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viernes, 17 de noviembre de 2023

La ultraderecha abre un nuevo escenario político en Alemania

Las elecciones regionales de Alemania en Hesse y Baviera del pasado octubre acabaron con dos de los mantras que han marcado el análisis político de Alemania durante los últimos años: que la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) iba camino de convertirse en una fuerza regional del Este del país y que ello supondría el principio del fin del partido fundado en 2013. 

En el estado libre de Baviera, en el sur de Alemania, AfD fue el tercer partido más votado con más del 14% y una mejora de más de cuatro puntos respecto a los últimos comicios regionales bávaros. En el estado federado de Hesse, los resultados de los ultraderechistas fueron incluso mejores: con un 18,5% de los votos – y un avance de más de cinco puntos –, AfD fue segunda fuerza por delante de los socialdemócratas del SPD y los ecoliberales de Los Verdes, y sólo por detrás de los democristianos de la CDU, vencedores electorales. 
 

Estos resultados en dos estados occidentales de la República Federal acaban con la idea de que AfD era sólo un problema de los territorios orientales correspondientes a la antigua República Democrática Alemana, desaparecida con la reunificación del país en 1990. Con diez años recién cumplidos, Alternativa para Alemania confirma que su base electoral es sólida y amenaza con seguir creciendo en un contexto de crisis múltiples que abona el terreno para su discurso antisistema, xenófobo y revisionista de la historia alemana. 

AfD lleva meses anclada en el 20% de intención de voto a nivel federal, según apunta la media de todas proyecciones electorales. Si hoy se votase en Alemania, sería segunda fuerza nivel nacional, sólo por detrás de la unión conservadora CDU-CSU, lo que abre un panorama político similar al que dejaron los comicios regionales de Hesse. Llega por tanto el momento de preguntarse por qué precisamente ahora Alternativa para Alemania, tras años de escisiones, graves crisis internas y altibajos, está alcanzado tales intenciones de voto. 


Confluencia de crisis 

Desde la aparición social y político de AfD en 2013, Europa y el mundo han atravesado diversas crisis: la llamada crisis financiera de 2008 y la resultante gran recesión global, la posterior crisis de deuda y del euro, la "crisis de los refugiados" de 2015, la pandemia del coronavirus, la invasión de Ucrania, con su correspondiente inflación, y ahora la guerra en Oriente Medio. Una de las grandes preocupaciones de los analistas que observan AfD es intentar prever qué los podría llevar hasta las puertas del poder, como ha ocurrido en otros países europeos con otros partidos ultraderechistas. 

Ahora nos encontramos ante el momento de mayor auge del partido ultraderechista alemán más exitoso de la historia de la República Federal y, si nos ponemos algo más catástrofistas, desde la llegada al poder del NSDAP (Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, es decir, el partido nazi) en los años 30 del siglo pasado. La pregunta es: ¿si Alemania, Europa y el mundo han atravesado tantas crisis en las dos últimas décadas, por qué precisamente ahora consigue AfD sus mejores porcentajes de intención de voto, diez años después de su fundación? 

La respuesta es que, en esta ocasión, todas las crisis llegan al mismo tiempo: inflación, crisis energética, desgaste de la clase media, miedo al descenso social y al futuro ante los cantos belicistas que llegan desde los principales centros militares del planeta, una crisis climática que se hace cada vez más presente en cada vez más rincones del planeta, todo ello sumado a un descrédito creciente de los partidos tradicionales alemanes y también del propio sistema democrático, como demuestran recientes estudios de opinión en Alemania. 

Veamos algunos los principales factores de esa confluencia de crisis: 

- Decepción con la 'Coalición Semáforo': la actual coalición gobernante en Alemania, conformada por los socialdemócratas del SPD, los ecoliberales de Los Verdes y los liberal-conservadores del FDP, llegó al Gobierno federal en diciembre de 2021 con el objetivo de transformar el país tras el fin de la 'era Merkel'. Meses después comenzó la invasión rusa de Ucrania con sus consecuencias correspondientes. Desde entonces, la valoración del Gobierno alemán no ha hecho más que descender. En una reciente proyección demoscópica de la televisión pública alemana, sólo el 20% de la población se mostraba "contenta" con el trabajo del tripartito. Ello, sin duda, ha alimentado a la ultraderecha de AfD, considerada ya por muchas personas como la única oposición verdadera al 'establishment’. 

- Miedo a la guerra, la recesión y la inflación: Alemania es un país esencialmente conservador y amante de las certezas. Es difícil encontrar una sociedad en el mundo en la que la palabra "seguridad" tenga tanto peso. Y en el mundo actual, las certezas no abundan. Tras una pandemia y una nueva guerra en suelo europeo, la población alemana ve como su modelo, durante décadas alabado fuera y dentro de la potencia económica europea, renquea. El gas ruso ya no llega, el país está a las puertas de la recesión, la inflación de alimentos y combustible se mantiene alta, la migración se convierte en un elemento fundamental para el futuro de un país con una grave crisis demográfica. Son muchos cambios estructurales de golpe para una sociedad tan conservadora. 

- Respuesta nacionalista y reaccionaria a la crisis social: ese torrente de incertezas está alimentando la narrativa de la ultraderecha y su respuesta reaccionaria a la(s) crisis. Sin duda hay un voto xenófobo y ultranacionalista estructural en AfD, pero difícilmente sirve para explicar el actual auge. La incertidumbre y el miedo respecto al futuro empujan esa respuesta nacionalista y reaccionaria ofrecida por AfD, con un cierre de fronteras y un proteccionismo económico que más que solucionar los problemas de Alemania, los agravaría. 

- Instrumentalización de la "paz": cuesta encontrar en Alemania la palabra "paz" en los discursos políticos predominantes respecto a la situación en Ucrania. En prácticamente todo el arco parlamentario - con la excepción de partes de los poscomunistas de Die Linke - cunde el consenso sobre la actual estrategia occidental respecto a la guerra en Ucrania: es decir, envío de armas para el ejército ucraniano y sanciones contra la economía rusa. AfD es el único partido que se ha desmarcado por completo de ese consenso. Independientemente de si lo hace de manera oportunista o desde el convencimiento, la ultraderecha alemana es el único partido que apuesta por dejar de armar a Ucrania y establecer negociaciones con el Kremlin. Ello está seduciendo a una parte del electorado alemán. 

- Normalización: como en el resto de Europa con otros partidos ultras, en Alemania también está habiendo una cierta normalización de AfD, que ya lleva dos legislaturas y media dentro del Bundestag. Sus mensajes contra minorías, que antes generaban escándalo, van calando en la discusión pública y ya no provocan como antes. Ello no significa que su mensaje esté menos cargado de odio que hace años, sino que el partido ha conseguido normalizar determinadas posturas. La gestión de peticionarios de asilo y de la inmigración, con propuestas cada vez más restrictivas desde partidos considerados de centro y desde la Comisión Europea, es buen ejemplo de ello. A ello hay que sumar que partes de la CDU, incluida su dirección, se abren cada vez más claramente a una cooperación directa o indirecta con los ultras. El llamado "muro de contención" establecido frente a AfD por el resto de fuerzas políticas alemanas cada vez tiene más grietas. 

