lunes, 30 de marzo de 2020

Podcast: 'La transición alemana’



Tengo el placer de lanzar con el colega Franco Delle Donne, y de la mano del programa Estación Sur de la radio pública alemana COSMO, ‘La transición alemana’, un podcast con el que dos veces al mes intentaremos explicar y analizar el momento histórico en el que se encuentra la potencia europea.

Entendemos que Alemania se encuentra al final de un ciclo histórico que está dando paso a otro fase todavía por definir. Las tres décadas transcurridas desde la caída del Muro de Berlín y la cuenta regresiva hacia los 30 años de la reunificación de Alemania juegan un papel decisivo.

Este momento histórico coincide con el fin de la era Merkel, una figura que no sólo es un elemento unificador de la política alemana sino que también es una referencia política del continente entero. Ha pasado una generación entera y es tiempo de hacer un balance. ¿Podemos percibir y analizar las consecuencias de aquella reunificación a partir de historias actuales? Ese es el desafío de este podcast que recorre el país con la intención de reconstruir la situación política, social y económica actual de Alemania.

De momento, el primer capítulo: "Crisis demográfica en Alemania: El próximo reto"




lunes, 24 de febrero de 2020

Políticos locales en la diana

La asamblea de Lichtenberg está rodeada por policías antidisturbios; fuera, una veintena de militantes antifascistas se concentran tras una pancarta: "Ninguna colaboración con AfD". La tensión en este distrito de Berlín oriental es buena muestra de la excepcionalidad que vive Alemania. 

Han pasado menos de 24 horas desde el atentado de Hanau en el que 9 personas, todas de raíces extranjeras, fueron asesinadas por un agresor con motivaciones racistas. Más de 500 kilómetros separan el lugar del crimen de esta asamblea de distrito, pero la sombra de la violencia marca la sesión, que comienza con un minuto de silencio. 

La ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) cuenta con 12 representantes. Con el 19% y más de 24.000 votos, el joven partido fue tercero en las elecciones locales de 2016. Katrin Framke comparte asamblea y día a día político con ellos. Es una de las 18 diputadas que obtuvo la lista de La Izquierda, la más votada en Lichtenberg y que gobierna el distrito. "Hablo lo justo y necesario con los representantes de AfD", dice. 

Visita policial 

Hace pocas semanas, agentes de la Brigada de Investigación Criminal de Berlín visitaron a Framke. Traían malas noticias. Habían encontrado informaciones personales, fotos de ella y de su coche particular en un disco duro de un militante ultraderechista durante una redada. La operación buscaba pruebas sobre una serie de ataques con presunta motivación política en Neukölln, un distrito del sur de la capital alemana con un alto porcentaje de población inmigrante. 

Ferat Kocak, otro político local de La Izquierda de origen kurdo, sobrevivió por poco a uno de esos atentados: hace un año, alguien prendió fuego a su coche en plena noche. Las llamas se extendieron al resto de su casa. Si Ferat hubiera despertado un par de minutos más tarde, él y sus padres estarían hoy muertos. 

Otros tuvieron menos suerte: el pasado verano, el político local democristiano Walter Lübcke fue asesinado a tiros en la terraza de su casa en Kassel. El principal sospechoso es un militante neonazi, que en un primer momento reconoció la autoría y posteriormente se retractó. Lübcke había defendido públicamente la política de acogida de refugiados de la cancillera Angela Merkel. 

"El 'caso Lübcke' me sorprendió muchísimo", reconoce Katrin Framke. "Tradicionalmente habíamos sufrido amenazas y agresiones los políticos de La Izquierda, Los Verdes y el Partido Socialdemócrata". Los políticos locales aparecen ahora en el centro de la diana ultraderechista en Alemania. 

"Provocación necesaria" 

El caso de Christoph Landscheidt, alcalde socialdemócrata de Kamp-Lintfort -una localidad del estado de Renania del Norte-Westfalia- es otro ejemplo: el pasado año, solicitó una licencia de armas para, oficialmente, defenderse de posibles atentados. El socialdemócrata llevaba meses recibiendo amenazas tras haber ordenado la retirada de carteles electorales del pequeño partido ultraderechista Die Rechte. 

