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martes, 11 de agosto de 2009

U55: la nueva (y polémica) nueva línea de metro



Berlín tiene una nueva línea de metro. Es la U55. Una más que añadir al mapa de transporte metropolitano berlinés, pero no una línea de metro cualquiera. La U55 presenta unas características peculiares: para empezar, es la línea más corta de toda la ciudad (quizá incluso una de las más cortas del mundo): su recorrido apenas cubre dos kilómetros de distancia, desde la estación central de ferrocarriles hasta la Puerta de Branderburgo, pasando por el Parlamento alemán (tres estaciones en total); la U55 no cuenta con conexiones directas con otras líneas de metro: como la han definido con guasa algunos diarios berlineses, es como un islote rodeado de medios de transporte y aislado en tres estaciones bien autistas; y, por último, una de sus estaciones, la del Bundestag (el Parlamento federal alemán), es la más cara de todas las estaciones subterráneas berlinesas: su construcción ha costado alrededor de 60 millones de euros.

Para ver terminada la U55 ha habido que esperar casi 14 años, el tiempo que hace que comenzaron las obras. Acabarla ha salido finalmente por alrededor de 320 millones de euros, una suma nada despreciable si se tiene en cuenta que el Estado de Berlín acumula unas deudas estimadas en 60 mil millones de euros. El precio y el aislamiento de la U55 no tardaron en levantar críticas entre la opinión pública berlinesa: ¿por qué pagar esa suma por una línea de metro que los berlineses apenas utilizarán?, se preguntan algunos. Lo cierto es que más bien pocos berlineses de nacimiento o adopción utilizarán diariamente la U55: es díficil imaginarse que un habitante de Berlín tome la línea en la estación central de ferrocarriles para desplazarse hasta el Parlamento (apenas alejado unos 600 metros) y mucho menos para ir hasta la Puerta de Branderburgo, el destino preferido de los turistas que peregrinan en masa al símbolo de la capital alemana, pero donde nadie tiene su residencia.

La U55 fue oficialmente inaugurada el pasado sábado: sus tres flamantes estaciones quedaron abiertas al público, y por ellas circularon unas 70.000 pasajeros durante el fin de semana. ¿O habría que decir 70.000 visitantes? La atracción de la novedad es grande, pero una vez pasada, asaltan las dudas sobre el auténtico uso que tendrá la U55. Un paseo por la recién estrenada línea el lunes a las 11 de la mañana parece confirmar esos temores...

Al llegar a la mastodóntica estación central de trenes, el pasajero no lo tiene tan fácil para encontrar la entrada a los andenes de la U55: la boca exterior todavía está rodeada por vallas de obra, por lo que no es fácil distinguirla. Los carteles de señalización colocados en el interior de la estación confunden a aquellos que no están familiarizados con el transporte público berlinés. Una vez llegados a la escaleras que dan a los andenes de la U55, es fácil darse cuenta de que la mayor parte de pasajeros que esperan en la elegante estación son turistas: a los pocos berlineses se les distingue por vestir de forma más desaliñada que el resto, tener cara de no tener nada mejor que hacer que visitar la nueva línea de metro y por no llevar una cámara de fotos colgando y un mapa perennemente pegado en la mano.

Cuando le preguntamos a uno de ellos si es berlinés, nos responde con un orgulloso acento típico de la capital alemana: “Icke?...ja, icke bin berliner” (¿Yo? Sí, soy berlinés...). “Esto me parece un absurdo absoluto...¿para qué queremos los berlineses una línea que no nos lleva a ninguna parte. Desde luego, está claro que está pensada para los turistas. ¿Qué que hago aquí entonces? Pues ver lo que los políticos hacen con mis impuestos...”.

