martes, 5 de julio de 2016

Tuitear desde dentro de Pegida

“Lügenpresse, Lügenpresse, Lügenpresse…!” (“¡Prensa mentirosa, prensa mentirosa...!”) 

Este es uno de los eslóganes coreados habitualmente en marchas de Pegida (siglas en alemán para “Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente”), uno de los gritos franquicia del movimiento islamófobo y marcadamente nacionalista. La prensa es una de las principales dianas de esta iniciativa ciudadana, que desde hace más de dos años saca cada lunes a miles de personas a las calles de diferentes ciudades de Alemania. 

Dresde es el gran bastión de Pegida. En la ciudad germanooriental a orillas del río Elba se gestaron sus inicios. Hasta la capital del Estado federado de Sajonia han peregrinado miles de personas procedentes de toda Alemania y del resto de Europa para participar en marchas de marcado corte antimigración. Pase lo que pase, cada lunes uno de los reporteros de la cuenta de twitter @streetcoverage sigue la manifestación y tuitea en directo lo que en ella ocurre. Alexej y Johannes asumen así la tarea que muchos periodistas y reporteros han dejado de hacer. Por el miedo que generan las amenazas e incluso las agresiones físicas. 

El móvil como escudo Johannes se mueve con paso decidido por las calles empedradas del centro de Dresde pese a que el calor apriete en la capital sajona. Este joven estudiante de medicina no se separa de su teléfono móvil: es la herramienta que le permite explicar a los más de 15.000 seguidores de @streetcoverage lo que ocurre a su alrededor. 

Cuando llegamos a la plaza desde la que este lunes parte la marcha de Pegida, Johannes percibe la hostilidad que genera su presencia desde el primer momento. Agacha la mirada sobre su móvil para tuitear algunas de las frases que los oradores escupen desde el podio. Mientras, un miembro de la seguridad privada de Pegida, corpulento y de cabeza rapada, se sitúa a pocos metros de nosotros con mirada de pocos amigos. Johannes tuitea y tuitea. Parece agarrarse a su móvil como si fuera un escudo con el que poder protegerse.


“Miedo no es la palabra correcta. En todo caso diría respeto. Hemos vivido escenas que estuvieron marcadas por el miedo, en las que tuvimos que tomar la decisión de huir, porque nuestra integridad física estaba amenazada. Pero no tengo miedo, porque creo que lo que hacemos es muy importante y eso nos da aliento. En todo caso, no debemos ser imprudentes”, asegura Johannes, tras reflexionar unos segundos la respuesta.

Más agresiones, menos libertad de prensa

@streetcoverage nació en marzo de 2015. Un grupo de refugiados había acampado ante la Ópera de Dresde como forma de protesta por sus condiciones de acogida. Una noche, alrededor de 150 simpatizantes de Pegida atacaron la acampada con gritos xenófobos. Johannes y Alexej estaban allí. Para su sorpresa, los medios de comunicación no se hicieron eco del ataque. “No podíamos comprender que algo así pudiera pasar en nuestra sociedad sin que automáticamente se convirtiese en un tema de discusión, sin que los ciudadanos se enfrentaran a ello. Los valores fundamentales de nuestra convivencia estaban siendo atacados”.

En ese momento, decidieron crear su propia herramienta informativa. La red social Twitter de mensajería instantánea fue la plataforma elegida. Su cuenta se ha convertido en toda una referencia en Alemania para seguir en tiempo real lo que ocurre en marchas de uno de los movimientos islamófobos más populares de Europa. “Reportajes y narración en vivo desde donde arde. Contra el racismo y la xenofobia”, reza la descripción del perfil.

En 2015, Alemania cayó de la posición 12 a la posición 16 en el ránquing de libertad de prensa elaborado por Reporteros Sin Fronteras. Esa degradación de 4 puestos se debe fundamentalmente a ataques contra reporteros a manos de grupos de extrema derecha en marchas como las de Pegida. RSF documentó al menos 39 agresiones contra periodistas durante 2015 en Alemania. Otros tantos ha recogido el Centro Europeo para la Libertad de Prensa, con sede en Leipzig, otra de las ciudades alemanas considerada foco de movimientos derechistas. En una página web, el Centro Europeo localiza sobre un mapa de Alemania diferentes ataques a periodistas: agresiones físicas, insultos, rotura de cámaras de video y fotos, e incluso amenazas de muerte.

