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lunes, 19 de diciembre de 2022

'Reichsbürger': una teoría de la conspiración con tradición en Alemania


Marcha anticorona con banderas de Reichsbürger. Noviembre de 2020, Berlín. A.Jerez


“En 1945 no se ocupó el Imperio Alemán, sino la administración ilegal de la República de Weimar. Tan sencillo como eso. Por eso, el Tribunal Constitucional dice que la República Federal no es sucesora del Imperio Alemán, sino que este sigue existiendo legalmente, aunque sea incapaz de actuar y esté en estado de sitio”. 

Sascha habla con seguridad y un lenguaje digno de un jurista especializado en historia alemana. Lo hace mirando a la videocámara de su ordenador, que lo inmortaliza durante una videoconferencia subida a YouTube el 13 de enero de 2021. Es uno de los cientos de vídeos del canal Vaterländischer Hilfsdienst – VHD, en sus siglas en alemán, cuya traducción es “Servicio de Ayuda a la Patria” –. El VHD es uno de los muchos grupos que reclaman desde hace años que el Imperio Alemán sigue existiendo legalmente con sus fronteras de 1937. Otros son “Herederos de Bismarck”, “Reino de Alemania”, “Confederación del Imperio Alemán” o “Asamblea Constituyente”. 

La argumentación de Sascha es extremadamente enrevesada, pero se puede resumir así: el Imperio Alemán, nacido de la fusión de diferentes nacionalidades y estados en 1871 de la mano del canciller Otto von Bismarck, no dejó de existir porque la Alemania nazi derrotada en el Segunda Guerra Mundial nunca llegó a firmar un acuerdo de paz con las fuerzas vencedoras. La Constitución Imperial de 1871 sigue, por tanto, vigente y la República Federal es una entidad sin derecho ni existencia real. Algunos incluso aseguran que es tan sólo una empresa administrada por fuerzas ocupantes. 

“Podemos ser alemanes y libres. Tenemos que ser alemanes y libres si queremos la paz”, sentencia Sascha. El video en el que se explica con convicción acumula poco más de 4.000 visualizaciones. La locuacidad del ponente no parece ser capaz de movilizar a las masas. 


Fenómeno creciente 

Sascha es uno de los 23.000 Reichsbürger (“Ciudadanos del Reich”) que hay en Alemania, según el Ministerio del Interior. En 2020, las estimaciones ascendían a unos 20.000. Es un fenómeno creciente y muy heterogéneo. El último informe de la Oficina Federal de la Defensa de Constitución – servicios secretos domésticos – dedica uno de sus capítulos al variopinto movimiento. “Son grupos e individuos que rechazan la existencia de la República Federal de Alemania y su ordenamiento jurídico por diversos motivos y basándose en diversas razones – entre ellas, la referencia al Reich alemán histórico (…) –, niegan la legitimidad de los representantes elegidos democráticamente o incluso se definen a sí mismos como ajenos al ordenamiento jurídico”, apunta el informe, que también incluye en el apartado a los “autogobernados”, ciudadanos que se autoproclaman sujetos soberanos y que se niegan responder ante ningún estado, en clara sintonía con la tradición libertaria de EE.UU. 

El libro Ciudadanos del Reich. El peligro subestimado, editado en 2017 por el periodista Andreas Speit especializado en movimientos de ultraderecha, resume el fenómeno de la siguiente manera: los Reichsbürger son ciudadanos que actúan de manera subversiva para intentar bloquear, sabotear o paralizar la administración y el Estado; sus argumentaciones están basadas en teorías de la conspiración absolutamente irracionales y apartadas de la realidad en la que viven; no son obligatoriamente ultraderechistas o neonazis, pero comparten numerosas ideas con ese espectro político; ignoran las consecuencias de sus actos y declaraciones, y no se dejan convencer por contraargumentaciones irrebatibles; la inacción de las autoridades es interpretada por los Reichsbürger como señal de victoria. 

La reciente redada contra el grupo “Unión Patriótica” marca un antes y un después en la percepción que Alemania y el resto del mundo tienen del fenómeno. Más de 3.000 policías desarticularon una red que presuntamente había planeado un golpe de Estado contra la República Federal, incluido un espectacular asalto armado al parlamento alemán. La policía detuvo a 25 personas, se incautó de 90 armas de fuego y encontró listas de políticos y periodistas. La fiscalía acusa a los detenidos – entre los que hay un aristócrata y una jueza exdiputada de la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) – de “organización terrorista”. 


Nuevo escenario

“Hace tres o cuatro años no me habría imaginado que este tipo de personas conseguirían formar un grupo tan fuerte y organizado”, dice Andreas Speit. “No se trata de marginados, sino de personalidades del entorno de la nobleza, una jueza, varios antiguos soldados de las fuerzas especiales, agentes de policía e incluso de la brigada de investigación criminal. Aquí es donde realmente hay que decir que estamos ante un fenómeno nuevo: que gente de este nivel se haya unido en torno a la ideología del Reich y estén dispuestos a cometer actos de terrorismo”, añade. 

El mismo día de la redada, numerosos camarógrafos y fotógrafos inmortalizaron la detención del “príncipe” Heinrich XIII, que presuntamente tenía que convertirse en el nuevo jefe de estado de Alemania si el golpe hubiese triunfado. Poco después de la redada, algunos medios impresos publicaron en sus webs notas de fondo sobre la red desmantelada y el fenómeno Reichsbürger. Varias televisiones emitieron programas especiales sobre la operación ese mismo día. 

La gran preparación de diversos medios deja entrever que algunos periodistas habían sido informados días antes de la redada. Ello ha generado críticas y también dudas sobre el peligro real que suponía la red desmantelada. “Todo el mundo sabía de la redada menos los detenidos”, ne dice Hinnerk Berlekamp, periodista y coautor del libro Ciudadanos del Reich. El peligro subestimado. Y continúa: “Eso indica que las autoridades ni siquiera temieron que alguien pudiera pasar la información a los afectados. Si realmente había una conspiración tan peligrosa contra Alemania, yo no habría permitido filtraciones. Todo es muy raro y parece más dirigido al efecto mediático. No quiero decir que los Reichsbürger no sean peligrosos, pero la operación me parece desmedida”. 


