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viernes, 3 de diciembre de 2021

Una fiscalía plagada de viejos nazis

“El puñal del asesino estaba escondido bajo la toga del jurista”. Esta fue la conclusión del Tribunal de Núremberg en uno de los procesos celebrados en la década de los 50 para depurar la responsabilidad del sistema judicial que amparó los crímenes del Tercer Reich. 

Como han descrito numerosos historiadores y pensadores de los siglos XX y XXI, la barbarie nazi estuvo apoyada en un sistema de leyes y decretos aplicados a rajatabla por millones de “delincuentes de escritorio”, como se suele denominar en alemán a los colaboradores necesarios de los crímenes nacionalsocialistas que ponían sellos para la deportación de judíos, escribían las sentencias contra opositores o firmaban las penas de muerte para los disidentes. Jueces y fiscales fueron, en ese sentido, figuras claves para dar un barniz legal a los crímenes de lesa humanidad nazis. 

El reciente libro Staatschutz im Kalten Krieg (Seguridad del Estado en la Guerra Fría), de los historiadores Friedrich Kießling y Christoph Safferling, abunda en esa realidad ya conocida de los primeros pasos de la República Federal de Alemania fundada en 1949. La investigación – de más de 500 páginas y realizada a petición de la propia Fiscalía Federal alemana – ha llevado a cabo un rastreo exhaustivo en archivos hasta ahora desconocidos, hemerotecas y otras obras ya publicadas que confirma las sospechas y aporta una novedad: cargos altos de la Fiscalía Federal de la Alemania occidental estuvieron ocupados por antiguos miembros del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) e incluso por criminales de guerra hasta bien entrados la década de los 70. El último fiscal marcado por el nazismo abandonó la institución en 1992. 

La conclusión de Kießling y Safferling se suma a la continuidad entre el régimen nazi y la joven república germano-occidental ya demostrada en otras instituciones como los ministerios de Justicia e Interior, la Oficina Federal de Investigación Criminal (BKA, por sus siglas en alemán, encargada de la seguridad del estado), los servicios de inteligencia o incluso las comisarías de policía. La mítica “desnazificación de Alemania” – en la mayoría de las ocasiones alabada fuera de las fronteras del país – fue un proceso muy corto y lleno de excepciones, agujeros y silencios. 


Sin “hora cero” 

Las cifras no dejan lugar a dudas: ya poco después de la creación de la Fiscalía Federal en 1950, la mitad de sus fiscales habían sido miembros del NSDAP. Esa cifra fue creciendo con el paso de los años: en 1966, el 91% de los fiscales había militado en el partido nazi. La argumentación generalizada en Alemania es que sin los exfuncionarios del Tercer Reich habría sido imposible reconstruir la República Federal. Las urgencias impuestas por la carrera entre las fuerzas ocupantes occidentales y la Unión Soviética dentro de la lógica la Guerra Fría aceleró esa rehabilitación de viejos nazis, también en la fiscalía y la judicatura. 

El análisis de las biografías de los jueces por parte de las fuerzas ocupantes de la Alemania occidental tras la Segunda Guerra Mundial fue dejando paso al pragmatismo en pos de la reconstrucción institucional, reforzado por el anticomunismo típico de la Guerra Fría que prefirió mirar hacia otro lado a la hora de designar a jueces y fiscales de pasado pardo. 

Pero ¿realmente habría sido imposible levantar la República Federal prescindiendo de los antiguos nazis? “No hubo una hora cero en ningún espacio social. También en el personal médico o la industria se reintegró a antiguos criminales nazis”, dice el coautor de la investigación Christoph Safferling. “Un nuevo inicio total, sin las competencias y la experiencia de juristas que habían prestado juramento al Führer, habría sido sencillamente imposible por una simple cuestión numérica. Sin embargo, sí se podría haber buscado alternativas de manera más exhaustiva entre retornados del exilio, abogados o mujeres, y se tendría que haber analizado con más cuidado la absorción de antiguos juristas nazis”, asegura el historiador. 


Criminales de guerra 

Algunas biografías de fiscales expuestas por la investigación dejan en evidencia no sólo una continuidad entre el nacionalsocialismo y las primeras décadas de la República Federal, sino también la rehabilitación de criminales de guerra en altos cargos de la Fiscalía Federal. Fue el caso del fiscal Ludwig Berner, que había sido juez del Tribunal Especial de Praga en la Checoslovaquia ocupada por los nazis, y responsable de al menos una docena de penas de muerte. 

Entre los funcionarios de la Fiscalía Federal de los primeros años hubo también al menos ocho antiguos jueces militares. Rudolf Herzog fue uno de ellos. A pesar de que había indicios de su corresponsabilidad en el asesinato y la condena a muerte de civiles belgas durante la Segunda Guerra Mundial, Herzog pudo jubilarse en 1967 como fiscal general. Las investigaciones sobre sus presuntos crímenes en la Bélgica ocupada fueron archivadas tras su muerte en 1985. 

