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lunes, 25 de noviembre de 2024

Un "polvorín" llamado Tegel

La terminal C del antiguo aeropuerto berlinés acoge a 5.000 personas refugiadas y peticionarias de asilo. El mayor y más costoso centro de acogida de Alemania es blanco de denuncias por malas condiciones y falta de transparencia financiera


Terminal C de Tegel.© Andreu Jerez Ríos

“La visita dura dos horas y ni un minuto más. Ustedes deciden cómo invertir su tiempo”. Monika Hebbinghaus no se siente cómoda cuando refugiados y refugiadas se acercan al grupo de periodistas. Aunque la jefa de prensa de la Oficina berlinesa de Asuntos de los Refugiados intenta transmitir normalidad, apenas puede esconder que le incomoda que personas alojadas en este centro de refugiados en el antiguo aeropuerto de Tegel detengan al grupo de reporteros para contar sus historias. 

Es mediados del pasado octubre. Los rayos de sol pierden fuerza a medida que avanza el otoño en la periferia norte de Berlín. El invierno se acerca y con él, el frío, la oscuridad y los meses más difíciles para el centro de acogida de refugiados de Tegel. Aquí viven unas 5.000 personas, tendencia al alza. La mayoría son ucranianas, con estatus especial concedido por el Gobierno alemán tras el inicio de la invasión rusa. Gracias a ello, obtuvieron un permiso de residencia sin necesidad de pasar por el proceso burocrático correspondiente. Pero el permiso de residencia no significa poder encontrar un apartamento en una ciudad con uno de los mercados inmobiliarios más tensionados de Alemania y Europa. 

También hay personas peticionarias de asilo de otros países. La mayoría vienen de Turquía, Afganistán, Siria, Vietnam y Moldavia, según cifras oficiales de las autoridades berlinesas. Los responsables de este centro de acogida improvisado en lo que fuera el principal aeropuerto de la capital alemana - cerrado en noviembre de 2020 tras la inauguración del Aeropuerto Internacional Willy Brandt - organizan hoy una visita de prensa para un equipo de la televisión internacional alemana Deutsche Welle y para el ElDiario.es. Tienen interés en mejorar la imagen del mayor centro de acogida de refugiados de Alemania. Tegel acumula demasiados titulares negativos en prensa alemana y extranjera. 

“Un lugar que no debería existir”, tituló el semanario Der Spiegel una larga crónica, publicada el pasado septiembre sobre las precarias condiciones de vida de las personas alojadas alrededor de la terminal C del antiguo aeropuerto. “Los días aquí son largos. No hay nada que hacer aunque hay mucho por resolver” es una de las frases que mejor resume el texto. La crónica arroja luz sobre la gestión del centro de acogida, sobre la falta de transparencia de las contratas y su financiación pública, y, sobre todo, lo hace a través de los protagonistas del lugar: las personas refugiadas. 


Críticas y agradecimiento 

 La cámara y el micro de Deutsche Welle llaman rápidamente la atención de los residentes. Muchos miran con curiosidad. Otros se acercan a hablar directamente en su idioma. Una mujer ucraniana con bastón comienza a dirigirse en ruso al objetivo de la cámara, sin esperar a que nadie le pregunte. Se queja de la falta de una atención médica adecuada. Lleva 18 meses en Tegel, sin perspectivas de ser derivada a otro alojamiento. Cuenta que llegó con dos hijos, uno de ellos con discapacidad. La jefa de prensa de la Oficina de Asuntos de los Refugiados, la señora Hebbinghaus, se interesa primero por su situación para acabar interrumpiendo la conversación con el argumento de que hay que avanzar en la visita. 

Berdnyk Aleksander. 
© Andreu Jerez Ríos
Pero la gente aquí quiere hablar sobre su situación. “Las condiciones son muy malas. No podemos hacer nada. La comida es mala. He perdido peso, se me ven las costillas”, cuenta el joven ucraniano Berdnyk Aleksander, unos metros más adelante, a las puertas de lo que fuera el edificio de la Terminal C en el que las antiguas ventanillas de check-in sirven hoy para registrar a los recién llegados. Berdnyk lleva 10 meses en Tegel. Asegura que nadie le da trabajo, que no puede aprender alemán, que viven sin perspectivas, que ni siquiera le permiten cocinar. 

“Mi esposo y yo sufrimos un incendio. Todas mis pertenencias se quemaron. Nadie prometió ayudarnos. Simplemente cerraron las puertas y echaron la culpa a las víctimas”, dice Aleksandra, ucraniana de 22 años procedente de Crimea, dentro del comedor colectivo, entre armarios de impersonal color gris con decenas de casilleros numerados. Aleksandra habla del incidente más grave conocido hasta ahora en Tegel: un incendio arrasó el pasado marzo una de las tiendas gigantes que servía de dormitorio a 300 personas. Nadie murió ni hubo heridos. Fue un milagro, coinciden los medios berlineses. También fue síntoma de que algo no marchaba bien en Tegel. 

No sólo hay quejas de gente joven. Hay mucha gente mayor, con problemas de salud y movilidad, que muestran descontento con las condiciones en las que viven. Parecen las más desamparadas de todas. Algunas ni siquiera se molestan en protestar. Miran con una mezcla de desesperanza y hartazgo a los periodistas que son paseados por el recinto por los responsables del mismo. 

También hay quien aprovecha la ocasión para agradecer ante la prensa la acogida de Alemania. “Aquí puedo ganar 10 veces más que en Ucrania y tengo una oportunidad para desarrollarme”, dice un joven ucraniano entre las miradas desaprobatorias y las críticas en voz alta de un grupo de compatriotas mayores que él que no comparten su relato. 


Solución de emergencia 

El centro de acogida de refugiados de Tegel abrió sus puertas poco después del inicio de la invasión rusa de Ucrania, en marzo de 2022. En un primer momento, se usó como punto de registro de los refugiados ucranianos que después eran derivados a centros de acogida, viviendas sociales u otro tipo de alojamiento distribuidos por toda Alemania. 

Pero lo que tenía que ser una solución de emergencia provisoria se ha convertido en un alojamiento permanente con capacidad de hasta 8.000 plazas ante la incerteza de cuáles serán la necesidad de acogida en los próximos meses y años. Que la solución improvisada se haya convertido en permanente es la principal crítica de los detractores del centro de refugiados de Tegel.

Kathie Lehmann es una de las integrantes de Tegel Assembly, una asamblea de organizaciones y activistas que denuncian la situación de los refugiados y también de las condiciones de los empleados del centro de acogida. Algunos de los integrantes de esta asamblea trabajaron en él y fueron despedidos por denunciar interna o públicamente las malas condiciones, o por intentar asesorar por su cuenta a los refugiados. 