Del 'Papierterrorismus' a la violencia real
 
Politólogos y analistas del fenómeno Reichsbürger acuñaron hace ya años un neologismo para describir los intentos de sus militantes de paralizar el Estado: Papierterrorismus (“Terrorismo de papel”). Es decir, el bombardeo con cartas y/o mails de contenido legal a administraciones o empresas con el objetivo de obstaculizar su funcionamiento o simplemente de quedar exentos de pagar una multa o una factura. Los “Ciudadano del Reich”, como negadores de la República Federal de Alemania, no aceptan el pago de multas de tráfico, facturas o impuestos. Aseguran que la inexistencia legal del Estado en el que viven los libera de esas responsabilidades. 

El término Papierterrorismus entronca con la tradición de observar el movimiento desde la curiosidad e incluso desde cierta compasión. Pero en 2016 saltaron las primeras alarmas: en una operación policial, un disparo de un militante del movimiento Reichsbürger mató a un agente de las fuerzas especiales en la localidad bávara Gegorgensmünd. El sujeto había perdido la licencia de armas y la policía entró en su casa con una orden judicial para requisar el armamento que había acumulado. Del Papierterrorismus se pasó a la violencia real con armas de fuego. 

El caso desató un debate político considerable y llevó a la Oficina de la Defensa de la Constitución a vigilar el movimiento con mayor atención. De los más de 20.000 integrantes del fenómeno “Ciudadanos del Reich” en Alemania, las autoridades estiman que hay un 10% armado y dispuesto a emplear la violencia. 

La ministra federal de Interior, la socialdemócrata Nany Faeser, ha anunciado su intención de acelerar dos reformas legales ya previstas antes de la operación policial: el endurecimiento de las condiciones para acceder a una licencia de armas y la expulsión más rápida de funcionarios contra los que se pueda demostrar una militancia o cercanía con el movimiento Reichsbürger.

Endurecimiento legal

"El endurecimiento de las leyes sobre armas es resultado del acuerdo de coalición; ello me da optimismo sobre la posibilidad de llegar a un acuerdo con los dos socios de la coalición”, ha dicho Faeser. Los liberales del FDP, socios menores del Gobierno tripartito liderado por el canciller socialdemócrata Olaf Scholz, se muestran, sin embargo, reacios a la una reforma legal que incluiría la prohibición del acceso a armas automáticas para ciudadanos de a pie. 
 
La expulsión de funcionarios con cercanía a los “Ciudadanos del Reich” tiene relación directa al intento de infiltración del movimiento en las fuerzas de seguridad. La fiscalía asegura que la red desarticulada intentó reclutar nuevos integrantes tanto en la policía federal con en las fuerzas armadas. Ambos cuerpos ya generaron en el pasado titulares en Alemania por diversos escándalos de presencia ultraderechista y neonazi en sus filas. 

 “Sí me preocupan eses elementos dentro de las fuerzas del orden que están actuando con conspiradores que menosprecian la democracia, que quieren abolirla o transformarla en un sistema autoritario. Pero descarto que los Reichsbürger sean el núcleo o la raíz de esas fuerzas”, dice Hinnerk Berlekamp, periodista que ya dedicó en 2017 un artículo en profundidad a las conexiones internacionales de los “Ciudadanos del Reich”, un fenómeno arraigado en Alemania y con conexiones en otros países de habla alemana como Austria y Suiza. 

La sombra de la infiltración ultraderechista en las fuerzas de seguridad no es nueva. En el verano de 2020, el Ministerio de Defensa alemán anunció el desmantelamiento de una unidad de las unidades de élite KSK por estar infestada de militares de tendencia neonazi. Las autoridades reconocieron, además, la desaparición de miles de cartuchos y de 62 kilos de explosivos cuyo paradero es hasta hoy desconocido.

Reportaje publicado por El Periódico de Catalunya.

lunes, 24 de febrero de 2020

Políticos locales en la diana

La asamblea de Lichtenberg está rodeada por policías antidisturbios; fuera, una veintena de militantes antifascistas se concentran tras una pancarta: "Ninguna colaboración con AfD". La tensión en este distrito de Berlín oriental es buena muestra de la excepcionalidad que vive Alemania. 

Han pasado menos de 24 horas desde el atentado de Hanau en el que 9 personas, todas de raíces extranjeras, fueron asesinadas por un agresor con motivaciones racistas. Más de 500 kilómetros separan el lugar del crimen de esta asamblea de distrito, pero la sombra de la violencia marca la sesión, que comienza con un minuto de silencio. 

La ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) cuenta con 12 representantes. Con el 19% y más de 24.000 votos, el joven partido fue tercero en las elecciones locales de 2016. Katrin Framke comparte asamblea y día a día político con ellos. Es una de las 18 diputadas que obtuvo la lista de La Izquierda, la más votada en Lichtenberg y que gobierna el distrito. "Hablo lo justo y necesario con los representantes de AfD", dice. 

Visita policial 

Hace pocas semanas, agentes de la Brigada de Investigación Criminal de Berlín visitaron a Framke. Traían malas noticias. Habían encontrado informaciones personales, fotos de ella y de su coche particular en un disco duro de un militante ultraderechista durante una redada. La operación buscaba pruebas sobre una serie de ataques con presunta motivación política en Neukölln, un distrito del sur de la capital alemana con un alto porcentaje de población inmigrante. 

Ferat Kocak, otro político local de La Izquierda de origen kurdo, sobrevivió por poco a uno de esos atentados: hace un año, alguien prendió fuego a su coche en plena noche. Las llamas se extendieron al resto de su casa. Si Ferat hubiera despertado un par de minutos más tarde, él y sus padres estarían hoy muertos. 

Otros tuvieron menos suerte: el pasado verano, el político local democristiano Walter Lübcke fue asesinado a tiros en la terraza de su casa en Kassel. El principal sospechoso es un militante neonazi, que en un primer momento reconoció la autoría y posteriormente se retractó. Lübcke había defendido públicamente la política de acogida de refugiados de la cancillera Angela Merkel. 

"El 'caso Lübcke' me sorprendió muchísimo", reconoce Katrin Framke. "Tradicionalmente habíamos sufrido amenazas y agresiones los políticos de La Izquierda, Los Verdes y el Partido Socialdemócrata". Los políticos locales aparecen ahora en el centro de la diana ultraderechista en Alemania. 