- Cierre de filas de AfD: Alternativa para Alemania ha sido un partido marcado prácticamente desde su fundación por las luchas internas. Nacido como formación euroescéptica y nacionalista ha evolucionado hacia un partido ultraderechista, cuya fracción más radical - liderada por Björn Höcke, un político cercano a posiciones neonazis - es la más poderosa. AfD ha ido dejando un reguero de cadáveres políticos fruto de esas luchas internas por hacerse con el control del aparato. Y el partido ha escenificado en numerosas ocasiones esas divisiones entre la facción nacionalconservadora y la etnonacionalista, lo que los ha penalizado en las urnas. Esa división es hace tiempo historia de puertas afuera. El partido se muestra unido en el espacio público y ya nadie pone en tela de juicio el poder que Höcke tiene de los cuadros de AfD. 

- Éxitos electorales en el Este: el pasado verano, AfD consiguió su primer cargo público a través deunas elecciones. Fue en el distrito de Sonneberg, en el sur del estado federado de Turingia. AfD está precisamente liderada allí por Björn Höcke. AfD ganó la segunda vuelta de los comicios para elegir al administrador del distrito a pesar de que el resto de partidos había pedido el voto para el otro candidato, de la CDU. Días después, el partido ultraderechista también ganó la alcaldía de un pequeño pueblo de Raguhn-Jeßnitz, en el estado de Sajonia-Anhalt, también en Alemania oriental. Estos éxitos electorales a nivel local ayudan a normalizar aún más a un partido que cada vez más gente observa como "normal" y votable, como demuestran las proyecciones demoscópicas. 


Las (posibles) consecuencias 

La actual fortaleza de AfD abre, por tanto, un nuevo escenario en Alemania de consecuencias todavía inciertas. La primera consecuencia más clara es la fundación del partido Alianza Sarah Wagenknecht. La exparlamentaria de Die Linke lanzó recientemente su formación, que llevaba meses haciéndose esperar. Con un discurso de izquierda en lo económico y conservador en cuestiones identitarias o migratorias – “Por el sentido común y la justicia” es su lema –, el lanzamiento del partido de Wagenknecht se ha visto acelerado por el auge electoral de AfD. El partido nace, entre otros objetivos, con la vocación de robar votantes a AfD entre los electores decepcionados con los partidos tradicionales que votan a los ultras no tanto desde la convicción ideológica sino como señal de hartazgo. 

Esta nueva fragmentación del tablero electoral augura, además, una aún mayor dificultad para formar coaliciones de Gobierno en Alemania. El actual tripartito gobernante no es más que el producto de un panorama político fragmentado con seis partidos a nivel federal en el que todas las formaciones se niegan a pactar con la ultraderecha de AfD a nivel federal y regional. Este “muro de contención” frente a la ultraderecha tiene, sin embargo, brechas que amenazan con abrirse cada vez más si AfD se mantiene en el 20% de intención de voto o incluso sigue avanzando. 

La pregunta a estas alturas no es si la CDU colaborará políticamente con AfD, sino por qué no debería hacerlo. La llamada crisis de Turingia en 2019 – en la que la CDU y AfD votaron conjuntamente por un candidato minoritario del FDP como alternativa a un Gobierno regional liderado por Die Linke – fue sólo el primer aviso de que el “cordón sanitario” difícilmente aguantará si los actuales niveles de intención de voto a AfD se consolidan a largo plazo en Alemania.

Análisis publicado por Esglobal.org.

miércoles, 28 de julio de 2021

Entrevista a Frauke Petry, expresidenta de AfD

Frauke Petry (Dresde, 1975) responde rápido y sin demasiados rodeos las preguntas sobre su reciente libro. En Réquiem por AfD, augura el fin del partido de ultraderecha más exitoso de la historia de la República Federal en cuya fundación participó en 2013 y que ella misma presidió entre 2015 y 2017. Petry es, por tanto, una conocedora de primera hora y de primera mano de los entresijos de Alternativa para Alemania (AfD), que actualmente atraviesa horas bajas a pocos meses de las elecciones alemanas. 

Esta doctora en química germano-oriental llegó a pedir en 2016 que se abriese fuego en las fronteras para evitar la entrada de refugiados. Ahora dispara a quemarropa contra su antiguo partido, que abandonó en plena rueda de prensa un día después de conseguir el acta de parlamentaria en los comicios de 2017. Consciente de que su carrera política tiene los días contados, Petry sirve ahora a sus excompañeros la venganza como plato frío. 


Usted abandonó AfD hace casi cuatro años. ¿Por qué ha esperado tanto para publicar Réquiem por AfD? ¿Acaso tenía esperanzas en recuperar su expartido? 

No, yo ya había perdido la esperanza en el congreso de Colonia de abril de 2017 cuando el partido se decidió por hacer oposición fundamental en lugar de una política constructiva. También me ha llevado un tiempo investigar para escribirlo. Y, obviamente, se han producido una serie de procesos a lo largo de los últimos cuatro años en Alemania que han contribuido a confirmar la necesidad de su publicación. 

En aquel congreso, presenté una moción con la que quería comprobar el apoyo que tenía para hacer política de manera constructiva. Para mi era importante descubrir por mi misma cómo iban a reaccionar los delegados. Y la moción ni siquiera fue aceptada. Ese fue el momento que para mi dictó la sentencia sobre AfD. AfD fue fundado como un partido “liberal, conservador y nacional”. 

¿Qué queda hoy de aquello? 

En AfD quedan pocos miembros o funcionarios de valores conservadores y liberales. Sus filas y su programa están dominados actualmente por el ala de Björn Höcke [líder del partido en Turingia], que apuesta por una línea muy nacionalista y aislacionista – es decir, por salir de la Unión Europea – y por una política migratoria de corte étnico. Es decir, si durante mi presidencia AfD apostó por un modelo de política migratoria como el de Canadá, hoy lo hace por el modelo japonés basado en la etnia. Y creen que lo que funciona para Japón puede funcionar para Alemania en el centro de Europa. El partido se ha alejado de políticas económicas liberales para desarrollar una orientación nacional y socialista. 

¿Está usted diciendo que AfD se ha convertido en nacionalsocialista, en un partido neonazi? 

Eso depende de la interpretación que se haga. Los nazis también eran socialistas. Eso es algo sobre lo que no se debate más, sino que el foco se centra en la dimensión nacionalista o en otros horrorosos aspectos del nazismo, como el favorecimiento de unas etnias y el desprecio de otras. Y puede que esto último todavía no sea tan marcado en AfD como lo fue durante los tiempos de Hitler, pero la tendencia de colocar la etnia por encima del rendimiento o el mérito de la gente es evidente. 

En cuanto a la política económica, el partido se ha apartado de posiciones liberales. Todavía hay integrantes de esa corriente dentro de AfD, pero la mayoría de los militantes se orientan hacia posiciones antieuropeas y aislacionistas, en las que la etnia juega el papel más importante. El partido lanza claras señales. Tal vez la mayoría de sus votantes todavía no se percaten, pero si leen el libro escrito por Björn Höcke, entonces se darán cuenta de hacia dónde se dirige el partido. 

¿Es Höcke un fascista? 

Yo siempre he dicho que es un perfecto nacionalsocialista. No respeta la libertad del individuo ni cree que las regiones puedan ser soberanas o autónomas dentro del los estados-nación. Defiende la idea de los pueblos en Europa y niega las fronteras actualmente existentes. Todo eso por no hablar de su giro hacia ritos germánicos y su alejamiento del cristianismo y, por ende, del judaísmo. 

