lunes, 21 de noviembre de 2022

Esta es la casa del Union Berlín


El estadio del 1. FC Union Berlín está en medio de un bosque a orillas del río Spree. Para llegar a pie a la Alte Försterei hay que atravesar un camino de tierra entre árboles. Por el peregrinan en asombrosa armonía ultras bebidos, padres con sus hijos y familias al completo. 

La mayoría recorre a pie el kilómetro largo que separa la estación de tren de Köpenick del estadio: el trayecto es un viaje a través del universo unionista. Grupos de hinchas calientan motores a las puertas de los bares, aficionados venden el libreto del club, músicos callejeros le cantan a la larga memoria del Union mientras la reventa de entradas da sus últimos coletazos. 

Försterei significa en alemán algo así como casa en la que viven los guardas forestales. La sede del Union estaba situada originalmente en una casa forestal que todavía hoy sigue en pie, frente al estadio. Probablemente no haya mejor detalle para entender la importancia de las raíces para la identidad de este club. “Esto es más que fútbol. Es una comunidad, el lugar donde te encuentras con amigos, familiares y compañeros de trabajo”, explica Uwe mientras apura su cerveza. 

Equipo de barrio 

El Union es un equipo de barrio y Köpenick, el distrito que lo ha visto crecer. Situado en la periferia oriental de la capital alemana, es el bastión de un club acostumbrado a sobrevivir en las orillas del mundo del fútbol. Esto fue así durante el sistema socialista de la desaparecida República Democrática Alemana – en la que el Union no fue precisamente el equipo preferido del régimen – y lo siguió siendo tras la caída del Muro de Berlín. Que hasta hace poco fuera líder de la Bundesliga es una anomalía, un milagro en un deporte cuya élite vive entregada al dictado del dinero. 


El periodista que escribe estas líneas publicó el pasado octubre un reportaje sobre esa anomalía futbolística. Tras enviar el texto al departamento de prensa del club, llegó la respuesta: “Hola Andreu. Gracias por el reportaje. Te invitamos a ver un partido en nuestro estadio”. La invitación no es cualquier cosa: conseguir una entrada para ver en directo al Union en la Alte Försterei es casi misión imposible. Desde su ascenso a la Bundesliga en 2019 – el primero en su historia –, el estadio, con capacidad para 22.000 espectadores, está siempre lleno hasta la bandera. Esta es la crónica de la visita a la casa de un club sin igual. 

Salchichas, tabaco y cerveza 

En la Alte Försterei se anima y se sufre sin concesiones, se tutea y se habla, sobre todo, con dialecto berlinés. Venir aquí es como pasar la tarde de un domingo en el salón de tus abuelos. Esta hinchada llama, de hecho, a su estadio la “sala de estar” del Union. “Esta familia era pequeña y ha ido creciendo poco a poco, como en la vida misma. Esta familia pasó tiempos de mierda, las cosas no fueron tan bien como nos van hoy”, dice Joachim en el descanso del partido entre el Union y Borussia Mönchengladbach que se disputa esta tarde de domingo. 

La Alte Försterei huele a salchichas, tabaco y cerveza, que corre entre los aficionados antes, durante y después de cada partido. Aquí continúa habiendo un marcador con tablillas que se cambian a mano y la mayoría sigue el juego de pie, como en los estadios de los 80: sólo la tribuna principal, donde se ubican directiva y prensa, cuenta con asientos numerados. Ya sea de pie o sentada, algo une a la afición: aquí se grita los 90 minutos del partido más el descuento. “¡Eisern Union, Eisern Union, Eisern Union!”, vocifera la hinchada cada cinco minutos. 

“Eisern” significa “de hierro”. Nadie sabe muy bien cuál es el origen del adjetivo, pero recuerda el carácter obrero del club. En el siglo XIX, la zona de Köpenick era una de las regiones más industrializadas de Europa. La base social del Union ha sido históricamente trabajadora y orgullosa de ello. El tuteo entre aficionados y el acento berlinés forman parte de esa identidad. 