"Provocación necesaria" 

El caso de Christoph Landscheidt, alcalde socialdemócrata de Kamp-Lintfort -una localidad del estado de Renania del Norte-Westfalia- es otro ejemplo: el pasado año, solicitó una licencia de armas para, oficialmente, defenderse de posibles atentados. El socialdemócrata llevaba meses recibiendo amenazas tras haber ordenado la retirada de carteles electorales del pequeño partido ultraderechista Die Rechte. 

La noticia corrió como la pólvora en la prensa. Landscheidt había solicitado previamente protección estatal. Tras ser rechazada, decidió pedir la licencia de armas y hacerlo público. Su objetivo no era hacerse con una pistola, sino generar un debate público. "La anécdota de la licencia de armas era, tal vez, la provocación necesaria", reflexionó . Finalmente, consiguió un guardaespaldas financiado con dinero público. 

La dinámica de la asamblea municipal de Lichtenberg demuestra que algo se ha roto en la política alemana. Las mociones de la ultraderecha de AfD son rechazadas sistemática y unánimemente por el resto de grupos políticos, incluida la CDU. Esto último ya no es, sin embargo, algo que se dé por descontado tras la reciente ruptura del cordón sanitario en el parlamento regional de Turingia

Lichtenberg tiene experiencia con la ultraderecha. En los 90, tras la reunificación, aquí había una activa estructura nazi. Hace algo más de una década, el partido neonazi NPD incluso llegó a tener una fracción propia en la asamblea de distrito. La formación desapareció finalmente del mapa parlamentario local, pero AfD -un partido cuyos militantes no llevan botas militares ni la cabeza rapada- capitalizó en buen parte el voto radical. 

AfD supone un antes y un después no solo para la política local, sino también para la federal: el NPD nunca consiguió superar la barrera electoral del 5% que permite entrar en el Bundestag. Con su agresivo discurso antimigratorio, AfD recibió casi seis millones de votos en las últimas elecciones federales de 2017. 

"El clima se ha vuelto más áspero. Y AfD ha contribuido a ello", reflexiona en voz alta Katrin Framke. "Entre sus representantes hay incendiarios que preparan el terreno para que gente se sienta llamada a actuar. Y ello asusta profundamente".

Reportaje publicado en El Periódico de Catalunya.



lunes, 9 de enero de 2017

Los recuerdos olvidados de un exlíder neonazi alemán

“Políticos y personalidades de la industria del entretenimiento, todos ellos acabarían en un campo de concentración. Todos los canales de televisión serían cerrados y sólo quedaría propaganda sin su venenosa influencia. En su lugar, un canal del Reich. Enemigos del Estado, discapacitados y asociales serían deportados a un campo de concentración. También skinheads como yo, de los cuales ahora el partido se servía, gente para la que mi banda actuaba. Gente como yo. ¿Tendría entonces que dejarme crecer el pelo y convertirme en un mamarracho más del partido? ¿O quería seguir siendo quien yo era?”. 

Este es un párrafo escrito por un antiguo líder neonazi alemán, por un exmilitante del Partido Nacionaldemócrata de Alemania (NPD), por un antigua estrella de la escena musical ultraderechista europea. Es uno de los párrafos con los que Achim Schmid explica en su libro Recuerdos olvidados. Una joven vida en la extrema derecha las constantes contradicciones a las que se tenía que enfrentar alguien que militó en el neonazismo alemán y que al mismo tiempo tocaba en bandas de música Oi! y rock radical para skinheads. 

El exlíder de la sección europea de Ku-Klux-Klan, arrepentido de su pasado racista, supremacista y nacionalsocialista, se abre ahora en canal para que los lectores intenten entender qué llevó a un joven alemán como él a convertirse en una de las referencias de la ultraderecha europea. Y también para encontrar caminos hacia la autoayuda. 

“Para mi este libro fue algo más que una terapia. Cuando se escribe algo así, hay que mirar muy hacia atrás en el tiempo, buscar procesos que me marcaron durante mi infancia y mi juventud, y entender qué me llevó a hacer aquello”, cuenta por teléfono Achim Schmid desde su actual residencia en Estados Unidos. “En la escena de la extrema derecha, no todos son personas con un bajo coeficiente intelectual, sino que también hay personas muy inteligentes. En aquella época me alegraba de tener ese tipo de gente en nuestras filas; hoy me pregunto cómo pudieron llegar a militar en el neonazismo”. 

Radiografía del neonazismo 

Achim Schmid ha cambiado radicalmente. Eso es algo que quiere dejar meridianamente claro desde el mismo inicio de la conversación telefónica que mantiene con este periodista. Asegura que hoy es un hombre diametralmente diferente de aquel que comenzó a militar en diferentes partidos y movimientos nacionalsocialistas a principio de la década de los 90 del siglo pasado. 

Schmid, autoexiliado en Estados Unidos por motivos de seguridad personal, radiografía con su libro la escena del neonazismo alemán, europeo y estadounidense. Lo hace sin eufemismos e intentando que el lector se ponga en la piel de aquel joven desorientado que buscó cobijo y sentido a la vida hace más de 25 años en el ultraderechismo racista. 

“¿Dónde se empieza realmente a ser de derechas? ¿Y a partir de cuándo se comienza a ser radical de derechas?¿O ultraderechista? Para el ciudadano normal estos últimos son conceptos apenas separables. Para gente situada fuera del movimiento, la realidad de los neonazis es absolutamente impenetrable”. 

Este el tipo de preguntas y reflexiones que el lector encontrará en el libro. El exlíder neonazi explica con todo detalle cómo funcionan los círculos de la extrema derecha, cómo se entra y se asciende en ellos, cuáles son los mecanismos de atrincheramiento ideológico y de reclutamiento, cómo funciona la propaganda parda en la que la música juega un papel fundamental, por qué surgen los enfrentamientos entre las llamadas Viejas Derechas, herederas de las posturas clásicas del nacionasocialismo derrotado en la Segunda Guerra Mundial, y las Nuevas Derechas, reorganizadas tras la reunificación de Alemania y con referencias culturales y musicales más sofisticadas

El relato está además plagado de detalladas descripciones sobre la cotidianidad de un militante neonazi: el alcohol, la violencia, las estrecheces económicas, el rechazo social, las amenazas, la música como válvula de escape, la tentación de desaparecer en la clandestinidad terrorista neonazi, la absoluta ruptura con la vida anterior y con los círculos familiares, la revolución vital que supone invertirlo todo en la causa nacionalsocialista y en la descabellada lucha diaria en defensa de la pureza de la raza blanca. 

