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miércoles, 15 de septiembre de 2021

Un partido nacido contra las restricciones

Una enfermera con mascarilla cierra una ventana y empuja a una anciana en silla de ruedas dentro de lo que parece una residencia de la tercera edad. Una niña se encarama a la barandilla de puente sobre unas vías de tren tentada por el suicidio, se presume. “Me llega mucho menos aire”, dice un niño con mascarilla mirando a la cámara. Una anciana es forzada a someterse a una prueba nasal de coronavirus. Agentes antidisturbios cargan y detienen a manifestantes en algunas de las decenas de marchas contra las restricciones ante la pandemia que se llevan celebrando en Alemania desde marzo del año pasado. Todo en blanco y negro, y con una música de tensión y amenaza como telón de fondo sonoro. 

Así arranca es el spot electoral de Die Basis (La Base), un joven partido fundado el verano del 2020 que pretende entrar en el Parlamento federal en las elecciones alemanas del próximo 26 de septiembre. Sus motivos giran fundamentalmente en torno a las medidas contra la pandemia y el impacto en las libertades individuales: “Si perdemos nuestra democracia y nuestro estado de derecho, ya no habrá motivos para reír en este país”. “La democracia significa que el poder va de abajo hacia arriba”. “Cada vez son más lo que se levantan”. “Creo que la gente no aguantará mucho más lo que están haciendo con sus hijos y con su libertad. Y Die Basis es la única fuerza que dice: ‘queremos ofrecer la alternativa’”.


 


Figuras destacadas

Los cuatros candidatos del partido que ofrecen sus razones en el video electoral, ya en color y con una música esperanzadora de fondo, no son figuras cualesquiera. Viviane Fischer es jurista y hasta hace poco, popular por sus diseños de sombreros. Reiner Fuellmich es abogado y dueño de un bufete que presenta desde hace meses –sin demasiado éxito– demandas colectivas contra las restricciones frente a la pandemia. Ambos son cofundadores de la llamada “Comisión Corona”, una organización no gubernamental que pretende suplir el papel de una comisión parlamentaria para investigar la gestión de un virus cuya letalidad y mortalidad consideran “similares a la de una gripe”. 

Sucharit Bhakdi y Wolfgang Wodarg son dos doctores críticos con las medidas tomadas por el gobierno federal y convertidos en héroes dentro del movimiento “Querdenken” (“Pensamiento transversal”) y entre los negacionistas de la pandemia. El primero es un microbiólogo y escritor superventas que se enfrenta a acusaciones de banalización del holocausto y el nacionalsocialismo. “El pueblo judío ha convertido su propio país en algo peor de lo que fue Alemania”, dijo Bhakdi sobre Israel el pasado abril en una entrevista. Wodarg fue parlamentario federal durante 15 años por los socialdemócratas del SPD. Las cabezas más visibles de Die Basis tienen, por tanto, tras de sí una remarcable carrera profesional.


“Democracia de base” 

Die Basis nació al calor de las protestas iniciadas en la primavera del 2020 en Alemania a raíz de las primeras restricciones efectivas de la vida pública y de libertades fundamentales como la de movimiento. Bajo el nombre inicial de “Resistencia 2020”, algunos de sus miembros decidieron reorganizarse y fundar el Partido de la Democracia de Base de Alemania (Die Basis, en la versión abreviada de su nombre). Su programa electoral, que ocupa dos páginas, se resume en “cuatro pilares”: la libertad, la limitación del poder, el “trato respetuoso” y la “inteligencia colectiva”. 

Apuesta por una mayor participación directa de la ciudadanía a través de una democracia de base, la celebración regular de consultas ciudadanas y la limitación de los mandatos políticos. Su programa también contiene elementos procedentes de la antroposofía, el esoterismo y la cultura Waldorf.  “El principio del partido es más humanista que político, es un partido prepolítico. Por eso no es de derechas ni de izquierdas. Por ejemplo, permitir diferentes modelos de familia o imponer más impuestos a Amazon no es de izquierda ni de derechas, sino sentido común”, dice a Fernando Dimeo, miembro de la ejecutiva de la federación berlinesa de Die Basis. 