La noticia corrió como la pólvora en la prensa. Landscheidt había solicitado previamente protección estatal. Tras ser rechazada, decidió pedir la licencia de armas y hacerlo público. Su objetivo no era hacerse con una pistola, sino generar un debate público. "La anécdota de la licencia de armas era, tal vez, la provocación necesaria", reflexionó . Finalmente, consiguió un guardaespaldas financiado con dinero público. 

La dinámica de la asamblea municipal de Lichtenberg demuestra que algo se ha roto en la política alemana. Las mociones de la ultraderecha de AfD son rechazadas sistemática y unánimemente por el resto de grupos políticos, incluida la CDU. Esto último ya no es, sin embargo, algo que se dé por descontado tras la reciente ruptura del cordón sanitario en el parlamento regional de Turingia

Lichtenberg tiene experiencia con la ultraderecha. En los 90, tras la reunificación, aquí había una activa estructura nazi. Hace algo más de una década, el partido neonazi NPD incluso llegó a tener una fracción propia en la asamblea de distrito. La formación desapareció finalmente del mapa parlamentario local, pero AfD -un partido cuyos militantes no llevan botas militares ni la cabeza rapada- capitalizó en buen parte el voto radical. 

AfD supone un antes y un después no solo para la política local, sino también para la federal: el NPD nunca consiguió superar la barrera electoral del 5% que permite entrar en el Bundestag. Con su agresivo discurso antimigratorio, AfD recibió casi seis millones de votos en las últimas elecciones federales de 2017. 

"El clima se ha vuelto más áspero. Y AfD ha contribuido a ello", reflexiona en voz alta Katrin Framke. "Entre sus representantes hay incendiarios que preparan el terreno para que gente se sienta llamada a actuar. Y ello asusta profundamente".

Reportaje publicado en El Periódico de Catalunya.



viernes, 17 de enero de 2020

El asesinato de Soleimani salpica a una base de EEUU en Alemania

La onda expansiva política y diplomática generada por el asesinato del general iraní Qasem Soleimani el pasado 3 de enero en Bagdad podría rebasar el territorio de Oriente Próximo. Alemania es una de las fichas de ese movimiento militar de Estados Unidos para la que también debería haber consecuencias. Esa es al menos la opinión del veterano activista y antimilitarista alemán Hermann Theisen. El asesinato extrajudicial de Soleimani habría sido imposible sin la participación de la base militar estadounidense situada en la ciudad alemana de Ramstein, asegura. 

“Hoy sabemos que los drones militares operados desde Estados Unidos utilizan el repetidor de la base de Ramstein para llevar a cabo sus ataques en Oriente Medio. Y lo sabemos porque, debido a la curvatura de la tierra, un pilotaje sólo con la ayuda de satélites genera un retraso en la transmisión de datos que provoca, a su vez, que los ataques pierdan efectividad y exactitud”, me explica por teléfono Theisen. “Hasta ahora se desconoce si hay otra base con un repetidor como el que tiene Ramstein que pudiera servir de alternativa para las operaciones militares de Estados Unidos en Oriente Próximo. Ello nos lleva a concluir que los ataques de dron como el ejecutado contra Soleimani se realizan a través de Ramstein”. 

Historial de denuncias 

“Denuncia contra Ramstein”. Este fue la noticia que algunos pocos medios alemanes recogieron la semana pasada. Un activista anónimo había interpuesto una denuncia contra la base militar estadounidense en el estado federado de Renania Palatinado por “colaboración o participación en el pilotaje de un dron de combate en el asesinato del iraní Soleimani y de otras personas”. La fiscalía de Zweibrücken confirmó la recepción de la denuncia, cuyo autor fue el mismo Hermann Theisen.

Ramstein acumula un largo historial de denuncias contra prácticas que presuntamente violan la legislación alemana y la soberanía nacional del país. En 2016, el eurodiputado verde Hans-Christian Ströbele ya interpuso una denuncia contra el centro de operaciones militares por su participación en los ataques de Estados Unidos en Oriente Próximo y África. 

En 2015, la publicación por la revista alemana Der Spiegel y el portal The Intercept de los llamados “Drone Papers” - que dejaron a la luz documentos militares estadounidenses - ya apuntó el papel clave que juega Ramstein en la “guerra de drones” global llevada adelante por el ejército estadounidense y la CIA ya desde la anterior administración de Barack Obama. 