Llega el primer tren: vagones lacados con el típico amarillo del metro de Berlín, flamantemente nuevos, pero con una tela muy parecida a la con la que (con tan mal gusto) están tapizados los sillones de los vagones del resto de líneas. El metro en dirección Branderburger Tor sale puntualísimo, a penas un minuto y medio después llegamos a la parada del Bundestag. Ya hemos recorrido medio camino. Nos bajamos y admirados la enorme (y cara) obra de ingeniería. Columnas frías y grises, culminadas con claraboyas, nos reciben. Allí nos encontramos a Gunther, un berlinés jubilado de la periferia que pasea por la estación con los brazos cruzados tras la espalda: “Desde luego, no necesitamos esta línea para nada, pero tampoco encuentro mal que la hayan construido. El turismo la necesitará y eso es una fuente de ingresos para la ciudad”. Gunther habla de la imposición del Gobierno federal de continuar la construcción: el alcalde de Berlín, el socialdemócrata Klaus Wowereit, anunció su intención de cancelar las obras de la U55 a mitad de la construcción. El Gobierno federal le comunicó que si así lo decidía, el Senado de Berlín tendría que devolver los 128 millones de euros ya invertidos. La maniobra se hubiera convertido en una pérdida absoluta de tiempo y dinero para las ya malogradas arcas de la ciudad.

El último tramo de la línea nos lleva a la última estación, la de la Puerta de Brandeburgo. En apenas dos minutos llegamos a nuestro destino. Ha sido bautizada por algunos como la estación de la (re)unificación alemana: sus bocas dan al punto más simbólico del muro que dividió la ciudad durante casi 30 años. Las paredes de la estación están plagadas de fotos y referencias a momentos históricos que se vivieron en el escenario que simbolizó a la perfección la tensa paz provocada por la Guerra Fría. “Este tipo de obras son necesarias en nuestro un país, donde siempre estamos discutiendo si debemos remover el pasado. Crean puestos de trabajo y nos permiten mirar al futuro, liberarnos de los sentimientos de culpa que sigue arrastrando el pueblo alemán”. Habla Gerhard, un actor jubilado de 80 años residente en Berlín. Gerhard, que vivió en persona la caída del muro, reconoce que por el momento la línea no será de gran utilidad para los berlineses. “Lo será cuando se prolongue hasta Alexander Platz”. Oficialmente, algo previsto para 2017: con todo, muchos dudan de la viabilidad de la obra. Mientras tanto, la nueva (y polémica) línea de metro berlinesa seguirá aislada como un islote entre una amplia y eficaz red de transporte público, y un larga ristra de reliquias de la Guerra Fría.

sábado, 28 de febrero de 2009

¿Arte en el metro?

Son muchos los detalles que caracterizan al metro de Berlín: la ausencia de barreras a la hora de entrar en sus andenes, sus líneas elevadas, el color amarillo de los vagones, la tela de colores kitsch con la que nunca tapizarías los sillones de tu casa o los revisores de paisano que piden de improviso los billetes a los viajeros, esto último ligado directamente a la ausencia de barreras físicas en las entradas de las estaciones.

Las intervenciones artísticas, de más o menos calidad, en las paredes y cristales de los vagones también pueden ser consideradas como una de las características destacables del transporte público subterráneo de una ciudad que ha sido proclamada una y mil veces durante la última década capital europea del arte. No son pocos los trenes que aparecen de entre la oscuridad de los túneles con sus paredes marcadas con pretenciosos grafitis. Techos, escaleras, pasamanos, cristales: cada rincón de los pasillos y estaciones que configuran la realidad subterránea de la capital alemana parece un buen lugar para colocar una pegatina o impresión, para clavar con sprays una firma más. Puro arte urbano en búsqueda de provocación y transgresión.

Pero este concepto de arte urbano underground, de expresión artística en el subsuelo, no sólo procede de iniciativas individuales paralelas a la legalidad. En realidad, ese concepto tiene en Berlín unas raíces bien alargadas cuya semilla se remonta a 1958. En ese año la Asociación de Artistas de la República Democrática Alemana, la Alemania socialista del Este, pidió a los grafistas de la RDA que diseñaran cárteles por la paz. Las obras fueron expuestas bajo el nombre de “La paz del mundo” en las paredes de la estación de la línea U2 de Alexander Platz, libres por aquella época de propaganda capitalista inductora al consumismo. Ese espacio fue así cubierto por la propaganda socialista de la época, tan amante de la paz. El año siguiente se celebró la misma exposición, esta vez precedida de un concurso en el que participaron artistas de todo el mundo. No fue hasta inicios de la década de los 80 que se retomó la iniciativa de volver a convertir la céntrica estación en un espacio dedicado al arte. Cuando el proyecto parecía comenzar a consolidarse y ganaba apoyos económicos e institucionales, cayó el muro de Berlín y la RDA se derrumbó como un castillo de naipes. El viento de capitalismo se impuso con todas sus fuerzas.

