lunes, 7 de diciembre de 2015

¿Se enfrenta Alemania a un nuevo terrorismo de extrema derecha?

Tras la cadena de atentados yihadistas de París, mucho se habla en Alemania del posible primer ataque de Estado Islámico o Al Qaeda en suelo de República Federal, pero nada de un posible nuevo terrorismo neonazi al calor de movimientos políticos como Pegida o el ascendente partido Alternativa para Alemania (AfD). Ello a pesar de que haya indicios más que suficientes para barajar seriamente ese escenario, tras la desaparición de la última célula terrorista de extrema derecha conocida en el país: la NSU.

Más ataques contra refugiados y contra centros de acogida, nuevas formas de levantamiento social contra la política migratoria del Gobierno federal, como el corte de carreteras y sabotajes, y también posibles nuevos atentados contra políticos alemanes que defiendan la integración de los refugiados. Es lo que espera la Oficina Federal de Investigación Criminal (BKA, en sus siglas en alemán) durante los próximos meses mientras siguen llegando diariamente miles de refugiados al país. 

Así lo anunció la BKA tras confirmar que en lo que va de año lleva registrados más de 520 delitos de trasfondo de extrema derecha. Una tendencia que va claramente al alza: sólo durante el tercer trimestre de 2015, la BKA registró 285 ataques contra centros de acogida de refugiados, más que durante la primera mitad del año y también que durante todo 2014. Los políticos que asumen la organización de infraestructuras para refugiados como un deber también se convierten en objetivo de los ataques de corte neonazi o de extrema derecha

Fue el caso de la política independiente Henriette Reker, actual alcaldesa de la ciudad de Colonia. Reker fue apuñalada de gravedad durante un acto de su campaña por un hombre con conexiones con círculos ultraderechistas alemanes, tal y como confirmaron los servicios secretos germanos. Tras el ataque, y apoyada por partidos tan dispares como Los Verdes, los democristianos de la CDU y los liberal-conservadores del FDP, la candidata obtuvo la mayoría absoluta. 

Salto cualitativo

El atentado contra Reker supuso un salto cualitativo de la violencia derechista observada en las calles de Alemania en los últimos meses. La sociedad alemana entendió el atentado como un mensaje a todos los ciudadanos que colaboren en la acogida de refugiados. 

Ante el auge del movimiento islamófobo Pegida, y el aumento de intención de voto de los euroescépticos de Alternativa para Alemania (AfD), que también han coqueteado con Pegida al rechazar la política migratoria desplegada por el Gobierno de Angela Merkel, expertos y medios comenzaron a preguntarse en voz alta si el país se enfrenta ante un nuevo terrorismo de extrema derecha. Un terrorismo que podría proceder del mismo corazón de la sociedad, y no ya de grupos radicales y marginales, como tradicionalmente ha ocurrido en Alemania. 

“No se trata de un nuevo terrorismo, sino de una nueva dimensión de la violencia de extrema derecha con tendencias terroristas; una violencia entendida como una lucha asimétrica contra sus enemigos: los migrantes como 'cultura y raza extranjera', aquellos que apoyan a los refugiados en nombre de la integración, y también la cultura democrática y pro derechos humanos del Estado parlamentario”. Así lo asegura Bernd Wagner, criminalista experto en extrema derecha y fundador de EXIT, asociación que ayuda a militantes de movimientos neonazis a abandonar los círculos xenófobos violentos. 

En una entrevista a través de correo electrónico, Wagner apunta que lo fundamental ahora es saber distinguir “la intencionalidad ideológica” que se esconde tras cada uno de los ataques, y no si tras estos hay grupos organizados con amplias estructuras sociales, o individuos que actúan como lobos solitarios, como parece que fue el caso del atentado contra la alcaldesa de Colonia. 

Como en los 90 

Hans-Gerd Jaschke lo ve diferente: en una entrevista concedida a la radio pública alemana WDR, el académico e investigador de movimientos ultraderechistas cree que los ataques a refugiados proceden cada vez más de ciudadanos integrados y no de militantes neonazis. Un fenómeno similar a los ataques xenófobos ocurridos en Alemania en la década de los 90, fundamentalmente en el Este del país, poco después de la reunificación y durante la llegada de refugiados que huían de la guerra de los Balcanes. En aquel momento, neonazis y ciudadanos aparentemente bien integrados se convirtieron en turbas violentas difícilmente descriptibles que atacaban viviendas de extranjeros. 

En un país con un reciente episodio como el de la NSU (Clandestinidad Nacionalsocialista), una célula neonazi formada por tres dos hombres y una mujer que actuó entre 2000 y 2011 con el apoyo de evidentes estructuras sociales, y que dejó tras de sí 10 asesinatos, numerosos atentados y atracos de bancos, y con el actual auge de movimientos derechistas y xenófobos, parece cuestión de tiempo que surja una nueva forma organizada de violencia neonazi. 

El partido III. Weg muestra el camino que siguen los nuevos grupos neonazis. Bernd Wagner lo define como mezcla de “hitlerismo y nacionalistas autónomos” con tendencias “tradicionalistas y también anticapitalistas”. Un partido que defiende en su programa electoral una ciudadanía basada en criterios étnicos, y también la recuperación de territorios ocupados y posteriormente perdidos por el Tercer Reich en el Este de Europa durante la Segunda Guerra Mundial. 

Movimientos como III.Weg o Pegida cuentan además con conexiones con círculos de extrema derecha de otros países europeos, incluida España. Por eso, el criminalista Wagner advierte: “Europa, como comunidad de valores, debe reorganizarse rápidamente respecto a la cuestión migratoria, o tiene el riesgo de fracasar ante un tremendo giro hacia la extrema derecha”.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Núremberg: los juicios que sentaron al nazismo en el banquilo


Inicio del primer proceso de Núremberg. Fuente: National Archives Record Administration, College Park, MD, USA
 «Corría el verano de 1945 y yo era un soldado estadounidense de 22 años estacionado en Alemania que, tras la Segunda Guerra Mundial, estaba a punto de volver a Estados Unidos para estudiar psicología. Pero un día vi un cartel en mi campamento que anunciaban el reclutamiento de intérpretes para el proceso de Núremberg. No me costó mucho llegar a la conclusión de que que nunca más volvería a tener la oportunidad de participar en un juicio internacional de ese calibre». 

George Sakheim tiene más de 90 años, pero recuerda a la perfección la disposición que ofrecía en 1945 el espacio en el que hoy cuenta su historia. La sala de audiencias 600, situada en un ala del histórico Palacio de Justicia de Núremberg, ha sufrido desde entonces numerosos cambios. Pero sigue siendo reconocible en las fotografías en blanco y negro tomadas entre el 20 de noviembre de 1945 y el 1 de octubre de 1946. 

Entre esas dos fechas tuvo lugar el primero y más mediático de los trece juicios contra la cúpula y los altos cargos de la Alemania nacionalsocialista. Un proceso que sentó en el banquillo a figuras indispensables para entender la engrasada maquinaria asesina diseñada por Adolf Hitler. 

«Como futuro psicólogo, me interesaba entender qué lleva a las personas a cometer ese tipo de crímenes», asegura George Sakheim con el imponente tribunal de madera a sus espaldas. Rudolf Höss, comandante en jefe del campo de concentración y exterminio de Auschwitz, fue una de las figuras cuyas palabras George tuvo que traducir al inglés. En su declaración como testigo, Höss explicó por qué ejecutó la orden de enviar a la cámara de gas a cientos de miles de personas. A Sakheim le tocó interpretar el horror. 

«A los miembros de las SS nunca se nos ocurrió pensar. Dábamos por sentado que los judíos eran los culpables de todo. Estábamos tan entrenados para obedecer órdenes sin pensar, que la idea de desobedecerlas nunca se nos habría pasado por la cabeza». Cuando el anciano Sakheim acaba de leer en voz alta la declaración de Höss, la audiencia que ocupa la histórica sala guarda silencio durante unos segundos que parecen eternos. 

Cambio jurídico paradigmático


El intérprete George Sakheim. Fuente: George Sakheim
A su lado escucha atento Moritz Fuchs, norteamericano de origen suizo que también luchó como soldado estadounidense durante la guerra. Hoy es un cura católico jubilado. En 1945 era el escolta personal de Robert H. Jackson, el fiscal jefe de la delegación estadounidense enviada por Washington a Núremberg para elaborar la acusación formal contra los jefes e ideólogos del nazismo. «Fue todo un honor», reconoce. 

