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sábado, 20 de febrero de 2021

Preguntas sin respuesta en Hanau

Alja Kurtović duda cuando se le pregunta si vive con miedo. “Honestamente, no sé si estoy suficientemente protegida por el Estado. La sensación de seguridad sería mayor su supiésemos cómo pudo ocurrir algo así”. Es la hermana de Hamza Kurtović, una de las 10 víctimas mortales del atentado de Hanau, el peor ataque ultraderechista sufrido en Alemania desde la bomba que golpeó la Oktoberfest de Múnich el 26 de septiembre 1980 – con 13 muertos y más de 200 heridos –. 

Al filo de las 10 de la noche del 19 de febrero del 2020, Tobias Rathjen, un ciudadano alemán de 43 años con licencia de armas, se desplazó con su coche hasta el centro histórico de Hanau, una pequeña ciudad del estado de Hesse, en el oeste de Alemania. Allí se dirigió a dos locales frecuentados por alemanes con raíces migratorias y por extranjeros. Disparó a discreción contra la clientela. Mató a tres personas e hirió a otras tantas. 

Después de los primeros disparos, huyó con su vehículo hacia otra parte de Hanau. Tras sospechar que un coche lo seguía, decidió ejecutar a su conductor. Minutos después, Rathjen repitió la primera parte de su plan: abrió fuego contra la clientela de otro bar y de un quiosco vecino dejando cinco muertos más. Finalmente, condujo hasta su casa. Allí asesinó a su madre y se suicidó de un disparo, según la policía. 

De madrugada, un comando especial asaltó la vivienda. En ella encontró el cadáver de Tobias, el de su madre y al padre, que había sobrevivido. Las autoridades acabaron calificando lo sucedido de “ataque terrorista racista sin precedentes”. 


¿Lobo solitario? 

Ferhat Unvar, Vili Viorel Păun, Fatih Saraçoğlu, Hamza Kurtović, Mercedes Kierpacz, Sedat Gürbüz, Said Nesar Hashemi, Kaloyan Velkov y Gökhan Gültekin eran los nombres de nueve de las diez víctimas ejecutadas por Rathjen: todas ellas, a excepción de su madre, eran de origen extranjero. Para el atacante, simplemente eran el enemigo. 

Antes de apretar el gatillo, el asesino había publicado en internet un manifiesto y un vídeo en los que mezclaba racismo, xenofobia, supremacismo blanco, misoginia y diversas teorías conspiranoicas, algunas de las cuales entroncaban con las del movimiento QAnon. Antes de consumar el ataque, Tobias Rathjen había protagonizado una larga lista de excentricidades – presentó varias denuncias ante la policía y la fiscalía por, según él, estar siendo vigilado por servicios secretos –. 

Alja Kurtović y otros familiares de las víctimas de Hanau se siguen preguntando cómo el asesino pudo acceder – y mantener – a una licencia de armas. Las autoridades alemanas aseguran que el atacante nunca había llamado la atención de la policía ni de los servicios secretos. Los compañeros del club de tiro al que pertenecía también aseguran que jamás mostró tendencias xenófobas. 

Todos estos detalles han alimentado la narrativa del “lobo solitario” trastornado mentalmente; es decir, que el tirador de Hanau actuó sin colaboradores ni apoyado por una estructura política ni un grupo armado. Es la misma narrativa que defiende el partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD): horas después del ataque, el copresidente de la fracción parlamentaria del tercer mayor partido del Bundestag, Alexander Gauland, remarcaba que el agresor no era un terrorista ultraderechista sino un simple “un loco homicida”. 




“Continuidad ideológica” 

La teoría del “lobo solitario” parece poco verosímil si se analiza la historia reciente de atentados ultraderechistas de Alemania: la célula terrorista neonazi Clandestinidad Nacionalsocialista (NSU) operativa entre el 2000 y el 2007 – 10 muertos y decenas de heridos–, el asesinato del político local democristiano Walter Lübcke en junio del 2019, el ataque contra sinagoga de Halle en octubre de 2019 – dos muertos – y el atentado de Hanau forman parte de larga lista de ataques durante las últimas dos décadas. 

