La catástrofe, la destrucción tienen un carácter ciertamente regenerador. Acabar con todo y dejar los espacios creados por el hombre de la mano del abandono absoluto significa, en cierto modo, comenzar de nuevo, reiniciar desde bien abajo para, quizá, construir mejor y más justamente. De ahí el atractivo que presentan los paisajes urbanos de esencia postapocalíptica y postindustrial, o, como escribe la autora del blog modersohn-magazin.de, "el mórbido encanto" del espacio víctima del olvido.
Berlín es, obviamente, un paraíso para aquéllos que persiguen esa extrañamente reconfortante sensación de encontrase en medio de la nada. Tras el derrumbamiento del Estado que controlaba y ponía orden en la mitad Este de la ciudad, buena parte de las fábricas y edificios levantados por la entidad socialista quedaron vacíos, a merced de la fuerza remodeladora del viento y plantas que crecen por entre las grietas urbanas. Berlín es, en definitiva, una capital perfecta para practicar el llamado "urban exploration". En la capital alemana hay, al menos, una comunidad que practica esa disciplina: es decir, la de adentrarse por caminos abiertos hace décadas en las entrañas de la ciudad, ahora ocupados por la maleza del abandono.
La cosa funciona así: las convocatorias se organizan a través de foros sin que los participantes en las excursiones se conozcan de antemano. Suelen comenzar bien temprano, sobre las seis o siete de la mañana y hay que bien abrigado, con ropa oscura, calzado firme y, a veces, con un pasamontañas a mano. La entrada a algunos de los lugares es ilegal, con lo que conviene evitar ser reconocidos. Personalmente, no iría solo si es la primera vez que entras en contacto con un colectivo de “urban explorers”. Nunca sabes a quién te puedes encontrar. ¿El objetivo de los adentramientos?: documentar el estado de los lugares olvidados por la civilización, y saborear su catastrófica belleza.
Recientemente, el referencial y sensato Frankfurter Allgemeine Zeitung se permitía la libertad de publicar un relativamente extenso artículo al fenómeno. Dando voz a uno de los protagonistas de la historia, la periodista transcribía: "Take nothing but pictures and leave nothing but footprints". Al fin y al cabo, aquí se trata de disfrutar de los rincones olvidados de la historia y de dejar que el abandono siga regenerando las ruinas del fracaso.
P.D: las fotos que encabezan este post han sido extraídas sin permiso previo del siguiente enlace.
"Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una hora del sol y van a sus campos a proseguir la oscura silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que como la de las madréporas suboceánicas echa las bases sobre que se alzan los islotes de la historia. Sobre el silencio augusto, decía, se apoya y vive el sonido; sobre la inmensa humanidad silenciosa se levantan los que meten bulla en la historia. Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentira que suele ir a buscar el pasado enterreado en libros y papeles, y monumentos, y piedras"
Son palabras extraídas de la obra de Miguel de Unamuno En torno al casticismo, palabras escritas en el siglo XIX pero que emanan una contemporaneidad absoluta. Y que engarzan a la perfección con la lógica de funcionamiento de los medios de comunicación de masas a inicios del siglo XXI. Y es que parece que la realidad mediática va por un lado y la real, la de a ras de suelo, va por otro. No es de otra manera en el caso de Honduras y sus recientes elecciones calificadas de democráticas por no pocos grupos de interés hondureños y extranjeros que difienden intereses propios ajenos a golpe de manipulación y mentira.
Las elecciones del pasado domingo ganadas por el candidato nacionalista-conservador Porfirio Lobo cumplieron con todos los cánones democráticos dignos de cualquier democracia que se precie, nos dicen machaconamente desde diferentes púlpitos ideológicos. Tan machaconamente que es inevitable pensar todo lo contrario. Más teniendo en cuenta que esas elecciones nacen de un golpe de Estado contra un presidente democráticamente elegido (Manuel Zelaya), y que los principales candidatos son (curiosamente) liberal-conservadores.