En el primer proceso de Núremberg, la Unión Soviética, Francia, Reino Unido y Estados Unidos, las fuerzas vencedoras, se unieron para juzgar a los líderes de la nación derrotada. Fueron la parte acusadora y también conformaron el tribunal. Los aliados sentaron en el banquillo a lo que quedaba de la plana mayor del nacionalsocialismo alemán: 21 políticos, militares y altos funcionarios del partido nazi, entre los que no estaban Adolf Hitler, Joseph Goebels ni Heinrich Himmler. Los tres se suicidaron cuando la guerra ya estaba perdida. 

El mariscal Herman Göring, segunda figura del régimen sólo por detrás de Hitler; Wilhelm Keitel, jefe de los altos mandos del ejército alemán; Joachim von Ribbentrop, ministro de Exteriores de Tercer Reich, o Albert Speer, arquitecto de cabecera de Hitler y ministro de Armamento y Munición, fueron algunos de los nombres destacados de la lista de 21 máximos responsables de los crímenes cometidos por el nazismo durante los doce años que tuvo el poder. 

Por primera vez en la historia, las élites de un Estado tenían que responder por los crímenes que habían ordenado cometer a sus subordinados. «Supuso un cambio de paradigma a nivel jurídico», explica Henrike Claussen, directora del centro de documentación de los procesos de Núremberg. «Los textos de acusación dejan claro que las potencias vencedoras tenían una exigencia moral ante la dimensión de los crímenes cometidos. La argumentación jurídica apunta que dejar sin castigo ese tipo de crímenes habría supuesto el hundimiento de la civilización». 

Esta perspectiva abrió un camino jurídico hasta ese momento inédito. Los procesos de Núremberg sientan en definitiva las bases para lo que hoy conocemos como derecho penal internacional y como crímenes de lesa humanidad.

George Sakheim recuerda el inicio del primer proceso de Núremberg. Andreu Jerez ©
Sin justicia integral 

El primer juicio de Núremberg acabó con doce penas de muerte (Göring se suicidió antes de ser ejecutado), siete penas de prisión (algunas a cadena perpetua) y tres sorprendentes absoluciones, una de ellas para Albert Speer. «Con la información que tenemos hoy sobre el Holocausto, muy probablemente las sentencias habrían sido diferentes», asegura Henrike Claussen. 

George Sakheim y Moritz Fuchs consideran, sin embargo, que el proceso hizo justicia. Algo que no comparte del todo la historiadora Claussen: «El papel de las víctimas en el proceso fue marginal. Y aunque puso las bases para su reconocimiento moral, durante las décadas posteriores la República Federal Alemana cometió claras omisiones en su obligación de juzgar a los corresponsables de los crímenes del nazismo». 

El nuevo enfrentamiento entre bloques en la recién inaugurada Guerra Fría y el deseo de la nueva clase política alemana occidental de mirar hacia adelante permitieron que la mayoría de responsables efectivos del Holocausto fueran amnistiados o incluso nunca fuesen puestos a disposición de la Justicia. Tal y como dijo recientemente el actual ministro de Justicia, el socialdemócrata Heiko Maas, una auténtica «vergüenza para Alemania».

Reportaje publicado por el diario ABC.

jueves, 22 de octubre de 2015

Què està passant a Mèxic?


La desaparició dels 43 estudiants de l’Escola Normal d’Ayotzinapa ha suposat un punt d’inflexió en la percepció de la greu crisi de drets humans que pateix Mèxic des de fa més d’una dècada. Els 43 joves desapareguts a les mans de la policia de l’Estat de Guerrero ara fa poc més d’un any, aparentment amb la col·laboració del crim organitzat, podrien haver-se dissolt com una freda estadística més en les més de 25.000 desaparicions o les més de 100.000 morts violentes que arrossega el país des de l’inici de l’anomenada ‘guerra contra el narco’ inaugurada en 2006 per l’expresident Felipe Calderón. La reacció de la població civil mexicana, d’una banda, i l’atenció dels mitjans de comunicació internacionals, de l’altra, han evitat, però, que la desaparició forçada dels 43 normalistes haja passat desapercebuda. 

El cas d’Ayotzinapa fa que ara molts es pregunten: què està passant a Mèxic? Què està provocant, segons Human Rights Watch, la crisi més greu en matèria de drets humans a l’Amèrica Llatina de les últimes dècades? La narrativa oferta pel poder polític mexicà i pels mitjans internacionals sol apuntar el crim organitzat i la corrupció com els principals factors responsables dels milers de desaparicions forçades o de les desenes d’assassinats de periodistes, d’activistes socials i de sindicalistes “incòmodes” amb els poders fàctics mexicans durant els últims 15 anys. 

Una narrativa que, segons organitzacions defensores dels drets humans i mitjans mexicans crítics, intenta amagar la cada cop més evident realitat: la col·lusió entre els diferents nivells de l’Estat federal mexicà i els diversos grups de crim organitzat que operen al país es fa indispensable per entendre els orígens d’aquesta crisi de drets humans. 

Transició (fallida) al multipartidisme 

Quinze anys després de la transició efectiva del priisme de partit únic al mutipartidisme configurat fonamentalment per tres partits polítics (Partit d’Acció Nacional [PAN], Partit Revolucionari Institucional [PRI] i Partit de la Revolució Democràtica [PRD]), entre analistes i periodistes mexicans cada vegada queda més clar que la crisi actual és incomprensible sense tindre en compte dos elements: el model econòmic neoliberal aplicat pels successius governs mexicans des de fa més tres dècades i la col·lusió entre el poder polític i el crim organitzat des del nivell local fins al federal. Tot plegat ha provocat una transició fallida a un sistema democràtic funcional, i també que el concepte de “narcoestat” siga cada dia menys tabú a l’espai públic mexicà. 

Per entendre la situació, per tant, cal analitzar els dos elements ja esmentats com a processos profundament entrellaçats: com ben explica el veterà periodista del combatiu setmanari ‘Proceso’ José Gil Olmos al seu recent llibre ‘Batallas de Michoacán’, “és com si els ‘narcos’ mexicans hagin estat els qui millor van entendre i aprofitar les lleis de l’economia globalitzada, que no sap de límits fronterers ni de codis humanitaris”. 

Tan aviat com l’Estat mexicà, amb les seues reformes neoliberals, va abandonar els programes d’assistència social i econòmica a la dècada dels anys vuitanta, els grans capitals privats van imposar noves pràctiques de dominació social. La crisi del camp i les inversions agrícoles van possibilitar un major augment de cultius il·legals; conseqüentment, i gràcies als guanys generats pel narcotràfic, els càrtels de droga van acabar convertint-se en poderosos conglomerats econòmics amb interessos nacionals i transnacionals, com assenyala des de fa anys Edgardo Buscaglia, investigador, acadèmic i assessor de les Nacions Unides. Aquí podeu llegir el seu interessant article “México pierde la guerra”.

Article publicat a El Crític. Continuar llegint al següent enllaç.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Ayotzinapa, paradigma de la impunidad reinante en México

El pasado 26 de septiembre de 2014, 43 estudiantes pobres de una escuela normalista de Ayotzinapa, en el Estado de Guerrero, fueron desaparecidos forzadamente en la localidad de Iguala. Esa cifra, la de 43, debería haberse diluido en las miles desapariciones que acumula México desde el inicio de la (mal) llamada guerra contra el narcotráfico. Al menos ese debió de ser el cálculo de los poderes fácticos del país. Pero no fue así: los 43 jóvenes desaparecidos se han convertido en un caso simbólico, paradigmático de la violación sistemática de Derechos Humanos que sufre la sociedad mexicana, y que golpea especialmente a las clases más pobres del país.

A día de hoy, es díficil encontrar a alguien que lo niegue: la colusión entre poder político y crimen organizado ha hecho de la impunidad, norma en México. Las cifras y la realidad hablan por sí solas: más de 100.000 muertos, más de 25 desaparecidos, algunas regiones del país en manos de grupos armados y cárteles del narcotráfico con la aparente connivencia del poder político. El grito de los padres de los normalistas se ha convertido así en una arma arrojadiza contra la corrupción, la colusión y la injusticia. Los mexicanos críticos con la realidad del país han hecho suyo el grito de los padres y madres de Ayotzinapa. Un grito que, a día de hoy, parece díficil que se apague.

Lo explico todo en el siguiente reportaje para el programa de radio Estación Sur, de la radio pública alemana Funkhaus Europa.