Así las cosas, muchos reporteros de medios regionales y del resto de Alemania han dejado de acudir a las marchas. Unos porque consideran que el riesgo de sufrir una agresión es demasiado alto; otros, porque ya fueron atacados física o verbalmente. Johannes y Alexej podrían haber tomado la misma decisión; sin embargo, y a pesar de no dedicarse profesionalmente al periodismo, los creadores de @streetcoverage prefieren seguir cubriendo las manifestaciones. No ignoran las amenazas, pero se niegan a aceptar que la libertad de prensa tenga que sufrir tales restricciones en un país como Alemania.

“Nuestras coberturas son objetivas, en ellas evitamos opiniones o posicionamientos ideológicos; simplemente describimos lo que vemos. De esta manera, no se nos puede acusar de nada. Simplemente, de describir lo que ellos mismos hacen o dicen. Somos como un espejo. Y eso nos protege de alguna manera”, afirma Johannes con media sonrisa.

Pero esa fría manera de informar parapetados tras los 140 caracteres de Twitter no siempre les sirve de protección: tanto Johannes como Alexej han sufrido golpes y amenazas verbales durante coberturas de marchas islamófobas y también del partido derechista y euroescéptico Alternativa para Alemania (AfD), que algunos ya consideran el brazo político de Pegida.

  

Capitalización política de la islamofobia 

Decir que Pegida sólo representa a sectores de la extrema derecha y a los círculos neonazis de Alemania sería faltar a la verdad; quien haya acudido alguna vez a una marcha islamófoba en Dresde se habrá percatado de que los manifestantes conforman un grupo heterogéneo, en el que por supuesto hay neonazis y elementos de la extrema derecha, pero también trabajadores y ciudadanos de clase media que participan en las manifestaciones como forma de protesta contra el establishment alemán. Es la forma de expresar su descontento con la marcha del país.

Pegida es un fenómeno político y social más o menos transversal, característica que lo une a Alternativa para Alemania, el partido derechista y eurófobo que actualmente se sitúa por encima de 12 por ciento en las encuestas de intención de voto a nivel federal. No en vano, altos miembros de la formación han acudido a título individual a marchas de Pegida. AfD asegura que no tiene nada en contra de los musulmanes, pero considera que el Islam ni pertenece ni puede pertenecer a Alemania. La formación derechista intenta así capitalizar políticamente y sin sonrojo la creciente islamofobia que la sociedad germana viene experimentando durante los últimos años.

Johannes no tiene duda alguna sobre la cooperación activa entre la direcciones de Pegida y AfD: “Hace unas semanas, un líder de AfD de Turingia participó en una marcha en Dresde y habló desde el podio. Uno de los objetivos de Pegida era precisamente fundar un partido propio. Pero no parece que lo estén consiguiendo. Y una de las consecuencias de esa incapacidad es la cercanía con AfD, que sirve así para canalizar políticamente el movimiento”.

La manifestación de Pegida de este lunes avanza lenta y de manera silenciosa a través del centro de Dresde. Unas 2.000 personas caminan rodeadas de un fuerte cordón policial. El dispositivo de seguridad desplegado por las fuerzas de seguridad es realmente impresionante. Johannes avanza paralelamente a la marcha sin dejar de tuitear lo que ve y lo que escucha. Evita acercarse demasiado a los manifestantes, cuyas miradas son cada vez más amenazantes.

Un joven participante en la manifestación se le acerca y le pregunta para quién trabaja. “Periodista independiente”, responde Johannes. El joven, enfundado en una camiseta negra con el lema de “Defend Europe” (“Defiende Europa”), intenta seguir con la conversación, pero Johannes lo evita. Tanto manifestantes como miembros de la seguridad privada de Pegida comienzan entonces a fotografiar a Johannes y a este reportero. Cuando el seguimiento se hace más que incómodo, decidimos abandonar la marcha. Por seguridad personal, afirma Johannes.