Los golpistas alegan que el golpe de Estado fue para salvar la democracia. Ello supone un peligroso precedente en América Latina: ¿quién decidirá entonces cómo y cuándo una democracia ha de ser puesta a salvo a golpe de golpe de Estado? ¿Quién nos protege de la dictocracia? ¿También habrían reconocido las elecciones los Estados Unidos si en lugar de Zelaya hubiese sido el presidente colombiano Uribe el que hubiese sido sacado a la fuerza, con nocturnidad y alevosía del poder? Son preguntas que provocan más preguntas, y que desasosiegan.
Mientras nos intentan vender que la democracia hondureña está a salvo, la intrahistoria hondureña, como dice Unamuno, el auténtico substrato del país centroamericano sigue su curso alejado de los focos lanzados por los grandes medios de comunicación sobre las zonas que interesa alumbrar. En esa intrahistoria, en las tripas de la Historia (con mayúscula), mientras la democracia está guardada a cal y canto, quedan impunes las más flagrantes violaciones de los derechos humanos. Un ejemplo: una compañera hondureña me pasa un escalofriante testimonio de una mujer antimicheletista violada por la policía hondureña.
Son retazos de la intrahistoria que no interesa: ni a los medios de comunicación ni a los salvadores de la democracia.
Ayer a las tres de la madrugada pasé en bicicleta por delante de la Brunnenstrasse 183, el lugar donde se encontraba uno de los últimos edificios okupados de Berlín. Varios camiones de la policía bloqueaban la entrada y se veía mucho movimiento policial por Rosenthaler Platz y cercanías. Pensé que se estaba preparando el desalojo de la casa, sin saber que el desalojo ya se había consumado.
Sobre las tres de la tarde de ayer nada más y nada menos que 600 policías procedieron a desalojar a los alrededor de 35 personas que mantenían con vida el centro social okupado y la Umsonstladen situada en sus bajos. Antes, la policía había cortado la Brunnenstrasse entre Rosenthaler Platz y la Invalidenstrasse, y no dejó circular a los ciudadanos berlineses por ese tramo de la calle por temor a "posibles desórdenes", según los diarios berlineses. Todo un detalle en pos de la seguridad ciudadana en estos tiempos de inseguridades (económicas y laborales) que nos atraviesan.
Mentiría si dijese que me sorprende el desalojo: un edificio de cuatro plantas situado en el corazón del distrito de Mitte es demasiado suculento para los poderes especulativos y gentrificadores que acechan sin prisa pero sin pausa al Berlín real, al que mancha y mantiene en vida a la ciudad y sus habitantes. Sin embargo, siempre pensé que resistiría más tiempo. Lamentablemente, me equivoqué.
La historia de la Brunnen 183 comienza en los salvajes 90 berlineses, poco después de la caída del muro. Okupada y mantenida hasta ahora con relativo éxito, contenía en su interior un bar, un teatro así como la ya mencionada Umsonstladen en sus bajos: una tienda en la que no hacía falta tener dinero para consumir: podías entrar, coger lo que necesitases y dejar lo que ya no usases por el módico precio de 0 euros. Un proyecto de confrontación directa y activa a la sociedad de extremo consumismo en la que vivimos. Ironías de la vida: incluso el alcalde de la ciudad, Klaus Wowereit, visitó en su día el proyecto y le dió su apoyo. Parece que sirvió de poco.
Al Berlín postokupado lo están cercando cada vez más. El turismo de masas en busca de aventuras urbanas me recuerda cada vez más al turismo de sangría-multikulti que sufre en sus carnes la Barcelona que nos robaron. Tengo las esperanzas puestas en el espacio libre que sigue atesorando esta urbanísticamente caótica capital. Nichos donde nacen y renacen espacios como el Karmanoia 2.0. ¿Creíais que estabámos muertos? Pues venid a rematarnos...
P.D: mañana hay convocada una manifestación de protesta por el desalojo. Más info, aquí.
