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lunes, 21 de noviembre de 2022

Esta es la casa del Union Berlín


El estadio del 1. FC Union Berlín está en medio de un bosque a orillas del río Spree. Para llegar a pie a la Alte Försterei hay que atravesar un camino de tierra entre árboles. Por el peregrinan en asombrosa armonía ultras bebidos, padres con sus hijos y familias al completo. 

La mayoría recorre a pie el kilómetro largo que separa la estación de tren de Köpenick del estadio: el trayecto es un viaje a través del universo unionista. Grupos de hinchas calientan motores a las puertas de los bares, aficionados venden el libreto del club, músicos callejeros le cantan a la larga memoria del Union mientras la reventa de entradas da sus últimos coletazos. 

Försterei significa en alemán algo así como casa en la que viven los guardas forestales. La sede del Union estaba situada originalmente en una casa forestal que todavía hoy sigue en pie, frente al estadio. Probablemente no haya mejor detalle para entender la importancia de las raíces para la identidad de este club. “Esto es más que fútbol. Es una comunidad, el lugar donde te encuentras con amigos, familiares y compañeros de trabajo”, explica Uwe mientras apura su cerveza. 

Equipo de barrio 

El Union es un equipo de barrio y Köpenick, el distrito que lo ha visto crecer. Situado en la periferia oriental de la capital alemana, es el bastión de un club acostumbrado a sobrevivir en las orillas del mundo del fútbol. Esto fue así durante el sistema socialista de la desaparecida República Democrática Alemana – en la que el Union no fue precisamente el equipo preferido del régimen – y lo siguió siendo tras la caída del Muro de Berlín. Que hasta hace poco fuera líder de la Bundesliga es una anomalía, un milagro en un deporte cuya élite vive entregada al dictado del dinero. 


El periodista que escribe estas líneas publicó el pasado octubre un reportaje sobre esa anomalía futbolística. Tras enviar el texto al departamento de prensa del club, llegó la respuesta: “Hola Andreu. Gracias por el reportaje. Te invitamos a ver un partido en nuestro estadio”. La invitación no es cualquier cosa: conseguir una entrada para ver en directo al Union en la Alte Försterei es casi misión imposible. Desde su ascenso a la Bundesliga en 2019 – el primero en su historia –, el estadio, con capacidad para 22.000 espectadores, está siempre lleno hasta la bandera. Esta es la crónica de la visita a la casa de un club sin igual. 

Salchichas, tabaco y cerveza 

En la Alte Försterei se anima y se sufre sin concesiones, se tutea y se habla, sobre todo, con dialecto berlinés. Venir aquí es como pasar la tarde de un domingo en el salón de tus abuelos. Esta hinchada llama, de hecho, a su estadio la “sala de estar” del Union. “Esta familia era pequeña y ha ido creciendo poco a poco, como en la vida misma. Esta familia pasó tiempos de mierda, las cosas no fueron tan bien como nos van hoy”, dice Joachim en el descanso del partido entre el Union y Borussia Mönchengladbach que se disputa esta tarde de domingo. 

La Alte Försterei huele a salchichas, tabaco y cerveza, que corre entre los aficionados antes, durante y después de cada partido. Aquí continúa habiendo un marcador con tablillas que se cambian a mano y la mayoría sigue el juego de pie, como en los estadios de los 80: sólo la tribuna principal, donde se ubican directiva y prensa, cuenta con asientos numerados. Ya sea de pie o sentada, algo une a la afición: aquí se grita los 90 minutos del partido más el descuento. “¡Eisern Union, Eisern Union, Eisern Union!”, vocifera la hinchada cada cinco minutos. 

“Eisern” significa “de hierro”. Nadie sabe muy bien cuál es el origen del adjetivo, pero recuerda el carácter obrero del club. En el siglo XIX, la zona de Köpenick era una de las regiones más industrializadas de Europa. La base social del Union ha sido históricamente trabajadora y orgullosa de ello. El tuteo entre aficionados y el acento berlinés forman parte de esa identidad. 

Juego sin florituras 

La hinchada del Union no necesita una jugada de 30 pases para aplaudir. Una recuperación tras un balón dividido, un saque de esquina a favor o un disparo a las nubes bastan para arrancar una ovación. Los unionistas saben cuáles son las limitaciones futbolísticas de su equipo y no se avergüenzan de ello. La entrega física de sus futbolistas hace posible que ese juego sin florituras sea efectivo. Van quintos de la Bundesliga y disputan competiciones europeas. 

