Anastasia Biefang confiesa que nunca tuvo miedo de dar el paso. Sólo quería estar segura de que todo iría bien cuando decidiese comunicar a sus superiores y colegas que ella no era un hombre. Era consciente de que la transición que estaba a punto de anunciar también supondría una transformación para su entorno y la institución para que la trabaja. La incertidumbre era inevitable.
Su empleador no es uno cualquiera: Biefang trabaja para el ejército de la República Federal de Alemania. Es la primera soldado trans en llegar a comandante en la historia de la Bundeswehr. Es, de alguna manera, una pionera en las fuerzas de seguridad alemanas.
Anastasia nació en 1974 en Krefeld (Renania del Norte-Westfalia, oeste de Alemania). Tras la instrucción militar básica y como oficial, se diplomó en Pedagogía por la Universidad Militar de Múnich. Durante su carrera como soldado profesional completó varias misiones en, entre otros países, Afganistán. La profesión venía de familia: su padre también fue militar.
“Yo no sabía cómo se comportaría el ejército conmigo tras mi decisión ni qué significaría para mi como soldado y oficial. Y, sinceramente, me daba igual. Se trataba en primer lugar de mi persona”, explica en una entrevista en exclusiva. La soldado vivió durante 20 años dentro una identidad masculina y de un cuerpo con los que no sentía armonía.
“No tenía plan B”
En el momento más álgido de su carrera militar, con 40 años, decidió romper con esa fachada: “No tenía plan B. No había realmente alternativa alguna excepto seguir escondiéndome, negando y reprimiendo mi auténtico yo”, explica. La reacción de sus entonces superiores estuvo marcada por la absoluta comprensión y por el apoyo. En 2017, la oficial se convirtió en comandante del batallón de información técnica 381 de la Bundeswehr en Storkow, este de Alemania. “No me sorprendió la reacción, pero sí me tranquilizó. Valoro mucho el apoyo que recibí durante mi transición y después de ella. Me demuestra que las personas son importantes para este ejército”.
En Storkow, Biefang tuvo alrededor de 700 soldados a su cargo. Su llegada supuso de alguna manera un test de estrés para una organización militar que nunca había tenido a una persona trans en una posición tan pública. La película documental “Ich bin Anastasia” (“Yo soy Anastasia”), del director Thomas Ladenburger, retrata los retos que supuso la experiencia tanto para la primera comandante trans de Alemania como para el batallón conformado por hombres y mujeres sin apenas experiencia al respecto.
A la pregunta de si sintió resistencia o rechazo latente entre sus subordinados, Anastasia responde: “Mis mujeres y hombres siempre me trataron con respeto y sinceridad. Tuve que ponerme a prueba como comandante, como lideresa militar y como oficial. Obviamente, fue diferente a ocasiones a anteriores debido a mi transidentidad. Pero cuando surgieron resistencias, pudimos superarlas de manera conjunta y rápidamente”.
Paciencia como virtud
Alemania tiene un marco legal relativamente avanzado para reglar el cambio de identidad de género y una ley de igualdad que protege también los derechos de la ciudadanía transexual. Además, en 2019 entró en vigor el derecho a identificarse oficialmente con el tercer género (“otro” o “diverso”).
El actual marco legal no significa, sin embargo, que el proceso de transición sea automático una vez que la persona da este decisivo paso. Es un camino muy marcado por fuerzas ajenas, explica Anastasia: “Yo escondí y reprimí mi condición de mujer más de 20 años. Y cuando tomas la decisión, te das cuenta de que la transición es un largo camino. Un camino en el que hay que explicarse constantemente ante médicos y expertos a los que hay demostrar formalmente tu propia identidad”.
“El cambio de nombre y el registro del género llevaron un año. Esperé casi siete meses a las hormonas. Y cuando la operación de transición sexual fue aprobada en el 2016, tuve que esperar otro año más para la intervención quirúrgica. Cada vez tenía menos paciencia. Eso fue lo más difícil para mi. Creo que algunos obstáculos del proceso son innecesarios. Deberíamos confiar más en las personas a la hora de decidir sobre su propia vida, y adaptar nuestras leyes y reglas”, argumenta.
