Es una crisis largamente anunciada, pero que comienza a notarse en cada vez más sectores del mercado laboral de Alemania. Si hace 10 años eran sobre todo las llamadas profesiones MINT – matemáticos, informáticos y científicos – las que sufrían la falta de mano de obra, cada vez es más habitual que guarderías, hospitales o las propias fuerzas de seguridad alemanas reconozcan serios problemas para cubrir los puestos vacantes.
“Postúlate. Hablar alemán de manera fluida es indispensable”, anima a la audiencia un anuncio de la policía de Berlín difundido por redes sociales y diferentes plataformas de streaming de audio. La policía berlinesa hace tiempo que apuesta por las nuevas tecnologías y el lenguaje de los canales digitales para reclutar agentes entre las generaciones más jóvenes. El cuerpo policial de la capital alemana tiene cada vez más empleados con diferentes colores de piel, reflejo de la diversidad de la ciudad.
Pero Berlín está lejos de ser representativo del resto de Alemania. La capital federal, con su dinámica economía y su amplia oferta cultural, es un polo de atracción para jóvenes de decenas de países tanto de Europa como de otros continentes. Mientras Berlín gana población, la mayoría de regiones de Alemania envejece a causa de una tasa de natalidad anual que a duras penas supera los 1,5 niños por mujer.
La crisis de natalidad comenzó en Alemania occidental ya a inicios de la década de los 70. La República Federal dejó entonces atrás los años del llamado baby boom de postguerra – desde 1945 hasta finales de los 60 –, cuando la natalidad llegó a superar los 2,5 niños por mujer. La desaparecida República Democrática Alemana –socialista y oriental – también se sumió en esa crisis tras el hundimiento de la Unión Soviética y la reunificación alemana en 1990. La tasa de natalidad de los territorios orientales llegó a tocar fondo en 1993 con menos de un niño por mujer en una sociedad que prefería no traer descendencia al mundo ante la incertidumbre económica y vital a la que se enfrentaba por la desaparición del socialismo real.
Tras la reunificación, la tasa de natalidad de las dos Alemanias fue emparejándose paulatinamente hasta rondar los 1,5 niños por mujeres durante la última década. A pesar de las ayudas públicas que intentan fomentar la maternidad y la paternidad, la tasa se mantiene estable y sin visos de que vaya a crecer notablemente a corto y medio plazo. La cifra es, a todas luces, insuficiente para hacer frente al “cambio demográfico” – como han bautizado el fenómeno algunos expertos –. La potencia industrial de Alemania se asoma así al abismo de una crisis demográfica que pone en jaque su modelo económico y su estado del bienestar.
#Alemania necesita al menos 100.000 extranjeros al año para mantener su actual población activa, su modelo económico y su estado del bienestar.
Pero en 2023 sigue discutiendo si es un país de migración. Es lo que llamo “la paradoja alemana” en este reportaje para @elperiodicopic.twitter.com/SmaoOGjRYp
El 2023 comenzó con una buena noticia para Alemania: la llamada locomotora económica europea cerró el pasado año con más de 45 millones de personas con empleo, cifra récord desde 1990, según anunció la Oficina Federal Estadística (Destatis). La noticia tiene, sin embargo, letra pequeña: esas buenas cifras se deben en buena medida a la inmigración que consiguió integrarse en el mercado laboral. Y hace tiempo que economistas y demógrafos advierten que el flujo migratorio que recibe Alemania es insuficiente para equilibrar la próxima jubilación de los últimos baby boomers que todavía trabajan.
Destatis calcula que el mercado laboral alemán perderá hasta 2035 entre 1,6 y casi cinco millones de trabajadores en comparación con la actualidad. Las proyecciones que hace el Instituto para la Investigación del Empleo – IAB en sus siglas en alemán, dependiente de la Agencia Federal de Empleo – son todavía más pesimistas: el potencial de personas en edad activa a disposición de las empresas podría caer más de siete millones hasta 2035. Esa pérdida podría rozar los 9 millones en 2060. El IAB condiciona esa evolución a un factor fundamental: la llegada de extranjeros, el único recurso con el que Alemania puede combatir a corto y medio plazo los efectos de la crisis demográfica.
Un estudio publicado en 2021 por el IAB dibuja cuatro escenarios: el primero plantea un país sin inmigración adicional, lo que supondría una pérdida de más de siete millones de personas en edad laboral y dejaría un mercado laboral con poco más de 31 millones de personas en 2060; el segundo plantea un país sin inmigración adicional, pero con la activación de mano de obra ya existente, lo supondría una pérdida de casi 4,5 millones de personas en edad laboral hasta 2035 y un mercado laboral con menos de 35 millones de personas en 2060; el tercer escenario dibuja una Alemania con una inmigración anual neta de 100.000 personas, lo que dejaría una población activa de unos 44 millones de personas en 2035 y un mercado laboral con una población activa de menos de 40 millones en 2060; el cuarto y último escenario proyecta una inmigración anual neta de 400.000 personas, que aumentaría la mano de obra disponible hasta los 47 millones de trabajadores potenciales en 2035 y dejaría un mercado laboral con casi 48 millones de personas disponibles en 2060.
En resumen, la actual evolución demográfica de Alemania, sin una migración neta positiva y constante de al menos 100.000 personas al año, proyecta a una potencia industrial con un mercado laboral con menos de 35 millones de personas disponibles en 2060 – es decir 10 millones menos que la población activa con la que cerró Alemania 2022 – y en tendencia claramente descendente.
“Sí, sin duda necesitamos inmigración adicional, aunque yo no confiaría únicamente en ella. Por un lado, intentaría que la gente que ya está aquí se quede – porque la tasa de emigración entre los extranjeros es considerablemente superior a la de los alemanes – y, por otro, animaría a la gente ya trabaja a que lo haga más tiempo”, dice Doris Sönlein, analista de IAB. “Por ejemplo, hay mujeres que trabajan a tiempo parcial, como yo misma, a las que tal vez les gustaría hacerlo más horas. También hay gente que quiere seguir trabajando en lugar de jubilarse”, añade.
¿País de migración?
La crisis demográfica de Alemania no sólo amenaza al mercado laboral. Menos gente cotizando supone también un impacto directo en el sistema de pensiones – que funciona bajo el principio de solidaridad intergeneracional: la población activa paga la jubilación de las personas mayores –, menos ingresos en forma de impuestos para el Estado, una probable disminución de la competitividad de Alemania como potencia industrial e incluso una pérdida del peso geoestratégico en el tablero internacional.
Y a pesar de que Alemania necesita objetivamente más extranjeros – y de que las primeras oleadas migratorias ya llegaron en las décadas de los 50 y 60 desde Turquía, España o Italia –, el país sigue anclado en un debate sobre si es un país de migración o no. El último episodio de esa sempiterna discusión es la polémica generada por los disturbios registrados en diferentes ciudades del país el pasado Año Nuevo. Políticos y medios, predominantemente de centroderecha y ultraderecha, quisieron ver en la migración y la fallida integración de extranjeros – especialmente de origen árabe y musulmán – la razón principal de los disturbios, sin estadísticas concluyentes al respecto. El fácil acceso a potente pirotecnia o la exclusión social que sufren barrios conflictivos quedaron en segundo plano.
“A las seis de la mañana, cuando la mayoría de la gente aún estaba con resaca de la noche de Año Nuevo, nosotros ya estábamos despiertos, rezamos y luego nos fuimos a limpiar y retirar basura en las calles de 280 comunidades de todo el país. Eso es nuestro compromiso con Alemania”, explica Scharjil Ahmad Khalid, imam de la comunidad musulmana Ahmadi, rama heterodoxa y reformista del islam con raíces en Pakistán, donde están perseguidos.
Scharjil nació en 1994 en el estado federado de Hesse, en el oeste de Alemania. Sus padres llegaron desde Paquistán en la década de los 80 huyendo de la persecución. Tras completar la educación secundaria, estudio teología islámica y se convirtió en imam de su comunidad en Berlín. Habla un alemán sin acento extranjero y lleno de cultismos, tiene pasaporte alemán y un trabajo estable, pagas sus impuestos, es padre de un hijo y se declara patriota alemán, así como lo hace toda la comunidad Ahamadi, cuyos folletos incluyen los colores de la bandera nacional de la República Federal. Se puede decir, por tanto, que Scharjil es un ejemplo de integración. Pero incluso así, se enfrenta a discursos que lo excluyen de la ciudadanía en un país en el que ciertos sectores siguen diferenciando entre “ser alemán” y “tener pasaporte alemán” desde una perspectiva etnicista.