El público grita “Fußballgott” (“dios del fútbol”) cada vez que hay un cambio local. Pero aquí los dioses son de carne y hueso, y están obrando un milagro con un club que estuvo al borde de la desaparición hace dos décadas por problemas financieros. Si el Union sigue existiendo es porque así lo quiso su masa social, que llegó a donar sangre para conseguir fondos para el club y a trabajar en la reforma de su estadio sin cobrar un euro. 

“Cuando gritamos que el Union Berlín será el próximo campeón alemán, por supuesto lo gritamos con ironía”, aclara Georg con la voz rota tras otro partido épico. El Union ha ganado esta noche al Gladbach por 2 a 1 con un gol de cabeza en el último minuto del descuento. Vasos llenos de cerveza han volado por encima de la tribuna de prensa. El milagro continúa en Köpenick. 

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miércoles, 28 de julio de 2021

Entrevista a Frauke Petry, expresidenta de AfD

Frauke Petry (Dresde, 1975) responde rápido y sin demasiados rodeos las preguntas sobre su reciente libro. En Réquiem por AfD, augura el fin del partido de ultraderecha más exitoso de la historia de la República Federal en cuya fundación participó en 2013 y que ella misma presidió entre 2015 y 2017. Petry es, por tanto, una conocedora de primera hora y de primera mano de los entresijos de Alternativa para Alemania (AfD), que actualmente atraviesa horas bajas a pocos meses de las elecciones alemanas. 

Esta doctora en química germano-oriental llegó a pedir en 2016 que se abriese fuego en las fronteras para evitar la entrada de refugiados. Ahora dispara a quemarropa contra su antiguo partido, que abandonó en plena rueda de prensa un día después de conseguir el acta de parlamentaria en los comicios de 2017. Consciente de que su carrera política tiene los días contados, Petry sirve ahora a sus excompañeros la venganza como plato frío. 


Usted abandonó AfD hace casi cuatro años. ¿Por qué ha esperado tanto para publicar Réquiem por AfD? ¿Acaso tenía esperanzas en recuperar su expartido? 

No, yo ya había perdido la esperanza en el congreso de Colonia de abril de 2017 cuando el partido se decidió por hacer oposición fundamental en lugar de una política constructiva. También me ha llevado un tiempo investigar para escribirlo. Y, obviamente, se han producido una serie de procesos a lo largo de los últimos cuatro años en Alemania que han contribuido a confirmar la necesidad de su publicación. 

En aquel congreso, presenté una moción con la que quería comprobar el apoyo que tenía para hacer política de manera constructiva. Para mi era importante descubrir por mi misma cómo iban a reaccionar los delegados. Y la moción ni siquiera fue aceptada. Ese fue el momento que para mi dictó la sentencia sobre AfD. AfD fue fundado como un partido “liberal, conservador y nacional”. 

¿Qué queda hoy de aquello? 

En AfD quedan pocos miembros o funcionarios de valores conservadores y liberales. Sus filas y su programa están dominados actualmente por el ala de Björn Höcke [líder del partido en Turingia], que apuesta por una línea muy nacionalista y aislacionista – es decir, por salir de la Unión Europea – y por una política migratoria de corte étnico. Es decir, si durante mi presidencia AfD apostó por un modelo de política migratoria como el de Canadá, hoy lo hace por el modelo japonés basado en la etnia. Y creen que lo que funciona para Japón puede funcionar para Alemania en el centro de Europa. El partido se ha alejado de políticas económicas liberales para desarrollar una orientación nacional y socialista. 

¿Está usted diciendo que AfD se ha convertido en nacionalsocialista, en un partido neonazi? 

Eso depende de la interpretación que se haga. Los nazis también eran socialistas. Eso es algo sobre lo que no se debate más, sino que el foco se centra en la dimensión nacionalista o en otros horrorosos aspectos del nazismo, como el favorecimiento de unas etnias y el desprecio de otras. Y puede que esto último todavía no sea tan marcado en AfD como lo fue durante los tiempos de Hitler, pero la tendencia de colocar la etnia por encima del rendimiento o el mérito de la gente es evidente. 