Juego sin florituras 

La hinchada del Union no necesita una jugada de 30 pases para aplaudir. Una recuperación tras un balón dividido, un saque de esquina a favor o un disparo a las nubes bastan para arrancar una ovación. Los unionistas saben cuáles son las limitaciones futbolísticas de su equipo y no se avergüenzan de ello. La entrega física de sus futbolistas hace posible que ese juego sin florituras sea efectivo. Van quintos de la Bundesliga y disputan competiciones europeas. 

El público grita “Fußballgott” (“dios del fútbol”) cada vez que hay un cambio local. Pero aquí los dioses son de carne y hueso, y están obrando un milagro con un club que estuvo al borde de la desaparición hace dos décadas por problemas financieros. Si el Union sigue existiendo es porque así lo quiso su masa social, que llegó a donar sangre para conseguir fondos para el club y a trabajar en la reforma de su estadio sin cobrar un euro. 

“Cuando gritamos que el Union Berlín será el próximo campeón alemán, por supuesto lo gritamos con ironía”, aclara Georg con la voz rota tras otro partido épico. El Union ha ganado esta noche al Gladbach por 2 a 1 con un gol de cabeza en el último minuto del descuento. Vasos llenos de cerveza han volado por encima de la tribuna de prensa. El milagro continúa en Köpenick. 

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lunes, 3 de octubre de 2022

Temor a un "otoño caliente” en Alemania

Una expresión se repite en medios y ciertos círculos políticos en Alemania desde hace semanas: "otoño caliente". Con ella, periodismo y política pretenden resumir a lo que podría enfrentarse el país si se materializan los peores escenarios; es decir, revueltas sociales e inestabilidad política si la inflación sigue aumentando, si la crisis energética se endurece, si la recesión acaba llegando, y si, en el peor de los casos, la falta de energía genera un colapso industrial, al menos parcial, que podría desembocar en mayor desempleo y en desabastecimiento de determinados productos. 

Las voces del Gobierno federal son contradictorias. Mientras la ministra de Exteriores, la verde Annalena Baerbock, no tuvo reparos en reconocer este verano que las autoridades alemanas podrían enfrentarse efectivamente a una oleada de protestas durante los meses de otoño e invierno, el canciller socialdemócrata Olaf Scholz viene repitiendo que el país mantendrá la concordia y se impondrá la cohesión social, a pesar de que la mayoría de la población alemana ya ha perdido un sustancial poder adquisitivo. 

“Ya observamos que la población está bastante afectada por las crisis. Nos encontramos ante una superposición de crisis que llevan a la gente a estar insegura y preocupada, en la que los estratos económicos más bajos tienen verdaderas preocupaciones existenciales y entre las clases medias hay también verdaderos temores a la perder estatus social. El estado de ánimo es claramente inestable y también está marcado por el miedo”, asegura a Jana Faus, cofundadora de la agencia de análisis demoscópico Pollytix


Oportunidad para AfD

Esa inseguridad ya se comienza a proyectar en las encuestas de intención de voto. La ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD), por ejemplo, lleva semanas repuntando. Algunas proyecciones ya colocan al partido ultra por encima del 14%. AfD, carcomida por las peleas internas, llevaba varios años languideciendo en torno al 10% de intención de voto. La actual coyuntura, plagada de incertidumbres y agravada por una política de comunicación del Gobierno bastante mejorable, se presenta así como una oportunidad de oro para la ultraderecha alemana. 