“Lo triste es que también hay inmigrantes que lo ven así. Por ejemplo, tengo amigos de Polonia y Croacia. Cuando se juega la Copa del Mundo y les digo que la vamos a ganar, ellos responden: ‘¿Qué quieres decir con que la vamos a ganar? Tú tampoco eres alemán’”, explica el imam. “En la escuela esa situación era típica. Y la pregunta clásica cuando dices que eres alemán es: ‘¿Pero de dónde vienes realmente?’ Puedo entender que la gente se dé cuenta de que tengo raíces migratorias, porque así lo dice mi aspecto, pero no entiendo que no se pueda ser alemán por no corresponder con el aspecto típico de alemán, si es que tal cosa existe.”
Medidas del Gobierno
El actual Gobierno federal, conformado por socialdemócratas, verdes y liberales, quiere reducir las barreras que impiden que Alemania atraiga más migración y mantener a la mayoría de los extranjeros que están en el país. La primera medida es hacer más fácil el acceso al pasaporte: en el futuro sólo será necesario haber vivido cinco años consecutivos en Alemania, en lugar de ocho. Además, aquellas personas procedentes de fuera de la UE no tendrán que prescindir de su pasaporte original. La segunda medida prevé reducir la burocracia para la homologación de títulos académicos y profesionales extranjeros, otro de los grandes obstáculos que dificultan la integración de inmigrantes en el mercado laboral.
Algunos políticos de la oposición conservadora acusan al Gobierno de “regalar” la ciudadanía y abrir la puerta a la inmigración masiva. En el caso de la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD), el discurso llega en algunos casos a la conspiración del “gran remplazo”; es decir, que el Gobierno está remplazando de manera sistemática y voluntaria a la población cristiana y blanca por pueblos no europeos de cultura islámica. Alemania se enfrenta, por tanto, a la paradoja de que una solución a su crisis demográfica se convierta en un asunto con el que una parte del espectro político agita el miedo con fines electoralistas.
La comunidad de Ahmadi es ejemplo de esa paradoja. Miembros de la comunidad musulmana, con más de dos décadas de residencia en el país, estudios y un perfil demandado en el mercado laboral, pueden recibir una orden de expulsión a Pakistán si así lo decide un juez. Scharjil Ahmad lo resume así. “Desperdiciar tanto talento es una vergüenza para esas personas, pero, sobre toto, una vergüenza para Alemania”.
El estadio del 1. FC Union Berlín está en medio de un bosque a orillas del río Spree. Para llegar a pie a la Alte Försterei hay que atravesar un camino de tierra entre árboles. Por el peregrinan en asombrosa armonía ultras bebidos, padres con sus hijos y familias al completo.
La mayoría recorre a pie el kilómetro largo que separa la estación de tren de Köpenick del estadio: el trayecto es un viaje a través del universo unionista. Grupos de hinchas calientan motores a las puertas de los bares, aficionados venden el libreto del club, músicos callejeros le cantan a la larga memoria del Union mientras la reventa de entradas da sus últimos coletazos.
Försterei significa en alemán algo así como casa en la que viven los guardas forestales. La sede del Union estaba situada originalmente en una casa forestal que todavía hoy sigue en pie, frente al estadio. Probablemente no haya mejor detalle para entender la importancia de las raíces para la identidad de este club. “Esto es más que fútbol. Es una comunidad, el lugar donde te encuentras con amigos, familiares y compañeros de trabajo”, explica Uwe mientras apura su cerveza.
Equipo de barrio
El Union es un equipo de barrio y Köpenick, el distrito que lo ha visto crecer. Situado en la periferia oriental de la capital alemana, es el bastión de un club acostumbrado a sobrevivir en las orillas del mundo del fútbol. Esto fue así durante el sistema socialista de la desaparecida República Democrática Alemana – en la que el Union no fue precisamente el equipo preferido del régimen – y lo siguió siendo tras la caída del Muro de Berlín. Que hasta hace poco fuera líder de la Bundesliga es una anomalía, un milagro en un deporte cuya élite vive entregada al dictado del dinero.
El @fcunion es un club acostumbrado a vivir en la periferia de un deporte controlado por el dinero.
El periodista que escribe estas líneas publicó el pasado octubre un reportaje sobre esa anomalía futbolística. Tras enviar el texto al departamento de prensa del club, llegó la respuesta: “Hola Andreu. Gracias por el reportaje. Te invitamos a ver un partido en nuestro estadio”. La invitación no es cualquier cosa: conseguir una entrada para ver en directo al Union en la Alte Försterei es casi misión imposible. Desde su ascenso a la Bundesliga en 2019 – el primero en su historia –, el estadio, con capacidad para 22.000 espectadores, está siempre lleno hasta la bandera. Esta es la crónica de la visita a la casa de un club sin igual.
Salchichas, tabaco y cerveza
En la Alte Försterei se anima y se sufre sin concesiones, se tutea y se habla, sobre todo, con dialecto berlinés. Venir aquí es como pasar la tarde de un domingo en el salón de tus abuelos. Esta hinchada llama, de hecho, a su estadio la “sala de estar” del Union. “Esta familia era pequeña y ha ido creciendo poco a poco, como en la vida misma. Esta familia pasó tiempos de mierda, las cosas no fueron tan bien como nos van hoy”, dice Joachim en el descanso del partido entre el Union y Borussia Mönchengladbach que se disputa esta tarde de domingo.
La Alte Försterei huele a salchichas, tabaco y cerveza, que corre entre los aficionados antes, durante y después de cada partido. Aquí continúa habiendo un marcador con tablillas que se cambian a mano y la mayoría sigue el juego de pie, como en los estadios de los 80: sólo la tribuna principal, donde se ubican directiva y prensa, cuenta con asientos numerados. Ya sea de pie o sentada, algo une a la afición: aquí se grita los 90 minutos del partido más el descuento. “¡Eisern Union, Eisern Union, Eisern Union!”, vocifera la hinchada cada cinco minutos.
“Eisern” significa “de hierro”. Nadie sabe muy bien cuál es el origen del adjetivo, pero recuerda el carácter obrero del club. En el siglo XIX, la zona de Köpenick era una de las regiones más industrializadas de Europa. La base social del Union ha sido históricamente trabajadora y orgullosa de ello. El tuteo entre aficionados y el acento berlinés forman parte de esa identidad.
Juego sin florituras
La hinchada del Union no necesita una jugada de 30 pases para aplaudir. Una recuperación tras un balón dividido, un saque de esquina a favor o un disparo a las nubes bastan para arrancar una ovación. Los unionistas saben cuáles son las limitaciones futbolísticas de su equipo y no se avergüenzan de ello. La entrega física de sus futbolistas hace posible que ese juego sin florituras sea efectivo. Van quintos de la Bundesliga y disputan competiciones europeas.
El público grita “Fußballgott” (“dios del fútbol”) cada vez que hay un cambio local. Pero aquí los dioses son de carne y hueso, y están obrando un milagro con un club que estuvo al borde de la desaparición hace dos décadas por problemas financieros. Si el Union sigue existiendo es porque así lo quiso su masa social, que llegó a donar sangre para conseguir fondos para el club y a trabajar en la reforma de su estadio sin cobrar un euro.
“Cuando gritamos que el Union Berlín será el próximo campeón alemán, por supuesto lo gritamos con ironía”, aclara Georg con la voz rota tras otro partido épico. El Union ha ganado esta noche al Gladbach por 2 a 1 con un gol de cabeza en el último minuto del descuento. Vasos llenos de cerveza han volado por encima de la tribuna de prensa. El milagro continúa en Köpenick.
Una expresión se repite en medios y ciertos círculos políticos en Alemania desde hace semanas: "otoño caliente". Con ella, periodismo y política pretenden resumir a lo que podría enfrentarse el país si se materializan los peores escenarios; es decir, revueltas sociales e inestabilidad política si la inflación sigue aumentando, si la crisis energética se endurece, si la recesión acaba llegando, y si, en el peor de los casos, la falta de energía genera un colapso industrial, al menos parcial, que podría desembocar en mayor desempleo y en desabastecimiento de determinados productos.
Las voces del Gobierno federal son contradictorias. Mientras la ministra de Exteriores, la verde Annalena Baerbock, no tuvo reparos en reconocer este verano que las autoridades alemanas podrían enfrentarse efectivamente a una oleada de protestas durante los meses de otoño e invierno, el canciller socialdemócrata Olaf Scholz viene repitiendo que el país mantendrá la concordia y se impondrá la cohesión social, a pesar de que la mayoría de la población alemana ya ha perdido un sustancial poder adquisitivo.
“Ya observamos que la población está bastante afectada por las crisis. Nos encontramos ante una superposición de crisis que llevan a la gente a estar insegura y preocupada, en la que los estratos económicos más bajos tienen verdaderas preocupaciones existenciales y entre las clases medias hay también verdaderos temores a la perder estatus social. El estado de ánimo es claramente inestable y también está marcado por el miedo”, asegura a Jana Faus, cofundadora de la agencia de análisis demoscópico Pollytix.