Anastasia Biefang trabaja hoy como directiva en el comando de información y ciberespacio del Estado Mayor. Junto a su esposa, disfruta de su vida como mujer, la vida que durante décadas deseó llevar. Preside además como voluntaria la organización QueerBw, que representa al colectivo LGBTI dentro del ejército alemán.
Cuando mira al futuro, desea un ejército diverso con militares y cuadros directivos “variados”: “Una Bundeswehr que viva interna y externamente la diversidad de manera ejemplar, y que avance como uno de los ejércitos más exitosos y atractivos de Europa”.
“Los alemanes tienen que madurar, tienen que pasar página. Ya es hora de que dejen de apoyar a aquellos que están cometiendo crímenes contra la humanidad. Si aprendieron algo del Holocausto, entonces tendrían que saber que hoy deben apoyar los derechos de los palestinos”.
Decir una frase así en público no es un paso sencillo en Alemania. La sombra de los crímenes cometidos por el nacionalsocialismo y del Holocausto sigue marcando la vida política del país, y condicionando las opiniones públicas sobre Israel. Las críticas contra el Estado fundado en 1948 y que debía convertirse en el lugar seguro para los judíos del mundo, pueden tornarse rápidamente en acusaciones de antisemitismo todavía hoy en Alemania, más de 70 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial y de la derrota del hitlerismo.
El autor del párrafo que abre este artículo es, sin embargo, Ronnie Barkan, judío, israelí y activista delMovimiento Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS, en sus siglas en inglés), una campaña global que desde hace más de una década intenta presionar a la comunidad internacional para acabar con lo que considera un "sistema de apartheid" levantado por el Estado de Israel contra todos aquellos de sus ciudadanos no judíos y, especialmente, contra los palestinos de los territorios ocupados y en la diáspora.
Ronnie no puede evitar dibujar una sonrisa ante la siguiente pregunta: ¿se puede ser judío y antisemita? El movimiento BDS se enfrenta desde hace tiempo a ese tipo de acusaciones en Alemania por su activismo y denuncia de las operaciones del ejército israelí y la ocupación de Cisjordania o el bloqueo de la Franja de Gaza.
El BDS es especialmente controvertido en Alemania por las asociaciones psicológicas entre su campaña y el boicot puesto en marcha por los nazis con su llegada al poder en 1933 bajo el lema “No compres a judíos”. La Oficina de Defensa de la Constitución de la ciudad-Estado de Berlín incluso incluyó al BDS en su capítulo dedicado al antisemitismo después de que sus activistas boicoteasen con éxito un festival de música cofinanciado por la embajada israelí en la capital alemana.
“El sionismo es claramente supremacista, racista, ultranacionalista; tiene las características más horribles. No hay una versión moral del mismo. La campaña de BDS está dirigida contra cualquier forma de racismo, incluyendo el sionismo y el antisemitismo”, asegura Ronnie en conversación con El Confidencial. Este activista de 42 años decidió abandonar Israel por considerar irresponsable seguir viviendo en su país natal ante la actual situación. Tras pasar por Italia, decidió establecerse en Berlín. Pero, ¿por qué Alemania?
“Este el último bastión para el sionismo, la última frontera. Ello tiene que ver con una 'razón de Estado' que va incluso más allá de la ley y establece que la existencia del Estado de Alemania está intrínsecamente relacionada con la defensa del Estado de Israel, sin entender qué está ocurriendo realmente. Por eso, cualquier crítica al sionismo o al Estado de Israel es entendida como una crítica a Alemania. Incluso una crítica a la ocupación de territorios palestinos, que en realidad es el síntoma del problema, o de los mismos asentamientos israelíes en esos territorios, es motivo suficiente para ser blanco de acusaciones de antisemitismo. Estas son herramientas muy efectivas para negar cualquier tipo de voz crítica con Israel”.
"Alemania no puede fijar los límites”
Stavit Sinai asiente ante cada una de las frases de Ronnie. Ella también es judía, israelí y antisionista. Esta académica y activista del movimiento BDS residente en Alemania desde años no da crédito a las acusaciones de antisemitismo y antijudaísmo a las que tiene que hacer frente en un país que, paradójicamente, asegura querer defender los derechos de su país natal y su pueblo: “Como hija de una familia superviviente del Holocausto no aceptaría ningún dictado de nadie sobre cómo formular mis ideas políticas ni tampoco me siento obligada a pedir permiso para expresar mi opinión. No creo que la sociedad alemana esté en disposición de establecer cuáles son los límites de la discusión”, sentencia Stavit.