La ejecución de Soleimani no hace más que volver a poner sobre la mesa del poder judicial alemán un espinoso tema con implicaciones diplomáticas y políticas que incomodan al gobierno de Berlín. En 2013, el libro “Geheimer Krieg” ("Guerra secreta"), de los periodistas de investigación Christian Fuchs y John Goetz, lo expuso de una manera menos diplomática de lo que le gustaría al poder político alemán: “El gobierno federal es el anfitrión del comando militar de Estados Unidos sin el permiso del Bundestag”. 

Precedente judicial 

“El estatus de las tropas de la OTAN estacionadas en Alemania establece que están obligadas a respetar las leyes del estado en que el residen”, argumenta Hermann Theisen. “En el caso de las disposiciones legales que tienen que ser cumplidas por las tropas extranjeras en Alemania, destacan la prohibición de una agresión militar, establecida por el artículo 26 de la Constitución alemana, así como el respeto del derecho internacional”. El asesinato extrajudicial de Soleimani, en caso de haberse ejecutado con la participación de la base, quebranta ambas obligaciones legales.

El incómodo rol de Ramstein ya generó el año pasado una sentencia considerada un antes y un después en el encaje legal de la base en el orden constitucional de Alemania: el Tribunal Superior Administrativo de Münster ordenó al gobierno de Angela Merkel a comprobar la legalidad de las operaciones militares que Estados Unidos lanza desde la base. La sentencia llegó tras la denuncia de tres ciudadanos yemeníes que perdieron familiares en un ataque con drones estadounidenses en 2012.

  

“Esa sentencia apunta que las consultas del gobierno alemán al estadounidense son insuficientes, y que Berlín podría tener que exigir a Washington la aportación de pruebas de que sus tropas están respetando las leyes alemanas”, analiza Thiesen. En el aire queda si su denuncia dejará de ser un mero gesto simbólico para convertirse en otro precedente legal. 

El veterano pacifista, que lleva desde la década de los 80 militando en el antimilitarismo y que incluso ha pasado en tres ocasiones por prisión por su activismo y sus actos de insumisión, confía en la independencia judicial de su país: “Por mi propia experiencia, puedo decir que Alemania tiene un Estado de Derecho que funciona”.


jueves, 7 de noviembre de 2019

La caída inacabada del Muro de Berlín

"La casa y el jardín están cuidados. En el garaje del terreno hay un Trabant. Lo conduce Bernd Frommold. Su hija Curina nació el 20.06.1975".

Berndt Frommold no solo se ríe de que su nombre y el de su primera hija estén mal escritos en el expediente de la Stasi, los servicios secretos de la desaparecida República Democrática Alemana (RDA). También le hace gracia que la descripción de la casa de sus padres a las afueras de Berlín sea tan banalmente exhaustiva.

Este obrero germano-oriental ya jubilado hojea los documentos, desclasificados por las autoridades a petición propia, precisamente en el jardín de la casa descrita por Bansin. Este apodo que esconde la auténtica identidad del espía que escribió en la primavera de 1976 las líneas que abren este reportaje. Frommold no tiene ni la más remota idea de quién pudo ser. En realidad, cualquiera, asegura.


Berndt Frommold, en el jardín de su casa, muestra su expediente de la Stasi. Foto: Andreu Jerez

La paranoia sobre la que estaba construida la dictadura socialista oriental tuvo su mejor expresión en el Ministerio para la Seguridad del Estado (MfS, en sus siglas en alemán): en el momento de la disolución de la RDA, trabajaban oficialmente para él alrededor de 90.000 empleados, según datos de la Agencia Federal para la Educación Política. Contaba además con casi 190.000 "trabajadores informales". Es decir, ciudadanos que, por oportunismo o por simple miedo a las represalias, colaboraban con un ministerio que cumplía el papel de servicios secretos y de policía política. Cualquier vecino, amigo o incluso familiar era, por tanto, un espía potencial.

Cuando se cumplen 30 años de la caída del Muro de Berlín, previa al hundimiento definitivo de la RDA y posteriormente de la Unión Soviética, Frommold se ha decidido a recuperar los restos documentales de ese episodio de la reciente historia alemana. Son los jirones archivísticos de un depredador sistema de espionaje y de un país ya desaparecido, cuya herencia sigue marcada por las luces y las sombras.