En cuanto a la política económica, el partido se ha apartado de posiciones liberales. Todavía hay integrantes de esa corriente dentro de AfD, pero la mayoría de los militantes se orientan hacia posiciones antieuropeas y aislacionistas, en las que la etnia juega el papel más importante. El partido lanza claras señales. Tal vez la mayoría de sus votantes todavía no se percaten, pero si leen el libro escrito por Björn Höcke, entonces se darán cuenta de hacia dónde se dirige el partido. 

¿Es Höcke un fascista? 

Yo siempre he dicho que es un perfecto nacionalsocialista. No respeta la libertad del individuo ni cree que las regiones puedan ser soberanas o autónomas dentro del los estados-nación. Defiende la idea de los pueblos en Europa y niega las fronteras actualmente existentes. Todo eso por no hablar de su giro hacia ritos germánicos y su alejamiento del cristianismo y, por ende, del judaísmo. 

Usted acusa a la actual dirección de AfD de aceptar donaciones ilegales. ¿Tiene pruebas? ¿Estaría dispuesta a declarar en un juicio? 

No se trata sólo de financiación ilegal, sino de algo mucho peor: de corrupción política. Ya hay muchos indicios – y no sólo en mi libro, sino también en otras investigaciones de periodistas con los que yo no he hablado – de que financiadores externos influyeron en representantes del partido, entre ellos Jörg Meuthen y Alice Weider [co-presidente y co-candidata a canciller de AfD, respectivamente], y también de que importantes partes de su fracción parlamentaria en el Bundestag se dejaron corromper. 

Yo personalmente tengo pruebas de que Meuthen desvió dinero de manera ilegal. Ello es importante porque la cuestión es saber si eran casos aislados o de si la misma dirección estaba involucrada. Las pruebas electrónicas, es decir, la correspondencia de correos electrónicos que yo he publicado en Twitter y que enviado al presidente del Bundestag, lo demostrarán. Y por supuesto que estoy dispuesta a declarar en un juicio. En este momento hay abierto un sumario sobre Meuthen. Y sé que hay otros antiguos militantes de AfD que también tienen pruebas.

 


Se ha especulado mucho sobre las influencias extranjeras en AfD, como, por ejemplo, de actores situados en Rusia y Suiza. ¿Qué vio usted durante su presidencia del partido? 

Yo nunca he hablado de influencias extranjeras. Efectivamente, se trata de dinero procedente de Suiza, pero las donaciones de las que yo hablo y que ya han sido investigadas proceden de un multimillonario alemán. Por tanto, no denuncio influencias extranjeras, sino que donantes externos que no pertenecen al partido, independientemente de donde vengan, influyeron en AfD. Usted se refiere a Rusia. Es verdad que ha habido acusaciones, pero yo, personalmente, no conozco esas influencias. Pero ello no significa que no existieran. 

¿Qué le dicen los contactos que usted sigue teniendo dentro de AfD sobre la situación interna de la formación? 

El ambiente en el partido es malo porque saben que AfD está acabado. Pero cuando un partido consigue entrar en los parlamentos, accede a tantos recursos que eso le permite seguir existiendo. Es decir, AfD sobrevivirá al menos una legislatura más. Pero creo poco probable que siga teniendo representación en el Bundestag a partir de 2025. 

El asunto de las donaciones ilegales tendrá su efecto y, por lo que sé por fuentes internas, más representantes abandonarán AfD tras las elecciones del próximo septiembre. Está por ver si eso generará una escisión o sencillamente un desmoronamiento. Sin embargo, AfD sigue obteniendo excelentes resultados en el este del país.

¿Cree que podría convertirse en una especie de poder regional en los territorios de la antigua RDA?

Sí, es posible. Creo que AfD podría caer primero por debajo de la barrera electoral del 5% en el Oeste del país y que aguante algunos años más en el Este. La frustración aquí respecto al resto de partidos es mucho mayor que en el Oeste. Pero eso no debería llevar a engaño: cuando la ciudadanía germano-oriental se percate de que AfD no puede alcanzar sus propios objetivos, eso cambiará. 

Mucha gente vota a AfD en el Este de Alemania como una forma de castigo, como una bofetada al resto de partidos. Es decir, cuantos mejores resultados obtiene, más contentos están sus votantes porque sienten que por lo menos pueden expresar su frustración. Pero cuando AfD ya no pueda cumplir con esa función porque sus resultados se estanquen o decaigan, entonces ese “efecto bofetada” dejará de existir.