En los artículos y reportajes publicados por medios alemanes es fácil leer acusaciones veladas de antisemitismo contra el BDS. Sin embargo, rara vez se menciona la condición judía de algunos de sus activistas ni su origen israelí. “Ser judío, israelí y denunciar de forma no violenta en Alemania el apartheid que aplica nuestro país hace muy difícil que nos acusen de antisemitismo”, razona Ronnie sobre esos silencios mediáticos.
El debate sobre si Israel ha establecido un sistema de apartheid, de segregación por etnia y religión tanto en los territorios palestinos como dentro de sus propias fronteras, no es nuevo. En 2017, un informe realizado por encargo de Naciones Unidas concluyó sin reservas que Israel había erigido un sistema de segregación basándose “en las mismas leyes y principios internacionales de los Derechos Humanos que rechazan el antisemitismo”.
“Ningún Estado está exento de cumplir las normas y reglas recogidas en la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas Formas de Discriminación Racial. (…) El fortalecimiento de ese cuerpo de la legislación internacional sólo puede beneficiar a todos aquellos grupos que han sufrido históricamente discriminación, dominación y persecución, incluyendo a los judíos”, concluía el informe.
La publicación supuso la reacción inmediata del gobierno israelí, de otras voces de Estados Unidos y de la propia secretaría general de la ONU. Ante la negativa de eliminar el informe de la web de Naciones Unidas, la jordana Rima Khalaf, directora de la Comisión Económica y Social para Asia Occidental que había encargado la elaboración del estudio, decidió presentar su renuncia. A día de hoy, el informe ya no está en la web de la ONU, pero es fácil de encontraren otras páginas académicas o de activismo político.
La legislación internacional en defensa de los Derechos Humanos establece que el crimen de apartheid se traduce en “actos inhumanos cometidos en el contexto de un régimen institucionalizado de opresión sistemática y de dominación de un grupo racial sobre otro u otros grupos raciales con la intención de mantener ese régimen”. El concepto de apartheid procede del sistema de dominación blanca sobre la población negra levantado en Sudáfrica el siglo pasado. Mientras voces como la del escritor israelí nacido en Ciudad del CaboBenjamin Pogrund se niega a aceptar esa comparación aduciendo sus propias vivencias en aquel sistema de segregación racial sudafricano, Ronnie Barkan y Stavit Sinai no tienen dudas al respecto.
Proceso legal
“Yo crecí en Haifa, una ciudad diversa. Nunca me mezclé con chicos árabes de mi edad, nunca, porque el sistema educativo está segregado. Fui a una escuela para judíos. La población también está segregada por barrios. Nunca me encontré con chicos de mi edad que no fueran judíos. Por supuesto que me encontraba con árabes, pero siempre en contextos en los que ellos me servían a mi. Me criaron, por tanto, como si yo perteneciese a una raza superior”, explica Stavit.
Ronnie va más allá de su propia experiencia personal y saca un tabla de elaboración propia basada en datos de la Oficina Central de Estadística de Israel: según esa tabla, la legislación israelí establece tres categorías a la hora reconocer los derechos de los habitantes de Israel y de los territorios ocupados: la ciudadanía, la nacionalidad (judía, árabe, drusa, etcétera) y la religión. Según Ronnie, a cualquier persona que no cuente con una ciudadanía israelí y una nacionalidad judía, reconocidas oficialmente como tales por las autoridades israelíes, le serán negados automáticamente los plenos derechos y deberes ciudadanos. Aquellos ciudadanos palestinos que no cuenten con ciudadanía israelí y que vivan en territorios ocupados o en la diáspora forzada conforman el escalón más bajo, sin estatus ni derecho alguno. “Si todos los ciudadanos de Israel contasen con una ciudadanía israelí, ello significaría el fin del apartheid”, añade Ronnie.