Hoy organizan una fiesta con música, comida y juegos infantiles para los residentes en Tegel, en el otro extremo del antiguo aeropuerto. Quieren ofrecer un espacio de evasión seguro a las personas alojadas en la Terminal C. “Hay unas condiciones higiénicas catastróficas, brotes de enfermedades, la gente sigue viviendo en un espacio de cuatro metros cuadrados”, cuenta Kathie. “Estamos hablando de un aeropuerto, un espacio completamente asfaltado donde están instaladas las tiendas, lo que parece una solución absolutamente improvisada. Hay muchos guardias de seguridad que, por supuesto, tampoco tienen buenas condiciones laborales. Todo el mundo está muy descontento y simplemente no sabe qué va a ser de ellos”. 

Desde la Oficina berlinesa de Asuntos de los Refugiados piden comprensión ante el desafío de alojar a tanta gente. “Nuestro mandato legal es alojar a todo el mundo. Evidentemente, cuanta más gente viene, más obligados estamos a bajar los estándares. Es lo que estamos viendo aquí, en Tegel. No es una situación normal. Se debe a la cantidad de personas que ha llegado en un tiempo relativamente corto”, argumenta la señora Hebbinghaus, encargada hoy de guiarnos por la explanada convertida en campamento. 


Falta de transparencia 

El centro de refugiados de Tegel tiene un presupuesto anual de más de 400 millones de euros, lo que lo convierte en el mejor financiado del país. La Cruz Roja Alemana gestiona el campo con ese dinero, que también sirve para pagar, entre otras cosas, el alquiler del espacio, el cátering y a una empresa privada que se encarga de la seguridad del perímetro y los interiores del recinto. 

Organizaciones sociales con experiencia en acogida de refugiados consideran que ese presupuesto debería permitir unas condiciones mucho mejores. “No sabemos dónde va a parar todo ese dinero. Si utilizas el presupuesto de 400 millones para alojar a 5.000 personas, estamos hablando de un coste individual de entre 240 y 300 euros al día. Con ese dinero, el Gobierno de Berlín podría proporcionar pisos de lujo para los refugiados”, explica con cierta sorna Emily Barnickel, trabajadora social de la ONG Consejo de Refugiados de Berlín.

Las denuncias de malas condiciones, combinadas con el enorme presupuesto, abonan las acusaciones de falta de transparencia en el uso del dinero público y las sospechas sobre el margen de beneficio que están obteniendo las empresas privadas que ofrecen los servicios del centro de refugiados de Tegel. 

En toda Alemania surgen cada vez más sospechas sobre la gestión privada de centros de acogida de refugiados. La televisión pública ARD y el diario Süddeutsche Zeitung publicaron recientemente una investigación sobre la compañía británica Serco. Especializada en control de fronteras, servicios militares y seguridad, Serco ha ganado contratas públicas en diferentes lugares de Alemania para gestionar centros de acogida de refugiados. 

Documentos filtrados desde dentro de la empresa apuntan a un margen de beneficios de más del 50% en algunos casos, lo que explicaría las pésimas condiciones en las que los refugiados viven en esos centros. Ello también lanza dudas sobre los concursos de concesión de las contratas y sospechas de posibles intereses personales de los responsables políticos correspondientes. 

Pese a todas las críticas recibidas por Tegel, el alcalde-gobernador de Berlín, el conservador Kai Wegner (CDU), no se atreve a descartar una ampliación del número de plazas del centro de refugiados. Wegner gobierna desde abril del año pasado con los socialdemócratas del SPD en la llamada “Gran Coalición”. Los Verdes, hoy en la oposición, son muy duros con la situación en Tegel. El diputado regional ecologista Jian Omar, nacido en el Kurdistán sirio y que recibió asilo político en Alemania tras llegar con una visa de estudiante en 2005, es una de las voces más críticas con el centro. En una entrevista con el semanario Der Spiegel, Omar resume la situación con una advertencia: “Tegel es un polvorín que puede explotar en cualquier momento”.

Reportaje publicado por ElDiario.es.

sábado, 22 de julio de 2017

Alemania, dos años después del verano de los refugiados

Masas formadas por hombres, mujeres y niños agotados que atravesaban a pie las fronteras de Alemania; centros de acogida de refugiados saturados y con gente acampada a sus puertas; la burocracia y las autoridades germanas superadas por el torrente de peticiones de asilo; un poder político federal, estatal y local que, por momentos, pareció perder el control de la situación. 

Son todas imágenes registradas en Alemania a mediados de 2015, durante el llamado “verano de los refugiados”. Durante ese año, alrededor de 890.000 personas (según cifras oficiales), fundamentalmente procedentes de países como Siria, Irak y Afganistán, pero también de los Balcanes, buscaron cobijo en el país más rico, poblado y poderoso de la Unión Europea. 

Aquello fue todo un test de estrés para la canciller Angela Merkel y su Gobierno, cuya innegociable negativa al cierre de fronteras cosechó enemistades y críticas en el resto de Europa, y también dentro de Alemania: un número considerable de miembros del partido de Merkel, la CDU, comenzó a poner en entredicho la estrategia e incluso el liderato de la canciller; en el bautizado como “verano de los refugiados”, el joven partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) consiguió afianzarse como la tercera fuerza de intención de voto con un 15 por ciento en las encuestas electorales, su hasta ahora mayor porcentaje de intención de voto a nivel federal. Todo un aviso para Merkel, cuya popularidad tocó entonces mínimos históricos. 

Dos años después del “verano de los refugiados”, y a las puertas de unas elecciones federales que Merkel parece abocada a ganar nuevamente el próximo septiembre, ¿en qué punto se encuentra Alemania en su gestión de la llamada “crisis de refugiados”? ¿Qué ha ocurrido con ellos? ¿Hasta qué punto siguen marcado los refugiados la agenda política germana? ¿Cómo está funcionando su integración laboral en un país que objetivamente necesita de inmigración para mantener su modelo económico y su Estado del Bienestar? ¿Han asumido el resto de partidos ciertos postulados de la ultraderechista AfD por pura estrategia electoralista? ¿Concuerda la dialéctica de fronteras abiertas del Gobierno de Merkel con su política migratoria efectiva? 

Deportar: Afganistán, “país seguro” 

“Yo me ofrezco a acompañar a De Mazière a Afganistán y hacerle de traductora. Volamos a Kabul y él me debe mostrar cómo es posible viajar de la capital a otras zonas del país de forma segura… Es muy fácil estar sentado tras un escritorio y declarar desde ahí un país como seguro”.

Esta es la respuesta de Lina Homa, una joven refugiada afgana que ya lleva nueve años en Múnich, a la pregunta de qué le diría al ministro de Interior alemán, el democristiano Thomas de Mazière, respecto a que el Gobierno de Merkel haya calificado a Afganistán como país parcialmente seguro. En efecto, el Ministerio de Migración y Familia y el servicio exterior germanos consideran suficientemente seguras algunas regiones del país asiático como para deportar a refugiados afganos cuyas peticiones de asilo han sido rechazadas. Una calificación que De Mazière ha defendido en público una y otra vez.

