sábado, 22 de junio de 2019

AfD, camino de ser primera fuerza en el este de Alemania

La joven ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) va camino de convertirse en el primer partido de buena parte de Alemania oriental. Esta es la conclusión que están dejando los resultados de las últimas elecciones celebradas en el país, ya fueran de carácter nacional, regional, municipal o europeo. AfD está consiguiendo capitalizar el voto protesta que históricamente se ha hecho fuerte en los territorios de la antigua Alemania socialista. Estos mapas extraídos del blog eleccionesenalemania.com así lo demuestran:


https://eleccionesenalemania.com/2019/05/27/europeas-2019-en-alemania-siete-claves-de-la-eleccion-en-18-mapas/

Tras la irrupción federal de AfD en las últimas elecciones alemanas de septiembre de 2017, las urnas están trazando un mapa político con cuatro Alemanias: la conservadora de la CDU de la canciller Merkel, que ve como su poder decrece cada vez que se vota, la socialdemócrata del SPD, que comienza a estar amenazada por la irrelevancia política e incluso por la desaparición, la urbana y optimista representada por Los Verdes, cuyo liberal-ecologismo podría ser pronto primera fuerza federal, y la ultranacionalista y reaccionaria representada por AfD, cada vez más fuerte en el este.

¿Significa esto último que el 'factor AfD' es un fenómeno circunscrito exclusivamente a los territorios orientales alemanes? No, de ninguna manera. El partido ultraderechista está representado en todos los parlamentos regionales de los 16 estados federados, y obtuvo resultados de dos dígitos en más de la mitad de ellos, tanto del este como del oeste. El espacio electoral surgido a la derecha de la unión conservadora de la CDU-CSU es, por tanto, sólido y apunta a que ha llegado para quedarse.



A pesar de que hay resultados de AfD que llaman especialmente la atención, como por ejemplo el 15,1% y el 10,2% conseguidos respectivamente por los ultras en Baden-Württemberg y Bayern (dos de los estados más ricos del país, con un desempleo prácticamente técnico), es evidente que el fenómeno electoral ultraderechista está alcanzando una nueva cualidad en los territorios orientales. AfD va camino de convertirse en el Volkspartei o gran partido de la antigua RDA. 

El voto protesta de amplias capas de la población germanooriental, descontentas con la evolución del país desde la reunificación en 1990, y la sensación de falta de alternativa que ha generado la repetición de Grandes Coaliciones de democristianos y socialdemócratas (tres en las cuatro últimas legislaturas) se presentan como los principales motivos de ese auge ultra en el este alemán. El caso de la alcaldía de la ciudad sajona de Görlitz es, en ese sentido, paradigmático.



Como ya advertimos en su día con nuestro libro Factor AfD, la entrada en el Bundestag en 2017 de la formación ultraderechista más exitosa de la historia de la República Federal de Alemania supuso un terremoto político que ponía en serio peligro la estabilidad del sistema de partidos y la gobernabilidad del país más poderoso de la Unión Europea.

Las elecciones regionales en los estados orientales de Brandenburg, Sachsen y Thüringen que se celebrarán el próximo otoño pueden ser el siguiente paso de ese proceso. En al menos dos de ellos, AfD podría convertirse en primera fuerza, por delante de la CDU, como apuntan las encuestas.

Con un gobierno de Gran Coalición ya de por sí muy debilitado, la CDU difícilmente le perdonará a Merkel un resultado como ése. De consumarse esa tendencia en las urnas, Alemania parece abocada  irremediablemente a elecciones anticipadas y a un final abrupto de la carrera política de Merkel, la que un día fuese bautizada como la mujer más poderosa del planeta.

martes, 11 de junio de 2019

Entrevista con Lech Walesa

Con 75 años se sigue presentando como un “revolucionario” ante el grupo de periodistas extranjeros que lo entrevista en el centro de documentación de Solidaridad, en Gdansk. Lech Walesa lo ha sido casi todo en Polonia: líder del sindicato que tumbó el régimen comunista y que abrió una grieta en la Unión Soviética, presidente del país y premio Nobel de la Paz. Cuando se cumplen treinta años de las primeras elecciones semilibres de la Polonia socialista, consideradas el preámbulo de la caída del Muro de Berlín, el derrumbe del bloque oriental y el fin de la Guerra Fría, Walesa observa con preocupación la actual deriva ultranacionalista y autoritaria de su país y el resto de Europa. Por eso, ahora a menudo lleva una camiseta con la palabra "Constitución".