Violencia como punto de inflexión 

Después de casi dos décadas de ciega militancia y de fiel activismo ultraderechista, en el año 2002 Achim decidió dar el paso definitivo para desconectar del neonazismo. Uno de los puntos de inflexión que le llevaron a tomar esa decisión fue una escena vivida durante un concierto neonazi en Dinamarca en el que Schmid tocó con una de sus bandas: “Yo ya había visto mucha violencia. Debido al alcohol, y empujados por la música y los camaradas, la violencia era común. Pero cuando vi a ese joven danés tumbado sobre su propia sangre, observado desde arriba de forma ignorante por su contrincante, entonces empecé a reflexionar. Yo no quería algo así. Ni me quería sentir responsable de ello, ni tampoco lo quería poner en práctica. Pero me negaba a abrir los ojos. Estaba demasiado atrapado en la espiral del odio. El odio era un fin en sí mismo”. 

Achim nunca llegó a saber si aquel joven danés, golpeado hasta la saciedad por un cabeza rapada, salvó su vida o acabó muriendo por la paliza recibida. El exmúsico ultraderechista salió de aquella sala de conciertos danesa con un cambio fundamental en su mente: aquella imagen de violencia gratuita supuso el inicio del fin de su apoyo incondicional al supremacismo blanco. Un cambio mental que finalmente desembocó en su abandono del neonazismo militante, y que también dio pie a la escritura del libro con el que hoy cuenta su historia. 

Pero la decisión de abandonar el ultraderechismo es a menudo insuficiente: el proceso suele ser lento y muy complejo, y a veces fracasa. Los “camaradas” sustituyen a la familia, porque los círculos neonazis funcionan al fin y al cabo como un secta que ofrece soluciones sencillas a problemas vitales complejos. “Cuando uno queda atrapado en el mundo ideológico de la extrema derecha, se hunde en él cada vez más. Es como si se estuviera en arenas movedizas. Y como ocurre en las arenas movedizas, cada reacción procedente del exterior te hunde cada vez más profundo”, escribe Achim. 

El miedo es otro de los frenos para los que quieren abandonar la militancia parda, porque los ultraderechistas que deciden sacrificar su vida a la causa nacionalsocialista se ven solos tras abandonar la militancia: fuera de los círculos radicales no suelen tener contactos, trabajo ni amigos. Fuera del neonazismo simplemente les espera la más absoluta de las nadas. 

La asociación EXIT conoce bien esas trabas psicológicas y sociales. Esta asociación no gubernamental alemana trabaja desde 2000 ayudando a militantes ultraderechistas a dejar los círculos del odio supremacista para comenzar una reintegración social. 

El criminalista Bernd Wagner, presidente y fundador de EXIT en Alemania, sabe bien cuán complicado es conseguir que gente como Achim Schmid consiga el objetivo de abandonar exitosamente ese mundo: “La puerta de salida es al mismo tiempo la puerta de entrada. Y uno no puede quedarse en el umbral. Hay que cruzarlo para abandonar esa dimensión y entrar en una completamente nueva”. Desde su fundación, EXIT ya ha conseguido liberar a más de 500 exmilitantes neonazis.



Militancia asesina 

La militancia a la que Achim Schmid perteneció obedientemente durante más de dos décadas es algo más que un simple puñado de biografías destrozadas por el odio nacionalsocialista y la ideología supremacista blanca. El neonazismo militante en Alemania mata: la violencia ultraderechista ha asesinado a casi 180 personas desde 1990. Así lo documenta la Fundación Amadeu Antonio, organización que trabaja contra el racismo y el antisemitismo. Desde palizas hasta tiros en la cabeza: la lista de víctimas mortales y de heridos sirve para recomponer lo que es un auténtico fenómeno terrorista neonazi que a menudo es presentado por medios y políticos como meras expresiones violentas aisladas. 

Mapa de las agresiones mortales en Alemania desde 1990:



La célula NSU (siglas en alemán para Clandestinidad Nacionalsocialista) fue la última de las organizaciones terroristas neonazis que salió a la luz: con una más que probable amplia estructura de apoyo social, la NSU asesinó a nueve ciudadanos de origen extranjero y a una agente de policía, ejecutó atentados con bomba y atracó bancos. Hace unos años, la fiscalía alemana llamó declarar a Achim Schmid por su presunta conexión con la célula terrorista, una conexión que él siempre ha negado rotundamente.

“Creo que es un error negar realidades evidentes. Alemania es un país de migración desde la década de los 60. Y eso alimenta evidentemente a la extrema derecha. Pero la política se niega a reconocer ciertos procesos”, lamenta Schmid al otro lado de la línea telefónica. El exlíder neonazi detecta un problema de doble filo en su país de origen: por una parte, la clase política alemana no quiere reconocer la existencia de una militancia neonazi estructural, y por otra, a las élites también les cuesta aceptar que la migración genera conflictos de convivencia que deben ser abordados abiertamente, sin tabús.

Esa dinámica negacionista parece haber contribuido a la aparición de un nuevo actor en la extrema derecha germana: el joven partido Alternativa para Alemania (AfD) supone un punto de inflexión, un cambio de paradigma en la organización, la comunicación política y la proyección electoral de las llamadas Nuevas Derechas alemanas.

Achim Schmid lo tiene claro: “AfD es un partido populista de derechas con tendencias ultraderechistas”. Y muestra una diferencia fundamental con respecto a los círculos en los que Schmid militó: AfD muestra una capacidad aglutinadora y una transversalidad social que el neonazismo nunca tuvo por presentarse ante el conjunto de la sociedad de forma demasiado radical. “La situación de hoy me recuerda mucho a la de la República de Weimar. Y todos sabemos lo que ocurrió tras la República de Weimar”, reflexiona el autor de Recuerdos olvidados. Una joven vida en la extrema derecha.

Al primer libro de Achim Schmid seguirán dos más; en las dos próximas entregas, el exlíder neonazi alemán explicará las dificultades que tuvo para abandonar el neonazismo y el proceso de reconstrucción vital que siguió a ese complejo proceso. Su objetivo es claro: “Si con ello consigo que una sola persona pueda abandonar esa ciénaga parda de la que yo salí, si con ello puedo evitar que más personas giren hacia la extrema derecha o que alguien de centro o de izquierdas busque el diálogo con alguien que se está perdiendo a la deriva hacia el ultraderechismo, entonces yo ya he ganado”.