'Die Wende' 

El 9 de noviembre de 1989, Berndt Frommold estaba con su esposa y tres hijos en la casa de sus padres. El mismo día en el que el régimen había anunciado que cualquier ciudadano de la RDA podía cruzar la frontera con la Alemania occidental –mensaje que provocó que miles de personas se agolparan en el Muro y que este quedase definitivamente abierto–, él había recibido la respuesta a su solicitud para viajar al otro lado: su familia tenía el salvoconducto oficial para trasladarse a Berlín occidental. 

El 10 de noviembre, cuando la capital alemana todavía se recuperaba de la resaca por la euforia de la apertura del Muro, los Frommold cruzaron la frontera con su coche Trabant (el turismo utilitario de la RDA) en un viaje sin retorno. Atrás dejaban una vida, una nacionalidad y un estado que estaba a punto de derrumbarse. 

La suya es solo una más de las millones de biografías que quedaron marcadas por 'Die Wende' (El Cambio, como se llama popularmente en alemán a la caída del Muro). Reconoce haber tenido suerte: el hecho de haber cruzado justo el día después lo hizo todo más fácil para él y su familia. Pudo encontrar trabajo rápido, antes de que cientos de miles de exciudadanos de la RDA buscasen un nuevo futuro laboral en Occidente después del masivo cierre de fábricas en el desmantelado estado oriental. Acceder a una vivienda también fue más sencillo y pudo integrarse con relativa rapidez en un territorio donde todo era nuevo. La transición fue, en definitiva, menos traumática para él que para millones de sus conciudadanos. 

Campos que no florecieron 

Tres décadas han pasado de aquellos vertiginosos días; no obstante, todavía hoy se sigue diferenciando entre Alemania occidental y Alemania oriental, como si las barreras y la fronteras físicas todavía estuviesen ahí. El proceso de reunificación continúa inacabado. Con la efeméride, los medios se vuelven a llenar con relatos de personas que vivieron todo aquello en primera persona, y también de análisis sobre lo que no funcionó de un proceso que prometía "campos floridos" para los territorios orientales, como dijo en su momento el líder democristiano Helmut Kohl, el canciller de la reunificación. 

El 42% de los alemanes orientales se consideran hoy ciudadanos de segunda clase. Lo apunta un reciente estudio del instituto demoscópico Allensbach. Ese porcentaje se dispara hasta el 70% en el estado federado de Turingia, donde el pasado domingo se celebraron elecciones. En ellas, los poscomunistas de La Izquierda, con el 31%, y la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD), con el 23,4%, fueron los partidos más votados. 

Turingia demuestra que la brecha entre las dos Alemanias es una realidad. Una brecha que parece estar ahondándose 30 años después del inicio de un proceso vendido en su momento como infalible por los entonces arquitectos políticos y económicos del país. La ultraderecha de AfD, con resultados por encima del 20% en casi todos los estados orientales, amenaza con convertirse en el nuevo partido regional de Alemania del este. 

"Ese porcentaje corresponde a los que están descontentos con la reunificación", dice Frommold. Él mismo asegura tener muchos amigos y conocidos que votan a AfD. También reconoce ser víctima de una crisis de representación política. "Los partidos gobernantes ya no me representan. Apenas se los puede diferenciar. Siento que mi voto no tiene efecto alguno", asegura. 


Hastío ciudadano 

El espíritu de la revolución ciudadana que desembocó en el hundimiento de la RDA se reencarna hoy de alguna manera en lo que AfD ha llamado 'Die Wende 2.0'. El hastío ciudadano toma tintes reaccionarios, ultranacionalistas y xenófobos en la Alemania del siglo XXI. 

Los "campos floridos" prometidos por Kohl no llegaron a buena parte de la antigua RDA, pero Alemania oriental ha experimentado innegables mejoras a lo largo de los últimos 30 años. Incluso Frommold, un crítico que considera que más que una reunificación fue "una conquista", admite transformaciones positivas: mejores infraestructuras, rehabilitación de ciudades y pueblos, aumento del turismo y un mayor respeto a un medioambiente duramente castigado por la industria oriental, muy contaminante. 

Las diferencias económicas entre las dos Alemanias siguen siendo, no obstante, un hecho objetivo. El PIB per cápita del este es, de media, un 30% más bajo que en el oeste; las pensiones y los salarios también son menores, en parte debido a una peor cualificación de los habitantes del este. Ello provoca que los ingresos fiscales de los estados orientales sean notablemente inferiores, lo que obliga al Gobierno federal a seguir aplicando transferencias presupuestarias entre las dos partes del país. 