En general, el libro Seguridad del Estado en la Guerra Fría dibuja una fiscalía alemana todavía anclada mental e ideológicamente en posiciones autoritarias y antidemocráticas. Dado que por aquel entonces Alemania estaba dividida en dos estados, se hace inevitable la pregunta de si el régimen oriental de la República Democrática Alemana (DDR, en sus siglas en alemán) sí aplicó un proceso de “desnazificación”. 

“En sus inicios, la desnazificación sí fue consecuente en la DDR. Una mayor perseverancia en ese sentido no le habría hecho mal a la República Federal”, responde el investigador Friedrich Kießling, que, sin embargo, puntualiza la “instrumentalización política” que de esa persecución de antiguos nazis hizo el régimen autoritario socialista oriental. “Se convirtió en un programa de purgas en favor de la dirección política del estado. Con todo, y a diferencia de la República Federal, hacer grandes carreras con un pasado nazi no fue posible en la DDR”.


Reportaje publicado por El Periódico de Catalunya.

martes, 5 de mayo de 2020

Ser alemán después de Auschwitz

El próximo 8 de mayo se celebra el 75 aniversario de la capitulación de la Alemania nazi, del fin de la Segunda Guerra Mundial y de la liberación de Europa del nazismo. Para Alemania fue el inicio de un largo proceso de reconstrucción del país y también su identidad, o mejor dicho, de sus identidades nacionales y colectivas. 

En ese proceso, la confrontación con el Holocausto y con el simbolismo que dejó tras de sí el campo de concentración y exterminio de Auschwitz ha sido sido un elemento fundamental. En el cuarto episodio de nuestro podcast 'La Transición Alemana’ para el programa de radio Estación Sur analizamos el peso de la memoria histórica y de la llamada ‘cuestión de la culpa’.

Aquí va el audio:





martes, 9 de abril de 2019

Europa: ¿nueva ola de antisemitismo?



“Nadie os protege, nadie. Acabaréis todos en una cámara de gas”. Distrito de Schöneberg, Berlín, diciembre de 2017. Un ciudadano alemán amenaza abiertamente al empresario israelí Yorai Fenberg frente a su restaurante. El dueño del local graba la escena con su teléfono y posteriormente la sube a internet. El vídeo es reproducido por medios locales y reaviva automáticamente un debate en realidad nunca acabado en Alemania: ¿sufren el país y el resto de Europa una nueva ola de antisemitismo más de 70 años después del Holocausto, y pese a un intenso y constante trabajo de recuperación de la memoria histórica impulsado por el Estado alemán? 

Después de hacer público este caso flagrante de antisemitismo, Yorai Fenberg ha denunciado en numerosas entrevistas que su local sufre al menos un ataque a la semana: pintadas, pegatinas o llamadas amenazantes. Yorai es un ejemplo claro de una percepción creciente entre los integrantes de la comunidad judía europea: más de un tercio de los judíos que residen en doce países de la Unión Europea barajan la posibilidad de emigrar porque ya no se sienten seguros en el Viejo Continente. Ésta es una de las conclusiones a las que llega el informe Experiencias y percepciones de antisemitismo, publicado el año pasado por la Agencia de la Unión Europea para Derechos Fundamentales (FRA, en sus siglas en inglés). 

El estudio basa sus conclusiones en entrevistas en profundidad a más de 16.000 judíos, religiosos o seculares; se trata, por tanto, de un informe que refleja la percepción del antisemitismo en el seno de la comunidad judía europea. Y su resultado no deja lugar a dudas: alrededor del 90% de los entrevistados residentes en Bélgica, Francia, Alemania, Holanda, Suecia y Reino Unido consideran que el antisemitismo fue especialmente alto en esos seis países entre 2012 y 2018. El 70% de los judíos entrevistados en los otros seis países incluidos en el estudio (Hungría, Italia, Polonia, España, Dinamarca y Austria) también tiene la percepción de que el antisemitismo creció considerablemente en sus respectivos países de residencia durante ese mismo periodo. 

Pero no se trata sólo de una cuestión de percepción. También hay cifras oficiales. Francia es tal vez uno de los casos más flagrantes en Europa: en 2018, hubo 541 actos de corte antisemita en el país galo. Ello supuso un 74% más que el año anterior. El ministro de Interior francés, Christophe Castaner, llegó a afirmar que "el antisemitismo se extiende como un veneno”. Repuntes estadísticos similares se dan en otros países europeos como Alemania, Reino Unido o Bulgaria.