Entrevista publicada en El Periódico de Catalunya.

martes, 11 de junio de 2019

Entrevista con Lech Walesa

Con 75 años se sigue presentando como un “revolucionario” ante el grupo de periodistas extranjeros que lo entrevista en el centro de documentación de Solidaridad, en Gdansk. Lech Walesa lo ha sido casi todo en Polonia: líder del sindicato que tumbó el régimen comunista y que abrió una grieta en la Unión Soviética, presidente del país y premio Nobel de la Paz. Cuando se cumplen treinta años de las primeras elecciones semilibres de la Polonia socialista, consideradas el preámbulo de la caída del Muro de Berlín, el derrumbe del bloque oriental y el fin de la Guerra Fría, Walesa observa con preocupación la actual deriva ultranacionalista y autoritaria de su país y el resto de Europa. Por eso, ahora a menudo lleva una camiseta con la palabra "Constitución".

¿Cree que la libertad está en peligro actualmente en su país? 

Lech Walesa, en un momento de la entrevista.
 © Andreu Jerez
Primero tendríamos que volver a una definición lógica de libertad y democracia. En muchos países del mundo los dirigentes dicen que tienen democracia, pero cuando los observo, no la veo. En Polonia menos del 50% de la población usa la democracia, y en los partidos políticos sólo milita alrededor de un 5% de la ciudadanía. En nuestra época conseguimos reunificar Alemania y acabar con las fronteras entre países europeos, y ahora nos encontramos con una pared: ya no podemos conseguir mayores éxitos Aquella época se ha acabado y ahora nos encontramos frente a otra, la de internet, la información y las nuevas tecnologías, que no acaba de empezar del todo. Los pueblos quieren cambios, así que eligen políticos que prometen cambios, como por ejemplo Donald Trump en Estados Unidos, un presidente sin partido en Francia como Emmanuel Macron y Jaroslaw Kaczynski en Polonia. Los tres hacen una buena diagnosis de la situación actual, pero sus soluciones no son las correctas. 

Habla de una nueva era. ¿Cree que las instituciones internacionales están preparadas? 

La OTAN, por ejemplo, se fundó para hacer frente al Pacto de Varsovia, que ya no existe. Y la OTAN sigue ahí, cómodamente. Lo mismo pasa con las Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad, organizaciones creadas en un mundo bipolar y de confrontación de bloques, y que ya no encajan en el mundo actual. La Unión Europea tiene el mismo problema: es un proyecto necesario, pero necesita una reforma. Alemania, Francia e Italia deberían preparar una propuesta. Y si no funciona, entonces dejemos que Polonia y Hungría destrocen la UE para refundarla cinco minutos después de haberla destruido. 

¿El avance de las fuerzas ultranacionalistas y euroescépticas es consecuencia de los errores cometidos por el establishment

Los viejos demonios, como el nacionalismo y el populismo, se despiertan porque los actuales políticos no tienen respuestas a nuestros problemas. La filosofía de nuestro sindicato Solidaridad era muy sencilla: si no puedes levantar a solas un peso, entonces tienes que pedir a la gente de tu alrededor que te ayude. Y en nuestra época el peso era enorme: el comunismo y la Unión Soviética. Por lo tanto, tuvimos que organizar el país entero, y también pedir ayuda al resto de Europa, Estados Unidos y Canadá. Y solo entonces conseguimos nuestro objetivo. Ahora parece que hemos dejado el terreno libre a los populistas y los demagogos que engañan a la gente. Necesitamos abrir los micrófonos, que la ciudadanía participe en el debate y diga la suya. Es bueno que haya figuras como Trump y Kaczynski, porque nos obligan a buscar soluciones. 

Como antiguo líder sindical que defiende el modelo de libre mercado, ¿cree que las crecientes desigualdades económicas son otro de los factores que ponen hoy en peligro la democracia? 

Yo mismo tomé la decisión de no moverme en el trabajo por miedo a ser despedido. Al fin y al cabo, se necesita disponer de un poco de dinero para no tener miedo al futuro. Por esto a la gente pobre le cuesta más luchar. Si la situación material de la gente es mala, de poco sirve animar a la ciudadanía para que luche por la democracia. 

Usted es uno del grandes críticos del actual gobierno ultranacionalista de Polonia en manos del PiS, el partido fundado por los hermanos Kaczynski, antiguos colaboradores suyos. ¿Se siente herido por el hecho de que Solidaridad sea hoy un sindicato próximo al oficialismo? 

