses en Tegel. Asegura que nadie le da trabajo, que no puede aprender alemán, que viven sin perspectivas, que ni siquiera le permiten cocinar. 

“Mi esposo y yo sufrimos un incendio. Todas mis pertenencias se quemaron. Nadie prometió ayudarnos. Simplemente cerraron las puertas y echaron la culpa a las víctimas”, dice Aleksandra, ucraniana de 22 años procedente de Crimea, dentro del comedor colectivo, entre armarios de impersonal color gris con decenas de casilleros numerados. Aleksandra habla del incidente más grave conocido hasta ahora en Tegel: un incendio arrasó el pasado marzo una de las tiendas gigantes que servía de dormitorio a 300 personas. Nadie murió ni hubo heridos. Fue un milagro, coinciden los medios berlineses. También fue síntoma de que algo no marchaba bien en Tegel. 

No sólo hay quejas de gente joven. Hay mucha gente mayor, con problemas de salud y movilidad, que muestran descontento con las condiciones en las que viven. Parecen las más desamparadas de todas. Algunas ni siquiera se molestan en protestar. Miran con una mezcla de desesperanza y hartazgo a los periodistas que son paseados por el recinto por los responsables del mismo. 

También hay quien aprovecha la ocasión para agradecer ante la prensa la acogida de Alemania. “Aquí puedo ganar 10 veces más que en Ucrania y tengo una oportunidad para desarrollarme”, dice un joven ucraniano entre las miradas desaprobatorias y las críticas en voz alta de un grupo de compatriotas mayores que él que no comparten su relato. 


Solución de emergencia 

El centro de acogida de refugiados de Tegel abrió sus puertas poco después del inicio de la invasión rusa de Ucrania, en marzo de 2022. En un primer momento, se usó como punto de registro de los refugiados ucranianos que después eran derivados a centros de acogida, viviendas sociales u otro tipo de alojamiento distribuidos por toda Alemania. 

Pero lo que tenía que ser una solución de emergencia provisoria se ha convertido en un alojamiento permanente con capacidad de hasta 8.000 plazas ante la incerteza de cuáles serán la necesidad de acogida en los próximos meses y años. Que la solución improvisada se haya convertido en permanente es la principal crítica de los detractores del centro de refugiados de Tegel.

Kathie Lehmann es una de las integrantes de Tegel Assembly, una asamblea de organizaciones y activistas que denuncian la situación de los refugiados y también de las condiciones de los empleados del centro de acogida. Algunos de los integrantes de esta asamblea trabajaron en él y fueron despedidos por denunciar interna o públicamente las malas condiciones, o por intentar asesorar por su cuenta a los refugiados. 

Hoy organizan una fiesta con música, comida y juegos infantiles para los residentes en Tegel, en el otro extremo del antiguo aeropuerto. Quieren ofrecer un espacio de evasión seguro a las personas alojadas en la Terminal C. “Hay unas condiciones higiénicas catastróficas, brotes de enfermedades, la gente sigue viviendo en un espacio de cuatro metros cuadrados”, cuenta Kathie. “Estamos hablando de un aeropuerto, un espacio completamente asfaltado donde están instaladas las tiendas, lo que parece una solución absolutamente improvisada. Hay muchos guardias de seguridad que, por supuesto, tampoco tienen buenas condiciones laborales. Todo el mundo está muy descontento y simplemente no sabe qué va a ser de ellos”. 

Desde la Oficina berlinesa de Asuntos de los Refugiados piden comprensión ante el desafío de alojar a tanta gente. “Nuestro mandato legal es alojar a todo el mundo. Evidentemente, cuanta más gente viene, más obligados estamos a bajar los estándares. Es lo que estamos viendo aquí, en Tegel. No es una situación normal. Se debe a la cantidad de personas que ha llegado en un tiempo relativamente corto”, argumenta la señora Hebbinghaus, encargada hoy de guiarnos por la explanada convertida en campamento. 


Falta de transparencia 

El centro de refugiados de Tegel tiene un presupuesto anual de más de 400 millones de euros, lo que lo convierte en el mejor financiado del país. La Cruz Roja Alemana gestiona el campo con ese dinero, que también sirve para pagar, entre otras cosas, el alquiler del espacio, el cátering y a una empresa privada que se encarga de la seguridad del perímetro y los interiores del recinto. 

Organizaciones sociales con experiencia en acogida de refugiados consideran que ese presupuesto debería permitir unas condiciones mucho mejores. “No sabemos dónde va a parar todo ese dinero. Si utilizas el presupuesto de 400 millones para alojar a 5.000 personas, estamos hablando de un coste individual de entre 240 y 300 euros al día. Con ese dinero, el Gobierno de Berlín podría proporcionar pisos de lujo para los refugiados”, explica con cierta sorna Emily Barnickel, trabajadora social de la ONG Consejo de Refugiados de Berlín.

Las denuncias de malas condiciones, combinadas con el enorme presupuesto, abonan las acusaciones de falta de transparencia en el uso del dinero público y las sospechas sobre el margen de beneficio que están obteniendo las empresas privadas que ofrecen los servicios del centro de refugiados de Tegel. 

En toda Alemania surgen cada vez más sospechas sobre la gestión privada de centros de acogida de refugiados. La televisión pública ARD y el diario Süddeutsche Zeitung publicaron recientemente una investigación sobre la compañía británica Serco. Especializada en control de fronteras, servicios militares y seguridad, Serco ha ganado contratas públicas en diferentes lugares de Alemania para gestionar centros de acogida de refugiados. 

Documentos filtrados desde dentro de la empresa apuntan a un margen de beneficios de más del 50% en algunos casos, lo que explicaría las pésimas condiciones en las que los refugiados viven en esos centros. Ello también lanza dudas sobre los concursos de concesión de las contratas y sospechas de posibles intereses personales de los responsables políticos correspondientes. 

Pese a todas las críticas recibidas por Tegel, el alcalde-gobernador de Berlín, el conservador Kai Wegner (CDU), no se atreve a descartar una ampliación del número de plazas del centro de refugiados. Wegner gobierna desde abril del año pasado con los socialdemócratas del SPD en la llamada “Gran Coalición”. Los Verdes, hoy en la oposición, son muy duros con la situación en Tegel. El diputado regional ecologista Jian Omar, nacido en el Kurdistán sirio y que recibió asilo político en Alemania tras llegar con una visa de estudiante en 2005, es una de las voces más críticas con el centro. En una entrevista con el semanario Der Spiegel, Omar resume la situación con una advertencia: “Tegel es un polvorín que puede explotar en cualquier momento”.

Reportaje publicado por ElDiario.es.

lunes, 21 de noviembre de 2022

Esta es la casa del Union Berlín


El estadio del 1. FC Union Berlín está en medio de un bosque a orillas del río Spree. Para llegar a pie a la Alte Försterei hay que atravesar un camino de tierra entre árboles. Por el peregrinan en asombrosa armonía ultras bebidos, padres con sus hijos y familias al completo. 

La mayoría recorre a pie el kilómetro largo que separa la estación de tren de Köpenick del estadio: el trayecto es un viaje a través del universo unionista. Grupos de hinchas calientan motores a las puertas de los bares, aficionados venden el libreto del club, músicos callejeros le cantan a la larga memoria del Union mientras la reventa de entradas da sus últimos coletazos. 

Försterei significa en alemán algo así como casa en la que viven los guardas forestales. La sede del Union estaba situada originalmente en una casa forestal que todavía hoy sigue en pie, frente al estadio. Probablemente no haya mejor detalle para entender la importancia de las raíces para la identidad de este club. “Esto es más que fútbol. Es una comunidad, el lugar donde te encuentras con amigos, familiares y compañeros de trabajo”, explica Uwe mientras apura su cerveza. 