Oportunidad para AfD
Esa inseguridad ya se comienza a proyectar en las encuestas de intención de voto. La ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD), por ejemplo, lleva semanas repuntando. Algunas proyecciones ya colocan al partido ultra por encima del 14%. AfD, carcomida por las peleas internas, llevaba varios años languideciendo en torno al 10% de intención de voto. La actual coyuntura, plagada de incertidumbres y agravada por una política de comunicación del Gobierno bastante mejorable, se presenta así como una oportunidad de oro para la ultraderecha alemana.
Otro partido opositor que se suma a la dialéctica del "otoño caliente" es La Izquierda, coalición de poscomunistas germanoorientales y exsocialdemócratas del Alemania occidental. La formación, que estuvo a punto de quedarse fuera del Bundestag en las últimas elecciones federales del pasado septiembre, intenta ganar perfil político y remontar en intención de voto con un discurso social que exige una mayor cobertura para las clases trabajadoras, los jubilados y los desempleados. La Izquierda y AfD coinciden en el uso de determinadas expresiones respecto a la crisis que enfrenta Alemania, aunque desde posiciones política opuestas.
Inflación de dos dígitos
En un país con un miedo histórico al aumento de los precios, la inflación se acercó en septiembre al 11%, la cifra más alta en varias décadas. “Estamos ante una ‘estanflanción’, es decir, la combinación de una economía estancada o incluso en declive y una inflación alta. Se trata de una crisis generada por la falta de oferta. Los últimos años solíamos estar acostumbrados a crisis generadas por la falta de demanda. Pero ahora tenemos una falta de oferta de mercancías, especialmente grave en la energía y las cadenas de valor añadido. Una ‘estanflanción’ es una noticia muy mala, porque la política puede hacer mucho menos que ante una demanda débil”, asegura Clemens Fuest, presidente del Ifo.
Desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania, el Gobierno de Scholz ha aprobado tres paquetes de ayudas para ciudadanía y empresas que combina transferencias directas con alivios fiscales. Para ello, ha movilizado alrededor de 95.000 millones de euros. Con todo, la valoración del Gobierno tripartito de socialdemócratas, verdes y liberales no deja de caer, lo que denota una crisis de confianza hacia las autoridades en una coyuntura volátil e impredecible, algo que irrita a la ciudadanía alemana, amante de las certidumbres.
Los expertos consultados por este diario dudan de que ese "otoño caliente" se acabe traduciendo en revueltas sociales e inestabilidad política, aunque no minimizan el impacto social de la inflación y dan por hecho una oleada de protestas sociales, cuya magnitud todavía es difícil de prever. Alexander Kriwoluzky, jefe de análisis macroeconómico del instituto DIW, le da una dimensión europea a sus predicciones: “En Alemania la situación probablemente será controlable. Será mucho más difícil en Italia, donde tenemos elecciones y es muy posible que llegue al poder un gobierno no proeuropeo. La situación económica allí puede agravarse una vez más, por lo que si algo se gesta en Italia, también llegará en algún momento a Alemania.”
La ultraderecha de Alternativa para Alemania consuma su radicalización y queda a merced del líder del ala más cercana al neonazismo
“La dirección es de mi gusto”. Björn Höcke no escondió su satisfacción con el resultado del último congreso celebrado por Alternativa para Alemania (AfD) a mediados del pasado junio en la ciudad sajona Riesa. El líder del partido ultraderechista en el estado federado de Turingia no salió elegido para la nueva dirección de su formación. Tampoco se postuló para ello, ni le hizo falta para salir reforzado. Si algo demostró el congreso de Riesa es que difícilmente algo se mueve en el partido ultra sin el beneplácito de Höcke, líder del ala más radical de AfD que raya con el neonazismo.
Los delegados AfD confirmaron en Riesa a la que ha sido su presidencia bicéfala desde 2019: al germanooriental Tino Chrupalla y a la germanooccidental Alice Weidel. El primero, pintor de profesión, responde a los votantes de la clase trabajadora y de pequeñas y medianas empresas. La segunda, con formación académica y experiencia en banca de inversión internacional, lo hace ante el electorado de mayor poder adquisitivo y mayor ascendencia social. Esta doble dirección también busca mantener el difícil equilibrio entre las facciones del este del país, donde AfD es un partido de dos dígitos y consolidado, y las del oeste, territorios en los que partido sufre por seguir dentro de los parlamentos.
Débil liderazgo
Chrupalla recibió el apoyo del 53,4% de los delegados. Weidel, el 67,3%. El resultado apunta al débil liderazgo con el que esta presidencia bicéfala seguirá a la cabeza de AfD. El congreso de Riesa dejó la sensación de que ambos se mantiene al frente del partido porque así lo ha tolerado Höcke.
Nacido en 1971 y padre de cuatro hijos, Björn Höcke es un profesor de secundaria metido a la política profesional. Descendiente de una familia desplazada de los territorios orientales del antiguo Imperio Alemán durante la Segunda Guerra Mundial, nunca ha escondido sus posiciones ultranacionalistas y revisionistas de la política de memoria de la República Federal: “Nosotros, el pueblo alemán, somos el único del planeta que ha plantado un memorial a la vergüenza en el corazón de su capital”, dijo en 2017 en referencia al monumento conmemoratorio dedicado a las víctimas del Holocausto perpetrado por los nazis.
Esa es sólo una de las muchas salidas de tono de Höcke, que usa una retórica populista, nacional y social que le ha dado buenos resultados electorales en su estado. La hemeroteca no deja lugar a dudas sobre las preferencias políticas del líder de AfD en Turingia: hay fotos de él participando en marchas organizadas por el partido neonazi NPD antes de la fundación de AfD en 2013.
Björn Höcke es el auténtico poder de Alternativa para Alemania. Quedó demostrado en el último congreso del partido ultra.
Maneja AfD desde fuera de la dirección. Y espera su momento. Tal vez especule con un agravamiento de la inflación y una nueva recesión.
“Tal vez dentro de un par de años sea el momento de presentar mi candidatura”, dijo Höcke durante el congreso de Riesa tras ser preguntado sobre su posible entrada en la dirección del partido. “A nivel federal me gustaría, como hasta ahora, seguir como asesor de segunda fila”, añadió.
Estas palabras confirman lo que exmiembros directivos de AfD hace tiempo señalan: que Höcke es el auténtico poder en la sombra y la prueba de la consumada radicalización. “Amplios sectores del partido y sus correspondientes representantes se han radicalizado cada vez más, lo que lleva a la formación al absoluto aislamiento y hacia los márgenes políticos”, ha dicho el Jörg Meuthen, cofundador de AfD y antiguo copresidente de la formación que ha abandonado recientemente. En esa misma línea se ha expresado en reiteradas ocasionesFrauke Petry, también ex copresidenta del partido. Tanto Meuthen como Petry son hoy cadáveres políticos.
El congreso de Riesa, por momentos caótico y que dejó en evidencia las enormes divisiones internas de AfD, tuvo que concluir de manera abrupta ante la incapacidad de llegar acuerdos sobre política internacional – con la guerra en Ucrania y la posición hacia la Rusia de Putin como ejemplos más evidentes –. Mientras las federaciones occidentales tienden a condenar la invasión rusa de Ucrania, las orientales apuestan por un curso más cercano al Kremlin.
Los delegados participantes sí abrieron la puerta, sin embargo, a que AfD pueda tener en el futuro una presidencia individual. Analistas ven de nuevo la mano invisible de Höcke, que acomoda la organización interna de AfD en su favor, a la espera de que llegue una coyuntura económica y social más propicia para un discurso hoy demasiado radical para la enorme mayoría del electorado alemán. El líder de AfD en Turingia tal vez especule con una mayor inflación y una recesión derivada de la guerra en Ucrania a lo largo los próximos años que abonen sus tesis ultranacionalistas. Mientras, el partido ultraderechista se mantiene anclado en torno al 10% en las encuestas de intención de voto.
"Esta guerra de agresión de Rusia marca un profundo antes y después en la historia de Europa tras el fin de la Guerra Fría. No hay justificación alguna para esta flagrante violación del derecho internacional. La condeno de la manera más tajante". Estas han sido hasta ahora las únicas palabras de Angela Merkel sobre la invasión rusa de Ucrania. Las difundió la oficina de la excancillera el pasado 24 de febrero, el mismo día en que el Ejército ruso cruzó las fronteras ucranianas. Más de un mes después, la figura política alemana más importante del siglo XXI -profunda conocedora de Vladímir Putin, con el que compartió numerosas negociaciones y cumbres- sigue evitando comparecencias o declaraciones públicas.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su comparecencia conjunta con el canciller alemán, Olaf Scholz, este 18 de marzo de 2022 en Berlín.