Pero la realidad es terca: el pasado 31 de mayo, un coche bomba golpeó el centro de Kabul. El atentado dejó decenas de muertos y heridos, y destrozó por completo la fachada de la embajada alemana en la capital afgana. Las imágenes de destrucción no tardaron en llegar a Alemania y de desmontar la posición oficial del Gobierno federal respecto a la situación de seguridad en Afganistán, un país que todavía sigue objetivamente golpeado por el terrorismo, la violencia y el galopante desempleo.

Yasin Rahmati y Lina Homa. (Thomas Lobenwein)

“Deberían dejar de engañarse a sí mismos”, sentencia Lina sobre aquellos que defienden la postura de Berlín sobre su país de origen. A esta joven, sus padres la metieron en un avión con dirección a Fráncfort hace casi una década. Entonces tenía 16 años. Su familia era consciente de que ya no estaba en disposición de garantizar la seguridad de su hija en Afganistán. Al llegar sola y como menor a las fronteras alemanas, las autoridades del país se vieron obligadas a hacerse cargo de ella.

Lina habla hoy alemán prácticamente sin acento y está absolutamente integrada. La suya es una historia de éxito entre los centenares de dramas que viven los refugiados llegados a Alemania durante los últimos dos años. A su lado se encuentra Yasin Rahmati, un joven afgano que apenas lleva 21 meses en el país. Lina y Yasin forman parte de la asociación juvenil Heimaten, con sede en Múnich. Ambos trabajan en la integración de jóvenes procedentes de Siria, Irak, Afganistán, Sierra Leona, Somalia y Uganda. Lina tiene hoy un permiso de residencia; Yasin sigue esperando a una respuesta de las autoridades alemanas a su petición de asilo. Sabe que si esta es rechazada, lo más probable es que lo deporten.

“La gente tiene miedo porque cualquiera puede ser deportado en cualquier momento. Y ese es un pánico que afecta no sólo a los refugiados afganos, sino también de otros países”, asegura Marianne Seiler, la directora de la asociación Heimaten. Un pánico que se metió a finales del pasado mayo en millones de hogares alemanes a través de sus pantallas de televisión: decenas de policías, entre ellos algunos agentes de las fuerzas especiales bávaras, ejecutaban la orden de deportación de un refugiado afgano de 20 años en la ciudad de Núremberg. El joven fue sacado por la fuerza de un aula de la escuela en la que estaba cursando una formación profesional. Algunos de sus compañeros intentaron evitar que la policía se lo llevase. Los agentes reprimieron duramente la resistencia pasiva de los escolares. Unas imágenes difícilmente vendibles por el Gobierno alemán para defender su actual política migratoria. No todo son puertas abiertas en Alemania.





“Desde 2015, es evidente que la política, tanto a nivel federal como en los Estados federados, ha buscado vías para aumentar la cifra de deportaciones y limitar los derechos de los refugiados. Ya en los meses posteriores al verano de 2015 vimos como se hacía efectivo el endurecimiento de leyes”, asegura Stephan Dünnwald, miembro del Consejo Bávaro de Refugiados.

Desde el “verano de los refugiados”, el Parlamento federal alemán, con los votos de la Gran Coalición conformada por conservadores y socialdemócratas, ha aprobado diversos endurecimientos de la Ley de Asilo; unas reformas que dificultan la reunificación familiar de refugiados que no son reconocidos como tales por las autoridades alemanas, que limitan su libertad de movimiento en territorio alemán, que facilitan su retención, hacen más sencillo el procedimiento de expulsión de personas con pocas perspectivas de conseguir asilo e incluso permiten que las autoridades intervengan los móviles y las comunicaciones de aquellos refugiados que no tengan documentos para acreditar su identidad. Estas reformas legislativas han sido criticadas por organizaciones pro Derechos Humanos.

Además de la innegable amenaza yihadista, Stephan Dünnwald no tiene dudas del papel jugado por los ultras de AfD, cuya presión electoral parece haber alimentado ese giro a la derecha de la política migratoria del Gobierno encabezado por Merkel. Las consecuencias del endurecimiento de la Ley de Asilo permanecen invisibles en la mayoría de ocasiones, pero en ocasiones deja paradigmáticas imágenes como las de la violenta deportación del joven afgano en Núremberg.

Merkel logra su objetivo 

Según estadísticas oficiales, la cifra de peticiones de asilo se ha reducido exponencialmente en los primeros seis meses de 2017 respecto a los dos años anteriores: en 2015, Alemania recibió casi medio millón de peticiones de asilo; en 2016, esa cifra rozó los 800.000 refugiados; entre enero y junio del presente año, las peticiones de asilo superaron ligeramente las 111.000. Eso supone una caída del 73 por ciento respecto al mismo periodo de 2016. El acuerdo entre la UE y Turquía y el cierre de la ruta de los Balcanes han sido la clave de esa reducción, a la que también parece haber contribuido el endurecimiento de la legislación alemana que disuade a muchos refugiados de presentar su solicitud de asilo.

Angela Merkel consigue así uno de sus grandes objetivos coyunturales: sacar la llamada “crisis de refugiados” (que suponía un claro lastre para su nueva candidatura a la cancillería) de la primera línea de la agenda política en pleno año electoral. Y ello sin tener que prescindir del cartel de gran defensora de la política de fronteras abiertas y de acogida de refugiados, a pesar de que la realidad de su gestión apunte en otra dirección: el rechazo de peticiones de asilo crece, obtener el estatus de refugiado cada vez es más difícil en Alemania.

Ello no deja de ser paradójico en un país profundamente envejecido y que necesita objetivamente de la inmigración para combatir a corto y medio plazo la grave crisis demográfica que sufre y que pone en peligro su modelo económico y su Estado del Bienestar. No es menos paradójica la actual situación en el mercado laboral alemán: muchos empresarios siguen sin poder cubrir la demanda de mano de obra en numerosos sectores, mientras refugiados con un alto potencial de inserción laboral (o incluso ya con una oferta de empleo) no reciben un permiso de trabajo por proceder de países considerados “seguros” y ser candidatos potenciales a la deportación. Es complicado no distinguir la sombra del ultraderechismo populista de AfD y del electoralismo cortoplacista en la gestión que el Gobierno federal hace de los refugiados desde el verano de 2015.

La economista Yvonne Giesing, de instituto muniqués Ifo, ha elaborado un estudio sobre la integración de los refugiados en la capital bávara; en él, Giesing constata que con paciencia y voluntad política buena parte de los refugiados pueden encontrar un futuro laboral en Alemania pese a las dificultades idiomáticas y la reconversión formativa en muchos casos necesaria. Pero también demuestra que hay obstáculos burocráticos difíciles de entender en un país que necesita mano de obra: “En Alemania, da igual si trabajas o no para la evolución de tu proceso de asilo. Es una cuestión que ni siquiera es planteada por las autoridades”.

