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lunes, 19 de diciembre de 2022

'Reichsbürger': una teoría de la conspiración con tradición en Alemania


Marcha anticorona con banderas de Reichsbürger. Noviembre de 2020, Berlín. A.Jerez


“En 1945 no se ocupó el Imperio Alemán, sino la administración ilegal de la República de Weimar. Tan sencillo como eso. Por eso, el Tribunal Constitucional dice que la República Federal no es sucesora del Imperio Alemán, sino que este sigue existiendo legalmente, aunque sea incapaz de actuar y esté en estado de sitio”. 

Sascha habla con seguridad y un lenguaje digno de un jurista especializado en historia alemana. Lo hace mirando a la videocámara de su ordenador, que lo inmortaliza durante una videoconferencia subida a YouTube el 13 de enero de 2021. Es uno de los cientos de vídeos del canal Vaterländischer Hilfsdienst – VHD, en sus siglas en alemán, cuya traducción es “Servicio de Ayuda a la Patria” –. El VHD es uno de los muchos grupos que reclaman desde hace años que el Imperio Alemán sigue existiendo legalmente con sus fronteras de 1937. Otros son “Herederos de Bismarck”, “Reino de Alemania”, “Confederación del Imperio Alemán” o “Asamblea Constituyente”. 

La argumentación de Sascha es extremadamente enrevesada, pero se puede resumir así: el Imperio Alemán, nacido de la fusión de diferentes nacionalidades y estados en 1871 de la mano del canciller Otto von Bismarck, no dejó de existir porque la Alemania nazi derrotada en el Segunda Guerra Mundial nunca llegó a firmar un acuerdo de paz con las fuerzas vencedoras. La Constitución Imperial de 1871 sigue, por tanto, vigente y la República Federal es una entidad sin derecho ni existencia real. Algunos incluso aseguran que es tan sólo una empresa administrada por fuerzas ocupantes. 

“Podemos ser alemanes y libres. Tenemos que ser alemanes y libres si queremos la paz”, sentencia Sascha. El video en el que se explica con convicción acumula poco más de 4.000 visualizaciones. La locuacidad del ponente no parece ser capaz de movilizar a las masas. 


Fenómeno creciente 

Sascha es uno de los 23.000 Reichsbürger (“Ciudadanos del Reich”) que hay en Alemania, según el Ministerio del Interior. En 2020, las estimaciones ascendían a unos 20.000. Es un fenómeno creciente y muy heterogéneo. El último informe de la Oficina Federal de la Defensa de Constitución – servicios secretos domésticos – dedica uno de sus capítulos al variopinto movimiento. “Son grupos e individuos que rechazan la existencia de la República Federal de Alemania y su ordenamiento jurídico por diversos motivos y basándose en diversas razones – entre ellas, la referencia al Reich alemán histórico (…) –, niegan la legitimidad de los representantes elegidos democráticamente o incluso se definen a sí mismos como ajenos al ordenamiento jurídico”, apunta el informe, que también incluye en el apartado a los “autogobernados”, ciudadanos que se autoproclaman sujetos soberanos y que se niegan responder ante ningún estado, en clara sintonía con la tradición libertaria de EE.UU. 

El libro Ciudadanos del Reich. El peligro subestimado, editado en 2017 por el periodista Andreas Speit especializado en movimientos de ultraderecha, resume el fenómeno de la siguiente manera: los Reichsbürger son ciudadanos que actúan de manera subversiva para intentar bloquear, sabotear o paralizar la administración y el Estado; sus argumentaciones están basadas en teorías de la conspiración absolutamente irracionales y apartadas de la realidad en la que viven; no son obligatoriamente ultraderechistas o neonazis, pero comparten numerosas ideas con ese espectro político; ignoran las consecuencias de sus actos y declaraciones, y no se dejan convencer por contraargumentaciones irrebatibles; la inacción de las autoridades es interpretada por los Reichsbürger como señal de victoria. 