Reportaje publicado en El Confidencial.

martes, 5 de julio de 2016

Tuitear desde dentro de Pegida

“Lügenpresse, Lügenpresse, Lügenpresse…!” (“¡Prensa mentirosa, prensa mentirosa...!”) 

Este es uno de los eslóganes coreados habitualmente en marchas de Pegida (siglas en alemán para “Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente”), uno de los gritos franquicia del movimiento islamófobo y marcadamente nacionalista. La prensa es una de las principales dianas de esta iniciativa ciudadana, que desde hace más de dos años saca cada lunes a miles de personas a las calles de diferentes ciudades de Alemania. 

Dresde es el gran bastión de Pegida. En la ciudad germanooriental a orillas del río Elba se gestaron sus inicios. Hasta la capital del Estado federado de Sajonia han peregrinado miles de personas procedentes de toda Alemania y del resto de Europa para participar en marchas de marcado corte antimigración. Pase lo que pase, cada lunes uno de los reporteros de la cuenta de twitter @streetcoverage sigue la manifestación y tuitea en directo lo que en ella ocurre. Alexej y Johannes asumen así la tarea que muchos periodistas y reporteros han dejado de hacer. Por el miedo que generan las amenazas e incluso las agresiones físicas. 

El móvil como escudo Johannes se mueve con paso decidido por las calles empedradas del centro de Dresde pese a que el calor apriete en la capital sajona. Este joven estudiante de medicina no se separa de su teléfono móvil: es la herramienta que le permite explicar a los más de 15.000 seguidores de @streetcoverage lo que ocurre a su alrededor. 

Cuando llegamos a la plaza desde la que este lunes parte la marcha de Pegida, Johannes percibe la hostilidad que genera su presencia desde el primer momento. Agacha la mirada sobre su móvil para tuitear algunas de las frases que los oradores escupen desde el podio. Mientras, un miembro de la seguridad privada de Pegida, corpulento y de cabeza rapada, se sitúa a pocos metros de nosotros con mirada de pocos amigos. Johannes tuitea y tuitea. Parece agarrarse a su móvil como si fuera un escudo con el que poder protegerse.


“Miedo no es la palabra correcta. En todo caso diría respeto. Hemos vivido escenas que estuvieron marcadas por el miedo, en las que tuvimos que tomar la decisión de huir, porque nuestra integridad física estaba amenazada. Pero no tengo miedo, porque creo que lo que hacemos es muy importante y eso nos da aliento. En todo caso, no debemos ser imprudentes”, asegura Johannes, tras reflexionar unos segundos la respuesta.

Más agresiones, menos libertad de prensa

@streetcoverage nació en marzo de 2015. Un grupo de refugiados había acampado ante la Ópera de Dresde como forma de protesta por sus condiciones de acogida. Una noche, alrededor de 150 simpatizantes de Pegida atacaron la acampada con gritos xenófobos. Johannes y Alexej estaban allí. Para su sorpresa, los medios de comunicación no se hicieron eco del ataque. “No podíamos comprender que algo así pudiera pasar en nuestra sociedad sin que automáticamente se convirtiese en un tema de discusión, sin que los ciudadanos se enfrentaran a ello. Los valores fundamentales de nuestra convivencia estaban siendo atacados”.

En ese momento, decidieron crear su propia herramienta informativa. La red social Twitter de mensajería instantánea fue la plataforma elegida. Su cuenta se ha convertido en toda una referencia en Alemania para seguir en tiempo real lo que ocurre en marchas de uno de los movimientos islamófobos más populares de Europa. “Reportajes y narración en vivo desde donde arde. Contra el racismo y la xenofobia”, reza la descripción del perfil.

En 2015, Alemania cayó de la posición 12 a la posición 16 en el ránquing de libertad de prensa elaborado por Reporteros Sin Fronteras. Esa degradación de 4 puestos se debe fundamentalmente a ataques contra reporteros a manos de grupos de extrema derecha en marchas como las de Pegida. RSF documentó al menos 39 agresiones contra periodistas durante 2015 en Alemania. Otros tantos ha recogido el Centro Europeo para la Libertad de Prensa, con sede en Leipzig, otra de las ciudades alemanas considerada foco de movimientos derechistas. En una página web, el Centro Europeo localiza sobre un mapa de Alemania diferentes ataques a periodistas: agresiones físicas, insultos, rotura de cámaras de video y fotos, e incluso amenazas de muerte.

Así las cosas, muchos reporteros de medios regionales y del resto de Alemania han dejado de acudir a las marchas. Unos porque consideran que el riesgo de sufrir una agresión es demasiado alto; otros, porque ya fueron atacados física o verbalmente. Johannes y Alexej podrían haber tomado la misma decisión; sin embargo, y a pesar de no dedicarse profesionalmente al periodismo, los creadores de @streetcoverage prefieren seguir cubriendo las manifestaciones. No ignoran las amenazas, pero se niegan a aceptar que la libertad de prensa tenga que sufrir tales restricciones en un país como Alemania.

“Nuestras coberturas son objetivas, en ellas evitamos opiniones o posicionamientos ideológicos; simplemente describimos lo que vemos. De esta manera, no se nos puede acusar de nada. Simplemente, de describir lo que ellos mismos hacen o dicen. Somos como un espejo. Y eso nos protege de alguna manera”, afirma Johannes con media sonrisa.

Pero esa fría manera de informar parapetados tras los 140 caracteres de Twitter no siempre les sirve de protección: tanto Johannes como Alexej han sufrido golpes y amenazas verbales durante coberturas de marchas islamófobas y también del partido derechista y euroescéptico Alternativa para Alemania (AfD), que algunos ya consideran el brazo político de Pegida.

Capitalización política de la islamofobia 

Decir que Pegida sólo representa a sectores de la extrema derecha y a los círculos neonazis de Alemania sería faltar a la verdad; quien haya acudido alguna vez a una marcha islamófoba en Dresde se habrá percatado de que los manifestantes conforman un grupo heterogéneo, en el que por supuesto hay neonazis y elementos de la extrema derecha, pero también trabajadores y ciudadanos de clase media que participan en las manifestaciones como forma de protesta contra el establishment alemán. Es la forma de expresar su descontento con la marcha del país.