Esas cifras oficiales, sumadas a estudios como el de la FRA, generan automáticamente dos preguntas sobre un fenómeno que tiene largas raíces históricas en Europa: ¿realmente sufre el Viejo Continente una nueva ola de antisemitismo? Y si es así, ¿cuál o cuáles son sus causas principales? ¿Tiene acaso que ver ese recrudecimiento con un antisemitismo importado del mundo árabe y predominantemente musulmán? 

“Yo creo que no hay ninguna duda de que hay un recrudecimiento del antisemitismo”, responde a la primera pregunta Martín Gak, judío secular, doctor en filosofía y corresponsal en religión y ética de la televisión alemana internacional Deutsche Welle.“El antisemitismo más insidioso y el que tiene una tradición más larga en Europa es el antisemitismo de derecha. La iconografía del judío eterno, la iconografía del judío usurero que está preparando una invasión externa para poner en jaque la unidad nacional, étnica y religiosa está muy presente en la actualidad”, dice Gak respecto a la segunda pregunta. “La idea de una guerra económica es, por ejemplo, la estrategia que está usando Viktor Orbán en Hungría para atacar a la Unión Europa. Hay en todo esto un elemento identitario, que define el antisemitismo de hoy como lo definía hace 70 años y que no viene de la comunidad musulmana ni de los que están escapando de las bombas sirias”. 

Para el analista, el antijudaísmo estructural, ya existente en Europa mucho antes de la llegada de la inmigración musulmana o de la llamada crisis de refugiados procedentes de Oriente Próximo en 2015, es la principal fuente del actual recrudecimiento del antisemitismo en el Viejo Continente. Con una diferencia: ahora vuelve a haber partidos capaces de canalizar electoralmente ese antisemitismo latente durante décadas. El lepenismo en Francia, el oficialismo del partido Fidesz en Hungría o el gobierno ultranacionalista polaco son sólo algunos ejemplos. 

Para algunos resulta, no obstante, tentador apuntar a la llegada a Europa de refugiados musulmanes para explicar ese repunte antisemita percibido por la comunidad judía. El último informe del Bundestag (parlamento federal alemán) sobre el antisemitismo señala en esa dirección: la llegada de musulmanes al país aumenta la sensación de inseguridad de la comunidad judía residente en Alemania. Sin embargo, esa percepción choca de bruces con la realidad estadística que ofrece el mismo informe: el 90% de los ataques antisemitas en Alemania sigue siendo obra de la ultraderecha.

“Cuando uno escucha a gente como Bannon, Lepen o Pegida [Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente] hablar de judeocristianismo, no estamos más que ante una chicana. Cuando fuerzas de ultraderecha marchan en el estado alemán de Sajonia con la bandera de Israel, está claro que se trata de un proyecto de lavado de reputación política”, reflexiona Martín Gak, que apunta así al sionismo de las nuevas ultraderechas europeas como una forma de intentar eliminar las sospechas de antisemitismo y también de estrechar lazos con el gobierno ultranacionalista y ultraconservador israelí del primer ministro Benjamin Netanyahu, quien no ha tenido reparos en acercarse a algunos movimientos ultras europeos y del resto del mundo.

El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, fue el último líder ultraderechista en visitar oficialmente Israel y reunirse con él. Tras visitar el Museo del Holocausto en Jerusalén, Bolsonaro llegó a decir que el nacionalsocialismo alemán fue un fenómeno de izquierdas. Las nuevas ultraderechas europeas, marcadamente islamófobas, suelen entender además Israel como un ariete contra la presunta invasión árabe e islamista. 

“Después está la cuestión de las actitudes respecto al judaísmo de inmigrantes musulmanes y de las segundas, terceras o cuartas generaciones de musulmanes en Europa”, puntualiza Martín Gak. “Ahí la situación es mucho más complicada, una situación de judeofobia, de aprensión al judío que está cruzada por variables como la posición de Israel respecto a los palestinos, la educación importada desde Turquía, Marruecos o Siria a Europa, o la falta de judíos en los lugares en los que esos musulmanes europeos se mueven. Pero esta última es una posición mucho menos consistente que el antisemitismo ultraderechista europeo, que está totalmente asentado y trabaja en el subterráneo. Definitivamente, no es cierto que el antisemitismo europeo haya desaparecido. Ha desaparecido solamente del espacio público”. 

¿Es antisemita ser antisionista? 

El informe sobre antisemitismo elaborado por la FRA no deja lugar a dudas: los judíos residentes en Europa tienen ahora más miedo que antes a ser víctimas de un ataque o de una discriminación por su simple condición de judíos. No obstante, el informe tiene la limitación de basarse sólo en la percepción de los entrevistados y en lo que ellos consideran antisemita. ¿Es, por ejemplo, antisemita una crítica al Estado de Israel por su política de ocupación de los territorios palestinos?