La economista no entiende por qué la ley de asilo alemana está absolutamente desconectada de la situación laboral de los candidatos a obtener el estatus de refugiado. Ello genera situaciones absurdas, como, por ejemplo, que un peticionario de asilo que ha encontrado una formación profesional o un empleo no pueda acceder a un permiso de trabajo porque su solicitud de asilo todavía no ha recibido respuesta. O incluso peor: que un refugiado con un puesto de trabajo asegurado sea finalmente deportado a su país de origen por ser este considerado “seguro” por las autoridades alemanas. La economista del Ifo instituto considera este tipo de decisiones son un tiro en el pie al sistema productivo alemán y aconseja encarecidamente al Gobierno de Merkel conectar la legislación migratoria y de asilo con la expedición de permisos de trabajo para evitar escenarios kafkianos.

¿Una nueva ola? 

El acuerdo migratorio entre la Unión Europea y Turquía, de momento, aguanta. Sin embargo, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan ha amenazado repetidamente con cancelarlo. Para el autócrata turco es evidente que los refugiados son una simple baza negociadora. Si el acuerdo entre Bruselas y Ankara acaba por hundirse, de poco servirá que la ruta de los Balcanes esté ahora cerrada. Será prácticamente imposible evitar que se repitan las imágenes del “verano de los refugiados” registradas en las fronteras alemanas en 2015.

La mayoría de expertos consultados para este reportaje coinciden en apuntar que Alemania está hoy mejor preparada que hace dos años para hacer frente a una nueva ola de refugiados: existen unas sólidas estructuras de acogida, la comunicación entre los diferentes niveles estatales está mejor engrasada, está más claro a qué nivel de gobierno corresponde cada competencia.

Lo que, sin embargo, parece impredecible es el coste político que podría tener para el sistema de partidos tradicionales una llegada de refugiados similar a la de 2015. El surgimiento y establecimiento de los ultraderechistas de AfD, que hoy siguen peleando por convertirse en la tercera fuerza parlamentaria del Bundestag, es buena prueba de ello. Tal vez por ello no pocas figuras del actual Gobierno federal dan ya definitivamente por superada la “crisis de refugiados”.

“Es un gran error dejar de prepararnos para la llegada repentina de más refugiados”, advierte Petra Bendel, politóloga de la Universidad de Erlangen-Núremberg. “Es un autoengaño pensar que no volverá ocurrir algo similar a lo del verano de 2015. Todos los indicios y todos los escenarios apuntan que puede volver a pasar en cualquier momento”.

Reportaje publicado en El Confidencial.

martes, 12 de enero de 2016

La crisis de refugiados y sus (posibles) consecuencias para Alemania


“Wir schaffen es” (“Lo lograremos”). Esa es ya una de las frases míticas de Angela Merkel. Con ella, la Canciller ha querido convencer a la ciudadanía alemana y a la coalición conservadora que lidera de que su política frente a la crisis de refugiados es la correcta, que no hay alternativa. El mensaje de Merkel es claro: Alemania no se puede permitir cerrar las fronteras tanto por responsabilidad histórica como para evitar poner en peligro la estabilidad del Viejo Continente. 

Durante 2015, Alemania ha recibido oficialmente más de un millón de refugiados. Tras la crisis del euro y la guerra en Ucrania, la llegada masiva a Europa de personas que huyen de la guerra y la miseria se ha convertido sin duda en el tercer gran reto del Gobierno de Merkel, al que muchos en la Unión Europea miran a menudo (tal vez demasiado) en busca de respuestas y soluciones. 

Pero en este caso Berlín tiene que afrontar prácticamente en solitario una crisis que durante muchos años han estado enfrentando países como España, Grecia o Italia, los que conforman la fronteras sur de la UE. La mayoría de refugiados procedentes de Siria, Irak o Afganistán que cruzan ahora los Balcanes en busca de un lugar seguro, lo hacen con una palabra en los labios: “Alemania”.

Independientemente de la capacidad del Ejecutivo de Merkel de gestionar con éxito esta nueva crisis, las imágenes de columnas de refugiados avanzando con escolta policial a través del suelo alemán o de centros de acogida rebasados por la llegada miles de personas han tenido un impacto aparentemente irreversible en el ecosistema político alemán, que está lejos de ser el que era hace un año y que difícilmente volverá a serlo. 

Nada apunta a que la llegada de refugiados a Alemania vaya a detenerse durante 2016. Por ello, he aquí las principales consecuencias que podrían tener para Alemania un mantenimiento o incluso un agravamiento de la crisis, que la propia Merkel calificó de “prueba histórica para Europa”. 

Desgaste político de Merkel. La figura política de la Canciller ha sufrido un desgaste innegable durante el último año tanto de cara al electorado como entre las filas de su propio partido. La popularidad de la que parecía una figura política indestructible se ha reducido enormemente desde el inicio de la llegada de refugiados: hace un año, tal y como apunta la encuesta mensual de la televisión pública alemana ARD, el 71% de los ciudadanos alemanes se mostraba satisfecho con Merkel. Hoy, ese porcentaje a duras penas supera el 50%. Como observa el politólogo Herfried Münkler, de la Universidad Humboldt de Berlín, pese a haber sido elegida como sucesora por un gigante político como Helmut Kohl para liderar los conservadores alemanes, Merkel “nunca fue la favorita del partido”. Eso no había sido hasta ahora un problema para ella gracias a su habilidad y su mano izquierda para gestionar crisis y conflictos tanto en Alemania como en el seno de la UE. Pero ahora podría convertirse en un enorme obstáculo para el liderazgo de la Canciller, más puesto en entredicho que nunca, y también para una hipotética nueva candidatura con la que gobernar Alemania en la que sería su cuarta legislatura consecutiva como Canciller. 

Erosión electoral conservadora. El desgaste de la figura política de Merkel no es ajeno a la coalición conservadora que lidera (democristianos de la CDU y sus socios socialcristianos bávaros de la CSU). A finales de 2014, la intención de voto de los conservadores alemanes superaba con holgura el 40%, un porcentaje que se había mantenido relativamente estable durante los últimos años, sin duda gracias al indiscutible liderazgo de Merkel y también a la buena marcha económica de la locomotora europea. Sin embargo, la CDU-CSU cerró 2015 con una intención de voto de poco más del 37%. Un porcentaje nada despreciable, pero que muestra una evidente tendencia a la baja. La llegada de refugiados, sumada a la desgastante crisis del euro, ha abierto un potente espacio electoral a la derecha de la coalición de Merkel. Un nuevo espacio que provoca que la CDU-CSU esté perdiendo una importante cantidad de votos conservadores que buscan otra opción electoral más a la derecha, algo inaudito en la historia de la República Federal Alemana fundada en 1949. Esta nueva situación en el tablero político alemán lanza los siguientes interrogantes: ¿hasta qué punto podría hacer aguas la coalición conservadora alemana? Y, sobre todo, ¿qué impacto tendría esa erosión electoral de la CDU-CSU en el conjunto del ecosistema político germano? 