Contra todo pronóstico, la estación de la línea U2 de Alexander Platz pudo mantener sus paredes libres de publicidad para seguir acogiendo exposiciones anuales. Ya en 1991 se constituyó un grupo de trabajo con el representativo nombre de “Kunst statt Werbung” (“Arte en lugar de publicidad”). En 1992, la asociación berlinesa Neue Gesellschaft für Bildende Kunst (NGBK) se hizo cargo del proyecto y del concurso abierto a artistas de todo el mundo, que siguió celebrándose cada año. Una prueba más de que Berlín no es una capital al uso: ¿qué barcelonés o madrileño concibe que las paredes de una de las estaciones centrales del metro de sus ciudades pueda acoger exposiciones permanentes en lugar de las habituales anuncios publicitarios? Quizá porque el espacio es una de las grandes riquezas de la capital alemana, en Berlín es posible que esos lugares, tan codiciados por las empresas, queden liberados de publicidad.

O al menos lo fue hasta 2007: casi 50 años después de que se hubiera plantado la semilla del arte subterráneo en Alexanderplatz, la propiedad de los espacios publicitarios de la estación cayó en manos de la empresa de publicidad exterior Wall AG, que se negó a que el proyecto, rebautizado como U2 Alexanderplatz, siguiera teniendo lugar en la céntrica estación de metro. Fue el fin de algo único.

“Cuando en febrero de 2008 perdimos definitivamente el control de la estación de U2 en Alexanderplatz, teníamos claro que queríamos seguir brindando la oportunidad a artistas de diferente procedencia de crear espacios de expresión en el metro de Berlín. Nosotros, además, habíamos llegado muy lejos para claudicar: habíamos rebasado la línea de la simple expresión gráfica en los espacios publicitarios, y a partir de 2005 pasamos a utilizar toda la estación para organizar performances e intervenciones”, explica Benita Piedchachzek, jefa de comunicación de NGBK.

De esa insistencia nació el proyecto sucesor de U2 Alexanderplatz: Glück gehabt: Kunst im Untergrund (Tuvimos suerte: arte en el subsuelo). “Era la primera vez que una exposición nacida de ese concepto de arte subterráneo tenía lugar fuera de Alexanderplatz. Esta vez son tres las estaciones que acogen la obras de 43 artistas o colectivos.” Benita se refiere a tres paradas de la línea U8: Weinmesiterstrasse, Bernauerstrasse y Voltarstrasse. Cualquier pasajero un poco observador pronto se percata de que en ese tramo de la línea azul que cruza Berlín de norte a sur no hay ni un solo anuncio. Fotografías, obras de diferente expresión gráfica, más o menos provocadoras e impactantes, ocupan los espacios reservados generalmente a la publicidad en ambas direcciones de la línea. Todo un choque para los ojos del pasajero acostumbrado a la propaganda capitalista.

Las obras de esos 43 artistas permancerán expuestas hasta mediados del próximo julio allí donde ya llevan desde el pasado 1 de noviembre. Todo ello con el apoyo económico e institucional del Senado de Berlín y la empresa de transporte público BVG. “Estamos al corriente de que en otras ciudades de Europa y el mundo hay proyectos similares de arte en el subsuelo, pero ninguno financiado por los correspondientes ayuntamientos y poderes institucionales. En ese sentido, este proyecto es sin duda excepcional”, afirma con orgullo Benita Piedchachzek. A la espera de recibir la aprobación del próximo proyecto en el metro de Berlín, la NGBK sigue con el diseño de la posible futura exposición y recopilando materiales de artistas dispuestos a exponer en las entrañas de la ciudad. El objetivo es claro: ganar espacios para el arte allí donde sea posible.