La Fundación Amadeu Antonio contabiliza más de 200 víctimas mortales del terrorismo ultraderechista desde el 1990 en Alemania. “Hay una continuidad ideológica”, asegura Matthias Quent, sociólogo y director del Instituto para la Democracia y la Sociedad Civil de Jena. “Los atentados no tienen por qué estar siempre respaldados por estructuras, pero se producen en un determinado ambiente social y político”, añade en referencia al racismo estructural, al avance electoral de AfD y al aumento de crímenes xenófobos desde la llamada crisis de refugiados en 2015. 

“La imagen del lobo solitario es una metáfora fácil de entender”, responde a EL PERIÓDICO Andreas Zick, doctor del Instituto para Investigación Interdisciplinar de Conflictos y Violencia de la Universidad de Bielefeld. Y añade: “El análisis sistemático de los agresores que cometieron ataques en solitario muestra, sin embargo, que tenían ideologías. Y las ideologías no caen del cielo. El agresor las recibe de alguna parte. Lee libros, investiga en Internet, asimila ideologías presentes en el corazón de la sociedad. Y, no menos importante, se arma. Las autoridades tienen ahora que aclarar si realmente nada les llamó la atención”.

Reportaje publicado por El Periódico de Catalunya.

martes, 15 de diciembre de 2020

Alemania recuerda a la primera víctima del neonazismo tras la reunificación

Imagen de archivo cedida por la Fundación Amadeu Antonio.

Imagen de archivo cedida por la Fundación Amadeu Antonio.



Amadeu Antonio Kiowa murió de un fallo multiorgánico el 6 de diciembre de 1990. Tenía 28 años. Dos semanas antes, el 24 de noviembre, había sido rodeado en plena calle por una turba de varias decenas de neonazis. Lo golpearon con bates de béisbol y le patearon la cabeza hasta dejarlo inconsciente. 
 
Amadeu Antonio era un inmigrante congoleño residente en Eberswalde, una pequeña ciudad del estado de Brandeburgo, este de Alemania. Es considerado la primera víctima mortal de la violencia neonazi tras la reunificación alemana. Fue el primero de una larga lista de nombres: el gobierno federal contabiliza 109 asesinados a manos del terrorismo neonazi desde 1990. La Fundación Amadeu Antonio, creada en memoria del congoleño, eleva esa cifra a 213.
 

Estado de “guerra”

“En los 90 no había racismo, sino sencillamente una guerra. No podíamos salir solos a la calle. Teníamos que hacerlo en grupo, y eso valía también para mujeres y niños”, cuenta Augusto Jone Munjunga, también inmigrante congoleño y amigo personal de Amadeu. Ambos llegaron a la desaparecida República Democrática Alemana (RDA) en 1987. 

Tras trabajar varios años en una empresa estatal procesadora de carne, Augusto y Amadeu decidieron quedarse en Eberswalde pese al hundimiento del estado socialista que los había traído a Europa. “Queríamos para cambiar la situación. Ahora es mucho mejor. Aquí tenemos estudiantes de muchos lugares del mundo”, dice Jone Munjunga, quien fundó la asociación cultural Palanca y trabaja por la tolerancia y una sociedad abierta en la localidad situada a apenas 60 kilómetros de Berlín.

Quien vivió en primera persona aquellos días en Alemania oriental suele describir algunas zonas de la antigua RDA como un área de auténtico riesgo para extranjeros, militantes de izquierda o grupos antifascistas. Con unas fuerzas policiales inseguras e incapaces de – o incluso reacias – hacerse con el control de la situación, grupos neonazis y ultranacionalistas aprovecharon el vacío de poder para ejecutar ataques contra extranjeros o residencias en las que vivían “trabajadores invitados” por la desaparecida RDA. 

El de Eberswalde fue uno sólo uno de múltiples casos; los disturbios de Rostock-Lichtenhage en 1992 – en los que neonazis atacaron y prendieron fuego con cócteles motolov a bloques de edificios en los que vivían vietnamitas mientras una masa de vecinos miraba, celebraba y aplaudía – recordaron demasiado a los pogromos vividos en la Alemania de los años 30 del siglo XX.


