martes, 20 de marzo de 2018

Los bancos de alimentos, el “sismógrafo” de la pobreza en Alemania

Karola nunca creyó que llegaría a la tercera edad en esta situación: a sus 70 años, hoy hurga en un contenedor de desechos orgánicos. Busca verduras o frutas que todavía sean comestibles. Esta jubilada alemana ya tiene la donación semanal que recibe todos los lunes en un banco de alimentos del distrito berlinés de Neukölln frente al que ahora revuelve en la basura; sin embargo, cuando viene aquí, intenta hacer el máximo acopio posible para llegar con mayor holgura a fin de mes. Karola recibe 600 euros mensuales de jubilación, complementados por algo más de 100 euros de subvención estatal. Una vez pagado su alquiler, que asciende a 500 euros, le quedan unos 200 para comer a diario. 

“Podría alimentarme con ese dinero, pero, y aunque me avergüenza, prefiero acudir a este banco de alimentos. Así puedo ahorrar algo para comprar cosas necesarias o hacer frente a gastos imprevistos”, dice la pensionista con las manos todavía manchadas por los desperdicios orgánicos. Karola, que trabajó toda su vida como vendedora de flores e incluso tuvo su propio negocio, es jubilada, pobre y forma parte del casi medio millón de pensionistas que acuden anualmente a los más de 900 bancos de alimentos repartidos por la geografía del país más rico de la Unión Europea. 

Según las datos oficiales de la federación de bancos de alimentos de Alemania, alrededor de millón y medio de personas se sirvieron en 2016 de las donaciones de comestibles de estas iniciativas privadas apoyadas por voluntarios que se encargan de recuperar alimentos que de otra forma acabarían desperdiciados. Esa cifra, que no se actualiza anualmente, es hoy muy probablemente mayor, aseguran desde la federación. Aunque la cantidad de personas en la tercera edad se ha doblado en los últimos años, la mayoría de los beneficiarios (53%) son ciudadanos en edad laboral, con o sin trabajo. La coordinadora de bancos de alimentos ha detectado, además, un repunte entre niños y jóvenes dependientes de la beneficencia. La (creciente) pobreza tiene muchas caras en Alemania.

Esas estadísticas llevaban mucho tiempo ahí, pero aterrizaron en los medios casi de rebote, de mano de una noticia que generó perplejidad: el pasado diciembre, la dirección de un banco de alimentos de la ciudad de Essen anunciaba que no aceptaría a más beneficiarios que no pudieran acreditar la nacionalidad alemana. Todos aquellos peticionarios de ayuda sin pasaporte alemán quedaban, por tanto, excluidos. “Debido a que, durante los últimos, años el porcentaje de conciudadanos extranjeros entre nuestros clientes ha crecido un 75% a causa del aumento de refugiados, nos vemos obligados a aceptar sólo a personas con un documento de identidad alemán para garantizar una integración racional”, apuntaba una breve nota en la web de la organización.

Pese a las numerosas críticas, la medida, vigente hasta finales de marzo, ha sido defendida a capa y espada por Jörg Sartor, director del banco de alimentos de Essen. Sartor asegura que la decisión no tiene trasfondo xenófobo alguno, y simplemente persigue una distribución más equilibrada de los alimentos así como la atención de las quejas de algunas jubiladas alemanas, que acusaron de mal comportamiento a beneficiarios de origen extranjero. Según datos facilitados por la federación de bancos de alimentos, el porcentaje de beneficiarios extranjeros asciende al 60% en todo el país, un porcentaje que alcanza el 80% en el Estado de Renania del Norte-Westfalia, en el que está Essen.

"Nueva cuestión social alemana"

El caso de Essen ha generado un debate público en Alemania, donde el aumento de la pobreza no sólo se nota en calles, sino que también se ha instalado en la agenda política. El presidente federal, Frank-Walter Steinmeier, incluso citó el banco de alimentos de la discordia en su discurso durante el nombramiento del nuevo gobierno de Gran Coalición de la canciller Merkel: “La creciente polarización en la mayoría de sociedades europeas, pero también en la nuestra, salta a la vista. Una polarización que no sólo se refleja en el banco de alimentos de Essen, sino en todo el país”.