Usted acusa a la actual dirección de AfD de aceptar donaciones ilegales. ¿Tiene pruebas? ¿Estaría dispuesta a declarar en un juicio? 

No se trata sólo de financiación ilegal, sino de algo mucho peor: de corrupción política. Ya hay muchos indicios – y no sólo en mi libro, sino también en otras investigaciones de periodistas con los que yo no he hablado – de que financiadores externos influyeron en representantes del partido, entre ellos Jörg Meuthen y Alice Weider [co-presidente y co-candidata a canciller de AfD, respectivamente], y también de que importantes partes de su fracción parlamentaria en el Bundestag se dejaron corromper. 

Yo personalmente tengo pruebas de que Meuthen desvió dinero de manera ilegal. Ello es importante porque la cuestión es saber si eran casos aislados o de si la misma dirección estaba involucrada. Las pruebas electrónicas, es decir, la correspondencia de correos electrónicos que yo he publicado en Twitter y que enviado al presidente del Bundestag, lo demostrarán. Y por supuesto que estoy dispuesta a declarar en un juicio. En este momento hay abierto un sumario sobre Meuthen. Y sé que hay otros antiguos militantes de AfD que también tienen pruebas.

 


Se ha especulado mucho sobre las influencias extranjeras en AfD, como, por ejemplo, de actores situados en Rusia y Suiza. ¿Qué vio usted durante su presidencia del partido? 

Yo nunca he hablado de influencias extranjeras. Efectivamente, se trata de dinero procedente de Suiza, pero las donaciones de las que yo hablo y que ya han sido investigadas proceden de un multimillonario alemán. Por tanto, no denuncio influencias extranjeras, sino que donantes externos que no pertenecen al partido, independientemente de donde vengan, influyeron en AfD. Usted se refiere a Rusia. Es verdad que ha habido acusaciones, pero yo, personalmente, no conozco esas influencias. Pero ello no significa que no existieran. 

¿Qué le dicen los contactos que usted sigue teniendo dentro de AfD sobre la situación interna de la formación? 

El ambiente en el partido es malo porque saben que AfD está acabado. Pero cuando un partido consigue entrar en los parlamentos, accede a tantos recursos que eso le permite seguir existiendo. Es decir, AfD sobrevivirá al menos una legislatura más. Pero creo poco probable que siga teniendo representación en el Bundestag a partir de 2025. 

El asunto de las donaciones ilegales tendrá su efecto y, por lo que sé por fuentes internas, más representantes abandonarán AfD tras las elecciones del próximo septiembre. Está por ver si eso generará una escisión o sencillamente un desmoronamiento. Sin embargo, AfD sigue obteniendo excelentes resultados en el este del país.

¿Cree que podría convertirse en una especie de poder regional en los territorios de la antigua RDA?

Sí, es posible. Creo que AfD podría caer primero por debajo de la barrera electoral del 5% en el Oeste del país y que aguante algunos años más en el Este. La frustración aquí respecto al resto de partidos es mucho mayor que en el Oeste. Pero eso no debería llevar a engaño: cuando la ciudadanía germano-oriental se percate de que AfD no puede alcanzar sus propios objetivos, eso cambiará. 

Mucha gente vota a AfD en el Este de Alemania como una forma de castigo, como una bofetada al resto de partidos. Es decir, cuantos mejores resultados obtiene, más contentos están sus votantes porque sienten que por lo menos pueden expresar su frustración. Pero cuando AfD ya no pueda cumplir con esa función porque sus resultados se estanquen o decaigan, entonces ese “efecto bofetada” dejará de existir.


Entrevista publicada en El Periódico de Catalunya.

sábado, 20 de febrero de 2021

Preguntas sin respuesta en Hanau

Alja Kurtović duda cuando se le pregunta si vive con miedo. “Honestamente, no sé si estoy suficientemente protegida por el Estado. La sensación de seguridad sería mayor su supiésemos cómo pudo ocurrir algo así”. Es la hermana de Hamza Kurtović, una de las 10 víctimas mortales del atentado de Hanau, el peor ataque ultraderechista sufrido en Alemania desde la bomba que golpeó la Oktoberfest de Múnich el 26 de septiembre 1980 – con 13 muertos y más de 200 heridos –. 

Al filo de las 10 de la noche del 19 de febrero del 2020, Tobias Rathjen, un ciudadano alemán de 43 años con licencia de armas, se desplazó con su coche hasta el centro histórico de Hanau, una pequeña ciudad del estado de Hesse, en el oeste de Alemania. Allí se dirigió a dos locales frecuentados por alemanes con raíces migratorias y por extranjeros. Disparó a discreción contra la clientela. Mató a tres personas e hirió a otras tantas. 

Después de los primeros disparos, huyó con su vehículo hacia otra parte de Hanau. Tras sospechar que un coche lo seguía, decidió ejecutar a su conductor. Minutos después, Rathjen repitió la primera parte de su plan: abrió fuego contra la clientela de otro bar y de un quiosco vecino dejando cinco muertos más. Finalmente, condujo hasta su casa. Allí asesinó a su madre y se suicidó de un disparo, según la policía. 

De madrugada, un comando especial asaltó la vivienda. En ella encontró el cadáver de Tobias, el de su madre y al padre, que había sobrevivido. Las autoridades acabaron calificando lo sucedido de “ataque terrorista racista sin precedentes”. 


¿Lobo solitario? 

Ferhat Unvar, Vili Viorel Păun, Fatih Saraçoğlu, Hamza Kurtović, Mercedes Kierpacz, Sedat Gürbüz, Said Nesar Hashemi, Kaloyan Velkov y Gökhan Gültekin eran los nombres de nueve de las diez víctimas ejecutadas por Rathjen: todas ellas, a excepción de su madre, eran de origen extranjero. Para el atacante, simplemente eran el enemigo. 

Antes de apretar el gatillo, el asesino había publicado en internet un manifiesto y un vídeo en los que mezclaba racismo, xenofobia, supremacismo blanco, misoginia y diversas teorías conspiranoicas, algunas de las cuales entroncaban con las del movimiento QAnon. Antes de consumar el ataque, Tobias Rathjen había protagonizado una larga lista de excentricidades – presentó varias denuncias ante la policía y la fiscalía por, según él, estar siendo vigilado por servicios secretos –. 

Alja Kurtović y otros familiares de las víctimas de Hanau se siguen preguntando cómo el asesino pudo acceder – y mantener – a una licencia de armas. Las autoridades alemanas aseguran que el atacante nunca había llamado la atención de la policía ni de los servicios secretos. Los compañeros del club de tiro al que pertenecía también aseguran que jamás mostró tendencias xenófobas. 

Todos estos detalles han alimentado la narrativa del “lobo solitario” trastornado mentalmente; es decir, que el tirador de Hanau actuó sin colaboradores ni apoyado por una estructura política ni un grupo armado. Es la misma narrativa que defiende el partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD): horas después del ataque, el copresidente de la fracción parlamentaria del tercer mayor partido del Bundestag, Alexander Gauland, remarcaba que el agresor no era un terrorista ultraderechista sino un simple “un loco homicida”. 