 
 
 Bajas condenas
 
“El racismo policial en la década de los 90 era algo normal, casi obvio”, recuerda Anetta Kahane, presidenta de la Fundación Amadeu Antonio que lleva trabajando más de tres décadas contra el racismo y la xenofobia. En ese contexto de odio ultranacionalista, alimentado por el desempleo y un proceso de reunificación que quedó muy por debajo de las expectativas creadas entre la población germanooriental, fue asesinado Amadeu Antonio. 
 
El juicio acabó con cuatro condenas de prisión de entre dos y cuatro años, y una libertad condicional. 21 personas fueron absueltas. Con perspectiva histórica, las condenas, ya entonces criticadas por demasiado leves, se presentan hoy aún más escandalosas. Investigaciones periodísticas destaparon además posteriormente que policías de civil observaron la agresión sin intervenir. 
 
Las autoridades judiciales, policiales, fiscales y parte de la prensa de la República Federal llevan décadas enfrentándose a la acusación de estar “ciegas del ojo derecho”: mientras durante mucho tiempo alertaron del peligro del surgimiento de una Fracción de Ejército Rojo 4.0. – es decir, un nueva violencia de extrema izquierda como la de la RAF entre los 70 y los 90 del siglo pasado –, eran incapaces de ver cómo el terrorismo neonazi mataba de manera efectiva. 
 
El caso de la NSU – Clandestanidad Nacionalsocialista, la última célula terrorista neonazi conocida en Alemania, que operó entre los años 2000 y 2007 – apunta en esa dirección: las autoridades alemanas necesitaron más de una década para dar con los terroristas. 

Ines Karl, fiscal superior de Berlín, considera legítimas las críticas pero responde que se han hecho avances e insiste en la necesidad de la colaboración de la sociedad civil: “Es muy importante que aquellos que tengan pruebas, por ejemplo, de casos de ultraderechismo en las fuerzas de seguridad no sólo las ofrezcan a los medios de comunicación, sino también a la fiscalía”. 

Para Anetta Kahane, de la Fundación Amadeu Antonio, la crítica debe ir un poco más más lejos: “Tenemos el ‘caso NSU’ y otros muchos en los que queda la sensación de que las autoridades miran de manera diferente a diferentes fenómenos de violencia”. Y advierte del nuevo contexto creado por el partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD): “Ha conseguido algo preocupante: integrar a las fuerzas nacional-revolucionarias – lo que tradicionalmente llamamos neonazis – del Este de Alemania con las fuerzas nacional-derechistas del Oeste del país”.

Reportaje publicado por El Periódico de Catalunya.


lunes, 24 de febrero de 2020

Políticos locales en la diana

La asamblea de Lichtenberg está rodeada por policías antidisturbios; fuera, una veintena de militantes antifascistas se concentran tras una pancarta: "Ninguna colaboración con AfD". La tensión en este distrito de Berlín oriental es buena muestra de la excepcionalidad que vive Alemania. 

Han pasado menos de 24 horas desde el atentado de Hanau en el que 9 personas, todas de raíces extranjeras, fueron asesinadas por un agresor con motivaciones racistas. Más de 500 kilómetros separan el lugar del crimen de esta asamblea de distrito, pero la sombra de la violencia marca la sesión, que comienza con un minuto de silencio. 

La ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) cuenta con 12 representantes. Con el 19% y más de 24.000 votos, el joven partido fue tercero en las elecciones locales de 2016. Katrin Framke comparte asamblea y día a día político con ellos. Es una de las 18 diputadas que obtuvo la lista de La Izquierda, la más votada en Lichtenberg y que gobierna el distrito. "Hablo lo justo y necesario con los representantes de AfD", dice. 

Visita policial 

Hace pocas semanas, agentes de la Brigada de Investigación Criminal de Berlín visitaron a Framke. Traían malas noticias. Habían encontrado informaciones personales, fotos de ella y de su coche particular en un disco duro de un militante ultraderechista durante una redada. La operación buscaba pruebas sobre una serie de ataques con presunta motivación política en Neukölln, un distrito del sur de la capital alemana con un alto porcentaje de población inmigrante. 

Ferat Kocak, otro político local de La Izquierda de origen kurdo, sobrevivió por poco a uno de esos atentados: hace un año, alguien prendió fuego a su coche en plena noche. Las llamas se extendieron al resto de su casa. Si Ferat hubiera despertado un par de minutos más tarde, él y sus padres estarían hoy muertos. 

