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sábado, 14 de diciembre de 2024

Putin, a través de los ojos de Merkel

El nombre del presidente ruso aparece 143 veces en “Libertad” - el libro de memorias recién publicado por la excanciller alemana -, más que ningún otro de los líderes con los que Merkel compartió reuniones y llamadas durante sus 16 años de Gobierno


Vladímir Putin, en una celebración en la sede de Stasi en Dresde. © Andreu Jerez Ríos

Cuando Angela Merkel se convirtió en canciller federal de Alemania en noviembre de 2005, Vladímir Putin ya lleva 5 años al frente de Rusia. Cuando la política democristiana dejó de ocupar la cancillería en diciembre de 2021, Putin seguía ahí, siendo presidente ruso. Ningún otro gran líder internacional estuvo tanto tiempo en el poder durante los 16 años de la ‘era Merkel’. Difícilmente haya habido un presidente con el que Merkel se haya reunido más veces que con Putin mientras estuvo en la primera línea de la política alemana e internacional. 

Esa convivencia en lo más alto del poder se proyecta en las memorias recién publicadas por Merkel bajo el título de “Libertad”: 143 veces aparece Putin mencionado en el libro con su apellido, más que Obama (56), Sarkozy (45), Bush (31), Tsipras (23), Cameron (12), Xi Jinping (3), Trudeau (3), Lula da Silva (2), Mariano Rajoy (2) o Pedro Sánchez (1), por poner sólo algunos ejemplos. De hecho, sólo dos nombres de esos líderes ocupan un espacio en el índice de las memorias merkelianas: “Almuerzo con George W. Bush” y “Esperando a Vladímir Putin” ha titulado la excanciller dos capítulos de la cuarta parte del libro de 740 páginas. 

Pese a sus evidentes diferencias, agrandadas tras el inicio de la invasión rusa de Ucrania, Angela Merkel y Vladímir Putin pudieron entenderse. Varios elementos de sus biografías hicieron la comunicación más fácil que entre Putin y otros líderes occidentales. En primer lugar, ambos vivieron en un país que ya no existe: la República Democrática Alemana (RDA), el sistema socialista oriental que se derrumbó tras la caída del Muro de Berlín en 1989. Merkel creció, se educó, se doctoró y vivió los primeros 35 años de su vida en la RDA. Putin vivió y trabajó como agente del KGB en Dresde entre 1985 y 1990, como todavía acreditan numerosos documentos hallados en lo que fue la central de la Stasi – la policía germanooriental – en la capital sajona. 

Merkel aprendió ruso tanto en la escuela como en la universidad, como cuenta en las 200 primeras páginas de sus memorias, dedicadas exclusivamente a la primera parte de su vida, la que trascurrió en la RDA, previa al inicio de su carrera política. Putin aprendió alemán durante su estancia en la Alemania oriental, además de diferentes estancias e intercambios en la Unión Soviética. “Su alemán era bastante mejor que mi ruso”, reconoce Merkel en uno de los pasajes dedicados a uno de sus encuentros con Putin. La lectura de los fragmentos de las memorias dedicados a Vladímir Putin son una valiosa documentación para entender mejor al presidente ruso a través de los ojos de Merkel. 


“Esperando Vladímir Putin” 

Junio de 2007, cumbre del G8 en el balneario de Heiligendamm, en la costa alemana del Mar Báltico. Merkel se encuentra en el ecuador de su primera legislatura como canciller y recibe a los líderes de los siete países más industrializados del planeta. Putin está entre ellos. Rusia busca reencontrar su posición en el mundo tras el trauma del hundimiento de la Unión Soviética y los años más duros de la terapia del shock económica, la privatización del patrimonio estatal y la transición al capitalismo de corte occidental. 

A las puertas de la cumbre, miles de manifestantes llegados de diferentes partes de Europa y del mundo protestan contra el modelo de planeta que proponen los líderes reunidos. Las marchas son uno de los últimos coletazos de lo que se llamó el movimiento altermundista o antiglobalización, nacido a finales del siglo pasado. Las fuertes medidas de seguridad y la presencia policial no evitan fuertes disturbios.

Dentro de la cumbre, el presidente Putin usa sus propios métodos para colocar de nuevo a Rusia en el mapa del poder internacional. “Antes de la cena, quería reunirme con los otros siete jefes de Estado y de Gobierno para tomar un aperitivo. El tiempo era bueno, podíamos sentarnos fuera. Los periodistas iban a la caza de fotos”, narra Merkel en la página 375 de sus memorias. “Sólo faltaba uno: Vladímir Putin. Esperamos y esperamos. Si hay algo que no soporto, es la impuntualidad. ¿Por qué hacía eso? ¿A quién intentaba demostrarle algo?", continúa Merkel. 

Finalmente, el presidente ruso llegó con 45 minutos de retraso. “¿Qué ha pasado?”, preguntó Merkel, casi preocupada. “Tú tienes la culpa. Más concretamente, la Radeberger”, respondió Putin. Radeberger es una marca de cerveza alemana que Putin conocía de su tiempo como agente del KGB en Dresde y que le gusta beber. Merkel decidió dejarle una caja como cortesía en la habitación de su hotel, como él mismo había pedido. “Parecía disfrutar siendo el centro de atención. Probablemente sentía mucha felicidad por haber obligado al presidente estadounidense a esperarle”, escribe la excanciller.


 

“Perdóname, Angela” 

 Putin y Merkel no se conocieron en la RDA. El primer recuerdo de un encuentro personal que la excanciller conserva se remonta a junio del año 2000, cuando ya era presidenta de la conservadora CDU. Su partido todavía estaba en la oposición cuando Putin visitó Berlín como presidente de la Federación Rusa. La primera visita de Merkel al Kremlin fue en febrero de 2002. El socialdemócrata Gerhard Schröder todavía era canciller de Alemania y Putin tendía la mano a Occidente. Un año antes, el presidente ruso había ofrecido un discurso ante el Bundestag. Recibió un aplauso prácticamente cerrado de los diputados federales alemanes. Merkel ocupaba un escaño como diputada democristiana.

En enero de 2007, Merkel visitó a Putin en su residencia privada en la ciudad de Sochi, en la costa rusa del Mar Negro. Antes de la reunión ante la prensa, el equipo de Merkel pidió al de Putin que evitase sacar a su labrador negro Koni, como ya había hecho el presidente ruso en la recepción de otros mandatarios. “Desde mi primera visita como canciller en 2006, Putin sabía que yo tenía miedo de los perros porque uno me había mordido en 1995”, cuenta Merkel en la página 380. La petición no sirvió de nada. Putin dejó entrar a Koni ante los focos de las cámaras y los flashes de los fotógrafos. 

Durante el intercambio de posiciones, el perro no sólo se paseó libremente por la sala, sino que llegó a sentarse a los pies de Merkel, quien, con gesto nervioso, intentaba mantener la calma mientras Putin dibujaba una sonrisa. “Interpreté por su expresión facial que estaba disfrutando de la situación. ¿Simplemente quería ver cómo reacciona una persona en apuros? ¿O era una pequeña demostración de poder?”, reflexiona Merkel. Preguntado al respecto, Putin dijo recientemente, 17 años después del episodio: “Perdóname, Angela. No quería causarte sufrimiento alguno”. 


‘No’ a Georgia y Ucrania 

Uno de los episodios que Merkel explica en su libro con más carga de actualidad es la cumbre de la OTAN en Bucarest de 2008. Sobre la mesa estaba la posible adhesión de Georgia y Rumanía a la alianza militar. Merkel, con el apoyo del presidente francés Sarkozy, se opuso a allanar el camino de entrada para ambos países. Y lo argumenta de la siguiente manera: “Discutir el estatus de Ucrania y Georgia sin analizar también el punto de vista de Putin fue, en mi opinión, una negligencia grave. Desde que Putin llegó a la presidencia de su país en el año 2000, hizo todo lo que estuvo en su mano para convertir de nuevo a Rusia en un actor en la escena internacional, al que nadie pudiera ignorar, especialmente Estados Unidos”. 

La entonces canciller tenía por tanto en cuenta las preocupaciones de seguridad del vecino oriental, algo que hoy puede costarle a un político alemán ser calificado de “Putinversteher” (un neologismo peyorativo que significa algo así como “comprensivo con Putin”). También puso en duda que la entrada de Ucrania y Georgia aumentara la seguridad de ambos países, así como la de la OTAN. La cumbre de Bucarest acabó sin un acuerdo sobre la posible adhesión de Georgia y Ucrania, pero la declaración final abría la puerta a su entrada “algún día”, una fórmula general que suponía una declaración de intenciones y un “reto” para Putin, argumenta Merkel. 