Un análisis de Pollytix advierte, además, de otro peligro con el que Alemania ya tiene décadas de experiencia: la disposición a usar la violencia entre los militantes de los grupos extremistas, concretamente, de la ultraderecha y el neonazismo militante

Otro partido opositor que se suma a la dialéctica del "otoño caliente" es La Izquierda, coalición de poscomunistas germanoorientales y exsocialdemócratas del Alemania occidental. La formación, que estuvo a punto de quedarse fuera del Bundestag en las últimas elecciones federales del pasado septiembre, intenta ganar perfil político y remontar en intención de voto con un discurso social que exige una mayor cobertura para las clases trabajadoras, los jubilados y los desempleados. La Izquierda y AfD coinciden en el uso de determinadas expresiones respecto a la crisis que enfrenta Alemania, aunque desde posiciones política opuestas. 



 


Inflación de dos dígitos

En un país con un miedo histórico al aumento de los precios, la inflación se acercó en septiembre al 11%, la cifra más alta en varias décadas. “Estamos ante una ‘estanflanción’, es decir, la combinación de una economía estancada o incluso en declive y una inflación alta. Se trata de una crisis generada por la falta de oferta. Los últimos años solíamos estar acostumbrados a crisis generadas por la falta de demanda. Pero ahora tenemos una falta de oferta de mercancías, especialmente grave en la energía y las cadenas de valor añadido. Una ‘estanflanción’ es una noticia muy mala, porque la política puede hacer mucho menos que ante una demanda débil”, asegura Clemens Fuest, presidente del Ifo. 

Desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania, el Gobierno de Scholz ha aprobado tres paquetes de ayudas para ciudadanía y empresas que combina transferencias directas con alivios fiscales. Para ello, ha movilizado alrededor de 95.000 millones de euros. Con todo, la valoración del Gobierno tripartito de socialdemócratas, verdes y liberales no deja de caer, lo que denota una crisis de confianza hacia las autoridades en una coyuntura volátil e impredecible, algo que irrita a la ciudadanía alemana, amante de las certidumbres. 

Los expertos consultados por este diario dudan de que ese "otoño caliente" se acabe traduciendo en revueltas sociales e inestabilidad política, aunque no minimizan el impacto social de la inflación y dan por hecho una oleada de protestas sociales, cuya magnitud todavía es difícil de prever. Alexander Kriwoluzky, jefe de análisis macroeconómico del instituto DIW, le da una dimensión europea a sus predicciones: “En Alemania la situación probablemente será controlable. Será mucho más difícil en Italia, donde tenemos elecciones y es muy posible que llegue al poder un gobierno no proeuropeo. La situación económica allí puede agravarse una vez más, por lo que si algo se gesta en Italia, también llegará en algún momento a Alemania.”

Reportaje publicado por los diarios de Prensa Ibérica.

jueves, 4 de agosto de 2022

Entrevista con Hans-Christian Ströbele, cofundador de Los Verdes alemanes

Ströbele nos recibe en su despacho de Berlín. Foto: Pau Cegarra.

Abogado, militante pacifista, exabogado defensor de militantes de la RAF (Fracción del Ejército Rojo), cofundador de Los Verdes alemanes y del diario berlinés de izquierda TAZ, diputado federal durante dos décadas... Hans-Christian Ströbele es un fragmento vivo de la historia de Alemania. Nacido en 1939, sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial y se politizó en la República Federal de la Guerra Fría, en la que conoció la caza de brujas y también la prisión por “apoyo a organización criminal”. Encara el tramo final de su vida angustiado por la guerra de Ucrania y cabreado por la carrera militarista en que la que su país y el mundo se han embarcado. 

Señor Ströbele, en el actual contexto político y social, ¿hasta qué punto se sigue sintiendo representado por su partido, Los Verdes? 

 Es mi partido, lo cofundé hace 40 años. Y sí, sigo sintiéndome representado por él, incluso cuando no estoy de acuerdo con algunas de sus decisiones y con algunas medidas del actual Gobierno. Pero estoy acostumbrado a eso. Estuve más de 20 años en el Bundestag parlamento federal alemán y ahí también voté repetidamente contra mi propia fracción parlamentaria, sobre todo en cuestiones relacionadas con la guerra y la paz. 