Nuevo espacio electoral derechista. La aparición de ese nuevo espacio electoral está siendo aprovechado por un joven partido que, pese a sorpresa de última hora, conseguirá entrar en el Bundestag en las próximas elecciones federales: los eurófobos, nacionalistas y derechistas de Alternativa para Alemania (AfD, en sus siglas en alemán). Esta formación nació en febrero de 2013 de la mano de un grupo de académicos y economistas conservadores, liderados por el ex democristiano Bernd Lucke y acérrimos críticos de la gestión de Merkel de la crisis del euro y de los sucesivos rescates financieros de países de la periferia comunitaria. Lucke se despidió del partido el pasado verano tras un levantamiento de su actual copresidenta, Frauke Petry. El ala más derechista se imponía a la fracción euroescéptica y neoliberal. AfD dejaba así en un segundo plano la crisis de deuda europea y se servía de la llegada de refugiados para desgastar (aún más) al Gobierno alemán. A la vista de los sondeos, y pese a las divisiones internas que ha sufrido el partido, la formación derechista parece haber capitalizado con éxito las críticas contra Merkel: AfD cerró 2015 con una intención de voto cercana el 9%. Algunas encuestas incluso le otorgan un 10%. Si hoy se celebrasen elecciones en Alemania, la República Federal sin duda tendría en el Bundestag un partido a la derecha de la CDU-CSU por primera vez en su historia. Una auténtica derrota para los conservadores alemanes, para los que una frase del ex primer ministro socialcristiano bávaro Franz Josef Strauß se había convertido en una máxima política irrenunciable: “A la derecha de la CSU no puede haber ningún partido democráticamente legitimado”. A la espera de comprobar cuál es el techo electoral de AfD, la consolidación del partido derechista, nacionalista y de tintes xenófobos deja claro que Alemania, aunque a una escala menor que la vecina Francia, ya tiene su propio Frente National. 

Giro a la derecha del tablero político alemán. El surgimiento de AfD deja patente que el tablero político en Alemania está girando hacia la derecha. Tras conseguir siete eurodiputados y entrar en cinco parlamentos regionales, si finalmente alcanzan representación en el Parlamento federal, los derechistas de Alternativa para Alemania muy probablemente marcarán la agenda política del resto de partidos presentes en el Bundestag. En opinión del profesor Herfried Münkler, la crisis del euro y la llegada de refugiados estarían así mucho más presentes en los discursos y los programas de los partidos que ahora forman parte de la Gran Coalición gobernante: CDU, CSU y socialdemócratas del SPD. Un endurecimiento de la política interior y del control de fronteras también ocuparía más tiempo en el debate parlamentario del Bundestag, vaticina Münkler. El primer ministro bávaro y jefe de la CSU, Horst Seehofer, encarna a la perfección ese giro a la derecha: el socialcristiano recibió el pasado septiembre en Múnich al presidente de Hungría, el derechista Viktor Orbán, por cuya retórica antimigratoria mostró compresión y a quien incluso apoyó abiertamente. Todo un mensaje de consumo interno tanto para Merkel como para su electorado. No en vano, el líder socialcristiano, que apuesta por limitar anualmente la entrada de refugiados a 200.000, cerró 2015 con un claro mensaje para la Canciller: “2016 debería traer un cambio en la política de refugiados”, dijo en su discurso de fin de año. A falta de ver cuál es el avance electoral de AfD, la CSU, el partido más a la derecha del actual arco parlamentario alemán, parece hacer ya suyo parte del programa de los derechistas.

¿Nuevo terrorismo de extrema derecha? La última (pero no por ello menos relevante) consecuencia de la crisis de refugiados podría ser el recrudecimiento de la violencia de extrema derecha y neonazi en Alemania. La Oficina Federal de Investigación Criminal (BKA, en sus siglas en alemán) confirmó que 2015 cerró con más de 1.600 delitos con un trasfondo de extrema derecha, entre los que destacan cientos de ataques a centros de refugiados. La BKA lo ha dicho abiertamente: si los refugiados siguen llegando al ritmo con el que lo hicieron durante el pasado año, habrá más ataques contra centros de acogida y refugiados, nuevas formas de levantamiento contra la política migratoria del Gobierno de Merkel (sabotajes y corte de carreteras) y tal vez incluso atentados contra políticos que defiendan una política de fronteras abiertas y la integración de los refugiados. En un país con una experiencia reciente de terrorismo de extrema derecha como la de la NSU (Clandestinidad Nacionalsocialista, una célula neonazi con 10 asesinatos y numerosos atentados entre 2000 y 2011), no es descabellado plantearse la aparición de un nuevo terrorismo neonazi. Más aún teniendo en cuenta que existe un caldo de cultivo social idóneo para ello, sobre todo en Alemania oriental, cuya mejor expresión es el movimiento xenófobo y islamófobo Pegida, que ha movilizado a miles de personas en Dresde y otras ciudades. Como apunta el criminólogo y experto en neonazismo Bernd Wagner, la crisis de refugiados ha fortalecido las estructuras de extrema derecha históricamente existentes en Alemania, que ahora buscan conformar un “frente nacional de derechas”. 

Las próximas elecciones federales alemanas se celebrarán previsiblemente en septiembre de 2017. Sin embargo, el próximo marzo tendrán lugar tres importantes comicios regionales (Baden-Würtemberg, Renania-Palatinado y Sajonia Anhalt) que servirán para tomar la temperatura electoral del país. Los resultados de esos comicios tendrán además un irremediable impacto en los partidos que conforman la Gran Coalición gobernante. 

Pase lo que pase en las urnas, la crisis de refugiados difícilmente dejará de ser el tema más decisivo en la sociedad y la política alemanas durante 2016. Su evolución y su gestión condicionarán inevitablemente el panorama alemán y, por consiguiente, la arena política de la Unión Europea, proyecto impensable y probablemente imposible sin Alemania. Si el Gobierno de Merkel no consigue gestionar con éxito la crisis de refugiados, el país podría verse abocado a una realidad en la que muchos de sus socios europeos hace tiempo que viven instalados: la inestabilidad y la incertidumbre políticas.

Artículo publicado en esglobal.org.

lunes, 7 de diciembre de 2015

¿Se enfrenta Alemania a un nuevo terrorismo de extrema derecha?

Tras la cadena de atentados yihadistas de París, mucho se habla en Alemania del posible primer ataque de Estado Islámico o Al Qaeda en suelo de República Federal, pero nada de un posible nuevo terrorismo neonazi al calor de movimientos políticos como Pegida o el ascendente partido Alternativa para Alemania (AfD). Ello a pesar de que haya indicios más que suficientes para barajar seriamente ese escenario, tras la desaparición de la última célula terrorista de extrema derecha conocida en el país: la NSU.