¿Cree que la libertad está en peligro actualmente en su país? 

Lech Walesa, en un momento de la entrevista.
 © Andreu Jerez
Primero tendríamos que volver a una definición lógica de libertad y democracia. En muchos países del mundo los dirigentes dicen que tienen democracia, pero cuando los observo, no la veo. En Polonia menos del 50% de la población usa la democracia, y en los partidos políticos sólo milita alrededor de un 5% de la ciudadanía. En nuestra época conseguimos reunificar Alemania y acabar con las fronteras entre países europeos, y ahora nos encontramos con una pared: ya no podemos conseguir mayores éxitos Aquella época se ha acabado y ahora nos encontramos frente a otra, la de internet, la información y las nuevas tecnologías, que no acaba de empezar del todo. Los pueblos quieren cambios, así que eligen políticos que prometen cambios, como por ejemplo Donald Trump en Estados Unidos, un presidente sin partido en Francia como Emmanuel Macron y Jaroslaw Kaczynski en Polonia. Los tres hacen una buena diagnosis de la situación actual, pero sus soluciones no son las correctas. 

Habla de una nueva era. ¿Cree que las instituciones internacionales están preparadas? 

La OTAN, por ejemplo, se fundó para hacer frente al Pacto de Varsovia, que ya no existe. Y la OTAN sigue ahí, cómodamente. Lo mismo pasa con las Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad, organizaciones creadas en un mundo bipolar y de confrontación de bloques, y que ya no encajan en el mundo actual. La Unión Europea tiene el mismo problema: es un proyecto necesario, pero necesita una reforma. Alemania, Francia e Italia deberían preparar una propuesta. Y si no funciona, entonces dejemos que Polonia y Hungría destrocen la UE para refundarla cinco minutos después de haberla destruido. 

¿El avance de las fuerzas ultranacionalistas y euroescépticas es consecuencia de los errores cometidos por el establishment

Los viejos demonios, como el nacionalismo y el populismo, se despiertan porque los actuales políticos no tienen respuestas a nuestros problemas. La filosofía de nuestro sindicato Solidaridad era muy sencilla: si no puedes levantar a solas un peso, entonces tienes que pedir a la gente de tu alrededor que te ayude. Y en nuestra época el peso era enorme: el comunismo y la Unión Soviética. Por lo tanto, tuvimos que organizar el país entero, y también pedir ayuda al resto de Europa, Estados Unidos y Canadá. Y solo entonces conseguimos nuestro objetivo. Ahora parece que hemos dejado el terreno libre a los populistas y los demagogos que engañan a la gente. Necesitamos abrir los micrófonos, que la ciudadanía participe en el debate y diga la suya. Es bueno que haya figuras como Trump y Kaczynski, porque nos obligan a buscar soluciones. 

Como antiguo líder sindical que defiende el modelo de libre mercado, ¿cree que las crecientes desigualdades económicas son otro de los factores que ponen hoy en peligro la democracia? 

Yo mismo tomé la decisión de no moverme en el trabajo por miedo a ser despedido. Al fin y al cabo, se necesita disponer de un poco de dinero para no tener miedo al futuro. Por esto a la gente pobre le cuesta más luchar. Si la situación material de la gente es mala, de poco sirve animar a la ciudadanía para que luche por la democracia. 

Usted es uno del grandes críticos del actual gobierno ultranacionalista de Polonia en manos del PiS, el partido fundado por los hermanos Kaczynski, antiguos colaboradores suyos. ¿Se siente herido por el hecho de que Solidaridad sea hoy un sindicato próximo al oficialismo? 

No me siento herido. Ya antes de la caída de la Unión Soviética me acusaban de traidor. Nuestro sindicato tenía diez millones de afiliados hace treinta años, y la actual Solidaridad tiene medio millón. A pesar de ser un sindicato partidista y gubernamental, osan decir que ellos son el auténtico Solidaridad y que nosotros no lo éramos. Todavía podríamos conseguir grandes cosas si levantáramos las viejas banderas del sindicato. El actual gobierno de Polonia elimina cualquier cosa que dificulte o moleste el poder ejecutivo. Si es el Tribunal Constitucional u otros tribunales, pues los eliminan. Al principio, los Kaczynski tenían buenas intenciones. Pero esta forma de gobierno te acaba arrastrando hacia una dictadura. Así surgen las dictaduras. Afortunadamente, hoy vivimos una época en la que los dictadores no pueden llegar tan lejos como antes. Por otra parte, en la actual Hungría podemos ver hasta dónde puede llegar un dictador. 

