viernes, 17 de diciembre de 2010

Peristal Signum: a lisérgicos mazazos contra la realidad imperante



"Hace un par de meses nos enteramos de que el dueño del bloque quería renovar el inmueble, y nos comunicó que nos teníamos que marchar a finales de marzo. ¿Tristeza? La verdad es que no. Lo que hemos construido aquí desaparecerá físicamente, pero todo queda en la memoria de la gente, en nuestras cabezas. Te digo más: creo que hasta mejor que esto desaparezca: ya estábamos atrayendo a demasiados turistas. Por ver estar si Karmanoia renacerá en otro hueco de Berlín”. Y renació.

Andrija me contó lo que abre este post apenas hace dos años, a finales de marzo del 2009, con los ojos rojos y apoyado en la barra del bar-camarote situado en las entrañas del edificio en la Maizerstrasse número 5, entre el teatro y el laberinto. Me refiero al Karmanoia. Os contaré: para aquéllos que no llegaran a conocerlo, el Karmanoia era, en mi opinión, un lugar referencial. Un lugar en el que se hacían y se deshacían proyectos de teatro, música y demás con desparpajo y originalidad envidiables, en donde se respiraba buen y libre ambiente. Su lema: “Wir machen!”.

Pero el proyecto levantado en el bloque postokupado de cuatro plantas de la Mainzerstrasse vio su fin. Sin dramas y quizá con cierto alivio para sus creadores se produjo el adiós a su piscodélica magia. Tim lo admite: “Al final degeneramos más bien en un club, o más bien se nos puso ese sello. Un sello que no encajaba en nuestro rollo”. Eso me lo escribe Tim sentado frente a una computadora en algún lugar de Ciudad de México, en conversación internáutica. Tim era uno de los tres tipos que se encargaba de hacer malabares para mantener el Karmanoia: “Éramos tres para hacer la compra, confeccionar el programa, escribir las piezas de teatro, limpiar, hacer bricolaje o lo que fuera, además de quedarte todas las noches hasta las seis de la mañana o más, porque esa manera en la que nos pegamos la fiesta y tratamos con la gente es la que marca el estilo y la fama de nuestras personas”.

Aquéllo se acabó para desesperación de algunas y descanso de otros. Pero como Andrija me vaticinó, el primer Peristal parido en las entrañas del Karmanoia bajo el nombre de “vom Arsch zur Seeele” iba más allá del espacio y del tiempo. Era una idea que sobreviría en las cabezas de aquéllos que lo pisaron alguna vez y, sobre todo, que seguiría incrustado en los cerebros genialmente enfermos de sus creadores. Y efectivamente, renació bajo el nombre de Peristal Signum en otro agujero de la ciudad: “Mejor imposible: un edificio medio vacío casi con la misma infraestructura, y en esta ocasión además no nos teníamos que ocupar de mantener el bar, ni de limpiar ni comprar ni del inmueble. Simplemente nos podíamos concentrar por fin y por completo en nuestra fuerza creadora”. Zur wilden Renate es el sitio al que Tim se refiere.

Peristal de peristalsis: “del ojete al alma”

Según sus creadores, el nombre de Peristal viene de peristalsis. Es decir, “el movimiento de contracción a lo largo de los intestinos para impulsar los materiales de la digestión”, según apunta la Realísima Academia de la Lengua Española. Pero en el laberinto del Peristal, el viaje es en la dirección contraria: del “ojete al alma”. O sea, “vom Arsch zur Seele”. Ya hay demasiada mierda en este mundo para defecar más, así que mejor desandar el camino hecho. Es una forma más de explicar la experiencia que supone recorrer el laberinto. Ni siquiera te hace falta entrar drogado, aunque tampoco tampoco lo desaconsejo. Al Peristal se accede introduciendo un doblón de metal gordo y redondo (vale 10 euros y se adquiere en la barra del garito) en la rendija de la puerta. A partir de ahí se trata de escalar, encaramarse, arrastrarse, deslizarse o simplemente caminar por lisérgicas ocurrencias y alucinógenas atmósferas.


Cuando estás dentro y comienzas el viaje, cuesta creer que alguien haya sido capaz de poner tanto esfuerzo y fe en un proyecto tan descabellado: nueve meses de trabajo para levantar el entramado de pasillos, habitaciones, huecos, escaleras, forjados de metal, puertas, ventanas que dan a pasillos, que dan túneles, que dan a agujeros con encordados, luces, altavoces e hilos musicales que te harán pasar de la armonía espiritual al desasosiego e incluso el miedo escénico en cuestión de segundos. Georg Losch, Tim Schneider, Bernhard Lütke, Andrija Belosevic, Atilio Menéndez, Heidi Jönnson y Heike Streitmatter, entre otros muchos, levantaron esta brillante majadería.

“Georg y yo nos salimos por completo del sistema para quitarnos de en medio costes como el seguro médico, el alquiler así como otros seguros. Nos convertimos en punks-artesanos para poder vivir nuestra definitiva y total fuerza creadora. 14 horas al día, a diario: vivir, vivir, vivir, trabajo, trabajo, trabajo. Y siempre ahí, ni hacia a la izquierda ni a la derecha, siempre hacia delante”, detalla Tim con estilo enfermizo. Y con la ayuda y el apoyo de mucha gente nació el Peristal Signum. Una exposición en el sentido más absolutamente interactivo y poliédrico de la palabra.

Tim no está en Ciudad de México porque sí. Allí ha encontrado a más gente dispuesta a crear el primer Peristal al aire libre y abrir así a mazazos psicodélicos boquetes en la superficie de la lógica reinante en este mundo. Tim planea crear un movimiento peristálico global. Una especie de golpe de estado mundial a base de ácida imaginación. Te puedes alistar aquí: mail@karmanoia.de. Mientras, que sepas que tras esa puerta de ahí, en uno de los muchos rincones oscuros que esconde Berlín, el Peristal te está esperando.



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