“Especialmente en Facebook hay muchos comentarios antisemitas o antiisraelíes con carácter antisemita”, dice una mujer judía de 50 años residente en Alemania, en una de las declaraciones recogidas en el informe elaborado por la agencia comunitaria. La entrevistada no específica, sin embargo, qué es para ella un comentario antiisraelí de carácter antisemita, algo que parece fundamental en un momento en el que las fronteras entre el antisemitismo y las críticas al Estado de Israel o el antisionismo parecen menos claras que nunca. El caso de Ronnie Barkan y Stavit Sinai es prueba de esa confusión, en ocasiones provocada por ciertos actores políticos para deslegitimar las críticas al gobierno israelí y al propio Estado de Israel. 

Ronnie y Stavit son judíos, israelíes residentes en Alemania y activistas del Movimiento Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS, en sus siglas en inglés), una campaña global que desde hace más de una década presiona para acabar con lo que considera un sistema de apartheid levantado por el Estado de Israel contra todos aquellos de sus ciudadanos no judíos y, especialmente, contra los palestinos de los territorios ocupados y en la diáspora. Pese a ser descendientes de supervivientes del Holocausto, Ronnie y Stavit se enfrentan a menudo a acusaciones de antisemitismo por su activismo en el BDS. 

El BDS es especialmente controvertido en Alemania por las asociaciones psicológicas con el boicot puesto en marcha por los nazis con su llegada al poder en 1933 bajo el lema “No compres a judíos”. El movimiento fue incluso incluido en el Informe de los Servicios de Inteligencia de la ciudad-Estado de Berlín como un ejemplo de activismo antisemita. 

“Yo nunca hablo de judíos, sino de sionistas. Porque el judaísmo no tiene nada que ver con el sionismo. De hecho, muchos de los sionistas alrededor del mundo son cristianos”, puntualiza Ronnie, que no puede evitar tomarse a broma las denuncias de antisemitismo que enfrenta en numerosos medios alemanes. Los activistas israelíes van un paso más allá y cargan contra el actual uso del adjetivo antisemita que, en su opinión, es usado como “un arma política para silenciar a disidentes o críticos de Israel”. Para Ronnie y Stavit, la fusión de los conceptos de judaísmo y sionismo es ya antisemita en sí misma. 

“Uno de los grandes éxitos de la ultraderecha europea es precisamente haber conseguido presentarse a sí misma como un proyecto de centro-derecha, además de usar el sionismo como el certificado kosher para su antisemitismo, un antisemitismo que es aceptado incluso por el Estado de Israel”, dice Martín Gak. 

Para ejemplificar esta afirmación, que puede sonar algo provocadora, el analista toma el país que considera la vanguardia del rebrote del antisemitismo en el Viejo Continente: Polonia. “Ahí tenemos la combinación perfecta de islamofobia sin Islam y del antisemitismo sin judíos”, dice Gak al referirse a la baja tasa de población judía y musulmana residente en Polonia. “Al mismo tiempo, en el caso polaco vemos la autoexculpación. Una autoexculpación que incluso prohíbe con leyes sostener que Polonia participó en el Holocausto. Y cuando el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, dice que los polacos fueron colaboracionistas de los nazis, y el primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki, se queja, Netanyahu acaba pidiendo perdón. Polonia muestra actualmente signos de catástrofe casi constantemente”. 

El historiador judío de origen alemán Saul Friedländer sobrevivió a la última gran catástrofe sufrida por los judíos en suelo europeo gracias que fue ingresado por sus padres con una identidad falsa en un internado católico de Francia. Su padre y su madre acabaron muriendo en el campo de concentración y exterminio de Auschwitz, en el actual territorio de la república de Polonia. 

El pasado enero, Friedländer habló ante el Bundestag alemán en su condición de sobreviviente al Holocausto. Y recordó que el antijudaísmo que repunta actualmente en Europa no es más que la expresión de un fenómeno más amplio: “El antisemitismo es sólo un de los flagelos a los que están sucumbiendo lentamente una nación tras otra. El odio al extranjero, la tentación de formas de gobierno autoritarias y especialmente un nacionalismo cada vez más grave se extienden por todo el mundo de una manera cada vez más preocupante”.

Artículo publicado en Esglobal.org.

martes, 19 de febrero de 2019

Judíos, israelíes y acusados de antisemitismo en Alemania

Ronnie Barkan, Stavit Sinai y Majed Abusalama, en Berlín. © Andreu Jerez
“Los alemanes tienen que madurar, tienen que pasar página. Ya es hora de que dejen de apoyar a aquellos que están cometiendo crímenes contra la humanidad. Si aprendieron algo del Holocausto, entonces tendrían que saber que hoy deben apoyar los derechos de los palestinos”. 

Decir una frase así en público no es un paso sencillo en Alemania. La sombra de los crímenes cometidos por el nacionalsocialismo y del Holocausto sigue marcando la vida política del país, y condicionando las opiniones públicas sobre Israel. Las críticas contra el Estado fundado en 1948 y que debía convertirse en el lugar seguro para los judíos del mundo, pueden tornarse rápidamente en acusaciones de antisemitismo todavía hoy en Alemania, más de 70 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial y de la derrota del hitlerismo. 