No me siento herido. Ya antes de la caída de la Unión Soviética me acusaban de traidor. Nuestro sindicato tenía diez millones de afiliados hace treinta años, y la actual Solidaridad tiene medio millón. A pesar de ser un sindicato partidista y gubernamental, osan decir que ellos son el auténtico Solidaridad y que nosotros no lo éramos. Todavía podríamos conseguir grandes cosas si levantáramos las viejas banderas del sindicato. El actual gobierno de Polonia elimina cualquier cosa que dificulte o moleste el poder ejecutivo. Si es el Tribunal Constitucional u otros tribunales, pues los eliminan. Al principio, los Kaczynski tenían buenas intenciones. Pero esta forma de gobierno te acaba arrastrando hacia una dictadura. Así surgen las dictaduras. Afortunadamente, hoy vivimos una época en la que los dictadores no pueden llegar tan lejos como antes. Por otra parte, en la actual Hungría podemos ver hasta dónde puede llegar un dictador. 

¿Cómo reaccionan sus nietos cuando les explica qué pasó en el año 1989? 

Desgraciadamente no me quieren escuchar. Prefieren jugar con la consola o el ordenador. Soy de la vieja generación y pienso de manera diferente a las nuevas generaciones. Pero está bien así: ellos se deben ocupar del presente y mirar al futuro.

Entrevista publicada por el Diari Ara.

jueves, 22 de noviembre de 2018

“Mi cara polariza”: Merkel, en Chemnitz después de los disturbios ultras

“Reflexioné durante mucho tiempo sobre cuándo sería el mejor momento para venir a Chemnitz, porque, por una parte, sé que mi cara polariza y, por otra, quería visitar la ciudad sin que hubiera un ambiente crispado”. Estas fueron las primeras palabras que Angela Merkel pronunció este viernes frente a un auditorio compuesto por ciudadanos de la ciudad germanooriental elegidos por la dirección del diario local Freie Presse

Casi tres meses después de las protestas de corte ultraderechista a raíz del asesinato del ciudadano cubano-alemán Daniel H., presuntamente a manos de peticionarios de asilo, la canciller visitó finalmente la ciudad sajona. Reaccionaba así a las críticas de la alcaldesa de Chemnitz, la socialdemócrata Barbara Ludwig, quien dijo que la visita de la canciller debería haber llegado antes. Merkel quiso hacerse una idea de la situación de la localidad, considerada uno de los bastiones del ultraderechismo y del movimiento anti-Merkel, y hacer visible que Chemnitz es mucho más que las imágenes de disturbios ultras y pogromos xenófobos que dieron la vuelta al mundo a finales del pasado agosto. 

Con un cuidado y controlado programa, la canciller visitó a un equipo de baloncesto local y participó en un diálogo ciudadano organizado por Freie Presse al que sólo unos pocos representantes de la prensa pudieron acceder. Merkel evitó pisar las calles en las hace sólo unos meses grupos de ultraderechistas y neonazis gritaron eslóganes xenófobos, agredieron a extranjeros y mostraron músculo ultranacionalista. La todavía presidenta de la CDU, que se encuentra en el momento de mayor debilidad de toda su carrera política, se cuidó de dejar imágenes incómodas y de tensión con ciudadanos contrarios a su política migratoria y a su forma de gobernar.  

Choque de civilizaciones 

“¡Prensa mentirosa”, “¡Merkel debe irse!”, “¡Nosotros somos el pueblo, nosotros somos el cambio!”, “¡Este es nuestro país!”. Mientras Merkel dialogaba con ciudadanos en el interior del acto, la plataforma ciudadana derechista Pro Chemnitz recibía a la canciller con los eslóganes que han protagonizado las marchas del movimiento islamófobo Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente) y del partido ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD) durante los últimos cuatro años. Alrededor de dos mil personas mostraron nuevamente en Chemnitz que ya sólo esperan una cosa de Merkel: su dimisión. 

Pro Chemnitz, que cuenta con una fracción propia de cuatro concejales en el ayuntamiento de la ciudad, lleva organizando semanalmente este tipo de marchas desde la ola de violencia desatada el pasado agosto. “Le decimos adiós. Tour de despedida de Angela Merkel” era el irónico lema de la concentración convocada este viernes por el movimiento ciudadano autoproclamado “conservador” y “patriota”, y que niega rotundamente ser ultraderechista. La plataforma ya celebra que Merkel haya anunciado que esta será su última legislatura en el poder, pero sigue exigiendo el fin de su política migratoria mientras siga en la cancillería. 