La reciente redada contra el grupo “Unión Patriótica” marca un antes y un después en la percepción que Alemania y el resto del mundo tienen del fenómeno. Más de 3.000 policías desarticularon una red que presuntamente había planeado un golpe de Estado contra la República Federal, incluido un espectacular asalto armado al parlamento alemán. La policía detuvo a 25 personas, se incautó de 90 armas de fuego y encontró listas de políticos y periodistas. La fiscalía acusa a los detenidos – entre los que hay un aristócrata y una jueza exdiputada de la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) – de “organización terrorista”. 


Nuevo escenario

“Hace tres o cuatro años no me habría imaginado que este tipo de personas conseguirían formar un grupo tan fuerte y organizado”, dice Andreas Speit. “No se trata de marginados, sino de personalidades del entorno de la nobleza, una jueza, varios antiguos soldados de las fuerzas especiales, agentes de policía e incluso de la brigada de investigación criminal. Aquí es donde realmente hay que decir que estamos ante un fenómeno nuevo: que gente de este nivel se haya unido en torno a la ideología del Reich y estén dispuestos a cometer actos de terrorismo”, añade. 

El mismo día de la redada, numerosos camarógrafos y fotógrafos inmortalizaron la detención del “príncipe” Heinrich XIII, que presuntamente tenía que convertirse en el nuevo jefe de estado de Alemania si el golpe hubiese triunfado. Poco después de la redada, algunos medios impresos publicaron en sus webs notas de fondo sobre la red desmantelada y el fenómeno Reichsbürger. Varias televisiones emitieron programas especiales sobre la operación ese mismo día. 

La gran preparación de diversos medios deja entrever que algunos periodistas habían sido informados días antes de la redada. Ello ha generado críticas y también dudas sobre el peligro real que suponía la red desmantelada. “Todo el mundo sabía de la redada menos los detenidos”, ne dice Hinnerk Berlekamp, periodista y coautor del libro Ciudadanos del Reich. El peligro subestimado. Y continúa: “Eso indica que las autoridades ni siquiera temieron que alguien pudiera pasar la información a los afectados. Si realmente había una conspiración tan peligrosa contra Alemania, yo no habría permitido filtraciones. Todo es muy raro y parece más dirigido al efecto mediático. No quiero decir que los Reichsbürger no sean peligrosos, pero la operación me parece desmedida”. 


Del 'Papierterrorismus' a la violencia real
 
Politólogos y analistas del fenómeno Reichsbürger acuñaron hace ya años un neologismo para describir los intentos de sus militantes de paralizar el Estado: Papierterrorismus (“Terrorismo de papel”). Es decir, el bombardeo con cartas y/o mails de contenido legal a administraciones o empresas con el objetivo de obstaculizar su funcionamiento o simplemente de quedar exentos de pagar una multa o una factura. Los “Ciudadano del Reich”, como negadores de la República Federal de Alemania, no aceptan el pago de multas de tráfico, facturas o impuestos. Aseguran que la inexistencia legal del Estado en el que viven los libera de esas responsabilidades. 

El término Papierterrorismus entronca con la tradición de observar el movimiento desde la curiosidad e incluso desde cierta compasión. Pero en 2016 saltaron las primeras alarmas: en una operación policial, un disparo de un militante del movimiento Reichsbürger mató a un agente de las fuerzas especiales en la localidad bávara Gegorgensmünd. El sujeto había perdido la licencia de armas y la policía entró en su casa con una orden judicial para requisar el armamento que había acumulado. Del Papierterrorismus se pasó a la violencia real con armas de fuego. 

El caso desató un debate político considerable y llevó a la Oficina de la Defensa de la Constitución a vigilar el movimiento con mayor atención. De los más de 20.000 integrantes del fenómeno “Ciudadanos del Reich” en Alemania, las autoridades estiman que hay un 10% armado y dispuesto a emplear la violencia. 

La ministra federal de Interior, la socialdemócrata Nany Faeser, ha anunciado su intención de acelerar dos reformas legales ya previstas antes de la operación policial: el endurecimiento de las condiciones para acceder a una licencia de armas y la expulsión más rápida de funcionarios contra los que se pueda demostrar una militancia o cercanía con el movimiento Reichsbürger.