¿Cómo reaccionan sus nietos cuando les explica qué pasó en el año 1989? 

Desgraciadamente no me quieren escuchar. Prefieren jugar con la consola o el ordenador. Soy de la vieja generación y pienso de manera diferente a las nuevas generaciones. Pero está bien así: ellos se deben ocupar del presente y mirar al futuro.

Entrevista publicada por el Diari Ara.

lunes, 6 de mayo de 2019

'Epidemia ultra’: la ola reaccionaria que contagia a Europa

Las próximas elecciones europeas marcarán “el inicio de una nueva historia para Europa”. Mateo Salvini formuló esta profecía la semana pasada en una comparecencia en Budapest con el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán. La capital húngara fue la última escala de una frenética campaña que el ministro de Interior italiano y líder de la Lega lleva desplegando las últimas semanas con un objetivo explícito: que las fuerzas ultraderechistas, ultranacionalistas y euroescépticas consigan convertirse en la primera fracción del Parlamento Europeo en los comicios de finales de mayo.

Salvini prefiere no hablar de una alianza de derechas, sino de una “alternativa a los burócratas”. Es su estrategia para disfrazar las posiciones de partidos como Alternativa para Alemania (AfD), la Reagrupación Nacional francesa de Marine Le Pen, el Partido Popular danés, la misma Lega italiana o el FPÖ austriaco, con profundas diferencias, pero también con puntos en común: retórica xenófoba, cierre de fronteras, ultranacionalismo, euroescepticismo, revisionismo histórico e islamofobia.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué las familias conservadora y socialdemócrata, los dos grandes actores que históricamente han controlado el Parlamento Europeo, perderán muy probablemente la mayoría absoluta de la cámara? ¿Cuáles son los perfiles de los líderes ultras? ¿Qué los une? ¿Qué los separa? El libro Epidemia ultra. La ola reaccionaria que contagia a Europa, coordinado por el politólogo  Franco Delle Donne y por un servidor, intenta dar respuestas a todas esas preguntas: 15 autores, periodistas y académicos, ofrecen en él una mirada especializada sobre 13 países tan diferentes como, por ejemplo, Italia, Polonia, Bélgica, Grecia, España y Reino Unido, entre otros.


Cuatro crisis

Todos los países ofrecen unas peculiaridades marcadas por su historia nacional, las circunstancias económicas y el contexto geográfico. No obstante, a la hora de teorizar sobre los porqués del contagio ultraderechista, parece que todos comparten una serie de factores. El politólogo Sebastian Friedrich, uno de los mejores analistas sobre el joven partido ultraderechista AfD, lo expone de la siguiente manera: “Las crisis ante las que el proyecto ultraderechista reacciona son cuatro: la del conservadurismo, la de la representación, la del capital y la social”.

Por la crisis del conservadurismo Friedrich entiende la incapacidad de la democracia cristiana y las fuerzas conservadoras de postguerra para mantener la totalidad del votante tradicional a causa de una cierta “socialdemocratización” del discurso (que no de sus políticas); la crisis de la representación hace referencia al concepto de postdemocracia, es decir, la sensación que cunde en una parte del electoral de que las recetas económicas ya están escritas al margen del resultado que arrojan las urnas; la crisis del capital apunta a la crisis del capitalismo en su actual estadio neoliberal; y, para acabar, la crisis social señala las crecientes desigualdades económicas y el impacto en las clases asalariadas generado por la recesión global y la crisis financiera de la última década.

A pesar de estos factores comunes, las diferencias entre países también son destacables. Austria, por ejemplo, es el escenario de “la ultraderecha europea de primera hora", como titula el periodista Juan Carlos Barrena su capítulo dedicado a este país. Lo gobiernos de Gran Coalición con los que democristianos y socialdemócratas austriacos han gobernado buena parte de la historia reciente del país han banalizado el debate político impulsando al FPÖ, un partido de raíces nazis que hoy gobierna en coalición con los conservadores del Partido Popular Austriaco de Sebastian Kurz.