Otros tuvieron menos suerte: el pasado verano, el político local democristiano Walter Lübcke fue asesinado a tiros en la terraza de su casa en Kassel. El principal sospechoso es un militante neonazi, que en un primer momento reconoció la autoría y posteriormente se retractó. Lübcke había defendido públicamente la política de acogida de refugiados de la cancillera Angela Merkel. 

"El 'caso Lübcke' me sorprendió muchísimo", reconoce Katrin Framke. "Tradicionalmente habíamos sufrido amenazas y agresiones los políticos de La Izquierda, Los Verdes y el Partido Socialdemócrata". Los políticos locales aparecen ahora en el centro de la diana ultraderechista en Alemania. 

"Provocación necesaria" 

El caso de Christoph Landscheidt, alcalde socialdemócrata de Kamp-Lintfort -una localidad del estado de Renania del Norte-Westfalia- es otro ejemplo: el pasado año, solicitó una licencia de armas para, oficialmente, defenderse de posibles atentados. El socialdemócrata llevaba meses recibiendo amenazas tras haber ordenado la retirada de carteles electorales del pequeño partido ultraderechista Die Rechte. 

La noticia corrió como la pólvora en la prensa. Landscheidt había solicitado previamente protección estatal. Tras ser rechazada, decidió pedir la licencia de armas y hacerlo público. Su objetivo no era hacerse con una pistola, sino generar un debate público. "La anécdota de la licencia de armas era, tal vez, la provocación necesaria", reflexionó . Finalmente, consiguió un guardaespaldas financiado con dinero público. 

La dinámica de la asamblea municipal de Lichtenberg demuestra que algo se ha roto en la política alemana. Las mociones de la ultraderecha de AfD son rechazadas sistemática y unánimemente por el resto de grupos políticos, incluida la CDU. Esto último ya no es, sin embargo, algo que se dé por descontado tras la reciente ruptura del cordón sanitario en el parlamento regional de Turingia

Lichtenberg tiene experiencia con la ultraderecha. En los 90, tras la reunificación, aquí había una activa estructura nazi. Hace algo más de una década, el partido neonazi NPD incluso llegó a tener una fracción propia en la asamblea de distrito. La formación desapareció finalmente del mapa parlamentario local, pero AfD -un partido cuyos militantes no llevan botas militares ni la cabeza rapada- capitalizó en buen parte el voto radical. 

AfD supone un antes y un después no solo para la política local, sino también para la federal: el NPD nunca consiguió superar la barrera electoral del 5% que permite entrar en el Bundestag. Con su agresivo discurso antimigratorio, AfD recibió casi seis millones de votos en las últimas elecciones federales de 2017. 

"El clima se ha vuelto más áspero. Y AfD ha contribuido a ello", reflexiona en voz alta Katrin Framke. "Entre sus representantes hay incendiarios que preparan el terreno para que gente se sienta llamada a actuar. Y ello asusta profundamente".

Reportaje publicado en El Periódico de Catalunya.



lunes, 9 de enero de 2017

Los recuerdos olvidados de un exlíder neonazi alemán

“Políticos y personalidades de la industria del entretenimiento, todos ellos acabarían en un campo de concentración. Todos los canales de televisión serían cerrados y sólo quedaría propaganda sin su venenosa influencia. En su lugar, un canal del Reich. Enemigos del Estado, discapacitados y asociales serían deportados a un campo de concentración. También skinheads como yo, de los cuales ahora el partido se servía, gente para la que mi banda actuaba. Gente como yo. ¿Tendría entonces que dejarme crecer el pelo y convertirme en un mamarracho más del partido? ¿O quería seguir siendo quien yo era?”. 

Este es un párrafo escrito por un antiguo líder neonazi alemán, por un exmilitante del Partido Nacionaldemócrata de Alemania (NPD), por un antigua estrella de la escena musical ultraderechista europea. Es uno de los párrafos con los que Achim Schmid explica en su libro Recuerdos olvidados. Una joven vida en la extrema derecha las constantes contradicciones a las que se tenía que enfrentar alguien que militó en el neonazismo alemán y que al mismo tiempo tocaba en bandas de música Oi! y rock radical para skinheads. 