¿Qué queda del partido que cofundó en la década de los 80? 

Los Verdes son el proyecto político más exitoso desde la Segunda Guerra Mundial en Alemania. En aquel entonces nos formamos como una coalición de diferentes movimientos sociales, especialmente del movimiento ecologista, del antinuclear, del movimiento feminista y pacifista. El objetivo no era fundar un partido, sino una coalición para estar representados en el parlamento, para llevar los temas de la calle al parlamento. El movimiento pacifista, por ejemplo, llegó a movilizar en manifestaciones hasta medio millón de personas. Era muy importante. 

Al principio se rieron de nosotros y nos insultaron. Se nos excluía incluso de las comisiones. 40 años después, no sólo somos un partido de Gobierno, sino que además somos el factor más importante del actual Gobierno. Nuestros temas – especialmente el ecologismo y el movimiento antinuclear – forman ya parte del mainstream, están presentes en todos los partidos democráticos alemanes. Si toma los programas electorales de la CDU, del SPD o del FDP, en todos encontrará las demandas ecológicas y el tema climático bien arriba. Son temas centrales. Lamentablemente, esos partidos no actúan después en consecuencia. 

Pero cuando analiza las decisiones de los actuales líderes de su partido, del ministro de Economía, Robert Habeck, y de la ministra de Exteriores, Annalena Baerbock, ¿también se sigue sintiendo identificado? 

Sí, por supuesto. Yo, por ejemplo, fui un activista del movimiento pacifista. Siempre tuve la convicción de que conseguir la paz sin armas era el lema correcto, y no conseguir la paz con cada vez más armas pesadas. Por eso me he expresado últimamente de manera muy crítica sobre la guerra en Ucrania. Pienso que las negociaciones son lo más importante y que tenemos que hacer todo lo posible para evitar una escalada militar y una guerra de desgaste. Debemos encontrar vías para que esta aguerra de agresión de Putin pueda acabar. Y ahí hay diferencias con mi partido. Algunas de sus promesas, como por ejemplo que Ucrania tiene que ganar esta guerra, me parecen una ilusión. Yo digo que Ucrania debe ofrecer resistencia. Eso me parece bien y lo apoyo, pero debemos evitar una escalada que nos lleve a una guerra mayor en Europa contra Rusia, o de los países de Europa del Este y Alemania contra Rusia.

Si nos encontramos ante una posible Tercera Guerra Mundial, ¿por qué el movimiento pacifista alemán, tan fuerte en el pasado, tiene hoy tan poca fuerza? 

El movimiento sigue existiendo, claro está, pero ahora vemos como un pueblo europeo es atacado y bombardeado sin miramientos ni motivo alguno, y como se cometen graves violaciones de los Derechos Humanos. Eso está presente a diario en todos los canales de televisión, en la radio y en los diarios. También por eso las voces que apuestan por un pacifismo consecuente no están tan presentes, tampoco en la calle. Pero espero que eso vuelva a cambiar. 

Siempre leo con mucha atención los mensajes que publica en su activa cuenta de Twitter, y también las respuestas. En ocasiones le acusan de ser un Putinversteher (comprensivo con Putin). ¿Tiene la sensación de que en Alemania se ha estrechado la libertad de expresión? 

Sí, tiene usted razón, ese tipo de posiciones se ha extendido, lo que considero no sólo estúpido y erróneo, sino también antidemocrático. Es antidemocrático insultar o denunciar a alguien con quien no se está de acuerdo. Pero si usted mira mis tweets, también se percatará de que son muy exitosos. Hoy, por ejemplo, he escrito uno en el que digo que si las ciudades quieren ahorrar energía ante la falta de suministro, entonces deberían apagar los anuncios luminosos, que no tienen sentido y además son perjudiciales. Hasta ahora tengo más de 8.000 ‘me gusta’. Con el coche propongo lo mismo: dejar de usarlo. 