Son datos de un reciente estudio del Instituto Alemán para la Investigación Económica (DIW), que advierte del peligro de que "el crecimiento económico y el potencial financiero se sigan distanciando" si las tendencias de los últimos años se mantienen las próximas décadas. La marcha de cientos de miles de jóvenes germano-orientales a los estados occidentales o al extranjero agudiza, además, una crisis demográfica especialmente grave en los territorios de la antigua RDA. Según estadísticas oficiales, más de un millón de personas abandonaron el este para irse al oeste entre 1991 y 2012. 

Hijos de la reunificación 

Melanie Stein es un ejemplo de ese éxodo poblacional: esta periodista, nacida en Brandeburgo y criada en Mecklemburgo, reside hoy en Hamburgo, una de las capitales más dinámicas y ricas de Europa occidental. Trabaja para la televisión pública alemana, en la que presenta un programa de debate producido exclusivamente para internet. 

Melanie encarna la llamada 'tercera generación' de alemanes orientales. Son los nacidos en la RDA poco antes de su hundimiento, conforman una franja generacional eminentemente digital que mira al futuro con más optimismo que sus mayores. Junto con otros jóvenes, acaba de lanzar la iniciativa 'Wir sind der Osten' ('Nosotros somos el este'), con la que ofrece una imagen alternativa sobre los estados federados orientales que se aparta de los tópicos de territorios provincianos, pobres, ultraderechistas, xenófobos y opuestos a la sociedad liberal, multicultural y abierta. 

"La historia de Alemania oriental siempre fue contada a través de las lentes de Alemania occidental. Y esa narrativa histórica estuvo cargada desde el principio de prejuicios", explica Stein. "Por eso, con nuestra iniciativa, queremos que sean los propios alemanes del este los que cuenten su historia". La web 'Nosotros somos el este' reúne 200 biografías explicadas en primera persona por sus protagonistas. El objetivo es seguir recopilando historias. Los hijos de la reunificación toman así la palabra. 

Stein considera que el auge electoral de la ultraderechista AfD podría ser tal vez el último "disparo de advertencia" que lanza la sociedad para reconocer y corregir los errores cometidos en un proceso de reunificación inacabado y con enormes grietas: "Mi gran esperanza –confiesa la periodista– es que dentro de 30 años ya no distingamos entre las dos Alemanias".

Reportaje publicado en El Periódico.

martes, 1 de octubre de 2019

Se apaga la era Merkel: luces y sombras de un periodo para la historia

La era Merkel tiene fecha de caducidad: otoño de 2021. La Canciller alemana ya dijo que esta será su última legislatura. Si agota su actual mandato –algo que hoy no muchos se atreven a predecir, debido a la debilidad de la Gran Coalición que encabeza–, Merkel habrá estado al frente del Gobierno federal alemán un total de 16 años, tantos como su padre político, el gigante democristiano Helmut Kohl. La era Merkel ya ha comenzado, por tanto, a apagarse lentamente. 

“La pragmática del poder”, como la describía recientemente una crónica del diario conservador alemán Frankfurter Allgemeiner Zeitung durante su última visita a China, ha pilotado con luces y sombras un poder regional como Alemania, con un gran peso económico en el mundo, pero con una influencia política muy limitada más allá de las fronteras de la Unión Europea. 

Es hora de hacer repaso del liderazgo merkeliano, que, guste más o menos, pasará a la historia del siglo XXI. Comencemos por los aspectos positivos: 

La responsabilidad histórica ante la llamada “crisis de refugiados”: el reciente docudrama de la televisión pública alemana ZDF Horas decisivas: Merkel y los refugiados califica los primeros días de septiembre de 2015 como un punto de inflexión en la carrera política de la canciller. Miles de refugiados procedentes fundamentalmente de Oriente Medio comenzaron entonces una marcha a pie desde Hungría hacia Alemania; la “marcha de la esperanza”, como la bautizaron los mismos refugiados, dejó imágenes que impactaron con fuerza en la opinión pública alemana. 

En una reconstrucción de aquellos días de tensión política que combina hechos contrastados con ficción, el filme muestra a una Merkel que oscila entre la consciencia de que se encuentra ante una decisión de calado histórico y el cálculo político para amortiguar al máximo el desgaste electoral que iba a traer consigo la decisión de no cerrar las fronteras a los refugiados. 