Analistas recalcan que Merkel quiere evitar a toda costa quitar protagonismo al socialdemócrata Olaf Scholz, su sucesor al frente de la cancillería. También hay quien ve en ese estruendoso silencio un reconocimiento implícito de dos errores estratégicos que, con retrospectiva, marcaron los 16 años de gobiernos de Merkel: la insistencia en reconocer a Putin como un interlocutor previsible y relativamente confiable al frente del Kremlin, y el impulso de una dependencia energética del gas ruso al que Alemania no tiene alternativa a corto plazo. El gasoducto Nord Stream 2, que conecta directamente Rusia con el noreste de Alemania, es el ejemplo más claro: Merkel lo defendió hasta el final de su gobierno aduciendo que era una "iniciativa privada".
Voces en la CDU
"No puedo ni quiero decir nada sobre la señora Merkel. Pero, mirando atrás, muchas decisiones fueron incorrectas. Por ejemplo, haber profundizado la dependencia energética de Rusia, haber asegurado durante años que el gasoducto Nord Stream 2 era un proyecto de la iniciativa privada, a pesar de que nunca lo fue. El resto se lo deben preguntar a la señora Merkel. Yo no puedo hablar por ella". Esto dijo esta semana Friedrich Merz, el nuevo presidente de la Unión Demócrata Cristiana de Alemania (CDU), durante una videoconferencia con periodistas extranjeros.
Merz, un rival histórico de Merkel dentro del conservadurismo alemán, no perdió la oportunidad de disparar contra una parte del legado de la excancillera. Las voces críticas con Merkel dentro del partido conservador no se limitan, sin embargo, a sectores históricamente opuestos al merkelismo. Annegret Kramp-Karrenbauer, expresidenta de la CDU, exministra federal de Defensa y figura cercana a Merkel, escribió el 24 de febrero en Twitter: "Estoy furiosa con nosotros porque fracasamos históricamente. No nos preparamos tras lo ocurrido en Georgia, Crimea y el Donbás, lo que habría asustado a Putin". El plural mayestático usado por Kramp-Karrenbauer va más allá de una simple autocrítica y apunta a Merkel sin citarla.
Hoy en @elperiodico escribo sobre las razones que llevaron a los sucesivos gobiernos de Merkel a ahondar la dependencia energética de Rusia - y sin un plan B a corto plazo-.
Las cifras sobre la dependencia energética de Alemania respecto a Rusia hablan por sí solas: alrededor del 75% de las importaciones rusas a la República Federal son combustibles minerales (gas, petróleo, carbón, etc.). Esas importaciones cubren además más de la mitad del consumo de la República Federal, como apunta un informe del Instituto de Economía Alemana (IWK).
Según cifras de la Oficina Federal de Estadística (Destatis), en 2005 -año en que Merkel llegó al poder- Alemania importó gas y petróleo rusos por valor de 16.000 millones de euros. El año pasado, esa cifra superó los 19.000 millones. Alemania es, con casi el 25% de las importaciones totales de gas ruso, el mayor cliente de Rusia en el mundo. Con la puesta en marcha del Nord Stream 2 -paralizado sine die-, esa dependencia energética aumentaría aún más.
La carta fósil de Putin es, por tanto, evidente en la crisis global desatada por la invasión y la consecuente guerra en Ucrania. La pregunta que queda en el aire es por qué Merkel -una política a la que le costaba tomar decisiones rápidas porque prefería analizar antes todas las variables- ahondó tanto y durante tanto tiempo en la dependencia energética de Alemania respecto a Rusia.
"En los últimos años, la prioridad número uno en la política energética alemana fueron los buenos precios. Y si se trataba de comprar gas, Rusia era el proveedor más cercano. El gas distribuido a través de gasoductos ha sido en los últimos años claramente más barato que el gas licuado", responde Malte Küper, especialista en política energética del IWK. "El actual conflicto pone de manifiesto la debilidad derivada de esa dependencia, a pesar de que sea recíproca: Rusia también depende de los ingresos por la exportación de gas".
Posible colapso
La Alemania de Merkel apostó por el gas ruso con el apoyo de una industria que veía en los bajos precios y en la fiabilidad de Rusia como proveedor una buena opción para mantener la competitividad. Desde el punto de vista geoestratégico, los sucesivos gobiernos de Merkel parecieron apostar por los lazos comerciales con Moscú para rebajar las crecientes tensiones militares entre la OTAN y la Federación Rusa -una estrategia ya usada por la República Federal con la Unión Soviética en la fase final de la Guerra Fría-.
Todo eso se muestra ahora como un error estratégico. A corto plazo, Alemania no puede sustituir el gas ruso. El Gobierno tripartito de Scholz se opone, por ello, al bloqueo de las importaciones fósiles de Rusia con las que Putin está financiando la invasión de Ucrania. "Si Alemania quiere sustituir el gas ruso, entonces tendremos que comprar gas licuado en grandes cantidades, por ejemplo, a Catar o Estados Unidos. Sin embargo, hasta ahora Alemania no tiene ninguna planta transformadora", apunta Malte Küper, que establece un plazo de al menos dos años para poder sustituir el gas ruso por gas licuado.
Con este panorama, no es descabellado que Alemania encare el próximo invierno con unas reservas insuficientes de gas, lo que podría suponer un colapso de su sistema industrial -cuyo funcionamiento depende en buena parte del gas ruso- y un impacto directo en las cadenas de suministro de supermercados y tienda, con el correspondiente desabastecimiento. El famoso "colapso", tan anunciado por expertos en energía desde hace décadas, estaría así más cerca.
“El puñal del asesino estaba escondido bajo la toga del jurista”. Esta fue la conclusión del Tribunal de Núremberg en uno de los procesos celebrados en la década de los 50 para depurar la responsabilidad del sistema judicial que amparó los crímenes del Tercer Reich.
Como han descrito numerosos historiadores y pensadores de los siglos XX y XXI, la barbarie nazi estuvo apoyada en un sistema de leyes y decretos aplicados a rajatabla por millones de “delincuentes de escritorio”, como se suele denominar en alemán a los colaboradores necesarios de los crímenes nacionalsocialistas que ponían sellos para la deportación de judíos, escribían las sentencias contra opositores o firmaban las penas de muerte para los disidentes. Jueces y fiscales fueron, en ese sentido, figuras claves para dar un barniz legal a los crímenes de lesa humanidad nazis.
El reciente libro Staatschutz im Kalten Krieg (Seguridad del Estado en la Guerra Fría), de los historiadores Friedrich Kießling y Christoph Safferling, abunda en esa realidad ya conocida de los primeros pasos de la República Federal de Alemania fundada en 1949. La investigación – de más de 500 páginas y realizada a petición de la propia Fiscalía Federal alemana – ha llevado a cabo un rastreo exhaustivo en archivos hasta ahora desconocidos, hemerotecas y otras obras ya publicadas que confirma las sospechas y aporta una novedad: cargos altos de la Fiscalía Federal de la Alemania occidental estuvieron ocupados por antiguos miembros del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) e incluso por criminales de guerra hasta bien entrados la década de los 70. El último fiscal marcado por el nazismo abandonó la institución en 1992.
La conclusión de Kießling y Safferling se suma a la continuidad entre el régimen nazi y la joven república germano-occidental ya demostrada en otras instituciones como los ministerios de Justicia e Interior, la Oficina Federal de Investigación Criminal (BKA, por sus siglas en alemán, encargada de la seguridad del estado), los servicios de inteligencia o incluso las comisarías de policía. La mítica “desnazificación de Alemania” – en la mayoría de las ocasiones alabada fuera de las fronteras del país – fue un proceso muy corto y lleno de excepciones, agujeros y silencios.
Sin “hora cero”
Las cifras no dejan lugar a dudas: ya poco después de la creación de la Fiscalía Federal en 1950, la mitad de sus fiscales habían sido miembros del NSDAP. Esa cifra fue creciendo con el paso de los años: en 1966, el 91% de los fiscales había militado en el partido nazi. La argumentación generalizada en Alemania es que sin los exfuncionarios del Tercer Reich habría sido imposible reconstruir la República Federal. Las urgencias impuestas por la carrera entre las fuerzas ocupantes occidentales y la Unión Soviética dentro de la lógica la Guerra Fría aceleró esa rehabilitación de viejos nazis, también en la fiscalía y la judicatura.
El análisis de las biografías de los jueces por parte de las fuerzas ocupantes de la Alemania occidental tras la Segunda Guerra Mundial fue dejando paso al pragmatismo en pos de la reconstrucción institucional, reforzado por el anticomunismo típico de la Guerra Fría que prefirió mirar hacia otro lado a la hora de designar a jueces y fiscales de pasado pardo.