Lo acaba de comentar usted. Ha escrito en Twitter: “Todos hablan de ducharse, pero si hay que ahorrar energía, entonces las publicidades luminosas deberían apagarse en todas las ciudades. Nadie las necesita”. Entiendo que es una crítica al ministro de Economía, el verde Robert Habeck, responsable de la cuestión energética… 

En la actualidad, la Coalición Semáforo [gobierno tripartito alemán de socialdemócratas, verdes y liberalesintenta eliminar los problemas sociales. Lamentablemente, lo hace con medidas para toda la población, como si fuera con una regadera que ha de llegar a toda la población, no sólo a los más necesitado, sino también a los ricos, a las personas que tienen suficiente como yo. Eso no puede ser. Se tienen que discutir nuevas medidas que se concentren en las personas que realmente sufren o que no pueden seguir pagando su vivienda.

Robert Habeck detectó muy pronto el problema energético, pero tiene poco tiempo para actuar porque Putin puede cerrar pronto el grifo del gas. Será una situación muy difícil. Ahí habrá que mirar a quién se atiende primero. Creo que habría que atender primero a la población y a sus necesidades fundamentales, y después a la industria, especialmente la gran industria. No es que haya que destruir todo, pero sí hay que considerar elementos sociales para que esta terrible guerra no tenga además como consecuencia que la gente se vea arrastrada a la pobreza y la desesperación en Alemania. 


Usted ya calificó en el pasado – ya antes de la invasión rusa de Ucrania – a Putin de dictador. He leído que cuando el Bundestag lo recibió en 2001, usted fue el único diputado que permaneció sentado como gesto de protesta. ¿Ha sido Occidente demasiado acrítico con Putin durante demasiado tiempo? 

No quiero disculpar a Putin: sólo él carga con la responsabilidad. Pero Putin ya propuso en el Bundestag una mayor cooperación en cuestiones como la distensión, las garantías de paz y también propuso negociaciones. Aquello cayó en saco roto. Yo eso lo critico a pesar de que ya entonces considerara a Putin una mala persona. Ya sabía lo que había hecho en Chechenia, por ejemplo. Por eso permanecí sentado, aunque no estoy seguro de que fuera el único diputado. Con todo, Putin ofreció un discurso en el Bundestag en el que dijo que había que sentarse e intentar encontrar un orden de seguridad y de paz compartido. Y creo que ese habría sido el camino correcto. 

¿Qué opina de las voces que critican que Occidente haya financiado durante décadas la guerra que Rusia despliega ahora en Ucrania a través de las importaciones de fuentes de energías fósiles? 

Creo que una crítica generalizada contra el comercio con Rusia es errónea. Con un país tan cercano y tan grande – sobre el que, por cierto, todavía tenemos una responsabilidad por lo ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial –, se debe comerciar. Otra cosa es si la dependencia energética – que podría provocar ahora que nos quedemos sin calefacción durante el invierno – fue correcta. Seguramente no lo fue. Pero desde la caída del Muro y la desaparición de la Unión Soviética, la política alemana también podría haber hecho algo para evitar que los países que antes eran zona de influencia soviética se convirtiesen en la avanzadilla de la OTAN. Evidentemente, no se le puede prohibir nada a esos países, pero ¿realmente había que colocar bases con misiles frente a la frontera de Rusia? El argumento de que esos misiles apuntan hacia Irán es obviamente una estupidez. Se tendría que haber actuado de manera más sensible a la hora construir una seguridad compartida con Rusia y que la expansión de la OTAN no se orientase contra Rusia. 