Un ejemplo claro de esta última categoría está sentado al lado de los dos activistas israelíes del movimiento BDS. Se llama Majed Abusalama y es un refugiado palestino que pudo abandonar la Franja de Gaza en 2014 tras recibir un disparo del ejército de Israel. Majed, que había sufrido previamente la persecución de Hamás en Gaza, colaboró con fundaciones de partidos políticos alemanes como la CDU o La Izquierda tras su llegada al país. Dejó de hacerlo cuando empezó a sentirse utilizado para justificar la posición de las instituciones alemanas respecto al comportamiento de Israel para con su pueblo. Actualmente también es activista en el movimiento BDS de Alemania: “Para mi vivir en Gaza significó vivir en una prisión a cielo abierto, en un campo de concentración, en un gueto. Yo viví allí y sé cómo vive mi gente allí en estos momentos”.
En junio de 2017, Ronnie, Stavit y Majed protagonizaron una acción de protesta durante una conferencia ofrecida en la Universidad Humbold de Berlín por la parlamentaria israelí Aliza Lavie, diputada del partido centrista, laico y opositor Yesh Atid. Los activistas quisieron llamar así la atención sobre lo que ellos consideran la colaboración necesaria de la oposición israelí laica con el sistema de ocupación y bloqueo contra la población palestina que mantiene el actual gobierno del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu.
La acción no les salió gratis. Los dos activistas israelíes afrontan ahora un proceso legal en Berlín por intento de agresión y allanamiento, en un acción calificada por la práctica totalidad de la prensa alemana de “ataque antisemita”. Ronnie y Stavit asumen las posibles consecuencias legales, pero se niegan a dejar de ejercer su activismo en Alemania: “Al igual que un blanco en la Sudáfrica del apartheid, aquí nosotros tenemos dos opciones: o estás en contra o estás a favor; en aquella Sudáfrica no había una tercera opción y tampoco la hay con el actual sionismo”.
“El nacionalsocialismo, más concretamente Auschwitz, se ha convertido en el último mito de un mundo racionalizado al cien por cien. Un mito es una verdad que está más allá de discusión. No necesita justificarse, bien al contrario: el solo atisbo de la duda, presente en la relativización, significa un serio asalto contra el tabú que lo protege. ¿Acaso no se ha amenazado con castigar la 'mentira de Auschwitz' como una especie de blasfemia?”
Este es uno de los párrafos de Finis Germania, el libro póstumo que el historiador e intelectual alemán Rolf Peter Sieferle dejó escrito antes de suicidarse en septiembre de 2016. Se trata de un breve ensayo de apenas 100 páginas que, como su propio título indica, advierte del ocaso de Alemania como nación. Las razones que ofrece Sieferle en su disertación coinciden con los argumentos ofrecidos por las llamadas Nuevas Derechas alemanas: la migración masiva, los refugiados, la falta de patriotismo, el avance de la multicultaridad en detrimento de la población autóctona y los valores tradicionales alemanes, el presunto antigermanismo, generado por la cultura de la constante revisión de la historia reciente de un país marcado por el nacionalsocialismo y el holocausto, acabarán irremediablemente con Alemania, con su historia, con su cultura.
“La responsabilidad de los judíos en la crucifixión del mesías no fue reconocida por ellos. Los alemanes, que reconocen su responsabilidad sin piedad, tienen sin embargo que desaparecer de la historia, convertirse en un perpetuo mito para expiar su culpa”, escribe Sieferle en otro párrafo en el que deja meridianamente claro su mensaje: la relativización de los crímenes nacionalsocialistas y el revisionismo histórico marcan un libro que incluso recibió alabanzas por parte de articulistas de la prensa conservadora española.
El libro de Sieferle habría sido una simple anécdota, un inadvertido giro ultraderechista de un intelectual alemán durante sus últimos días de vida, si Finis Germania no se hubiera colado de lleno y durante varias semanas de este año en la lista de los títulos más vendidos de la plataforma Amazon en Alemania después de que un crítico literario del referencial semanario Der Spiegel lo incluyese en las recomendaciones editoriales de la publicación. El director de la revista decidió finalmente sacarlo de esa lista y reprender públicamente al articulista. Pero la polémica estaba servida en un país en el que revisionismo histórico quedó excluido del consenso político a raíz del fin de la Segunda Guerra Mundial y desde la misma fundación de la República Federal de Alemania en 1949. Eso parece estar cambiando.