“Continuidad ideológica” 

La teoría del “lobo solitario” parece poco verosímil si se analiza la historia reciente de atentados ultraderechistas de Alemania: la célula terrorista neonazi Clandestinidad Nacionalsocialista (NSU) operativa entre el 2000 y el 2007 – 10 muertos y decenas de heridos–, el asesinato del político local democristiano Walter Lübcke en junio del 2019, el ataque contra sinagoga de Halle en octubre de 2019 – dos muertos – y el atentado de Hanau forman parte de larga lista de ataques durante las últimas dos décadas. 

La Fundación Amadeu Antonio contabiliza más de 200 víctimas mortales del terrorismo ultraderechista desde el 1990 en Alemania. “Hay una continuidad ideológica”, asegura Matthias Quent, sociólogo y director del Instituto para la Democracia y la Sociedad Civil de Jena. “Los atentados no tienen por qué estar siempre respaldados por estructuras, pero se producen en un determinado ambiente social y político”, añade en referencia al racismo estructural, al avance electoral de AfD y al aumento de crímenes xenófobos desde la llamada crisis de refugiados en 2015. 

“La imagen del lobo solitario es una metáfora fácil de entender”, responde a EL PERIÓDICO Andreas Zick, doctor del Instituto para Investigación Interdisciplinar de Conflictos y Violencia de la Universidad de Bielefeld. Y añade: “El análisis sistemático de los agresores que cometieron ataques en solitario muestra, sin embargo, que tenían ideologías. Y las ideologías no caen del cielo. El agresor las recibe de alguna parte. Lee libros, investiga en Internet, asimila ideologías presentes en el corazón de la sociedad. Y, no menos importante, se arma. Las autoridades tienen ahora que aclarar si realmente nada les llamó la atención”.

Reportaje publicado por El Periódico de Catalunya.

jueves, 19 de noviembre de 2020

Multitudinaria manifestación en Berlín contra una ley para frenar la pandemia

Berlín volvió a convertirse este miércoles en escenario de una multitudinaria protesta contra las restricciones antipandemia: miles de personas se concentraron frente a la Puerta de Brandeburgo, a pocos pasos del edificio histórico del Reichstag, para oponerse a la reforma de la ley de protección contra infecciones, que busca fundamentar legalmente las restricciones ya vigentes desde el pasado marzo para frenar la expansión del coronavirus. 

Mientras dentro del Bundestag, los parlamentarios debatían la controvertida reforma, fuera, la policía intentaba dispersar con cañones de agua la concentración tras varias advertencias lanzadas por su sistema de megafonía: la mayoría de manifestantes no llevaba mascarilla y la distancia de separación entre los asistentes era claramente inferior a la establecida por las restricciones. 

Con las imágenes todavía frescas del fallido intento de asalto del Reichstag el pasado agosto por parte de varios cientos de ultraderechistas, Reichsbürger -ciudadanos que niegan la existencia de la República Federal y reivindican la recuperación del Imperio alemán- y seguidores de la teoría conspirativa de QAnon, el barrio político de Berlín amaneció este miércoles controlado por un enorme dispositivo policial.

         
Marcha heterogénea 

"Nunca fui una opositora al sistema, pero la obligación de llevar mascarilla es la gota que colma el vaso. Quiero poder elegir llevarla o no, y no por ello convertirme en enemigo público del Estado", me dice a Eannatte, una manifestante llegada desde Brandeburgo, el estado federado que rodea Berlín. Es una de las miles de personas que mayoritariamente de manera pacífica querían expresar en la calle su oposición a la nueva ley de protección contra infecciones y al conjunto de la gestión de la pandemia por parte de las autoridades. 

Eannatte teme que la República Federal se convierta en un estado autoritario como en el que ella fue socializada: la desaparecida República Democrática de Alemania (RDA). Entre los opositores a las restricciones cunde la opinión de que Alemania se encuentra en un momento similar al de marzo de 1933, cuando el entonces Reichstag aprobó la "Ermächtigungsgesetz", una ley con la que el parlamento se autoanuló y allanó el camino a la dictadura nazi encabezada por Adolf Hitler. 

La manifestación de este miércoles en la capital alemana confirma la dinámica vista en el movimiento anticorona alemán a lo largo de los últimos meses: es un fenómeno que aúna las más diversas tendencias. En este cajón de sastre caben desde cristianos hasta budistas, pasando por esotéricos, defensores de Donald Trump, padres que se niegan a que sus hijos tengan que llevar mascarilla en la escuela o pequeños empresarios que ven peligrar seriamente sus empresas por las restricciones efectivas de la actividad económica. 

En la concentración se han escuchado desde canciones cristianas hasta gritos de guerra ya clásicos de la ultraderecha alemana como "Merkel muss weg" ("Merkel tiene que irse") o "Wir sind das Volk" ("Nosotros somos el pueblo"), y también eran visibles carteles de apoyo al todavía presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y diversas banderas regionales alemanas. 

La presencia neonazi y ultraderechista ha sido, además, innegable. Algunos grupos de neonazis y Reichsbürger se han mezclado entre las familias y los grupos de estética alternativa. En la manifestación ha participado incluso Andreas Kalbitz, exlíder del partido ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD) en Brandeburgo, que fue expulsado por AfD por su cercanía a grupos neonazis. 

Debilitamiento parlamentario 

Pese a las protestas, y como era de prever, tanto el Bundestag (cámara baja) como el Bundesrat (cámara territorial) aprobaron finalmente la reforma legislativa que da la base legal a los decretos excepcionales para restringir las libertades individuales recogidas en la Carta Magna alemana. En el Bundestag, 415 diputados votaron a favor frente a 236 en contra. El presidente federal, Frank-Walter Steinmeier, firmó el mismo día la ley en un proceso exprés. 

La reforma establece un catálogo de medidas que pueden ser aplicadas - temporalmente - por decreto por el gobierno federal o por cada uno de los 16 ejecutivos de los estados federados. La ley ha recibido duras críticas de una parte de la oposición parlamentaria, que considera que concentra demasiado poder en las manos del ejecutivo frente a un parlamento que sale debilitado. Las medidas extraordinarias antipandemia no tendrán que ser aprobadas en sede parlamentaria.

Crónica publicada por El Periódico de Catalunya.

lunes, 14 de septiembre de 2020

El precariado: pobres por decreto

Ayer hubo elecciones municipales en Renania del Norte-Westfalia, un estado clave para Alemania por su riqueza y densidad de población. Los resultados muestran muchas claves y posibles análisis. Los de la región del Ruhr, postindustrial e históricamente de izquierda, ponen encima de la mesa un dato que llama la atención: la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) avanza en sus mayores ciudades. Ese dato proyecta un fenómeno llamativo y preocupante: una parte del asalariado alemán está abandonando las opciones de izquierda para abrazar las posiciones ultraderechistas y ultranacionalistas.

El activista italiano Alex Foti lanza la tesis de que “el precariado es en la sociedad postindustrial lo que fue el proletariado en la sociedad industrial”. Si entre los siglos 19 y 20, la masa asalariada se organizó políticamente como respuesta a la explotación que sufría, el precariado del siglo XXI tiende hacia una hiperindividualización; una atomización, alimentada por la digitalización de las relaciones sociales y del trabajo, que dificulta la organización colectiva. El precariado suele tender a un apoliticismo, que en ocasiones se convierte en antipolítica e incluso en un giro hacia la ultraderecha.