Más ataques contra refugiados y contra centros de acogida, nuevas formas de levantamiento social contra la política migratoria del Gobierno federal, como el corte de carreteras y sabotajes, y también posibles nuevos atentados contra políticos alemanes que defiendan la integración de los refugiados. Es lo que espera la Oficina Federal de Investigación Criminal (BKA, en sus siglas en alemán) durante los próximos meses mientras siguen llegando diariamente miles de refugiados al país. 

Así lo anunció la BKA tras confirmar que en lo que va de año lleva registrados más de 520 delitos de trasfondo de extrema derecha. Una tendencia que va claramente al alza: sólo durante el tercer trimestre de 2015, la BKA registró 285 ataques contra centros de acogida de refugiados, más que durante la primera mitad del año y también que durante todo 2014. Los políticos que asumen la organización de infraestructuras para refugiados como un deber también se convierten en objetivo de los ataques de corte neonazi o de extrema derecha

Fue el caso de la política independiente Henriette Reker, actual alcaldesa de la ciudad de Colonia. Reker fue apuñalada de gravedad durante un acto de su campaña por un hombre con conexiones con círculos ultraderechistas alemanes, tal y como confirmaron los servicios secretos germanos. Tras el ataque, y apoyada por partidos tan dispares como Los Verdes, los democristianos de la CDU y los liberal-conservadores del FDP, la candidata obtuvo la mayoría absoluta. 

Salto cualitativo

El atentado contra Reker supuso un salto cualitativo de la violencia derechista observada en las calles de Alemania en los últimos meses. La sociedad alemana entendió el atentado como un mensaje a todos los ciudadanos que colaboren en la acogida de refugiados. 

Ante el auge del movimiento islamófobo Pegida, y el aumento de intención de voto de los euroescépticos de Alternativa para Alemania (AfD), que también han coqueteado con Pegida al rechazar la política migratoria desplegada por el Gobierno de Angela Merkel, expertos y medios comenzaron a preguntarse en voz alta si el país se enfrenta ante un nuevo terrorismo de extrema derecha. Un terrorismo que podría proceder del mismo corazón de la sociedad, y no ya de grupos radicales y marginales, como tradicionalmente ha ocurrido en Alemania. 

“No se trata de un nuevo terrorismo, sino de una nueva dimensión de la violencia de extrema derecha con tendencias terroristas; una violencia entendida como una lucha asimétrica contra sus enemigos: los migrantes como 'cultura y raza extranjera', aquellos que apoyan a los refugiados en nombre de la integración, y también la cultura democrática y pro derechos humanos del Estado parlamentario”. Así lo asegura Bernd Wagner, criminalista experto en extrema derecha y fundador de EXIT, asociación que ayuda a militantes de movimientos neonazis a abandonar los círculos xenófobos violentos. 

En una entrevista a través de correo electrónico, Wagner apunta que lo fundamental ahora es saber distinguir “la intencionalidad ideológica” que se esconde tras cada uno de los ataques, y no si tras estos hay grupos organizados con amplias estructuras sociales, o individuos que actúan como lobos solitarios, como parece que fue el caso del atentado contra la alcaldesa de Colonia. 

Como en los 90 

Hans-Gerd Jaschke lo ve diferente: en una entrevista concedida a la radio pública alemana WDR, el académico e investigador de movimientos ultraderechistas cree que los ataques a refugiados proceden cada vez más de ciudadanos integrados y no de militantes neonazis. Un fenómeno similar a los ataques xenófobos ocurridos en Alemania en la década de los 90, fundamentalmente en el Este del país, poco después de la reunificación y durante la llegada de refugiados que huían de la guerra de los Balcanes. En aquel momento, neonazis y ciudadanos aparentemente bien integrados se convirtieron en turbas violentas difícilmente descriptibles que atacaban viviendas de extranjeros. 

En un país con un reciente episodio como el de la NSU (Clandestinidad Nacionalsocialista), una célula neonazi formada por tres dos hombres y una mujer que actuó entre 2000 y 2011 con el apoyo de evidentes estructuras sociales, y que dejó tras de sí 10 asesinatos, numerosos atentados y atracos de bancos, y con el actual auge de movimientos derechistas y xenófobos, parece cuestión de tiempo que surja una nueva forma organizada de violencia neonazi. 

El partido III. Weg muestra el camino que siguen los nuevos grupos neonazis. Bernd Wagner lo define como mezcla de “hitlerismo y nacionalistas autónomos” con tendencias “tradicionalistas y también anticapitalistas”. Un partido que defiende en su programa electoral una ciudadanía basada en criterios étnicos, y también la recuperación de territorios ocupados y posteriormente perdidos por el Tercer Reich en el Este de Europa durante la Segunda Guerra Mundial. 

Movimientos como III.Weg o Pegida cuentan además con conexiones con círculos de extrema derecha de otros países europeos, incluida España. Por eso, el criminalista Wagner advierte: “Europa, como comunidad de valores, debe reorganizarse rápidamente respecto a la cuestión migratoria, o tiene el riesgo de fracasar ante un tremendo giro hacia la extrema derecha”.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Penúltima parada, Heidenau

La familia kurdo-siria de los Suleiman, frente al centro de acogida de Heidenau. Andreu Jerez ©
Un año y dos meses de viaje, y un presupuesto de 5.000 euros. Es lo que le costó a Ahmed llegar a Europa. Primero viajó de Yemen a Turquía, después, de Turquía a Grecia en patera, y, por último, de Grecia a Alemania en camión a través de los Balcanes y Hungría. Ahmed es un joven yemení de Saná que espera ahora sentado estoicamente frente al centro de acogida de refugiados recién inaugurado en la pequeña de Heidenau, cerca de Dresde, la capital del Estado federado de Sajonia. Espera a poder solicitar su estatus de refugiado para iniciar una nueva vida en Alemania. 

“Dejé mi país huyendo de la guerra y de la corrupción. Nada funciona en Yemen y además no es seguro”, explica Ahmed en perfecto en inglés. Licenciado en idiomas extranjeros por la Universidad de Saná, este joven de 25 años asegura que además de la guerra civil que sacude Yemen, la corrupción es tan galopante que incluso la beca que le pertocaba por ser el mejor estudiante de su promoción fue vendida a un hijo de una familia rica. 

Tráfico de personas

Todas las historias de los alrededor de 600 refugiados que viven en el centro de acogida de Heidenau son similares a la de Ahmed: la mayoría llegó a Grecia procedente de Turquía o del norte de África. Todos los refugiados que acceden a hablar reconocen haber pagado a redes de tráfico de personas para llegar ilegalmente a Austria escondidos en camiones u otros transportes. 

Da igual si los refugiados vienen de Siria, Irak, Afganistán o Yemen: prácticamente todos atravesaron la porosa frontera en Siria y Turquía. Algunos trabajaron ilegalmente durante unos meses en Turquía para acumular el dinero que les faltaba para cruzar los Balcanes y llegar a Austria: alrededor de 1.000 euros por cada adulto, y la mitad por cada niño. 