Bélgica, dividida identitaria y lingüísticamente, ofrece un patrón bien diferente. Las dinámicas nacionalistas internas se combinan con el centro de poder de la UE en Bruselas, que atrae a figuras como Steve Bannon, antiguo asesor de Donald Trump y fundador del think tank The Movement, con el cual financia y asesora al frente ultraderechista europeo. Por eso Bélgica puede ser considerada “el laboratorio” de la epidemia ultra que amenaza a todo el continente. Prácticamente ningún país está ya a salvo. La llegada de Vox al tablero político español es el último ejemplo.

Las próximas elecciones europeas amenazan con convertirse en un punto de inflexión en la historia de la UE de consecuencias todavía difícilmente predecibles. El analista político Raúl Gil lo explica gráficamente en su prólogo para Epidemia ultra: "La identidad europea fue herida de muerte en los años de la crisis económica y las políticas de austeridad. Una herida infectada por el nacionalismo, que está empezando a afectar a los órganos vitales”.

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Este libro es un proyecto autogestionado y autoeditado, así que tú apoyo nos ayudará a seguir ofreciéndote análisis e información que no encontrarás en otros medios y que te permitirán entender mejor el mundo en que te ha tocado vivir.

martes, 9 de abril de 2019

Europa: ¿nueva ola de antisemitismo?



“Nadie os protege, nadie. Acabaréis todos en una cámara de gas”. Distrito de Schöneberg, Berlín, diciembre de 2017. Un ciudadano alemán amenaza abiertamente al empresario israelí Yorai Fenberg frente a su restaurante. El dueño del local graba la escena con su teléfono y posteriormente la sube a internet. El vídeo es reproducido por medios locales y reaviva automáticamente un debate en realidad nunca acabado en Alemania: ¿sufren el país y el resto de Europa una nueva ola de antisemitismo más de 70 años después del Holocausto, y pese a un intenso y constante trabajo de recuperación de la memoria histórica impulsado por el Estado alemán? 

Después de hacer público este caso flagrante de antisemitismo, Yorai Fenberg ha denunciado en numerosas entrevistas que su local sufre al menos un ataque a la semana: pintadas, pegatinas o llamadas amenazantes. Yorai es un ejemplo claro de una percepción creciente entre los integrantes de la comunidad judía europea: más de un tercio de los judíos que residen en doce países de la Unión Europea barajan la posibilidad de emigrar porque ya no se sienten seguros en el Viejo Continente. Ésta es una de las conclusiones a las que llega el informe Experiencias y percepciones de antisemitismo, publicado el año pasado por la Agencia de la Unión Europea para Derechos Fundamentales (FRA, en sus siglas en inglés). 

El estudio basa sus conclusiones en entrevistas en profundidad a más de 16.000 judíos, religiosos o seculares; se trata, por tanto, de un informe que refleja la percepción del antisemitismo en el seno de la comunidad judía europea. Y su resultado no deja lugar a dudas: alrededor del 90% de los entrevistados residentes en Bélgica, Francia, Alemania, Holanda, Suecia y Reino Unido consideran que el antisemitismo fue especialmente alto en esos seis países entre 2012 y 2018. El 70% de los judíos entrevistados en los otros seis países incluidos en el estudio (Hungría, Italia, Polonia, España, Dinamarca y Austria) también tiene la percepción de que el antisemitismo creció considerablemente en sus respectivos países de residencia durante ese mismo periodo. 

Pero no se trata sólo de una cuestión de percepción. También hay cifras oficiales. Francia es tal vez uno de los casos más flagrantes en Europa: en 2018, hubo 541 actos de corte antisemita en el país galo. Ello supuso un 74% más que el año anterior. El ministro de Interior francés, Christophe Castaner, llegó a afirmar que "el antisemitismo se extiende como un veneno”. Repuntes estadísticos similares se dan en otros países europeos como Alemania, Reino Unido o Bulgaria.

Esas cifras oficiales, sumadas a estudios como el de la FRA, generan automáticamente dos preguntas sobre un fenómeno que tiene largas raíces históricas en Europa: ¿realmente sufre el Viejo Continente una nueva ola de antisemitismo? Y si es así, ¿cuál o cuáles son sus causas principales? ¿Tiene acaso que ver ese recrudecimiento con un antisemitismo importado del mundo árabe y predominantemente musulmán? 