En un encuentro posterior, Putin le dijo al respecto: “Tú no serás canciller para siempre. Y entonces Ucrania y Georgia se convertirán en miembros de la OTAN. Y quiero evitarlo”. Merkel pensó para sus adentros que él tampoco sería presidente ruso para siempre. En diciembre de 2024, camino al tercer aniversario del inicio de la invasión rusa de Ucrania, Putin sigue gobernando Rusia con mano de hierro, mientras Merkel se pasea por platós de televisión y teatros presentando sus memorias. Hay quien se pregunta si Putin habría ido tan lejos con Angela Merkel como canciller federal alemana. Un debate estéril a efectos prácticos, porque Merkel ha cerrado para siempre su carrera política hasta el punto de que evita inmiscuirse con sus declaraciones actuales en la gestión política actual del Gobierno alemán. Lo que quedan son sus memorias.

Reseña publicada por ElDiario.es.

domingo, 21 de junio de 2020

¿Está preparada la CDU (y Alemania) para el fin de la 'Era Merkel'?

La “Era Merkel” tiene fecha de caducidad: septiembre de 2021. Entonces, en poco más de un año, habrá nuevos comicios federales y su partido, la CDU, aún sigue sin candidato. A los 30 años de la reunificación, nos preguntamos en el capítulo de nuestro podcast 'La transición alemana': ¿tiene el conservadurismo alemán una alternativa a Merkel? 

Una cada vez más cuestión urgente por el malestar en algunos sectores de la sociedad alemana y por la sensación de que las actuales encuestas de intención de voto son espejismo generado por la pandemia. En esta séptima entrega del podcast intentamos encontrar respuestas:




martes, 1 de octubre de 2019

Se apaga la era Merkel: luces y sombras de un periodo para la historia

La era Merkel tiene fecha de caducidad: otoño de 2021. La Canciller alemana ya dijo que esta será su última legislatura. Si agota su actual mandato –algo que hoy no muchos se atreven a predecir, debido a la debilidad de la Gran Coalición que encabeza–, Merkel habrá estado al frente del Gobierno federal alemán un total de 16 años, tantos como su padre político, el gigante democristiano Helmut Kohl. La era Merkel ya ha comenzado, por tanto, a apagarse lentamente. 

“La pragmática del poder”, como la describía recientemente una crónica del diario conservador alemán Frankfurter Allgemeiner Zeitung durante su última visita a China, ha pilotado con luces y sombras un poder regional como Alemania, con un gran peso económico en el mundo, pero con una influencia política muy limitada más allá de las fronteras de la Unión Europea. 

Es hora de hacer repaso del liderazgo merkeliano, que, guste más o menos, pasará a la historia del siglo XXI. Comencemos por los aspectos positivos: 

La responsabilidad histórica ante la llamada “crisis de refugiados”: el reciente docudrama de la televisión pública alemana ZDF Horas decisivas: Merkel y los refugiados califica los primeros días de septiembre de 2015 como un punto de inflexión en la carrera política de la canciller. Miles de refugiados procedentes fundamentalmente de Oriente Medio comenzaron entonces una marcha a pie desde Hungría hacia Alemania; la “marcha de la esperanza”, como la bautizaron los mismos refugiados, dejó imágenes que impactaron con fuerza en la opinión pública alemana. 

En una reconstrucción de aquellos días de tensión política que combina hechos contrastados con ficción, el filme muestra a una Merkel que oscila entre la consciencia de que se encuentra ante una decisión de calado histórico y el cálculo político para amortiguar al máximo el desgaste electoral que iba a traer consigo la decisión de no cerrar las fronteras a los refugiados. 

Alemania recibió alrededor de un millón de personas peticionarias de asilo. Un cierre de las fronteras habría generado muy probablemente un caos en Europa oriental y en la ruta de los Balcanes, donde entre los países todavía rige un frágil equilibrio generado por las heridas no cicatrizadas de la guerra de Yugoslavia. Si Merkel hubiese cedido a la presión y cerrado las fronteras, habríamos muy probablemente sido testigos de escenas de represión (aún más duras) con quién sabe cuántos muertos.  

“Con toda honestidad tengo que decir que si ahora tenemos que comenzar a disculparnos porque mostramos una cara amable en situaciones de emergencia, entonces este ya no es mi país”. Esto lo dijo Merkel durante una rueda de prensa en 2015 junto al entonces canciller austríaco, el socialdemócrata Werner Faymann, otra figura clave para entender lo ocurrido aquellos días. Merkel se enfrentaba sin reservas a aquellas voces que la calificaban de “traidora de la patria” y de “canciller anticonstitucional”, y que posteriormente alimentaron a la joven ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD), hoy tercera fuerza del Bundestag.

Merkel ha pagado un indudable precio por aquella decisión y llega al tramo final de su carrera política más debilitada que nunca. Aunque también convendría analizar el papel que jugó la Canciller en el controvertido acuerdo entre la Unión Europea y Turquía para frenar la llegada de refugiados a Europa, a estas alturas está bastante claro que su impopular decisión de acoger a los refugiados evitó males mayores. 

Aquella decisión fue, además, consecuente con la propia biografía personal de Merkel, exciudadana de la socialista República Democrática Alemana (RDA), un país ya desaparecido y cuyo hundimiento expulsó a miles de refugiados a finales de los 80 del siglo pasado.  

Talante negociador en un mundo cargado de testosterona: Merkel no lo ha tenido fácil para abrirse camino en la política alemana; su condición de mujer y de alemana oriental no le granjearon precisamente apoyos dentro de su propio partido, la conservadora Unión Cristiano Demócrata (CDU). En una esfera política dominada demasiado a menudo por la testosterona, ella ha mostrado un tono más reposado y un talante negociador abierto a pactos con actores políticos con los que era sumamente complicado llegar a compromisos. La Canciller alemana ha intentado, en definitiva, evitar el juego de suma cero a la hora de hacer política. 

El antecesor de Merkel en la cancillería, el socialdemócrata Gerhard Schröder, fue todo un macho alfa de la política alemana y europea; en la memoria de muchos periodistas todavía están vivas las imágenes de un Schröder derrotado en las urnas en las elecciones federales de 2015, pero que se mostraba condescendiente y paternalista con la que iba a ser su sucesora en el cargo, una risueña Angela Merkel. 

Pese a los augurios de Schröder, que aseguró que Merkel no sería canciller con los votos socialdemócratas, la líder democristiana acabó formando su primer gobierno de Gran Coalición después de aquellas elecciones de 2005. Schröder era historia. Su fin daba paso a un liderazgo menos estridente, más dialogante y también más aburrido. Sin grandes aspavientos, Merkel ha sabido tejer mayorías parlamentarias en situaciones complicadas. 

Schröder nunca más volvió a la política, pero el mundo de 2019 sigue estando cargado de liderazgos guiados por la testosterona. Frente a presidentes de potencias globales como Donald Trump, Vladímir Putin, Jair Bolsonaro o Boris Johnson, Merkel evita alzar el tono y sigue apostando por un pragmatismo pactista en la arena internacional. Algunos de sus adversarios políticos dentro de Alemania incluso reconocen que ese será un valor que echarán de menos cuando Merkel diga definitivamente adiós a la vida política. 

Centrismo de la CDU: “No tenemos por qué asumir todas las posiciones que los socialdemócratas consideren correctas”. Estas palabras de Friedrich Merz, uno de los candidatos que se presentaron a las primarias para suceder a Merkel en la presidencia de la CDU, representan al ala más conservadora del partido democristiano. Merz, que finalmente perdió ante Annegret Kramp-Karrenbauer al igual que lo hizo ante Merkel cuando Kohl se retiró de la vida política, verbalizó con su candidatura una crítica que hace tiempo que cunde entre las filas del partido conservador: que Merkel ha girado demasiado hacia a la izquierda o, al menos, hacia el centro del tablero político. 

La canciller “pragmática” ha asumido efectivamente ciertas batallas del centroizquierda, no en lo económico, pero sí en cuanto a las libertades civiles y el medio ambiente. Con la catástrofe de Fukushima, Merkel decidió abandonar definitivamente la energía nuclear de cara a 2022 para apostar por las fuentes de energía renovables. Los ecoliberales de Los Verdes veían así cómo la Canciller les arrebataba uno de los principales temas electorales. 

Otro ejemplo: en 2017, Merkel abandonó su rechazo sin fisuras al matrimonio homosexual, muy controvertido entre amplias capas de la población de un país predominantemente conservador, y decidió dar libertad de voto a los diputados de la CDU en una votación al respecto en el Bundestag. Aunque la Canciller acabó votando en contra, la ley salió adelante también gracias al apoyo de 70 diputados conservadores. Nuevamente, Merkel hacía del pragmatismo su principal arma política y dejaba el camino libre a una legislación de corte liberal sin necesidad de votar a favor. 

Pero la era Merkel ha estado lejos de ser todo luces. El liderazgo de la Canciller ha estado marcado por las sombras y por decisiones que, dado el peso político de Alemania en la Unión Europea, tuvieron un impacto más allá de las fronteras de la potencia regional. Repasemos algunos de los aspectos negativos. 

El surgimiento de AfD, un fracaso personal: “A la derecha de la Unión [CDU-CSU] no puede haber ningún partido legitimado políticamente”. Esta frase la pronunció el padre de los socialcristianos bávaros, Franz Josef Strauß, en los 80 al calor del partido ultraderechista Die Republikaner, que llegó a conseguir representación a nivel regional y municipal. 