Pasividad policial 

¿Y la policía? “Tenemos mucho contacto con ella. Y la propia policía reconoce que tiene simpatizantes de Pegida entre sus filas. Y no precisamente pocos. Llevamos más de doce meses haciendo coberturas y lo vemos claramente: vemos como miembros de Pegida y agentes se saludan y se chocan las manos”. Johannes incluso denuncia pasividad policial ante ciertas agresiones protagonizadas por manifestantes de Pegida contra refugiados y periodistas. “A veces no nos hemos sentido lo suficientemente protegidos por la policía y hemos tenido que ser recogidos por conocidos para salir de marchas”.

Hoy, la manifestación de Pegida culmina en la misma plaza en la que comenzó. En una de las calles adyacentes, un par de cientos de antifascistas se manifiestan en contra. Un amplio cordón policial separa a ambos grupos. Los militantes izquierdistas profieren insultos contra los simpatizantes de Pegida, que responden con más insultos y con amenazas. Se producen momentos de tensión. Una violencia latente se mezcla con el asfixiante calor; parece que los enfrentamientos pueden comenzar en cualquier momento. Ello no impide que Johannes siga tuiteando situado entre ambos grupos. Las marchas se acaban finalmente disolviendo sin mayores problemas.

“Pegida ha cambiado completamente el ambiente de Dresde; no sólo porque la ciudad se haya convertido para los medios de comunicación en la capital del movimiento que apuesta por el racismo y la xenofobia, sino también porque genera discusiones en las familias y entre colegas de trabajo. Las escuelas, universidades y centros investigación de carácter internacional también están sufriendo las consecuencias. El Instituto Max Planck, por ejemplo, les paga un taxi a algunos de sus investigadores extranjeros todos los lunes por la noche. Por seguridad”, explica Johannes. El joven estudiante de medicina y reportero circunstancial también toma medidas de protección personal que, por razones obvias, prefiere no desvelar.

El terrorismo de extrema derecha y neonazi no es un fenómeno nuevo en Alemania. La Fundación Amadeu Antonio estima que las estructuras neonazis militantes mataron a alrededor de 180 personas desde la reunificación del país en 1990. El último gran episodio de terrorismo pardo fue la célula NSU (Clandestinidad Nacionalsocialista), que asesinó a 9 ciudadanos de origen turco y griego y a una agente de policía entre 2000 y 2007, además de perpetrar atracos de bancos y atentados con bomba antes de ser disuelta definitivamente hace cinco años.

Como cercano observador de los nuevos movimientos derechistas alemanes, Johannes no tiene dudas: “Las fuerzas más activas y militantes de Pegida se han retirado durante los últimos meses del espacio público. El problema es que a través de las marchas de Pegida y de otros eventos similares, esas fuerzas derechistas más militantes se han interconectado muy bien, incluso tal vez mejor que en la década de los 90, antes de la aparición de la NSU. Es posible que estén pasando a la clandestinidad con estructuras muy organizadas y también con nuevas fuentes de financiación. Y temo esto acabe expresándose de manera violenta, con muertos, durante los próximos 10 años”.

Crónica publicada en ElConfidencial.com.

martes, 31 de mayo de 2016

¿Se está ‘pasokizando’ el SPD?


– “Si salimos de la Gran Coalición, la CDU no regularizará voluntariamente el trabajo temporal ni los contratos definidos. Sólo lo hará porque nosotros le obligamos a ello. Así que, ¿qué debo hacer? ¿Salir de la coalición y dejarlo todo hecho una mierda con la esperanza de que si todo va bien, usted votará al SPD?” 

– “Si una trabajadora del servicio de limpieza pudiera decirte qué es lo debes hacer, entonces yo lo haría…” 

Esta conversación tuvo lugar recientemente en la Willy-Brandt-Haus, la sede del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) en Berlín. Fue durante unas jornadas organizadas por el propio partido. Los dos protagonistas fueron Sigmar Gabriel, presidente del SPD, y Susanne Neumann, trabajadora del servicio de limpieza del edificio. La charla, celebrada de manera informal ante militantes y medios de comunicación, se ha convertido en viral en el país. Susanne ha sido posteriormente invitada a programas de debate de máxima audiencia en la televisión alemana. 