Fernando es un médico especialista en medicina interna y del deporte de origen argentino y reside en Alemania desde hace más de 30 años. Decidió sumarse al partido como reacción a la gestión “autoritaria y paternalista” que el Gobierno federal alemán ha hecho de la crisis sanitaria. Sentado tras la mesa de uno de sus consultorios, reconoce que en Die Basis sigue sin haber consenso sobre la pandemia: “Hay gente que dice que todo es una conjura y que se resiste a usar una mascarilla, y otra como yo, que trabaja con pacientes de riesgo y a la que no le parece bien esa posición”. 

El rechazo a una introducción directa o indirecta de la vacunación obligatoria contra el coronavirus es otra de las posiciones relevantes del partido de Fernando Dimeo. En Alemania hay algo más de un 60% de la población completamente inmunizada. No es precisamente la falta de dosis lo que ha impedido que ese porcentaje sea mayor. Ello apunta resistencia a la vacuna en capas relevantes de la población. Die Basis busca capitalizar electoralmente esa desconfianza. Actualmente, ninguna encuesta electoral le da más de un 3% de intención de voto.


Reportaje publicado por El Periódico de Catalunya.

sábado, 1 de mayo de 2021

“Detrás de todo esto hay un plan"

Pequeños empresarios afectados por las restricciones ante la pandemia, ciudadanos descontentos con el gobierno de Angela Merkel, yoguis defensores de la medicina alternativa, neonazis, votantes de la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD), militantes de la izquierda extraparlamentaria "huérfana de partido": estos son sólo algunos de los perfiles que llevan meses participando en las marchas contra las restricciones que recortan los derechos fundamentales en Alemania. 

Desde el pasado mes de marzo, cuando comenzó oficialmente la pandemia, se han venido sucediendo marchas y protestas - algunas con gran afluencia, otras minoritarias -. El bautizado como movimiento anticorona alemán es, probablemente, la expresión de descontento más heterogénea que vive Alemania desde los inicios en Dresde de PEGIDA (Patriotas Europeos contra la Islamización de Europa), que hoy es ya un fenómeno en decadencia y exclusivamente ultraderechista.

En un año en el que se celebrarán elecciones federales - a las que ya no se presentará Merkel -, es una incógnita qué impacto puede tener este díficilmente clasificable movimiento en el tablero político alemán. Los anticorona alemanes o "Querdenker" ("pensadores transversales", como se autodefine una de las plataformas convocantes de las protestas) siguen siendo minoritarios, pero la mala gestión de la pandemia por parte del gobierno ofrece margen para que el descontento se acabe canalizando de alguna forma las urnas. Algunos autores trazan ya ciertos paralelismos con el tercerposicionismo o el Querfront que acosó a la República de Weimar en la década de los 30 del siglo pasado.

Recientemente cubrí para El Periódico de Catalunya la última gran marcha contra la aprobación de una ley que da base constitucional a las actuales restricciones de las libertades ciudadanas. De ahí salió este breve pero jugosa videocrónica sobre una protesta sobre la que mucho se escribe pero con cuyos protagonistas poco se habla:

“Detrás de todo esto hay un plan" 

“¿Qué tipo de plan?" 

 “Eso no lo sabe nadie"



miércoles, 25 de noviembre de 2020

Conspiración y desinformación en Alemania: entre el coronavirus y el “ayer dorado”

Las escaleras del edificio histórico del Reichstag en Berlín fueron escenario de una imagen sin precedente en la historia de la República Federal de Alemania el pasado 29 de agosto: unos cientos de manifestantes, entre los que había “Reichsbürger” (Ciudadanos del Reich) – movimiento que niega el orden republicano y defiende que el imperio alemán sigue existiendo –, ultraderechistas, negacionistas de la pandemia y otros grupos hicieron el amago de ocupar la sede del Bundestag, el parlamento federal del país. 

Ese inédito intento, por el cual el dispositivo policial se vio en un primer momento superado y después consiguió desalojar, tuvo lugar en la hasta ahora mayor jornada de protestas en Alemania contra las medidas restrictivas acordadas por las autoridades alemanas contra el avance de la pandemia del Covid-19. Las imágenes provocaron numerosos titulares de prensa fuera de las fronteras alemanas y supusieron un serio aviso del peligro que supone la confluencia entre los históricos movimientos ultraderechistas del país y el relativamente nuevo fenómeno de las llamadas teorías conspirativas.