Equipo de barrio 

El Union es un equipo de barrio y Köpenick, el distrito que lo ha visto crecer. Situado en la periferia oriental de la capital alemana, es el bastión de un club acostumbrado a sobrevivir en las orillas del mundo del fútbol. Esto fue así durante el sistema socialista de la desaparecida República Democrática Alemana – en la que el Union no fue precisamente el equipo preferido del régimen – y lo siguió siendo tras la caída del Muro de Berlín. Que hasta hace poco fuera líder de la Bundesliga es una anomalía, un milagro en un deporte cuya élite vive entregada al dictado del dinero. 


El periodista que escribe estas líneas publicó el pasado octubre un reportaje sobre esa anomalía futbolística. Tras enviar el texto al departamento de prensa del club, llegó la respuesta: “Hola Andreu. Gracias por el reportaje. Te invitamos a ver un partido en nuestro estadio”. La invitación no es cualquier cosa: conseguir una entrada para ver en directo al Union en la Alte Försterei es casi misión imposible. Desde su ascenso a la Bundesliga en 2019 – el primero en su historia –, el estadio, con capacidad para 22.000 espectadores, está siempre lleno hasta la bandera. Esta es la crónica de la visita a la casa de un club sin igual. 

Salchichas, tabaco y cerveza 

En la Alte Försterei se anima y se sufre sin concesiones, se tutea y se habla, sobre todo, con dialecto berlinés. Venir aquí es como pasar la tarde de un domingo en el salón de tus abuelos. Esta hinchada llama, de hecho, a su estadio la “sala de estar” del Union. “Esta familia era pequeña y ha ido creciendo poco a poco, como en la vida misma. Esta familia pasó tiempos de mierda, las cosas no fueron tan bien como nos van hoy”, dice Joachim en el descanso del partido entre el Union y Borussia Mönchengladbach que se disputa esta tarde de domingo. 

La Alte Försterei huele a salchichas, tabaco y cerveza, que corre entre los aficionados antes, durante y después de cada partido. Aquí continúa habiendo un marcador con tablillas que se cambian a mano y la mayoría sigue el juego de pie, como en los estadios de los 80: sólo la tribuna principal, donde se ubican directiva y prensa, cuenta con asientos numerados. Ya sea de pie o sentada, algo une a la afición: aquí se grita los 90 minutos del partido más el descuento. “¡Eisern Union, Eisern Union, Eisern Union!”, vocifera la hinchada cada cinco minutos. 

“Eisern” significa “de hierro”. Nadie sabe muy bien cuál es el origen del adjetivo, pero recuerda el carácter obrero del club. En el siglo XIX, la zona de Köpenick era una de las regiones más industrializadas de Europa. La base social del Union ha sido históricamente trabajadora y orgullosa de ello. El tuteo entre aficionados y el acento berlinés forman parte de esa identidad. 

Juego sin florituras 

La hinchada del Union no necesita una jugada de 30 pases para aplaudir. Una recuperación tras un balón dividido, un saque de esquina a favor o un disparo a las nubes bastan para arrancar una ovación. Los unionistas saben cuáles son las limitaciones futbolísticas de su equipo y no se avergüenzan de ello. La entrega física de sus futbolistas hace posible que ese juego sin florituras sea efectivo. Van quintos de la Bundesliga y disputan competiciones europeas. 

El público grita “Fußballgott” (“dios del fútbol”) cada vez que hay un cambio local. Pero aquí los dioses son de carne y hueso, y están obrando un milagro con un club que estuvo al borde de la desaparición hace dos décadas por problemas financieros. Si el Union sigue existiendo es porque así lo quiso su masa social, que llegó a donar sangre para conseguir fondos para el club y a trabajar en la reforma de su estadio sin cobrar un euro. 

“Cuando gritamos que el Union Berlín será el próximo campeón alemán, por supuesto lo gritamos con ironía”, aclara Georg con la voz rota tras otro partido épico. El Union ha ganado esta noche al Gladbach por 2 a 1 con un gol de cabeza en el último minuto del descuento. Vasos llenos de cerveza han volado por encima de la tribuna de prensa. El milagro continúa en Köpenick. 

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martes, 9 de febrero de 2021

Coto a la especulación del alquiler en Berlín

"A partir del próximo diciembre sólo estará obligado a pagar la siguiente cantidad". Cientos de miles de berlineses recibieron en las últimas semanas del pasado año una carta de sus arrendadores con el mensaje que abre este texto. Es la consecuencia de la entrada en vigor de la segunda fase de ley de límites en los alquileres de las viviendas en la capital alemana. Las cartas, sin embargo, también suelen incluir la siguiente advertencia: "Le recomendamos que reserve la diferencia entre el precio contractual y la reducción provisional del alquiler a causa de las incertidumbres legales existentes". 

La ley, aprobada por el tripartido de socialdemócratas, verdes y poscomunistas que gobierna en Berlín, está recurrida ante el Tribunal Constitucional; sus detractores -partidos conservadores y asociaciones de propietarios- consideran que la normativa rebasa las competencias del gobierno de la ciudad-estado y también que viola el derecho a la propiedad privada recogido por la Constitución alemana. Aunque la justicia ha rechazado varias solicitudes urgentes de freno a la ley por esta segunda cuestión, expertos recomiendan a los inquilinos conservar el dinero que ahora se ahorran: si el Constitucional falla en contra en contra de la ley, previsiblemente tendrán que reembolsarlo. 


Más de un millón de beneficiados

Alrededor de 350.000 hogares ya se benefician de la segunda fase de la ley, según estimaciones de la Asociación Inquilinos Berlineses, el mayor lobi de arrendatarios de la ciudad. La primera fase de la regulación entró en vigor en febrero de 2020, cuando alrededor de un millón y medio de alquileres ya quedaron congelados al nivel de junio de 2019. 

A partir de 2022 sólo podrán subir un 1,3% anualmente, y a partir de este diciembre, aquellos contratos de alquiler que estén un 20% por encima de los límites permitidos -9,80 euros por metro cuadrado para viviendas siempre y cuando no sean de nueva construcción, o su equipamiento y emplazamiento excepcionales las excluyan del cumplimiento legal-. Los propietarios están obligados a informar a sus inquilinos de la rebaja del precio y a llevarlo a cabo; de lo contrario, se enfrentan a multas. 

La de Berlín no es la primera regulación del mercado del alquiler aprobada en Alemania. En 2015, el Parlamento federal aprobó una ley de freno de los alquileres, con vigencia en todo el territorio de la república, que establece que los nuevos contratos de arrendamiento sólo podían estar un 10% por encima del precio medio de la zona en que esté situada la vivienda. 

Pero no fue suficientemente para frenar los precios en Berlín, una ciudad afectada por una alta especulación protagonizada sobre todo por fondos de inversión que vieron una oportunidad de oro en un mercado con precios relativamente bajos y mayoritariamente de alquiler -los pequeños propietarios son minoría en la capital alemana-, que prometía altos márgenes de beneficio para el gran capital. 


 

"Esa ley no funcionó sobre todo por la cobertura de costes de las obras de modernización: un 11% de esos costes podían ser incluidos en el precio final de alquiler y para siempre, y eso llevó a la aprobación de la ley berlinesa", explica Christoph Trautvetter, académico especialista en legislación inmobiliaria y justicia fiscal, y autor del informe "¿A quién pertenece la ciudad?", financiado por la Fundación Rosa Luxemburgo, que analiza las estructuras de propietarios en Berlín. "De todas formas, la legislación de 2015 ayudó a contener los precios, sobre todo si comparamos la situación alemana con la española", añade Trautvetter. 


Barcelona y Berlín 

Con un salario medio de algo más de 1.400 euros mensuales, un inquilino tiene que pagar una media de 959 euros en alquiler al mes en Barcelona. Ello supone más del 60 % de sus ingresos. El porcentaje dedicado al alquiler en Berlín asciende al 36% del salario medio de la capital alemana (2.536 euros). Es la comparativa que se desprende del estudio de Trautvetter, y que demuestra las diferencias entre los dos modelos. Así las cosas, ¿podría funcionar la ley berlinesa en la capital catalana? 