“Yo creo que no hay ninguna duda de que hay un recrudecimiento del antisemitismo”, responde a la primera pregunta Martín Gak, judío secular, doctor en filosofía y corresponsal en religión y ética de la televisión alemana internacional Deutsche Welle.“El antisemitismo más insidioso y el que tiene una tradición más larga en Europa es el antisemitismo de derecha. La iconografía del judío eterno, la iconografía del judío usurero que está preparando una invasión externa para poner en jaque la unidad nacional, étnica y religiosa está muy presente en la actualidad”, dice Gak respecto a la segunda pregunta. “La idea de una guerra económica es, por ejemplo, la estrategia que está usando Viktor Orbán en Hungría para atacar a la Unión Europa. Hay en todo esto un elemento identitario, que define el antisemitismo de hoy como lo definía hace 70 años y que no viene de la comunidad musulmana ni de los que están escapando de las bombas sirias”. 

Para el analista, el antijudaísmo estructural, ya existente en Europa mucho antes de la llegada de la inmigración musulmana o de la llamada crisis de refugiados procedentes de Oriente Próximo en 2015, es la principal fuente del actual recrudecimiento del antisemitismo en el Viejo Continente. Con una diferencia: ahora vuelve a haber partidos capaces de canalizar electoralmente ese antisemitismo latente durante décadas. El lepenismo en Francia, el oficialismo del partido Fidesz en Hungría o el gobierno ultranacionalista polaco son sólo algunos ejemplos. 

Para algunos resulta, no obstante, tentador apuntar a la llegada a Europa de refugiados musulmanes para explicar ese repunte antisemita percibido por la comunidad judía. El último informe del Bundestag (parlamento federal alemán) sobre el antisemitismo señala en esa dirección: la llegada de musulmanes al país aumenta la sensación de inseguridad de la comunidad judía residente en Alemania. Sin embargo, esa percepción choca de bruces con la realidad estadística que ofrece el mismo informe: el 90% de los ataques antisemitas en Alemania sigue siendo obra de la ultraderecha.

“Cuando uno escucha a gente como Bannon, Lepen o Pegida [Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente] hablar de judeocristianismo, no estamos más que ante una chicana. Cuando fuerzas de ultraderecha marchan en el estado alemán de Sajonia con la bandera de Israel, está claro que se trata de un proyecto de lavado de reputación política”, reflexiona Martín Gak, que apunta así al sionismo de las nuevas ultraderechas europeas como una forma de intentar eliminar las sospechas de antisemitismo y también de estrechar lazos con el gobierno ultranacionalista y ultraconservador israelí del primer ministro Benjamin Netanyahu, quien no ha tenido reparos en acercarse a algunos movimientos ultras europeos y del resto del mundo.

El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, fue el último líder ultraderechista en visitar oficialmente Israel y reunirse con él. Tras visitar el Museo del Holocausto en Jerusalén, Bolsonaro llegó a decir que el nacionalsocialismo alemán fue un fenómeno de izquierdas. Las nuevas ultraderechas europeas, marcadamente islamófobas, suelen entender además Israel como un ariete contra la presunta invasión árabe e islamista. 

“Después está la cuestión de las actitudes respecto al judaísmo de inmigrantes musulmanes y de las segundas, terceras o cuartas generaciones de musulmanes en Europa”, puntualiza Martín Gak. “Ahí la situación es mucho más complicada, una situación de judeofobia, de aprensión al judío que está cruzada por variables como la posición de Israel respecto a los palestinos, la educación importada desde Turquía, Marruecos o Siria a Europa, o la falta de judíos en los lugares en los que esos musulmanes europeos se mueven. Pero esta última es una posición mucho menos consistente que el antisemitismo ultraderechista europeo, que está totalmente asentado y trabaja en el subterráneo. Definitivamente, no es cierto que el antisemitismo europeo haya desaparecido. Ha desaparecido solamente del espacio público”. 

¿Es antisemita ser antisionista? 

El informe sobre antisemitismo elaborado por la FRA no deja lugar a dudas: los judíos residentes en Europa tienen ahora más miedo que antes a ser víctimas de un ataque o de una discriminación por su simple condición de judíos. No obstante, el informe tiene la limitación de basarse sólo en la percepción de los entrevistados y en lo que ellos consideran antisemita. ¿Es, por ejemplo, antisemita una crítica al Estado de Israel por su política de ocupación de los territorios palestinos?