La frase de Strauß resume uno de los pactos tácitos de la política alemana nacidos tras la Segunda Guerra Mundial: los partidos establecidos no podían permitir el surgimiento y establecimiento de una fuerza política ultraderechista con un electorado lo suficientemente transversal como para superar la barrera del 5% que permite acceder en el Bundestag. 

La historia moderna de Alemania, con la catástrofe nacionalsocialista como hito más traumático, justifica ese pacto de su partitocracia. El nacimiento en 2013 de AfD y su entrada en el Bundestag en septiembre de 2017 con el 12,6% de los votos –y como tercera fuerza más votada– supone un punto de inflexión para la República Federal de Alemania y un fracaso personal de Angela Merkel. El “Factor AfD” es probablemente la mayor mancha en la hoja de servicios de la Canciller y acaba de un brochazo con la máxima de Franz Josef Strauß. 

AfD, con un discurso ultranacionalista, xenófobo, islamófobo, eurófobo y revisionista de la historia, pone a Alemania en una situación complicada: por una parte, supone el surgimiento de una incómoda agenda política presuntamente enterrada tras 1945 y, por otra, dificulta la formación de gobiernos federales y regionales estables, debido a la fragmentación del arco parlamentario. Merkel fracasó a la hora de calibrar correctamente la amenaza real de que AfD pudiese abrirse un espacio electoral a la derecha de su partido, y se marchará del poder dejando un peligroso factor en la ecuación política alemana. 

Las recientes elecciones regionales de los estados orientales de Brandeburgo y Sajonia así lo confirman: AfD consiguió ser segunda fuerza con más del 20% de los votos y con espectaculares avances en ambos estados. Y aunque la fuerza ultra parece haberse estancado en un 13% en la intención de voto a escala federal, convendría no subestimar su capacidad de seguir creciendo electoralmente. Todo dependerá de la coyuntura. 

La gestión de la crisis de deuda y del euro: la crisis financiera y de la moneda única europea impulsaron precisamente el surgimiento de AfD, que un primer momento era un partido euroescéptico, neoliberal y opuesto a las políticas de rescate de los Estados de la periferia de la UE y también de los bancos. En este contexto, Merkel usó en reiteradas ocasiones el argumento de que todas esas medidas, acompañadas por la austeridad del gasto público, era alternativlos, una palabra alemana cuya traducción al castellano responde a “sin alternativa”. 

Merkel apagaba así todo debate político sobre la viabilidad de otras recetas económicas para superar la crisis que estaban sufriendo los países de la UE y también su moneda. Esta “Alternativlosigkeit” pregonada a los cuatro vientos por Merkel fue demasiado a menudo complementada por la inflexibilidad, el paternalismo e incluso cierto chauvinismo económico alemán, encarnado mejor que nadie por el exministro de Finanzas Wolfgang Schäuble, considerado durante años el amo de llaves de la Canciller. 

Lo peor de aquella crisis ya quedó –al menos oficialmente– a nuestras espaldas, pero ha dejado tras de sí una profunda huella en clases medias y bajas no sólo en la periferia europea, sino también dentro de la propia Alemania, cuya política de freno de gasto público y contención salarial ha provocado un aumento de la brecha entre los ricos y la clase asalariada. Y todo ello, a las puertas de una recesión económica. 

Concentración de la riqueza y desigualdad en un modelo falto de reformas: Alemania es uno de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en los que la concentración de la riqueza se ha acentuado más en los últimos años: según un informe de la OCDE de 2015, solo el 10% de la población acumula el 60% del patrimonio privado del país, mientras el 40% más pobre no posee prácticamente nada. A pesar de que la Gran Recesión golpeó con fuerza a las exportaciones alemanas y el PIB del país en 2009, los datos macroeconómicos se han mantenido relativamente estables desde entonces. 

Sin embargo, esa estabilidad macroeconómica también ha ido acompañada de un desgaste de las rentas más bajas a través de dos fenómenos concretos: el aumento de la precariedad laboral o del trabajador pobre, y una creciente pobreza en la tercera edad difícilmente comprensible en un país rico como Alemania. Las imágenes de ancianos buscando botellas retornables en las grandes ciudades del país o de jubilados haciendo cola ante los bancos de alimentos han dejado de ser anómalas en la locomotora económica europea. Y la ultraderecha no ha dudado en capitalizar políticamente ese desgaste social. 

La llamada Agenda 2010, el paquete de reformas neoliberales introducido por el gobierno rojiverde del canciller Gerhard Schröder en 2003, abrió el camino a la precarización de importantes capas asalariadas de Alemania. Como apuntan estadísticas de la Oficina Federal de Empleo, en abril de 2017 en Alemania había más de 7 millones de personas con un trabajo temporal y/o poco remunerado. 

Un informe de la Fundación Blöcker –dependiente de la DGB, la mayor organización sindical alemana– aumenta esa cifra: 2016 cerró en Alemania con 14 millones de personas con un trabajo temporal, un subempleo, un minijob o cualquier otro trabajo de pocas horas a la semana y, por regla general, poco o insuficientemente remunerado. La desigualdad en Alemania no es, por tanto, un mito. Se refleja en las estadísticas y también en la calle. 

Merkel llegó al poder en 2005, cuando las reformas neoliberales de Schröder ya se habían puesto en marcha. La Canciller, que ha gobernado con los socialdemócratas del SPD tres legislaturas y con los liberales del FDP una, ha tenido más de una década para hacer reformas en un modelo económico que está generando disfunciones sociales; no obstante, se ha limitado a mantener las líneas maestras de un modelo basado en las exportaciones (suponen casi la mitad del PIB alemán), el dogma del déficit cero y la contención salarial. 

La guerra comercial entre el Estados Unidos de Trump y China, y las tendencias proteccionistas en el mercado internacional amenazan ahora las bases del modelo económico alemán, que no ha sido reformado desde que Merkel llegó al poder. La pendiente digitalización de importantes sectores de la economía germana, el declive de su sector automovilístico y el fuerte aumento de los precios de la vivienda en los grandes núcleos urbanos del país, que amenazan con dejar a amplios sectores de la ciudadanía fuera del mercado inmobiliario, provocan que lo que antes parecía un modelo económico incontestable aparezca ahora como una economía de futuro incierto. 

A la espera de ver cuál será el impacto de la recesión que ya asoma en el horizonte, la existencia de una fracción parlamentaria abiertamente ultraderechista como la de AfD con más de 90 diputados apunta que el margen político para el gobierno federal se estrechará aún más ante un eventual escenario de dificultades económicas para Alemania. Merkel dirá adiós a la política como muy tarde en 2021. La amenaza de la ultraderecha, sin embargo, sobrevivirá a la Canciller.

Análisis publicado por Esglobal.org.

jueves, 22 de noviembre de 2018

“Mi cara polariza”: Merkel, en Chemnitz después de los disturbios ultras

“Reflexioné durante mucho tiempo sobre cuándo sería el mejor momento para venir a Chemnitz, porque, por una parte, sé que mi cara polariza y, por otra, quería visitar la ciudad sin que hubiera un ambiente crispado”. Estas fueron las primeras palabras que Angela Merkel pronunció este viernes frente a un auditorio compuesto por ciudadanos de la ciudad germanooriental elegidos por la dirección del diario local Freie Presse

Casi tres meses después de las protestas de corte ultraderechista a raíz del asesinato del ciudadano cubano-alemán Daniel H., presuntamente a manos de peticionarios de asilo, la canciller visitó finalmente la ciudad sajona. Reaccionaba así a las críticas de la alcaldesa de Chemnitz, la socialdemócrata Barbara Ludwig, quien dijo que la visita de la canciller debería haber llegado antes. Merkel quiso hacerse una idea de la situación de la localidad, considerada uno de los bastiones del ultraderechismo y del movimiento anti-Merkel, y hacer visible que Chemnitz es mucho más que las imágenes de disturbios ultras y pogromos xenófobos que dieron la vuelta al mundo a finales del pasado agosto. 

Con un cuidado y controlado programa, la canciller visitó a un equipo de baloncesto local y participó en un diálogo ciudadano organizado por Freie Presse al que sólo unos pocos representantes de la prensa pudieron acceder. Merkel evitó pisar las calles en las hace sólo unos meses grupos de ultraderechistas y neonazis gritaron eslóganes xenófobos, agredieron a extranjeros y mostraron músculo ultranacionalista. La todavía presidenta de la CDU, que se encuentra en el momento de mayor debilidad de toda su carrera política, se cuidó de dejar imágenes incómodas y de tensión con ciudadanos contrarios a su política migratoria y a su forma de gobernar.  