"No son situaciones comparables porque España no tiene un marco legal del arrendamiento como el de Alemania, y porque el porcentaje de propietarios allí es mucho mayor que aquí", aclara Reiner Wild, secretario general de la Asociación Inquilinos Berlineses. Wild presentó la ley de limitación de alquiler berlinesa en conferencias organizadas por los gobiernos autonómicos vasco y catalán; este último incluso ha aprobado recientemente una ley de regulación del alquiler inspirada parcialmente en la norma de la capital alemana. 

"Parece que el Gobierno central español está preparando una ley similar a la catalana para otras partes del Estado. En todo caso, la ley berlinesa podría ser una buena base para una regulación del mercado de alquiler español", asegura Wild, que reconoce estar en "contacto permanente" con asociaciones de defensa de los derechos de los arrendatarios del Estado español y cuya organización incluso traduce ya algunas de sus notas de prensa al castellano


Ley de emergencia

En todo caso, la situación en la capital alemana está lejos de ser ideal. "La ley de límites en los alquileres de las viviendas es una solución de corto plazo para un mercado de alquiler que estaba fuera de control en Berlín", cree Christoph Trautvetter, que reconoce que la legislación favorece tanto a altas rentas como a los más pobres de la ciudad, los que más dificultades tienen para encontrar una vivienda o para pagar la que ya alquilan. 

Según el analista, tanto la capital alemana como el resto de Alemania necesitan regulaciones más precisas que complementen las limitaciones del alquiler: la prohibición más estricta de mantener viviendas vacías, de especular con terrenos construibles o un impuesto más riguroso para transacciones inmobiliarias podrían ser sólo algunas de ellas.

Reportaje publicado por El Periódico de Catalunya.

jueves, 19 de noviembre de 2020

Multitudinaria manifestación en Berlín contra una ley para frenar la pandemia

Berlín volvió a convertirse este miércoles en escenario de una multitudinaria protesta contra las restricciones antipandemia: miles de personas se concentraron frente a la Puerta de Brandeburgo, a pocos pasos del edificio histórico del Reichstag, para oponerse a la reforma de la ley de protección contra infecciones, que busca fundamentar legalmente las restricciones ya vigentes desde el pasado marzo para frenar la expansión del coronavirus. 

Mientras dentro del Bundestag, los parlamentarios debatían la controvertida reforma, fuera, la policía intentaba dispersar con cañones de agua la concentración tras varias advertencias lanzadas por su sistema de megafonía: la mayoría de manifestantes no llevaba mascarilla y la distancia de separación entre los asistentes era claramente inferior a la establecida por las restricciones. 

Con las imágenes todavía frescas del fallido intento de asalto del Reichstag el pasado agosto por parte de varios cientos de ultraderechistas, Reichsbürger -ciudadanos que niegan la existencia de la República Federal y reivindican la recuperación del Imperio alemán- y seguidores de la teoría conspirativa de QAnon, el barrio político de Berlín amaneció este miércoles controlado por un enorme dispositivo policial.

         
Marcha heterogénea 

"Nunca fui una opositora al sistema, pero la obligación de llevar mascarilla es la gota que colma el vaso. Quiero poder elegir llevarla o no, y no por ello convertirme en enemigo público del Estado", me dice a Eannatte, una manifestante llegada desde Brandeburgo, el estado federado que rodea Berlín. Es una de las miles de personas que mayoritariamente de manera pacífica querían expresar en la calle su oposición a la nueva ley de protección contra infecciones y al conjunto de la gestión de la pandemia por parte de las autoridades. 

Eannatte teme que la República Federal se convierta en un estado autoritario como en el que ella fue socializada: la desaparecida República Democrática de Alemania (RDA). Entre los opositores a las restricciones cunde la opinión de que Alemania se encuentra en un momento similar al de marzo de 1933, cuando el entonces Reichstag aprobó la "Ermächtigungsgesetz", una ley con la que el parlamento se autoanuló y allanó el camino a la dictadura nazi encabezada por Adolf Hitler. 

La manifestación de este miércoles en la capital alemana confirma la dinámica vista en el movimiento anticorona alemán a lo largo de los últimos meses: es un fenómeno que aúna las más diversas tendencias. En este cajón de sastre caben desde cristianos hasta budistas, pasando por esotéricos, defensores de Donald Trump, padres que se niegan a que sus hijos tengan que llevar mascarilla en la escuela o pequeños empresarios que ven peligrar seriamente sus empresas por las restricciones efectivas de la actividad económica. 

En la concentración se han escuchado desde canciones cristianas hasta gritos de guerra ya clásicos de la ultraderecha alemana como "Merkel muss weg" ("Merkel tiene que irse") o "Wir sind das Volk" ("Nosotros somos el pueblo"), y también eran visibles carteles de apoyo al todavía presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y diversas banderas regionales alemanas. 

La presencia neonazi y ultraderechista ha sido, además, innegable. Algunos grupos de neonazis y Reichsbürger se han mezclado entre las familias y los grupos de estética alternativa. En la manifestación ha participado incluso Andreas Kalbitz, exlíder del partido ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD) en Brandeburgo, que fue expulsado por AfD por su cercanía a grupos neonazis. 

Debilitamiento parlamentario 

Pese a las protestas, y como era de prever, tanto el Bundestag (cámara baja) como el Bundesrat (cámara territorial) aprobaron finalmente la reforma legislativa que da la base legal a los decretos excepcionales para restringir las libertades individuales recogidas en la Carta Magna alemana. En el Bundestag, 415 diputados votaron a favor frente a 236 en contra. El presidente federal, Frank-Walter Steinmeier, firmó el mismo día la ley en un proceso exprés. 

La reforma establece un catálogo de medidas que pueden ser aplicadas - temporalmente - por decreto por el gobierno federal o por cada uno de los 16 ejecutivos de los estados federados. La ley ha recibido duras críticas de una parte de la oposición parlamentaria, que considera que concentra demasiado poder en las manos del ejecutivo frente a un parlamento que sale debilitado. Las medidas extraordinarias antipandemia no tendrán que ser aprobadas en sede parlamentaria.

Crónica publicada por El Periódico de Catalunya.

miércoles, 13 de mayo de 2020

Berlín, el confinamiento que nunca fue

La historia de la pandemia en Berlín es la de un confinamiento que nunca fue. La vida pública no ha dejado existir en la capital alemana a pesar de las restricciones contra la expansión del virus. Los comercios no considerados esenciales tuvieron que bajar la persiana a mediados del pasado marzo – la mayoría ya ha reabierto – , parte de la burocracia y los servicios públicos como bibliotecas, colegios o guarderías dejaron de funcionar, los gimnasios siguen cerrados, y bares, clubs y el ocio nocturno están paralizados sine die, pero ni los parques se vaciaron ni los runners desaparecieron de las orillas del río Spree ni por las calles dejaron de circular coches. Fiel a su esencia anárquica y un tanto ajena al resto de Alemania, Berlín ha seguido su propio camino.

Y, sin embargo, la fisonomía de la capital alemana sí ha cambiado con la crisis sanitaria. En primer lugar, sus habitantes han aprendido a vivir con las colas. Lo que antes era considerado un trámite sin complicación, ahora requiere más tiempo y paciencia. Los berlineses tienen a menudo que formar filas en plena calle para comprar en el supermercado, retirar dinero del banco o hacerse con una cerveza en los populares Spätis – tiendas abiertas casi a todas horas que venden alcohol, tabaco, papel de liar y prensa, lo fundamental para pasar una buena tarde –.

Es la consecuencia de que los comercios cumplan las condiciones para abrir: limitar el aforo es la manera de garantizar la distancia de seguridad de metro y medio exigida por las autoridades. A ello hay que sumar el uso de máscaras y de líquido desinfectante en las entradas de comercios y edificios públicos. La prevención higiénica ha pasado a formar parte de la cotidianidad berlinesa con sorprendente naturalidad.