El autor del párrafo que abre este artículo es, sin embargo, Ronnie Barkan, judío, israelí y activista del Movimiento Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS, en sus siglas en inglés), una campaña global que desde hace más de una década intenta presionar a la comunidad internacional para acabar con lo que considera un "sistema de apartheid" levantado por el Estado de Israel contra todos aquellos de sus ciudadanos no judíos y, especialmente, contra los palestinos de los territorios ocupados y en la diáspora.

Ronnie no puede evitar dibujar una sonrisa ante la siguiente pregunta: ¿se puede ser judío y antisemita? El movimiento BDS se enfrenta desde hace tiempo a ese tipo de acusaciones en Alemania por su activismo y denuncia de las operaciones del ejército israelí y la ocupación de Cisjordania o el bloqueo de la Franja de Gaza. 

El BDS es especialmente controvertido en Alemania por las asociaciones psicológicas entre su campaña y el boicot puesto en marcha por los nazis con su llegada al poder en 1933 bajo el lema “No compres a judíos”. La Oficina de Defensa de la Constitución de la ciudad-Estado de Berlín incluso incluyó al BDS en su capítulo dedicado al antisemitismo después de que sus activistas boicoteasen con éxito un festival de música cofinanciado por la embajada israelí en la capital alemana. 

“El sionismo es claramente supremacista, racista, ultranacionalista; tiene las características más horribles. No hay una versión moral del mismo. La campaña de BDS está dirigida contra cualquier forma de racismo, incluyendo el sionismo y el antisemitismo”, asegura Ronnie en conversación con El Confidencial. Este activista de 42 años decidió abandonar Israel por considerar irresponsable seguir viviendo en su país natal ante la actual situación. Tras pasar por Italia, decidió establecerse en Berlín. Pero, ¿por qué Alemania? 

“Este el último bastión para el sionismo, la última frontera. Ello tiene que ver con una 'razón de Estado' que va incluso más allá de la ley y establece que la existencia del Estado de Alemania está intrínsecamente relacionada con la defensa del Estado de Israel, sin entender qué está ocurriendo realmente. Por eso, cualquier crítica al sionismo o al Estado de Israel es entendida como una crítica a Alemania. Incluso una crítica a la ocupación de territorios palestinos, que en realidad es el síntoma del problema, o de los mismos asentamientos israelíes en esos territorios, es motivo suficiente para ser blanco de acusaciones de antisemitismo. Estas son herramientas muy efectivas para negar cualquier tipo de voz crítica con Israel”.

"Alemania no puede fijar los límites” 

Stavit Sinai asiente ante cada una de las frases de Ronnie. Ella también es judía, israelí y antisionista. Esta académica y activista del movimiento BDS residente en Alemania desde años no da crédito a las acusaciones de antisemitismo y antijudaísmo a las que tiene que hacer frente en un país que, paradójicamente, asegura querer defender los derechos de su país natal y su pueblo: “Como hija de una familia superviviente del Holocausto no aceptaría ningún dictado de nadie sobre cómo formular mis ideas políticas ni tampoco me siento obligada a pedir permiso para expresar mi opinión. No creo que la sociedad alemana esté en disposición de establecer cuáles son los límites de la discusión”, sentencia Stavit. 

En los artículos y reportajes publicados por medios alemanes es fácil leer acusaciones veladas de antisemitismo contra el BDS. Sin embargo, rara vez se menciona la condición judía de algunos de sus activistas ni su origen israelí. “Ser judío, israelí y denunciar de forma no violenta en Alemania el apartheid que aplica nuestro país hace muy difícil que nos acusen de antisemitismo”, razona Ronnie sobre esos silencios mediáticos. 

El debate sobre si Israel ha establecido un sistema de apartheid, de segregación por etnia y religión tanto en los territorios palestinos como dentro de sus propias fronteras, no es nuevo. En 2017, un informe realizado por encargo de Naciones Unidas concluyó sin reservas que Israel había erigido un sistema de segregación basándose “en las mismas leyes y principios internacionales de los Derechos Humanos que rechazan el antisemitismo”. 

“Ningún Estado está exento de cumplir las normas y reglas recogidas en la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas Formas de Discriminación Racial. (…) El fortalecimiento de ese cuerpo de la legislación internacional sólo puede beneficiar a todos aquellos grupos que han sufrido históricamente discriminación, dominación y persecución, incluyendo a los judíos”, concluía el informe.