Analizamos en el podcast La Transición Alemana el concepto del “precariado” y su impacto en la Alemania del 2020, a las puertas de las tres décadas de su reunificación.




martes, 1 de septiembre de 2020

Banderas imperiales alemanas ante el Bundestag

Las imágenes del pasado sábado en el corazón político de Berlín no tienen precedente en la historia reciente de Alemania: varios cientos de manifestantes, muchos de ellos con banderas del antiguo imperio alemán, tumbaron las barreras que rodeaban el Parlamento federal para abordar las escaleras del edificio histórico del Reichstag e intentar asaltarlo. La policía se vio superada en un primer momento y posteriormente consiguió controlar la situación. 

Ya era, sin embargo, tarde para evitar el objetivo de ultraderechistas y neonazis: el movimiento Reichsbürger -conformado por activistas que niegan la existencia legal de República Federal fundada en 1949 y aseguran que el imperio alemán es la única entidad legítima- consiguió la imagen propagandística que estaba buscando, y con ella, la indignación de buena parte del país. 

"Banderas imperiales y un asalto ultraderechista ante el parlamento suponen un ataque inaceptable al corazón de nuestra democracia", escribió el presidente federal, Frank-Walter Steinmeier, en su página de Facebook. "Quien quiera protestar por las medidas anticorona o dudar de su necesidad, puede hacerlo públicamente. Pero mi compresión acaba allá donde los manifestantes se dejan llevar por los enemigos de la democracia", añadía Steinmeier con un estilo muy directo, poco habitual en las declaraciones públicas del jefe del estado. 

Querdenken 711 

El fallido "asalto al Bundestag" no debería haber sido el momento más destacado de la jornada. La plataforma Querdenken-711 (pensamiento transversal), originaria de la ciudad de Stuttgart, había vuelto a convocar a una manifestación en la capital alemana para protestar contra las medidas tomadas por el Gobierno federal y los 16 ejecutivos de los estados federados ante la pandemia.

 

Tras el éxito de su primera concentración del pasado primero de agosto, alrededor de 40.000 personas -según la policía- volvieron a marchar contra unas medidas que creen excesivas, algunas de ellas incluso innecesarias, y que consideran que ponen en peligro el orden constitucional. 

Este tipo de marchas, que lleva sucediéndose desde el pasado mes de marzo, atrae a un público extremadamente heterogéneo y políticamente inclasificable. "No consisten en actos exclusivamente de extrema derecha, sino que están abiertos a diferentes círculos que coinciden en el rechazo a las medidas antipandemia y en la desconfianza hacia el gobierno y la limitación de las libertades individuales", dice a Andrea Kockler, analista de la organización civil Der goldene Aluhut, especializada en movimientos conspiranoicos y 'fake news’. 

En las marchas negacionistas del coronavirus participan, efectivamente, militantes de las más diversas teorías conspiranoicas, gente que rechaza las vacunas, defensores de la medicina alternativa, ciudadanos descontentos con la gestión de la crisis sanitaria y cansados de la cancillera Angela Merkel -que lleva 15 años en el poder-, y también ultraderechistas y neonazis. 

"Algunos miembros del movimiento antivacunas usan un símbolo nazi que recuerda a la estrella amarilla de David con la expresión 'no vacunado' en el centro. Pretenden compararse así con los judíos perseguidos por el nazismo, lo que no supone directamente una negación del holocausto, pero sí que lo relativiza", añade Andrea Kockler. 

Oportunismo ultra 

Prácticamente todo el arco parlamentario se distanció de la nueva marcha anticovid; la única fuerza política con representación federal que coquetea desde el inicio con estas manifestaciones es la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD). 

"Gracias a todos los que se manifestaron ayer pacíficamente por la libertad y la democracia. Los pocos alborotadores no restarán importancia a este éxito de la protesta ciudadana contra los partidos establecidos", escribió en su canal de Twitter Tino Chrupalla, portavoz federal de AfD. Los ultras, divididos y en su peor momento de los últimos años, intentan aprovechar esa nueva ola de descontento con la vista puesta en las elecciones federales del 2021.

Texto publicado por El Periódico.


lunes, 24 de febrero de 2020

Políticos locales en la diana

La asamblea de Lichtenberg está rodeada por policías antidisturbios; fuera, una veintena de militantes antifascistas se concentran tras una pancarta: "Ninguna colaboración con AfD". La tensión en este distrito de Berlín oriental es buena muestra de la excepcionalidad que vive Alemania. 

Han pasado menos de 24 horas desde el atentado de Hanau en el que 9 personas, todas de raíces extranjeras, fueron asesinadas por un agresor con motivaciones racistas. Más de 500 kilómetros separan el lugar del crimen de esta asamblea de distrito, pero la sombra de la violencia marca la sesión, que comienza con un minuto de silencio. 

La ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) cuenta con 12 representantes. Con el 19% y más de 24.000 votos, el joven partido fue tercero en las elecciones locales de 2016. Katrin Framke comparte asamblea y día a día político con ellos. Es una de las 18 diputadas que obtuvo la lista de La Izquierda, la más votada en Lichtenberg y que gobierna el distrito. "Hablo lo justo y necesario con los representantes de AfD", dice. 

Visita policial 

Hace pocas semanas, agentes de la Brigada de Investigación Criminal de Berlín visitaron a Framke. Traían malas noticias. Habían encontrado informaciones personales, fotos de ella y de su coche particular en un disco duro de un militante ultraderechista durante una redada. La operación buscaba pruebas sobre una serie de ataques con presunta motivación política en Neukölln, un distrito del sur de la capital alemana con un alto porcentaje de población inmigrante. 

Ferat Kocak, otro político local de La Izquierda de origen kurdo, sobrevivió por poco a uno de esos atentados: hace un año, alguien prendió fuego a su coche en plena noche. Las llamas se extendieron al resto de su casa. Si Ferat hubiera despertado un par de minutos más tarde, él y sus padres estarían hoy muertos. 

Otros tuvieron menos suerte: el pasado verano, el político local democristiano Walter Lübcke fue asesinado a tiros en la terraza de su casa en Kassel. El principal sospechoso es un militante neonazi, que en un primer momento reconoció la autoría y posteriormente se retractó. Lübcke había defendido públicamente la política de acogida de refugiados de la cancillera Angela Merkel. 

"El 'caso Lübcke' me sorprendió muchísimo", reconoce Katrin Framke. "Tradicionalmente habíamos sufrido amenazas y agresiones los políticos de La Izquierda, Los Verdes y el Partido Socialdemócrata". Los políticos locales aparecen ahora en el centro de la diana ultraderechista en Alemania. 

"Provocación necesaria" 

El caso de Christoph Landscheidt, alcalde socialdemócrata de Kamp-Lintfort -una localidad del estado de Renania del Norte-Westfalia- es otro ejemplo: el pasado año, solicitó una licencia de armas para, oficialmente, defenderse de posibles atentados. El socialdemócrata llevaba meses recibiendo amenazas tras haber ordenado la retirada de carteles electorales del pequeño partido ultraderechista Die Rechte. 

La noticia corrió como la pólvora en la prensa. Landscheidt había solicitado previamente protección estatal. Tras ser rechazada, decidió pedir la licencia de armas y hacerlo público. Su objetivo no era hacerse con una pistola, sino generar un debate público. "La anécdota de la licencia de armas era, tal vez, la provocación necesaria", reflexionó . Finalmente, consiguió un guardaespaldas financiado con dinero público. 