Endurecimiento legal

"El endurecimiento de las leyes sobre armas es resultado del acuerdo de coalición; ello me da optimismo sobre la posibilidad de llegar a un acuerdo con los dos socios de la coalición”, ha dicho Faeser. Los liberales del FDP, socios menores del Gobierno tripartito liderado por el canciller socialdemócrata Olaf Scholz, se muestran, sin embargo, reacios a la una reforma legal que incluiría la prohibición del acceso a armas automáticas para ciudadanos de a pie. 
 
La expulsión de funcionarios con cercanía a los “Ciudadanos del Reich” tiene relación directa al intento de infiltración del movimiento en las fuerzas de seguridad. La fiscalía asegura que la red desarticulada intentó reclutar nuevos integrantes tanto en la policía federal con en las fuerzas armadas. Ambos cuerpos ya generaron en el pasado titulares en Alemania por diversos escándalos de presencia ultraderechista y neonazi en sus filas. 

 “Sí me preocupan eses elementos dentro de las fuerzas del orden que están actuando con conspiradores que menosprecian la democracia, que quieren abolirla o transformarla en un sistema autoritario. Pero descarto que los Reichsbürger sean el núcleo o la raíz de esas fuerzas”, dice Hinnerk Berlekamp, periodista que ya dedicó en 2017 un artículo en profundidad a las conexiones internacionales de los “Ciudadanos del Reich”, un fenómeno arraigado en Alemania y con conexiones en otros países de habla alemana como Austria y Suiza. 

La sombra de la infiltración ultraderechista en las fuerzas de seguridad no es nueva. En el verano de 2020, el Ministerio de Defensa alemán anunció el desmantelamiento de una unidad de las unidades de élite KSK por estar infestada de militares de tendencia neonazi. Las autoridades reconocieron, además, la desaparición de miles de cartuchos y de 62 kilos de explosivos cuyo paradero es hasta hoy desconocido.

Reportaje publicado por El Periódico de Catalunya.

jueves, 19 de noviembre de 2020

Multitudinaria manifestación en Berlín contra una ley para frenar la pandemia

Berlín volvió a convertirse este miércoles en escenario de una multitudinaria protesta contra las restricciones antipandemia: miles de personas se concentraron frente a la Puerta de Brandeburgo, a pocos pasos del edificio histórico del Reichstag, para oponerse a la reforma de la ley de protección contra infecciones, que busca fundamentar legalmente las restricciones ya vigentes desde el pasado marzo para frenar la expansión del coronavirus. 

Mientras dentro del Bundestag, los parlamentarios debatían la controvertida reforma, fuera, la policía intentaba dispersar con cañones de agua la concentración tras varias advertencias lanzadas por su sistema de megafonía: la mayoría de manifestantes no llevaba mascarilla y la distancia de separación entre los asistentes era claramente inferior a la establecida por las restricciones. 

Con las imágenes todavía frescas del fallido intento de asalto del Reichstag el pasado agosto por parte de varios cientos de ultraderechistas, Reichsbürger -ciudadanos que niegan la existencia de la República Federal y reivindican la recuperación del Imperio alemán- y seguidores de la teoría conspirativa de QAnon, el barrio político de Berlín amaneció este miércoles controlado por un enorme dispositivo policial.

         
Marcha heterogénea 

"Nunca fui una opositora al sistema, pero la obligación de llevar mascarilla es la gota que colma el vaso. Quiero poder elegir llevarla o no, y no por ello convertirme en enemigo público del Estado", me dice a Eannatte, una manifestante llegada desde Brandeburgo, el estado federado que rodea Berlín. Es una de las miles de personas que mayoritariamente de manera pacífica querían expresar en la calle su oposición a la nueva ley de protección contra infecciones y al conjunto de la gestión de la pandemia por parte de las autoridades. 