Pero ¿realmente habría sido imposible levantar la República Federal prescindiendo de los antiguos nazis? “No hubo una hora cero en ningún espacio social. También en el personal médico o la industria se reintegró a antiguos criminales nazis”, dice el coautor de la investigación Christoph Safferling. “Un nuevo inicio total, sin las competencias y la experiencia de juristas que habían prestado juramento al Führer, habría sido sencillamente imposible por una simple cuestión numérica. Sin embargo, sí se podría haber buscado alternativas de manera más exhaustiva entre retornados del exilio, abogados o mujeres, y se tendría que haber analizado con más cuidado la absorción de antiguos juristas nazis”, asegura el historiador.
Criminales de guerra
Algunas biografías de fiscales expuestas por la investigación dejan en evidencia no sólo una continuidad entre el nacionalsocialismo y las primeras décadas de la República Federal, sino también la rehabilitación de criminales de guerra en altos cargos de la Fiscalía Federal. Fue el caso del fiscal Ludwig Berner, que había sido juez del Tribunal Especial de Praga en la Checoslovaquia ocupada por los nazis, y responsable de al menos una docena de penas de muerte.
Entre los funcionarios de la Fiscalía Federal de los primeros años hubo también al menos ocho antiguos jueces militares. Rudolf Herzog fue uno de ellos. A pesar de que había indicios de su corresponsabilidad en el asesinato y la condena a muerte de civiles belgas durante la Segunda Guerra Mundial, Herzog pudo jubilarse en 1967 como fiscal general. Las investigaciones sobre sus presuntos crímenes en la Bélgica ocupada fueron archivadas tras su muerte en 1985.
En general, el libro Seguridad del Estado en la Guerra Fría dibuja una fiscalía alemana todavía anclada mental e ideológicamente en posiciones autoritarias y antidemocráticas. Dado que por aquel entonces Alemania estaba dividida en dos estados, se hace inevitable la pregunta de si el régimen oriental de la República Democrática Alemana (DDR, en sus siglas en alemán) sí aplicó un proceso de “desnazificación”.
“En sus inicios, la desnazificación sí fue consecuente en la DDR. Una mayor perseverancia en ese sentido no le habría hecho mal a la República Federal”, responde el investigador Friedrich Kießling, que, sin embargo, puntualiza la “instrumentalización política” que de esa persecución de antiguos nazis hizo el régimen autoritario socialista oriental. “Se convirtió en un programa de purgas en favor de la dirección política del estado. Con todo, y a diferencia de la República Federal, hacer grandes carreras con un pasado nazi no fue posible en la DDR”.
Bodo Ramelow es una figura política excepcional en Alemania: este sindicalista germano-occidental se convirtió en 2014 en el primer ministro del partido Die Linke -coalición de poscomunistas y socialdemócratas desencantados- en la historia de la República Federal. Como jefe de Gobierno de Turingia, vio cómo su pequeño estado germano-oriental copó los titulares de la prensa internacional en febrero de 2019: la CDU y la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) votaron entonces conjuntamente por un candidato minoritario para evitar que Ramelow se mantuviese en el puesto. La "crisis de Turingia" supuso una grieta en el llamado cordón sanitario y le costó la carrera a Annegret Kramp-Karrenbauer, la elegida por Merkel para sucederla en la cancillería. Ramelow recibió recientemente a un grupo de medios extranjeros.
¿Qué conclusiones saca de la llamada "crisis de Turingia" a las puertas de las elecciones federales?
Ganamos las elecciones regionales de 2019 y yo, en mi distrito electoral, obtuve el segundo mejor resultado conseguido por un candidato en la historia de Turingia. Eso quiere decir que mis índices de popularidad no son sólo altos en las encuestas, sino también el día de las elecciones. Mi partido, Die Linke, superó en aquellos comicios el umbral del 30%. A nivel federal estamos actualmente en el 6% de intención de voto, aunque personalmente pienso que deberíamos abrirnos y aspirar al 10%.
Pero que obtengamos resultados de más del 30% en Turingia también es un problema, porque aunque ganemos, es insuficiente para construir una mayoría parlamentaria. Interpreté que el electorado había decidido en 2019 que yo debía marcar la política regional. Después de rozar la catástrofe, conseguimos cerrar un acuerdo de estabilidad con la CDU, algo inédito hasta ese momento en Alemania.
La CDU ha protagonizado desde entonces una oposición constructiva y ha prescindido de votar en el Parlamento regional, porque sólo con los votos de AfD se consigue la mayoría. De esa forma, he conseguido gobernar durante los últimos 18 meses. De alguna manera, en Turingia hemos practicado lo que muy probablemente le espera a la política federal alemana dentro de un par de semanas. Algunos nos miran ahora y se preguntan: ¿cómo lo habéis conseguido?
¿Qué sensaciones tiene sobre las elecciones del próximo domingo?
Tengo 65 años y no recuerdo unos preparativos tan emocionantes para una elección federal. Recuerdo, por ejemplo, un asunto emocionante como la moción de censura contra el canciller socialdemócrata Willy Brandt en 1972. Entonces yo era un aprendiz en la cadena comercial Karstadt. Todos seguimos por la radio la votación en el Bundestag, que entonces todavía estaba en Bonn. Me entusiasmé y sufrí.
La llamada Ostpolitik [política de acercamiento al bloque socialista oriental] comenzó aquí en Erfurt. Para mí, el discurso que Brandt ofreció al recoger el Premio Nobel de la Paz sigue teniendo vigencia. Por eso repito sus tesis: tras lo ocurrido en Afganistán, es momento de repensar la política internacional y de reflexionar si la construcción de enemigos realmente nos hace avanzar. Los tiempos de la dualidad de la Guerra Fría son pasado. Hace 30 años que lo son.
En esta campaña, los conservadores presentan a su partido como obsoleto y peligroso para la estabilidad de Alemania. Al mismo tiempo, las proyecciones dan como posible un tripartido entre la socialdemocracia, Los Verdes y Die Linke…
He sido jefe de campaña de mi partido y le puedo asegurar que no hay nada mejor que cuando tu enemigo comienza a atacarte de esa manera. Cuando Laschet, candidato a canciller de la CDU, pregunta a sus competidores si están dispuestos a colaborar con nosotros, entonces yo le recuerdo que a partir del próximo 1 de noviembre asumiré la presidencia del Bundesrat [cámara territorial alemana]. Es decir, yo representaré a este estado durante un año. Y en cuando haya que elegir de nuevo al presidente federal, entonces seré el más alto representante de esta república.
Por eso, cuando alguien pregunta públicamente si el resto está dispuesto a colaborar conmigo o mi partido, me hace gracia, me parece divertido. Y como mi partido tiene actualmente un 6% de intención de voto, entonces sólo puedo decir que los insultos contra Die Linke son más que bienvenidos.
¿Le sorprendió que Angela Merkel agitará la vieja campaña anticomunista, del miedo al "que vienen los rojos", en su última intervención como cancillera ante el Bundestag?
Nunca he escondido mi respeto por la señora Merkel. En las fases de crisis, la he visto como un factor de tranquilidad y como una mujer inteligente. Evidentemente, en ocasiones tenemos opiniones diferentes. Tampoco es ningún secreto que nuestras posiciones políticas son diferentes. Pero tengo un gran respeto por su manera de entender la responsabilidad y por su forma de comunicar.
Lamentablemente, ha sido incapaz de establecer una sucesión ordenada dentro de su partido. Y esa desgracia comienza con Annegret Kramp-Karrenbauer: como primera ministra del Sarre, cuando fue elegida presidenta de la CDU ya tenía mi número de teléfono. Pero cuando vino por primera vez a Turingia como líder democristiana, no tuvo nada mejor que hacer que presentarme como un lobo con piel de cordero. Para alguien que me conoce y que ha trabajado conmigo, sabe que esa estrategia te resta credibilidad. Y finalmente acabó fracasando: yo soy la razón fundamental por la que finalmente tuvo que dimitir como presidenta de la CDU, porque fue incapaz de mantener bajo control a su partido en Turingia.
¿Cree entonces que el discurso de Merkel responde a la desesperación?
La sensación que tengo es que lo hizo porque ya no sabía cómo ayudar a que su partido mejore en las encuestas. Entiendo que se debe a la pura desesperación, sí, porque su experiencia conmigo es absolutamente diferente. En la llamada "crisis de Turingia", Merkel y yo hablamos a menudo por teléfono, y nos hemos escrito SMS constantemente durante las conferencias entre el Gobierno federal y los estados federados. El problema aquí es que la CDU no consigue movilizar a su electorado, y no lo consigue porque no despierta credibilidad.
¿Cuál es su apuesta sobre las negociaciones para formar gobierno tras las elecciones federales?
Yo trabajo abiertamente por un gobierno tripartido entre socialdemócratas, Los Verdes y Die Linke. Creo que una nueva Gran Coalición bajo el liderazgo del socialdemócrata Olaf Scholz supondría un estancamiento. Sería como los años del canciller Helmut Kohl antes de la caída del Muro. La historia necesita cambios, nuevos caminos. Pero ya sabemos que Scholz no es ningún amigo de Die Linke.