Choque de civilizaciones 

“¡Prensa mentirosa”, “¡Merkel debe irse!”, “¡Nosotros somos el pueblo, nosotros somos el cambio!”, “¡Este es nuestro país!”. Mientras Merkel dialogaba con ciudadanos en el interior del acto, la plataforma ciudadana derechista Pro Chemnitz recibía a la canciller con los eslóganes que han protagonizado las marchas del movimiento islamófobo Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente) y del partido ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD) durante los últimos cuatro años. Alrededor de dos mil personas mostraron nuevamente en Chemnitz que ya sólo esperan una cosa de Merkel: su dimisión. 

Pro Chemnitz, que cuenta con una fracción propia de cuatro concejales en el ayuntamiento de la ciudad, lleva organizando semanalmente este tipo de marchas desde la ola de violencia desatada el pasado agosto. “Le decimos adiós. Tour de despedida de Angela Merkel” era el irónico lema de la concentración convocada este viernes por el movimiento ciudadano autoproclamado “conservador” y “patriota”, y que niega rotundamente ser ultraderechista. La plataforma ya celebra que Merkel haya anunciado que esta será su última legislatura en el poder, pero sigue exigiendo el fin de su política migratoria mientras siga en la cancillería. 

“No estamos en contra de la inmigración, sino en contra de una inmigración descontrolada y, sobre todo, en contra de la inmigración de hombres musulmanes menores de 40 años que no huyen de nada, sino que simplemente pretenden una vida mejor”, dice a Jahn Zoschke, jefe de prensa de Pro Chemnitz. Con un discurso muy bien argumentado, pausado y reflexionado, Zoschke lanza un mensaje meridianamente claro: el problema no son los extranjeros, sino el Islam. “Se trata de un lucha de culturas”, de un choque de civilizaciones, una teoría trazada por el politólogo estadounidense Samuel Huntington hace más de dos décadas y que ahora cosecha un considerable número de seguidores en las llamadas Nuevas Derechas alemanas

La marcha anti-Merkel de este viernes confirma que buena parte de los simpatizantes de plataformas ciudadanas como Pro Chemnitz o de los votantes del principal partido ultraderechista alemán, AfD (actualmente tercera fuerza del Bundestag), no son ni mucho menos militantes del neonazismo violento. Grupos de jóvenes, jubilados y familias enteras participaron en la marcha para gritar con todas sus fuerzas que ya no quieren más a Merkel. Que los participantes en la marcha no sean militantes de grupos neonazis o violentos no significa, sin embargo, que no defiendan posiciones abiertamente radicales o xenófobas. Basta con hablar con ellos para encontrar algunos ejemplos.

Thomas y Nico son una pareja de unos 40 años que ha recorrido unos 400 kilómetros desde Renania para mostrar su rechazo a Merkel. No están en Chemnitz sólo por su política migratoria, sino también por su política económica y por su “inacción” en la crisis financiera. “Tenemos la sensación de que Merkel hace tiempo que dejó de escuchar”, dice Thomas. “Aquí no hay ultraderechistas, aquí sólo hay patriotas”, añade. Merkel representa al establishment y ellos están cansados de que manden siempre los mismos. 

Rainer y Wienfried son dos jubilados residentes en Chemnitz. Ambos acceden a hablar con este periodista porque no trabaja para ningún medio alemán. La prensa, especialmente la nacional, sigue siendo uno de los principales enemigos de las Nuevas Derechas alemanas. Rainer enumera las tres razones que lo han traído hoy hasta aquí: la inmigración, la política energética y las sucesivas políticas del rescate dentro de la zona Euro impulsadas por el gobierno de Merkel. Los tres temas forman parte de la agenda fundamental de AfD. Para Rainer, todos los problemas actuales de Alemania proceden de “la ideología izquierdista” y del “neomarxismo”, cuyas raíces llegan hasta las revueltas de 1968 y siguen teniendo amplias cuotas de poder en el país. 

“El Islam no pertenece a Alemania. La inmigración procedente de Afganistán, un país que todavía vive en la Edad Media, nunca podrá integrarse”, asegura a este diario una manifestante de unos 60 años. Su marido añade: “Y luego vendrán los negros, que son muchísimo peores”. La pareja, elegantemente vestida, evita dar sus nombres de pila, ni siquiera quieren revelar dónde viven. Prefieren que sus argumentaciones, que rebasan ampliamente los márgenes de lo políticamente correcto en Alemania, queden en el anonimato. 

“¿Cuándo piensa usted dimitir?” 

Mientras afuera el ambiente se calentaba pese a las bajas temperaturas, dentro Merkel seguía respondiendo a las incómodas preguntas de los ciudadanos elegidos por el diario local. Muchas de las cuestiones iban dirigidas contra la política migratoria de su gobierno, que abrió la puerta del país a alrededor de un millón de refugiados sólo en 2015. Merkel reconoció errores y descontrol en la gestión de la llegada de peticionarios de asilo, pero volvió a rechazar la posición de los que fuera exigían su dimisión: “Yo siempre estoy preparada para hablar con quiera conversar conmigo. Lo triste es que hoy haya manifestaciones que no buscan el diálogo, sino hacer callar a otros”. 

Gabi Engelhardt y Bernhard Herrmann conocen de primera mano la intolerancia de una parte de los “ciudadanos preocupados” que protestan cada semana contra Merkel y su política de asilo. Gabi forma parte de la plataforma Aufstehen Gegen Rassismus (Levantarse Contra el Racismo) y Bernhard es concejal en el Ayuntamiento de Chemnitz por el partido ecoliberal de Los Verdes. Ambos son parte de la Alemania que se niega a aceptar que el Islam no pertenece a Europa y que los refugiados e inmigrantes musulmanes nunca podrán integrarse plenamente en el país. 

“Después de las manifestaciones de Pro Chemnitz ha habido agresiones y hemos visto saludos hitlerianos en sus marchas. Recientemente, hubo un ataque contra un restaurante turco. Todo eso tiene relación con la atmósfera racista propagada por la plataforma”, dice Gabi Engelhardt en una concentración contra el racismo organizada frente al enorme busto de Karl Marx que todavía se conserva en el centro de la ciudad tres décadas después de la caída de la autoritaria República Democrática Alemana. La activista reconoce que Chemnitz sigue siendo una ciudad dividida. Una división que incluso se proyecta dentro de las familias y los grupos de amigos. 

“A Chemnitz le va bien económicamente, hay poco desempleo. Sin embargo, hay una creciente brecha entre los barrios a los que les va bien y aquellos en los que se concentran los desempleados de larga duración”, explica el concejal verde Herrmann. “Además, en un lapso de dos años, Chemnitz ha pasado de ser un ciudad grande, pero provinciana, a una ciudad europea de corte internacional. Ese proceso de internacionalización ha sido especialmente rápido y tiene una relación directa con la llegada de refugiados”. 

La polarización de Chemnitz no deja de ser, en definitiva, una proyección de la Alemania de la que Angela Merkel ya ha comenzado a despedirse políticamente: tras 13 años en el poder, la canciller democristiana, un día considerada la mujer más poderosa del mundo, ya no es capaz de alcanzar amplías mayorías electorales que le permitan gobernar sin dificultades. Merkel genera rechazo y enfado entre importantes sectores de la población alemana. El fenómeno AfD y la consecuente inestabilidad política, que hasta hace bien poco era desconocida por el país más rico y poblado de la UE, son un reflejo de todo ello.


“Una última pregunta, señora Merkel, ¿cuándo piensa usted dimitir?”, interpeló a la canciller un participante del diálogo ciudadano. Fue la intervención más incómoda. El espíritu de la concentración ultra que gritaba eslóganes contra Merkel a las puertas del edificio se coló en la sala para sorpresa de los presentes. Mientras tanto, los “ciudadanos preocupados” no se cansaban de gritar en la fría noche de Chemnitz: “¡Vete ya!¡Vete ya!¡Vete ya!”.

Crónica publicada por El Confidencial.

domingo, 18 de marzo de 2018

Alemania compra tiempo

Cuando Angela Merkel sea investida canciller hoy en el Bundestag, habrán pasado casi seis meses desde las últimas elecciones. Desde su fundación en 1949, la República Federal nunca antes había tardado tanto en formar gobierno, nunca antes había vivido tanto tiempo bajo un gobierno de funciones. El transcurso de estos últimos seis meses dejó en evidencia que el país más poblado, rico y poderoso de la Unión Europea está aprendiendo a vivir en un escenario que hasta ahora le era desconocido: la inestabilidad política. 

Las elecciones federales del 24 de setiembre arrojaron unos resultados históricos en muchos aspectos: la “gran coalición” gobernante –integrada por las conservadoras Unión Cristianodemócrata (CDU) y Unión Socialcristiana de Baviera (CSU), y también por el Partido Socialdemócrata (SPD)– perdió casi 14 puntos respecto de los comicios anteriores. Las elecciones dejaron, además, el Parlamento federal más fragmentado de la historia reciente del país (con siete organizaciones políticas repartidas en seis fracciones parlamentarias), y, sobre todo, permitieron que la joven ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) obtuviera un sensacional resultado: con 12,6% de los votos, se convirtió en la tercera fuerza más votada, todo un golpe simbólico para un país con una historia marcada a fuego por el nacional-socialismo y el holocausto. 