Polución estable 

Una ojeada a la evolución de la calidad del aire en el centro de Berlín da cuenta de que la vida ha continuado en las calles: según datos de la Oficina Federal de Medio Ambiente, desde mediados de pasado marzo los niveles de contaminación en la capital alemana se han mantenido estables, incluso con un repunte de “partículas de suspensión” generadas por la actividad humana a finales de marzo. Un mayor uso del coche en lugar del transporte público en la fase de mayor incertidumbre parece la causa.

Si los berlineses no han dejado de salir es porque no ha estado prohibido: el gobierno nunca aplicó un confinamiento generalizado a toda la población. Merkel se opuso alegando la necesidad de ciudadanos y familias de salir a pasear y tomar aire fresco. Un confinamiento tras el largo y oscuro invierno berlinés habría supuesto una factura social difícil de defender políticamente.

En esa decisión también ha sido clave la mortalidad oficial del virus en Alemania: a pesar de ser uno de los países del mundo con un mayor número de infectados (más de 171.000), la tasa de mortalidad es mucho más baja que en Italia o España. Con algo más de 6.200 casos y 165 muertos confirmados, Berlín no es excepción.

Y a pesar de haber sufrido menos que otras capitales, un sector clave para la economía berlinesa sale muy malparado: el batacazo para el turismo es visible en los lugares de atracción; sitios emblemáticos como la Puerta de Brandeburgo o la Columna de la Victoria, por lo general anegados de turismo – especialmente con la llegada de la primavera –, están hoy semivacíos.

Negacionistas por turistas 

 “Mi facturación ha bajado un 80%”, dice con estoicismo y sin aparente preocupación Georg, uno de los conductores de bicitaxis que esperan a clientes en el centro histórico. “Soy optimista porque no tengo grandes pretensiones”, dice. Está convencido, sin embargo, de que habrá una oleada de cierres de empresas dependientes del turismo y la hostelería. No será su caso porque que no tiene grandes gastos y puede aguantar con pocos ingresos, asegura.

“Yo he perdido el 75% de mis clientes”, responde Alí, un taxista de origen pakistaní y acento berlinés. Nunca había vivido algo así en las tres décadas que lleva aquí. Es uno de los miles de pequeños empresarios que pidió la ayuda pública de emergencia de 5.000 euros para poder seguir funcionando. “A pesar de la caída de pasajeros, salgo casi a diario. Es mejor que quedarse en casa delante de la tele”.

A pocos metros del taxi, donde hace meses meses se formaban colas de turistas para subir a la cúpula de cristal del Bundestag, hoy se reúnen varios cientos de personas que niegan la pandemia. Forman parte del nuevo paisaje urbano de Berlín. Desde hace semanas, una variopinta mezcla de ultraderechistas, militantes de las más diversas teorías de la conspiración y ciudadanos descontentos protestan contra la limitación de derechos fundamentales.

Controlados por policías, que advierten con la mirada a los concentrados que deben mantener la distancia de seguridad, los negacionistas se reúnen con metros en la mano para hacer efectivo el metro y medio exigido. Mientras, un charlatán grita a los cuatro vientos su mensaje a través de un micrófono: “La República Federal nunca fue liberada del nacionalsocialismo. El Imperio alemán nunca dejó de existir. Seguimos siendo un país ocupado”.

Crónica pública en El Periódico de Catalunya.

jueves, 16 de abril de 2020

La noche se apaga en Berlín

“Nos vemos de nuevo cuando estemos todos muertos. Salud, vecinos”. 

Con este mensaje se despidió de su clientela el legendario Schlawinchen. El bar berlinés, en el distrito de Kreuzberg, se vio obligado a bajar la persiana a mediados del pasado marzo tras haber permanecido ininterrumpidamente abierto durante más de cuarenta años: el local no había cerrado ni un minuto desde 1979. Siempre abierto, porque siempre hay alguien que tiene sed, como dijo su propietario, Tobi Jorczik, en una entrevista con la radio pública alemana. En ella, Jorczik incluso reconoció que tuvo problemas para encontrar la llave del psicodélico local en el que se reúne tradicionalmente un variopinto público para beber, fumar, escuchar música y compartir historias. 

Lo que no consiguió la Guerra Fría ni el Muro de Berlín lo ha logrado un virus bautizado como Covid-19. Una de las primeras restricciones que tomó el gobierno federal y los estados federados fue ordenar el cierre de todos los locales de ocio como cines, teatros, bares, clubs y casinos. Cualquiera que haya pisado la noche de la capital alemana, entiende la dimensión del cierre de Schlawinchen: si un virus obliga a cerrar sus puertas, entonces tiene que ser un virus muy peligroso. 

Sector en peligro 

"Para nosotros, es la peor crisis desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, nunca hemos tenido que hacer frente a una amenaza tan grande". Esto dijo hace un par de semanas Lutz Leichsenring, portavoz de la federación de clubs nocturnos de Berlín, la llamada "Clubcommision", que agrupa a más de 200 locales. La declaración tuvo algo de premonitorio; días después, Angela Merkel usaba la misma referencia histórica: “Desde la Segunda Guerra Mundial no ha habido en nuestro país un reto que nos haga depender tanto de nuestra acción conjunta y solidaria”. 

Además de sus museos y sus óperas, la capitalidad cultural de Berlín no sería la misma sin sus locales nocturnos ni sus clubes de música electrónica. La noche berlinesa atrae a cientos de miles de personas cada año. Gente que busca el mito del hedonismo y la libertad individual que rigen la escena. El cierre, obligado por la pandemia de momento indefinidamente, amenaza ahora la existencia de muchos de esos espacios. La noche de Berlín se apaga. 

“Calculamos que el cierre supondrá pérdidas de 10 millones de euros mensuales”, me dice Lutz Leichsenring. “Ninguno de los cientos de clubes de la ciudad podrá sobrevivir si se mantienen cerrados durante meses. Por eso necesitamos apoyo del Estado. Nosotros no tenemos a consorcios o grandes inversores que nos sostengan. Los empleados de los clubes tampoco cuentan con grandes ahorros”. 

“United we stream” 

La dimensión de la crisis es tal que el Estado alemán se ha hecho cargo en primer lugar de lo esencial: frenar la velocidad de los contagios para evitar el colapso del sistema sanitario, asegurar el abastecimiento de la población y garantizar un paquete billonario de créditos estatales e inversiones públicas para amortiguar el duro golpe que sufrirá la economía alemana en el 2020. La música electrónica y el ocio nocturno berlinés no están, por razones obvias, en la lista de prioridades. 

A la espera de posibles ayudas que salven al menos una parte de la escena, el sector se ha puesto manos a la obra: con la plataforma United We Stream, transmite en directo sets de djs desde clubes emblemáticos – y ahora vacíos – de Berlín. A cambio, pide a los ciudadanos confinados en sus casas una aportación económica. El crowdfunding debería servir de fondo transitorio hasta que la gente pueda a volver a sudar junta en las pistas de baile.




Artículo publicado en El Periódico de Catalunya.

miércoles, 7 de agosto de 2019

Amenaçats pel terrorisme neonazi en l’Alemanya del segle XXI

Ferat Kocak no perd el somriure tot i estar amenaçat de mort. Aquest polític berlinès de Die Linke (L’Esquerra), d’origen kurd, fa temps que no té un residència fixa per por de patir un atemptat. Ferat dorm cada nit en un lloc diferent gràcies al suport de familiars i amics. 

La seva vida s’ha instal·lat en un estat d’excepció permanent. La matinada de l’1 de febrer de l’any passat va estar a punt de morir després que un incendi provocat al seu cotxe propagués les flames a casa seva. Els seus pares i ell van salvar la vida de miracle. Un parell de minuts més a l’interior i hi haurien mort. Tot apunta que l’atac tenia un rerefons polític i que va ser perpetrat per dos militants neonazis. 