La dinámica de la asamblea municipal de Lichtenberg demuestra que algo se ha roto en la política alemana. Las mociones de la ultraderecha de AfD son rechazadas sistemática y unánimemente por el resto de grupos políticos, incluida la CDU. Esto último ya no es, sin embargo, algo que se dé por descontado tras la reciente ruptura del cordón sanitario en el parlamento regional de Turingia

Lichtenberg tiene experiencia con la ultraderecha. En los 90, tras la reunificación, aquí había una activa estructura nazi. Hace algo más de una década, el partido neonazi NPD incluso llegó a tener una fracción propia en la asamblea de distrito. La formación desapareció finalmente del mapa parlamentario local, pero AfD -un partido cuyos militantes no llevan botas militares ni la cabeza rapada- capitalizó en buen parte el voto radical. 

AfD supone un antes y un después no solo para la política local, sino también para la federal: el NPD nunca consiguió superar la barrera electoral del 5% que permite entrar en el Bundestag. Con su agresivo discurso antimigratorio, AfD recibió casi seis millones de votos en las últimas elecciones federales de 2017. 

"El clima se ha vuelto más áspero. Y AfD ha contribuido a ello", reflexiona en voz alta Katrin Framke. "Entre sus representantes hay incendiarios que preparan el terreno para que gente se sienta llamada a actuar. Y ello asusta profundamente".

Reportaje publicado en El Periódico de Catalunya.



jueves, 1 de noviembre de 2018

La Alemania que quiere AfD: buzones para denunciar a profesores


Posicionamientos políticos parciales o sesgados, informaciones falsas en libros de texto, expresiones racistas o agresiones contra escolares alemanes por el simple hecho de ser alemanes, proselitismo en favor de partidos políticos o de cosmovisiones de culturas extranjeras como el Islam… 

Este el cuadro que Alternativa para Alemania (AfD) presenta del estado del sistema educativo público alemán. Unas malas prácticas que, según el partido ultraderechista, ponen en peligro la neutralidad ideológica en las escuelas del país. Los líderes ultras consideran que hay maestros que critican en las aulas y ante sus alumnos las posturas políticas que ellos defienden, lo que supone un ataque frontal a esa neutralidad. 

“En muchas escuelas, los maestros ya sólo divulgan o consienten un concepto rojo-verde del mundo”, dijo recientemente Georg Pazderski, vicepresidente de la facción berlinesa de AfD, haciendo referencia a los colores de los partidos de centroizquierda y ecologista de Alemania. Este es el tipo de argumentaciones que llevan a la joven formación ultraderechista a lanzar ahora plataformas digitales en (por el momento) cuatro Estados federados para denunciar esas presuntas malas prácticas. 

En AfD cunde la idea de que el sistema educativo alemán está controlado por antiguos militantes del movimiento del Mayo del 68. Que el espíritu izquierdista y revolucionario que sacudió las capitales europeas hace justo seis décadas sigue teniendo el poder del aparato educativo de Alemania es una opinión que líderes y militantes del partido ultraderechista han defendido reiteradamente en público. Un control que permite enseñar en las escuelas alemanas “las diferencias entre 80 géneros” y “una educación sexual prematura”, en palabras de Beatrix von Storch, integrante de la dirección de AfD, en entrevista con este reportero

El poder progresista 

“Yo nací en 1953. Por tanto, tenía 15 años en 1968 y era relativamente joven en aquella época. Pero puedo decir que los integrantes del Mayo del 68 han tenido mucha influencia en Alemania y, seguramente, siguen teniendo mucha influencia, demasiada para el gusto de AfD”, dice a El Confidencial Karin Wilke, parlamentaria del partido ultraderechista en Sajonia y portavoz para asuntos educativos del partido en ese estado federado. 

“Hay muchos padres y alumnos que ya no están dispuestos a aceptar el adoctrinamiento de algunos profesores en las escuelas alemanas”, según Wilke, quien asegura que ha recibido llamadas de ayuda prácticamente a diario de “ciudadanos preocupados” de Sajonia. Esto último no es en absoluto inverosímil en un Estado federado considerado un auténtico bastión de la fuerza ultraderechista. AfD fue, con más del 25 por ciento de los votos, el segundo partido más votado en el Estado germanooriental (sólo por detrás de los democristianos de la CDU de Angela Merkel) en las últimas elecciones federales de hace un año. 

Wilke considera intolerable que AfD sea presentado por profesores “como un partido que quiere volver el nacionalsocialismo” o que “los problemas que a menudo se producen con escolares musulmanes sean barridos bajo la alfombra”. Cuando se le pide pruebas concretas de todas estas acusaciones recogidas hasta ahora a través de la plataforma https://lehrersos.de (“Ayuda para profesores”), la diputada argumenta que no las puede ofrecer a periodistas debido la ley de protección de datos alemana. “Sólo utilizaremos la información recabada para nuestro trabajo parlamentario y para ofrecérsela a las autoridades educativas. Nunca las haremos públicas”, argumenta. 

Las principales asociaciones de profesores y maestros del país, así como el resto de partidos con presencia parlamentaria e incluso líderes de la iglesia evangélica alemana ya han reaccionado con críticas al “buzón de quejas” de AfD, tal y como han bautizado algunos legisladores ultraderechistas la iniciativa. La Asociación de Profesores de Enseñanza Media (VDR, en sus siglas en alemán) es una de las organizaciones que más alto han levantado su voz contra las plataformas digitales lanzadas por el tercer partido más votado en Alemania en las últimas elecciones federales. 

“Se trata de un sistema de denunciación y de un intento de instigar a los alumnos contra los profesores. Además, en mi opinión, contraviene la neutralidad que debería regir en una escuela. Estamos vehementemente en contra de esta iniciativa”, dice a El Confidencial Jürgen Böhm, presidente de la VDR y antiguo director de escuela. 

En Alemania no hay ninguna ley que obligue a los maestros de primaria y a los profesores de secundaria a mantener una neutralidad política ante sus alumnos, sino que existe un consenso expreso acordado en la década de los 70 que establece que no deben imponer su opinión, que deben abordar los temas de discusión de una manera equilibrada y que deben guiar a los escolares de forma que estos saquen sus propias conclusiones. “La mayoría de profesores son funcionarios, por lo que tienen que jurar la Constitución y están obligados respetarla. Y si aparecen tendencias radicales en las escuelas, deben hacer justo lo que manda su obligación constitucional; es decir, defender la democracia”, concluye Jürgen Böhm. 

Maestros en AfD 

Pese al rechazo de las principales asociaciones de maestros y de todos los partidos políticos con presencia parlamentaria, con excepción de AfD, los sucesivos resultados electorales del partido ultraderechista demuestran que la formación cuenta con una base social transversal. Ello permite deducir fácilmente que entre los votantes de AfD y los militantes de las llamadas Nuevas Derechas alemanas también hay maestros de primaria y profesores secundaria. 

Björn Höcke es probablemente el ejemplo más relevante de la presencia de representantes del ultraderechismo de nuevo cuño en el sistema educativo alemán: el actual líder de AfD en el estado de Turíngia y figura más relevante de la fracción etnonacionalista, la más radical del partido (rayana con el neonazismo), fue profesor de Historia y Deporte en secundaria antes de comenzar su carrera política. Entre sus muchas salidas de tono, destacan la reiterada relativización de los crímenes del nacionalsocialismo y el revisionismo histórico. “Los alemanes somos el único pueblo del mundo que ha erigido un monumento de la vergüenza en el corazón de su capital”, dijo Höcke a inicios del pasado año haciendo referencia al monumento a los judíos asesinados en el holocausto situado en el centro histórico de Berlín. 