El exlíder de la sección europea de Ku-Klux-Klan, arrepentido de su pasado racista, supremacista y nacionalsocialista, se abre ahora en canal para que los lectores intenten entender qué llevó a un joven alemán como él a convertirse en una de las referencias de la ultraderecha europea. Y también para encontrar caminos hacia la autoayuda. 

“Para mi este libro fue algo más que una terapia. Cuando se escribe algo así, hay que mirar muy hacia atrás en el tiempo, buscar procesos que me marcaron durante mi infancia y mi juventud, y entender qué me llevó a hacer aquello”, cuenta por teléfono Achim Schmid desde su actual residencia en Estados Unidos. “En la escena de la extrema derecha, no todos son personas con un bajo coeficiente intelectual, sino que también hay personas muy inteligentes. En aquella época me alegraba de tener ese tipo de gente en nuestras filas; hoy me pregunto cómo pudieron llegar a militar en el neonazismo”. 

Radiografía del neonazismo 

Achim Schmid ha cambiado radicalmente. Eso es algo que quiere dejar meridianamente claro desde el mismo inicio de la conversación telefónica que mantiene con este periodista. Asegura que hoy es un hombre diametralmente diferente de aquel que comenzó a militar en diferentes partidos y movimientos nacionalsocialistas a principio de la década de los 90 del siglo pasado. 

Schmid, autoexiliado en Estados Unidos por motivos de seguridad personal, radiografía con su libro la escena del neonazismo alemán, europeo y estadounidense. Lo hace sin eufemismos e intentando que el lector se ponga en la piel de aquel joven desorientado que buscó cobijo y sentido a la vida hace más de 25 años en el ultraderechismo racista. 

“¿Dónde se empieza realmente a ser de derechas? ¿Y a partir de cuándo se comienza a ser radical de derechas?¿O ultraderechista? Para el ciudadano normal estos últimos son conceptos apenas separables. Para gente situada fuera del movimiento, la realidad de los neonazis es absolutamente impenetrable”. 

Este el tipo de preguntas y reflexiones que el lector encontrará en el libro. El exlíder neonazi explica con todo detalle cómo funcionan los círculos de la extrema derecha, cómo se entra y se asciende en ellos, cuáles son los mecanismos de atrincheramiento ideológico y de reclutamiento, cómo funciona la propaganda parda en la que la música juega un papel fundamental, por qué surgen los enfrentamientos entre las llamadas Viejas Derechas, herederas de las posturas clásicas del nacionasocialismo derrotado en la Segunda Guerra Mundial, y las Nuevas Derechas, reorganizadas tras la reunificación de Alemania y con referencias culturales y musicales más sofisticadas

El relato está además plagado de detalladas descripciones sobre la cotidianidad de un militante neonazi: el alcohol, la violencia, las estrecheces económicas, el rechazo social, las amenazas, la música como válvula de escape, la tentación de desaparecer en la clandestinidad terrorista neonazi, la absoluta ruptura con la vida anterior y con los círculos familiares, la revolución vital que supone invertirlo todo en la causa nacionalsocialista y en la descabellada lucha diaria en defensa de la pureza de la raza blanca. 

Violencia como punto de inflexión 

Después de casi dos décadas de ciega militancia y de fiel activismo ultraderechista, en el año 2002 Achim decidió dar el paso definitivo para desconectar del neonazismo. Uno de los puntos de inflexión que le llevaron a tomar esa decisión fue una escena vivida durante un concierto neonazi en Dinamarca en el que Schmid tocó con una de sus bandas: “Yo ya había visto mucha violencia. Debido al alcohol, y empujados por la música y los camaradas, la violencia era común. Pero cuando vi a ese joven danés tumbado sobre su propia sangre, observado desde arriba de forma ignorante por su contrincante, entonces empecé a reflexionar. Yo no quería algo así. Ni me quería sentir responsable de ello, ni tampoco lo quería poner en práctica. Pero me negaba a abrir los ojos. Estaba demasiado atrapado en la espiral del odio. El odio era un fin en sí mismo”. 