Imatge de l’atemptat contra Ferat Kocak.
Això va quedar del seu cotxe.

“Visc en un estat de constant tensió. Em sento observat. Cada vegada que entro a una habitació i obro una porta, l’obro del tot per comprovar que no hi ha ningú darrere que em pugui disparar o atacar a ganivetades”, admet Ferat a l’ARA. L’entrevista transcorre en un lloc secret per raons de seguretat. La història d’aquest polític i activista d’esquerres és l’expressió paradigmàtica de la por que pateixen des de fa mesos altres polítics locals. 

Violència d’ultradreta 

La violència ultradretana i el terrorisme neonazi no són fenòmens nous a Alemanya, però el cas Walter Lübcke va suposar un salt en la violència exercida pels cercles de l’extremisme ultranacionalista i xenòfob: el polític de la CDU va ser assassinat d’un tret al cap el 2 de juny quan era a la terrassa de casa seva. La fiscalia federal ha dit públicament que hi ha prou indicis per pensar que l’atac tenia una motivació política. Un neonazi, ja detingut, és fins ara el principal sospitós. Lübcke havia defensat públicament la política migratòria de la cancellera Merkel i va donar la benvinguda als refugiats. 

Però el de Lübke no és pas un cas aïllat: l’alcaldessa de Colònia, Henriette Reker, i l’alcalde d’Altena, Andreas Hollstein, van ser atacats a ganivetades el 2015 i el 2017, respectivament, en dos atemptats amb rerefons ultradretà. Tots dos van estar a punt de morir. Tots dos havien defensat activament la política de fronteres obertes de Berlín. 

Els precedents de Lübcke, Reker i Hollstein, sumats als gairebé 200 assassinats deixats pel terrorisme neonazi a Alemanya des del 1990 -segons xifres de la Fundació Amadeu Antonio-, generen un panorama d’enorme inseguretat per a aquells polítics locals i activistes que s’oposen obertament a les postures xenòfobes i racistes dels cercles neonazis més militants. Però també del partit d’ultradreta Alternativa per a Alemanya (AfD), que ara actua com a braç polític d’aquesta nova onada de violència des del Bundestag. L’AfD va entrar al Parlament federal com a tercera força l’any 2017. Des d’aleshores, la seva violència verbal contra certes minories no ha parat de créixer. 

“A partir del 2017 vaig començar a ser vigilat per neonazis”, diu Ferat Kocak. L’activista i antifeixista ho sap perquè una investigació de la televisió pública alemanya ARD ho va treure a la llum: els periodistes van tenir accés a alguns dels enregistraments que els serveis secrets alemanys van fer de les trucades dels dos militants ultradretans que van seguir Ferat. Tot i que la intel·ligència sabia dels seguiments, mai va informar l’afectat. La fiscalia no ha pogut presentar càrrecs contra ells perquè assegura que no té cap prova de la seva connexió amb l’atac contra la casa de Ferat.

Connexions amb la policia 

“Ja no confio en les forces de seguretat alemanyes -reconeix el polític de Die Linke-. Jo no només diria que l’estat alemany està cec de l’ull dret, sinó també sord de l’orella dreta. Les autoritats veuen el problema, però prefereixen tancar l’ull dret”, afirma Ferat, fent referència a les connexions entre certs sectors de la policia i el neonazisme. 

Ferat ha crescut, viu i treballa a Neukölln, el districte amb el percentatge de població estrangera o d’arrels migratòries més alt de Berlín. Hi viuen turcs, kurds, grecs, italians, espanyols, polonesos, alemanys i també neonazis. 

Les estructures ultres a la part sud de Neukölln són històriques i, des de l’entrada d’AfD al Parlament regional de Berlín el 2016, la xifra d’atacs i amenaces de mort contra polítics d’esquerres, activistes i membres de la societat civil supera la cinquantena, com documenta l’ONG MBR (Mobile Beratung gegen Rechtsextremismus). Bianca Klose, directora de MBR, llança la veu d’alarma: “És només qüestió de temps que hàgim de lamentar alguna cosa més greu”.


martes, 16 de diciembre de 2014

Fundido en negro (artístico) en Berlín

Blu decidió morir matando: hace unos días, de noche y sin previo aviso, el artista urbano cubrió con una capa de pintura negra sus grafitis en la Cuvrystrasse, unos de los más míticos y fotografiados del popular distrito de Kreuzberg y, por consiguiente, de Berlín.


La noticia corrió como la pólvora por redes sociales y medios de comunicación. Tras muchas especulaciones, el grafitero italiano lo confirmó horas después en su blog: «En 2007 y 2008 pinté dos muros en la Cuvrystrasse, en Berlín, con el apoyo de Lutz, Artitude y sus voluntarios. En 2014, y tras ser testigos de los cambios sufridos por la zona durante los últimos años, sentimos que era hora de borrarlos». 

Un hombre sin cabeza y con dos relojes de oro en sus manos atados con una cadena en forma de esposas; en el muro de al lado, dos figuras con las cabezas cubiertas se desenmascaran mutuamente bajo la frase «Reclaim your city» (reclama tu ciudad). Los dos grafitis, situados en un descampado de una de las calles más cotizadas de Kreuzberg, se habían convertido en un lugar de culto para los amantes del arte urbano. 

Tras el fundido en negro de corte reivindicativo decidido por Blu, lo único que ha quedado de la obra son las palabras «your city». El artista ha querido dejar así clara su opinión: Berlín está dejando de ser de sus habitantes para caer en manos de grandes intereses económicos e inmobiliarios. En el solar, una empresa inmobiliaria tiene previsto construir 250 pisos abalconados con vistas al río Spree. Es uno más de los muchos proyectos inmobiliarios que están cambiando la fachada de la ciudad a marchas forzadas.

Desde la caída del Muro, Berlín se había caracterizado por contar con numerosos espacios vacíos en lugares céntricos utilizados por grafiteros e interventores del espacio público. «Tras enterarse de que el nuevo edificio sería construido también con vistas a los grafitis, los artistas decidieron pintarlos de negro para que nadie pudiera sacar provecho de la obra original». Así lo apuntaba una declaración difundida en internet por el entorno de Blu.

Fotografía de Andreu Jerez ©.
Berlín no es Múnich 

«Berlín sin grafitis es Múnich». Es uno de los eslóganes-protesta que se pueden leer estos días en las paredes de la capital alemana. La frase recoge el espíritu de esta extraña capital europea: a diferencia de Londres, París o Barcelona, el atractivo de Berlín había residido hasta ahora en ser una ciudad destartalada y urbanísticamente caótica, lo que dio lugar a espacios como el solar con los grafitis de Blu. 

Berlín no es Múnich, pero la (exitosa) estrategia de marketing que ha colocado a la ciudad en lo más alto del ranking turístico mundial ha cambiado a la capital alemana para siempre. El director de dicha campaña reconoció una vez que «los lemas contra los turistas en las paredes de la ciudad contribuyen a reforzar el encanto berlinés algo crudo y hace precisamente a la ciudad interesante para los turistas». 

La intención de la inmobiliaria de capitalizar los grafitis de Blu encaja a la perfección en esa lógica. Y, aunque muchos celebren el «haraquiri» artístico de Blu como un golpe maestro, el artista parece ser consciente de que sólo se trata de una victoria pírrica.

Publicado en Abc.es.

domingo, 10 de agosto de 2014

Reset Design: reiniciar el sistema creativo


Acudir a una embajada, no para solucionar un asunto burocrático ni para asistir a una encorsetada audiencia, sino para disfrutar de una exposición itinerante. Es lo que ocurre estos días en la Embajada de España en Berlín, que acoge hasta el próximo 22 de agosto la exposición Reset Design, new working models.