La educación es una competencia descentralizada en Alemania y está en manos de los 16 Estados federados que conforman la República Federal. Teniendo en cuenta que Baviera acaba de votar, que el estado de Hesse acudió a las urnas el próximo domingo y que el país se enfrenta a un auténtico maratón electoral el próximo año, con 13 comicios regionales, es difícil no ver una estrategia comunicativa y propagandística en el lanzamiento de las plataformas por parte de AfD, más que un intento de combatir la presunta falta de neutralidad en las escuelas. 

Bajo la vieja estrategia de que hablen (bien o mal) de ti ya utilizada por el partido nazi en la década de los 30 del siglo pasado, el partido ultraderechista fundado en 2013 ha ido encadenando escándalos en el espacio público y conseguido así de manera prácticamente ininterrumpida la atención de los medios de comunicación, además de entrar holgadamente en el Bundestag así como en los 16 parlamentos regionales del país. 

Mientras la Conferencia de Ministros regionales de Cultura y Educación estudia iniciar posibles acciones legales contra las plataformas lanzadas por AfD, el partido sigue afianzándose en las encuestas de intención de voto: como apunta la media de las proyecciones más recientes, si hoy hubiese elecciones federales en Alemania, los ultras serían (nuevamente) el tercer partido más votado con alrededor del 16% de los votos, sólo por detrás de los democristianos de la CDU-CSU y Los Verdes. Los socialdemócratas del SPD, un partido históricamente anclado en la clase media alemana de la que los maestros y profesores forman parte, ya aparece por detrás de AfD.

Reportaje publicado por El Confidencial.

martes, 20 de marzo de 2018

Los bancos de alimentos, el “sismógrafo” de la pobreza en Alemania

Karola nunca creyó que llegaría a la tercera edad en esta situación: a sus 70 años, hoy hurga en un contenedor de desechos orgánicos. Busca verduras o frutas que todavía sean comestibles. Esta jubilada alemana ya tiene la donación semanal que recibe todos los lunes en un banco de alimentos del distrito berlinés de Neukölln frente al que ahora revuelve en la basura; sin embargo, cuando viene aquí, intenta hacer el máximo acopio posible para llegar con mayor holgura a fin de mes. Karola recibe 600 euros mensuales de jubilación, complementados por algo más de 100 euros de subvención estatal. Una vez pagado su alquiler, que asciende a 500 euros, le quedan unos 200 para comer a diario. 

“Podría alimentarme con ese dinero, pero, y aunque me avergüenza, prefiero acudir a este banco de alimentos. Así puedo ahorrar algo para comprar cosas necesarias o hacer frente a gastos imprevistos”, dice la pensionista con las manos todavía manchadas por los desperdicios orgánicos. Karola, que trabajó toda su vida como vendedora de flores e incluso tuvo su propio negocio, es jubilada, pobre y forma parte del casi medio millón de pensionistas que acuden anualmente a los más de 900 bancos de alimentos repartidos por la geografía del país más rico de la Unión Europea. 

Según las datos oficiales de la federación de bancos de alimentos de Alemania, alrededor de millón y medio de personas se sirvieron en 2016 de las donaciones de comestibles de estas iniciativas privadas apoyadas por voluntarios que se encargan de recuperar alimentos que de otra forma acabarían desperdiciados. Esa cifra, que no se actualiza anualmente, es hoy muy probablemente mayor, aseguran desde la federación. Aunque la cantidad de personas en la tercera edad se ha doblado en los últimos años, la mayoría de los beneficiarios (53%) son ciudadanos en edad laboral, con o sin trabajo. La coordinadora de bancos de alimentos ha detectado, además, un repunte entre niños y jóvenes dependientes de la beneficencia. La (creciente) pobreza tiene muchas caras en Alemania.

Esas estadísticas llevaban mucho tiempo ahí, pero aterrizaron en los medios casi de rebote, de mano de una noticia que generó perplejidad: el pasado diciembre, la dirección de un banco de alimentos de la ciudad de Essen anunciaba que no aceptaría a más beneficiarios que no pudieran acreditar la nacionalidad alemana. Todos aquellos peticionarios de ayuda sin pasaporte alemán quedaban, por tanto, excluidos. “Debido a que, durante los últimos, años el porcentaje de conciudadanos extranjeros entre nuestros clientes ha crecido un 75% a causa del aumento de refugiados, nos vemos obligados a aceptar sólo a personas con un documento de identidad alemán para garantizar una integración racional”, apuntaba una breve nota en la web de la organización.

Pese a las numerosas críticas, la medida, vigente hasta finales de marzo, ha sido defendida a capa y espada por Jörg Sartor, director del banco de alimentos de Essen. Sartor asegura que la decisión no tiene trasfondo xenófobo alguno, y simplemente persigue una distribución más equilibrada de los alimentos así como la atención de las quejas de algunas jubiladas alemanas, que acusaron de mal comportamiento a beneficiarios de origen extranjero. Según datos facilitados por la federación de bancos de alimentos, el porcentaje de beneficiarios extranjeros asciende al 60% en todo el país, un porcentaje que alcanza el 80% en el Estado de Renania del Norte-Westfalia, en el que está Essen.

"Nueva cuestión social alemana"

El caso de Essen ha generado un debate público en Alemania, donde el aumento de la pobreza no sólo se nota en calles, sino que también se ha instalado en la agenda política. El presidente federal, Frank-Walter Steinmeier, incluso citó el banco de alimentos de la discordia en su discurso durante el nombramiento del nuevo gobierno de Gran Coalición de la canciller Merkel: “La creciente polarización en la mayoría de sociedades europeas, pero también en la nuestra, salta a la vista. Una polarización que no sólo se refleja en el banco de alimentos de Essen, sino en todo el país”.

   

Y mientras Steinmeier llama la atención sobre la creciente desigualdad en el país más rico y poderoso de la UE, la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) no deja pasar la ocasión de aplaudir la decisión tomada por el banco de Essen. Destacadas figuras de AfD hace tiempo que hablan, no en vano, de la “nueva cuestión social alemana” y defienden que el mantenimiento del Estado de bienestar sólo es posible con una política de fronteras cerradas. En su modelo de país sólo hay sitio para los pobres autóctonos.

El caso de Essen no sólo genera debate en las altas instancias del Estado y en la clase política germana, sino también entre los mismos receptores de la beneficencia. Para comprobarlo, basta con visitar dos bancos de alimentos de Berlín situados en Wedding y Neukölln, dos distritos históricamente habitados por trabajadores y con un alto porcentaje de población de origen inmigrante. Entre los beneficiarios, alemanes o extranjeros, hay opiniones de todo tipo.

Conny tiene 53 años y está prejubilada por enfermedad. Recibe 768 euros mensuales de pensión. Trabajó de muchas cosas: en una fábrica, en el sector servicios, en un bar... Su salario fue por general bajo, con lo que también lo fueron sus contribuciones a la seguridad social. Conny tiene un hijo de 20 años, pero vive sola y se ve obligada a acudir al banco de alimentos de Neukölln para poder llegar a fin de mes. Carga con dureza contra la decisión tomada por el banco de Essen y también contra las políticas sociales de los sucesivos gobiernos alemanes de los últimos 15 años. El Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) es el principal blanco de sus críticas, pues ha dejado de ofrecer una alternativa realmente social. “Pero parecen no darse cuenta”, dice.