Destacadas figuras políticas alemanas como Ursula von der Leyen o Olaf Scholz aseguran una y otra vez que la OTAN es una alianza militar defensiva… 

No, simplemente no lo es. Eso no es verdad. La OTAN protagonizó una guerra de 20 años en Afganistán sin base legal alguna. Una guerra que perdió, por cierto. También bombardeó Serbia sin una resolución de la ONU, e intervino Libia y es culpable de que ese país siga sumido en una guerra civil espantosa. Estados Unidos y otros estados de la OTAN protagonizaron también una guerra criminal en Irak que incendió todo Oriente Próximo y que generó lo que vino después, es decir, Estado Islámico. El asalto de Estados Unidos a Irak hizo que el orden en aquella región saltara por los aires. Después vinieron las fuerzas islamistas radicales que incluso fundaron su propio estado. Estados Unidos tiene una responsabilidad directa sobre todo eso. 

¿Es historia la estrategia de “autonomía estratégica europea”, es decir, una defensa europea independiente de la OTAN? 

En este momento, sí. Ahora mismo se hace todo lo posible para convertir a la OTAN en una alianza más grande, más fuerte, más compacta y, a poder ser, ampliamente armada con cabezas nucleares. Creo que eso es muy peligroso. Ese es un problema que tenemos que solucionar cuando la guerra en Ucrania acabe. Hay quien dice que la Unión Europea debería dotarse de unas fuerzas armadas que pudieran actuar en caso de guerra. En todo caso, tenemos que analizar cuál es en realidad la relación entre la estrategia de seguridad de la Unión Europea y la de la OTAN. ¿Son siempre idénticas? Son muchas las cuestiones que hay que resolver y sobre las que antes yo no era consciente. 

Usted es un fragmento vivo de la historia reciente de Alemania. Ha vivido y visto mucho. ¿Tiene todavía razones para mirar con optimismo hacia el futuro dado el actual estado de las cosas? 

En este momento, no. Ahora tengo muchos motivos para el temor. Mi principal acción política ahora es concentrarme en advertir a lo que nos arriesgamos con esta guerra. Pero obviamente espero – y por eso hago política – que esto cambie. Siempre le digo a la gente lo que ahora le voy a decir a usted: durante 74 años de mi vida no viví una guerra en Alemania. Eso es casi un milagro. Y ahora eso se ve amenazado por la destrucción. Tenemos que apostar por la mediación, por el diálogo con el otro, como hizo el canciller Willy Brand en su momento. No soy un fan de Brandt. Nunca condenó, por ejemplo, la guerra de Vietnam. Pero su política de apertura en un contexto de frentes endurecidos fue un acierto. Entonces, aquí en Berlín occidental, si interpretabas una pieza de teatro de Bertold Brecht, eras automáticamente un comunista y ya pertenecías al otro lado. Esa es la atmósfera que en parte también hoy se respira. Si hoy no dices que estás dispuesto a darlo todo por Ucrania, independientemente de lo que pase aquí en Alemania, eres automáticamente un Putinversteher, un fan de Putin. Es una auténtica estupidez.

Entrevista publicada por la revista CTXT.


lunes, 4 de julio de 2022

Björn Höcke espera su momento

La ultraderecha de Alternativa para Alemania consuma su radicalización y queda a merced del líder del ala más cercana al neonazismo


“La dirección es de mi gusto”. Björn Höcke no escondió su satisfacción con el resultado del último congreso celebrado por Alternativa para Alemania (AfD) a mediados del pasado junio en la ciudad sajona Riesa. El líder del partido ultraderechista en el estado federado de Turingia no salió elegido para la nueva dirección de su formación. Tampoco se postuló para ello, ni le hizo falta para salir reforzado. Si algo demostró el congreso de Riesa es que difícilmente algo se mueve en el partido ultra sin el beneplácito de Höcke, líder del ala más radical de AfD que raya con el neonazismo. 