Enlace directo al reportaje:   
 
http://www.funkhauseuropa.de/av/audioayotzinapaysusdesaparecidos100-audioplayer.html

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Penúltima parada, Heidenau

La familia kurdo-siria de los Suleiman, frente al centro de acogida de Heidenau. Andreu Jerez ©
Un año y dos meses de viaje, y un presupuesto de 5.000 euros. Es lo que le costó a Ahmed llegar a Europa. Primero viajó de Yemen a Turquía, después, de Turquía a Grecia en patera, y, por último, de Grecia a Alemania en camión a través de los Balcanes y Hungría. Ahmed es un joven yemení de Saná que espera ahora sentado estoicamente frente al centro de acogida de refugiados recién inaugurado en la pequeña de Heidenau, cerca de Dresde, la capital del Estado federado de Sajonia. Espera a poder solicitar su estatus de refugiado para iniciar una nueva vida en Alemania. 

“Dejé mi país huyendo de la guerra y de la corrupción. Nada funciona en Yemen y además no es seguro”, explica Ahmed en perfecto en inglés. Licenciado en idiomas extranjeros por la Universidad de Saná, este joven de 25 años asegura que además de la guerra civil que sacude Yemen, la corrupción es tan galopante que incluso la beca que le pertocaba por ser el mejor estudiante de su promoción fue vendida a un hijo de una familia rica. 

Tráfico de personas

Todas las historias de los alrededor de 600 refugiados que viven en el centro de acogida de Heidenau son similares a la de Ahmed: la mayoría llegó a Grecia procedente de Turquía o del norte de África. Todos los refugiados que acceden a hablar reconocen haber pagado a redes de tráfico de personas para llegar ilegalmente a Austria escondidos en camiones u otros transportes. 

Da igual si los refugiados vienen de Siria, Irak, Afganistán o Yemen: prácticamente todos atravesaron la porosa frontera en Siria y Turquía. Algunos trabajaron ilegalmente durante unos meses en Turquía para acumular el dinero que les faltaba para cruzar los Balcanes y llegar a Austria: alrededor de 1.000 euros por cada adulto, y la mitad por cada niño. 

Así lo hicieron el sirio Mohammed, el kurdo Walid, Ismael y su hijo Maan, de seis a años, y el yemení Jimmy. Son sólo algunos de los nombres de las miles de personas que han aparecido en los informativos de televisión durante las últimas semanas intentando cruzar a pie la frontera entre Macedonia y Grecia. Los refugiados llegados la pasada semana a Heidenau lo consiguieron. Muchos otros se dejaron la vida por el camino. 

El periodista kurdo-sirio Suleiman. Andreu Jerez ©
15.500 euros. Esa fue la cifra total que pagó Suliman para conseguir llevar a su mujer y a sus dos hijos desde Damasco hasta Alemania. Este periodista kurdo-sirio prefirió arriesgar la vida de toda su familia a seguir viviendo en la capital siria, cercada por la guerra civil que ha destruido el país árabe. Se lo jugó todo a una carta, y ya ha conseguido lo más difícil: llegar a su destino soñado, Alemania. El siguiente paso es conseguir el estatus de refugiado para él y su familia. 

Si todo va como han planeado, el yemení Ahmed y los Suleiman pronto pasarán engrosar el grupo de personas que ya ha conseguido este año el estatus oficial de refugiado en Alemania. Hasta el pasado julio, Alemania recibió casi 220.000 peticiones de asilo. Sólo 50.000 de ellas fueron aceptadas. El Ministerio del Interior alemán ya ha dicho que para este año espera la llegada de 800.000 refugiados. 

Las previsiones conservadoras del Gobierno federal sobre la llegada de refugiados dan margen a especular con más de un millón. Sea cual sea la cifra definitiva, una cosa es segura: las 438.191 peticiones de asilo registradas en 1992, en plena guerra de Bosnia y tras la disolución de la Antigua Yugoslavia, serán superadas con creces durante 2015. 

Xenofobia estructural 

El pasado fin de semana fue extraordinariamente tranquilo en Heidenau, a pesar de que los precedentes presagiaban tormenta: hace poco más de una semana, la pequeña localidad sajona fue escenario de unos disturbios de corte xenófobo que recordaron a los pogromos contra extranjeros vividos en Alemania del Este a principio de los 90

Pese a que es evidente que en Estados germanoorientales como Sajonia, Sajonia-Anhalt Mecklemburgo-Pomerania Occidental o Brandeburgo hay unas fuertes estructuras de extrema derecha que rechazan de plano la presencia de refugiados, no es menos cierto que también hay una sociedad civil organizada que intenta contrarrestar esa xenofobia militante. 

Durante la mañana del pasado domingo, decenas ciudadanos alemanes acudieron al centro de acogida de Heidenau para llevar comida, juguetes y ropa a los refugiados. Fue el caso de la familia Böhme. Residentes en Dresde, decidieron acercarse hasta el centro de refugiados para llevar ropa de invierno para cuando lleguen los meses de frío.

El yemení Jimmy, a la derecha, y su compañeros de viaje son todo esperanza. Andreu Jerez ©

Peter, el padre, no tiene dudas de que la ola de violencia que sufre Alemania desde hace semanas es esta vez diferente: “Hay una diferencia fundamental entre la oleada xenófoba de principios de los 90 y la actual. Ahora, en Alemania oriental no vivimos la crisis económica sufrida aquí tras la reunificación. A la gente le va bien, el desempleo se ha reducido enormemente. Definitivamente, esta ola de violencia está relacionada con un racismo estructural y latente, y no con problemas sociales internos del país”.

Reportaje publicado en ABC.es.

lunes, 24 de agosto de 2015

Ola de violencia xenófoba en Alemania

Son imágenes que se han convertido en habituales en los informativos y diarios de Alemania durante este verano: grupos de neonazis y militantes de extrema derecha, mezclados con ciudadanos que apoyan y justifican la presencia de los xenófobos, se reúnen ante los centros de refugiados para amedrentar a los peticionarios de asilo. En algunas ocasiones, los manifestantes incluso atacan con piedras y cócteles molotov los centros pese a la presencia de policías antidisturbios. Otras veces, los ataques se producen por la noche y sin previo aviso. 

Alemania está viviendo un verano caliente. Algunos incluso lo comparan con el vivido en 1992, cuando la oleada de refugiados llegados a Alemania huyendo de la guerra de los Balcanes acabó desembocando en una serie de pogromos contra extranjeros y refugiados en el este del país. Imágenes de vergüenza en la historia moderna de Alemania, tal y como apuntan la prensa y los políticos del país; y unas imágenes que despiertan los fantasmas del racismo latente en buena parte de la sociedad germana, especialmente de algunas regiones del Este del país, donde los movimientos y partidos de extrema derecha tienen históricamente un fuerte enraízamiento. 

Heidenau 

La actual ola de violencia xenófoba ha alcanzado este fin de semana una nueva cota: cientos de neonazis se enfrentaron a la policía durante dos noches consecutivas frente a una centro de acogida de refugiados situado en la ciudad de Heidenau, cerca de Dresde, la capital del Estado oriental de Sajonia. Decenas de agentes de policía resultaron heridos. Las imágenes de cócteles molotov y piedras, regadas con eslóganes racistas, recuerdan mucho a las de Rostock-Lichtenhagen, un barrio de la ciudad norteña en el que una turba de ultraderechistas, neonazis y ciudadanos desencantados con la dura situación económica que se vivía en la región tras la reunificación del país atacaron un centro de acogida a finales de agosto de 1992.


En esta ocasión, uno de los detonantes de los enfrentamientos fue la convocatoria de una marcha por el partido neonazi NPD (Partido Nacionaldemócrata de Alemania), una de las formaciones políticas que intenta obtener capital político con la enorme llegada de refugiados durante este año. Una llegada que se mantendrá durante 2015: el Ministerio de Interior alemán informó esta misma semana que prevé que el año cierre con la cifra récord de 800.000 solicitudes de asilo. El vicecanciller alemán, el socialdemócrata Sigmar Gabriel, no dudó este domingo en calificar la ola de inmigrantes como el mayor reto que afronta el país desde su reunificación en 1990. 

Der III. Weg

Aunque la presencia de la extrema derecha en los territorios orientales correspondientes a la desaparecida República Democrática Alemana es históricamente muy fuerte, el resto del país tampoco se salva de la nueva ola de violencia xenófoba. Un ejemplo: el incendio probablemente provocado este agosto en una pensión de la localidad bávara de Reichertshofen en la que estaba previsto alojar a refugiados. Aunque todavía no se ha esclarecido lo ocurrido, la Fiscalía alemana sospecha que el partido de extrema derecha Der III. Weg («La tercera vía», en alemán) está detrás del incendio. La Fiscalía ve al partido como un elemento peligroso que contribuye a crear un ambiente de violencia contra refugiados y extranjeros. 