Götz Kubitschek no duda en calificar el escándalo generado por la obra de Sieferle como todo un éxito de la editorial Antaios, que él mismo dirige desde Schnellroda, un pequeño pueblo situado en el Estado germanooriental de Sajonia-Anhalt. Kubitschek es la gran referencia intelectual de las llamadas Nuevas Derechas alemanas, que tienen al movimiento islamófobo Pegiday al partido Alternativa para Alemania como principales arietes de una relativamente exitosa revolución hipernacionalista e ultraconservadora tras décadas de intentos infructuosos en un país que parecía vacunado contra aventuras ultraderechistas.
A la pregunta de si la nueva intelectualidad de las llamadas Nuevas Derechas está en disposición de pelear por la hegemonía cultural (y política) de Alemania, Kubitschek responde a este periodista: “Por supuesto. Fíjense en el reciente escándalo generado por el 'caso Sieferle': la reacción del establishment es patética, histérica, de pánico y clínica. Ello me demuestra cuán exitosamente podemos provocar”. El escándalo generado es, en su opinión, la prueba de que el consenso de postguerra alemán muestra grietas. Pegida, AfD y el propio 'caso Sieferle' son sólo síntomas de ello.
¿Quién es Kubitschek?
La pregunta sobre la biografía de Kubitschek se hace inevitable. Nacido en 1970 en el sur de Alemania, este teniente del ejército alemán en la reserva estudió germanística, geografía y filosofía en Hanóver y Heidelberg. En la década de los noventa fue redactor del semanario Junge Freiheit, referencial en las Nuevas Derechas y considerado actualmente la publicación orgánica de AfD. En el año 2000 funda la editorial Antaios, a partir de la cual comienza a construir un polo intelectual ultraderechista del que hoy forman parte la publicación Sezession o el think tank Institut für Staatspolitik (IfS). Kubitschek es muy cercano a los líderes del ala etnonacionalista de Alternativa para Alemania Björn Höcke y André Poggenburg.
Kubitschek también tiene conexiones con la plataforma civil Ein Prozent, cuyo objetivo es movilizar al uno por ciento de la población alemana contra la política migratoria de Gobierno de Angela Merkel, así como con el Movimiento Identitario, grupo juvenil que este verano fletó un barco para frenar la migración en el Mediterráneo en un intento de “defender Europa”.
Para Kubitschek, el objetivo de este polo intelectual ultraderechista es claro: “Las Nuevas Derechas son un cuestionamiento fundamental de la hegemonía cultural de la izquierda”, declara. Esta revolución neoconservadora e hipernacionalista asume curiosamente una premisa teórica acuñada por el intelectual marxista italiano Antonio Gramsci: sólo desde la hegemonía cultural se pueden alcanzar mayorías sociales y políticas.
Entre otros conceptos, Kubitschek defiende el “etnopluralismo”, que intenta recuperar el patriotismo alemán apartándose de los clásicos postulados nazis que defienden la superioridad racial aria: “Este concepto se basa en el convencimiento de que la diversidad del mundo se fundamenta en la diversidad de sus pueblos y de que no puede haber superioridad de unos pueblos sobre otros, sino más bien una igualdad de derechos y un aprecio fundamental, siempre y cuando los pueblos defiendan y desarrollen su cultura, permanezcan en sus espacios y respeten a sus vecinos”, contesta Kubitschek en un cuidado y elegante alemán. “Al fin y al cabo, el etnopluralismo es un concepto defensivo, un concepto humilde y moderado para un pueblo y un continente que están envejeciendo. Los pueblos jóvenes, dinámicos y expansivos no se comportan de forma etnopluralista, y Europa obviamente tampoco se comportó de manera etnopluralista en su fase de superioridad y expansión”.
AfD como última oportunidad
El tiempo se agota para Alemania. Es el profundo convencimiento de los integrantes de las Nuevas Derechas, especialmente de aquellos que rechazan el concepto moderno de ciudadanía y defienden en su lugar la pertenencia a una nación por derecho sanguíneo. El partido AfD es visto de alguna manera por Kubitschek y otras figuras destacadas de las Nuevas Derechas como la última oportunidad para frenar el ocaso de Alemania y preservar el pueblo alemán, precisamente el mensaje que trajo consigo la obra de Sieferle Finis Germania. AfD supone para ellos un cambio de paradigma en el tablero político alemán. “AfD es la prueba político-partidaria de ese cambio de paradigma, no el inicio del mismo”, asegura Kubitschek. “AfD tiene ante sí un camino duro, tiene que sostenerse en la industria política y comportarse como un partido. Y efectivamente, se nos hace tarde. Si AfD fracasase, no sería posible hacer mucho más a través de vías político-partidarias”.