Alemania recibió alrededor de un millón de personas peticionarias de asilo. Un cierre de las fronteras habría generado muy probablemente un caos en Europa oriental y en la ruta de los Balcanes, donde entre los países todavía rige un frágil equilibrio generado por las heridas no cicatrizadas de la guerra de Yugoslavia. Si Merkel hubiese cedido a la presión y cerrado las fronteras, habríamos muy probablemente sido testigos de escenas de represión (aún más duras) con quién sabe cuántos muertos.  

“Con toda honestidad tengo que decir que si ahora tenemos que comenzar a disculparnos porque mostramos una cara amable en situaciones de emergencia, entonces este ya no es mi país”. Esto lo dijo Merkel durante una rueda de prensa en 2015 junto al entonces canciller austríaco, el socialdemócrata Werner Faymann, otra figura clave para entender lo ocurrido aquellos días. Merkel se enfrentaba sin reservas a aquellas voces que la calificaban de “traidora de la patria” y de “canciller anticonstitucional”, y que posteriormente alimentaron a la joven ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD), hoy tercera fuerza del Bundestag.

Merkel ha pagado un indudable precio por aquella decisión y llega al tramo final de su carrera política más debilitada que nunca. Aunque también convendría analizar el papel que jugó la Canciller en el controvertido acuerdo entre la Unión Europea y Turquía para frenar la llegada de refugiados a Europa, a estas alturas está bastante claro que su impopular decisión de acoger a los refugiados evitó males mayores. 

Aquella decisión fue, además, consecuente con la propia biografía personal de Merkel, exciudadana de la socialista República Democrática Alemana (RDA), un país ya desaparecido y cuyo hundimiento expulsó a miles de refugiados a finales de los 80 del siglo pasado.  

Talante negociador en un mundo cargado de testosterona: Merkel no lo ha tenido fácil para abrirse camino en la política alemana; su condición de mujer y de alemana oriental no le granjearon precisamente apoyos dentro de su propio partido, la conservadora Unión Cristiano Demócrata (CDU). En una esfera política dominada demasiado a menudo por la testosterona, ella ha mostrado un tono más reposado y un talante negociador abierto a pactos con actores políticos con los que era sumamente complicado llegar a compromisos. La Canciller alemana ha intentado, en definitiva, evitar el juego de suma cero a la hora de hacer política. 

El antecesor de Merkel en la cancillería, el socialdemócrata Gerhard Schröder, fue todo un macho alfa de la política alemana y europea; en la memoria de muchos periodistas todavía están vivas las imágenes de un Schröder derrotado en las urnas en las elecciones federales de 2015, pero que se mostraba condescendiente y paternalista con la que iba a ser su sucesora en el cargo, una risueña Angela Merkel. 

Pese a los augurios de Schröder, que aseguró que Merkel no sería canciller con los votos socialdemócratas, la líder democristiana acabó formando su primer gobierno de Gran Coalición después de aquellas elecciones de 2005. Schröder era historia. Su fin daba paso a un liderazgo menos estridente, más dialogante y también más aburrido. Sin grandes aspavientos, Merkel ha sabido tejer mayorías parlamentarias en situaciones complicadas. 

Schröder nunca más volvió a la política, pero el mundo de 2019 sigue estando cargado de liderazgos guiados por la testosterona. Frente a presidentes de potencias globales como Donald Trump, Vladímir Putin, Jair Bolsonaro o Boris Johnson, Merkel evita alzar el tono y sigue apostando por un pragmatismo pactista en la arena internacional. Algunos de sus adversarios políticos dentro de Alemania incluso reconocen que ese será un valor que echarán de menos cuando Merkel diga definitivamente adiós a la vida política. 

Centrismo de la CDU: “No tenemos por qué asumir todas las posiciones que los socialdemócratas consideren correctas”. Estas palabras de Friedrich Merz, uno de los candidatos que se presentaron a las primarias para suceder a Merkel en la presidencia de la CDU, representan al ala más conservadora del partido democristiano. Merz, que finalmente perdió ante Annegret Kramp-Karrenbauer al igual que lo hizo ante Merkel cuando Kohl se retiró de la vida política, verbalizó con su candidatura una crítica que hace tiempo que cunde entre las filas del partido conservador: que Merkel ha girado demasiado hacia a la izquierda o, al menos, hacia el centro del tablero político. 