Un vistazo al programa político de Der III. Weg no deja lugar a dudas: la formación persigue la creación de «socialismo alemán» (una eufemística referencia al nacionalsocialismo del Tercer Reich erigido por Adolf Hitler); el «mantenimiento de la identidad nacional del pueblo alemán», en presunto peligro por «el abuso del derecho de asilo»; el «desarrollo de la sustancia biológica del pueblo» y la «recuperación de las fronteras soberanas» previas al fin de la Segunda Guerra Mundial porque, como dice el partido neonazi, «Alemania es más grande que la República Federal Alemana». 

Como apuntan algunos observadores de este nuevo partido ultraderechista, Der III. Weg tiene presencia tanto en Alemania occidental como en territorios orientales. Un dato que apunta que la ola xenófoba contra los refugiados es territorialmente transversal y un fenómeno violento que amenaza a todo el país por igual.

Artículo publicado en ABC.es.

viernes, 7 de agosto de 2015

El fantasma de la violencia xenófoba recorre Alemania

Dos cifras han hecho saltar estas últimas semanas las alarmas en Alemania: el país recibió más 179.000 peticiones de asilo por parte de refugiados durante los primeros seis meses de 2015. El número de peticionarios de asilo superó levemente las 202.000 peticiones durante todo el pasado año. Paralelamente, en 2014 y en lo que va de 2015 se han registrado 348 ataques xenófobos a refugiados. Solo este año, la cifra oficial de agresiones protagonizadas por grupos de extrema derecha ya asciende a 173, y está a punto de superar la cifra total de agresiones documentadas a lo largo de 2014 (175). 

Recientemente, un coche de un político local de La Izquierda que trabaja en la acogida de refugiados sufrió un atentado en los suburbios de la ciudad de Dresde. La capital del Estado de Sajonia se ha convertido a lo largo de este año en el centro de peregrinación de los participantes en las marchas de Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente), un movimiento de claro corte nacionalista y islamófobo en el participan tanto militantes de la extrema derecha alemana y neonazis como ciudadanos descontentos con la situación del país y contrarios a la llegada de más inmigrantes. 

Con esas estadísticas e informaciones sobre la mesa, los medios ya han comenzado a establecer comparaciones entre la actual situación y la vivida a principio de la década de los 90: recién caído el Muro de Berlín y con la reunificación del país todavía fresca (y acompañada por el cierre de fábricas y despidos masivos de trabajadores en el Este de Alemania tras la equiparación monetaria), los antiguos territorios de la República Democrática Alemana vivieron una oleada de ataques a extranjeros y refugiados que en algunas ciudades desembocaron en auténticos pogromos. 

Rostock-Lichtenhagen 

Fue el caso de Rostock: en el barrio de Lichtenhagen de la ciudad del noreste de Alemania, un turba de militantes ultraderechistas y neonazis, mezclados con ciudadanos que miraban y aplaudían, provocaron disturbios de corte xenófobo durante un largo fin de semana de finales de agosto de 1992. La turba acabó atacando con piedras y cócteles molotov un edificio en el que vivían trabajadores extranjeros vietnamitas invitados por el Gobierno de la ya desaparecida RDA. Milagrosamente, nadie murió, pero la historia reciente de Alemania quedó irremediablemente manchada. Una mancha imposible de borrar y narrada ahora por la película «Wir sind jung, wir sind stark» («Somos fuertes, somos jóvenes»), estrenada a principios de este año.


«Nos se puede decir que nos encontremos ante una situación de violencia similar a la vivida a principios de los 90, pero lo que sí que vemos es la consolidación de una opinión pública abiertamente racista en partes de la sociedad. A ello contribuyen declaraciones como las de Horst Seehofer, en las que diferencia entre 'refugiados buenos' y 'refugiados malos'», asegura Joschka Fröschner, trabajador social de una oficina de ayuda a víctimas de la violencia racista del Estado germanooriental de Brandeburgo. 

Fröschner hace referencia a las reiterativas declaraciones del líder de los socialcristianos bávaros de la CSU. Seehofer ha repetido durante los últimos meses que los refugiados e inmigrantes procedentes de los Balcanes (muchos de ellos gitanos) están abusando del derecho a pedir asilo en Alemania. El líder socialcristiano incluso ha llegado a plantear el establecimiento de campos de refugiados para poder expulsarlos del país con mayor rapidez. 

Autoridades desbordadas 

Los centros de acogida de Berlín y las autoridades que se encargan de procesar las peticiones de asilo hace tiempo que están desbordados. Así lo advierte Nora Brezger, del Consejo de Refugiados de Berlín, que apunta que el personal y los recursos son insuficientes teniendo en cuenta el enorme flujo de extranjeros que no cesará en los próximos meses. 

Previsiblemente, Alemania recibirá a lo largo de este año más de 400.000 peticiones de asilo. Esa cifra incluso podría superar el récord de 438.000 registrado a principio de los 90 debido a la llegada masiva de ciudadanos de la antigua Yugoslavia que huían de la guerra de los Balcanes. La inacción de la política y una deficiente infraestructura de acogida, sumadas al racismo latente en parte de la sociedad, desembocaron entonces en unas imágenes de violencia xenófoba que despertaron los peores fantasmas de la historia moderna de Alemania.

Reportaje publicado en ABC.es.

viernes, 17 de julio de 2015

Srebrenica, una ferida oberta al cor d'Europa

Un home resant enmig dels taüts abans de ser enterrats a Potocari. Carles Palacio.
A part d'un rellotge de paret que pareix que fa anys que no funciona, la sala d'estar de la casa d'Irvin Mujcic a Srebrenica està plena de referències a l'antiga Iugoslàvia: imatges del mariscal Tito, fotos que immortalitzen moments de felicitat familiar d'abans de la guerra, calendaris d'un país que ja no existeix, una imatge de l'antic equip de futbol de Srebrenica. Entre els jugadors, s'hi pot veure el desaparegut pare d'Irvin. Aquest bosnià musulmà de 28 anys, exemple clar de l'anomenada iugonostàlgia, va perdre el seu pare al genocidi perpetrat per les forces serbobosnianes de Ratko Mladic el juliol de 1995. Irvin també va perdre 25 familiars més durant el primer genocidi comès a Europa des de la fi de la Segona Guerra Mundial. 

La neteja ètnica portada a terme per l'exèrcit de la República Sprska (entitat sèrbia dins de Bòsnia i Hercegovina) a la zona de Srebrenica és un paradigma de la brutalitat de la guerra civil que van patir els Balcans després de la dissolució iugoslava: una vegada conquerit l'enclavament de Srebrenica, aleshores de majoria musulmana i declarada zona protegida per les Nacions Unides, l'onze de juliol del 1995, Mladic va ordenar als seus homes que continuessin avançant fins a la localitat de Potocari, dins la municipalitat de Srebrenika, on hi havia el destacament d'un parell de centenars de cascs blaus.

Allà, s'hi havien refugiat més de 25.000 persones bosnianes musulmanes procedents de tota la vall del Drina que escapaven de l'avanç de les tropes serbobosnianes. Esperaven rebre la protecció dels cascs blaus. No va servir de res. Davant la passivitat de la comunitat internacional, Mladic va ordenar separar tots els menors i homes d'entre 12 i 70 anys, prop de 8.000, que van ser executats sistemàticament durant els dies següents. La resta de població musulmana va ser deportada o va fugir a peu a través de les muntanyes.

El Tribunal Penal Internacional per l'Antiga Iugoslàvia (TPIY) va sentenciar, el 2004, que l'objectiu de l'operació ordenada per Mladic va ser netejar ètnicament la regió. El govern serbi ha condemnat "amb claredat el crim horrorós" de Srebrenica, però es nega a qualificar-lo de genocidi. L'horror viscut a Srebrenica ara fa vint anys ha esdevingut un símbol de la guerra de Bòsnia (1992-1995): al llarg d'aquest conflicte armat que va tenir lloc al cor dels Balcans, sovint, l'objectiu de les diferents comunitats (bosniana musulmana, croata bosniana –catòlica– i serbobosniana –ortodoxa) va passar de ser vèncer l'enemic a ser, també, fer-lo fora dels territoris que consideraven seus per drets històrics i de sang, un cop desapareguda l'autoritat superior iugoslava.

Viure amb l'horror

Irvin no té problemes per explicar els seus records de la guerra. Ho fa amb calma, sense exaltar-se ni mostrar indicis d'odi, però amb una tristesa evident en la mirada, una expressió comuna a Srebrenica. Irvin sembla haver après a viure amb els records de l'horror. Tant és així que, el desembre passat, aquest jove de 28 anys crescut a Itàlia va decidir mudar-se a la casa familiar de Srebrenica. Després de ser destrossada i ocupada per les forces serbobosnianes, feia anys que estava abandonada. Irvin es va ocupar de rehabilitar-la tot sol per poder-hi viure. Avui, és l'únic membre de la família a Srebrenica.