Es especialmente llamativo que en un país como Alemania, cuyos indicadores macroeconómicos apuntan a una buena salud estructutal, un partido ultraderechista como AfD esté luchando por convertirse en la tercera fuerza del arco parlamentario. Así lo apuntan las encuestas de intención de voto. De no haber sorpresas de última hora, el Bundestag contará a partir del próximo 24 de septiembre, fecha de las elecciones federales, con una bancada ultraderechista en sus entrañas, algo inédito en la historia reciente del país. Un fenómeno al que ha contribuido, sin lugar a dudas, la lucha por la hegemonía cultural protagonizada durante la última década por Kubitschek y los suyos.
Un reciente informe de la fundación Hans-Böckler, dependiente de la principal central sindical de Alemania, indica los motivos que llevarán previsiblemente a un par de millones de alemanes a votar por AfD en las próximas elecciones federales: la mayoría de votantes del partido ultra, perteneciente a la clase media del país, asegura contar con una buena situación económica; sin embargo, comparten un común denominador: tienen miedo al futuro, son pesimistas militantes. Si Alemania continúa por la senda actual, creen, el país se precipitará irremediablemente al precipicio, a la Finis Germania.
Para responder a la pregunta de hasta qué punto el pueblo alemán está realmente en peligro, Götz Kubitschek recupera un cita del siglo pasado del intelectual ultraconservador alemán Carl Schmitt: “El hecho de que un pueblo no tenga la fuerza o la voluntad de mantenerse en la esfera de los político no significa que la política desaparezca del mundo. Sólo desaparece un pueblo débil”. Un párrafo que contextualiza el actual miedo reinante en un segmento nada despreciable del electorado alemán.
“La mayoría de los hombres musulmanes tienen un problema de violencia”; “las mujeres musulmanas (…) también son culpables. (…) Las madres educan a sus hijos como príncipes y machos, a sus hijas, como sirvientas de los hombres”; “los musulmanes exigen y reciben un tratamiento especial”; “el pañuelo en la cabeza y una sexualidad en libertad son una paradoja, se contradicen”; “hemos perdido la batalla contra el hiyab [cubrimiento de la cabeza de la mujer por cuestiones religiosas] por ser una sociedad tan tolerante”.
Todas estas frases, sacadas de contexto, podrían llevar a pensar que fueron escritas por un político o intelectual ultraconservador de tendencias hipernacionalistas e islamófobas tan de moda actualmente en Europa. Nada más lejos de la realidad: la autora es una feminista radical, de valores conservadores, origen albanés y discurso políticamente incorrecto e incómodo prácticamente con todos los partidos políticos de Alemania. Su nombre es Zana Ramadani y su historia, extraordinariamente excepcional.
Nacida en Skopje, Macedonia, en 1984, Zana llegó a Alemania a la edad de 7 años de mano de su familia, que huía de la desintegración de Yugoslavia. Tras constantes conflictos con los valores musulmanes de sus padres y tíos, con 18 años decide huir de casa. Después de casarse con un alemán, hacer carrera profesional y ganar mucho dinero en el sector financiero y en diferentes bufetes de abogados, decide abandonar su cómoda vida para cofundar FEMEN Alemania. Comienza así a participar en acciones directas contra la prostitución, contra políticos considerados por las activistas como machistas y misóginos, y contra representantes del patriarcado gobernante contra las que integrantes de FEMEN militan.
Zana está hoy separada y su carrera profesional es historia. Sus intervenciones junto con otras activistas de FEMEN Alemania, como la que protagonizó en la final del reality show televisivo Germany’s Next Topmodel en 2013, le han pasado factura. También dentro de su propio partido, la Unión Demócrata Cristiana (CDU) liderada por la canciller Angela Merkel, en el que a pesar de todo sigue militando.
¿Es Zana el prototipo de un feminismo conservador poco conocido y explorado? “Soy muy conservadora”, declara Zana Ramadanil, “pero eso significa tener unos determinados valores que no obligatoriamente tienen una connotación negativa. Mis valores descansan sobre el humanismo y el feminismo. Eso significa no cerrar los ojos antes problemas y llamar a las cosas por su nombre para fomentar el debate. Sólo a través del debate me puedo desarrollar yo y se puede desarrollar la sociedad”.