“No estamos en contra de la inmigración, sino en contra de una inmigración descontrolada y, sobre todo, en contra de la inmigración de hombres musulmanes menores de 40 años que no huyen de nada, sino que simplemente pretenden una vida mejor”, dice a Jahn Zoschke, jefe de prensa de Pro Chemnitz. Con un discurso muy bien argumentado, pausado y reflexionado, Zoschke lanza un mensaje meridianamente claro: el problema no son los extranjeros, sino el Islam. “Se trata de un lucha de culturas”, de un choque de civilizaciones, una teoría trazada por el politólogo estadounidense Samuel Huntington hace más de dos décadas y que ahora cosecha un considerable número de seguidores en las llamadas Nuevas Derechas alemanas

La marcha anti-Merkel de este viernes confirma que buena parte de los simpatizantes de plataformas ciudadanas como Pro Chemnitz o de los votantes del principal partido ultraderechista alemán, AfD (actualmente tercera fuerza del Bundestag), no son ni mucho menos militantes del neonazismo violento. Grupos de jóvenes, jubilados y familias enteras participaron en la marcha para gritar con todas sus fuerzas que ya no quieren más a Merkel. Que los participantes en la marcha no sean militantes de grupos neonazis o violentos no significa, sin embargo, que no defiendan posiciones abiertamente radicales o xenófobas. Basta con hablar con ellos para encontrar algunos ejemplos.

Thomas y Nico son una pareja de unos 40 años que ha recorrido unos 400 kilómetros desde Renania para mostrar su rechazo a Merkel. No están en Chemnitz sólo por su política migratoria, sino también por su política económica y por su “inacción” en la crisis financiera. “Tenemos la sensación de que Merkel hace tiempo que dejó de escuchar”, dice Thomas. “Aquí no hay ultraderechistas, aquí sólo hay patriotas”, añade. Merkel representa al establishment y ellos están cansados de que manden siempre los mismos. 

Rainer y Wienfried son dos jubilados residentes en Chemnitz. Ambos acceden a hablar con este periodista porque no trabaja para ningún medio alemán. La prensa, especialmente la nacional, sigue siendo uno de los principales enemigos de las Nuevas Derechas alemanas. Rainer enumera las tres razones que lo han traído hoy hasta aquí: la inmigración, la política energética y las sucesivas políticas del rescate dentro de la zona Euro impulsadas por el gobierno de Merkel. Los tres temas forman parte de la agenda fundamental de AfD. Para Rainer, todos los problemas actuales de Alemania proceden de “la ideología izquierdista” y del “neomarxismo”, cuyas raíces llegan hasta las revueltas de 1968 y siguen teniendo amplias cuotas de poder en el país. 

“El Islam no pertenece a Alemania. La inmigración procedente de Afganistán, un país que todavía vive en la Edad Media, nunca podrá integrarse”, asegura a este diario una manifestante de unos 60 años. Su marido añade: “Y luego vendrán los negros, que son muchísimo peores”. La pareja, elegantemente vestida, evita dar sus nombres de pila, ni siquiera quieren revelar dónde viven. Prefieren que sus argumentaciones, que rebasan ampliamente los márgenes de lo políticamente correcto en Alemania, queden en el anonimato. 

“¿Cuándo piensa usted dimitir?” 

Mientras afuera el ambiente se calentaba pese a las bajas temperaturas, dentro Merkel seguía respondiendo a las incómodas preguntas de los ciudadanos elegidos por el diario local. Muchas de las cuestiones iban dirigidas contra la política migratoria de su gobierno, que abrió la puerta del país a alrededor de un millón de refugiados sólo en 2015. Merkel reconoció errores y descontrol en la gestión de la llegada de peticionarios de asilo, pero volvió a rechazar la posición de los que fuera exigían su dimisión: “Yo siempre estoy preparada para hablar con quiera conversar conmigo. Lo triste es que hoy haya manifestaciones que no buscan el diálogo, sino hacer callar a otros”. 

Gabi Engelhardt y Bernhard Herrmann conocen de primera mano la intolerancia de una parte de los “ciudadanos preocupados” que protestan cada semana contra Merkel y su política de asilo. Gabi forma parte de la plataforma Aufstehen Gegen Rassismus (Levantarse Contra el Racismo) y Bernhard es concejal en el Ayuntamiento de Chemnitz por el partido ecoliberal de Los Verdes. Ambos son parte de la Alemania que se niega a aceptar que el Islam no pertenece a Europa y que los refugiados e inmigrantes musulmanes nunca podrán integrarse plenamente en el país. 