Tornar a les seues arrels no va ser una decisió fàcil. La ciutat està situada dins la República Srpska, entitat governada i habitada majoritàriament per població serbobosniana dins les fronteres del fràgil Estat de Bòsnia i Hercegovina, nascut després que, el 1995, se signés la Pau de Dayton, un acord de pau forçat pels Estats Units. Centenars de milers de persones bosnianes musulmanes van abandonar les seves cases durant el conflicte i només una minoria va decidir tornar a l'est de Bòsnia i Hercegovina quan les armes van callar. "Srebrenica és el meu lloc, però, al mateix temps, no ho és", diu Irvin. El jove té assumit que no viurà molt temps ací: Srebrenica ja no és –i difícilment tornarà a ser– la ciutat d'abans de la guerra.

La Mars Mira és una marxa de commemoració de les víctimes de Srebrenica​ que, en molts trams, passa entre zones minades. Andreu Jerez
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lunes, 22 de junio de 2015

El euroescepticismo alemán, al borde de la escisión

El todavía presidente de AfD, Bernd Lucke. Andreu Jerez ©
En su última comparecencia ante la prensa extranjera, Angela Merkel hizo una referencia directa a los euroescépticos de Alternativa para Alemania (AfD). «AfD existe» fue una de las pocas y lacónicas frases que la canciller alemana le dedicó a la formación que hace unos pocos meses parecía capaz de disputarle el voto más nacionalista, conservador y opuesto a su política de rescates para salvar el euro. 

Tal vez la canciller no evitó referirse directamente a AfD, como en otras ocasiones, porque los euroescépticos parecen haber dejado de ser un problema para ella: el partido todavía liderado por el exdemocristiano Bernd Lucke se asoma peligrosamente a la escisión debido a sus encarnizadas luchas internas. La formación tenía previsto celebrar un congreso el pasado fin de semana en la ciudad de Kassel, pero el caos es tan enorme entre sus filas que la cúpula decidió aplazarlo hasta principios de julio. 

Durante las últimas semanas, han quedado más patentes que nunca las crecientes divisiones entre la rama conservadora y neoliberal, encabezada por Lucke y su mano derecha, Hans-Olaf Henkel, y la vertiente más derechista y nacional-conservadora, liderada por Frauke Petry, copresidenta y líder del partido en el Estado de Sajonia. 

Las diferencias parecen tan insalvables que en un reciente vídeo tomado por medios alemanes se aprecia cómo Lucke y Petry son incapaces de cruzar un par de frases en un encuentro fortuito, aunque tan solo sea para transmitir una imagen de cierta unidad de puertas afuera del partido.

«Si el ala nacional-conservadora de Petry consigue imponerse, muy probablemente Lucke y Henkel sondearán la posibilidad de fundar un nuevo partido. Y si la victoria de Petry es muy clara, entonces Lucke y Henkel abandonarán AfD». Así lo asegura Sebastian Friedrich, periodista, analista y autor del libro «El ascenso de AfD», recientemente publicado en Alemania. Friedrich apunta que a las dos principales familias del partido hay que sumar una tercera liderada por Björn Höcke, portavoz de AfD en el Estado de Turingia.

Esta última fracción raya directamente con las nuevas derechas alemanas más nacionalistas. No en vano, ciertas figuras de AfD mostraron simpatía con el movimiento Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente), que durante los últimos meses consiguió sacar a miles de personas a las calles alemanas para protestar contra la inmigración y por la defensa de los valores de la «tradición judeocristiana europea». Petry incluso llegó a reunirse con los líderes de Pegida en Dresde y ha mantenido con ellos una comunicación fluida y constante. 

Giro a la derecha

Actualmente, AfD cuenta con siete eurodiputados y 47 representantes en cinco parlamentos regionales alemanes (tres de ellos en Alemania oriental). Tras el ocaso y casi desaparición de los liberales del FDP y la cierta erosión sufrida por Merkel dentro de Alemania a causa de su poco popular gestión de la crisis de deuda, los euroescépticos parecían tenerlo todo de cara para poder asentarse a la derecha de la democraciacristiana de la CDU-CSU. 

Pero las inoportunas peleas intestinas parecen haber frenado definitivamente el «ascenso» descrito por Sebastian Friedrich en su libro: «Incluso si la tendencia más moderada de Lucke y Henkel consigue imponerse en el congreso de julio, la confrontación no cesará, básicamente porque las bases, y con ellas todo el partido, han girado a la derecha». 

Si el ala nacional-conservadora de Petry se  acaba imponiendo, el partido se despedirá definitivamente de un perfil más enfocado al votante de clase media, conservador, formado y descontento con Merkel, para convertirse en una opción política de corte más populista y derechista en busca de la clase trabajadora con ganas de un voto de castigo contra el sistema, augura el analista. 

AfD podría quedar relegado así un papel regional en el Este de Alemania, donde la extrema derecha ha sido tradicionalmente más fuerte desde la reunificación del país debido, entre otras razones, a un desempleo de larga duración estructural. Pase lo que pase, el espectáculo ofrecido por AfD tiene ya una segura beneficiaria: la canciller Merkel. 

Reportaje publicado en abc.es.

lunes, 1 de junio de 2015

Ser feliz sin un euro


0,00 euros. Ese es el precio en Amazon del libro «Feliz sin dinero. Cómo vivo mejor y de manera más ecológica sin un céntimo». El autor se llama Raphael Fellmer, un alemán de 31 años que hace cinco abandonó su antigua vida para comenzar una «huelga de dinero», como él mismo lo califica. 

«Todo comenzó como un experimento: inicié un viaje con dos amigos en autostop desde Holanda hasta México para demostrar que también es posible viajar sin dinero», asegura Raphael en conversación telefónica. «El experimento acabó funcionando: tras once meses, conseguimos llegar en velero a nuestro destino. Pero la experiencia me enseñó algo más: que las relaciones humanas son más puras y mucho más auténticas si no hay dinero de por medio». 

Paradójicamente, de adolescente, Raphael soñaba con ganar lo antes posible su primer millón para invertirlo en proyectos sociales. De hecho, en su primera estancia en México se dio cuenta de lo fácil que era hacer dinero si uno se dedica a ello con «empeño, ambición y perseverancia», tal y como cuenta en su libro. Sin embargo, también se percató de que ganar dinero no sólo le resultaba «aburrido», sino también «siniestro»: «Me horrorizaba la idea de hacerme millonario a costa de gente trabajadora».

«Todo fluye»

En lugar de invertir tiempo y fuerzas en engordar su cuenta bancaria, Raphael milita en la cultura del compartir: «Para vivir sin dinero es fundamental ofrecer las capacidades o bienes que tienes sin esperar nada a cambio. Mi visión de un planeta sin dinero no es un mundo de trueque, sino más en línea con el funcionamiento de la naturaleza. En la naturaleza, el árbol no cierra un contrato con la tierra para que el primero deje caer las hojas como nutriente, sino que todo fluye». 

Y ese «todo fluye» parece funcionar más allá de la vida de Raphael. En 2012, cofundó foodsharing.de, una plataforma que se encarga de recoger parte de los más de once millones de toneladas de alimentos todavía comestibles que el actual sistema económico desperdicia anualmente en Alemania. Una red de 6.000 voluntarios se encarga de distribuir gratuitamente esos alimentos tanto a personas pobres como a ciudadanos críticos con el consumismo capitalista. Foodsharing rescata 10.000 kilos de comida al día en Alemania, Austria y Suiza, que llegan a manos de unas 70.000 personas semanalmente. 

Casado con Nieves (una española que conoció en Berlín) y padre de dos hijos de 1 y 4 años, Raphael reconoce que su huelga de dinero es más complicada desde que tiene familia. Nieves sigue usando algo de dinero para pagar el seguro médico de los niños y para otros gastos. «Pero usa muy poco. Mi familia no hace huelga de dinero, pero sí de consumo», asegura Raphael. 

 En cuanto a la vivienda, hasta ahora eran en parte nómadas. Han vivido en lugares que les ofrecía la gente, en cuartos o en pequeños apartamentos compartidos con otras familias. Pero Raphael y los suyos buscan ahora un lugar en España, Francia o Italia para asentarse. Su próximo sueño es recuperar un pueblo abandonado para crear Eotopia, una comunidad vegana, ecológica, sostenible, libre de dinero y conectada con el mundo a través de Internet. Raphael también busca personas que le ayuden a traducir su libro al español. La remuneración, por supuesto, asciende a 0,00 euros.


viernes, 15 de mayo de 2015

Alemania e Israel: ¿pasado que une y presente que separa?