“Especialmente en Facebook hay muchos comentarios antisemitas o antiisraelíes con carácter antisemita”, dice una mujer judía de 50 años residente en Alemania, en una de las declaraciones recogidas en el informe elaborado por la agencia comunitaria. La entrevistada no específica, sin embargo, qué es para ella un comentario antiisraelí de carácter antisemita, algo que parece fundamental en un momento en el que las fronteras entre el antisemitismo y las críticas al Estado de Israel o el antisionismo parecen menos claras que nunca. El caso de Ronnie Barkan y Stavit Sinai es prueba de esa confusión, en ocasiones provocada por ciertos actores políticos para deslegitimar las críticas al gobierno israelí y al propio Estado de Israel. 

Ronnie y Stavit son judíos, israelíes residentes en Alemania y activistas del Movimiento Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS, en sus siglas en inglés), una campaña global que desde hace más de una década presiona para acabar con lo que considera un sistema de apartheid levantado por el Estado de Israel contra todos aquellos de sus ciudadanos no judíos y, especialmente, contra los palestinos de los territorios ocupados y en la diáspora. Pese a ser descendientes de supervivientes del Holocausto, Ronnie y Stavit se enfrentan a menudo a acusaciones de antisemitismo por su activismo en el BDS. 

El BDS es especialmente controvertido en Alemania por las asociaciones psicológicas con el boicot puesto en marcha por los nazis con su llegada al poder en 1933 bajo el lema “No compres a judíos”. El movimiento fue incluso incluido en el Informe de los Servicios de Inteligencia de la ciudad-Estado de Berlín como un ejemplo de activismo antisemita. 

“Yo nunca hablo de judíos, sino de sionistas. Porque el judaísmo no tiene nada que ver con el sionismo. De hecho, muchos de los sionistas alrededor del mundo son cristianos”, puntualiza Ronnie, que no puede evitar tomarse a broma las denuncias de antisemitismo que enfrenta en numerosos medios alemanes. Los activistas israelíes van un paso más allá y cargan contra el actual uso del adjetivo antisemita que, en su opinión, es usado como “un arma política para silenciar a disidentes o críticos de Israel”. Para Ronnie y Stavit, la fusión de los conceptos de judaísmo y sionismo es ya antisemita en sí misma. 

“Uno de los grandes éxitos de la ultraderecha europea es precisamente haber conseguido presentarse a sí misma como un proyecto de centro-derecha, además de usar el sionismo como el certificado kosher para su antisemitismo, un antisemitismo que es aceptado incluso por el Estado de Israel”, dice Martín Gak. 

Para ejemplificar esta afirmación, que puede sonar algo provocadora, el analista toma el país que considera la vanguardia del rebrote del antisemitismo en el Viejo Continente: Polonia. “Ahí tenemos la combinación perfecta de islamofobia sin Islam y del antisemitismo sin judíos”, dice Gak al referirse a la baja tasa de población judía y musulmana residente en Polonia. “Al mismo tiempo, en el caso polaco vemos la autoexculpación. Una autoexculpación que incluso prohíbe con leyes sostener que Polonia participó en el Holocausto. Y cuando el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, dice que los polacos fueron colaboracionistas de los nazis, y el primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki, se queja, Netanyahu acaba pidiendo perdón. Polonia muestra actualmente signos de catástrofe casi constantemente”. 

El historiador judío de origen alemán Saul Friedländer sobrevivió a la última gran catástrofe sufrida por los judíos en suelo europeo gracias que fue ingresado por sus padres con una identidad falsa en un internado católico de Francia. Su padre y su madre acabaron muriendo en el campo de concentración y exterminio de Auschwitz, en el actual territorio de la república de Polonia. 

El pasado enero, Friedländer habló ante el Bundestag alemán en su condición de sobreviviente al Holocausto. Y recordó que el antijudaísmo que repunta actualmente en Europa no es más que la expresión de un fenómeno más amplio: “El antisemitismo es sólo un de los flagelos a los que están sucumbiendo lentamente una nación tras otra. El odio al extranjero, la tentación de formas de gobierno autoritarias y especialmente un nacionalismo cada vez más grave se extienden por todo el mundo de una manera cada vez más preocupante”.

Artículo publicado en Esglobal.org.