Feminista radical, conservadora, militante de la CDU, azote de los barones misóginos de su partido, crítica implacable de lo que ella califica de “Islam político” y del rol de las madres musulmanes a la hora de plantar la semilla del conservadurismo religioso en los jóvenes musulmanes nacidos y crecidos en Alemania. Quien navegue en la biografía de Zana Ramadani, encontrará una figura compleja, poliédrica y también profundamente contradictoria.
“Delirio tolerante”
'El peligro encubierto. El poder de las madres musulmanas y el delirio tolerante de los alemanes' es el título del primer libro de Zana Ramadani, recién publicado en Alemania; con él, la activista se ahorra el estilo políticamente correcto y lanza una tremenda crítica contra buena parte de la comunidad musulmana residente en su país y en el resto de Europa. Su tesis: es absurdo argumentar que el terrorismo yihadista no tiene nada que ver con Islam. Los terroristas yihadistas son, al fin y al cabo, musulmanes y su radicalización nace en el seno de la religión que profesan.
En opinión de Ramadani, el denominado Islam político, doctrina cuyas reglas nacen de una interpretación ortodoxa del Corán y que pretende intervenir en todas las dimensiones de las sociedades que dominan, alimenta ese fanatismo religioso. Y buena parte de los integrantes de las comunidades musulmanas europeas apoyan activa o pasivamente ese islamismo o Islam político.
Zana también también critica lo que ella considera tolerancia mal entendida de una parte de la sociedad alemana. “¿Por qué un demócrata alemán no debería criticar la religión islámica mientras sí discute valores controvertido del cristianismo y el judaísmo? ¿Y por qué no debería decirle a los líderes musulmanes: 'tenéis que aceptar que vuestro profeta sea caricaturizado, así como nosotros no enviamos un comando suicida cuando el Papa es representado en una portada con una mancha amarilla sobre sobre su sotana'”.
La crítica de Zana al Islam y al islamismo es implacable, sin concesiones. Su libro combina experiencias personales con referencias académicas y periodísticas. Su pecado reside tal vez en que la conclusión del ensayo esté ya implícita en la tesis inicial. Y también que algunos de sus párrafos contengan ciertas generalizaciones no justificadas que parecen buscar más la provocación que el fomento del sano debate. “Entre los musulmanes crece un preocupante número de personas fanáticas y preparadas para usar la violencia”, escribe por ejemplo Zana sin ofrecer referencia estadística o académica alguna.
“Yo nunca quise generalizar con mi libro”, asegura la autora a El Confidencial. “Solamente he intentado escribir de manera clara y nítida. Sin embargo, eso ya no parece ser habitual, y por eso creo que muchas personas encuentran que mi libro es provocador. Eso es triste. Si hubiese intentado escribir para evitar que el libro pudiese entenderse como una provocación o una generalización, seguramente habría relativizado muchas cosas. Y en ese caso, habría sido mejor no escribirlo”.
En un momento en que la ultraderecha de tintes islamófobos gana terreno en Alemania y otros países de Europa, la pregunta se hace inevitable: ¿no tiene miedo de que su libro y sus intervenciones públicas sean manipuladas por el creciente populismo xenófobo de partidos como Alternativa por Alemania? “Yo tengo derecho a criticarlo todo y a ponerlo todo en entredicho, y eso no significa que sea racista”, responde tajante Zana, que quiere dejar claro su absoluto rechazo y distanciamiento de las posiciones de formaciones como AfD y de movimientos ultras como Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente).
Zana incluso va más lejos: cree que libros como el suyo sirven para combatir el discurso políticamente correcto sobre el Islam, que, en su opinión, ha alimentado las tesis islamófobas de AfD. “No creo que AfD haya surgido porque los alemanes se atrevan por fin a expresar su racismo en público. Surge del miedo y la frustración ante las élites y los actuales gobernantes. Y ahí incluyo también a mi partido, la CDU. No creo que los ciudadanos hayan contribuido al surgimiento y el avance de AfD, sino los gobernantes. El problema es que las elites políticas no han reconocido ese error hasta hoy. En lugar de buscar a los ciudadanos, hablar con ellos y preguntarles por qué votan a AfD, les dicen que son tontos y nazis por votar a ese partido. Hay políticos cercanos a Merkel que siguen sin reconocer errores y que piensan que los problemas se solucionarán solos. Hay incluso parlamentarios que insultan a votantes a través de twitter por apoyar a AfD. Si yo soy una de esas ciudadanas, ¿votaría nuevamente por ellos?”