Cuando Rolf Friedemann Pauls, el primer embajador de la República Federal Alemana en Israel, llegó a Tel Aviv en 1965, necesitó la protección de los servicios secretos israelíes durante las primeras semanas en su nuevo destino diplomático. La llegada de Pauls al aeropuerto de la capital de Israel estuvo acompañada de protestas y gritos de “Nazis raus” (“Nazis fuera”). Los recuerdos sobre el bárbaro holocausto planeado y ejecutado por el nacionalsocialismo estaban todavía demasiado frescos en el joven Estado judío. El hecho de que Pauls fuera oficial en el Ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial tampoco ayudó demasiado. 

El actual presidente de Israel, Reuven Rivlin, estudiante de 25 años de edad en aquellos días, también participó en las protestas. Coincidiendo con el 50 aniversario del inicio de las relaciones diplomáticas entre Alemania e Israel, la opinión de Rivlin es completamente diferente: “Alemania es hoy un faro de la democracia en el mundo”, declaró el presidente israelí en una entrevista concedida al tabloide alemán Bild Zeitung durante su visita oficial de tres días a Berlín para conmemorar las cinco décadas de relaciones diplomáticas entre ambos países. 

Rivlin no tiene problema en reconocer que Alemania es actualmente el principal aliado de Israel en Europa. “Lo más asombroso” de la amplia y variada colaboración actual entre ambos Estados “es el brutal contraste con la oscura historia del pueblo judío” en Alemania. Así lo declaró al inicio de su visita al país heredero de los crímenes cometidos por el nazismo. El ministro de Exteriores alemán, el socialdemócrata Frank Walter Steinmeier, tampoco ha dudado en asegurar que la reconciliación de alemanes e israelíes “roza el milagro”. 

Amistad tormentosa 

Y pese a las alabanzas que se han cruzado estos días los máximos representantes de ambos países, las relaciones entre Alemania e Israel siguen siendo difíciles. Una tormentosa amistad que tiene el conflicto de Oriente Medio como principal telón de fondo y que se acaba proyectando irremediablemente en las cada vez más complicadas relaciones entre la Unión Europea e Israel.

“Entre amigos se pueden y se deben abordar las diferencias abiertamente. Por ejemplo, nosotros hemos dejado clara nuestra posición respecto a la construcción de asentamientos en los territorios ocupados; desde nuestra perspectiva, la construcción de asentamientos es ilegal y también un obstáculo para una solución pacífica con los palestinos”. Son palabras de Steinmeier con motivo de la visita del presidente israelí a Alemania. Debido a la evidente responsabilidad histórica que recae sobre cualquier Gobierno federal alemán respecto a la cuestión judía, el Ejecutivo de Merkel tiene que hacer malabares verbales cada vez que critica la ocupación que Israel mantiene en Cisjordania.

Las declaraciones del máximo responsable de la diplomacia germana no tardaron en encontrar una respuesta de Rivlin: “Como amigos, aceptamos que no siempre tengamos la misma opinión. Sin embargo, Alemania también tiene que entender que la necesidad de Israel de defenderse puede llevar a decisiones que no siempre sean aceptables para Europa”, dijo el presidente de Israel en una entrevista con la televisión pública alemana. Todo un aviso para navegantes sobre las divergencias que se ciernen sobre las relaciones entre la Unión Europea y el recién estrenado Gobierno del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu.

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miércoles, 13 de mayo de 2015

Cas NSA: Alemanya, sotmesa als Estats Units

Fa dos anys, els periodistes d’investigació Christian Fuchs i John Goetz van escriure: “Els serveis secrets americans poden punxar els cables de fi bra òptica en territori alemany per espiar milions de ciutadans a la República Federal sense cap tipus de problema. Els agents de l’NSA fan la seva feina a Hesse sense por que els facin cap mena de pregunta crítica. La CIA va construir les seves presons secretes gràcies a l’ajuda de la central logística que té a Frankfurt i el contractista privat encarregat dels vols secrets amb segrestats per la CIA, avui, continua rebent encàrrecs milionaris del govern federal alemany. Des de Stuttgart i Ramstein, es planifi ca i s’executa una guerra secreta amb drons dels Estats Units. A Alemanya, li agrada ser l’amfi triona de comandos de guerra estatunidencs sense l’aprovació del Parlament”. 

Aquest fragment forma part del llibre Geheimer Krieg. Wie von Deutschland aus der Kampf gegen den Terror gesteuert wird (Guerra secreta. Com la guerra contra el terror és dirigida des d’Alemanya). El volum resumeix una minuciosa investigació d’anys –i encara no acabada– sobre la incestuosa relació entre els serveis secrets i militars d’Alemanya i dels Estats Units d’Amèrica, dos països aliats però, teòricament, independents. Les conclusions són contundents i irrebatibles: els serveis secrets dels EUA compten amb l’absoluta carta blanca del govern de Berlín (siga del color polític que siga) per actuar quan i com creguin necessari. Alemanya és un element fonamental de la política exterior dels  Estats Units d’Amèrica i “els aparells militars alemany i estatunidenc són inseparables, la mateixa cosa”, com va declarar el periodista John Goetz fa uns mesos.

Enuig fingit 

Per això queda clar que la indignació desplegada per la cancellera Angela Merkel i per la seva diplomàcia davant l’espionatge massiu dels EUA en territori alemany és pur teatre, un missatge de consum intern per a la població local, majoritàriament oposada al bel·licisme i a les agressions contra la privacitat individual. L’esmentada teatralitat política i diplomàtica va tornar a quedar en evidència la setmana passada: el diari muniquès Süddeutscher Zeitung i els canals regionals NDR i WDR van informar que, durant anys, els serveis secrets alemanys havien ajudat l’NSA a espiar governs europeus, la Comissió Europea i també empreses del vell continent.

Aquestes últimes informacions suposen un salt qualitatiu: l’objectiu de l’espionatge ja no solament són ciutadanes o presumptes membres de les xarxes gihadistes internacionals. Ara, fi ns i tot estats membres de l’OTAN i empreses amb participacions de governs (com Airbus, per exemple) es converteixen en l’objectiu de la cooperació il·legal entre Berlín i Washington. La pressió pública creix, ara no solament sobre els serveis secrets alemanys, sinó també sobre el govern de Merkel, per la seva responsabilitat política. L’oposició – formada per L’Esquerra i Els Verds– i fi ns i tot alguns parlamentaris de l’SPD (Partit Socialdemòcrata, soci dels conservadors alemanys) ja han demanat explicacions a l’executiu de Merkel.

Arrels històriques 

“Amb l’inici de la guerra freda, a la República Federal d’Alemanya es va voler crear un ambient favorable al rearmament i per guanyar els soldats professionals alemanys per a la causa. D’aquesta manera, la gespa havia de créixer sobre els processos de Nuremberg tan ràpid com fos possible”, escriu Eberhardt Rondholz. El periodista alemany es refereix a la voluntat generalitzada entre la nova classe dirigent de l’RFA, nascuda de les cendres del nazisme, de deixar impunes la majoria dels crims comesos pel nacionalsocialisme. El militarisme i les tendències autocràtiques s’imposaven, doncs, a la legalitat constitucional i la justícia. El cas NSA demostra que les coses no han canviat gaire 70 anys després de la fi de la Segona Guerra Mundial i més de vint anys després de la reunificació d’Alemanya.

“Tot govern federal alemany es mou als límits de la inconstitucionalitat quan involucra el seu territori sobirà en una guerra il·legal, segons estableix del dret internacional”, diu Dieter Deiseroth, jutge del Tribunal Federal Administratiu. Amb la subtilesa típica de l’argot jurídic, Deiseroth apunta que tots els governs elegits des de la fundació de l’RFA han obeït interessos bastards i han ajudat a cometre accions il·legals, com terrorisme d’Estat, tortures i segrestos. El cas NSA pot suposar un punt d’infl exió en la projecció pública de les relacions transatlàntiques: evidencia més que mai una submissió històrica d'Alemanya vers els EUA.

Article publicat pel Setmanari Directa.




lunes, 11 de mayo de 2015

«¿Adónde nos han traído estos hijos de puta?»

Las manos de Virgilio Peña están curtidas por el trabajo y por el paso del tiempo. Este excombatiente republicano español, de 101 años de edad, sobrevivió al campo de concentración de Buchenwald, que él mismo ayudó a liberar el 11 de abril de 1945 antes de la llegada del ejército estadounidense. 