   

Y mientras Steinmeier llama la atención sobre la creciente desigualdad en el país más rico y poderoso de la UE, la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) no deja pasar la ocasión de aplaudir la decisión tomada por el banco de Essen. Destacadas figuras de AfD hace tiempo que hablan, no en vano, de la “nueva cuestión social alemana” y defienden que el mantenimiento del Estado de bienestar sólo es posible con una política de fronteras cerradas. En su modelo de país sólo hay sitio para los pobres autóctonos.

El caso de Essen no sólo genera debate en las altas instancias del Estado y en la clase política germana, sino también entre los mismos receptores de la beneficencia. Para comprobarlo, basta con visitar dos bancos de alimentos de Berlín situados en Wedding y Neukölln, dos distritos históricamente habitados por trabajadores y con un alto porcentaje de población de origen inmigrante. Entre los beneficiarios, alemanes o extranjeros, hay opiniones de todo tipo.

Conny tiene 53 años y está prejubilada por enfermedad. Recibe 768 euros mensuales de pensión. Trabajó de muchas cosas: en una fábrica, en el sector servicios, en un bar... Su salario fue por general bajo, con lo que también lo fueron sus contribuciones a la seguridad social. Conny tiene un hijo de 20 años, pero vive sola y se ve obligada a acudir al banco de alimentos de Neukölln para poder llegar a fin de mes. Carga con dureza contra la decisión tomada por el banco de Essen y también contra las políticas sociales de los sucesivos gobiernos alemanes de los últimos 15 años. El Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) es el principal blanco de sus críticas, pues ha dejado de ofrecer una alternativa realmente social. “Pero parecen no darse cuenta”, dice.

Svetlana es una madre soltera de unos 40 años. Originaria de Kazajistán, lleva una década viviendo en Alemania. Esta es la segunda vez que viene a buscar comida a un banco de alimentos. Si se hubiese enterado antes, asegura, también habría venido antes. Svetlana tiene trabajo, pero lo que gana no le llega para pagar el alquiler (530 euros por un apartamento de una sola habitación), asumir todos los gastos derivados de la casa y además alimentar a su hija. Por eso, viene a buscar comida. Svetlana no entiende muy bien la decisión tomada por el banco de alimentos de Essen, así que prefiere no opinar.

Helga Nautojat es un jubilada de 63 años. Asegura que los alimentos que acaba de recoger no son para ella, sino para una amiga jubilada que está enferma y no puede salir de casa. Helga es viuda y cobra 1050 euros de pensión. Además, paga unos 800 euros de hipoteca. Por tanto, le quedan 250 para hacer frente al pago de luz, agua y el resto de eventuales costos. Reconoce que el dinero le llega muy justo para comer todos los días. No le parece bien la decisión del banco de Essen de excluir sólo a extranjeros: “Sencillamente, los podrían haber separado”.

Jubilados y madres solteras

Hay dos perfiles predominantes entre los beneficiarios del banco de alimentos de Neukölln: los jubilados y las madres solteras (desempleadas o trabajadoras). Así lo asegura su director, Karsten Böhn, quien reconoce que la cantidad de peticionarios de ayuda ha aumentado notablemente en los últimos años. “Este tipo de bancos son el auténtico sismógrafo de la magnitud de la pobreza en Alemania”, asegura, mientras decenas de personas desfilan frente a su despacho para hacer acopio de alimentos a cambio de un simbólico euro. Si la canciller Merkel le pidiera medidas concretas para combatir la pobreza y la desigualdad, le daría dos sin dudarlo ni un segundo: el aumento de salario mínimo actual de algo más de 8,84 euros la hora hasta, al menos, 11 (para combatir la llamada “pobreza trabajadora”) y el incremento de la ayuda de subsistencia o Hartz IV, que calcula algo más de 4 euros diarios para comida.