“Después de las manifestaciones de Pro Chemnitz ha habido agresiones y hemos visto saludos hitlerianos en sus marchas. Recientemente, hubo un ataque contra un restaurante turco. Todo eso tiene relación con la atmósfera racista propagada por la plataforma”, dice Gabi Engelhardt en una concentración contra el racismo organizada frente al enorme busto de Karl Marx que todavía se conserva en el centro de la ciudad tres décadas después de la caída de la autoritaria República Democrática Alemana. La activista reconoce que Chemnitz sigue siendo una ciudad dividida. Una división que incluso se proyecta dentro de las familias y los grupos de amigos. 

“A Chemnitz le va bien económicamente, hay poco desempleo. Sin embargo, hay una creciente brecha entre los barrios a los que les va bien y aquellos en los que se concentran los desempleados de larga duración”, explica el concejal verde Herrmann. “Además, en un lapso de dos años, Chemnitz ha pasado de ser un ciudad grande, pero provinciana, a una ciudad europea de corte internacional. Ese proceso de internacionalización ha sido especialmente rápido y tiene una relación directa con la llegada de refugiados”. 

La polarización de Chemnitz no deja de ser, en definitiva, una proyección de la Alemania de la que Angela Merkel ya ha comenzado a despedirse políticamente: tras 13 años en el poder, la canciller democristiana, un día considerada la mujer más poderosa del mundo, ya no es capaz de alcanzar amplías mayorías electorales que le permitan gobernar sin dificultades. Merkel genera rechazo y enfado entre importantes sectores de la población alemana. El fenómeno AfD y la consecuente inestabilidad política, que hasta hace bien poco era desconocida por el país más rico y poblado de la UE, son un reflejo de todo ello.


“Una última pregunta, señora Merkel, ¿cuándo piensa usted dimitir?”, interpeló a la canciller un participante del diálogo ciudadano. Fue la intervención más incómoda. El espíritu de la concentración ultra que gritaba eslóganes contra Merkel a las puertas del edificio se coló en la sala para sorpresa de los presentes. Mientras tanto, los “ciudadanos preocupados” no se cansaban de gritar en la fría noche de Chemnitz: “¡Vete ya!¡Vete ya!¡Vete ya!”.

Crónica publicada por El Confidencial.

viernes, 22 de enero de 2010

"Die Mütter von Kollwitzplaz"

Dos viejos ossis en la Kollwitzplatz en el distrito oriental de Prenzlauerberg. Se miran y uno le dice a otro con esa pasiva indiferencia tan berlinesa: "Y hoy aquí hay exactamente tantos carritos de niño como antes gente de la Stasi". Carcajada inevitable, con cierto poso de amargura, y eso que no soy ni berlinés ni alemán, y ni siquiera viví en el Berlín oriental de antes de la caída del muro.

La situación sale de una genial viñeta que se publica cada fin de semana en un diario berlinés de pasado oriental: "Die Mütter von Kollwitzplaz". No sé si la ilustración nace de la observación de una conversación real. Parece improbable, pero no imposible. Sea como sea, define mejor que ningún artículo de opinión o largo ensayo la realidad actual del gentrificado Prenzlauerberg, y vaticina su aparentemente inevitable destino.

lunes, 9 de noviembre de 2009

El muro económico (y psicológico) sigue en pie

Hoy se cumplen 20 años de la caída del muro de Berlín. Una fecha redonda en la historia de la reunificación alemana que ha sido utilizada para ejemplificar la posibilidad de reconciliación de pueblos divididos. Sin embargo, no todos son luces en esa historia; también hay sombras, sobre todo en el campo económico. Es cierto que el muro físico de Berlín y la frontera interior alemana desaparecieron hace 20 años. Sin embargo, la división psicológica y, sobre todo, la económica siguen marcando una clara línea entre la Alemania oriental y la occidental.

Esa división quedó patente en los resultados de las últimas elecciones generales celebradas el pasado 27 de septiembre. Unos comicios que ganó la coalición conservadora de la CDU-CSU. También en el Este de Alemania, con el 29,5% de los sufragios, pero seguida muy cerca por el partido de La Izquierda, que consiguió el 26,4%.