La escena capta a la perfección la más absoluta desorientación que reina en la actualidad en el seno del SPD, partido fundamental para entender la historia moderna de Europa y cofundador de una tendencia política que hoy busca su razón de ser: la socialdemocracia.


Algunas de las últimas encuestas de intención de voto otorgan al SPD menos del 20% de los sufragios en unos eventuales comicios federales en Alemania, previstos para septiembre de 2017. El partido obtendría así su peor resultado desde la fundación de República Federal Alemana en 1949. Una tendencia que va en línea con la pérdida ininterrumpida de afiliados desde principios de la década de los 90 del siglo pasado. 

Socialdemócratas en crisis existencial, titulaba el diario muniqués Süddeutsche Zeitung (editorialmente cercano al SPD) un análisis sobre un partido que parece condenado a seguir los pasos de otras formaciones socialdemócratas europeas: convertirse en una fuerza irrelevante o incluso desaparecer del tablero político. 

“La caída del SPD por debajo del 20% tampoco puede sorprender. El partido tiene desde hace tiempo un serio problema de comunicación”, asegura Franco Delle Donne, consultor de comunicación política residente en Berlín que ha trabajado para los socialdemócratas alemanes. “Según las encuestas, el partido toma las mejores decisiones, las que la gente quiere: jubilación con 63 años, salario mínimo y así una larga lista. Y aún así sigue perdiendo votos. ¿Qué pasa entonces? Por un lado, el SPD falla en contarle a la gente de una manera entendible y accesible que si los apoyan, contarán con medidas que les interesan. Y por otro, cometió el mismo error que en 2005: creer que ser socio pequeño de una Gran Coalición le serviría para sacar provecho político y convencer al electorado de que el partido estaba preparado para gobernar sin Merkel”. 

Lo ocurrido a lo largo de la actual legislatura en Alemania ha sido más bien lo contrario: el SPD, con Gabriel a la cabeza, no ha conseguido en ningún momento capitalizar electoralmente ciertas reformas sociales introducidas por el Gobierno de la canciller Angela Merkel gracias a la presión socialdemócrata. El bipartidismo conformado por CDU y SPD ha sufrido un innegable desgaste en los últimos años; sin embargo, mientras los democristianos siguen en disposición de elegir a un socio de coalición, los socialdemócratas están muy lejos de ser una alternativa real para el Gobierno federal: se alejan del poder para acercarse, cada vez más, a las cifras electorales de partidos como Los Verdes o La Izquierda (alianza de poscomunistas y socialdemócratas desencantados). 

Paradigma de la crisis socialdemócrata 

La del SPD no deja de ser una crisis paradigmática de la actual situación que atraviesa la socialdemocracia europea: en Grecia, el Movimiento Socialista Panhelénico (Pasok) ha perdido definitivamente la hegemonía del centroizquierda para dejar paso a Syriza; en España, la coalición Unidos Podemos amenaza con ‘sorpassar’ al PSOE; en países de Europa del Este como Polonia, la derecha ultranacionalista y euroescéptica ha barrido de los Parlamentos a partidos liberales de centroizquierda; en Reino Unido, ni siquiera el giro a la izquierda ofrecido por la figura de Jeremy Corbyn parece en disposición de sacar al laborismo británico del marasmo electoral; en Francia, el presidente socialista François Hollande ha tocado mínimos de popularidad y su partido parece descartado para disputar las próximas presidenciales francesas; en Austria, el ex canciller Werner Faymann dimitió tras la debacle de su partido, el SPÖ (Partido Socialdemócrata de Austria), en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, que finalmente se disputaron el candidato verde y el ultraderechista de FPÖ. 