La presencia de la ultraderecha y la fragmentación del tablero político son precisamente los dos principales factores que explican por qué Alemania ha necesitado esta vez tanto tiempo para formar un gobierno de coalición. La constante amenaza de una repetición electoral como telón de fondo, en la que la ultraderecha podía incluso mejorar su resultado, condicionó inevitablemente unas negociaciones de por sí muy complicadas entre los partidos con intención de gobernar. El inesperado fracaso de la llamada Coalición Jamaica fue un ejemplo de ello. 

La coalición imposible 

“Es mejor no gobernar que gobernar mal”. La madrugada del 19 de noviembre dejó una frase que probablemente pasará al panteón de sentencias políticas históricas de la República Federal. La pronunció a altas horas de la noche el presidente del Partido Liberal (FDP), Christian Lindner. Tras semanas de duras e intensas conversaciones con la unión conservadora liderada por Merkel y los ecologistas Los Verdes, Lindner anunciaba que su partido se retiraba de la mesa de negociaciones. La llamada Coalición Jamaica (por los colores de los partidos implicados –negro, verde y amarillo–), hasta ahora inédita en el gobierno federal, se demostraba así como imposible. Dos meses después de las elecciones, Merkel se situaba de nuevo en la casilla de salida para intentar formar un gobierno estable. 

Tras unos resultados electorales marcados por el fantasma ultraderechista y por la fragmentación, el fracaso de la Coalición Jamaica era la siguiente prueba de que Alemania se estaba adentrando en un territorio hasta ahora desconocido por el país: el de la incertidumbre política. Si algo había precisamente caracterizado la vida política e institucional de Alemania, eso había sido la estabilidad política. 

“La colaboración entre la CDU, la CSU y el SPD termina hoy. Seremos oposición”. En Berlín, en la noche del 24 de diciembre de 2017, pocas horas después del cierre de los colegios electorales, el entonces presidente del SPD, Martin Schulz, pronunciaba con pasmosa rotundidad esa sentencia que tendría que tragarse pocos meses más tarde. El SPD acababa de cosechar su peor resultado electoral desde 1949. 

Con 20,5% de los votos, el líder de los socialdemócratas alemanes decía en el horario de máxima audiencia y en la televisión pública que sólo había un camino para recuperar la credibilidad de su partido: la oposición parlamentaria. Schulz aprovechó, además, la ocasión para lanzar duros ataques a Merkel, quien, también presente en el estudio de televisión, encajó los golpes bajos con una media sonrisa. Hoy Schulz, quien renunció a la presidencia del SPD hace semanas, es un cadáver político. Merkel, por su parte, está a punto de ser investida canciller por cuarto mandato consecutivo. 

Tras el fracaso de la Coalición Jamaica, Merkel no dudó en poner en marcha la opción de reeditar la Gran Coalición. Un gobierno entre conservadores y socialdemócratas era su última carta para formar un gobierno estable y evitar un Ejecutivo en minoría. Con la amenaza de convocar nuevas elecciones como as en la manga, Merkel obligó a Schulz y los suyos a sentarse a la mesa de negociaciones. A finales de febrero, y tras unas conversaciones relativamente rápidas, la CDU CSU y el SPD anunciaban un pacto de gobierno. Alemania tendrá así un nuevo ejecutivo de Gran Coalición (el tercero de cuatro legislaturas), mientras que el SPD se sigue hundiendo en las encuestas. 

Crisis existencial del SPD 

Desde las elecciones de setiembre, los socialdemócratas celebraron dos congresos extraordinarios y un referéndum entre sus bases para dar la luz verde definitiva a la Gran Coalición. Tanta democracia interna es, en realidad, más síntoma de una crisis existencial que de un afán de la dirección del partido de refrendar sus grandes decisiones entre la militancia. En las últimas semanas, después del anuncio del pacto de Gran Coalición, algunas encuestas apuntaron incluso algo impensable tan sólo hace unos meses: la ultraderecha de AfD superaba en intención de voto al SPD, que caía hasta 15,5% de los votos. La falta de credibilidad política podría llevar ahora al partido más antiguo de Alemania a las puertas de la irrelevancia. 

“Renovación” es en estos días la palabra que la nueva dirección socialdemócrata utiliza para generar ilusión y confianza en el futuro de un partido cuyo derrumbe parece hoy imparable. La designada nueva presidenta de la formación, Andrea Nahles, promete que su presencia en el gobierno supondrá un claro acento social en las políticas de Merkel. Sin embargo, Nahles parece olvidar una estadística demoledora: el SPD ha perdido 50% de sus votantes en los últimos 20 años, aproximadamente la mitad de los cuales ha gobernado en coalición con la canciller democristiana. La siguiente cuestión se hace así inevitable: si la participación en las grandes coaliciones ha ido acompañada hasta ahora por un desgaste electoral socialdemócrata, ¿por qué esta vez debería ser diferente? 

Un país vecino como Austria, con una historia estrechamente ligada a la de Alemania, podría tal vez servir de referencia a la socialdemocracia germana para hacerse una idea de lo que podría deparar el futuro próximo: grandes coaliciones de conservadores y socialdemócratas gobernaron Austria de manera prácticamente ininterrumpida desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. En las últimas elecciones legislativas, de octubre, la ultraderecha del Partido de la Libertad de Austria fue la tercera fuerza más votada, con casi 26% de los sufragios y a menos de un punto de distancia del Partido Socialdemócrata de Austria. Hoy, una coalición de conservadores y ultraderechistas gobierna ese país. 

Alemania contará a partir de mañana con un gobierno de una mayoría parlamentaria suficientemente holgada para afrontar los desafíos internos y externos a los que se enfrentan Europa y el mundo. Sin embargo, parece difícil que la nueva Gran Coalición pueda frenar su pérdida de apoyo electoral, sufrida ya en las últimas elecciones. La ultraderecha de AfD liderará, como tercer partido más votado, la oposición parlamentaria en el Bundestag, una posición privilegiada para seguir agitando su discurso antiestablishment, cada vez más marcadamente ultranacionalista, islamófobo y xenófobo, e intentar así imponer al menos una parte de su agenda. 

Esta nueva Gran Coalición no parece nacer, en definitiva, del convencimiento político de que traerá lo mejor para el país, sino de una urgencia generada por la actual inestabilidad política. Cuando la era Merkel comienza la que probablemente sea su última legislatura, Alemania se dispone a comprar tiempo.

Artículo publicado el 18 de marzo de 2018 por el diario uruaguayo La Diaria.

sábado, 22 de julio de 2017

Alemania, dos años después del verano de los refugiados

Masas formadas por hombres, mujeres y niños agotados que atravesaban a pie las fronteras de Alemania; centros de acogida de refugiados saturados y con gente acampada a sus puertas; la burocracia y las autoridades germanas superadas por el torrente de peticiones de asilo; un poder político federal, estatal y local que, por momentos, pareció perder el control de la situación. 

Son todas imágenes registradas en Alemania a mediados de 2015, durante el llamado “verano de los refugiados”. Durante ese año, alrededor de 890.000 personas (según cifras oficiales), fundamentalmente procedentes de países como Siria, Irak y Afganistán, pero también de los Balcanes, buscaron cobijo en el país más rico, poblado y poderoso de la Unión Europea. 

Aquello fue todo un test de estrés para la canciller Angela Merkel y su Gobierno, cuya innegociable negativa al cierre de fronteras cosechó enemistades y críticas en el resto de Europa, y también dentro de Alemania: un número considerable de miembros del partido de Merkel, la CDU, comenzó a poner en entredicho la estrategia e incluso el liderato de la canciller; en el bautizado como “verano de los refugiados”, el joven partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) consiguió afianzarse como la tercera fuerza de intención de voto con un 15 por ciento en las encuestas electorales, su hasta ahora mayor porcentaje de intención de voto a nivel federal. Todo un aviso para Merkel, cuya popularidad tocó entonces mínimos históricos. 

Dos años después del “verano de los refugiados”, y a las puertas de unas elecciones federales que Merkel parece abocada a ganar nuevamente el próximo septiembre, ¿en qué punto se encuentra Alemania en su gestión de la llamada “crisis de refugiados”? ¿Qué ha ocurrido con ellos? ¿Hasta qué punto siguen marcado los refugiados la agenda política germana? ¿Cómo está funcionando su integración laboral en un país que objetivamente necesita de inmigración para mantener su modelo económico y su Estado del Bienestar? ¿Han asumido el resto de partidos ciertos postulados de la ultraderechista AfD por pura estrategia electoralista? ¿Concuerda la dialéctica de fronteras abiertas del Gobierno de Merkel con su política migratoria efectiva? 

Deportar: Afganistán, “país seguro” 

“Yo me ofrezco a acompañar a De Mazière a Afganistán y hacerle de traductora. Volamos a Kabul y él me debe mostrar cómo es posible viajar de la capital a otras zonas del país de forma segura… Es muy fácil estar sentado tras un escritorio y declarar desde ahí un país como seguro”.