La canciller “pragmática” ha asumido efectivamente ciertas batallas del centroizquierda, no en lo económico, pero sí en cuanto a las libertades civiles y el medio ambiente. Con la catástrofe de Fukushima, Merkel decidió abandonar definitivamente la energía nuclear de cara a 2022 para apostar por las fuentes de energía renovables. Los ecoliberales de Los Verdes veían así cómo la Canciller les arrebataba uno de los principales temas electorales. 

Otro ejemplo: en 2017, Merkel abandonó su rechazo sin fisuras al matrimonio homosexual, muy controvertido entre amplias capas de la población de un país predominantemente conservador, y decidió dar libertad de voto a los diputados de la CDU en una votación al respecto en el Bundestag. Aunque la Canciller acabó votando en contra, la ley salió adelante también gracias al apoyo de 70 diputados conservadores. Nuevamente, Merkel hacía del pragmatismo su principal arma política y dejaba el camino libre a una legislación de corte liberal sin necesidad de votar a favor. 

Pero la era Merkel ha estado lejos de ser todo luces. El liderazgo de la Canciller ha estado marcado por las sombras y por decisiones que, dado el peso político de Alemania en la Unión Europea, tuvieron un impacto más allá de las fronteras de la potencia regional. Repasemos algunos de los aspectos negativos. 

El surgimiento de AfD, un fracaso personal: “A la derecha de la Unión [CDU-CSU] no puede haber ningún partido legitimado políticamente”. Esta frase la pronunció el padre de los socialcristianos bávaros, Franz Josef Strauß, en los 80 al calor del partido ultraderechista Die Republikaner, que llegó a conseguir representación a nivel regional y municipal. 

La frase de Strauß resume uno de los pactos tácitos de la política alemana nacidos tras la Segunda Guerra Mundial: los partidos establecidos no podían permitir el surgimiento y establecimiento de una fuerza política ultraderechista con un electorado lo suficientemente transversal como para superar la barrera del 5% que permite acceder en el Bundestag. 

La historia moderna de Alemania, con la catástrofe nacionalsocialista como hito más traumático, justifica ese pacto de su partitocracia. El nacimiento en 2013 de AfD y su entrada en el Bundestag en septiembre de 2017 con el 12,6% de los votos –y como tercera fuerza más votada– supone un punto de inflexión para la República Federal de Alemania y un fracaso personal de Angela Merkel. El “Factor AfD” es probablemente la mayor mancha en la hoja de servicios de la Canciller y acaba de un brochazo con la máxima de Franz Josef Strauß. 

AfD, con un discurso ultranacionalista, xenófobo, islamófobo, eurófobo y revisionista de la historia, pone a Alemania en una situación complicada: por una parte, supone el surgimiento de una incómoda agenda política presuntamente enterrada tras 1945 y, por otra, dificulta la formación de gobiernos federales y regionales estables, debido a la fragmentación del arco parlamentario. Merkel fracasó a la hora de calibrar correctamente la amenaza real de que AfD pudiese abrirse un espacio electoral a la derecha de su partido, y se marchará del poder dejando un peligroso factor en la ecuación política alemana. 

Las recientes elecciones regionales de los estados orientales de Brandeburgo y Sajonia así lo confirman: AfD consiguió ser segunda fuerza con más del 20% de los votos y con espectaculares avances en ambos estados. Y aunque la fuerza ultra parece haberse estancado en un 13% en la intención de voto a escala federal, convendría no subestimar su capacidad de seguir creciendo electoralmente. Todo dependerá de la coyuntura. 

La gestión de la crisis de deuda y del euro: la crisis financiera y de la moneda única europea impulsaron precisamente el surgimiento de AfD, que un primer momento era un partido euroescéptico, neoliberal y opuesto a las políticas de rescate de los Estados de la periferia de la UE y también de los bancos. En este contexto, Merkel usó en reiteradas ocasiones el argumento de que todas esas medidas, acompañadas por la austeridad del gasto público, era alternativlos, una palabra alemana cuya traducción al castellano responde a “sin alternativa”. 