Las políticas económicas neoliberales abrazadas por la socialdemocracia en las últimas décadas parecen una de las razones obvias de su actual crisis: en el caso alemán, las reformas de corte neoliberal recibieron el nombre de Agenda 2010 y fueron puestas en marcha en 2003 por el Gobierno rojiverde del canciller Gerhard Schröder (SPD). Unas reformas que, basadas fundamentalmente en recortes de gasto público, endurecimiento de las condiciones para acceder a ayudas sociales y flexibilización laboral, consiguieron mejorar los datos macroeconómicos de Alemania, pero también convirtieron al país en uno de los más desiguales de la OCDE (el 10% más rico de la población posee actualmente el 60% del patrimonio privado, mientras que el 40% más pobre prácticamente no tiene nada). 

La hegemonía neoliberal también ha traído consigo un evidente cambio de la realidad socioeconómica del Viejo Continente. Como explica el periodista inglés Paul Mason en su último libro Postcapitalismo. Hacia un nuevo futuro, el capitalismo global no reaccionó ante su última gran crisis con innovaciones tecnológicas que aumentasen la productividad y el crecimiento, sino con reducciones salariales y la atomización de la masa trabajadora, lo que se ha traducido en una omnipresente precariedad laboral y una creciente irrelevancia de los sindicatos tradicionales. 

“En la sociedad actual, me cuesta encontrar al sujeto social al cual le habla la socialdemocracia tradicional: el trabajador de la fábrica, que trabaja de 8 a 6 de lunes a viernes y que tiene una pausa para comer, ¿dónde está?”, se pregunta el consultor Franco Delle Donne. “Seguramente que ese obrero existe, pero no es visible ni en el discurso político ni en los medios de comunicación. Por eso creo que hay una disociación entre el Partido Socialdemócrata y el sujeto al cual se dirige”, añade. La socialdemocracia europea va perdiendo así a su electorado tradicional: las nuevas generaciones no se sienten apeladas por un discurso gestado en una época ya pasada en la que la precariedad laboral y el individualismo no tenían la enorme dimensión que tienen hoy. 

El desgaste viene por la derecha 

En el caso alemán, el desgaste del discurso socialdemócrata viene acompañado además por un fenómeno político hasta ahora inédito en la República Federal Alemana: el crecimiento electoral de Alternativa para Alemania (AfD), un partido situado a la derecha de la democracia cristiana. Las últimas elecciones regionales celebradas el pasado marzo dejaron claro que AfD ha abierto brecha en el tablero político alemán. En algunos estados del este del país, como Sajonia-Anhalt, los derechistas incluso han conseguido desbancar al SPD como segundo partido más votado. 

Superar al SPD es precisamente el objetivo que se marcan los derechistas para las próximas elecciones federales, en las que, salvo sorpresa de última hora, conseguirán superar de manera holgada la barrera del 5% y entrar en el Bundestag. Todo ello con la crisis de refugiados que, pese a remitir levemente tras el controvertido acuerdo entre Turquía y la Unión Europa, sigue como telón de fondo del debate político en Alemania. 

El análisis de los datos arrojados por las últimas elecciones regionales germanas demuestra que los derechistas de AfD, con un discurso nacionalista, euroescéptico e islamófobo, se han convertido en un fenómeno político transversal: en los estados federados donde se presentan consiguen arrancar votantes a todas las formaciones políticas con representación parlamentaria, incluido el SPD. Que el desgaste electoral de la socialdemocracia alemana venga también por la derecha deja en evidencia el desamparo que siente parte de su electorado tradicional. 

¿Una Europa sin socialdemocracia? 

Ante el actual panorama político, Franco Delle Donne ve dos posibles escenarios en el futuro cercano de la socialdemocracia alemana: “Puede que tras las próximas elecciones federales, la CDU de Merkel no cuente con otro socio de gobierno y tenga que volver a formar una Gran Coalición con el SPD. Si el SPD es inteligente y consigue renovar su cúpula con gente joven y nuevas ideas, tal vez pueda volver a posicionarse como un partido fuerte y como alternativa a la CDU, en el poder desde hace tantos años. El problema es que en el SPD hay mucho miedo de salirse del discurso tradicional dirigido al obrero tradicional. De no renovarse, el SPD podría caer hasta ser el tercer o incluso el cuarto partido del país”.