Eannatte teme que la República Federal se convierta en un estado autoritario como en el que ella fue socializada: la desaparecida República Democrática de Alemania (RDA). Entre los opositores a las restricciones cunde la opinión de que Alemania se encuentra en un momento similar al de marzo de 1933, cuando el entonces Reichstag aprobó la "Ermächtigungsgesetz", una ley con la que el parlamento se autoanuló y allanó el camino a la dictadura nazi encabezada por Adolf Hitler. 

La manifestación de este miércoles en la capital alemana confirma la dinámica vista en el movimiento anticorona alemán a lo largo de los últimos meses: es un fenómeno que aúna las más diversas tendencias. En este cajón de sastre caben desde cristianos hasta budistas, pasando por esotéricos, defensores de Donald Trump, padres que se niegan a que sus hijos tengan que llevar mascarilla en la escuela o pequeños empresarios que ven peligrar seriamente sus empresas por las restricciones efectivas de la actividad económica. 

En la concentración se han escuchado desde canciones cristianas hasta gritos de guerra ya clásicos de la ultraderecha alemana como "Merkel muss weg" ("Merkel tiene que irse") o "Wir sind das Volk" ("Nosotros somos el pueblo"), y también eran visibles carteles de apoyo al todavía presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y diversas banderas regionales alemanas. 

La presencia neonazi y ultraderechista ha sido, además, innegable. Algunos grupos de neonazis y Reichsbürger se han mezclado entre las familias y los grupos de estética alternativa. En la manifestación ha participado incluso Andreas Kalbitz, exlíder del partido ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD) en Brandeburgo, que fue expulsado por AfD por su cercanía a grupos neonazis. 

Debilitamiento parlamentario 

Pese a las protestas, y como era de prever, tanto el Bundestag (cámara baja) como el Bundesrat (cámara territorial) aprobaron finalmente la reforma legislativa que da la base legal a los decretos excepcionales para restringir las libertades individuales recogidas en la Carta Magna alemana. En el Bundestag, 415 diputados votaron a favor frente a 236 en contra. El presidente federal, Frank-Walter Steinmeier, firmó el mismo día la ley en un proceso exprés. 

La reforma establece un catálogo de medidas que pueden ser aplicadas - temporalmente - por decreto por el gobierno federal o por cada uno de los 16 ejecutivos de los estados federados. La ley ha recibido duras críticas de una parte de la oposición parlamentaria, que considera que concentra demasiado poder en las manos del ejecutivo frente a un parlamento que sale debilitado. Las medidas extraordinarias antipandemia no tendrán que ser aprobadas en sede parlamentaria.

Crónica publicada por El Periódico de Catalunya.

domingo, 25 de octubre de 2020

¿Por qué gana terreno el movimiento QAnon en Alemania?

El pasado 29 de agosto las escaleras del edificio histórico del Reichstag fueron escenario de unas imágenes sin precedente en la historia reciente de Alemania: varios centenares de ultraderechistas, con banderas de “Reichsbürger” – movimiento ultranacionalista que niega la existencia de la República Federal y quiere recuperar las fronteras alemanas previas a la Segunda Guerra Mundial – amagaron con asaltar el parlamento federal. La acción, enmarcada en una jornada de protestas contras las restricciones anticorona introducidas por las autoridades, superó a la policía y supuso un serio toque de atención sobre el potencial violento de la ultraderecha extraparlamentaria alemana. 
 
Los que llevan años observando esas estructuras se percataron de algo más: algunos de los participantes en ese intento de toma del Bundestag lucían camisetas con una “Q” o portaban banderas con esa misma letra mayúscula. Como destaparon medios locales posteriormente, el detonante que impulsó a los manifestantes a intentar tomar el Bundestag fue el mensaje lanzado a través de un altavoz por una de las participantes en la concentración – una conocida practicante de la homeopatía –, que alertó de que Donald Trump estaba en Berlín para liberar a Alemania.
 