Pegida es un fenómeno político y social más o menos transversal, característica que lo une a Alternativa para Alemania, el partido derechista y eurófobo que actualmente se sitúa por encima de 12 por ciento en las encuestas de intención de voto a nivel federal. No en vano, altos miembros de la formación han acudido a título individual a marchas de Pegida. AfD asegura que no tiene nada en contra de los musulmanes, pero considera que el Islam ni pertenece ni puede pertenecer a Alemania. La formación derechista intenta así capitalizar políticamente y sin sonrojo la creciente islamofobia que la sociedad germana viene experimentando durante los últimos años.

Johannes no tiene duda alguna sobre la cooperación activa entre la direcciones de Pegida y AfD: “Hace unas semanas, un líder de AfD de Turingia participó en una marcha en Dresde y habló desde el podio. Uno de los objetivos de Pegida era precisamente fundar un partido propio. Pero no parece que lo estén consiguiendo. Y una de las consecuencias de esa incapacidad es la cercanía con AfD, que sirve así para canalizar políticamente el movimiento”.

La manifestación de Pegida de este lunes avanza lenta y de manera silenciosa a través del centro de Dresde. Unas 2.000 personas caminan rodeadas de un fuerte cordón policial. El dispositivo de seguridad desplegado por las fuerzas de seguridad es realmente impresionante. Johannes avanza paralelamente a la marcha sin dejar de tuitear lo que ve y lo que escucha. Evita acercarse demasiado a los manifestantes, cuyas miradas son cada vez más amenazantes.

Un joven participante en la manifestación se le acerca y le pregunta para quién trabaja. “Periodista independiente”, responde Johannes. El joven, enfundado en una camiseta negra con el lema de “Defend Europe” (“Defiende Europa”), intenta seguir con la conversación, pero Johannes lo evita. Tanto manifestantes como miembros de la seguridad privada de Pegida comienzan entonces a fotografiar a Johannes y a este reportero. Cuando el seguimiento se hace más que incómodo, decidimos abandonar la marcha. Por seguridad personal, afirma Johannes.

Pasividad policial 

¿Y la policía? “Tenemos mucho contacto con ella. Y la propia policía reconoce que tiene simpatizantes de Pegida entre sus filas. Y no precisamente pocos. Llevamos más de doce meses haciendo coberturas y lo vemos claramente: vemos como miembros de Pegida y agentes se saludan y se chocan las manos”. Johannes incluso denuncia pasividad policial ante ciertas agresiones protagonizadas por manifestantes de Pegida contra refugiados y periodistas. “A veces no nos hemos sentido lo suficientemente protegidos por la policía y hemos tenido que ser recogidos por conocidos para salir de marchas”.

Hoy, la manifestación de Pegida culmina en la misma plaza en la que comenzó. En una de las calles adyacentes, un par de cientos de antifascistas se manifiestan en contra. Un amplio cordón policial separa a ambos grupos. Los militantes izquierdistas profieren insultos contra los simpatizantes de Pegida, que responden con más insultos y con amenazas. Se producen momentos de tensión. Una violencia latente se mezcla con el asfixiante calor; parece que los enfrentamientos pueden comenzar en cualquier momento. Ello no impide que Johannes siga tuiteando situado entre ambos grupos. Las marchas se acaban finalmente disolviendo sin mayores problemas.

“Pegida ha cambiado completamente el ambiente de Dresde; no sólo porque la ciudad se haya convertido para los medios de comunicación en la capital del movimiento que apuesta por el racismo y la xenofobia, sino también porque genera discusiones en las familias y entre colegas de trabajo. Las escuelas, universidades y centros investigación de carácter internacional también están sufriendo las consecuencias. El Instituto Max Planck, por ejemplo, les paga un taxi a algunos de sus investigadores extranjeros todos los lunes por la noche. Por seguridad”, explica Johannes. El joven estudiante de medicina y reportero circunstancial también toma medidas de protección personal que, por razones obvias, prefiere no desvelar.

El terrorismo de extrema derecha y neonazi no es un fenómeno nuevo en Alemania. La Fundación Amadeu Antonio estima que las estructuras neonazis militantes mataron a alrededor de 180 personas desde la reunificación del país en 1990. El último gran episodio de terrorismo pardo fue la célula NSU (Clandestinidad Nacionalsocialista), que asesinó a 9 ciudadanos de origen turco y griego y a una agente de policía entre 2000 y 2007, además de perpetrar atracos de bancos y atentados con bomba antes de ser disuelta definitivamente hace cinco años.

Como cercano observador de los nuevos movimientos derechistas alemanes, Johannes no tiene dudas: “Las fuerzas más activas y militantes de Pegida se han retirado durante los últimos meses del espacio público. El problema es que a través de las marchas de Pegida y de otros eventos similares, esas fuerzas derechistas más militantes se han interconectado muy bien, incluso tal vez mejor que en la década de los 90, antes de la aparición de la NSU. Es posible que estén pasando a la clandestinidad con estructuras muy organizadas y también con nuevas fuentes de financiación. Y temo esto acabe expresándose de manera violenta, con muertos, durante los próximos 10 años”.

Crónica publicada en ElConfidencial.com.

lunes, 7 de diciembre de 2015

¿Se enfrenta Alemania a un nuevo terrorismo de extrema derecha?

Tras la cadena de atentados yihadistas de París, mucho se habla en Alemania del posible primer ataque de Estado Islámico o Al Qaeda en suelo de República Federal, pero nada de un posible nuevo terrorismo neonazi al calor de movimientos políticos como Pegida o el ascendente partido Alternativa para Alemania (AfD). Ello a pesar de que haya indicios más que suficientes para barajar seriamente ese escenario, tras la desaparición de la última célula terrorista de extrema derecha conocida en el país: la NSU.

Más ataques contra refugiados y contra centros de acogida, nuevas formas de levantamiento social contra la política migratoria del Gobierno federal, como el corte de carreteras y sabotajes, y también posibles nuevos atentados contra políticos alemanes que defiendan la integración de los refugiados. Es lo que espera la Oficina Federal de Investigación Criminal (BKA, en sus siglas en alemán) durante los próximos meses mientras siguen llegando diariamente miles de refugiados al país. 

