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miércoles, 13 de mayo de 2020

Berlín, el confinamiento que nunca fue

La historia de la pandemia en Berlín es la de un confinamiento que nunca fue. La vida pública no ha dejado existir en la capital alemana a pesar de las restricciones contra la expansión del virus. Los comercios no considerados esenciales tuvieron que bajar la persiana a mediados del pasado marzo – la mayoría ya ha reabierto – , parte de la burocracia y los servicios públicos como bibliotecas, colegios o guarderías dejaron de funcionar, los gimnasios siguen cerrados, y bares, clubs y el ocio nocturno están paralizados sine die, pero ni los parques se vaciaron ni los runners desaparecieron de las orillas del río Spree ni por las calles dejaron de circular coches. Fiel a su esencia anárquica y un tanto ajena al resto de Alemania, Berlín ha seguido su propio camino.

Y, sin embargo, la fisonomía de la capital alemana sí ha cambiado con la crisis sanitaria. En primer lugar, sus habitantes han aprendido a vivir con las colas. Lo que antes era considerado un trámite sin complicación, ahora requiere más tiempo y paciencia. Los berlineses tienen a menudo que formar filas en plena calle para comprar en el supermercado, retirar dinero del banco o hacerse con una cerveza en los populares Spätis – tiendas abiertas casi a todas horas que venden alcohol, tabaco, papel de liar y prensa, lo fundamental para pasar una buena tarde –.

Es la consecuencia de que los comercios cumplan las condiciones para abrir: limitar el aforo es la manera de garantizar la distancia de seguridad de metro y medio exigida por las autoridades. A ello hay que sumar el uso de máscaras y de líquido desinfectante en las entradas de comercios y edificios públicos. La prevención higiénica ha pasado a formar parte de la cotidianidad berlinesa con sorprendente naturalidad.

Polución estable 

Una ojeada a la evolución de la calidad del aire en el centro de Berlín da cuenta de que la vida ha continuado en las calles: según datos de la Oficina Federal de Medio Ambiente, desde mediados de pasado marzo los niveles de contaminación en la capital alemana se han mantenido estables, incluso con un repunte de “partículas de suspensión” generadas por la actividad humana a finales de marzo. Un mayor uso del coche en lugar del transporte público en la fase de mayor incertidumbre parece la causa.

Si los berlineses no han dejado de salir es porque no ha estado prohibido: el gobierno nunca aplicó un confinamiento generalizado a toda la población. Merkel se opuso alegando la necesidad de ciudadanos y familias de salir a pasear y tomar aire fresco. Un confinamiento tras el largo y oscuro invierno berlinés habría supuesto una factura social difícil de defender políticamente.

En esa decisión también ha sido clave la mortalidad oficial del virus en Alemania: a pesar de ser uno de los países del mundo con un mayor número de infectados (más de 171.000), la tasa de mortalidad es mucho más baja que en Italia o España. Con algo más de 6.200 casos y 165 muertos confirmados, Berlín no es excepción.

Y a pesar de haber sufrido menos que otras capitales, un sector clave para la economía berlinesa sale muy malparado: el batacazo para el turismo es visible en los lugares de atracción; sitios emblemáticos como la Puerta de Brandeburgo o la Columna de la Victoria, por lo general anegados de turismo – especialmente con la llegada de la primavera –, están hoy semivacíos.

Negacionistas por turistas 

 “Mi facturación ha bajado un 80%”, dice con estoicismo y sin aparente preocupación Georg, uno de los conductores de bicitaxis que esperan a clientes en el centro histórico. “Soy optimista porque no tengo grandes pretensiones”, dice. Está convencido, sin embargo, de que habrá una oleada de cierres de empresas dependientes del turismo y la hostelería. No será su caso porque que no tiene grandes gastos y puede aguantar con pocos ingresos, asegura.

“Yo he perdido el 75% de mis clientes”, responde Alí, un taxista de origen pakistaní y acento berlinés. Nunca había vivido algo así en las tres décadas que lleva aquí. Es uno de los miles de pequeños empresarios que pidió la ayuda pública de emergencia de 5.000 euros para poder seguir funcionando. “A pesar de la caída de pasajeros, salgo casi a diario. Es mejor que quedarse en casa delante de la tele”.