Esa “Q” responde al nombre de QAnon, una gran teoría conspirativa de origen estadounidense, nacida en foros de internet y que asegura que, según informaciones desclasificadas de los servicios de inteligencia de EE.UU., Donald Trump lidera una guerra contra el estado profundo y contra la élite política y económica del país que pretende ocultar una gran red de pedofilia internacional. El neologismo “QAnon” responde a la combinación de “Q Clearance” (la denominación para informaciones de máxima seguridad desclasificadas por el Departamento de Energía de los Estados Unidos) y “Anon”, la abreviatura para “Anonymus”. La fuente que posteó en el 2017 por primera vez las presuntas desclasificaciones es anónima. Detrás de ella estaría, según la confabulación, un alto cargo burocrático de Estados Unidos con acceso a información privilegiada. 
 
Avance en la Red 
 
Llama la atención que el movimiento gane terreno al calor de las protestas contra las medidas antipandemia en Alemania, un país en el que el impacto del virus ha sido relativamente bajo en comparación con otros países de su entorno. En las redes sociales y plataformas digitales, la conspiración QAnon ha sumado seguidores con gran rapidez en los últimos meses: varios blogs y canales de Youtube han conseguido construir destacables comunidades con miles de seguidores y reproducciones. La Oficina Federal de la Protección de la Constitución – agencia de inteligencia encargada de observar los movimientos que suponen o podrían suponer una amenaza para el orden constitucional germano – confirman el avance de QAnon en el espacio de habla alemana. 
 
“Su alcance no puede ser todavía cuantificado ni clasificado”, aseguran esas fuentes, que confirman puntos de conexión entre el movimiento QAnon y algunas redes de extrema derecha alemanas: la teoría de origen estadounidense apunta que detrás del “estado profundo” se esconden la izquierda y/o judíos. El uso de sangre de menores por esa elite mundial que denuncia la teoría conspirativa entronca, de hecho, con el antisemitismo europeo de origen medieval, que aseguraba que los judíos usaban la sangre de cristianos como una forma de medicina. 
 
La agencia de inteligencia consultada es por el momento incapaz de cuantificar cuál es su número de seguidores. “También hay personas no extremistas que sostienen la teoría y sus seguidores no buscan la conformación de una agrupación”, apunta la Oficina Federal de la Protección de la Constitución. El hecho de que QAnon se extienda fundamentalmente a través de Internet – en muchos casos en foros como 4Chan o similares en los que se postea de forma anónima – hace más difícil trazar los contactos y la incipientes estructuras. 
 
Dirección común 
 
“Es realmente llamativo que el movimiento QAnon tenga tanta resonancia en Alemania”, me responde Maik Fielitz, politólogo, investigador y coautor del recientemente publicado “Digitaler Faschismus” (“Fascismo Digital”), un libro que explora el funcionamiento de movimientos autoritarios, xenófobos y antipluralistas en el mundo de las redes sociales e Internet. “Creo que Alemania ya existía un gran potencial entre la población para el pensamiento conspirativo que hasta ahora no tenía una dirección clara. Dentro de ese movimiento encontramos opositores a las vacunas, grupos esotéricos y también Reichsbürger que no contaban con un paraguas común. QAnon les ha ofrecido una dirección conjunta”, analiza Fielitz. 
 
En referencia al concepto de “Fascismo digital”, y además de su propagación en Internet, Fielitz ve en QAnon un elemento común con otras tendencias autoritarias ya existentes: el impulso de deslegitimar estructuras democráticas. “Más allá de las teorías conspirativas sobre la red de pedofilia, su objetivo es fomentar la sensación de que ya no se puede confiar en nadie en la sociedad, de que es necesario retirarse a mundos paralelos y de que ya sólo se puede confiar en informaciones procedentes de determinados influencers y grupos que se autodefinen precisamente a través de su oposición a las corrientes mayoritarias'”, apunta el investigador. “Y eso es lo más peligroso de este movimiento: dentro de él, las personas se insertando poco a poco en un sistema de valores y reglas completamente diferente. Es un movimiento sin jerarquía, sin un líder claro y también imprevisible”.