Organizada por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), la muestra parece encajar a la perfección con el espacio que la acoge: la oficina cultural de la Embajada ha reconvertido dos salas del imponente edificio, hasta ahora infrautilizadas (sólo se usaban para celebrar exámenes de la UNED), para organizar una muestra cuyo principal objetivo es el “reset del sistema creativo”, “reiniciar todo un sistema de relaciones entre dos mundos, el de los consumidores y el de los productores, cuya separación ya no es tan evidente como en el pasado”. 

Reset Design reúne el trabajo de diez pequeñas editoras españolas de mobiliario, iluminación y los más diversos accesorios para el hábitat. En un periodo de crisis como el actual, la creatividad y el emprendimiento son dos valores que sirven para compensar el tamaño de pequeñas empresas, cuya competencia en el mercado internacional siempre es difícil. 

La audacia de algunas de las piezas de la exposición no defraudará al visitante: por ejemplo, las butacas y tumbonas construidas a base de restos velas de barcos inservibles para la navegación, pero cuyo material es de excelente calidad y enorme resistencia; los bancos, mesas y alacenas ensambladas con diferentes tipos de maderas procedentes de demoliciones de edificios, andamios y palés aparentemente inservibles; o las lámparas, espejos y cuencos hechos a base de restos de café, un producto que hasta ahora parecía limitado a la industria alimentaria y cosmética. 

Seguir leyendo en ABC.es.

domingo, 5 de enero de 2014

Sobre guerras secretas e intereses bastardos

La indignación desplegada por el Gobierno de la canciller Angela Merkel y el aparato diplomático de la República Federal Alemana ante el espionaje masivo de Estados Unidos en suelo alemán es puro teatro. Ésa es la conclusión a la que uno llega tras leer el recomendable libro Geheimer Krieg ("Guerra secreta") escrito por los periodistas Christian Fuchs y John Goetz. 

Cuando hace unos meses, y gracias a las filtraciones hechas por el extécnico de los servicios secretos estadounidenses Edward Snowden (todavía refugiado en Moscú a la espera de un salvoconducto), la prensa alemana desveló que EE.UU. había estado interviniendo durante años el teléfono móvil de Merkel, de otros parlamentarios alemanes así como las comunicaciones de millones de ciudadanos residentes en Alemania, el establishment político germano se echó las manos a la cabeza, calificó las escuchas de "inadmisibles" y exigió explicaciones "inmediatas" a Washington. El embajador de estadounidense en Alemania incluso fue llamado a consultas por primera vez en la historia moderna de las relaciones de ambos países. El barrio político de Berlín parecía recuperar así las atractivas esencias de las novelas de espionaje tan típicas de la Guerra Fría.

Tras meses de intensas investigaciones, el periodista estadounidense John Goetz, quien trabaja en Alemania desde hace dos décadas, lo tiene claro: los servicios secretos de EE.UU. ni han dado ni dan un solo paso en suelo alemán sin el beneplácito del espionaje alemán, y por tanto, del Gobierno federal. O mejor dicho: los servicios secretos estadounidenses cuentan con absoluta carta blanca de Berlín para actuar cuando y como crean necesario en territorio germano, básicamente porque Alemania es un elemento fundamental de la política exterior y de seguridad de Estados Unidos y porque "el aparato militar alemán y estadounidense son inseparables, la misma cosa", en palabras del propio Goetz.

De este modo, ¿a qué viene tanta indignación por parte del Gobierno alemán si los servicios secretos y militares de Estados Unidos campan a sus anchas por el territorio de la República Federal desde el fin de la Segunda Guerra Mundial?  Como Fuchs y Goetz apuntan, tanto aspaviento responde más bien a una estrategia política de mero consumo interno: como claramente muestran las encuestas, la ciudadanía alemana ha mantenido y mantiene por razones obvias una postura manifiestamente pacificista desde 1945. Los alemanes se oponen de manera inequívoca a intervenciones militares de su país fuera de sus fronteras. No obstante, y como deja patente la investigación Geheimer Krieg, la silenciosa y mortífera "guerra contra el terrorismo" que la Administración Obama lleva actualmente cabo a través de ataques con drones en países como Afganistán, Pakistán o Somalia sería imposible sin la indispensable colaboración de Alemania, país que sirve de base de operaciones, logística e inteligencia al ejército y a los servicios secretos estadounidenses.


Los sucesivos gobiernos alemanes, ya estuvieran encabezados por socialdemócratas o democristianos (o por ambos, como en la actual Gran Coalición), han desplegado así un doble juego político: con una mano, y ante la opinión pública, se abstienen de apoyar e incluso se oponen a la estrategias belicistas de sus aliados de Washington, mientras con la otra, le conceden a Estados Unidos total libertad y los medios que estén a su alcance para poner en marcha y ejecutar sus políticas de seguridad y sus estrategias bélicas desde suelo alemán.

Pero si el Gobierno federal alemán aplica ese doble juego político, ¿dónde queda la responsabilidad de los representantes democráticamente elegidos por la ciudadanía alemana? ¿De qué sirve el ordenamiento constitucional vigente en Alemania si a final de cuentas el Gobierno federal permite que el ejército estadounidense ordene ejecuciones extrajudiciales de presuntos terroristas y también de decenas de civiles inocentes en Afganistán, Pakistán o Somalia desde bases situadas en Stuttgart o Ramstein? Una de las voces que aparece en el libro de Fuchs y Goetz es Dieter Deiseroth, actualmente juez del Tribunal Federal Administrativo. Deiseroth lo expone con la sutileza diplomática que confiere la jerga jurídica: "Todo gobierno alemán se mueve en los límites de la inconstitucionalidad" cuando permite que se lleven a cabo guerras ilegales desde su territorio soberano.

Los socialdemócratas alemanes, con el apoyo de Los Verdes en el entonces Gobierno de coalición rojiverde, todavía sacan pecho por haberse opuesto a la (ilegal) guerra de Irak impulsada por la Administración de George W. Bush tras los atentados del 11-S. Sin embargo, nada dicen de la pasividad diplomática mostrada entonces por el Gobierno federal sobre el secuestro y las torturas a las que fueron sometidos ciudadanos alemanes inocentes detenidos previamente por Estados Unidos por ser presuntos terroristas. ¿Un ejemplo?: la experiencia de Murat Kurnaz en la cárcel ilegal de Guantánamo narrada en la película 5 Jahre Leben (Cinco años de vida) pone de manifiesto cuán poco le importan al poder político los ciudadanos a los que representa cuando sus derechos entran en conflicto con otros intereses bastardos y absolutamente carentes de legitimidad democrática y moral.


martes, 12 de noviembre de 2013

Muros de la vergüenza

Aus Selección de reportajes

La historia puede ser caprichosa: lo que queda del muro de Berlín, ese monstruo de cemento gris que dividió la actual capital alemana y que separó a sus habitantes durante casi 30 años, que aisló la parte occidental berlinesa enclavada en medio de aquel Estado oriental que se consideraba antifascista y que no era más que una dictadura socialista de tics estalinistas, es hoy un centro de peregrinación para turistas llegados de todo el mundo a la búsqueda de los restos de un símbolo de la cultura popular del siglo pasado.

La imagen no deja lugar a dudas: detrás de la East Side Gallery, el trozo de muro más largo conservado hoy en Berlín, la especulación hace estragos en lo que fuera la 'franja de a muerte': una estrecha franja de tierra, antaño repleta de torres de control, soldados, cable de espino y armas automáticas, y en la que la represión de la República Democrática Alemana se hacía más patente, es ahora disputada por multinacionales con ganas de sacar provecho de los ríos de turistas que diariamente, llueva o haga sol, caminan por los restos del muro de la vergüenza. El capitalismo aprovecha todo de todo, incluso los escombros del socialismo real.