"Banderas imperiales y un asalto ultraderechista ante el parlamento suponen un ataque inaceptable al corazón de nuestra democracia", escribió entonces el presidente federal, Frank-Walter Steinmeier, en su muro de Facebook. "Quien quiera protestar por las medidas anticorona o dudar de su necesidad, puede hacerlo públicamente. Pero mi compresión acaba allá donde los manifestantes se dejan llevar por los enemigos de la democracia", añadió Steinmeier con un estilo muy directo, dejando claro la gravedad de los hechos. 


Marchas contra las restricciones 

El movimiento Querdenken 711 y otros colectivos críticos con las medidas restrictivas consiguieron sacar a alrededor de 40.000 personas a las calles de la capital alemana el último sábado del pasado agosto. No era la primera vez que miles de ciudadanos salían a protestar contra las restricciones. Si bien es cierto que no todos los que marcharon contra las medidas restrictivas son ultraderechistas, conspiracionistas o negacionistas del coronavirus, no lo es menos que las exitosas manifestaciones y las imágenes registradas en las escaleras del Bundestag difícilmente se habrían producido sin el poder de las nuevas teorías de las conspiración y las “noticias falsas” extendidas por los autodenominados “medios alternativos”, a través de servicios de mensajería como Telegram y de redes sociales. 

A los que llevan tiempo observando los movimientos ultraderechistas alemanes no se les pasó por alto un detalle en el fallido intento de toma del parlamento alemán: entre los asaltantes había personas con camisetas y banderas en las que aparecía la letra mayúscula Q. Esa “Q” responde al nombre de QAnon, una gran teoría conspirativa de origen estadounidense, nacida en foros de internet y que asegura que, según informaciones desclasificadas de los servicios de inteligencia de EE.UU., Donald Trump lidera una guerra contra el estado profundo, y contra la élite política y económica del país que pretende ocultar una gran red de pedofilia internacional. 

El neologismo QAnon responde a la combinación de Q Clearance (la denominación para informaciones de máxima seguridad desclasificadas por el Departamento de Energía de los Estados Unidos) y Anon, la abreviatura para Anonymus. La fuente que posteó en el 2017 por primera vez las presuntas desclasificaciones es anónima. Detrás de ella estaría, según la confabulación, un alto cargo burocrático de Estados Unidos con acceso a información privilegiada. La teoría ha conseguido construir comunidades con miles de seguidores en diferentes plataformas digitales como blogs o canales YouTube en Alemania, que se ha convertido así en uno de los países europeos con una mayor difusión de QAnon. 


¿Por qué Alemania? 

La Oficina Federal de la Protección de la Constitución – agencia de inteligencia encargada de observar los movimientos que amenazan o podrían amenazar el orden constitucional alemán – confirma el avance en el país de teorías conspirativas como QAnon, aunque todavía es incapaz de cuantificar el número de seguidores ni clasificar su dimensión. En todo caso, la pregunta se hace inevitable: ¿por qué Alemania, un país en el que la crisis económica y la pandemia han tenido consecuencias moderadas en comparación con otros países de su entorno, tiene un número tan relevante de ciudadanos que tienden a creer informaciones falsas? 

El hecho de que Alemania haya sufrido menos muertos que otros países, como España o Italia, parece contribuir a que una parte de su ciudadanía perciba el virus como menos peligroso e incluso como inocuo. Pero también hay una explicación de más largo recorrido: “Hay una conexión histórica entre movimientos ultraderechistas alemanes y el esoterismo. Eso no quiere decir que todos alemanes que practican el esoterismo sean ultraderechistas. Pero el nacionalsocialismo ya estaba ligado al rechazo de la medicina tradicional, del racionalismo y la ciencia. A ello hay que sumarle el antisemitismo histórico que asegura que hay una oscura élite que amenaza nuestra vida y nuestra salud”. Es el resumen de Andrea Kockler – integrante de la organización Der Goldene Aluhut, que lleva años analizando el fenómeno conspiracionista – del lazo que une a la ultraderecha alemana con las nuevas teorías conspirativas. 