domingo, 18 de marzo de 2018

Alemania compra tiempo

Cuando Angela Merkel sea investida canciller hoy en el Bundestag, habrán pasado casi seis meses desde las últimas elecciones. Desde su fundación en 1949, la República Federal nunca antes había tardado tanto en formar gobierno, nunca antes había vivido tanto tiempo bajo un gobierno de funciones. El transcurso de estos últimos seis meses dejó en evidencia que el país más poblado, rico y poderoso de la Unión Europea está aprendiendo a vivir en un escenario que hasta ahora le era desconocido: la inestabilidad política. 

Las elecciones federales del 24 de setiembre arrojaron unos resultados históricos en muchos aspectos: la “gran coalición” gobernante –integrada por las conservadoras Unión Cristianodemócrata (CDU) y Unión Socialcristiana de Baviera (CSU), y también por el Partido Socialdemócrata (SPD)– perdió casi 14 puntos respecto de los comicios anteriores. Las elecciones dejaron, además, el Parlamento federal más fragmentado de la historia reciente del país (con siete organizaciones políticas repartidas en seis fracciones parlamentarias), y, sobre todo, permitieron que la joven ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) obtuviera un sensacional resultado: con 12,6% de los votos, se convirtió en la tercera fuerza más votada, todo un golpe simbólico para un país con una historia marcada a fuego por el nacional-socialismo y el holocausto. 

La presencia de la ultraderecha y la fragmentación del tablero político son precisamente los dos principales factores que explican por qué Alemania ha necesitado esta vez tanto tiempo para formar un gobierno de coalición. La constante amenaza de una repetición electoral como telón de fondo, en la que la ultraderecha podía incluso mejorar su resultado, condicionó inevitablemente unas negociaciones de por sí muy complicadas entre los partidos con intención de gobernar. El inesperado fracaso de la llamada Coalición Jamaica fue un ejemplo de ello. 

La coalición imposible 

“Es mejor no gobernar que gobernar mal”. La madrugada del 19 de noviembre dejó una frase que probablemente pasará al panteón de sentencias políticas históricas de la República Federal. La pronunció a altas horas de la noche el presidente del Partido Liberal (FDP), Christian Lindner. Tras semanas de duras e intensas conversaciones con la unión conservadora liderada por Merkel y los ecologistas Los Verdes, Lindner anunciaba que su partido se retiraba de la mesa de negociaciones. La llamada Coalición Jamaica (por los colores de los partidos implicados –negro, verde y amarillo–), hasta ahora inédita en el gobierno federal, se demostraba así como imposible. Dos meses después de las elecciones, Merkel se situaba de nuevo en la casilla de salida para intentar formar un gobierno estable. 

Tras unos resultados electorales marcados por el fantasma ultraderechista y por la fragmentación, el fracaso de la Coalición Jamaica era la siguiente prueba de que Alemania se estaba adentrando en un territorio hasta ahora desconocido por el país: el de la incertidumbre política. Si algo había precisamente caracterizado la vida política e institucional de Alemania, eso había sido la estabilidad política. 

“La colaboración entre la CDU, la CSU y el SPD termina hoy. Seremos oposición”. En Berlín, en la noche del 24 de diciembre de 2017, pocas horas después del cierre de los colegios electorales, el entonces presidente del SPD, Martin Schulz, pronunciaba con pasmosa rotundidad esa sentencia que tendría que tragarse pocos meses más tarde. El SPD acababa de cosechar su peor resultado electoral desde 1949. 

Con 20,5% de los votos, el líder de los socialdemócratas alemanes decía en el horario de máxima audiencia y en la televisión pública que sólo había un camino para recuperar la credibilidad de su partido: la oposición parlamentaria. Schulz aprovechó, además, la ocasión para lanzar duros ataques a Merkel, quien, también presente en el estudio de televisión, encajó los golpes bajos con una media sonrisa. Hoy Schulz, quien renunció a la presidencia del SPD hace semanas, es un cadáver político. Merkel, por su parte, está a punto de ser investida canciller por cuarto mandato consecutivo. 