Así lo anunció la BKA tras confirmar que en lo que va de año lleva registrados más de 520 delitos de trasfondo de extrema derecha. Una tendencia que va claramente al alza: sólo durante el tercer trimestre de 2015, la BKA registró 285 ataques contra centros de acogida de refugiados, más que durante la primera mitad del año y también que durante todo 2014. Los políticos que asumen la organización de infraestructuras para refugiados como un deber también se convierten en objetivo de los ataques de corte neonazi o de extrema derecha

Fue el caso de la política independiente Henriette Reker, actual alcaldesa de la ciudad de Colonia. Reker fue apuñalada de gravedad durante un acto de su campaña por un hombre con conexiones con círculos ultraderechistas alemanes, tal y como confirmaron los servicios secretos germanos. Tras el ataque, y apoyada por partidos tan dispares como Los Verdes, los democristianos de la CDU y los liberal-conservadores del FDP, la candidata obtuvo la mayoría absoluta. 

Salto cualitativo

El atentado contra Reker supuso un salto cualitativo de la violencia derechista observada en las calles de Alemania en los últimos meses. La sociedad alemana entendió el atentado como un mensaje a todos los ciudadanos que colaboren en la acogida de refugiados. 

Ante el auge del movimiento islamófobo Pegida, y el aumento de intención de voto de los euroescépticos de Alternativa para Alemania (AfD), que también han coqueteado con Pegida al rechazar la política migratoria desplegada por el Gobierno de Angela Merkel, expertos y medios comenzaron a preguntarse en voz alta si el país se enfrenta ante un nuevo terrorismo de extrema derecha. Un terrorismo que podría proceder del mismo corazón de la sociedad, y no ya de grupos radicales y marginales, como tradicionalmente ha ocurrido en Alemania. 

“No se trata de un nuevo terrorismo, sino de una nueva dimensión de la violencia de extrema derecha con tendencias terroristas; una violencia entendida como una lucha asimétrica contra sus enemigos: los migrantes como 'cultura y raza extranjera', aquellos que apoyan a los refugiados en nombre de la integración, y también la cultura democrática y pro derechos humanos del Estado parlamentario”. Así lo asegura Bernd Wagner, criminalista experto en extrema derecha y fundador de EXIT, asociación que ayuda a militantes de movimientos neonazis a abandonar los círculos xenófobos violentos. 

En una entrevista a través de correo electrónico, Wagner apunta que lo fundamental ahora es saber distinguir “la intencionalidad ideológica” que se esconde tras cada uno de los ataques, y no si tras estos hay grupos organizados con amplias estructuras sociales, o individuos que actúan como lobos solitarios, como parece que fue el caso del atentado contra la alcaldesa de Colonia. 

Como en los 90 

Hans-Gerd Jaschke lo ve diferente: en una entrevista concedida a la radio pública alemana WDR, el académico e investigador de movimientos ultraderechistas cree que los ataques a refugiados proceden cada vez más de ciudadanos integrados y no de militantes neonazis. Un fenómeno similar a los ataques xenófobos ocurridos en Alemania en la década de los 90, fundamentalmente en el Este del país, poco después de la reunificación y durante la llegada de refugiados que huían de la guerra de los Balcanes. En aquel momento, neonazis y ciudadanos aparentemente bien integrados se convirtieron en turbas violentas difícilmente descriptibles que atacaban viviendas de extranjeros. 

En un país con un reciente episodio como el de la NSU (Clandestinidad Nacionalsocialista), una célula neonazi formada por tres dos hombres y una mujer que actuó entre 2000 y 2011 con el apoyo de evidentes estructuras sociales, y que dejó tras de sí 10 asesinatos, numerosos atentados y atracos de bancos, y con el actual auge de movimientos derechistas y xenófobos, parece cuestión de tiempo que surja una nueva forma organizada de violencia neonazi. 

El partido III. Weg muestra el camino que siguen los nuevos grupos neonazis. Bernd Wagner lo define como mezcla de “hitlerismo y nacionalistas autónomos” con tendencias “tradicionalistas y también anticapitalistas”. Un partido que defiende en su programa electoral una ciudadanía basada en criterios étnicos, y también la recuperación de territorios ocupados y posteriormente perdidos por el Tercer Reich en el Este de Europa durante la Segunda Guerra Mundial. 

Movimientos como III.Weg o Pegida cuentan además con conexiones con círculos de extrema derecha de otros países europeos, incluida España. Por eso, el criminalista Wagner advierte: “Europa, como comunidad de valores, debe reorganizarse rápidamente respecto a la cuestión migratoria, o tiene el riesgo de fracasar ante un tremendo giro hacia la extrema derecha”.

lunes, 24 de agosto de 2015

Ola de violencia xenófoba en Alemania

Son imágenes que se han convertido en habituales en los informativos y diarios de Alemania durante este verano: grupos de neonazis y militantes de extrema derecha, mezclados con ciudadanos que apoyan y justifican la presencia de los xenófobos, se reúnen ante los centros de refugiados para amedrentar a los peticionarios de asilo. En algunas ocasiones, los manifestantes incluso atacan con piedras y cócteles molotov los centros pese a la presencia de policías antidisturbios. Otras veces, los ataques se producen por la noche y sin previo aviso. 

Alemania está viviendo un verano caliente. Algunos incluso lo comparan con el vivido en 1992, cuando la oleada de refugiados llegados a Alemania huyendo de la guerra de los Balcanes acabó desembocando en una serie de pogromos contra extranjeros y refugiados en el este del país. Imágenes de vergüenza en la historia moderna de Alemania, tal y como apuntan la prensa y los políticos del país; y unas imágenes que despiertan los fantasmas del racismo latente en buena parte de la sociedad germana, especialmente de algunas regiones del Este del país, donde los movimientos y partidos de extrema derecha tienen históricamente un fuerte enraízamiento. 

Heidenau 

La actual ola de violencia xenófoba ha alcanzado este fin de semana una nueva cota: cientos de neonazis se enfrentaron a la policía durante dos noches consecutivas frente a una centro de acogida de refugiados situado en la ciudad de Heidenau, cerca de Dresde, la capital del Estado oriental de Sajonia. Decenas de agentes de policía resultaron heridos. Las imágenes de cócteles molotov y piedras, regadas con eslóganes racistas, recuerdan mucho a las de Rostock-Lichtenhagen, un barrio de la ciudad norteña en el que una turba de ultraderechistas, neonazis y ciudadanos desencantados con la dura situación económica que se vivía en la región tras la reunificación del país atacaron un centro de acogida a finales de agosto de 1992.