Tal debacle no sólo supondría un terremoto político para Alemania, sino para todo el continente, teniendo en cuenta el carácter referencial del SPD dentro de la socialdemocracia europea. Tal caída supondría el inicio de una nueva fase política en el Viejo Continente y la necesaria redefinición del concepto de centroizquierda. El jefe de la sección parlamentaria del diario Süddeutsche Zeitung describe con cierta audacia y algo de optimismo un posible escenario político europeo sin la presencia del SPD tal y como hoy lo conocemos: “Una Europa sin socialdemocracia organizada es imaginable. Pero no lo es una Europa sin políticas socialdemócratas, por el simple hecho de que hay muchos políticos que actúan de manera socialdemócrata sin calificar así su gestión”.

Análisis publicado en Esglobal.org.

martes, 15 de marzo de 2016

Alternativa para Alemania, un fenómeno político transversal

Terremoto político. Los medios y analistas germanos ya no tienen reparo en calificar así los resultados de las tres elecciones regionales celebradas el pasado domingo en Alemania. Pese a las buenas expectativas que tenía el partido derechista Alternativa para Alemania (AfD, en sus siglas en alemán), nadie había previsto unos resultados tan contudentes como los obtenido por esta joven formación derechista en los Estados federados de Sajonia-Anhalt, Baden-Württemberg y Renania-Palatinado. 

Con más del 24 por ciento de los votos, AfD fue el segundo partido más votado en Sajonia-Anhalt, un Estado oriental con una tradición de extrema derecha innegable y de profundas raíces. Pero los comicios regionales del pasado domingo también ponen en evidencia una realidad: el partido derechista ha dejado de ser (si es que alguna vez lo fue) un fenómeno político exclusivamente germanooriental, como sí lo es, por ejemplo, el movimiento islamófobo y xenófobo Pegida (Patriotas Europeos Contra la Islamización de Occidente). No en vano, AfD fue el tercer partido más votado tanto en Baden-Wüttermberg (15,1 por ciento) como en Renania-Palatinado (12,6 por ciento), dos Estados occidentales ricos y sin tasas de desempleo estructural como sí las hay en algunas regiones de la antigua Alemania socialista oriental. 

De las casi 13 millones de personas que estaban llamadas a la urnas el pasado domingo, más de un millón 300 mil introdujeron una papeleta con la opción de AfD. Con tres años de vida recién cumplidos y pese haber sufrido escisiones y fuertes disputas internas, los derechistas se perfilan claramente como la tercera fuerza del país, por delante de partidos con tradición y arraigo parlamentario y social como Los Verdes, la Izquierda y los liberales de FDP. 

Según la encuesta de intención de voto de la televisión pública alemana ARD, si hoy se celebrasen elecciones federales, AfD obtendría el 11 por ciento, sólo por detrás de la coalición conservadora de la CDU-CSU, liderada por Angela Merkel, y de los socialdemócratas del SPD, los tres partidos que conforman la Gran Coalición gobernante. Partidos que, por otra parte, recibieron un severo castigo el pasado domingo y que muestran una tendencia electoral a la baja. 

En este punto, una pregunta se hace inevitable: ¿quién votó por AfD? “El típico votante de AfD en es un hombre de edad media. El partido recibe especialmente apoyo tanto entre trabajadores como entre desempleados. Sin embargo, hay que decir que AfD ha alcanzado al menos un 5 por ciento de votos en casi todos los segmentos de la población”. Así lo apunta a la radio MDR Roberto Heinrich, experto de Infratest Dimap, instituto encargado de elaborar las encuestas de intención de voto y de analizar las estadísticas electorales para medios públicos alemanes. “El votante de AfD es escéptico sobre el futuro y está muy preocupado por la situación del país. Entre sus votantes también vemos desde un acentuado miedo al extranjero hasta la xenofobia, así como miedo al Islam y también islamofobia”, detalla Heinrich. 

Partido protesta 

Más allá de la crisis de refugiados, que los derechistas han sabido capitalizar políticamente a la perfección, AfD se ha convertido sin lugar a dudas en un partido protesta, en una opción política para aquellos ciudadanos descontentos con los partidos tradicionales y también para muchos abstencionistas y primeros votantes. Así lo apuntan los análisis postelectorales: en los tres Estados federados, los derechistas recibieron el apoyo de antiguos electores de todos los partidos tradicionales alemanes que tienen o tuvieron representación en el Bundestag. 