Coste personal
El activismo de Ramadani no deja de ser contradictorio: feminista radical, defiende los valores conservadores basados en el humanismo cristiano que representa la CDU de Merkel, en el seno de la cual reconoce que también hay una parte de “fundamentalismo cristiano” respecto a cuestiones como el matrimonio homosexual o la adopción de menores por parte de parejas del mismo sexo. Zana confiesa además que sus acciones en FEMEN le costaron el rechazo dentro de los círculos conservadores en los que ella se ha movido desde que comenzó hacer política y a labrarse una carrera profesional. “En los ámbitos en los que he trabajado, este tipo de activismo no ayuda encontrar un empleo”, dice Zana, ahora mismo desempleada y en búsqueda de un trabajo que de momento no llega.
El coste personal del activismo de Zana también impactó en la relación con su familia de origen albanés, ya de por sí históricamente complicada. “Durante un año no tuve ningún contacto con mi familia, hasta que mi padre decidió retomarlo. Desde entonces la relación es intermitente, con fases buenas y malas. El caso de mi madre es complicado: por una parte, no me desea nada malo, pero por otra, no puede separarse de su valores. En todo caso, este libro no es ningún ajuste de cuentas con mi familia. Sólo quiero cambiar algo para la próxima generación”.
La cofundadora de FEMEN Alemania tiene una hermana y un hermano, ambos menores que ella. De este último dice: “Con 24 años, es el buen musulmán de la familia. Él puede permitírselo todo. Puede beber alcohol y salir. Pero a nosotras nos echa en cara que salgamos con chicos y que bebamos, nos dice que nos comportamos como putas. En los círculos religiosos musulmanes, el comportamiento de mi hermano es paradigmático. Y nuestra familia no es especialmente conservadora. Son cosas que yo viví en el seno de una familia musulmana liberal. ¿Cómo habría sido mi vida si hubiese crecido en una familia musulmana conservadora? Prefiero no imaginármelo”.
Miedo al futuro
Zana Ramadani está embarazada. Espera un hijo de un hombre que su familia todavía no conoce. Ni siquiera sabe si su familia accederá algún día a conocerlo. Desde que Zana apostase por el camino del activismo, la incertidumbre marca irremediablemente su vida. Y también el miedo al futuro. “Tengo miedo de cómo se desarrollan las comunidades islámicas aquí en Alemania, de que en el futuro vea mis libertades individuales coartadas y de que me tenga que subyugar nuevamente a la voluntad de una comunidad”, asegura.
“Desde que hago política y soy activista, vivo con amenazas de muerte. Tomo una serie de medidas de seguridad personales, pero no me puedo permitir guardaespaldas. Recibo amenazas tanto de círculos islamistas, como de círculos izquierdistas y derechistas”, dice Zana sin perder una expresión de relativa calma, para añadir: “Ahora quiero hacer un curso de uso de armas para poder defenderme a mi misma ya que el Estado alemán no está dispuesto a hacerlo”.
Esta feminista atípica y militante se niega a que las amenazas le tapen la boca. Una boca de la que, durante la larga e intensa conversación con este periodista, salieron frases políticamente incorrectas e incómodas con casi todas las tendencias políticas presentes en su país de adopción: “Las asociaciones de musulmanes en Alemania son, por lo general, fuertemente islamistas y buscan cualquier cosa menos la convivencia”; “el Islamismo nunca puede ser democrático, contiene todos los elementos negativos de esa religión”; “también veo fundamentalismo cristiano dentro de la CDU, y sí, ese fundamentalismo también tenemos que combatirlo”; “debemos pelear contra toda forma de racismo, también contra el practicado por los musulmanes”; “estoy dispuesta a aceptar cualquier tipo de creencia, pero hasta un determinado punto. Y cuando las religiones sobrepasan ese punto, hay termina también la tolerancia”.