“En Alemania nadie tiene por qué pasar hambre”, zanja Siemen Dallmann, director del banco de alimentos del distrito de Wedding. “La gente viene aquí para poder dedicar el poco dinero que tiene a gastos que les sería imposible asumir si tuviese que invertirlo todo en comida. Y ese es precisamente el objetivo de estos bancos. El problema es que cada vez más gente a acude a nosotros y las donaciones de alimentos también comienzan a reducirse”. Y ahí parece estar precisamente la fuente de conflicto en algunos bancos como el de Essen, que la fuerza ultraderechista más exitosa de la historia de la República Federal no desaprovecha para intentar enfrentar a los pobres alemanes con los extranjeros.

Queda la sensación de que si AfD no fuese actualmente la tercera fuerza del Bundestag, en el que además a partir de ahora liderará la oposición parlamentaria a la nueva Gran Coalición, la decisión del banco de Essen y el consecuente debate nunca se habrían producido. “Un cosa está clara”, reflexiona Siemen Dallmann, “desde que AfD existe y está en el Bundestag, aquí y allá hay gente que se atreve a decir cosas que antes no habría dicho. Dudo que los representantes del banco de Essen sean simpatizantes de AfD. Pero, en general, sí es verdad que 15 años atrás, la gente que hoy vota a AfD ya existía y escondía sus opiniones. Hoy todo esas posiciones son mucho más públicas, porque incluso hay un partido en el Parlamento que defiende lo mismo abiertamente”.

Reportaje publicado por El Confidencial.

domingo, 18 de marzo de 2018

Alemania compra tiempo

Cuando Angela Merkel sea investida canciller hoy en el Bundestag, habrán pasado casi seis meses desde las últimas elecciones. Desde su fundación en 1949, la República Federal nunca antes había tardado tanto en formar gobierno, nunca antes había vivido tanto tiempo bajo un gobierno de funciones. El transcurso de estos últimos seis meses dejó en evidencia que el país más poblado, rico y poderoso de la Unión Europea está aprendiendo a vivir en un escenario que hasta ahora le era desconocido: la inestabilidad política. 

Las elecciones federales del 24 de setiembre arrojaron unos resultados históricos en muchos aspectos: la “gran coalición” gobernante –integrada por las conservadoras Unión Cristianodemócrata (CDU) y Unión Socialcristiana de Baviera (CSU), y también por el Partido Socialdemócrata (SPD)– perdió casi 14 puntos respecto de los comicios anteriores. Las elecciones dejaron, además, el Parlamento federal más fragmentado de la historia reciente del país (con siete organizaciones políticas repartidas en seis fracciones parlamentarias), y, sobre todo, permitieron que la joven ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) obtuviera un sensacional resultado: con 12,6% de los votos, se convirtió en la tercera fuerza más votada, todo un golpe simbólico para un país con una historia marcada a fuego por el nacional-socialismo y el holocausto. 

La presencia de la ultraderecha y la fragmentación del tablero político son precisamente los dos principales factores que explican por qué Alemania ha necesitado esta vez tanto tiempo para formar un gobierno de coalición. La constante amenaza de una repetición electoral como telón de fondo, en la que la ultraderecha podía incluso mejorar su resultado, condicionó inevitablemente unas negociaciones de por sí muy complicadas entre los partidos con intención de gobernar. El inesperado fracaso de la llamada Coalición Jamaica fue un ejemplo de ello. 

La coalición imposible 

“Es mejor no gobernar que gobernar mal”. La madrugada del 19 de noviembre dejó una frase que probablemente pasará al panteón de sentencias políticas históricas de la República Federal. La pronunció a altas horas de la noche el presidente del Partido Liberal (FDP), Christian Lindner. Tras semanas de duras e intensas conversaciones con la unión conservadora liderada por Merkel y los ecologistas Los Verdes, Lindner anunciaba que su partido se retiraba de la mesa de negociaciones. La llamada Coalición Jamaica (por los colores de los partidos implicados –negro, verde y amarillo–), hasta ahora inédita en el gobierno federal, se demostraba así como imposible. Dos meses después de las elecciones, Merkel se situaba de nuevo en la casilla de salida para intentar formar un gobierno estable. 

Tras unos resultados electorales marcados por el fantasma ultraderechista y por la fragmentación, el fracaso de la Coalición Jamaica era la siguiente prueba de que Alemania se estaba adentrando en un territorio hasta ahora desconocido por el país: el de la incertidumbre política. Si algo había precisamente caracterizado la vida política e institucional de Alemania, eso había sido la estabilidad política. 