Así lo hicieron el sirio Mohammed, el kurdo Walid, Ismael y su hijo Maan, de seis a años, y el yemení Jimmy. Son sólo algunos de los nombres de las miles de personas que han aparecido en los informativos de televisión durante las últimas semanas intentando cruzar a pie la frontera entre Macedonia y Grecia. Los refugiados llegados la pasada semana a Heidenau lo consiguieron. Muchos otros se dejaron la vida por el camino. 

El periodista kurdo-sirio Suleiman. Andreu Jerez ©
15.500 euros. Esa fue la cifra total que pagó Suliman para conseguir llevar a su mujer y a sus dos hijos desde Damasco hasta Alemania. Este periodista kurdo-sirio prefirió arriesgar la vida de toda su familia a seguir viviendo en la capital siria, cercada por la guerra civil que ha destruido el país árabe. Se lo jugó todo a una carta, y ya ha conseguido lo más difícil: llegar a su destino soñado, Alemania. El siguiente paso es conseguir el estatus de refugiado para él y su familia. 

Si todo va como han planeado, el yemení Ahmed y los Suleiman pronto pasarán engrosar el grupo de personas que ya ha conseguido este año el estatus oficial de refugiado en Alemania. Hasta el pasado julio, Alemania recibió casi 220.000 peticiones de asilo. Sólo 50.000 de ellas fueron aceptadas. El Ministerio del Interior alemán ya ha dicho que para este año espera la llegada de 800.000 refugiados. 

Las previsiones conservadoras del Gobierno federal sobre la llegada de refugiados dan margen a especular con más de un millón. Sea cual sea la cifra definitiva, una cosa es segura: las 438.191 peticiones de asilo registradas en 1992, en plena guerra de Bosnia y tras la disolución de la Antigua Yugoslavia, serán superadas con creces durante 2015. 

Xenofobia estructural 

El pasado fin de semana fue extraordinariamente tranquilo en Heidenau, a pesar de que los precedentes presagiaban tormenta: hace poco más de una semana, la pequeña localidad sajona fue escenario de unos disturbios de corte xenófobo que recordaron a los pogromos contra extranjeros vividos en Alemania del Este a principio de los 90

Pese a que es evidente que en Estados germanoorientales como Sajonia, Sajonia-Anhalt Mecklemburgo-Pomerania Occidental o Brandeburgo hay unas fuertes estructuras de extrema derecha que rechazan de plano la presencia de refugiados, no es menos cierto que también hay una sociedad civil organizada que intenta contrarrestar esa xenofobia militante. 

Durante la mañana del pasado domingo, decenas ciudadanos alemanes acudieron al centro de acogida de Heidenau para llevar comida, juguetes y ropa a los refugiados. Fue el caso de la familia Böhme. Residentes en Dresde, decidieron acercarse hasta el centro de refugiados para llevar ropa de invierno para cuando lleguen los meses de frío.

El yemení Jimmy, a la derecha, y su compañeros de viaje son todo esperanza. Andreu Jerez ©

Peter, el padre, no tiene dudas de que la ola de violencia que sufre Alemania desde hace semanas es esta vez diferente: “Hay una diferencia fundamental entre la oleada xenófoba de principios de los 90 y la actual. Ahora, en Alemania oriental no vivimos la crisis económica sufrida aquí tras la reunificación. A la gente le va bien, el desempleo se ha reducido enormemente. Definitivamente, esta ola de violencia está relacionada con un racismo estructural y latente, y no con problemas sociales internos del país”.

Reportaje publicado en ABC.es.

lunes, 24 de agosto de 2015

Ola de violencia xenófoba en Alemania

Son imágenes que se han convertido en habituales en los informativos y diarios de Alemania durante este verano: grupos de neonazis y militantes de extrema derecha, mezclados con ciudadanos que apoyan y justifican la presencia de los xenófobos, se reúnen ante los centros de refugiados para amedrentar a los peticionarios de asilo. En algunas ocasiones, los manifestantes incluso atacan con piedras y cócteles molotov los centros pese a la presencia de policías antidisturbios. Otras veces, los ataques se producen por la noche y sin previo aviso. 

Alemania está viviendo un verano caliente. Algunos incluso lo comparan con el vivido en 1992, cuando la oleada de refugiados llegados a Alemania huyendo de la guerra de los Balcanes acabó desembocando en una serie de pogromos contra extranjeros y refugiados en el este del país. Imágenes de vergüenza en la historia moderna de Alemania, tal y como apuntan la prensa y los políticos del país; y unas imágenes que despiertan los fantasmas del racismo latente en buena parte de la sociedad germana, especialmente de algunas regiones del Este del país, donde los movimientos y partidos de extrema derecha tienen históricamente un fuerte enraízamiento. 

Heidenau 

La actual ola de violencia xenófoba ha alcanzado este fin de semana una nueva cota: cientos de neonazis se enfrentaron a la policía durante dos noches consecutivas frente a una centro de acogida de refugiados situado en la ciudad de Heidenau, cerca de Dresde, la capital del Estado oriental de Sajonia. Decenas de agentes de policía resultaron heridos. Las imágenes de cócteles molotov y piedras, regadas con eslóganes racistas, recuerdan mucho a las de Rostock-Lichtenhagen, un barrio de la ciudad norteña en el que una turba de ultraderechistas, neonazis y ciudadanos desencantados con la dura situación económica que se vivía en la región tras la reunificación del país atacaron un centro de acogida a finales de agosto de 1992.


En esta ocasión, uno de los detonantes de los enfrentamientos fue la convocatoria de una marcha por el partido neonazi NPD (Partido Nacionaldemócrata de Alemania), una de las formaciones políticas que intenta obtener capital político con la enorme llegada de refugiados durante este año. Una llegada que se mantendrá durante 2015: el Ministerio de Interior alemán informó esta misma semana que prevé que el año cierre con la cifra récord de 800.000 solicitudes de asilo. El vicecanciller alemán, el socialdemócrata Sigmar Gabriel, no dudó este domingo en calificar la ola de inmigrantes como el mayor reto que afronta el país desde su reunificación en 1990. 

Der III. Weg

Aunque la presencia de la extrema derecha en los territorios orientales correspondientes a la desaparecida República Democrática Alemana es históricamente muy fuerte, el resto del país tampoco se salva de la nueva ola de violencia xenófoba. Un ejemplo: el incendio probablemente provocado este agosto en una pensión de la localidad bávara de Reichertshofen en la que estaba previsto alojar a refugiados. Aunque todavía no se ha esclarecido lo ocurrido, la Fiscalía alemana sospecha que el partido de extrema derecha Der III. Weg («La tercera vía», en alemán) está detrás del incendio. La Fiscalía ve al partido como un elemento peligroso que contribuye a crear un ambiente de violencia contra refugiados y extranjeros. 