Svetlana es una madre soltera de unos 40 años. Originaria de Kazajistán, lleva una década viviendo en Alemania. Esta es la segunda vez que viene a buscar comida a un banco de alimentos. Si se hubiese enterado antes, asegura, también habría venido antes. Svetlana tiene trabajo, pero lo que gana no le llega para pagar el alquiler (530 euros por un apartamento de una sola habitación), asumir todos los gastos derivados de la casa y además alimentar a su hija. Por eso, viene a buscar comida. Svetlana no entiende muy bien la decisión tomada por el banco de alimentos de Essen, así que prefiere no opinar.

Helga Nautojat es un jubilada de 63 años. Asegura que los alimentos que acaba de recoger no son para ella, sino para una amiga jubilada que está enferma y no puede salir de casa. Helga es viuda y cobra 1050 euros de pensión. Además, paga unos 800 euros de hipoteca. Por tanto, le quedan 250 para hacer frente al pago de luz, agua y el resto de eventuales costos. Reconoce que el dinero le llega muy justo para comer todos los días. No le parece bien la decisión del banco de Essen de excluir sólo a extranjeros: “Sencillamente, los podrían haber separado”.

Jubilados y madres solteras

Hay dos perfiles predominantes entre los beneficiarios del banco de alimentos de Neukölln: los jubilados y las madres solteras (desempleadas o trabajadoras). Así lo asegura su director, Karsten Böhn, quien reconoce que la cantidad de peticionarios de ayuda ha aumentado notablemente en los últimos años. “Este tipo de bancos son el auténtico sismógrafo de la magnitud de la pobreza en Alemania”, asegura, mientras decenas de personas desfilan frente a su despacho para hacer acopio de alimentos a cambio de un simbólico euro. Si la canciller Merkel le pidiera medidas concretas para combatir la pobreza y la desigualdad, le daría dos sin dudarlo ni un segundo: el aumento de salario mínimo actual de algo más de 8,84 euros la hora hasta, al menos, 11 (para combatir la llamada “pobreza trabajadora”) y el incremento de la ayuda de subsistencia o Hartz IV, que calcula algo más de 4 euros diarios para comida.

“En Alemania nadie tiene por qué pasar hambre”, zanja Siemen Dallmann, director del banco de alimentos del distrito de Wedding. “La gente viene aquí para poder dedicar el poco dinero que tiene a gastos que les sería imposible asumir si tuviese que invertirlo todo en comida. Y ese es precisamente el objetivo de estos bancos. El problema es que cada vez más gente a acude a nosotros y las donaciones de alimentos también comienzan a reducirse”. Y ahí parece estar precisamente la fuente de conflicto en algunos bancos como el de Essen, que la fuerza ultraderechista más exitosa de la historia de la República Federal no desaprovecha para intentar enfrentar a los pobres alemanes con los extranjeros.

Queda la sensación de que si AfD no fuese actualmente la tercera fuerza del Bundestag, en el que además a partir de ahora liderará la oposición parlamentaria a la nueva Gran Coalición, la decisión del banco de Essen y el consecuente debate nunca se habrían producido. “Un cosa está clara”, reflexiona Siemen Dallmann, “desde que AfD existe y está en el Bundestag, aquí y allá hay gente que se atreve a decir cosas que antes no habría dicho. Dudo que los representantes del banco de Essen sean simpatizantes de AfD. Pero, en general, sí es verdad que 15 años atrás, la gente que hoy vota a AfD ya existía y escondía sus opiniones. Hoy todo esas posiciones son mucho más públicas, porque incluso hay un partido en el Parlamento que defiende lo mismo abiertamente”.

Reportaje publicado por El Confidencial.

viernes, 1 de diciembre de 2017

El 'Factor AfD‘ o el síntoma de que algo se rompe

Alternativa para Alemania (AfD) ha cambiado la realidad política de Alemania. El surgimiento y establecimiento del partido alemán de ultraderecha más exitoso desde 1949 supone un cambio de paradigma político para el país más poblado, rico y poderoso de la Unión Europea. La actual incapacidad de formar gobierno por parte de los principales partidos alemanes es una muestra de ello. Alemania está descubriendo un escenario que hasta ahora le era desconocido: el de la inestabilidad política.

AfD fue fundada en 2013. En aquel momento, pocos habrían podido imaginar que un partido "nacional, liberal y conservador" podría realmente abrirse paso a la derecha de la CDU-CSU capitaneada con mano de hierro por la todopoderosa Angela Merkel. La realidad es que la sola presencia del partido ultraderechista en el Bundestag (en el que es la tercera fracción más grande) condiciona toda la política de Alemania, que hoy es un país más vulnerable, más inseguro, más rodeado de incertidumbres.

El reciente fracaso de conversaciones exploratorias para formar un gobierno federal como el de la Jamaika Koalition (CDU-CSU, FDP y Los Verdes) deja la sensación de que, sin AfD en el parlamento federal, ese inédito ejecutivo de coalición habría sido posible. Pero los ultras de AfD han demostrado durante los últimos dos años que es un partido capaz de pescar votos en todos los caladeros políticos del país. Su 12,6% de votos en las pasadas elecciones federales del 24 de septiembre da cuenta de ello. Y el resto de partidos parece tomar cada una de sus decisiones (o no decisiones) con un ojo puesto en el fantasma ultraderechista, que hoy en Alemania tiene 92 diputados en el Bundestag. AfD paraliza, osbtaculiza o condiciona al resto de actores del tablero político germano.

AfD es un fenómeno transversal, es el primer partido de ultraderecha alemán que recibe un apoyo relevante entre electores que tradicionalmente no habían votado ultra. Eso es precisamente lo que hace temblar las piernas al establishment político de un país con la historia moderna de Alemania. El ultranacionalismo político ha dejado de ser un fenómeno extraparlamentario en Berlín y ello supone la ruptura del consenso de posguerra nacido en Alemania sobre las cenizas todavía humeantes del desastre de la Segunda Guerra Mundial

El 'Factor AfD' genera vértigo en Alemania, un país cuya estabilidad parecía indiscutible hace tan sólo unos años. Y más vértigo generan aún las incertidumbres que llenan el futuro cercano de un proyecto como la Unión Europea, con una nueva crisis financiera, un recrudecimiento de la crisis de deuda del euro o el ascenso de la ultraderecha en otros países de la unión como Francia, Holanda, Hungría, Polonia o los países escandinavos nublando el horizonte. 

Franco Delle Done y un servidor lo vimos venir y lo advertimos en Factor AfD. El regreso de la ultraderecha Alemania, un libro por el que muchos no dieron ni un duro en su momento y que, lamentablemente, está validando su tesis: AfD no es más que un síntoma de que algo se ha roto en el sistema político alemán, de que algo ya no está funcionando en la Unión Europea, de que la política tradicional, y especialmente una izquierda con un proyecto colectivo verosímil y verdaderamente alternativo al omnipotente dogmatismo neoliberal, debe reaccionar antes de que sea demasiado tarde.