Merkel apagaba así todo debate político sobre la viabilidad de otras recetas económicas para superar la crisis que estaban sufriendo los países de la UE y también su moneda. Esta “Alternativlosigkeit” pregonada a los cuatro vientos por Merkel fue demasiado a menudo complementada por la inflexibilidad, el paternalismo e incluso cierto chauvinismo económico alemán, encarnado mejor que nadie por el exministro de Finanzas Wolfgang Schäuble, considerado durante años el amo de llaves de la Canciller. 

Lo peor de aquella crisis ya quedó –al menos oficialmente– a nuestras espaldas, pero ha dejado tras de sí una profunda huella en clases medias y bajas no sólo en la periferia europea, sino también dentro de la propia Alemania, cuya política de freno de gasto público y contención salarial ha provocado un aumento de la brecha entre los ricos y la clase asalariada. Y todo ello, a las puertas de una recesión económica. 

Concentración de la riqueza y desigualdad en un modelo falto de reformas: Alemania es uno de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en los que la concentración de la riqueza se ha acentuado más en los últimos años: según un informe de la OCDE de 2015, solo el 10% de la población acumula el 60% del patrimonio privado del país, mientras el 40% más pobre no posee prácticamente nada. A pesar de que la Gran Recesión golpeó con fuerza a las exportaciones alemanas y el PIB del país en 2009, los datos macroeconómicos se han mantenido relativamente estables desde entonces. 

Sin embargo, esa estabilidad macroeconómica también ha ido acompañada de un desgaste de las rentas más bajas a través de dos fenómenos concretos: el aumento de la precariedad laboral o del trabajador pobre, y una creciente pobreza en la tercera edad difícilmente comprensible en un país rico como Alemania. Las imágenes de ancianos buscando botellas retornables en las grandes ciudades del país o de jubilados haciendo cola ante los bancos de alimentos han dejado de ser anómalas en la locomotora económica europea. Y la ultraderecha no ha dudado en capitalizar políticamente ese desgaste social. 

La llamada Agenda 2010, el paquete de reformas neoliberales introducido por el gobierno rojiverde del canciller Gerhard Schröder en 2003, abrió el camino a la precarización de importantes capas asalariadas de Alemania. Como apuntan estadísticas de la Oficina Federal de Empleo, en abril de 2017 en Alemania había más de 7 millones de personas con un trabajo temporal y/o poco remunerado. 

Un informe de la Fundación Blöcker –dependiente de la DGB, la mayor organización sindical alemana– aumenta esa cifra: 2016 cerró en Alemania con 14 millones de personas con un trabajo temporal, un subempleo, un minijob o cualquier otro trabajo de pocas horas a la semana y, por regla general, poco o insuficientemente remunerado. La desigualdad en Alemania no es, por tanto, un mito. Se refleja en las estadísticas y también en la calle. 

Merkel llegó al poder en 2005, cuando las reformas neoliberales de Schröder ya se habían puesto en marcha. La Canciller, que ha gobernado con los socialdemócratas del SPD tres legislaturas y con los liberales del FDP una, ha tenido más de una década para hacer reformas en un modelo económico que está generando disfunciones sociales; no obstante, se ha limitado a mantener las líneas maestras de un modelo basado en las exportaciones (suponen casi la mitad del PIB alemán), el dogma del déficit cero y la contención salarial. 

La guerra comercial entre el Estados Unidos de Trump y China, y las tendencias proteccionistas en el mercado internacional amenazan ahora las bases del modelo económico alemán, que no ha sido reformado desde que Merkel llegó al poder. La pendiente digitalización de importantes sectores de la economía germana, el declive de su sector automovilístico y el fuerte aumento de los precios de la vivienda en los grandes núcleos urbanos del país, que amenazan con dejar a amplios sectores de la ciudadanía fuera del mercado inmobiliario, provocan que lo que antes parecía un modelo económico incontestable aparezca ahora como una economía de futuro incierto. 

A la espera de ver cuál será el impacto de la recesión que ya asoma en el horizonte, la existencia de una fracción parlamentaria abiertamente ultraderechista como la de AfD con más de 90 diputados apunta que el margen político para el gobierno federal se estrechará aún más ante un eventual escenario de dificultades económicas para Alemania. Merkel dirá adiós a la política como muy tarde en 2021. La amenaza de la ultraderecha, sin embargo, sobrevivirá a la Canciller.

Análisis publicado por Esglobal.org.