Achim nunca llegó a saber si aquel joven danés, golpeado hasta la saciedad por un cabeza rapada, salvó su vida o acabó muriendo por la paliza recibida. El exmúsico ultraderechista salió de aquella sala de conciertos danesa con un cambio fundamental en su mente: aquella imagen de violencia gratuita supuso el inicio del fin de su apoyo incondicional al supremacismo blanco. Un cambio mental que finalmente desembocó en su abandono del neonazismo militante, y que también dio pie a la escritura del libro con el que hoy cuenta su historia. 

Pero la decisión de abandonar el ultraderechismo es a menudo insuficiente: el proceso suele ser lento y muy complejo, y a veces fracasa. Los “camaradas” sustituyen a la familia, porque los círculos neonazis funcionan al fin y al cabo como un secta que ofrece soluciones sencillas a problemas vitales complejos. “Cuando uno queda atrapado en el mundo ideológico de la extrema derecha, se hunde en él cada vez más. Es como si se estuviera en arenas movedizas. Y como ocurre en las arenas movedizas, cada reacción procedente del exterior te hunde cada vez más profundo”, escribe Achim. 

El miedo es otro de los frenos para los que quieren abandonar la militancia parda, porque los ultraderechistas que deciden sacrificar su vida a la causa nacionalsocialista se ven solos tras abandonar la militancia: fuera de los círculos radicales no suelen tener contactos, trabajo ni amigos. Fuera del neonazismo simplemente les espera la más absoluta de las nadas. 

La asociación EXIT conoce bien esas trabas psicológicas y sociales. Esta asociación no gubernamental alemana trabaja desde 2000 ayudando a militantes ultraderechistas a dejar los círculos del odio supremacista para comenzar una reintegración social. 

El criminalista Bernd Wagner, presidente y fundador de EXIT en Alemania, sabe bien cuán complicado es conseguir que gente como Achim Schmid consiga el objetivo de abandonar exitosamente ese mundo: “La puerta de salida es al mismo tiempo la puerta de entrada. Y uno no puede quedarse en el umbral. Hay que cruzarlo para abandonar esa dimensión y entrar en una completamente nueva”. Desde su fundación, EXIT ya ha conseguido liberar a más de 500 exmilitantes neonazis.



Militancia asesina 

La militancia a la que Achim Schmid perteneció obedientemente durante más de dos décadas es algo más que un simple puñado de biografías destrozadas por el odio nacionalsocialista y la ideología supremacista blanca. El neonazismo militante en Alemania mata: la violencia ultraderechista ha asesinado a casi 180 personas desde 1990. Así lo documenta la Fundación Amadeu Antonio, organización que trabaja contra el racismo y el antisemitismo. Desde palizas hasta tiros en la cabeza: la lista de víctimas mortales y de heridos sirve para recomponer lo que es un auténtico fenómeno terrorista neonazi que a menudo es presentado por medios y políticos como meras expresiones violentas aisladas. 

Mapa de las agresiones mortales en Alemania desde 1990:



La célula NSU (siglas en alemán para Clandestinidad Nacionalsocialista) fue la última de las organizaciones terroristas neonazis que salió a la luz: con una más que probable amplia estructura de apoyo social, la NSU asesinó a nueve ciudadanos de origen extranjero y a una agente de policía, ejecutó atentados con bomba y atracó bancos. Hace unos años, la fiscalía alemana llamó declarar a Achim Schmid por su presunta conexión con la célula terrorista, una conexión que él siempre ha negado rotundamente.

“Creo que es un error negar realidades evidentes. Alemania es un país de migración desde la década de los 60. Y eso alimenta evidentemente a la extrema derecha. Pero la política se niega a reconocer ciertos procesos”, lamenta Schmid al otro lado de la línea telefónica. El exlíder neonazi detecta un problema de doble filo en su país de origen: por una parte, la clase política alemana no quiere reconocer la existencia de una militancia neonazi estructural, y por otra, a las élites también les cuesta aceptar que la migración genera conflictos de convivencia que deben ser abordados abiertamente, sin tabús.

Esa dinámica negacionista parece haber contribuido a la aparición de un nuevo actor en la extrema derecha germana: el joven partido Alternativa para Alemania (AfD) supone un punto de inflexión, un cambio de paradigma en la organización, la comunicación política y la proyección electoral de las llamadas Nuevas Derechas alemanas.