En esta ocasión, uno de los detonantes de los enfrentamientos fue la convocatoria de una marcha por el partido neonazi NPD (Partido Nacionaldemócrata de Alemania), una de las formaciones políticas que intenta obtener capital político con la enorme llegada de refugiados durante este año. Una llegada que se mantendrá durante 2015: el Ministerio de Interior alemán informó esta misma semana que prevé que el año cierre con la cifra récord de 800.000 solicitudes de asilo. El vicecanciller alemán, el socialdemócrata Sigmar Gabriel, no dudó este domingo en calificar la ola de inmigrantes como el mayor reto que afronta el país desde su reunificación en 1990. 

Der III. Weg

Aunque la presencia de la extrema derecha en los territorios orientales correspondientes a la desaparecida República Democrática Alemana es históricamente muy fuerte, el resto del país tampoco se salva de la nueva ola de violencia xenófoba. Un ejemplo: el incendio probablemente provocado este agosto en una pensión de la localidad bávara de Reichertshofen en la que estaba previsto alojar a refugiados. Aunque todavía no se ha esclarecido lo ocurrido, la Fiscalía alemana sospecha que el partido de extrema derecha Der III. Weg («La tercera vía», en alemán) está detrás del incendio. La Fiscalía ve al partido como un elemento peligroso que contribuye a crear un ambiente de violencia contra refugiados y extranjeros. 

Un vistazo al programa político de Der III. Weg no deja lugar a dudas: la formación persigue la creación de «socialismo alemán» (una eufemística referencia al nacionalsocialismo del Tercer Reich erigido por Adolf Hitler); el «mantenimiento de la identidad nacional del pueblo alemán», en presunto peligro por «el abuso del derecho de asilo»; el «desarrollo de la sustancia biológica del pueblo» y la «recuperación de las fronteras soberanas» previas al fin de la Segunda Guerra Mundial porque, como dice el partido neonazi, «Alemania es más grande que la República Federal Alemana». 

Como apuntan algunos observadores de este nuevo partido ultraderechista, Der III. Weg tiene presencia tanto en Alemania occidental como en territorios orientales. Un dato que apunta que la ola xenófoba contra los refugiados es territorialmente transversal y un fenómeno violento que amenaza a todo el país por igual.

Artículo publicado en ABC.es.

viernes, 7 de agosto de 2015

El fantasma de la violencia xenófoba recorre Alemania

Dos cifras han hecho saltar estas últimas semanas las alarmas en Alemania: el país recibió más 179.000 peticiones de asilo por parte de refugiados durante los primeros seis meses de 2015. El número de peticionarios de asilo superó levemente las 202.000 peticiones durante todo el pasado año. Paralelamente, en 2014 y en lo que va de 2015 se han registrado 348 ataques xenófobos a refugiados. Solo este año, la cifra oficial de agresiones protagonizadas por grupos de extrema derecha ya asciende a 173, y está a punto de superar la cifra total de agresiones documentadas a lo largo de 2014 (175). 

Recientemente, un coche de un político local de La Izquierda que trabaja en la acogida de refugiados sufrió un atentado en los suburbios de la ciudad de Dresde. La capital del Estado de Sajonia se ha convertido a lo largo de este año en el centro de peregrinación de los participantes en las marchas de Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente), un movimiento de claro corte nacionalista y islamófobo en el participan tanto militantes de la extrema derecha alemana y neonazis como ciudadanos descontentos con la situación del país y contrarios a la llegada de más inmigrantes. 

Con esas estadísticas e informaciones sobre la mesa, los medios ya han comenzado a establecer comparaciones entre la actual situación y la vivida a principio de la década de los 90: recién caído el Muro de Berlín y con la reunificación del país todavía fresca (y acompañada por el cierre de fábricas y despidos masivos de trabajadores en el Este de Alemania tras la equiparación monetaria), los antiguos territorios de la República Democrática Alemana vivieron una oleada de ataques a extranjeros y refugiados que en algunas ciudades desembocaron en auténticos pogromos. 

Rostock-Lichtenhagen 

Fue el caso de Rostock: en el barrio de Lichtenhagen de la ciudad del noreste de Alemania, un turba de militantes ultraderechistas y neonazis, mezclados con ciudadanos que miraban y aplaudían, provocaron disturbios de corte xenófobo durante un largo fin de semana de finales de agosto de 1992. La turba acabó atacando con piedras y cócteles molotov un edificio en el que vivían trabajadores extranjeros vietnamitas invitados por el Gobierno de la ya desaparecida RDA. Milagrosamente, nadie murió, pero la historia reciente de Alemania quedó irremediablemente manchada. Una mancha imposible de borrar y narrada ahora por la película «Wir sind jung, wir sind stark» («Somos fuertes, somos jóvenes»), estrenada a principios de este año.


«Nos se puede decir que nos encontremos ante una situación de violencia similar a la vivida a principios de los 90, pero lo que sí que vemos es la consolidación de una opinión pública abiertamente racista en partes de la sociedad. A ello contribuyen declaraciones como las de Horst Seehofer, en las que diferencia entre 'refugiados buenos' y 'refugiados malos'», asegura Joschka Fröschner, trabajador social de una oficina de ayuda a víctimas de la violencia racista del Estado germanooriental de Brandeburgo. 

Fröschner hace referencia a las reiterativas declaraciones del líder de los socialcristianos bávaros de la CSU. Seehofer ha repetido durante los últimos meses que los refugiados e inmigrantes procedentes de los Balcanes (muchos de ellos gitanos) están abusando del derecho a pedir asilo en Alemania. El líder socialcristiano incluso ha llegado a plantear el establecimiento de campos de refugiados para poder expulsarlos del país con mayor rapidez. 

Autoridades desbordadas 

Los centros de acogida de Berlín y las autoridades que se encargan de procesar las peticiones de asilo hace tiempo que están desbordados. Así lo advierte Nora Brezger, del Consejo de Refugiados de Berlín, que apunta que el personal y los recursos son insuficientes teniendo en cuenta el enorme flujo de extranjeros que no cesará en los próximos meses. 

Previsiblemente, Alemania recibirá a lo largo de este año más de 400.000 peticiones de asilo. Esa cifra incluso podría superar el récord de 438.000 registrado a principio de los 90 debido a la llegada masiva de ciudadanos de la antigua Yugoslavia que huían de la guerra de los Balcanes. La inacción de la política y una deficiente infraestructura de acogida, sumadas al racismo latente en parte de la sociedad, desembocaron entonces en unas imágenes de violencia xenófoba que despertaron los peores fantasmas de la historia moderna de Alemania.

Reportaje publicado en ABC.es.