“La colaboración entre la CDU, la CSU y el SPD termina hoy. Seremos oposición”. En Berlín, en la noche del 24 de diciembre de 2017, pocas horas después del cierre de los colegios electorales, el entonces presidente del SPD, Martin Schulz, pronunciaba con pasmosa rotundidad esa sentencia que tendría que tragarse pocos meses más tarde. El SPD acababa de cosechar su peor resultado electoral desde 1949. 

Con 20,5% de los votos, el líder de los socialdemócratas alemanes decía en el horario de máxima audiencia y en la televisión pública que sólo había un camino para recuperar la credibilidad de su partido: la oposición parlamentaria. Schulz aprovechó, además, la ocasión para lanzar duros ataques a Merkel, quien, también presente en el estudio de televisión, encajó los golpes bajos con una media sonrisa. Hoy Schulz, quien renunció a la presidencia del SPD hace semanas, es un cadáver político. Merkel, por su parte, está a punto de ser investida canciller por cuarto mandato consecutivo. 

Tras el fracaso de la Coalición Jamaica, Merkel no dudó en poner en marcha la opción de reeditar la Gran Coalición. Un gobierno entre conservadores y socialdemócratas era su última carta para formar un gobierno estable y evitar un Ejecutivo en minoría. Con la amenaza de convocar nuevas elecciones como as en la manga, Merkel obligó a Schulz y los suyos a sentarse a la mesa de negociaciones. A finales de febrero, y tras unas conversaciones relativamente rápidas, la CDU CSU y el SPD anunciaban un pacto de gobierno. Alemania tendrá así un nuevo ejecutivo de Gran Coalición (el tercero de cuatro legislaturas), mientras que el SPD se sigue hundiendo en las encuestas. 

Crisis existencial del SPD 

Desde las elecciones de setiembre, los socialdemócratas celebraron dos congresos extraordinarios y un referéndum entre sus bases para dar la luz verde definitiva a la Gran Coalición. Tanta democracia interna es, en realidad, más síntoma de una crisis existencial que de un afán de la dirección del partido de refrendar sus grandes decisiones entre la militancia. En las últimas semanas, después del anuncio del pacto de Gran Coalición, algunas encuestas apuntaron incluso algo impensable tan sólo hace unos meses: la ultraderecha de AfD superaba en intención de voto al SPD, que caía hasta 15,5% de los votos. La falta de credibilidad política podría llevar ahora al partido más antiguo de Alemania a las puertas de la irrelevancia. 

“Renovación” es en estos días la palabra que la nueva dirección socialdemócrata utiliza para generar ilusión y confianza en el futuro de un partido cuyo derrumbe parece hoy imparable. La designada nueva presidenta de la formación, Andrea Nahles, promete que su presencia en el gobierno supondrá un claro acento social en las políticas de Merkel. Sin embargo, Nahles parece olvidar una estadística demoledora: el SPD ha perdido 50% de sus votantes en los últimos 20 años, aproximadamente la mitad de los cuales ha gobernado en coalición con la canciller democristiana. La siguiente cuestión se hace así inevitable: si la participación en las grandes coaliciones ha ido acompañada hasta ahora por un desgaste electoral socialdemócrata, ¿por qué esta vez debería ser diferente? 

Un país vecino como Austria, con una historia estrechamente ligada a la de Alemania, podría tal vez servir de referencia a la socialdemocracia germana para hacerse una idea de lo que podría deparar el futuro próximo: grandes coaliciones de conservadores y socialdemócratas gobernaron Austria de manera prácticamente ininterrumpida desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. En las últimas elecciones legislativas, de octubre, la ultraderecha del Partido de la Libertad de Austria fue la tercera fuerza más votada, con casi 26% de los sufragios y a menos de un punto de distancia del Partido Socialdemócrata de Austria. Hoy, una coalición de conservadores y ultraderechistas gobierna ese país. 