Pero si la historia puede ser caprichosa, el presente nos recuerda que estamos bien lejos de vivir en el mejor de los mundos posibles, tal y como nos vendieron aquéllos que la asesinaron (a la historia) en nombre de la libertad, el progreso y el mercado. Quedan muchos muros en pie: México, Palestina, Irlanda del Norte, Ceuta, Melilla. Un largo etcétera nos recuerda que la vergüenza no acabó con el hundimiento del socialismo autoritario y real: muros que separan el precario bienestar de la miseria, gentes de su tierra, personas de sus sueños.

Mientras tanto, los restos del muro de Berlín ponen su grano de arena para gentrificar una ciudad que no volverá ser la que fue. Ironías del destino.

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P.D: artículo publicado en catalán en la sección 'Més que mil' de los Quaderns d'Illacrua, encartados en el recomendable y combativo Setmanari Directa. La fotografía en la que se inspira el texto es del compañero del colectivo Contrast Carlos Castro.

martes, 19 de febrero de 2013

'No': sobre el pasado reciente y el presente de Chile

Ya acabó el torbellino cinematográfico de alfombra roja y programa inabarcable de la Berlinale, con sus alabanzas y críticas habituales, casi ya cíclicas. Tengo la sensación de que no hay puntos medios: o eres un absoluto amante o un convencido detractor del festival de cine de Berlín. Si yo me tuviera que decidir por alguno de los dos grupos, sin duda me encuadraría en el segundo. Me cansa la Berlinale. Este año conseguí lo que parece imposible en una ciudad donde el festival se hace presente hasta la saciedad: no ver ni una sola película por voluntad propia y no por falta de entradas.

Sin embargo, sí tuve la oportunidad de cubrir el estreno de 'No' en Alemania, celebrado apenas unos días antes del arranque de la Berlinale. 'No' es la última película del director chileno Pablo Larraín, quien esta vez ha contado con el famosísimo actor mexicano Gael García Bernal. 'No' es una crónica histórica en clave de ficción y basada en hechos reales sobre la campaña electoral previa al referéndum celebrado en Chile en 1988: una consulta impulsada por la propia dictadura militar de Augusto Pinochet quien pretendía así darle un barniz democrático a la transición que la coyuntura histórica e internacional le impuso al dictador chileno.

La última película de Larraín, que culmina una trilogía sobre la dictadura pinochetista ('Postmortem' y 'Tony Manero' son las dos primeras entregas), consigue recrear con atino el ambiente que se respiró en Chile aquellos días tanto desde el guión como desde la técnica. Además, Larraín da en la tecla que más duele en países iberoamericanos como Chile, Argentina o España, con dictaduras que marcan a fuego su historia reciente: el director nos recuerda como las sociedades y poderes fácticos de países como los mencionados pasan de puntillas sobre las concesiones que hubo que hacer a los dictadores, en ocasiones también genocidas (como en el caso de Francisco Franco), para acceder a las mieles de las democracias representativas y neoliberales.

Larraín lo dijo alto y claro ante la cámara con la que hice el reportaje para el canal en español de la televisión internacional alemana Deutsche Welle: "Pinochet murió libre y millonario".

sábado, 24 de noviembre de 2012

Los Verdes alemanes miran a América Latina

Europa necesita a América Latina para superar la crisis económica y de deuda que está atravesando. Es una realidad reconocida por gobernantes que antes mostraban desinterés e incluso desgana ante países como Ecuador, Bolivia, Perú o Uruguay. Países ahora en pleno proceso de expansión económica mientras el Viejo Continente (y sobre todo su mal denominada "periferia") se estanca en el "crecimiento cero" o incluso se vuelve a hundir en la recesión. Se podría decir incluso que países como España y Portugal, parte de la comunidad iberoamericana y que por tanto tienen fuertes lazos históricos con los países de habla hispana y portuguesa del otro lado del Atlántico, descuidaron durante años su relación con esos países en detrimento del norte de Europa y América. Craso error, a la vista de la actual situación.

Las ansías de reconstruir los puentes de la comunidad iberoamericana por parte de Europa quedaron patentes en su última cumbre celebrada en Cádiz. El actual presidente español, Mariano Rajoy, e incluso el monarca español, Juan Carlos I, reconocieron abiertamente la necesidad que tienen las economías ibéricas de fortalecer los lazos con América Latina. Tarde y mal reaccionan esos políticos, pensarán algunos, tras el paternalismo y el desdén mostrados durante años para con Latinoamérica. No en vano, en la cumbre brillaron las ausencias de no pocos y relevantes gobernantes de la región.

Pero no sólo en la península ibérica despierta América Latina interés. Alemania hace tiempo que descubrió el continente latinoamericano como salida alternativa ideal a sus vitales exportaciones así como necesaria fuente de materias primas que alimenten su industria. El propio Gobierno liberal-conservador alemán de Angela Merkel, a través de su Ministerio de Exteriores, presentó esta misma legislatura su concepto de relación con la región, considerada "estratégica" por Berlín.

Precisamente el segundo partido de la oposición alemana, los Verdes, celebraron recientemente su conferencia sobre América Latina (que tuve la oportunida de cubrir como videoperiodista) con un mensaje contundente: el actual Gobierno alemán pone el enfásis en las relaciones comerciales (basadas en las exportaciones de productos industriales y en la importación de materias primas) dejando de lado asuntos de vital importancia como un crecimiento económico medioambientalmente sostenible o el innegociable respeto de los Derechos Humanos. Una loable iniciativa que, dados los precedentes gubernamentales del partido en cuestión, me sugiere inevitablemente la siguiente pregunta: ¿mantendrían los Verdes alemanes ese discurso en caso de entrar en el Gobierno federal tras las elecciones alemanas del año próximo?

jueves, 23 de agosto de 2012

'Gnadenlos' ('Sin compasión')

"Somos una generación que pese a haber sido estafada y engañada, esclavizada como fuerza de trabajo barata y torturada psicológicamente con la inestabilidad laboral, tenemos todavía insertada en nuestro cerebro la idea de que si trabajamos duro se nos recompensará, creceremos, nos ganaremos algo, pensé. Y esa idea es la mayor mentira de todas las que se nos ha inculcado por medio de la educación directa (padres) y de la indirecta (televisión), y han sido muchas. Nos han enseñado a creer que el trabajo es algo que te devuelve los esfuerzos que has invertido en él. Que quien se esfuerza y es bueno en lo que hace, siempre tendrá trabajo. Y tú no dejas de ver gente con el cociente intelectual de un tejón bizco dirigiendo empresas, agencias, departamentos.”

Una novela que incluye fragmentos como el que abre este post es, sin duda, una novela necesaria en los tiempos que corren, pienso al releer el párrafo, como saboreando una idea ya amasada por mi cerebro antes de abrir esta deliciosamente destructiva y por momentos profundamente pesimista historia. ¿Quién dijo que ser trabajador y honrado era suficiente para triunfar? Es una de las preguntas que se hace Ralph del Valle, escritor español nacido en Londres y berlinés de adopción, con su novela Gnadenlos ('Sin compasión', para aquéllos que vayan justos de alemán). 

Gnadenlos es un paseo por las ruinas de un modelo económico y social que no sólo es capaz de robarnos los derechos laborales más mínimos, sino también la mínima dignidad vital que nos debería exigir nuestro amor propio. Gnadenlos es la historia de un joven español, licenciado en cualquiera de esas licenciaturas tan etéreas llamadas Publicidad y Relaciones Públicas, Comunicación Audiovisual o Periodismo, que llega a Madrid con ganas de comerse el mundo y que al final acaba tragándose sus propios sueños. 

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miércoles, 29 de febrero de 2012

'Neukölln Unlimited'

"Cuando miro a una familia (extranjera) de 7 u 8 miembros me pregunto cómo puedo integrarla en la República Federal Alemana. (...) De esa manera obtengo una fotografía de ella, y entonces me pregunto si mantener esa familia en Alemania es del interés público del Estado de Berlín o de Alemania". Son las frías y calculadoras palabras del ex ministro de Interior del Estado de Berlín, Ehrhart Körting (SPD), una de las voces que recoge el interesante y recomendable documental Neukölln Unlimited.