A pocos metros del taxi, donde hace meses meses se formaban colas de turistas para subir a la cúpula de cristal del Bundestag, hoy se reúnen varios cientos de personas que niegan la pandemia. Forman parte del nuevo paisaje urbano de Berlín. Desde hace semanas, una variopinta mezcla de ultraderechistas, militantes de las más diversas teorías de la conspiración y ciudadanos descontentos protestan contra la limitación de derechos fundamentales.

Controlados por policías, que advierten con la mirada a los concentrados que deben mantener la distancia de seguridad, los negacionistas se reúnen con metros en la mano para hacer efectivo el metro y medio exigido. Mientras, un charlatán grita a los cuatro vientos su mensaje a través de un micrófono: “La República Federal nunca fue liberada del nacionalsocialismo. El Imperio alemán nunca dejó de existir. Seguimos siendo un país ocupado”.

Crónica pública en El Periódico de Catalunya.

lunes, 4 de mayo de 2020

Atípica cruzada contra la gestión de la pandemia en Alemania

Detención en el centro de Berlín.  © Andreu Jerez

“Hoy contra nosotros, mañana contra vuestros hermanos y vuestras hermanas”, grita uno de los manifestantes mientras es detenido por la policía. La Plaza Rosa Luxemburg, en pleno centro de Berlín, se ha convertido en punto de encuentro de las protestas contra las medidas para frenar el coronavirus en Alemania. Una de ellas es la limitación de los derechos fundamentales recogidos por la constitución alemana, como el de manifestación, reunión o libre movimiento. Actualmente en la capital alemana están permitidas sólo concentraciones de un máximo de 20 personas. 

La autobautizada “Resistencia Democrática” es una de las organizaciones impulsoras de esta protesta semanal que intenta celebrarse cada sábado bajo el lema “No sin nosotros”. Consideran que el poder político está aprovechando la crisis para poner en jaque a la democracia. “Lo que representa una república, es decir, el debate sobre las cuestiones públicas, sobre la ciencia, el periodismo y el arte, ha sido eliminado y los opositores están siendo perseguidos”, asegura a El Periódico Anselm Lenz, periodista, escritor y cofundador del movimiento.

Sobreactuación política 

Junto a otros periodistas e intelectuales del mundo del teatro que se sitúan en la “izquierda liberal”, Lenz está publicando un semanario financiado “con donaciones de más de 120 intelectuales y médicos”. En él, denuncian la sobreactuación del gobierno federal para hacerse con poderes extraordinarios y prepararse para el próximo “hundimiento del neoliberalismo”. 

Lo que en un primer aparece como una crítica legítima queda, sin embargo, ensombrecido por las acusaciones de estar colaborando con militantes de la ultraderecha extraparlamentaria y con defensores de teorías conspirativas cercanos a movimientos identitarios y etnonacionalistas. “En primer lugar, esas son acusaciones del gobierno; en segundo, está demostrado que el estado suele enviar provocadores a este tipo de concentraciones. En todo caso, nosotros rechazamos a los neonazis”, responde Lenz. 

El colectivo investigativo Correctiv va un paso más allá y apunta que el gobierno ruso de Vladimir Putin podría estar detrás de esa cruzada común formada por una parte de la izquierda anticapitalista, la ultraderecha y militantes de las más diversas teorías de la conspiración. 

Público variopinto 

El pasado 1 de mayo, la Plaza Rosa Luxemburg se volvió a convertir en escenario de detenciones y tensión entre el enorme dispositivo policial desplegado y un par de cientos de ciudadanos. El propio Lenz fue arrestado tras lanzar un paquete de semanarios a un grupo de policías que detenía a uno de los concentrados, como demuestran grabaciones difundidas en internet.





Mientras una veintena de personas de otro colectivo de la izquierda extraparlamentaria y antifascista ocupaba de forma legal el centro de la plaza para evitar que la atípica alianza de opositores tomase el espacio, un público variopinto se concentraba en los alrededores: desde clásicos votantes de la ultraderecha de AfD hasta jóvenes de izquierda alternativa que consideran inaceptable la limitación de los derechos fundamentales. 