La crisis mundial generada por la pandemia ofrece, además, una oportunidad de oro para esa tradición ultraderechista ahora encabezada por movimientos como el Movimiento Identitario (IB, en sus siglas en alemán), publicaciones como la revista Compact o incluso partidos como Alternativa para Alemania (AfD, tercera fuerza del Bundestag que lidera la oposición parlamentaria): por una parte, sirve para alimentar el discurso de la necesidad del cierre de las fronteras para, en este caso, cerrar el paso al virus, una lógica perfectamente aplicable a la inmigración; por otra, da munición a aquellos que blanden el discurso de que el cierre de la vida social y económica no es otra cosa que el intento de las “élites globalistas” de acabar con los pueblos de Europa, en este caso con el alemán – y con su homogeneidad y continuidad etnocultural, uno de los puntales de la narrativa de la nueva ultraderecha germana –.


“Ayer dorado” 

En un mundo cambiante y amenazante como el actual, el discurso de las llamadas “nuevas derechas” de recuperar la “normalidad anterior” y el paraíso aparentemente perdido encuentra terreno abonado en capas nada despreciables de la población, tanto en Alemania como en otros países europeos. “Para ser atractivos, para el éxito de los populistas de derecha es decisivo presentar el pasado como un ayer dorado”, escriben Paul Jürgensen y Hedwig Richter en el libro Schleichend an die Macht (“Lentamente hacia el poder”). El momento de excepción generado por la pandemia, adornado con tintes apocalípticos por no pocos medios de comunicación, parece ideal para ese fin. 

Es pronto para saber cuál será a medio plazo el impacto social, político y económico de la pandemia en Alemania, y cuán profundo pueden llegar las raíces de teorías conspiracionistas como QAnon, de esencia antielitista, antisistema, antisemita y autoritaria. De momento, tanto la crisis epidémica como el conspiracionismo parecen estar canalizando un descontento ya existente antes de la llegada del virus, como demuestra el gran resultado de la ultraderecha de AfD (12,6% de los votos) en las elecciones federales de 2017. Los efectos de la pandemia suponen un peligro real que puede profundizar las razones de ese malestar. 

“En QAnon vemos ese anhelo de deslegitimar las estructuras democráticas”, dice Maik Fielitz, coautor del libro Digitaler Faschismus (“Fascismo digital”). “Su objetivo es fomentar la sensación de que ya no se puede confiar en nadie en la sociedad, de que es necesario retirarse a mundos paralelos y de que ya sólo se puede confiar en informaciones procedentes de determinados influencers y grupos que se autodefinen precisamente a través de su oposición a las corrientes mayoritarias. Dentro de él, las personas se van insertando poco a poco en un sistema de valores y reglas completamente diferente. Es un movimiento sin jerarquía, sin un líder claro y también imprevisible”. 


Análisis publicado en EpidemiaUltra.org

jueves, 19 de noviembre de 2020

Multitudinaria manifestación en Berlín contra una ley para frenar la pandemia

Berlín volvió a convertirse este miércoles en escenario de una multitudinaria protesta contra las restricciones antipandemia: miles de personas se concentraron frente a la Puerta de Brandeburgo, a pocos pasos del edificio histórico del Reichstag, para oponerse a la reforma de la ley de protección contra infecciones, que busca fundamentar legalmente las restricciones ya vigentes desde el pasado marzo para frenar la expansión del coronavirus. 

Mientras dentro del Bundestag, los parlamentarios debatían la controvertida reforma, fuera, la policía intentaba dispersar con cañones de agua la concentración tras varias advertencias lanzadas por su sistema de megafonía: la mayoría de manifestantes no llevaba mascarilla y la distancia de separación entre los asistentes era claramente inferior a la establecida por las restricciones. 

Con las imágenes todavía frescas del fallido intento de asalto del Reichstag el pasado agosto por parte de varios cientos de ultraderechistas, Reichsbürger -ciudadanos que niegan la existencia de la República Federal y reivindican la recuperación del Imperio alemán- y seguidores de la teoría conspirativa de QAnon, el barrio político de Berlín amaneció este miércoles controlado por un enorme dispositivo policial.