Alemania contará a partir de mañana con un gobierno de una mayoría parlamentaria suficientemente holgada para afrontar los desafíos internos y externos a los que se enfrentan Europa y el mundo. Sin embargo, parece difícil que la nueva Gran Coalición pueda frenar su pérdida de apoyo electoral, sufrida ya en las últimas elecciones. La ultraderecha de AfD liderará, como tercer partido más votado, la oposición parlamentaria en el Bundestag, una posición privilegiada para seguir agitando su discurso antiestablishment, cada vez más marcadamente ultranacionalista, islamófobo y xenófobo, e intentar así imponer al menos una parte de su agenda. 

Esta nueva Gran Coalición no parece nacer, en definitiva, del convencimiento político de que traerá lo mejor para el país, sino de una urgencia generada por la actual inestabilidad política. Cuando la era Merkel comienza la que probablemente sea su última legislatura, Alemania se dispone a comprar tiempo.

Artículo publicado el 18 de marzo de 2018 por el diario uruaguayo La Diaria.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Stalin: la divinitat socialista d’Alemanya oriental

© Gedenkstätte Berlin-Hohenschönhausen

“Estudia Stalin. Aprèn de Stalin. Lluita amb Stalin”. Berlín, desembre del 1949. La recentment fundada República Democràtica Alemanya (RDA) celebra l’aniversari de Ióssif Vissarionóvitx Stalin. La seu del Partit Socialista Unificat d’Alemanya (SED), situada al mateix centre d’una capital alemanya que encara es recupera dels estralls de la Segona Guerra Mundial, apareix engalanada amb frases propagandístiques i ortodòxia comunista. Un enorme mural amb el rostre de Stalin presideix l’edifici. Al més pur estil del Gran Germà imaginat per George Orwell, “el líder i mestre de la humanitat” clava la seva dura i freda mirada en l’objectiu de la càmera que immortalitza el moment.

L’estalinisme va tenir una versió alemanya durant un període de la història poc estudiat i que encara avui continua sent incòmode per a alguns en un país ja molt marcat pels dotze anys de nacionalsocialisme. L’exposició Der rote Gott. Stalin und die Deutschen [El déu roig. Stalin i els alemanys] intenta ara omplir aquest buit. 

“Pràcticament cap altre polític estranger del segle XX va exercir una influència tan persistent sobre Alemanya com el polític georgià, que, sota el nom de guerra de Stalin, va estar gairebé trenta anys al capdavant de la Unió Soviètica”, escriu Hubertus Knabe, director acadèmic del Centre Commemoratiu Berlín-Hohenschönhausen. Aquest complex d’edificis grisos, situat al profund Berlín Est, va ser un centre de repressió política durant pràcticament tota l’existència de la RDA. Per les seves cel·les hi van passar víctimes de les purgues que va posar en marxa l’estat socialista els primers anys després de la guerra. Avui, una de les seves sales, situada just damunt d’una presó secreta de la policia soviètica, acull l’exposició El déu roig fins al 30 de juny. És una decisió simbòlica per honrar les víctimes de l’estalinisme alemany. 

“Aquells que van ocupar les posicions de poder més altes fins al final de la RDA, com ara Erich Honecker i la seva dona, Margot Honecker, eren estalinistes de primera hora. Honecker, com a cap de la Joventut Lliure d’Alemanya [FDJ, joventuts socialistes de la RDA], va ser, per exemple, un dels principals protagonistes del culte a Stalin”, explica a l’ARA Andreas Engwert, comissari de l’exposició. L’autoritarisme va ser “el fil conductor” de l’estat oriental alemany de principi a fi, considera Engwert. 

Deïtats seculars 

La Unió Soviètica i els seus estats satèl·lit van posar fi a la rellevància social de la religió, però, al seu lloc, van crear noves deïtats del marxisme-leninisme, la infal·libilitat de les quals estava fora de tota discussió. El culte a la figura de Stalin n’és una prova. “El geni més gran de la nostra època”, “El creador del socialisme”, “Genial estrateg” o “El millor amic del poble alemany” van ser alguns dels noms que el dictador soviètic va rebre a l’Alemanya Oriental. 