Esta es la respuesta de Lina Homa, una joven refugiada afgana que ya lleva nueve años en Múnich, a la pregunta de qué le diría al ministro de Interior alemán, el democristiano Thomas de Mazière, respecto a que el Gobierno de Merkel haya calificado a Afganistán como país parcialmente seguro. En efecto, el Ministerio de Migración y Familia y el servicio exterior germanos consideran suficientemente seguras algunas regiones del país asiático como para deportar a refugiados afganos cuyas peticiones de asilo han sido rechazadas. Una calificación que De Mazière ha defendido en público una y otra vez.

Pero la realidad es terca: el pasado 31 de mayo, un coche bomba golpeó el centro de Kabul. El atentado dejó decenas de muertos y heridos, y destrozó por completo la fachada de la embajada alemana en la capital afgana. Las imágenes de destrucción no tardaron en llegar a Alemania y de desmontar la posición oficial del Gobierno federal respecto a la situación de seguridad en Afganistán, un país que todavía sigue objetivamente golpeado por el terrorismo, la violencia y el galopante desempleo.

Yasin Rahmati y Lina Homa. (Thomas Lobenwein)

“Deberían dejar de engañarse a sí mismos”, sentencia Lina sobre aquellos que defienden la postura de Berlín sobre su país de origen. A esta joven, sus padres la metieron en un avión con dirección a Fráncfort hace casi una década. Entonces tenía 16 años. Su familia era consciente de que ya no estaba en disposición de garantizar la seguridad de su hija en Afganistán. Al llegar sola y como menor a las fronteras alemanas, las autoridades del país se vieron obligadas a hacerse cargo de ella.

Lina habla hoy alemán prácticamente sin acento y está absolutamente integrada. La suya es una historia de éxito entre los centenares de dramas que viven los refugiados llegados a Alemania durante los últimos dos años. A su lado se encuentra Yasin Rahmati, un joven afgano que apenas lleva 21 meses en el país. Lina y Yasin forman parte de la asociación juvenil Heimaten, con sede en Múnich. Ambos trabajan en la integración de jóvenes procedentes de Siria, Irak, Afganistán, Sierra Leona, Somalia y Uganda. Lina tiene hoy un permiso de residencia; Yasin sigue esperando a una respuesta de las autoridades alemanas a su petición de asilo. Sabe que si esta es rechazada, lo más probable es que lo deporten.

“La gente tiene miedo porque cualquiera puede ser deportado en cualquier momento. Y ese es un pánico que afecta no sólo a los refugiados afganos, sino también de otros países”, asegura Marianne Seiler, la directora de la asociación Heimaten. Un pánico que se metió a finales del pasado mayo en millones de hogares alemanes a través de sus pantallas de televisión: decenas de policías, entre ellos algunos agentes de las fuerzas especiales bávaras, ejecutaban la orden de deportación de un refugiado afgano de 20 años en la ciudad de Núremberg. El joven fue sacado por la fuerza de un aula de la escuela en la que estaba cursando una formación profesional. Algunos de sus compañeros intentaron evitar que la policía se lo llevase. Los agentes reprimieron duramente la resistencia pasiva de los escolares. Unas imágenes difícilmente vendibles por el Gobierno alemán para defender su actual política migratoria. No todo son puertas abiertas en Alemania.





“Desde 2015, es evidente que la política, tanto a nivel federal como en los Estados federados, ha buscado vías para aumentar la cifra de deportaciones y limitar los derechos de los refugiados. Ya en los meses posteriores al verano de 2015 vimos como se hacía efectivo el endurecimiento de leyes”, asegura Stephan Dünnwald, miembro del Consejo Bávaro de Refugiados.

Desde el “verano de los refugiados”, el Parlamento federal alemán, con los votos de la Gran Coalición conformada por conservadores y socialdemócratas, ha aprobado diversos endurecimientos de la Ley de Asilo; unas reformas que dificultan la reunificación familiar de refugiados que no son reconocidos como tales por las autoridades alemanas, que limitan su libertad de movimiento en territorio alemán, que facilitan su retención, hacen más sencillo el procedimiento de expulsión de personas con pocas perspectivas de conseguir asilo e incluso permiten que las autoridades intervengan los móviles y las comunicaciones de aquellos refugiados que no tengan documentos para acreditar su identidad. Estas reformas legislativas han sido criticadas por organizaciones pro Derechos Humanos.

Además de la innegable amenaza yihadista, Stephan Dünnwald no tiene dudas del papel jugado por los ultras de AfD, cuya presión electoral parece haber alimentado ese giro a la derecha de la política migratoria del Gobierno encabezado por Merkel. Las consecuencias del endurecimiento de la Ley de Asilo permanecen invisibles en la mayoría de ocasiones, pero en ocasiones deja paradigmáticas imágenes como las de la violenta deportación del joven afgano en Núremberg.

Merkel logra su objetivo 

Según estadísticas oficiales, la cifra de peticiones de asilo se ha reducido exponencialmente en los primeros seis meses de 2017 respecto a los dos años anteriores: en 2015, Alemania recibió casi medio millón de peticiones de asilo; en 2016, esa cifra rozó los 800.000 refugiados; entre enero y junio del presente año, las peticiones de asilo superaron ligeramente las 111.000. Eso supone una caída del 73 por ciento respecto al mismo periodo de 2016. El acuerdo entre la UE y Turquía y el cierre de la ruta de los Balcanes han sido la clave de esa reducción, a la que también parece haber contribuido el endurecimiento de la legislación alemana que disuade a muchos refugiados de presentar su solicitud de asilo.

Angela Merkel consigue así uno de sus grandes objetivos coyunturales: sacar la llamada “crisis de refugiados” (que suponía un claro lastre para su nueva candidatura a la cancillería) de la primera línea de la agenda política en pleno año electoral. Y ello sin tener que prescindir del cartel de gran defensora de la política de fronteras abiertas y de acogida de refugiados, a pesar de que la realidad de su gestión apunte en otra dirección: el rechazo de peticiones de asilo crece, obtener el estatus de refugiado cada vez es más difícil en Alemania.

Ello no deja de ser paradójico en un país profundamente envejecido y que necesita objetivamente de la inmigración para combatir a corto y medio plazo la grave crisis demográfica que sufre y que pone en peligro su modelo económico y su Estado del Bienestar. No es menos paradójica la actual situación en el mercado laboral alemán: muchos empresarios siguen sin poder cubrir la demanda de mano de obra en numerosos sectores, mientras refugiados con un alto potencial de inserción laboral (o incluso ya con una oferta de empleo) no reciben un permiso de trabajo por proceder de países considerados “seguros” y ser candidatos potenciales a la deportación. Es complicado no distinguir la sombra del ultraderechismo populista de AfD y del electoralismo cortoplacista en la gestión que el Gobierno federal hace de los refugiados desde el verano de 2015.

La economista Yvonne Giesing, de instituto muniqués Ifo, ha elaborado un estudio sobre la integración de los refugiados en la capital bávara; en él, Giesing constata que con paciencia y voluntad política buena parte de los refugiados pueden encontrar un futuro laboral en Alemania pese a las dificultades idiomáticas y la reconversión formativa en muchos casos necesaria. Pero también demuestra que hay obstáculos burocráticos difíciles de entender en un país que necesita mano de obra: “En Alemania, da igual si trabajas o no para la evolución de tu proceso de asilo. Es una cuestión que ni siquiera es planteada por las autoridades”.

La economista no entiende por qué la ley de asilo alemana está absolutamente desconectada de la situación laboral de los candidatos a obtener el estatus de refugiado. Ello genera situaciones absurdas, como, por ejemplo, que un peticionario de asilo que ha encontrado una formación profesional o un empleo no pueda acceder a un permiso de trabajo porque su solicitud de asilo todavía no ha recibido respuesta. O incluso peor: que un refugiado con un puesto de trabajo asegurado sea finalmente deportado a su país de origen por ser este considerado “seguro” por las autoridades alemanas. La economista del Ifo instituto considera este tipo de decisiones son un tiro en el pie al sistema productivo alemán y aconseja encarecidamente al Gobierno de Merkel conectar la legislación migratoria y de asilo con la expedición de permisos de trabajo para evitar escenarios kafkianos.

¿Una nueva ola? 

El acuerdo migratorio entre la Unión Europea y Turquía, de momento, aguanta. Sin embargo, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan ha amenazado repetidamente con cancelarlo. Para el autócrata turco es evidente que los refugiados son una simple baza negociadora. Si el acuerdo entre Bruselas y Ankara acaba por hundirse, de poco servirá que la ruta de los Balcanes esté ahora cerrada. Será prácticamente imposible evitar que se repitan las imágenes del “verano de los refugiados” registradas en las fronteras alemanas en 2015.

La mayoría de expertos consultados para este reportaje coinciden en apuntar que Alemania está hoy mejor preparada que hace dos años para hacer frente a una nueva ola de refugiados: existen unas sólidas estructuras de acogida, la comunicación entre los diferentes niveles estatales está mejor engrasada, está más claro a qué nivel de gobierno corresponde cada competencia.