La publicación supuso la reacción inmediata del gobierno israelí, de otras voces de Estados Unidos y de la propia secretaría general de la ONU. Ante la negativa de eliminar el informe de la web de Naciones Unidas, la jordana Rima Khalaf, directora de la Comisión Económica y Social para Asia Occidental que había encargado la elaboración del estudio, decidió presentar su renuncia. A día de hoy, el informe ya no está en la web de la ONU, pero es fácil de encontrar en otras páginas académicas o de activismo político

La legislación internacional en defensa de los Derechos Humanos establece que el crimen de apartheid se traduce en “actos inhumanos cometidos en el contexto de un régimen institucionalizado de opresión sistemática y de dominación de un grupo racial sobre otro u otros grupos raciales con la intención de mantener ese régimen”. El concepto de apartheid procede del sistema de dominación blanca sobre la población negra levantado en Sudáfrica el siglo pasado. Mientras voces como la del escritor israelí nacido en Ciudad del Cabo Benjamin Pogrund se niega a aceptar esa comparación aduciendo sus propias vivencias en aquel sistema de segregación racial sudafricano, Ronnie Barkan y Stavit Sinai no tienen dudas al respecto.

Proceso legal 

“Yo crecí en Haifa, una ciudad diversa. Nunca me mezclé con chicos árabes de mi edad, nunca, porque el sistema educativo está segregado. Fui a una escuela para judíos. La población también está segregada por barrios. Nunca me encontré con chicos de mi edad que no fueran judíos. Por supuesto que me encontraba con árabes, pero siempre en contextos en los que ellos me servían a mi. Me criaron, por tanto, como si yo perteneciese a una raza superior”, explica Stavit. 

Ronnie va más allá de su propia experiencia personal y saca un tabla de elaboración propia basada en datos de la Oficina Central de Estadística de Israel: según esa tabla, la legislación israelí establece tres categorías a la hora reconocer los derechos de los habitantes de Israel y de los territorios ocupados: la ciudadanía, la nacionalidad (judía, árabe, drusa, etcétera) y la religión. Según Ronnie, a cualquier persona que no cuente con una ciudadanía israelí y una nacionalidad judía, reconocidas oficialmente como tales por las autoridades israelíes, le serán negados automáticamente los plenos derechos y deberes ciudadanos. Aquellos ciudadanos palestinos que no cuenten con ciudadanía israelí y que vivan en territorios ocupados o en la diáspora forzada conforman el escalón más bajo, sin estatus ni derecho alguno. “Si todos los ciudadanos de Israel contasen con una ciudadanía israelí, ello significaría el fin del apartheid”, añade Ronnie.

Un ejemplo claro de esta última categoría está sentado al lado de los dos activistas israelíes del movimiento BDS. Se llama Majed Abusalama y es un refugiado palestino que pudo abandonar la Franja de Gaza en 2014 tras recibir un disparo del ejército de Israel. Majed, que había sufrido previamente la persecución de Hamás en Gaza, colaboró con fundaciones de partidos políticos alemanes como la CDU o La Izquierda tras su llegada al país. Dejó de hacerlo cuando empezó a sentirse utilizado para justificar la posición de las instituciones alemanas respecto al comportamiento de Israel para con su pueblo. Actualmente también es activista en el movimiento BDS de Alemania: “Para mi vivir en Gaza significó vivir en una prisión a cielo abierto, en un campo de concentración, en un gueto. Yo viví allí y sé cómo vive mi gente allí en estos momentos”.


En junio de 2017, Ronnie, Stavit y Majed protagonizaron una acción de protesta durante una conferencia ofrecida en la Universidad Humbold de Berlín por la parlamentaria israelí Aliza Lavie, diputada del partido centrista, laico y opositor Yesh Atid. Los activistas quisieron llamar así la atención sobre lo que ellos consideran la colaboración necesaria de la oposición israelí laica con el sistema de ocupación y bloqueo contra la población palestina que mantiene el actual gobierno del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu. 

La acción no les salió gratis. Los dos activistas israelíes afrontan ahora un proceso legal en Berlín por intento de agresión y allanamiento, en un acción calificada por la práctica totalidad de la prensa alemana de “ataque antisemita”. Ronnie y Stavit asumen las posibles consecuencias legales, pero se niegan a dejar de ejercer su activismo en Alemania: “Al igual que un blanco en la Sudáfrica del apartheid, aquí nosotros tenemos dos opciones: o estás en contra o estás a favor; en aquella Sudáfrica no había una tercera opción y tampoco la hay con el actual sionismo”.

Artículo publicado por El Confidencial.

lunes, 11 de mayo de 2015

«¿Adónde nos han traído estos hijos de puta?»

Las manos de Virgilio Peña están curtidas por el trabajo y por el paso del tiempo. Este excombatiente republicano español, de 101 años de edad, sobrevivió al campo de concentración de Buchenwald, que él mismo ayudó a liberar el 11 de abril de 1945 antes de la llegada del ejército estadounidense. 