La política exterior y la participación del ejército alemán en misiones de la OTAN podrían ser el gran obstáculo para esa coalición entre SPD, Los Verdes y su partido…
No es casualidad que haya citado a Willy Brandt al inicio de esta entrevista. Me gustaría que el SPD volviera a hacer política socialdemócrata. Y en este debate, la cuestión es qué papel debe jugar Europa. Yo apuesto por una unión militar europea. Deberíamos actuar como mediadores entre Ucrania, los países bálticos y Rusia, y no me refiero militarmente, sino a vías diplomáticas. Con todo, personalmente, no creo que esa cuestión debiera ser un obstáculo para un gobierno de SPD, verdes y Die Linke. Para ello hay que encontrar una formulación inteligente sobre la OTAN y hay que debatir por fin al respecto. Todos los partidos deben debatir al respecto.
Yo me pregunto qué es la OTAN. Por lo que sé, es una alianza militar defensiva basada en valores comunes. Si eso es verdad, me gustaría que alguien me dijera qué valores compartimos con el señor Erdogan. Si miramos al conflicto del Alto Karabaj y la cuestión armenia, me gustaría saber qué papel juega ahí Turquía, estado miembro de la OTAN. Si es verdad que tras el ataque a las torres gemelas del 11-S había islamistas, y si tras esos islamistas estaba el wahabismo y Arabia Saudí es el centro de ese wahabismo, ¿entonces por qué Arabia Saudí es nuestro aliado militar y hay tropas estadounidenses allí estacionadas? Todas esas son preguntas sobre la OTAN que me gustaría discutir.
Una enfermera con mascarilla cierra una ventana y empuja a una anciana en silla de ruedas dentro de lo que parece una residencia de la tercera edad. Una niña se encarama a la barandilla de puente sobre unas vías de tren tentada por el suicidio, se presume. “Me llega mucho menos aire”, dice un niño con mascarilla mirando a la cámara. Una anciana es forzada a someterse a una prueba nasal de coronavirus. Agentes antidisturbios cargan y detienen a manifestantes en algunas de las decenas de marchas contra las restricciones ante la pandemia que se llevan celebrando en Alemania desde marzo del año pasado. Todo en blanco y negro, y con una música de tensión y amenaza como telón de fondo sonoro.
Así arranca es el spot electoral de Die Basis (La Base), un joven partido fundado el verano del 2020 que pretende entrar en el Parlamento federal en las elecciones alemanas del próximo 26 de septiembre. Sus motivos giran fundamentalmente en torno a las medidas contra la pandemia y el impacto en las libertades individuales: “Si perdemos nuestra democracia y nuestro estado de derecho, ya no habrá motivos para reír en este país”. “La democracia significa que el poder va de abajo hacia arriba”. “Cada vez son más lo que se levantan”. “Creo que la gente no aguantará mucho más lo que están haciendo con sus hijos y con su libertad. Y Die Basis es la única fuerza que dice: ‘queremos ofrecer la alternativa’”.
Figuras destacadas
Los cuatros candidatos del partido que ofrecen sus razones en el video electoral, ya en color y con una música esperanzadora de fondo, no son figuras cualesquiera. Viviane Fischer es jurista y hasta hace poco, popular por sus diseños de sombreros. Reiner Fuellmich es abogado y dueño de un bufete que presenta desde hace meses –sin demasiado éxito– demandas colectivas contra las restricciones frente a la pandemia. Ambos son cofundadores de la llamada “Comisión Corona”, una organización no gubernamental que pretende suplir el papel de una comisión parlamentaria para investigar la gestión de un virus cuya letalidad y mortalidad consideran “similares a la de una gripe”.
Sucharit Bhakdi y Wolfgang Wodarg son dos doctores críticos con las medidas tomadas por el gobierno federal y convertidos en héroes dentro del movimiento “Querdenken” (“Pensamiento transversal”) y entre los negacionistas de la pandemia. El primero es un microbiólogo y escritor superventas que se enfrenta a acusaciones de banalización del holocausto y el nacionalsocialismo. “El pueblo judío ha convertido su propio país en algo peor de lo que fue Alemania”, dijo Bhakdi sobre Israel el pasado abril en una entrevista. Wodarg fue parlamentario federal durante 15 años por los socialdemócratas del SPD. Las cabezas más visibles de Die Basis tienen, por tanto, tras de sí una remarcable carrera profesional.
“Democracia de base”
Die Basis nació al calor de las protestas iniciadas en la primavera del 2020 en Alemania a raíz de las primeras restricciones efectivas de la vida pública y de libertades fundamentales como la de movimiento. Bajo el nombre inicial de “Resistencia 2020”, algunos de sus miembros decidieron reorganizarse y fundar el Partido de la Democracia de Base de Alemania (Die Basis, en la versión abreviada de su nombre).
Su programa electoral, que ocupa dos páginas, se resume en “cuatro pilares”: la libertad, la limitación del poder, el “trato respetuoso” y la “inteligencia colectiva”.
Apuesta por una mayor participación directa de la ciudadanía a través de una democracia de base, la celebración regular de consultas ciudadanas y la limitación de los mandatos políticos. Su programa también contiene elementos procedentes de la antroposofía, el esoterismo y la cultura Waldorf. “El principio del partido es más humanista que político, es un partido prepolítico. Por eso no es de derechas ni de izquierdas. Por ejemplo, permitir diferentes modelos de familia o imponer más impuestos a Amazon no es de izquierda ni de derechas, sino sentido común”, dice a Fernando Dimeo, miembro de la ejecutiva de la federación berlinesa de Die Basis.
Fernando es un médico especialista en medicina interna y del deporte de origen argentino y reside en Alemania desde hace más de 30 años. Decidió sumarse al partido como reacción a la gestión “autoritaria y paternalista” que el Gobierno federal alemán ha hecho de la crisis sanitaria. Sentado tras la mesa de uno de sus consultorios, reconoce que en Die Basis sigue sin haber consenso sobre la pandemia: “Hay gente que dice que todo es una conjura y que se resiste a usar una mascarilla, y otra como yo, que trabaja con pacientes de riesgo y a la que no le parece bien esa posición”.
El rechazo a una introducción directa o indirecta de la vacunación obligatoria contra el coronavirus es otra de las posiciones relevantes del partido de Fernando Dimeo. En Alemania hay algo más de un 60% de la población completamente inmunizada. No es precisamente la falta de dosis lo que ha impedido que ese porcentaje sea mayor. Ello apunta resistencia a la vacuna en capas relevantes de la población. Die Basis busca capitalizar electoralmente esa desconfianza. Actualmente, ninguna encuesta electoral le da más de un 3% de intención de voto.
El 13 de agosto de 1961, Berlín se levantó con un soleado domingo de verano por delante. Lo que tenía que ser un día de descanso para la ciudad, todavía ocupada por fuerzas militares extranjeras y con visibles rasguños de la segunda guerra mundial, se convirtió en una jornada que cambió la historia y que aún hoy marca la fisonomía urbana y la psicología de la capital federal de la Alemania reunificada.
Durante la madrugada del sábado 12 de agosto al domingo 13, obreros de la socialista República Democrática Alemania (RDA) comenzaron a colocar alambre de espino sobre la línea que separaba los tres sectores occidentales – estadounidense, británico y francés – y el sector oriental, bajo influencia soviética.
Ese hilo de púas, instalado bajo la estrecha vigilancia de policías fronterizos armados, fue el primer paso para levantar un sofisticado y ultravigilado muro de hormigón que mantuvo dividida la ciudad durante casi tres décadas. El Muro de Berlín se convirtió en el punto de fricción más evidente, directo y explosivo de la Guerra Fría entre EEUU. y la Unión Soviética, en la frontera más vidente de una paz imposible y una guerra improbable a causa de las cabezas nucleares de ambas potencias.
Levantado literalmente de la noche al día, el Muro sorprendió a la ciudadanía de ambos lados. Muchos se despertaron fuera de su distrito habitual de residencia; muchos otros vieron como su visita dominical a familia o amigos era frenada de improviso; en el peor de los casos, los ciudadanos de la parte oriental cuyas viviendas estaban frente a la frontera o sobre ella vieron como las autoridades orientales ordenaban tapiar las ventanas de lo que habían sido sus hogares. La separación física, temida durante mucho tiempo, se consumaba en cuestión de horas en un muro que se fue sofisticando con los años.