Los delegados AfD confirmaron en Riesa a la que ha sido su presidencia bicéfala desde 2019: al germanooriental Tino Chrupalla y a la germanooccidental Alice Weidel. El primero, pintor de profesión, responde a los votantes de la clase trabajadora y de pequeñas y medianas empresas. La segunda, con formación académica y experiencia en banca de inversión internacional, lo hace ante el electorado de mayor poder adquisitivo y mayor ascendencia social. Esta doble dirección también busca mantener el difícil equilibrio entre las facciones del este del país, donde AfD es un partido de dos dígitos y consolidado, y las del oeste, territorios en los que partido sufre por seguir dentro de los parlamentos.


Débil liderazgo 

Chrupalla recibió el apoyo del 53,4% de los delegados. Weidel, el 67,3%. El resultado apunta al débil liderazgo con el que esta presidencia bicéfala seguirá a la cabeza de AfD. El congreso de Riesa dejó la sensación de que ambos se mantiene al frente del partido porque así lo ha tolerado Höcke. 

Nacido en 1971 y padre de cuatro hijos, Björn Höcke es un profesor de secundaria metido a la política profesional. Descendiente de una familia desplazada de los territorios orientales del antiguo Imperio Alemán durante la Segunda Guerra Mundial, nunca ha escondido sus posiciones ultranacionalistas y revisionistas de la política de memoria de la República Federal: “Nosotros, el pueblo alemán, somos el único del planeta que ha plantado un memorial a la vergüenza en el corazón de su capital”, dijo en 2017 en referencia al monumento conmemoratorio dedicado a las víctimas del Holocausto perpetrado por los nazis

Esa es sólo una de las muchas salidas de tono de Höcke, que usa una retórica populista, nacional y social que le ha dado buenos resultados electorales en su estado. La hemeroteca no deja lugar a dudas sobre las preferencias políticas del líder de AfD en Turingia: hay fotos de él participando en marchas organizadas por el partido neonazi NPD antes de la fundación de AfD en 2013.

   
¿Futuro presidente? 

 “Tal vez dentro de un par de años sea el momento de presentar mi candidatura”, dijo Höcke durante el congreso de Riesa tras ser preguntado sobre su posible entrada en la dirección del partido. “A nivel federal me gustaría, como hasta ahora, seguir como asesor de segunda fila”, añadió. 

Estas palabras confirman lo que exmiembros directivos de AfD hace tiempo señalan: que Höcke es el auténtico poder en la sombra y la prueba de la consumada radicalización. “Amplios sectores del partido y sus correspondientes representantes se han radicalizado cada vez más, lo que lleva a la formación al absoluto aislamiento y hacia los márgenes políticos”, ha dicho el Jörg Meuthen, cofundador de AfD y antiguo copresidente de la formación que ha abandonado recientemente. En esa misma línea se ha expresado en reiteradas ocasiones Frauke Petry, también ex copresidenta del partido. Tanto Meuthen como Petry son hoy cadáveres políticos. 

El congreso de Riesa, por momentos caótico y que dejó en evidencia las enormes divisiones internas de AfD, tuvo que concluir de manera abrupta ante la incapacidad de llegar acuerdos sobre política internacional – con la guerra en Ucrania y la posición hacia la Rusia de Putin como ejemplos más evidentes –. Mientras las federaciones occidentales tienden a condenar la invasión rusa de Ucrania, las orientales apuestan por un curso más cercano al Kremlin. 

Los delegados participantes sí abrieron la puerta, sin embargo, a que AfD pueda tener en el futuro una presidencia individual. Analistas ven de nuevo la mano invisible de Höcke, que acomoda la organización interna de AfD en su favor, a la espera de que llegue una coyuntura económica y social más propicia para un discurso hoy demasiado radical para la enorme mayoría del electorado alemán. El líder de AfD en Turingia tal vez especule con una mayor inflación y una recesión derivada de la guerra en Ucrania a lo largo los próximos años que abonen sus tesis ultranacionalistas. Mientras, el partido ultraderechista se mantiene anclado en torno al 10% en las encuestas de intención de voto.

Artículo publicado por El Periódico de Catalunya.