Nacido el 2 de enero de 1914 en el pueblo cordobés de Espejo, este andaluz echa la mirada atrás ahora que se suceden las celebraciones por el 70 aniversario de la liberación de los campos de exterminio nazis. Peña, recuerdo vivo del siglo XX, nos recibe en el salón de su casa, en la ciudad francesa de Pau, donde nos cuenta su historia con un acento andaluz que sigue conservando prácticamente intacto. Virgilio repasa así los días de una vida de novela. 

Después de que la República perdiese la Guerra Civil, usted sale de España por la frontera con Francia. ¿Cómo acaba en el campo de concentración de Buchenwald? 

A mí me detuvieron en Burdeos en febrero de 1943 por pertenecer a la resistencia francesa. Yo y otros hacíamos actos de sabotaje en la base marítima de Burdeos. La policía francesa sabía que yo estaba en la resistencia porque un chico español me vendió. Después de torturarme y al ver que yo no decía nada, me entregaron a los alemanes. 

Cuando le detienen, ¿usted era consciente de que lo iban a deportar a un campo de concentración?  

Yo no sabía absolutamente nada, ni siquiera por qué me habían detenido. En Francia, ni yo ni nadie habíamos escuchado hablar de los campos de concentración nazis. Cuando bajé del tren en Alemania, a la entrada de Buchenwald, entonces me di cuenta. 

Usted siempre ha dicho que el viaje en tren hasta el campo fue horroroso... 

El viaje en tren fue criminal, casi peor que luego dentro del campo. Metían a mucha gente en el vagón. En el que yo viajé ponía «Ocho caballos y cuarenta hombres», pero allí metieron a ochenta y pico personas. Lo primero que hice fue agarrarme con estos dos dedos a unas manillas que había al lado de la puerta para atar a animales. Y así pase tres días y dos noches. Pese a ser enero, dentro del vagón hacía un calor enorme. Casi no se podía respirar. La gente que iba dentro gritaba y gritaba. Todavía no habíamos llegado a Buchenwald, pero en el momento en el que entrabas en el vagón, tenías que pensar en defenderte a ti mismo, porque el que se caía al suelo por una frenada del tren, ya no se levantaba más. 

¿Sabe usted cuánta gente murió en ese vagón en ese trayecto? 

Como yo iba enganchado en la puerta, fui de los primeros en bajar. Y nada más tocar el suelo, ya tenías a un SS gritándote «Raus, Raus!» («Fuera», en alemán). Por eso no te lo puedo decir. Luego oí decir de otra gente que bajó más tarde del vagón que unas 30 personas habían muerto en el viaje. -¿Cómo fue la llegada? -En seguida que llegabas, te cortaban todo el pelo, desde los pies hasta la cabeza. Sólo te dejaban las cejas y las pestañas. Luego te metían en un líquido para desinfectar. Aquello picaba mucho. Al salir de allí, ya te dabas cuenta de dónde estabas, veías a los otros internos, que no tenían más que huesos. Y entonces te preguntabas: «¿Adónde nos han traído estos hijos de puta?» 

¿Recuerda el número que le otorgaron al entrar? 

Claro, perfectamente, ¿lo quieres en alemán o español? 40.843. Eso era lo primero que tenías que aprender al entrar a Buchenwald, porque en el campo no te llamaban por tu nombre. Cuando entrabas allí, perdías la nacionalidad y todo lo demás. Allí no eras más que un preso. 

¿Qué tipo de gente conoció allí? 

En mi bloque, que era el 40, había sobre todo alemanes antifascistas, la mayoría comunistas, y muchos checoslovacos. También había mucho intelectual: allí conocí al famoso ministro de Felipe González, Jorge Semprún. 

¿Usted tiene miedo a que todo lo que usted vivió caiga algún día en el olvido? 

Ahora que se cumplen los 70 años de la liberación de Buchenwald, esas cosas no se pueden olvidar. Son cosas para nosotros, los deportados. Como dijo Semprún, el día en el que muera el último deportado, no habrá nadie que hable del olor de la carne quemada. 

¿Guarda rencor a Alemania o a los alemanes? 

Yo al pueblo alemán no le guardo rencor, pero sí a los nazis y aquellos que cometieron tantas barbaridades. En Buchenwald había más alemanes que españoles. El campo lo construyeron los propios presos alemanes en 1937. ¿Cómo les voy a guardar rencor? Como se dice habitualmente, no hay que tener ni odio pero tampoco olvido.