© Gedenkstätte Berlin-Hohenschönhausen

El socialisme autoritari de la RDA també necessitava divinitats seculars per combatre els dubtes sobre els dogmes marxistes-leninistes. Tot i que el règim va intentar establir cultes a la personalitat de líders comunistes locals, com ara Ernst Thälmann, Wilhelm Pieck o Walter Ulbricht, cap d’ells es va ni tan sols acostar a la propaganda construïda sobre la figura de Stalin. Això comença a canviar l’any 1953: a la Unió Soviètica, la mort de Stalin dona pas, a partir del 1956, a un procés públic batejat com a desestalinització, que el govern de l’RDA executa molt més tard i de manera més silenciosa. Els bustos i les estàtues, així com els noms de carrers i places dedicats a Stalin, desapareixen de la quotidianitat de la RDA a partir del 1961. El simbolisme estalinista s’esfuma de sobte de l’espai públic, però la repressió contra ciutadans i rivals polítics no cessa, només se sofistica. 

El déu roig rastreja, recopila i ofereix d’una manera un pèl caòtica les restes d’una doctrina absolutista que, incomprensiblement, va seduir importants segments de l’esquerra emancipadora mundial i va deixar la seva empremta a Alemanya. La RDA, que es va autoconsiderar fins al seu enfonsament l’únic estat alemany veritablement antifeixista, va conservar fins a l’any 1989 un caràcter inequívocament autoritari, com demostren les fotografies, els vídeos, els retalls de diaris i els documents oficials de l’exposició. 

“A l’Alemanya de l’Est només va ser possible fer una anàlisi oberta de l’experiment soviètic, les relacions entre Alemanya i la Unió Soviètica i les experiències de la guerra d’extermini, l’ocupació i l’estalinisme a partir de la tardor del 1989”, opina Jan C. Behrends, historiador del Centre d’Investigació d’Història Contemporània (ZZF) de Potsdam. “Al llarg de quatre dècades, parlar amb llibertat sobre la Unió Soviètica, Rússia i Stalin va ser impossible a la RDA. I això és també una herència del comunisme que segueix influint el nostre present”, afegeix Behrends. 

L’antifeixisme cosmopolita, objectiu de purgues 

“Els funcionaris comunistes que van ser empresonats a l’Alemanya Oriental eren, en general, els que havien fugit de Hitler a l’exili occidental i no a la Unió Soviètica. És a dir, comunistes que van viure a França, Espanya o Mèxic”, apunta l’historiador Andreas Engwert, comissari de l’exposició El déu roig. Stalin i els alemanys. L’estalinisme erigit per la Unió Soviètica va mostrar una desconfiança sistemàtica cap a aquells militants antifeixistes que havien lluitat contra el hitlerisme a l’Europa Occidental o contra el franquisme durant la Guerra Civil Espanyola. 

És el que Andreas Engwert descriu com “l’odi a l’antifeixisme cosmopolita” que, en ocasions, podia desembocar també en antisemitisme. Militants comunistes i antifeixistes que, fins i tot, havien demostrat en públic admiració per Stalin van ser víctimes de les seves purgues polítiques. La ràbia generada per aquest autoritarisme paranoic es va deixar notar pocs mesos després de la mort del dictador: el 17 de juny del 1953, la RDA va viure la seva revolta popular més gran contra la influència soviètica. Va ser, però, durament reprimida.

Reportatge publicat pel Diari Ara.

domingo, 4 de febrero de 2018

Un fantasma ultradretà recorre Europa Central

“El pitjor crim comès per Hitler, més enllà de l’assassinat de jueus, va ser robar la identitat nacional als alemanys”. Aquesta frase és d’Alexander Gauland, líder parlamentari i ideòleg del jove partit ultradretà Alternativa per a Alemanya (AfD). La va pronunciar el maig de l’any passat, pocs mesos abans del fins ara màxim èxit d’AfD: convertir-se en la tercera força del Bundestag amb el 12,6% dels vots. 

La sentència de Gauland podria semblar banal però no ho és. Representa un atac frontal a uns dels pactes tàcits entre les principals forces polítiques de la República Federal d’Alemanya, fundada el 1949 sobre les cendres de la Segona Guerra Mundial: el revisionisme històric no podria ser mai una eina política. La revisió, des de posicions nacionalistes, del fosc capítol del nacionalsocialisme mai podia ser un instrument electoral.