         
Marcha heterogénea 

"Nunca fui una opositora al sistema, pero la obligación de llevar mascarilla es la gota que colma el vaso. Quiero poder elegir llevarla o no, y no por ello convertirme en enemigo público del Estado", me dice a Eannatte, una manifestante llegada desde Brandeburgo, el estado federado que rodea Berlín. Es una de las miles de personas que mayoritariamente de manera pacífica querían expresar en la calle su oposición a la nueva ley de protección contra infecciones y al conjunto de la gestión de la pandemia por parte de las autoridades. 

Eannatte teme que la República Federal se convierta en un estado autoritario como en el que ella fue socializada: la desaparecida República Democrática de Alemania (RDA). Entre los opositores a las restricciones cunde la opinión de que Alemania se encuentra en un momento similar al de marzo de 1933, cuando el entonces Reichstag aprobó la "Ermächtigungsgesetz", una ley con la que el parlamento se autoanuló y allanó el camino a la dictadura nazi encabezada por Adolf Hitler. 

La manifestación de este miércoles en la capital alemana confirma la dinámica vista en el movimiento anticorona alemán a lo largo de los últimos meses: es un fenómeno que aúna las más diversas tendencias. En este cajón de sastre caben desde cristianos hasta budistas, pasando por esotéricos, defensores de Donald Trump, padres que se niegan a que sus hijos tengan que llevar mascarilla en la escuela o pequeños empresarios que ven peligrar seriamente sus empresas por las restricciones efectivas de la actividad económica. 

En la concentración se han escuchado desde canciones cristianas hasta gritos de guerra ya clásicos de la ultraderecha alemana como "Merkel muss weg" ("Merkel tiene que irse") o "Wir sind das Volk" ("Nosotros somos el pueblo"), y también eran visibles carteles de apoyo al todavía presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y diversas banderas regionales alemanas. 

La presencia neonazi y ultraderechista ha sido, además, innegable. Algunos grupos de neonazis y Reichsbürger se han mezclado entre las familias y los grupos de estética alternativa. En la manifestación ha participado incluso Andreas Kalbitz, exlíder del partido ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD) en Brandeburgo, que fue expulsado por AfD por su cercanía a grupos neonazis. 

Debilitamiento parlamentario 

Pese a las protestas, y como era de prever, tanto el Bundestag (cámara baja) como el Bundesrat (cámara territorial) aprobaron finalmente la reforma legislativa que da la base legal a los decretos excepcionales para restringir las libertades individuales recogidas en la Carta Magna alemana. En el Bundestag, 415 diputados votaron a favor frente a 236 en contra. El presidente federal, Frank-Walter Steinmeier, firmó el mismo día la ley en un proceso exprés. 

La reforma establece un catálogo de medidas que pueden ser aplicadas - temporalmente - por decreto por el gobierno federal o por cada uno de los 16 ejecutivos de los estados federados. La ley ha recibido duras críticas de una parte de la oposición parlamentaria, que considera que concentra demasiado poder en las manos del ejecutivo frente a un parlamento que sale debilitado. Las medidas extraordinarias antipandemia no tendrán que ser aprobadas en sede parlamentaria.

Crónica publicada por El Periódico de Catalunya.

miércoles, 13 de mayo de 2020

Berlín, el confinamiento que nunca fue

La historia de la pandemia en Berlín es la de un confinamiento que nunca fue. La vida pública no ha dejado existir en la capital alemana a pesar de las restricciones contra la expansión del virus. Los comercios no considerados esenciales tuvieron que bajar la persiana a mediados del pasado marzo – la mayoría ya ha reabierto – , parte de la burocracia y los servicios públicos como bibliotecas, colegios o guarderías dejaron de funcionar, los gimnasios siguen cerrados, y bares, clubs y el ocio nocturno están paralizados sine die, pero ni los parques se vaciaron ni los runners desaparecieron de las orillas del río Spree ni por las calles dejaron de circular coches. Fiel a su esencia anárquica y un tanto ajena al resto de Alemania, Berlín ha seguido su propio camino.