Lo que, sin embargo, parece impredecible es el coste político que podría tener para el sistema de partidos tradicionales una llegada de refugiados similar a la de 2015. El surgimiento y establecimiento de los ultraderechistas de AfD, que hoy siguen peleando por convertirse en la tercera fuerza parlamentaria del Bundestag, es buena prueba de ello. Tal vez por ello no pocas figuras del actual Gobierno federal dan ya definitivamente por superada la “crisis de refugiados”.

“Es un gran error dejar de prepararnos para la llegada repentina de más refugiados”, advierte Petra Bendel, politóloga de la Universidad de Erlangen-Núremberg. “Es un autoengaño pensar que no volverá ocurrir algo similar a lo del verano de 2015. Todos los indicios y todos los escenarios apuntan que puede volver a pasar en cualquier momento”.

Reportaje publicado en El Confidencial.

martes, 12 de enero de 2016

La crisis de refugiados y sus (posibles) consecuencias para Alemania


“Wir schaffen es” (“Lo lograremos”). Esa es ya una de las frases míticas de Angela Merkel. Con ella, la Canciller ha querido convencer a la ciudadanía alemana y a la coalición conservadora que lidera de que su política frente a la crisis de refugiados es la correcta, que no hay alternativa. El mensaje de Merkel es claro: Alemania no se puede permitir cerrar las fronteras tanto por responsabilidad histórica como para evitar poner en peligro la estabilidad del Viejo Continente. 

Durante 2015, Alemania ha recibido oficialmente más de un millón de refugiados. Tras la crisis del euro y la guerra en Ucrania, la llegada masiva a Europa de personas que huyen de la guerra y la miseria se ha convertido sin duda en el tercer gran reto del Gobierno de Merkel, al que muchos en la Unión Europea miran a menudo (tal vez demasiado) en busca de respuestas y soluciones. 

Pero en este caso Berlín tiene que afrontar prácticamente en solitario una crisis que durante muchos años han estado enfrentando países como España, Grecia o Italia, los que conforman la fronteras sur de la UE. La mayoría de refugiados procedentes de Siria, Irak o Afganistán que cruzan ahora los Balcanes en busca de un lugar seguro, lo hacen con una palabra en los labios: “Alemania”.

Independientemente de la capacidad del Ejecutivo de Merkel de gestionar con éxito esta nueva crisis, las imágenes de columnas de refugiados avanzando con escolta policial a través del suelo alemán o de centros de acogida rebasados por la llegada miles de personas han tenido un impacto aparentemente irreversible en el ecosistema político alemán, que está lejos de ser el que era hace un año y que difícilmente volverá a serlo. 

Nada apunta a que la llegada de refugiados a Alemania vaya a detenerse durante 2016. Por ello, he aquí las principales consecuencias que podrían tener para Alemania un mantenimiento o incluso un agravamiento de la crisis, que la propia Merkel calificó de “prueba histórica para Europa”. 

Desgaste político de Merkel. La figura política de la Canciller ha sufrido un desgaste innegable durante el último año tanto de cara al electorado como entre las filas de su propio partido. La popularidad de la que parecía una figura política indestructible se ha reducido enormemente desde el inicio de la llegada de refugiados: hace un año, tal y como apunta la encuesta mensual de la televisión pública alemana ARD, el 71% de los ciudadanos alemanes se mostraba satisfecho con Merkel. Hoy, ese porcentaje a duras penas supera el 50%. Como observa el politólogo Herfried Münkler, de la Universidad Humboldt de Berlín, pese a haber sido elegida como sucesora por un gigante político como Helmut Kohl para liderar los conservadores alemanes, Merkel “nunca fue la favorita del partido”. Eso no había sido hasta ahora un problema para ella gracias a su habilidad y su mano izquierda para gestionar crisis y conflictos tanto en Alemania como en el seno de la UE. Pero ahora podría convertirse en un enorme obstáculo para el liderazgo de la Canciller, más puesto en entredicho que nunca, y también para una hipotética nueva candidatura con la que gobernar Alemania en la que sería su cuarta legislatura consecutiva como Canciller. 

Erosión electoral conservadora. El desgaste de la figura política de Merkel no es ajeno a la coalición conservadora que lidera (democristianos de la CDU y sus socios socialcristianos bávaros de la CSU). A finales de 2014, la intención de voto de los conservadores alemanes superaba con holgura el 40%, un porcentaje que se había mantenido relativamente estable durante los últimos años, sin duda gracias al indiscutible liderazgo de Merkel y también a la buena marcha económica de la locomotora europea. Sin embargo, la CDU-CSU cerró 2015 con una intención de voto de poco más del 37%. Un porcentaje nada despreciable, pero que muestra una evidente tendencia a la baja. La llegada de refugiados, sumada a la desgastante crisis del euro, ha abierto un potente espacio electoral a la derecha de la coalición de Merkel. Un nuevo espacio que provoca que la CDU-CSU esté perdiendo una importante cantidad de votos conservadores que buscan otra opción electoral más a la derecha, algo inaudito en la historia de la República Federal Alemana fundada en 1949. Esta nueva situación en el tablero político alemán lanza los siguientes interrogantes: ¿hasta qué punto podría hacer aguas la coalición conservadora alemana? Y, sobre todo, ¿qué impacto tendría esa erosión electoral de la CDU-CSU en el conjunto del ecosistema político germano? 

Nuevo espacio electoral derechista. La aparición de ese nuevo espacio electoral está siendo aprovechado por un joven partido que, pese a sorpresa de última hora, conseguirá entrar en el Bundestag en las próximas elecciones federales: los eurófobos, nacionalistas y derechistas de Alternativa para Alemania (AfD, en sus siglas en alemán). Esta formación nació en febrero de 2013 de la mano de un grupo de académicos y economistas conservadores, liderados por el ex democristiano Bernd Lucke y acérrimos críticos de la gestión de Merkel de la crisis del euro y de los sucesivos rescates financieros de países de la periferia comunitaria. Lucke se despidió del partido el pasado verano tras un levantamiento de su actual copresidenta, Frauke Petry. El ala más derechista se imponía a la fracción euroescéptica y neoliberal. AfD dejaba así en un segundo plano la crisis de deuda europea y se servía de la llegada de refugiados para desgastar (aún más) al Gobierno alemán. A la vista de los sondeos, y pese a las divisiones internas que ha sufrido el partido, la formación derechista parece haber capitalizado con éxito las críticas contra Merkel: AfD cerró 2015 con una intención de voto cercana el 9%. Algunas encuestas incluso le otorgan un 10%. Si hoy se celebrasen elecciones en Alemania, la República Federal sin duda tendría en el Bundestag un partido a la derecha de la CDU-CSU por primera vez en su historia. Una auténtica derrota para los conservadores alemanes, para los que una frase del ex primer ministro socialcristiano bávaro Franz Josef Strauß se había convertido en una máxima política irrenunciable: “A la derecha de la CSU no puede haber ningún partido democráticamente legitimado”. A la espera de comprobar cuál es el techo electoral de AfD, la consolidación del partido derechista, nacionalista y de tintes xenófobos deja claro que Alemania, aunque a una escala menor que la vecina Francia, ya tiene su propio Frente National. 

Giro a la derecha del tablero político alemán. El surgimiento de AfD deja patente que el tablero político en Alemania está girando hacia la derecha. Tras conseguir siete eurodiputados y entrar en cinco parlamentos regionales, si finalmente alcanzan representación en el Parlamento federal, los derechistas de Alternativa para Alemania muy probablemente marcarán la agenda política del resto de partidos presentes en el Bundestag. En opinión del profesor Herfried Münkler, la crisis del euro y la llegada de refugiados estarían así mucho más presentes en los discursos y los programas de los partidos que ahora forman parte de la Gran Coalición gobernante: CDU, CSU y socialdemócratas del SPD. Un endurecimiento de la política interior y del control de fronteras también ocuparía más tiempo en el debate parlamentario del Bundestag, vaticina Münkler. El primer ministro bávaro y jefe de la CSU, Horst Seehofer, encarna a la perfección ese giro a la derecha: el socialcristiano recibió el pasado septiembre en Múnich al presidente de Hungría, el derechista Viktor Orbán, por cuya retórica antimigratoria mostró compresión y a quien incluso apoyó abiertamente. Todo un mensaje de consumo interno tanto para Merkel como para su electorado. No en vano, el líder socialcristiano, que apuesta por limitar anualmente la entrada de refugiados a 200.000, cerró 2015 con un claro mensaje para la Canciller: “2016 debería traer un cambio en la política de refugiados”, dijo en su discurso de fin de año. A falta de ver cuál es el avance electoral de AfD, la CSU, el partido más a la derecha del actual arco parlamentario alemán, parece hacer ya suyo parte del programa de los derechistas.