Nacido el 2 de enero de 1914 en el pueblo cordobés de Espejo, este andaluz echa la mirada atrás ahora que se suceden las celebraciones por el 70 aniversario de la liberación de los campos de exterminio nazis. Peña, recuerdo vivo del siglo XX, nos recibe en el salón de su casa, en la ciudad francesa de Pau, donde nos cuenta su historia con un acento andaluz que sigue conservando prácticamente intacto. Virgilio repasa así los días de una vida de novela. 

Después de que la República perdiese la Guerra Civil, usted sale de España por la frontera con Francia. ¿Cómo acaba en el campo de concentración de Buchenwald? 

A mí me detuvieron en Burdeos en febrero de 1943 por pertenecer a la resistencia francesa. Yo y otros hacíamos actos de sabotaje en la base marítima de Burdeos. La policía francesa sabía que yo estaba en la resistencia porque un chico español me vendió. Después de torturarme y al ver que yo no decía nada, me entregaron a los alemanes. 

Cuando le detienen, ¿usted era consciente de que lo iban a deportar a un campo de concentración?  

Yo no sabía absolutamente nada, ni siquiera por qué me habían detenido. En Francia, ni yo ni nadie habíamos escuchado hablar de los campos de concentración nazis. Cuando bajé del tren en Alemania, a la entrada de Buchenwald, entonces me di cuenta. 

Usted siempre ha dicho que el viaje en tren hasta el campo fue horroroso... 

El viaje en tren fue criminal, casi peor que luego dentro del campo. Metían a mucha gente en el vagón. En el que yo viajé ponía «Ocho caballos y cuarenta hombres», pero allí metieron a ochenta y pico personas. Lo primero que hice fue agarrarme con estos dos dedos a unas manillas que había al lado de la puerta para atar a animales. Y así pase tres días y dos noches. Pese a ser enero, dentro del vagón hacía un calor enorme. Casi no se podía respirar. La gente que iba dentro gritaba y gritaba. Todavía no habíamos llegado a Buchenwald, pero en el momento en el que entrabas en el vagón, tenías que pensar en defenderte a ti mismo, porque el que se caía al suelo por una frenada del tren, ya no se levantaba más. 

¿Sabe usted cuánta gente murió en ese vagón en ese trayecto? 

Como yo iba enganchado en la puerta, fui de los primeros en bajar. Y nada más tocar el suelo, ya tenías a un SS gritándote «Raus, Raus!» («Fuera», en alemán). Por eso no te lo puedo decir. Luego oí decir de otra gente que bajó más tarde del vagón que unas 30 personas habían muerto en el viaje. -¿Cómo fue la llegada? -En seguida que llegabas, te cortaban todo el pelo, desde los pies hasta la cabeza. Sólo te dejaban las cejas y las pestañas. Luego te metían en un líquido para desinfectar. Aquello picaba mucho. Al salir de allí, ya te dabas cuenta de dónde estabas, veías a los otros internos, que no tenían más que huesos. Y entonces te preguntabas: «¿Adónde nos han traído estos hijos de puta?» 

¿Recuerda el número que le otorgaron al entrar? 

Claro, perfectamente, ¿lo quieres en alemán o español? 40.843. Eso era lo primero que tenías que aprender al entrar a Buchenwald, porque en el campo no te llamaban por tu nombre. Cuando entrabas allí, perdías la nacionalidad y todo lo demás. Allí no eras más que un preso. 

¿Qué tipo de gente conoció allí? 

En mi bloque, que era el 40, había sobre todo alemanes antifascistas, la mayoría comunistas, y muchos checoslovacos. También había mucho intelectual: allí conocí al famoso ministro de Felipe González, Jorge Semprún. 

¿Usted tiene miedo a que todo lo que usted vivió caiga algún día en el olvido? 

Ahora que se cumplen los 70 años de la liberación de Buchenwald, esas cosas no se pueden olvidar. Son cosas para nosotros, los deportados. Como dijo Semprún, el día en el que muera el último deportado, no habrá nadie que hable del olor de la carne quemada. 

¿Guarda rencor a Alemania o a los alemanes? 

Yo al pueblo alemán no le guardo rencor, pero sí a los nazis y aquellos que cometieron tantas barbaridades. En Buchenwald había más alemanes que españoles. El campo lo construyeron los propios presos alemanes en 1937. ¿Cómo les voy a guardar rencor? Como se dice habitualmente, no hay que tener ni odio pero tampoco olvido.

Entrevista publicada en el diario ABC y videorreportaje emitido por DW Latinoamérica.



domingo, 1 de marzo de 2015

Crecimiento y pobreza: realidades paralelas en Alemania

“Es una muy buena noticia que en Alemania la cifra de personas con trabajo sea tan alta como nunca antes”. Esta fue una de las frases que la canciller Angela Merkel pronunció durante su último discurso de Fin de Año. Una cifra, sin duda, irrebatible: las estadísticas oficiales de desempleo hace hace años que vienen reduciéndose en la locomotora económica europea.

El pasado jueves la Agencia Federal de Empleo comunicó que el paro cayó en febrero una décima respecto al mes anterior, situándose en el 6,9 por ciento. Actualmente, algo más de tres millones de personas no tienen trabajo en Alemania. Una cifra con la que economías periféricas como la española o la griega sólo pueden soñar. 

No obstante, el cuadro macroeconómico germano es bastante más complicado de lo que parece a primera vista. Para entender la evolución socioecónomica que ha experimentado el país más poblado y rico del Viejo Continente durante los últimos años, es necesario ir más allá de las cifras oficiales de desempleo y de la evolución del Producto Interior Bruto. Si no, es imposible entender este otro dato: la cuota de pobreza en Alemania alcanzó en 2013 una cifra récord. Un 15,5 por ciento de la población ingresa menos del 60 por ciento del salario medio del país. Ello la convierte en técnicamente en pobre. 

Es la conclusión a la que llega el reciente informe «Die zerklüftete Republik» («La república dividida»), elaborado por Der päritatische Gesamtverband (La Asociación Paritaria), una organización apartidista y no gubernamental que congrega a más de 10.000 asociaciones y centros de ayuda para la población más necesitada del país. 

“Los afectados por la pobreza son sobre todo desempleados, madres solteras y padres solteros, y niños. Cuando la gran mayoría de los parados, es decir el 59 por ciento, y más del 40 por ciento de todos los padres y madres solteras viven en la pobreza, entonces es que algo ha dejado de funcionar en nuestro Estado social”, apunta el informe, que establece la línea de riesgo de pobreza en Alemania en 892 euros mensuales para el presupuesto mensual de un soltero, y en 1873 euros para el de una familia de cuatro miembros, dos de ellos menores. 

Agenda 2010 

Uno de los datos que más llama la atención es el crecimiento paralelo que han experimentado durante los últimos años la economía alemana y la tasa de pobreza. Desde la última gran recesión que vivió la economía mundial en 2009, y que la locomotora europea y sus exportaciones sufrieron considerablemente, el PIB de Alemania ha crecido de manera constante. Sin embargo, también lo han hecho los segmentos de población pobres o en riesgo de exclusión social.


Pobreza ("Armut") y PIB ("Wirtschaftsentwicklung") crecen de manera paralela en Alemania.

“Para entender esta situación hay que remontarse al último Gobierno rojiverde del excanciller Schröder y las reformas que introdujo bajo el nombre de la Agenda 2010”, dice al teléfono Christian Woltering, coautor del informe «La república dividida». “Si bien es cierto que reformas como la unificación y simplificación de las ayudas sociales eran necesarias”, asegura Woltering, “esa reforma se hizo siempre a la baja, de manera que la racionalización de las ayudas sociales se convirtió en un recorte de facto”.

Woltering se refiere a las reformas del sistema social y del mercado laboral introducidas entre 2003 y 2005 por el último Gobierno de coalición del SPD y Los Verdes. El entonces canciller socialdemócrata, Gerhard Schröder, apostó por unas reformas económicas de claro corte neoliberal para aumentar la competitividad de la economía germana en un mundo ferozmente globalizado. A la vista de los datos macroeconómicos que ofrece hoy Alemania, esas reformas tuvieron el efecto deseado, pero también un enorme precio social que ahora queda patente en unas cifras de pobreza difícilmente comprensibles en un país desarrollado. 

Trabajador pobre 

Otra de las estadísticas que llama enormemente la atención es que mientras el desempleo baja en Alemania, la tasa de pobreza alcanza cotas récord. Es lo que los economistas califican como el fenómeno de “working poor” (“trabajador pobre”). “Ello hace referencia al creciente número de personas empleadas en el sector precario y en trabajos temporales cuyos salarios son insuficientes para salir de la pobreza”, especifica Woltering. 