AfD, amb la seva estratègia de provocació sistemàtica, ha trencat aquest consens. I ho ha fet amb èxit: gairebé sis milions de persones van votar ultra en les eleccions federals del 24 de setembre passat. AfD suposa un abans i un després per a Alemanya. El país més ric, poblat i poderós de la Unió Europea, amb una història irremeiablement marcada pels crims del hitlerisme, ha deixat de ser un oasi envoltat de forces ultradretanes i neonazis. Un fantasma recorre l’Europa Central. 

‘Revival’ patriota 

Gauland va voler dir que el poble alemany hauria d’acabar amb l’anomenada cultura de la culpa, generada per la responsabilitat històrica de l’Holocaust, i recuperar el patriotisme com a bandera política. És l’argument que precedeix una estratègia sistemàtica d’AfD: anar oferint arguments islamòfobs, antisemites, racistes, classistes, xovinistes i ultranacionalistes, que feia temps que havien quedat fora de la centralitat del tauler polític. L’objectiu a llarg termini és clar: ampliar les línies vermelles de la correcció política per eixamplar el potencial electoral ultradretà. 

“Des del inicis d’AfD, els seus dirigents van comprendre que, mitjançant l’ús de la provocació, adquirien una sobredimensionada atenció mediàtica que els situava davant una audiència a la qual no estaven en condicions d’accedir pagant espais de publicitat”, opina Franco Delle Donne, politòleg i analista. La provocació estratègica suposa l’erosió i posterior corriment dels límits del considerat políticament correcte. Segons Delle Donne, aquest procés no sols ha generat un canvi important del que la resta de partits polítics enuncien, proposen i defensen respecte a temes complexos com ara la immigració, l’islam i la identitat nacional, sinó també “un impacte en el comportament ciutadà”. Les opinions antisemites o islamòfobes, que fins ara es mantenien latents, comencen a manifestar-se públicament. 

“Normalització” alemanya 

L’establiment d’una força ultradretana al centre del sistema polític germànic significa una “normalització” respecte a la resta de països de l’entorn, considera Sebastian Friedrich, politòleg i autor del llibre AfD. Anàlisi, rerefons i controvèrsies. Alemanya ja no és capaç d’escapar-se del signe reaccionari dels temps que amenaça Europa. 

El cas més pròxim és el d’Àustria: l’ultradretà i populista Partit Liberal d’Àustria (FPÖ), que actualment governa en coalició amb els conservadors d’ÖVP, és la força europea més semblant a AfD. La gran diferència és que l’FPÖ fa dues dècades que lluita per aconseguir majories electorals. Tot i que ara ofereix un to més responsable i governamental, “l’FPÖ és un partit que té una estreta relació i cooperació amb formacions ultradretanes europees”, escriu el periodista Roger Suso al llibre El último europeo. La provocació estratègica també és una part fonamental de la seva comunicació política. Poc després de la formació del govern amb els conservadors, l’actual líder de l’FPÖ i vicecanceller, Heinz-Christian Strache, va proposar internar els peticionaris d’asil en casernes militars. L’FPÖ va rebre més del 25% dels vots en les últimes eleccions austríaques. 

Polònia és un altre exemple de govern reaccionari: el partit Llei i Justícia (PiS), nacionalista i ultracatòlic, va obtenir la majoria absoluta fa dos anys. Des d’aleshores intenta tirar endavant una reforma constitucional considerada un atac a la més bàsica divisió de poders per la Comissió Europea i l’oposició polonesa. Un procés semblant viu Hongria des de fa encara més temps: el partit nacionalconservador Fidesz, del primer ministre Viktor Orban, ha governat el país un total de dotze anys i ha inaugurat un model batejat com a “democràcia no liberal”. La dialèctica autoritària d’Orban coqueteja amb discursos obertament racistes i antisemites com el del partit ultradretà Jobbik, que actualment és la tercera facció més gran del Parlament hongarès. 

El que fa dues dècades semblava pur alarmisme és avui realitat: la Unió Europea té un seriós problema ultradretà a l’interior. Una pregunta queda en l’aire: ¿fins a quin punt podran els partits ultres forçar amb èxit els límits de la correcció política i capitalitzar així el creixent vot descontent?