Un vistazo al programa político de Der III. Weg no deja lugar a dudas: la formación persigue la creación de «socialismo alemán» (una eufemística referencia al nacionalsocialismo del Tercer Reich erigido por Adolf Hitler); el «mantenimiento de la identidad nacional del pueblo alemán», en presunto peligro por «el abuso del derecho de asilo»; el «desarrollo de la sustancia biológica del pueblo» y la «recuperación de las fronteras soberanas» previas al fin de la Segunda Guerra Mundial porque, como dice el partido neonazi, «Alemania es más grande que la República Federal Alemana». 

Como apuntan algunos observadores de este nuevo partido ultraderechista, Der III. Weg tiene presencia tanto en Alemania occidental como en territorios orientales. Un dato que apunta que la ola xenófoba contra los refugiados es territorialmente transversal y un fenómeno violento que amenaza a todo el país por igual.

Artículo publicado en ABC.es.

viernes, 7 de agosto de 2015

El fantasma de la violencia xenófoba recorre Alemania

Dos cifras han hecho saltar estas últimas semanas las alarmas en Alemania: el país recibió más 179.000 peticiones de asilo por parte de refugiados durante los primeros seis meses de 2015. El número de peticionarios de asilo superó levemente las 202.000 peticiones durante todo el pasado año. Paralelamente, en 2014 y en lo que va de 2015 se han registrado 348 ataques xenófobos a refugiados. Solo este año, la cifra oficial de agresiones protagonizadas por grupos de extrema derecha ya asciende a 173, y está a punto de superar la cifra total de agresiones documentadas a lo largo de 2014 (175). 

Recientemente, un coche de un político local de La Izquierda que trabaja en la acogida de refugiados sufrió un atentado en los suburbios de la ciudad de Dresde. La capital del Estado de Sajonia se ha convertido a lo largo de este año en el centro de peregrinación de los participantes en las marchas de Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente), un movimiento de claro corte nacionalista y islamófobo en el participan tanto militantes de la extrema derecha alemana y neonazis como ciudadanos descontentos con la situación del país y contrarios a la llegada de más inmigrantes. 

Con esas estadísticas e informaciones sobre la mesa, los medios ya han comenzado a establecer comparaciones entre la actual situación y la vivida a principio de la década de los 90: recién caído el Muro de Berlín y con la reunificación del país todavía fresca (y acompañada por el cierre de fábricas y despidos masivos de trabajadores en el Este de Alemania tras la equiparación monetaria), los antiguos territorios de la República Democrática Alemana vivieron una oleada de ataques a extranjeros y refugiados que en algunas ciudades desembocaron en auténticos pogromos. 

Rostock-Lichtenhagen 

Fue el caso de Rostock: en el barrio de Lichtenhagen de la ciudad del noreste de Alemania, un turba de militantes ultraderechistas y neonazis, mezclados con ciudadanos que miraban y aplaudían, provocaron disturbios de corte xenófobo durante un largo fin de semana de finales de agosto de 1992. La turba acabó atacando con piedras y cócteles molotov un edificio en el que vivían trabajadores extranjeros vietnamitas invitados por el Gobierno de la ya desaparecida RDA. Milagrosamente, nadie murió, pero la historia reciente de Alemania quedó irremediablemente manchada. Una mancha imposible de borrar y narrada ahora por la película «Wir sind jung, wir sind stark» («Somos fuertes, somos jóvenes»), estrenada a principios de este año.


«Nos se puede decir que nos encontremos ante una situación de violencia similar a la vivida a principios de los 90, pero lo que sí que vemos es la consolidación de una opinión pública abiertamente racista en partes de la sociedad. A ello contribuyen declaraciones como las de Horst Seehofer, en las que diferencia entre 'refugiados buenos' y 'refugiados malos'», asegura Joschka Fröschner, trabajador social de una oficina de ayuda a víctimas de la violencia racista del Estado germanooriental de Brandeburgo. 

Fröschner hace referencia a las reiterativas declaraciones del líder de los socialcristianos bávaros de la CSU. Seehofer ha repetido durante los últimos meses que los refugiados e inmigrantes procedentes de los Balcanes (muchos de ellos gitanos) están abusando del derecho a pedir asilo en Alemania. El líder socialcristiano incluso ha llegado a plantear el establecimiento de campos de refugiados para poder expulsarlos del país con mayor rapidez. 

Autoridades desbordadas 

Los centros de acogida de Berlín y las autoridades que se encargan de procesar las peticiones de asilo hace tiempo que están desbordados. Así lo advierte Nora Brezger, del Consejo de Refugiados de Berlín, que apunta que el personal y los recursos son insuficientes teniendo en cuenta el enorme flujo de extranjeros que no cesará en los próximos meses. 

Previsiblemente, Alemania recibirá a lo largo de este año más de 400.000 peticiones de asilo. Esa cifra incluso podría superar el récord de 438.000 registrado a principio de los 90 debido a la llegada masiva de ciudadanos de la antigua Yugoslavia que huían de la guerra de los Balcanes. La inacción de la política y una deficiente infraestructura de acogida, sumadas al racismo latente en parte de la sociedad, desembocaron entonces en unas imágenes de violencia xenófoba que despertaron los peores fantasmas de la historia moderna de Alemania.

Reportaje publicado en ABC.es.

jueves, 23 de octubre de 2014

La (fallida) política de asilo en Alemania


Las alarmas saltaron a finales del pasado septiembre: un trabajador de una empresa de seguridad privada pisa con su bota la cabeza de un residente en un centro de acogida de la localidad de Burbach, en el Estado de Renania del Norte-Westfalia. Mientras Marwan Rahmani, refugiado procedente del norte de África, sufre esta humillación boca abajo y con las manos esposadas tras su espalda, otro miembro de la seguridad posa de cuclillas y con una sonrisa ante la cámara del teléfono móvil con el que una tercera persona fotografía la escena. «Son imágenes que recuerdan a Guantánamo», dijo un cargo policial tras dar a conocer el caso. 

Tras la salida a la luz de la foto, las autoridades recibieron más denuncias de torturas y vejaciones en otros dos centros de acogida en Essen y Bad Berleburg, también en Renania del Norte-Westfalia. Los tres casos apuntan a la firma de seguridad privada SKI, con sede en la ciudad Núremberg pero activa en todo el país, y que al mismo tiempo fue subcontratada por European Homecare, firma gestora de seis centros de acogida para refugiados en Renania del Norte-Westfalia y de cuarenta en toda Alemania. El Gobierno regional ya ha rescindido el contrato con European Homecare en el centro de Burbach y está estudiando el resto de subcontratas. 

Amnistía Internacional Alemania reaccionó con un duro comunicado que señala directamente a los gobiernos regional y federal: «Cuando se confía a una empresa privada este tipo de responsabilidades públicas, las autoridades correspondientes tienen que controlar regularmente el trabajo de esa empresa», afirma la ONG, que recuerda además que la Convención de las Naciones Unidas contra la Tortura establece que los Estados son los responsables últimos de evitar maltratos y vejaciones contra ciudadanos nacionales y extranjeros.

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