Como apunta un artículo de la Fundación Hans-Böckler (dependiente de la Federación Alemana de Sindicatos, DGB), el número de personas con trabajo en Alemania que malvive de un salario insuficiente creció de los 2,2 millones en 1996 hasta superar los tres millones de personas en 2013. Ello supone un aumento del 6,2 al 7,8 por ciento del total de la población activa del país. 

Ese crecimiento del Prekariat (trabajadores precarios), además de un evidente impacto socioeconómico que explica el crecimiento paralelo de empleo y pobreza, tiene una doble consecuencia a medio plazo debido a las crecientes bajas cotizaciones sociales: “Por una parte, cada vez menos asalariados tienen derecho al seguro de desempleo. Y por otra, la cifra media de ayuda que reciben los parados alemanes se reduce tanto por el débil avance salarial como por el creciente sector de empleos temporales”, asegura Eric Seils, del Instituto de Investigación Económica y Social (SWI), cercano a las grandes centrales sindicales germanas. 

A la pregunta de si la creación de puestos de trabajo sirve para combatir automáticamente la pobreza y la exclusión social, como muchos aseguran en los países europeos más afectados por la crisis, Seils responde: “Desde 2004, Alemania ha experimentado un crecimiento del empleo y también del número de trabajadores pobres. Al mismo tiempo, el porcentaje de gente viviendo en hogares que sufren el desempleo se ha mantenido más o menos estable. Por tanto, lo que Europa necesita no es simplemente crear empleo, sino puestos de trabajo de los que se pueda vivir”. 

Dos mercados laborales 

Tras la introducción de las reformas de la Agenda 2010 ahora hace una década, los sucesivos Gobiernos federales (formados por coaliciones entre socialdemócratas y verdes, conservadores y liberales, y conservadores y socialdemócratas) han abrazado políticas económicas de evidente corte neoliberal. El Estado alemán se ha retirado así de su tradicional papel de redistribuidor lo que ha permitido que la concentración de la riqueza, al igual que los índices pobreza, haya alcanzado cotas récord. 

Alemania ha vivido durante los últimos años un fenómeno que el informe «La república dividida» bautiza como “política laboral de dos clases”: mientras los sectores laborales con tradición sindical y capacidad de negociación colectiva mantienen una protección social (seguro de desempleo, cotizaciones considerables y construcción de una jubilación digna, valores clásicos del modelo alemán conocido como “Economía Social de Mercado”), los sectores menos sindicados y más desprotegidos reciben sueldos bajos y sufren condiciones laborales precarias marcadas por una alta flexibilidad y temporalidad. 

La reciente introducción de un salario mínimo interprofesional (hasta ahora inexistente en Alemania) de 8,50 euros la hora, por iniciativa de los socialdemócratas, debería servir para combatir el fenómeno del “trabajador pobre”. La Asociación Paritaria celebra la introducción del salario mínimo que, sin embargo, considera insuficiente. Un salario de 11,50 euros la hora serviría realmente para combatir la pobreza trabajadora, según su informe. 

Pese a ese salario mínimo, el investigador Eric Seils advierte: “El trabajo pobre ha aumentado especialmente entre los asalariados con contrato fijo. Se puede decir, por tanto, que el fenómeno del 'trabajador pobre' ya afecta a todo el espectro del mercado laboral alemán”. Atendiendo a la crisis demográfica que sufre Alemania, si esa tendencia al alza del sector precario y sus correspondientes débiles cotizaciones se mantienen, en un futuro no muy lejano la locomotora europea tendrá un grave problema de pobreza en la tercera edad cuyos efectos ya se empiezan a percibir en las calles de las grandes ciudades del país.

Artículo publicado en el diario ABC. En este enlace se puede acceder al PDF: 
tinyurl.com/mfvuprx

lunes, 26 de enero de 2015

Auschwitz 70 años después

La cínica frase "Arbeit macht frei" sigue presidiendo la entrada a Auschwitz. Andreu Jerez © 
«Llegamos con el primer tren de prisioneros a la estación de Auschwitz. Éramos 728 jóvenes, la mayoría estudiantes. Nos bajaron de los vagones y nos llevaron ante el edificio principal de la estación. Tenían una lista con nuestros nombres. El oficial nazi Karl Fritzsch se dirigió a nosotros para dedicarnos unas palabras que me han acompañado toda la vida. ‘No tenéis ni idea de dónde estáis’, nos dijo. ‘Esto es un campo de concentración alemán, no un centro curativo. Aquí se sobrevive como mucho tres meses. Y si entre vosotros hay sacerdotes o judíos, entonces la esperanza de vida es de seis semanas’». 

Józef Paczynski cuenta su historia con tranquilidad pasmosa y gesto amable. A veces incluso esboza una media sonrisa. Józef tenía 19 años cuando llegó al campo de concentración y exterminio de Auschwitz. Era 14 de junio de 1940. Tras ser detenido en Eslovaquia, fue trasladado al campo como preso político por formar parte del ejército de liberación polaco. 

Józef Paczynski sobrevivió para contarlo.  Andreu Jerez ©
Contra el pronóstico del oficial nazi que lo recibió a las puertas de una muerte casi segura, Józef abandonó el campo el 19 de enero de 1945 (poco antes de liberación de Auschwitz) en la llamada «Marcha de la Muerte»: acosados por el ejército soviético, las SS trasladaron a los prisioneros hacia el interior del Reich. Tras pasar por Mathausen, Józef recaló en los campos de Melk y Ebensee, en Austria. Un domingo 6 de mayo, una patrulla del ejército de Estados Unidos lo liberó definitivamente. Hoy tiene 95 años y es uno de los pocos cientos de supervivientes que todavía pueden contar su historia. El próximo martes se cumple el 70 aniversario de la liberación de Auschwitz por el Ejército Rojo. 

Una fecha redonda para conmemorar el horror vivido en el que fue centro fundamental del holocausto programado y ejecutado por el régimen nacionalsocialista de Adolf Hitler. «Sólo aquel que vivió Auschwitz puede entender lo que aquello fue. Auschwitz fue un infierno». Esta es una de las frases más repetidas por quienes viven para contarlo. En la maquinaria bélica nacionalsocialista, Auschwitz se convirtió en el mayor campo de concentración y exterminio del Tercer Reich. 

Construido en la primavera de 1940 en el sur de la Polonia ocupada, en verano de 1941 el comandante en jefe de las SS, Heinrich Himmler, le comunicó a Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, que el campo de concentración que dirigía tenía que cumplir una función central en la «solución final» para los judíos europeos y otras minorías del Viejo Continente. 

Según cálculos aproximados, entre 1940 y 1945 el régimen nacionalsocialista deportó a alrededor de 1,3 millones de personas a Auschwitz: la gran mayoría eran judíos, pero también había ciudadanos polacos, gitanos, presos políticos alemanes y soviéticos, y milicianos de la resistencia antinazi de diversas nacionalidades, entre ellos republicanos españoles. Alrededor de un millón de personas no sobrevivieron. El 90 por ciento de los muertos eran judíos. La gran mayoría de las víctimas fueron asesinadas en cámaras de gas.

No fue casualidad que Hitler se decidiese por Auschwitz, cerca de la ciudad de Cracovia, como centro de operaciones de esa maquinaria genocida: el dictador nazi consideraba los territorios occidentales de la Unión Soviética el espacio geográfico en el que históricamente se concentraba el grueso del «bolchevismo judío», tal y como denominaba la jerga nacionalsocialista a los millones de judíos que vivían desde hacía siglos en Europa oriental. 

Como muestran los documentos conservados, Hitler diseñó un «Plan General para el Este». «Ese plan preveía para Polonia oriental, los Estados bálticos, Bielorrusia y Ucrania un gigantesco reasentamiento de más de 30 millones de ciudadanos judíos y eslavos a cambio de grupos de población alemana y otros pueblos germánicos», escribe el historiador Gerd R. Ueberschär en su artículo «El asesinato de los judíos y la guerra en el Este». Ese presunto intercambio de población acabó desembocando en una máquina de aniquilar seres humanos perfectamente engrasada. 

La lógica industrial de Auschwitz supone un punto de inflexión en los crímenes perpetrados por el ser humano a lo largo de la historia. Al campo de concentración y exterminio de Auschwitz se iba a morir, pero no sin que los asesinos hubiesen calculado la optimización de las ejecuciones masivas y la productividad que las víctimas podían aportar en los trabajos forzados antes de ser ejecutadas o de simplemente fallecer por agotamiento o a causa de las enfermedades que surgían en los barracones por las pésimas condiciones sanitarias. Esa obsesión del régimen nacionalsocialista por la productividad de los prisioneros queda patente en la cínica frase en alemán que todavía hoy se puede leer a la entrada de Auschwitz: «Arbeit macht frei» («El trabajo hace libre»).

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