La Izquierda, partido fundado en 2007, aglutina a socialdemócratas desencantados procedentes del SPD y a miembros del poscomunista PDS, heredero del SED (partido gobernante en la dictadura socialista de la desaparecida República Democrática Alemana). Es incluso sabido que algunos de los miembros de la dirección de la joven formación fueron colaboradores informales de la Stasi, la temida policía política de la RDA. Sin embargo, no parece que eso moleste a aquéllos de sus votantes que sufrieron la falta de libertades bajo el régimen del SED. Y es que no todo ha sido tan bonito como lo pintó el canciller Helmut Kohl antes de consumarse la reunificación, consideran actualmente muchos alemanes orientales que han vivido en ambos sistemas.

Una mirada a los datos comparativos entre ambas Alemanias deja patente que ni las perspectivas más optimistas ni las más pesimistas sobre la realidad económica oriental son acertadas. El cuadro es más complejo que esas miradas reduccionistas, deja claro que muchas dimensiones socioeconómicas de la Alemania oriental han mejorado con respecto a 1989, pero también que sus ciudadanos no han visto cumplidas muchas de las expectativas con las que abrazaron la reunificación.

Así lo demuestra el informe Alemania del Este: mucho conseguido, mucho por hacer recientemente publicado por el IFO (Instituto de Investigación Económica). En él, el economista Joachim Ragnitz compara los principales indicadores económicos de ambas Alemanias. Ragnitz subraya dos puntos positivos en el proceso de reconstrucción oriental: el nivel de bienestar material de los alemanes del Este ha mejorado considerablemente durante los últimos veinte años. De esta forma, han aumentado los salarios, han mejorado las condiciones de las viviendas, así como la variedad y la calidad de productos de consumo existentes en el mercado. Además, también ha mejorado la situación del medioambiente y de las infraestructuras.

Pese a todos esos avances que permiten afirmar que Alemania oriental es la región que más ha avanzado en lo material entre los países postsocialistas del centro y Este de Europa, las diferencias en el campo económico continuan siendo notables. Es el caso del PIB per cápita, que sique siendo en Alemania oriental más de un 20% menor que en la occidental. Después de su fuerte crecimiento tras la reunificación y hasta 1997, el PIB oriental prácticamente no ha variado desde entonces (con un aumento de apenas del 4% desde el año 2000).

La productividad también deja patente que la economía oriental se mantiene unos cuantos escalones por debajo: está en un 76% con respecto a la capacidad productiva occidental. Ello se refleja, sobre todo, en la escasa presencia de sedes de grandes empresas, lo que tiene como consecuencia una menor orientación exportadora de la economía oriental, cuyas exportaciones sólo suponen un 46% de las occidentales.

Todos estos factores que hacen que la economía oriental sea más débil tienen consecuentemente efectos tanto en los niveles de empleo como en los de la renta disponible: el paro sigue siendo dos veces más alto en el Este, donde hay más de un millón de desempleados (el 12% de la población activa). Ello, sumado a la buena educación recibida por las nuevas generaciones, está provocando un transvase demográfico continuado del Este al Oeste. En cuanto a la renta disponible, la oriental sigue más de un 20% por debajo de la occidental, y ello pese al sistema de impuestos redistributivo (el impuesto sobre la renta oriental es, por ejemplo, casi un 50% más bajo que el occidental).

Perspectivas

Además de la pésima situación de la economía de la RDA, que se encontraba al borde de la insolvencia antes de su hundimiento, el informe del IFO apunta a la rapidez con que se introdujo la economía social de mercado y la privatización de las empresas estatales orientales. Esa privatización se llevó a cabo antes de realizar las inversiones de saneamiento pertinentes para que las empresas orientales partieran de un nivel competitivo similar a las occidentales.

El Informe Anual del Gobierno federal sobre el estado de la unidad alemana establece como objetivo igualar el nivel económico de los Estados alemanes orientales con el de los Estados occidentales más pobres antes de 2020. Un objetivo que el economista Ragnitz considera irrealista si el Gobierno federal no realiza las inversiones necesarias para que la economía oriental alcance la autonomía suficiente que le permita crecer sin necesidad de las ayudas procedentes de los impuestos pagados por los contribuyentes del resto de Alemania. De no alcanzar ese objetivo, el partido de La Izquierda mejorará muy probablemente sus resultados electorales, y tal vez no sólo en Alemania oriental.