Sólo es un cartel, pero ya ha arrancado espacio en algunos diarios locales. En el gentrificado y echado a perder distrito de Prenzlauer Berg aparecieron antes de los fastuosos festejos por los veinte años de la reunificación alemana unos pósters que despertaron la curiosidad de periodistas y vecinos, y seguramente el enojo de los muchos wessis (alemanes occidentales) que se han ido instalando y apropiándose de ese barrio oriental durante los últimos veinte años.
"Nosotros somos un pueblo. Y vosotros sois otro. Berlín Este. 9 de noviembre de 2009", rezaban los carteles pegados a diestro y siniestro por el barrio. Con todas las celebraciones y lo que caía en forma de lluvia y concentración mediática sobre la capital alemana, los medios o bien no tuvieron espacio para la anécdota, o bien no quisieron correr el riesgo de que la anécdota pudiera empañar la fastuosidad de los festejos.
Es evidente que los carteles son idea y obra de ossis (alemanes orientales) que no están tan contentos ni observan con tanto triunfalismo el resultado de la reunificación de Alemania a veinte años vista. Porque fue una reunificación, ¿no? ¿O más bien fue una apropiación a golpe de terapia económica de shock con la privatización exprés como receta fundamental?
Sea como fuere, una parte cada vez menos residual de la sociedad alemana oriental (echad un vistazo a los resultados de Die Linke en Alemania del Este en las últimas elecciones federales) parece preguntarse si no fue que les engañaron, y se preguntan una y otra vez: "¿Dónde estarán los prosperos paisajes que nos prometieron?"
Hoy se cumplen 20 años de la caída del muro de Berlín. Una fecha redonda en la historia de la reunificación alemana que ha sido utilizada para ejemplificar la posibilidad de reconciliación de pueblos divididos. Sin embargo, no todos son luces en esa historia; también hay sombras, sobre todo en el campo económico. Es cierto que el muro físico de Berlín y la frontera interior alemana desaparecieron hace 20 años. Sin embargo, la división psicológica y, sobre todo, la económica siguen marcando una clara línea entre la Alemania oriental y la occidental. Esa división quedó patente en los resultados de las últimas elecciones generalescelebradas el pasado 27 de septiembre. Unos comicios que ganó la coalición conservadora de la CDU-CSU. También en el Este de Alemania, con el 29,5% de los sufragios, pero seguida muy cerca por el partido de La Izquierda, que consiguió el 26,4%. La Izquierda, partido fundado en 2007, aglutina a socialdemócratas desencantados procedentes del SPD y a miembros del poscomunista PDS, heredero del SED (partido gobernante en la dictadura socialista de la desaparecida República Democrática Alemana). Es incluso sabido que algunos de los miembros de la dirección de la joven formación fueron colaboradores informales de la Stasi, la temida policía política de la RDA. Sin embargo, no parece que eso moleste a aquéllos de sus votantes que sufrieron la falta de libertades bajo el régimen del SED. Y es que no todo ha sido tan bonito como lo pintó el canciller Helmut Kohl antes de consumarse la reunificación, consideran actualmente muchos alemanes orientales que han vivido en ambos sistemas.