Obviamente, AfD se benefició fundamentalmente del voto conservador, tradicionalmente en manos de los democristianos de la CDU, y del voto residual neonazi y de pequeños partidos de extrema derecha. Pero también sacó provecho del voto de centroizquierda (SPD y Los Verdes) e incluso de La Izquierda, partido nacido de la fusión de los poscomunistas de la Alemania oriental y de socialdemócratas desencantados. 

Sorprenden especialmente, por ejemplo, los resultados del Estado sureño de Baden-Württemberg, donde Los Verdes ganaron las elecciones, pero donde los ecologistas también cedieron alrededor de 70.000 votos al joven partido derechista. En el Estado oriental de Sajonia-Anhalt, en el que los poscomunistas cuentan con un tradicional arraigo electoral, La Izquierda cedió unos 28.000 votos a AfD. Y en Renania-Palatinado, unos 37.000 exvotantes socialdemócratas dieron su apoyo a los derechistas. 

Luego está la fuente electoral del abstencionismo que, gracias a la alta participación, ha beneficiado a AfD por encima del resto de partidos. Infratest calcula que alrededor de 300.000 votos procedentes del caladero de abstencionistas tradicionales o del de votantes que acudían a las urnas por primera vez por razones de edad han ido a parar a la formación derechista. 

En conclusión, el análisis en detalle de las cifras de las tres elecciones regionales alemanas del pasado domingo evidencia que AfD no es en absoluto un partido que se beneficie exclusivamente de los márgenes de la sociedad; más bien al contrario, se trata de un fenómeno político transversal que bebe de las más diversas fuentes electorales y sociales del país. 

El reto de consolidarse 

AfD es, por tanto, la sensación política del momento en Alemania. Una sensación que, con un programa claramente opuesto a la migración y a llegada de refugiados, y con unas propuestas económicas claramente neoliberales y antieuro, abre una brecha electoral a la derecha de los coalición conservadora de la CDU-CSU. La interrupción de AfD tumba así una de las máximas políticas tradicionales de los democristianos alemanes, establecida por el exprimer ministro socialcristiano bávaro Franz Josef Strauß: a la derecha de la CSU no puede haber ningún partido democráticamente legitimado. 

“Las elecciones legitiman democráticamente a los partidos, pero eso no quiere decir que todos los partidos sean democráticos. Eso ocurre, por ejemplo, con el NPD [partido neonazi alemán], que, en mi opinión, no es un partido democrático, sino más bien una formación organizada según principios totalitarios”, asegura Gero Neugebauer, politólogo de la Universidad Libre de Berlín. Neugebauer cree que es un error calificar de “antidemocrático” a AfD, pues hasta ahora ha sido un partido que no ha establecido abiertamente entre sus objetivos acabar con el sistema jurídico y constitucional de la República Federal Alemana, como si hacen otras formaciones de extrema derecha como el NPD, por ejemplo. Al mismo tiempo, sin embargo, el académico mantiene sus reservas sobre una posible agenda oculta de los derechistas. 

A algo más de un año de las elecciones federales, previstas para septiembre de 2017, la gran incógnita es si AfD conseguirá mantener el curso, entrar en el Bundestag (Parlamento federal) y establecerse así por lo menos por el plazo de una legislatura como un partido más en el ecosistema político germano. A día de hoy, y dado el creciente descontento con la política migratoria de la canciller Merkel y la constante llegada de refugiados al país, parece poco verosímil que los derechistas no lo vayan a conseguir. 

Aunque los analistas consultados eviten caer en el alarmismo, es evidente que el establecimiento de AfD como el tercer partido más votado pondría en peligro la hasta ahora incontestable estabilidad del sistema político alemán y quizá también su tradición de pactos entre las formaciones históricamente asentadas. La entrada de los derechistas en el Bundestag supondría, en definitiva, una serie de movimientos tectónicos en el sistema de partidos germano de consecuencias hoy por hoy imposibles de vaticinar.

Análisis publicado en El Confidencial.