Al calor de ese malestar se acaba de fundar el partido Widerstand 2020 (Resistencia 2020). Encabezado por el doctor Bodo Schiffmann - un otorrinolaringólogo que se ha hecho popular en YouTube por poner en entredicho la gestión de la pandemia -, pretende canalizar electoralmente el descontento. La formación asegura haber superado ya los 70.000 afiliados.


Reportaje publicado en El Periódico.

jueves, 16 de abril de 2020

La noche se apaga en Berlín

“Nos vemos de nuevo cuando estemos todos muertos. Salud, vecinos”. 

Con este mensaje se despidió de su clientela el legendario Schlawinchen. El bar berlinés, en el distrito de Kreuzberg, se vio obligado a bajar la persiana a mediados del pasado marzo tras haber permanecido ininterrumpidamente abierto durante más de cuarenta años: el local no había cerrado ni un minuto desde 1979. Siempre abierto, porque siempre hay alguien que tiene sed, como dijo su propietario, Tobi Jorczik, en una entrevista con la radio pública alemana. En ella, Jorczik incluso reconoció que tuvo problemas para encontrar la llave del psicodélico local en el que se reúne tradicionalmente un variopinto público para beber, fumar, escuchar música y compartir historias. 

Lo que no consiguió la Guerra Fría ni el Muro de Berlín lo ha logrado un virus bautizado como Covid-19. Una de las primeras restricciones que tomó el gobierno federal y los estados federados fue ordenar el cierre de todos los locales de ocio como cines, teatros, bares, clubs y casinos. Cualquiera que haya pisado la noche de la capital alemana, entiende la dimensión del cierre de Schlawinchen: si un virus obliga a cerrar sus puertas, entonces tiene que ser un virus muy peligroso. 

Sector en peligro 

"Para nosotros, es la peor crisis desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, nunca hemos tenido que hacer frente a una amenaza tan grande". Esto dijo hace un par de semanas Lutz Leichsenring, portavoz de la federación de clubs nocturnos de Berlín, la llamada "Clubcommision", que agrupa a más de 200 locales. La declaración tuvo algo de premonitorio; días después, Angela Merkel usaba la misma referencia histórica: “Desde la Segunda Guerra Mundial no ha habido en nuestro país un reto que nos haga depender tanto de nuestra acción conjunta y solidaria”. 

Además de sus museos y sus óperas, la capitalidad cultural de Berlín no sería la misma sin sus locales nocturnos ni sus clubes de música electrónica. La noche berlinesa atrae a cientos de miles de personas cada año. Gente que busca el mito del hedonismo y la libertad individual que rigen la escena. El cierre, obligado por la pandemia de momento indefinidamente, amenaza ahora la existencia de muchos de esos espacios. La noche de Berlín se apaga. 

“Calculamos que el cierre supondrá pérdidas de 10 millones de euros mensuales”, me dice Lutz Leichsenring. “Ninguno de los cientos de clubes de la ciudad podrá sobrevivir si se mantienen cerrados durante meses. Por eso necesitamos apoyo del Estado. Nosotros no tenemos a consorcios o grandes inversores que nos sostengan. Los empleados de los clubes tampoco cuentan con grandes ahorros”. 

“United we stream” 

La dimensión de la crisis es tal que el Estado alemán se ha hecho cargo en primer lugar de lo esencial: frenar la velocidad de los contagios para evitar el colapso del sistema sanitario, asegurar el abastecimiento de la población y garantizar un paquete billonario de créditos estatales e inversiones públicas para amortiguar el duro golpe que sufrirá la economía alemana en el 2020. La música electrónica y el ocio nocturno berlinés no están, por razones obvias, en la lista de prioridades. 

A la espera de posibles ayudas que salven al menos una parte de la escena, el sector se ha puesto manos a la obra: con la plataforma United We Stream, transmite en directo sets de djs desde clubes emblemáticos – y ahora vacíos – de Berlín. A cambio, pide a los ciudadanos confinados en sus casas una aportación económica. El crowdfunding debería servir de fondo transitorio hasta que la gente pueda a volver a sudar junta en las pistas de baile.




Artículo publicado en El Periódico de Catalunya.