Una mirada a los datos comparativos entre ambas Alemanias deja patente que ni las perspectivas más optimistas ni las más pesimistas sobre la realidad económica oriental son acertadas. El cuadro es más complejo que esas miradas reduccionistas, deja claro que muchas dimensiones socioeconómicas de la Alemania oriental han mejorado con respecto a 1989, pero también que sus ciudadanos no han visto cumplidas muchas de las expectativas con las que abrazaron la reunificación. Así lo demuestra el informe Alemania del Este: mucho conseguido, mucho por hacer recientemente publicado por el IFO (Instituto de Investigación Económica). En él, el economista Joachim Ragnitz compara los principales indicadores económicos de ambas Alemanias. Ragnitz subraya dos puntos positivos en el proceso de reconstrucción oriental: el nivel de bienestar material de los alemanes del Este ha mejorado considerablemente durante los últimos veinte años. De esta forma, han aumentado los salarios, han mejorado las condiciones de las viviendas, así como la variedad y la calidad de productos de consumo existentes en el mercado. Además, también ha mejorado la situación del medioambiente y de las infraestructuras. Pese a todos esos avances que permiten afirmar que Alemania oriental es la región que más ha avanzado en lo material entre los países postsocialistas del centro y Este de Europa, las diferencias en el campo económico continuan siendo notables. Es el caso del PIB per cápita, que sique siendo en Alemania oriental más de un 20% menor que en la occidental. Después de su fuerte crecimiento tras la reunificación y hasta 1997, el PIB oriental prácticamente no ha variado desde entonces (con un aumento de apenas del 4% desde el año 2000). La productividad también deja patente que la economía oriental se mantiene unos cuantos escalones por debajo: está en un 76% con respecto a la capacidad productiva occidental. Ello se refleja, sobre todo, en la escasa presencia de sedes de grandes empresas, lo que tiene como consecuencia una menor orientación exportadora de la economía oriental, cuyas exportaciones sólo suponen un 46% de las occidentales. Todos estos factores que hacen que la economía oriental sea más débil tienen consecuentemente efectos tanto en los niveles de empleo como en los de la renta disponible: el paro sigue siendo dos veces más alto en el Este, donde hay más de un millón de desempleados (el 12% de la población activa). Ello, sumado a la buena educación recibida por las nuevas generaciones, está provocando un transvase demográfico continuado del Este al Oeste. En cuanto a la renta disponible, la oriental sigue más de un 20% por debajo de la occidental, y ello pese al sistema de impuestos redistributivo (el impuesto sobre la renta oriental es, por ejemplo, casi un 50% más bajo que el occidental). Perspectivas Además de la pésima situación de la economía de la RDA, que se encontraba al borde de la insolvencia antes de su hundimiento, el informe del IFO apunta a la rapidez con que se introdujo la economía social de mercado y la privatización de las empresas estatales orientales. Esa privatización se llevó a cabo antes de realizar las inversiones de saneamiento pertinentes para que las empresas orientales partieran de un nivel competitivo similar a las occidentales. El Informe Anual del Gobierno federal sobre el estado de la unidad alemana establece como objetivo igualar el nivel económico de los Estados alemanes orientales con el de los Estados occidentales más pobres antes de 2020. Un objetivo que el economista Ragnitz considera irrealista si el Gobierno federal no realiza las inversiones necesarias para que la economía oriental alcance la autonomía suficiente que le permita crecer sin necesidad de las ayudas procedentes de los impuestos pagados por los contribuyentes del resto de Alemania. De no alcanzar ese objetivo, el partido de La Izquierda mejorará muy probablemente sus resultados electorales, y tal vez no sólo en Alemania oriental.
Esta crisis (creada) es implacable y se lo lleva casi todo por delante (que le pregunten a los de ese cadáver exquisito de Soitu.es). Casi todo. Como en todas partes, también en Berlín hay resistencias. En este caso, una resistencia poética-creativa. Se llama Latinale, el festival de poesía latinoamericana de la capital alemana, que este año celebra, si no me equivoco, su cuarta edición. Contra vientos y mareas críticas y económicas.
Ayer tuve la oportunidad de acudir a una sugestiva lectura de poemas en el Instituto Cervantes de Berlín, esa institución total que a veces resulta tan ajena a la plebe hispanohablante berlinesa. En su sala de conferencias pudimos ver a la argentina María Medrano, con su proyecto de poesía penitenciaria Yo no fui; a la boliviana Rery Maldonado, con su poesía de barrio en "bolikreuzbergriano"; al expresivo y mexicano Hernán Bravo-Varela, con sus relatos poéticos; y, por fin, al cubano Antonio José Ponte que, por boca del uruguayo Gabriel Calderón, nos dejó frases tan dolorosas como "los habitantes de las ruinas también son ruinas" o "la ruina se lleva por dentro, como el luto, como la tristeza". Frases que duelen a los que estiman la isla y su gente.
La sesión la cerró la música de Liza Casullo. Aterciopelado ritmo pop con toques folk y destellos punk. Una tarde deliciosa. Esta noche, más.
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