Tras el fracaso de la Coalición Jamaica, Merkel no dudó en poner en marcha la opción de reeditar la Gran Coalición. Un gobierno entre conservadores y socialdemócratas era su última carta para formar un gobierno estable y evitar un Ejecutivo en minoría. Con la amenaza de convocar nuevas elecciones como as en la manga, Merkel obligó a Schulz y los suyos a sentarse a la mesa de negociaciones. A finales de febrero, y tras unas conversaciones relativamente rápidas, la CDU CSU y el SPD anunciaban un pacto de gobierno. Alemania tendrá así un nuevo ejecutivo de Gran Coalición (el tercero de cuatro legislaturas), mientras que el SPD se sigue hundiendo en las encuestas. 

Crisis existencial del SPD 

Desde las elecciones de setiembre, los socialdemócratas celebraron dos congresos extraordinarios y un referéndum entre sus bases para dar la luz verde definitiva a la Gran Coalición. Tanta democracia interna es, en realidad, más síntoma de una crisis existencial que de un afán de la dirección del partido de refrendar sus grandes decisiones entre la militancia. En las últimas semanas, después del anuncio del pacto de Gran Coalición, algunas encuestas apuntaron incluso algo impensable tan sólo hace unos meses: la ultraderecha de AfD superaba en intención de voto al SPD, que caía hasta 15,5% de los votos. La falta de credibilidad política podría llevar ahora al partido más antiguo de Alemania a las puertas de la irrelevancia. 

“Renovación” es en estos días la palabra que la nueva dirección socialdemócrata utiliza para generar ilusión y confianza en el futuro de un partido cuyo derrumbe parece hoy imparable. La designada nueva presidenta de la formación, Andrea Nahles, promete que su presencia en el gobierno supondrá un claro acento social en las políticas de Merkel. Sin embargo, Nahles parece olvidar una estadística demoledora: el SPD ha perdido 50% de sus votantes en los últimos 20 años, aproximadamente la mitad de los cuales ha gobernado en coalición con la canciller democristiana. La siguiente cuestión se hace así inevitable: si la participación en las grandes coaliciones ha ido acompañada hasta ahora por un desgaste electoral socialdemócrata, ¿por qué esta vez debería ser diferente? 

Un país vecino como Austria, con una historia estrechamente ligada a la de Alemania, podría tal vez servir de referencia a la socialdemocracia germana para hacerse una idea de lo que podría deparar el futuro próximo: grandes coaliciones de conservadores y socialdemócratas gobernaron Austria de manera prácticamente ininterrumpida desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. En las últimas elecciones legislativas, de octubre, la ultraderecha del Partido de la Libertad de Austria fue la tercera fuerza más votada, con casi 26% de los sufragios y a menos de un punto de distancia del Partido Socialdemócrata de Austria. Hoy, una coalición de conservadores y ultraderechistas gobierna ese país. 

Alemania contará a partir de mañana con un gobierno de una mayoría parlamentaria suficientemente holgada para afrontar los desafíos internos y externos a los que se enfrentan Europa y el mundo. Sin embargo, parece difícil que la nueva Gran Coalición pueda frenar su pérdida de apoyo electoral, sufrida ya en las últimas elecciones. La ultraderecha de AfD liderará, como tercer partido más votado, la oposición parlamentaria en el Bundestag, una posición privilegiada para seguir agitando su discurso antiestablishment, cada vez más marcadamente ultranacionalista, islamófobo y xenófobo, e intentar así imponer al menos una parte de su agenda. 

Esta nueva Gran Coalición no parece nacer, en definitiva, del convencimiento político de que traerá lo mejor para el país, sino de una urgencia generada por la actual inestabilidad política. Cuando la era Merkel comienza la que probablemente sea su última legislatura, Alemania se dispone a comprar tiempo.

Artículo publicado el 18 de marzo de 2018 por el diario uruaguayo La Diaria.