Neukölln es uno de los distritos más problemáticos de la capital alemana. Dos estadísticas lo dejan patente: el desempleo ronda el 17 por ciento y alrededor de la mitad de su población depende de las ayudas sociales para llegar a fin de mes. Con una población marcada por la migración, Neukölln es repetidamente utilizado por los medios de comunicación de masas alemanes como ejemplo de la fallidad sociedad "multikulti", utilizando las palabras de la canciller federal alemana, Angela Merkel, y de los problemas sociales derivados de la falta integración.

Sin embargo, la plana mediática germana y el status quo político del país olvidan que los fallos en el proceso de integración no sólo están de la parte de los que llegaron de fuera, sino también de los que siempre estuvieron aquí. Quiero decir que igualmente culpables son los que llevan 25 años en Alemania y todavía no son capaces de hablar mejor o peor el idioma como aquellos alemanes que no son capaces de aceptar que la inmigración ha cambiado irremediablemente los acentos, los colores, los sabores, los olores de Alemania.

El documental Neukölln unlimited nos cuenta la kafkiana historia de la familia Akkouch, da voz a los habitualmente invisibles de esta ciudad y pone en duda todos los lugares comunes manejados por los detractores de esa fallida y criticada sociedad multicultural. El multiculturalismo y la inmigración no son buenos ni malos. Simplemente son.

jueves, 23 de febrero de 2012

Fernando P. Molinari: creador de figuras con alma


"Procuro jugar con la luz que las personas normales llevan dentro, porque la luz es movimiento". Son palabras del artista plástico peruano Fernando Pérez Molinari, uno de los primeros invitados al programa Alemania con acento de la nueva y ampliada programación en español de la televisión estatal alemana para el exterior Deutsche Welle, con la que colaboro desde hace años.

Fernando es un artista artesano, dos conceptos (arte y artesanía) que, como él mismo dice, ofrecen fronteras más que dudosas. Hace figuras de papel y alambre que pese a su fragilidad material dan la sensación de ser obras para la eternidad. Figuras que posteriormente son iluminadas por dentro, lo que les da vida y movimiento. Tuve la suerte de poder hacer el perfil que complementó la entrevista de Fernando en el estudio. Me gustó tanto lo que Fernando me contó que simplemente le dejé hablar durante la pieza que podéis ver a partir del minuto 2:2o del video con el que abro esta entrada. Que la disfrutéis.

domingo, 25 de diciembre de 2011

El dinero sólo cambia de manos

¿Será el 2012 económicamente peor que el 2011? Depende de cómo se mire y, sobre todo, desde dónde. Si hacemos caso a las predicciones que publicaciones económicas y especialistas del ramo hacen del próximo año, no parece que la omnipresente crisis vaya a aflojar en los principales países del llamado mundo desarrollado: Europa y Estados Unidos. Muy probablemente tenemos ante nosotros más desempleo, más recesión, clases medias y bajas más endeudadas, y Estados más frágiles. En definitiva, tenemos ante nosotros un futuro próximo muy voluble, muy poco previsible. Miramos adelante con cierta inseguridad y también con miedo.

Un par de informaciones que no dejan mucho margen para el optimismo: en Grecia ya hay niños que llegan con hambre a la escuela porque no tienen lo suficiente para comer, mientras en España 10 millones de personas viven con menos de 500 euros mensuales y dos, en situación de "extrema pobreza". A causa de la crisis, sin duda, pero no porque no haya suficiente para todos. A los que están acumulando riqueza se les debería caer la cara de vergüenza ante esta deplorable situación de los pueblos. Pero ya se sabe, la crisis se sufre de una manera o de otra según dónde se esté.

Buena parte de los bancos son corresponsables de lo que está ocurriendo. En su depredadora búsqueda de aumentar siempre su negocio alimentaron burbujas y endeudaron a Estados, familias, pequeños y medianos empresarios hasta límites insostenibles e irresponsables. Ahora están cargados de las llamadas "hipotecas tóxicas" y de productos financieros dañinos que les impiden dar liquidez para que la economía real salga del pozo en el que se encuentra. Es decir, su inmoral voracidad les impide cumplir con su principal función social: no ganar cada vez más dinero, sino apoyar con capital las ideas, los negocios, los sueños de la gente.

Ante tal despropósito, tienen que ser de nuevo los contribuyentes los que salven a la banca. Así nace el eufemismo de "banco malo": bancos cuyo principal objetivo no es hacer cada vez más dinero sino limpiar de "elementos tóxicos" los libros de cuentas de la banca. Con capital público como aval, los "bancos malos" intentan vender en los mercados los "créditos tóxicos" y la deuda que muy probablemente no se cobrará. Si lo consiguen, los contribuyentes no tendremos que pagar la factura del exceso bancario. Pero si no lo consiguen, seremos una vez más todos nosotros los que tengamos que salvar a los bancos, corresponsables de este desaguisado. Es lo que los directivos del primer "banco malo" alemán nos explicaron recientemente en Berlín a un grupo de periodistas extranjeros. De esa charla nació una entrevista publicada en El Economista.

Ocurra lo que ocurra, esta crisis nos debe dejar una lección capital sobre la lógica del sistema capitalista: el dinero nunca se destruye, sólo cambia de manos.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Pasividad ante el terrorismo neonazi alemán

Alguien me dijo una vez que el problema del neonazismo en Alemania no era tan grave como algunos querían hacer creer. Después de casi cinco años en este país, uno empieza a mirar de manera algo más crítica su realidad e historia, y esa sentencia me hizo reflexionar e incluso me llegó a parecer verosímil. Pero hace tiempo que hemos dejado de vivir en el mejor (o menos malo) de los mundos posibles, como demuestra la brutal crisis económica que sufre la eurozona y que parece haber sentenciado ya a la moneda común y la llamada "periferia" de la Unión Europea. Otra prueba de que no vivimos en el mejor de los mundos: la pasividad de las instituciones alemanas y los medios de este país ante la célula terrorista neonazi Clandestinidad Nacionalsocialista que asesinó al menos a 10 personas de origen inmigrante e hirió a más de 30, algunos gravemente, durante la última década.

Como apunta de manera valiente y bien políticamente incorrecta el corresponsal de La Vanguardia en Berlín, Rafael Poch, "los nazis han matado mucho más que el radicalismo islámico, que en Alemania no ha producido ningún gran atentado. Mucho más que la célebre 'Fracción del Ejército Rojo' de Andreas Baader y Ulrike Meinhof, que produjo 34 muertos entre su fundación en 1970 y su disolución en 1998, sin contar los 27 activistas que la banda dejó por el camino en tiroteos con la policía y huelgas de hambre. Esas violencias, que han inspirado toneladas de obras y titulares de periódico, se quedan muy cortas al lado de la violencia neonazi".

Toneladas de análisis, artículos, libros y programas de televisión dedicados al pasado terrorista de la extrema izquierda, mientras la extrema derecha mataba de manera impune a por lo menos 180 personas desde la reunificación alemana, como apunta la Fundación Amadeo Antonio. Ante tal escándalo, todo son preguntas: ¿por qué el Estado y los medios de comunicación no fueron capaces de reaccionar? ¿O es que no quisieron? ¿Hasta qué punto colaboraron los servicios secretos del Estado alemán con los tres miembros de la célula Clandestinidad Nacionalsocialista y su evidente red de apoyo social? ¿Es esto sólo el final de la violencia neonazi o estamos ante un revival del pistolerismo de extrema derecha ya conocido por este país? Bernd Wagner, ex policía, criminalista y cofundador de la asociación Exit, con el que tuve la oportunidad de hablar para una entrevista para el último número de Setmanari Directa, nos da algunas respuestas. Eligí una frase de la conversación como titular que me provocó un escalofrío al trascribirla: "En Alemania hay miles de militantes neonazis que son potenciales terroristas".

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