Entrevista publicada en el diario ABC y videorreportaje emitido por DW Latinoamérica.



lunes, 26 de enero de 2015

Auschwitz 70 años después

La cínica frase "Arbeit macht frei" sigue presidiendo la entrada a Auschwitz. Andreu Jerez © 
«Llegamos con el primer tren de prisioneros a la estación de Auschwitz. Éramos 728 jóvenes, la mayoría estudiantes. Nos bajaron de los vagones y nos llevaron ante el edificio principal de la estación. Tenían una lista con nuestros nombres. El oficial nazi Karl Fritzsch se dirigió a nosotros para dedicarnos unas palabras que me han acompañado toda la vida. ‘No tenéis ni idea de dónde estáis’, nos dijo. ‘Esto es un campo de concentración alemán, no un centro curativo. Aquí se sobrevive como mucho tres meses. Y si entre vosotros hay sacerdotes o judíos, entonces la esperanza de vida es de seis semanas’». 

Józef Paczynski cuenta su historia con tranquilidad pasmosa y gesto amable. A veces incluso esboza una media sonrisa. Józef tenía 19 años cuando llegó al campo de concentración y exterminio de Auschwitz. Era 14 de junio de 1940. Tras ser detenido en Eslovaquia, fue trasladado al campo como preso político por formar parte del ejército de liberación polaco. 

Józef Paczynski sobrevivió para contarlo.  Andreu Jerez ©
Contra el pronóstico del oficial nazi que lo recibió a las puertas de una muerte casi segura, Józef abandonó el campo el 19 de enero de 1945 (poco antes de liberación de Auschwitz) en la llamada «Marcha de la Muerte»: acosados por el ejército soviético, las SS trasladaron a los prisioneros hacia el interior del Reich. Tras pasar por Mathausen, Józef recaló en los campos de Melk y Ebensee, en Austria. Un domingo 6 de mayo, una patrulla del ejército de Estados Unidos lo liberó definitivamente. Hoy tiene 95 años y es uno de los pocos cientos de supervivientes que todavía pueden contar su historia. El próximo martes se cumple el 70 aniversario de la liberación de Auschwitz por el Ejército Rojo. 

Una fecha redonda para conmemorar el horror vivido en el que fue centro fundamental del holocausto programado y ejecutado por el régimen nacionalsocialista de Adolf Hitler. «Sólo aquel que vivió Auschwitz puede entender lo que aquello fue. Auschwitz fue un infierno». Esta es una de las frases más repetidas por quienes viven para contarlo. En la maquinaria bélica nacionalsocialista, Auschwitz se convirtió en el mayor campo de concentración y exterminio del Tercer Reich. 

Construido en la primavera de 1940 en el sur de la Polonia ocupada, en verano de 1941 el comandante en jefe de las SS, Heinrich Himmler, le comunicó a Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, que el campo de concentración que dirigía tenía que cumplir una función central en la «solución final» para los judíos europeos y otras minorías del Viejo Continente. 

Según cálculos aproximados, entre 1940 y 1945 el régimen nacionalsocialista deportó a alrededor de 1,3 millones de personas a Auschwitz: la gran mayoría eran judíos, pero también había ciudadanos polacos, gitanos, presos políticos alemanes y soviéticos, y milicianos de la resistencia antinazi de diversas nacionalidades, entre ellos republicanos españoles. Alrededor de un millón de personas no sobrevivieron. El 90 por ciento de los muertos eran judíos. La gran mayoría de las víctimas fueron asesinadas en cámaras de gas.

No fue casualidad que Hitler se decidiese por Auschwitz, cerca de la ciudad de Cracovia, como centro de operaciones de esa maquinaria genocida: el dictador nazi consideraba los territorios occidentales de la Unión Soviética el espacio geográfico en el que históricamente se concentraba el grueso del «bolchevismo judío», tal y como denominaba la jerga nacionalsocialista a los millones de judíos que vivían desde hacía siglos en Europa oriental. 

Como muestran los documentos conservados, Hitler diseñó un «Plan General para el Este». «Ese plan preveía para Polonia oriental, los Estados bálticos, Bielorrusia y Ucrania un gigantesco reasentamiento de más de 30 millones de ciudadanos judíos y eslavos a cambio de grupos de población alemana y otros pueblos germánicos», escribe el historiador Gerd R. Ueberschär en su artículo «El asesinato de los judíos y la guerra en el Este». Ese presunto intercambio de población acabó desembocando en una máquina de aniquilar seres humanos perfectamente engrasada. 

La lógica industrial de Auschwitz supone un punto de inflexión en los crímenes perpetrados por el ser humano a lo largo de la historia. Al campo de concentración y exterminio de Auschwitz se iba a morir, pero no sin que los asesinos hubiesen calculado la optimización de las ejecuciones masivas y la productividad que las víctimas podían aportar en los trabajos forzados antes de ser ejecutadas o de simplemente fallecer por agotamiento o a causa de las enfermedades que surgían en los barracones por las pésimas condiciones sanitarias. Esa obsesión del régimen nacionalsocialista por la productividad de los prisioneros queda patente en la cínica frase en alemán que todavía hoy se puede leer a la entrada de Auschwitz: «Arbeit macht frei» («El trabajo hace libre»).

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