¿Nuevo terrorismo de extrema derecha? La última (pero no por ello menos relevante) consecuencia de la crisis de refugiados podría ser el recrudecimiento de la violencia de extrema derecha y neonazi en Alemania. La Oficina Federal de Investigación Criminal (BKA, en sus siglas en alemán) confirmó que 2015 cerró con más de 1.600 delitos con un trasfondo de extrema derecha, entre los que destacan cientos de ataques a centros de refugiados. La BKA lo ha dicho abiertamente: si los refugiados siguen llegando al ritmo con el que lo hicieron durante el pasado año, habrá más ataques contra centros de acogida y refugiados, nuevas formas de levantamiento contra la política migratoria del Gobierno de Merkel (sabotajes y corte de carreteras) y tal vez incluso atentados contra políticos que defiendan una política de fronteras abiertas y la integración de los refugiados. En un país con una experiencia reciente de terrorismo de extrema derecha como la de la NSU (Clandestinidad Nacionalsocialista, una célula neonazi con 10 asesinatos y numerosos atentados entre 2000 y 2011), no es descabellado plantearse la aparición de un nuevo terrorismo neonazi. Más aún teniendo en cuenta que existe un caldo de cultivo social idóneo para ello, sobre todo en Alemania oriental, cuya mejor expresión es el movimiento xenófobo y islamófobo Pegida, que ha movilizado a miles de personas en Dresde y otras ciudades. Como apunta el criminólogo y experto en neonazismo Bernd Wagner, la crisis de refugiados ha fortalecido las estructuras de extrema derecha históricamente existentes en Alemania, que ahora buscan conformar un “frente nacional de derechas”. 

Las próximas elecciones federales alemanas se celebrarán previsiblemente en septiembre de 2017. Sin embargo, el próximo marzo tendrán lugar tres importantes comicios regionales (Baden-Würtemberg, Renania-Palatinado y Sajonia Anhalt) que servirán para tomar la temperatura electoral del país. Los resultados de esos comicios tendrán además un irremediable impacto en los partidos que conforman la Gran Coalición gobernante. 

Pase lo que pase en las urnas, la crisis de refugiados difícilmente dejará de ser el tema más decisivo en la sociedad y la política alemanas durante 2016. Su evolución y su gestión condicionarán inevitablemente el panorama alemán y, por consiguiente, la arena política de la Unión Europea, proyecto impensable y probablemente imposible sin Alemania. Si el Gobierno de Merkel no consigue gestionar con éxito la crisis de refugiados, el país podría verse abocado a una realidad en la que muchos de sus socios europeos hace tiempo que viven instalados: la inestabilidad y la incertidumbre políticas.

Artículo publicado en esglobal.org.

lunes, 22 de junio de 2015

El euroescepticismo alemán, al borde de la escisión

El todavía presidente de AfD, Bernd Lucke. Andreu Jerez ©
En su última comparecencia ante la prensa extranjera, Angela Merkel hizo una referencia directa a los euroescépticos de Alternativa para Alemania (AfD). «AfD existe» fue una de las pocas y lacónicas frases que la canciller alemana le dedicó a la formación que hace unos pocos meses parecía capaz de disputarle el voto más nacionalista, conservador y opuesto a su política de rescates para salvar el euro. 

Tal vez la canciller no evitó referirse directamente a AfD, como en otras ocasiones, porque los euroescépticos parecen haber dejado de ser un problema para ella: el partido todavía liderado por el exdemocristiano Bernd Lucke se asoma peligrosamente a la escisión debido a sus encarnizadas luchas internas. La formación tenía previsto celebrar un congreso el pasado fin de semana en la ciudad de Kassel, pero el caos es tan enorme entre sus filas que la cúpula decidió aplazarlo hasta principios de julio. 

Durante las últimas semanas, han quedado más patentes que nunca las crecientes divisiones entre la rama conservadora y neoliberal, encabezada por Lucke y su mano derecha, Hans-Olaf Henkel, y la vertiente más derechista y nacional-conservadora, liderada por Frauke Petry, copresidenta y líder del partido en el Estado de Sajonia. 

Las diferencias parecen tan insalvables que en un reciente vídeo tomado por medios alemanes se aprecia cómo Lucke y Petry son incapaces de cruzar un par de frases en un encuentro fortuito, aunque tan solo sea para transmitir una imagen de cierta unidad de puertas afuera del partido.

«Si el ala nacional-conservadora de Petry consigue imponerse, muy probablemente Lucke y Henkel sondearán la posibilidad de fundar un nuevo partido. Y si la victoria de Petry es muy clara, entonces Lucke y Henkel abandonarán AfD». Así lo asegura Sebastian Friedrich, periodista, analista y autor del libro «El ascenso de AfD», recientemente publicado en Alemania. Friedrich apunta que a las dos principales familias del partido hay que sumar una tercera liderada por Björn Höcke, portavoz de AfD en el Estado de Turingia.

Esta última fracción raya directamente con las nuevas derechas alemanas más nacionalistas. No en vano, ciertas figuras de AfD mostraron simpatía con el movimiento Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente), que durante los últimos meses consiguió sacar a miles de personas a las calles alemanas para protestar contra la inmigración y por la defensa de los valores de la «tradición judeocristiana europea». Petry incluso llegó a reunirse con los líderes de Pegida en Dresde y ha mantenido con ellos una comunicación fluida y constante. 

Giro a la derecha

Actualmente, AfD cuenta con siete eurodiputados y 47 representantes en cinco parlamentos regionales alemanes (tres de ellos en Alemania oriental). Tras el ocaso y casi desaparición de los liberales del FDP y la cierta erosión sufrida por Merkel dentro de Alemania a causa de su poco popular gestión de la crisis de deuda, los euroescépticos parecían tenerlo todo de cara para poder asentarse a la derecha de la democraciacristiana de la CDU-CSU. 

Pero las inoportunas peleas intestinas parecen haber frenado definitivamente el «ascenso» descrito por Sebastian Friedrich en su libro: «Incluso si la tendencia más moderada de Lucke y Henkel consigue imponerse en el congreso de julio, la confrontación no cesará, básicamente porque las bases, y con ellas todo el partido, han girado a la derecha». 

Si el ala nacional-conservadora de Petry se  acaba imponiendo, el partido se despedirá definitivamente de un perfil más enfocado al votante de clase media, conservador, formado y descontento con Merkel, para convertirse en una opción política de corte más populista y derechista en busca de la clase trabajadora con ganas de un voto de castigo contra el sistema, augura el analista. 

AfD podría quedar relegado así un papel regional en el Este de Alemania, donde la extrema derecha ha sido tradicionalmente más fuerte desde la reunificación del país debido, entre otras razones, a un desempleo de larga duración estructural. Pase lo que pase, el espectáculo ofrecido por AfD tiene ya una segura beneficiaria: la canciller Merkel. 

Reportaje publicado en abc.es.

viernes, 18 de julio de 2014

El aniversario de un símbolo


Con un torrente de felicitaciones tanto en los redes sociales como en los medios de comunicación tradicionales. Así ha vivido Alemania el aniversario de la canciller Angela Merkel, que cumplió ayer 60 años. Una gobernante que por su estilo y sus objetivos éxitos políticos se ha convertido en todo un símbolo de la locotomora económica europea y también de la defensa a ultranza de la austeridad como política económica sin aparentes alternativas. Un símbolo que muy probablemente pasará a la historia europea y mundial por sus aduladores incondicionales y pese a sus más acérrimos detractores.

Señora No”, “canciller de hierro” o “canciller tefón”. Muchos son los nombres que Merkel ha recibido por su manera de gobernar Alemania y de liderar Europa. “Ni los estudios de demoscopia, ni sus socios políticos ni sus rivales se aclaran con ella, y eso hace que crezcan su fama y su mito. Merkel deja que los debates sigan su curso y que los fuegos se consuman, y la gente tiene así la impresión de que ella se ocupa de que nada ocurra”, escribía esta semana un columnista del diario regional «Aachener Zeitung».

Un carácter que parece perfecto para un pueblo como el alemán, mayoritariamete conservador y poco amante de la improvisación y las sorpresas. Sin grandes gestos ni una dialéctica brillante, y con un perfil más bien bajo que unos consideran señal de solidez política y otros, de simple mediocridad; así se ha aupado la heredera política de Helmut Kohl a lo más alto de la democracia cristiana alemana, de donde nadie parece capaz de bajarla. Es más: Merkel no desmiente ni confirma su candidatura para una cuarta legislatura.

Sin embargo, su estilo parsimonioso e incluso a veces pasivo también tiene una cara B: la incapacidad de Merkel de explicar a su propio pueblo la crisis de deuda europea ha permitido que los euroescépticos de Alternativa para Alemania (AfD) se hayan hecho hueco a la derecha de la coalición conservadora (CDU-CSU) que lidera. Un logro del euroescepticismo político alemán que contradice la célebre frase del exlíder socialcristiano bávaro Franz Josef Strauß: “A la derecha de la CSU no puede haber ningún partido democráticamente legítimo”. Pues ya lo hay.