El 9 de noviembre de 1989 – fecha de su apertura, también inesperada –, “el Muro estaba vigilado por 302 torres, 20 búnkeres, 259 casetas para perros guardianes y siete regimientos fronterizos dirigidos por el Grenzkommando-Mitte [comando fronterizo], pertrechado con 11.504 guardias, 503 empleados civiles, 567 vehículos blindados de transporte de tropas, 48 lanzagranadas, 48 cañones antitanque, 114 lanzallamas, 156 carros de combate, un parque móvil de 2.295 vehículos y 992 perros”, como describe minuciosamente el libro En el Muro de Berlín. La ciudad secuestrada. El Muro era, en definitiva, la primera línea de la Guerra Fría.
El 13 de agosto de 1961 #Berlín se levantó con un soleado domingo de verano por delante. Lo que tenía que ser una jornada de descanso se convirtió en una para la historia: la RDA ponía la primera piedra del #Muro. Aún hay gente (poca) que lo defiende.
Entre 1949 – año de la fundación de la RDA – y el mismo 13 de agosto de 1961, según cálculos de la Agencia Federal para la Formación Política, más de dos millones y medio de ciudadanos de la república socialista alemana se marcharon a la occidental República Federal de Alemania (RFA). Buena parte esos migrantes usaron el oeste de Berlín como puerta de entrada. Ello supuso la pérdida de una séptima parte de la población de la RDA. Aproximadamente la mitad eran menores de 25 años con formación profesional y técnica en plena edad laboral. El flujo migrante era, por tanto, una auténtica sangría demográfica. El Muro fue el torniquete con el que el Gobierno del entonces presidente de la RDA, Walter Ulbricht, aseguró la supervivencia del país.
“La situación era muy tensa: el peligro de que la RDA se desangrase por la marcha al Oeste de cada vez más personas en posiciones importantes – médicos, técnicos, economistas – era enorme”, explica Wolfgang von Polentz a EL PERIÓDICO. Nacido en 1939, Wolfgang era estudiante de Germanística y Literatura cuando el régimen socialista decidió levantar el Muro. “Los ciudadanos orientales eran reclutados directamente desde la parte occidental con ofertas atractivas: el salario era mayor que en la RDA, también las posibilidades de viajar. Y para las empresas occidentales era una enorme ventaja no tener que financiar los estudios de esos trabajadores. La RDA era como una vaca a la que se podía ordeñar”, explica Wolfgang, quien creyó en el socialismo hasta el hundimiento de su ex país.
Doble fracaso
“Nadie tiene la intención de levantar un muro”. Estas fueron palabras de Walter Ulbricht el 15 de junio de 1961 en una conferencia de prensa internacional convocada por el propio Gobierno de la RDA. Con perspectiva histórica, se puede decir que la construcción de la “muralla de defensa antifascista”, como las autoridades orientales bautizaron eufemísticamente al Muro, fue el anuncio prematuro del fracaso de la RDA: a pesar de que permitió cierta estabilidad para dar paso al llamado “socialismo realmente existente”, el sistema se salvó sin la participación voluntaria de buena parte de su población.
La construcción del Muro también supuso el fracaso de la estrategia del entonces gobierno de la RFA, liderado por el canciller democristiano Konrad Adenauer: la estrategia del enfrentamiento verbal y del lenguaje de la fuerza de Bonn frente a la Unión Soviética y la RDA para forzar la reunificación alemana bajo un sistema capitalista y multipartidista acabó demostrándose fallida. Estados Unidos decidió no responder militarmente a la construcción del Muro y respetóla zona de influencia soviética. “Un muro es mucho mejor que una guerra” son las palabras que se atribuyen a John F. Kennedy, que había asumido la presidencia estadounidense el 20 de enero de 1961.
Las víctimas
Más allá de las grandes figuras que movían las piezas geoestratégicas, el Muro lo sufrieron los ciudadanos de Berlín. Las 140 víctimas mortales que dejó durante sus 28 años de existencia son el recuerdo más crudo de ese padecimiento: la mayoría – más de 100 – eran ciudadanos orientales que intentaron cruzar la frontera y cayeron por disparos de la guardia fronteriza de la RDA, o ahogados en el río Spree o alguno de los muchos canales de cruzan la ciudad; también ciudadanos sin intención de cruzar murieron por balas perdidas, personas que simplemente pasaban por uno u otro lado del Muro; y cayeron también 8 soldados fronterizos orientales por balas disparadas desde la parte occidental o por fuego cruzado entre ellos mismos.
Estas 140 víctimas mortales son solo las oficiales. Hay indicios sobre una cifra fue muy superior. Pero hasta día de hoy faltan pruebas que lo demuestren. Son las víctimas invisibles del Muro, cuyos pocos fragmentos todavía en pie se han convertido en una atracción turística del Berlín del siglo XXI, una ciudad que difícilmente se deshará de la herencia de la división.
Frauke Petry (Dresde, 1975) responde rápido y sin demasiados rodeos las preguntas sobre su reciente libro. En Réquiem por AfD, augura el fin del partido de ultraderecha más exitoso de la historia de la República Federal en cuya fundación participó en 2013 y que ella misma presidió entre 2015 y 2017. Petry es, por tanto, una conocedora de primera hora y de primera mano de los entresijos de Alternativa para Alemania (AfD), que actualmente atraviesa horas bajas a pocos meses de las elecciones alemanas.
Esta doctora en química germano-oriental llegó a pedir en 2016 que se abriese fuego en las fronteras para evitar la entrada de refugiados. Ahora dispara a quemarropa contra su antiguo partido, que abandonó en plena rueda de prensa un día después de conseguir el acta de parlamentaria en los comicios de 2017. Consciente de que su carrera política tiene los días contados, Petry sirve ahora a sus excompañeros la venganza como plato frío.
Usted abandonó AfD hace casi cuatro años.¿Por qué ha esperado tanto para publicar Réquiem por AfD? ¿Acaso tenía esperanzas en recuperar su expartido?
No, yo ya había perdido la esperanza en el congreso de Colonia de abril de 2017 cuando el partido se decidió por hacer oposición fundamental en lugar de una política constructiva. También me ha llevado un tiempo investigar para escribirlo. Y, obviamente, se han producido una serie de procesos a lo largo de los últimos cuatro años en Alemania que han contribuido a confirmar la necesidad de su publicación.
En aquel congreso, presenté una moción con la que quería comprobar el apoyo que tenía para hacer política de manera constructiva. Para mi era importante descubrir por mi misma cómo iban a reaccionar los delegados. Y la moción ni siquiera fue aceptada. Ese fue el momento que para mi dictó la sentencia sobre AfD.
AfD fue fundado como un partido “liberal, conservador y nacional”.
¿Qué queda hoy de aquello?
En AfD quedan pocos miembros o funcionarios de valores conservadores y liberales. Sus filas y su programa están dominados actualmente por el ala de Björn Höcke [líder del partido en Turingia], que apuesta por una línea muy nacionalista y aislacionista – es decir, por salir de la Unión Europea – y por una política migratoria de corte étnico. Es decir, si durante mi presidencia AfD apostó por un modelo de política migratoria como el de Canadá, hoy lo hace por el modelo japonés basado en la etnia. Y creen que lo que funciona para Japón puede funcionar para Alemania en el centro de Europa. El partido se ha alejado de políticas económicas liberales para desarrollar una orientación nacional y socialista.
¿Está usted diciendo que AfD se ha convertido en nacionalsocialista, en un partido neonazi?
Eso depende de la interpretación que se haga. Los nazis también eran socialistas. Eso es algo sobre lo que no se debate más, sino que el foco se centra en la dimensión nacionalista o en otros horrorosos aspectos del nazismo, como el favorecimiento de unas etnias y el desprecio de otras. Y puede que esto último todavía no sea tan marcado en AfD como lo fue durante los tiempos de Hitler, pero la tendencia de colocar la etnia por encima del rendimiento o el mérito de la gente es evidente.
En cuanto a la política económica, el partido se ha apartado de posiciones liberales. Todavía hay integrantes de esa corriente dentro de AfD, pero la mayoría de los militantes se orientan hacia posiciones antieuropeas y aislacionistas, en las que la etnia juega el papel más importante. El partido lanza claras señales. Tal vez la mayoría de sus votantes todavía no se percaten, pero si leen el libro escrito por Björn Höcke, entonces se darán cuenta de hacia dónde se dirige el partido.
¿Es Höcke un fascista?
Yo siempre he dicho que es un perfecto nacionalsocialista. No respeta la libertad del individuo ni cree que las regiones puedan ser soberanas o autónomas dentro del los estados-nación. Defiende la idea de los pueblos en Europa y niega las fronteras actualmente existentes. Todo eso por no hablar de su giro hacia ritos germánicos y su alejamiento del cristianismo y, por ende, del judaísmo.
Usted acusa a la actual dirección de AfD de aceptar donaciones ilegales. ¿Tiene pruebas? ¿Estaría dispuesta a declarar en un juicio?