Y, sin embargo, la fisonomía de la capital alemana sí ha cambiado con la crisis sanitaria. En primer lugar, sus habitantes han aprendido a vivir con las colas. Lo que antes era considerado un trámite sin complicación, ahora requiere más tiempo y paciencia. Los berlineses tienen a menudo que formar filas en plena calle para comprar en el supermercado, retirar dinero del banco o hacerse con una cerveza en los populares Spätis – tiendas abiertas casi a todas horas que venden alcohol, tabaco, papel de liar y prensa, lo fundamental para pasar una buena tarde –.

Es la consecuencia de que los comercios cumplan las condiciones para abrir: limitar el aforo es la manera de garantizar la distancia de seguridad de metro y medio exigida por las autoridades. A ello hay que sumar el uso de máscaras y de líquido desinfectante en las entradas de comercios y edificios públicos. La prevención higiénica ha pasado a formar parte de la cotidianidad berlinesa con sorprendente naturalidad.

Polución estable 

Una ojeada a la evolución de la calidad del aire en el centro de Berlín da cuenta de que la vida ha continuado en las calles: según datos de la Oficina Federal de Medio Ambiente, desde mediados de pasado marzo los niveles de contaminación en la capital alemana se han mantenido estables, incluso con un repunte de “partículas de suspensión” generadas por la actividad humana a finales de marzo. Un mayor uso del coche en lugar del transporte público en la fase de mayor incertidumbre parece la causa.

Si los berlineses no han dejado de salir es porque no ha estado prohibido: el gobierno nunca aplicó un confinamiento generalizado a toda la población. Merkel se opuso alegando la necesidad de ciudadanos y familias de salir a pasear y tomar aire fresco. Un confinamiento tras el largo y oscuro invierno berlinés habría supuesto una factura social difícil de defender políticamente.

En esa decisión también ha sido clave la mortalidad oficial del virus en Alemania: a pesar de ser uno de los países del mundo con un mayor número de infectados (más de 171.000), la tasa de mortalidad es mucho más baja que en Italia o España. Con algo más de 6.200 casos y 165 muertos confirmados, Berlín no es excepción.

Y a pesar de haber sufrido menos que otras capitales, un sector clave para la economía berlinesa sale muy malparado: el batacazo para el turismo es visible en los lugares de atracción; sitios emblemáticos como la Puerta de Brandeburgo o la Columna de la Victoria, por lo general anegados de turismo – especialmente con la llegada de la primavera –, están hoy semivacíos.

Negacionistas por turistas 

 “Mi facturación ha bajado un 80%”, dice con estoicismo y sin aparente preocupación Georg, uno de los conductores de bicitaxis que esperan a clientes en el centro histórico. “Soy optimista porque no tengo grandes pretensiones”, dice. Está convencido, sin embargo, de que habrá una oleada de cierres de empresas dependientes del turismo y la hostelería. No será su caso porque que no tiene grandes gastos y puede aguantar con pocos ingresos, asegura.

“Yo he perdido el 75% de mis clientes”, responde Alí, un taxista de origen pakistaní y acento berlinés. Nunca había vivido algo así en las tres décadas que lleva aquí. Es uno de los miles de pequeños empresarios que pidió la ayuda pública de emergencia de 5.000 euros para poder seguir funcionando. “A pesar de la caída de pasajeros, salgo casi a diario. Es mejor que quedarse en casa delante de la tele”.

A pocos metros del taxi, donde hace meses meses se formaban colas de turistas para subir a la cúpula de cristal del Bundestag, hoy se reúnen varios cientos de personas que niegan la pandemia. Forman parte del nuevo paisaje urbano de Berlín. Desde hace semanas, una variopinta mezcla de ultraderechistas, militantes de las más diversas teorías de la conspiración y ciudadanos descontentos protestan contra la limitación de derechos fundamentales.

Controlados por policías, que advierten con la mirada a los concentrados que deben mantener la distancia de seguridad, los negacionistas se reúnen con metros en la mano para hacer efectivo el metro y medio exigido. Mientras, un charlatán grita a los cuatro vientos su mensaje a través de un micrófono: “La República Federal nunca fue liberada del nacionalsocialismo. El Imperio alemán nunca dejó de existir. Seguimos siendo un país ocupado”.

Crónica pública en El Periódico de Catalunya.