No se trata sólo de financiación ilegal, sino de algo mucho peor: de corrupción política. Ya hay muchos indicios – y no sólo en mi libro, sino también en otras investigaciones de periodistas con los que yo no he hablado – de que financiadores externos influyeron en representantes del partido, entre ellos Jörg Meuthen y Alice Weider [co-presidente y co-candidata a canciller de AfD, respectivamente], y también de que importantes partes de su fracción parlamentaria en el Bundestag se dejaron corromper.
Yo personalmente tengo pruebas de que Meuthen desvió dinero de manera ilegal. Ello es importante porque la cuestión es saber si eran casos aislados o de si la misma dirección estaba involucrada. Las pruebas electrónicas, es decir, la correspondencia de correos electrónicos que yo he publicado en Twitter y que enviado al presidente del Bundestag, lo demostrarán. Y por supuesto que estoy dispuesta a declarar en un juicio. En este momento hay abierto un sumario sobre Meuthen. Y sé que hay otros antiguos militantes de AfD que también tienen pruebas.
Se ha especulado mucho sobre las influencias extranjeras en AfD, como, por ejemplo, de actores situados en Rusia y Suiza. ¿Qué vio usted durante su presidencia del partido?
Yo nunca he hablado de influencias extranjeras. Efectivamente, se trata de dinero procedente de Suiza, pero las donaciones de las que yo hablo y que ya han sido investigadas proceden de un multimillonario alemán. Por tanto, no denuncio influencias extranjeras, sino que donantes externos que no pertenecen al partido, independientemente de donde vengan, influyeron en AfD. Usted se refiere a Rusia. Es verdad que ha habido acusaciones, pero yo, personalmente, no conozco esas influencias. Pero ello no significa que no existieran.
¿Qué le dicen los contactos que usted sigue teniendo dentro de AfD sobre la situación interna de la formación?
El ambiente en el partido es malo porque saben que AfD está acabado. Pero cuando un partido consigue entrar en los parlamentos, accede a tantos recursos que eso le permite seguir existiendo. Es decir, AfD sobrevivirá al menos una legislatura más. Pero creo poco probable que siga teniendo representación en el Bundestag a partir de 2025.
El asunto de las donaciones ilegales tendrá su efecto y, por lo que sé por fuentes internas, más representantes abandonarán AfD tras las elecciones del próximo septiembre. Está por ver si eso generará una escisión o sencillamente un desmoronamiento.
Sin embargo, AfD sigue obteniendo excelentes resultados en el este del país.
¿Cree que podría convertirse en una especie de poder regional en los territorios de la antigua RDA?
Sí, es posible. Creo que AfD podría caer primero por debajo de la barrera electoral del 5% en el Oeste del país y que aguante algunos años más en el Este. La frustración aquí respecto al resto de partidos es mucho mayor que en el Oeste. Pero eso no debería llevar a engaño: cuando la ciudadanía germano-oriental se percate de que AfD no puede alcanzar sus propios objetivos, eso cambiará.
Mucha gente vota a AfD en el Este de Alemania como una forma de castigo, como una bofetada al resto de partidos. Es decir, cuantos mejores resultados obtiene, más contentos están sus votantes porque sienten que por lo menos pueden expresar su frustración. Pero cuando AfD ya no pueda cumplir con esa función porque sus resultados se estanquen o decaigan, entonces ese “efecto bofetada” dejará de existir.
Antonio Muñoz buscaba en realidad documentos oficiales sobre las relaciones entre España y Alemania en la década de los 60 y 70 – su especialidad académica –, cuando se encontró con archivos sobre unos juicios sobre los que ni él ni casi nadie había escuchado antes; en esos procesos celebrados en la década de los 60 en Colonia, españoles republicanos en el exilio aseguraban haber sido explotados por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial en la Francia ocupada.
“En esos documentos encontré todo un mundo, a miles de españoles que habían trabajado en el Muro Atlántico”, cuenta Antonio Muñoz, historiador asturiano y comisario de la muestra. El Muro Atlántico fue el intento de Adolf Hitler de levantar una línea defensiva a lo largo de toda la costa occidental de Francia. El objetivo de la sucesión de búnkeres y bases submarinas construidas entre Hendaya y el Cabo Norte era rechazar el previsible ataque aliado.
Esas infraestructuras defensivas, responsabilidad de un organismo paramilitar llamado Organización Todt (OT) que seguía al ejército alemán, fueron levantadas en buena parte por las manos de trabajadores esclavos. Unos 35.000 de ellos fueron republicanos españoles, bautizados despectivamente por los nazis como “Rotspanier” (españoles rojos). Alrededor de 50.000 fueron a forzados a trabajar por la Alemania nazi en el conjunto de sus territorios.
Organización Todt
La OT, en sus inicios dirigida por el ingeniero Fritz Todt y que después quedó bajo el control del arquitecto nazi Albert Speer – condenado a 20 año de prisión en los juicios de Núremberg –, se convierte en “el pilar fundamental de la economía de guerra alemana, siendo el mayor empleador de la ‘Europa de Hitler’”, explica el libro de la exposición. “En poco más de cinco años, la Organización Todt ha completado el programa de construcción más impresionante desde la época de los romanos”, apuntaban asombrados los servicios secretos del ejército británico en marzo de 1945.
La OT, que se financió con el dinero de los bancos de los países ocupados, contó con grandes recursos y repartió contratas entre empresas privadas francesas, belgas y alemanas para que ejecutasen la construcción de puentes, fortificaciones o rampas de lanzamientos de misiles. Algunas de esas compañías todavía existen hoy: Hochtief – ironías del destino, ahora mayoritariamente en manos de la española ACS –, Hans Blatzheim Hochtiefbau, Franz Gassen o Keller Bau son sólo algunas de ellas.
“La OT destruyó la mayor parte de sus expedientes al final de la guerra. Por eso, la investigación es tan complicada. Hasta prácticamente la década de los 80 no hubo publicaciones”, explica Peter Gaida, historiador alemán y el otro curador de la exposición. “La actividad de la OT en Rusia y en Bielorrusia, por ejemplo, todavía está por investigar. Digamos que es una gran desconocida dentro de la historiografía alemana. Y ello tiene que ver con que durante muchas décadas no se la consideró una organización específicamente nazi”, añade Antonio Muñoz
“La historia de un pueblo”
“La de mi padre no es la historia de un hombre, es la historia de un pueblo”, dice José Ruiz, hijo de Carlos Ruiz García. Este último, fallecido en 2006, fue uno de los miles de “españoles rojos” esclavizados por el nazismo. Escribió el libro Carta a un amigo, en el que explica su paso por un campo de trabajo forzado de Burdeos. Le pidió a su hijo que no lo publicase hasta su muerte. “Buena parte de esa generación no se atrevió a contar lo vivido por miedo y por vergüenza”, explica José Ruiz al teléfono desde Francia. Perder la guerra y convertirse en apátridas fue tan duro y vergonzoso para los republicanos españoles que muchos prefirieron guardar silencio durante décadas sobre la esclavitud sufrida.
La biografía del barcelonés Francisco Font también forma parte de esa historia olvidada: huye a Francia en 1939 tras haber defendido la República durante la Guerra Civil. En 1941, es deportado por la OT a la ciudad de La Rochelle, donde es forzado a construir un búnker submarino. En el invierno de 1942, él y 1.500 españoles republicanos son enviados al archipiélago de las Islas del Canal, el único territorio británico ocupado por los nazis. Allí sufre trabajo esclavo y es testigo de las crueldades sufridas por los peones forzados soviéticos y judíos. Tras la liberación de las islas, decide a quedarse a vivir allí y luchar por la memoria de lo ocurrido. Tras su muerte en 1979, su hijo Gary Font continuó esa lucha.
Celestino Alfonso nace en 1916 en Salamanca. Emigra a París con sus padres cuando todavía era un niño. Allí aprende el oficio de carpintero y comienza a militar en las juventudes comunistas. En 1936, decide volver a su país para defender a la República del golpe militar. Tras la derrota, huye a Francia y es internado en el campo de refugiados de Argelès. Tras la ocupación nazi, es deportado a Berlín para trabajar forzosamente. Pero consigue volver a Francia, donde se une la resistencia. En 1943, mata a un oficial de las SS. Finalmente, es detenido por los servicios secretos de la República francesa de Vichy, colaboracionista del nazismo, condenado a muerte por un tribunal de guerra y ejecutado en París en 1944.
La historia de los republicanos españoles esclavizados por el nazismo es como un rompecabezas al que le faltan muchas piezas. El proyecto http://rotspanier.eu, impulsado por la Universitat Rovira i Virgili y cofinanciado con fondos de la UE, pretende subsanar esa debilidad de la memoria histórica española y europea. Los siguientes pasos serán un congreso el próximo octubre en Berlín y la previsible llegada de la exposición a Barcelona y otras ciudades españolas. “Estamos empezando a investigar. Nos falta un cuadro completo”, avanza Antonio Muñoz.