Achim Schmid lo tiene claro: “AfD es un partido populista de derechas con tendencias ultraderechistas”. Y muestra una diferencia fundamental con respecto a los círculos en los que Schmid militó: AfD muestra una capacidad aglutinadora y una transversalidad social que el neonazismo nunca tuvo por presentarse ante el conjunto de la sociedad de forma demasiado radical. “La situación de hoy me recuerda mucho a la de la República de Weimar. Y todos sabemos lo que ocurrió tras la República de Weimar”, reflexiona el autor de Recuerdos olvidados. Una joven vida en la extrema derecha.

Al primer libro de Achim Schmid seguirán dos más; en las dos próximas entregas, el exlíder neonazi alemán explicará las dificultades que tuvo para abandonar el neonazismo y el proceso de reconstrucción vital que siguió a ese complejo proceso. Su objetivo es claro: “Si con ello consigo que una sola persona pueda abandonar esa ciénaga parda de la que yo salí, si con ello puedo evitar que más personas giren hacia la extrema derecha o que alguien de centro o de izquierdas busque el diálogo con alguien que se está perdiendo a la deriva hacia el ultraderechismo, entonces yo ya he ganado”.

Reportaje publicado en El Confidencial.

lunes, 7 de diciembre de 2015

¿Se enfrenta Alemania a un nuevo terrorismo de extrema derecha?

Tras la cadena de atentados yihadistas de París, mucho se habla en Alemania del posible primer ataque de Estado Islámico o Al Qaeda en suelo de República Federal, pero nada de un posible nuevo terrorismo neonazi al calor de movimientos políticos como Pegida o el ascendente partido Alternativa para Alemania (AfD). Ello a pesar de que haya indicios más que suficientes para barajar seriamente ese escenario, tras la desaparición de la última célula terrorista de extrema derecha conocida en el país: la NSU.

Más ataques contra refugiados y contra centros de acogida, nuevas formas de levantamiento social contra la política migratoria del Gobierno federal, como el corte de carreteras y sabotajes, y también posibles nuevos atentados contra políticos alemanes que defiendan la integración de los refugiados. Es lo que espera la Oficina Federal de Investigación Criminal (BKA, en sus siglas en alemán) durante los próximos meses mientras siguen llegando diariamente miles de refugiados al país. 

Así lo anunció la BKA tras confirmar que en lo que va de año lleva registrados más de 520 delitos de trasfondo de extrema derecha. Una tendencia que va claramente al alza: sólo durante el tercer trimestre de 2015, la BKA registró 285 ataques contra centros de acogida de refugiados, más que durante la primera mitad del año y también que durante todo 2014. Los políticos que asumen la organización de infraestructuras para refugiados como un deber también se convierten en objetivo de los ataques de corte neonazi o de extrema derecha

Fue el caso de la política independiente Henriette Reker, actual alcaldesa de la ciudad de Colonia. Reker fue apuñalada de gravedad durante un acto de su campaña por un hombre con conexiones con círculos ultraderechistas alemanes, tal y como confirmaron los servicios secretos germanos. Tras el ataque, y apoyada por partidos tan dispares como Los Verdes, los democristianos de la CDU y los liberal-conservadores del FDP, la candidata obtuvo la mayoría absoluta. 

Salto cualitativo

El atentado contra Reker supuso un salto cualitativo de la violencia derechista observada en las calles de Alemania en los últimos meses. La sociedad alemana entendió el atentado como un mensaje a todos los ciudadanos que colaboren en la acogida de refugiados. 

Ante el auge del movimiento islamófobo Pegida, y el aumento de intención de voto de los euroescépticos de Alternativa para Alemania (AfD), que también han coqueteado con Pegida al rechazar la política migratoria desplegada por el Gobierno de Angela Merkel, expertos y medios comenzaron a preguntarse en voz alta si el país se enfrenta ante un nuevo terrorismo de extrema derecha. Un terrorismo que podría proceder del mismo corazón de la sociedad, y no ya de grupos radicales y marginales, como tradicionalmente ha ocurrido en Alemania. 

“No se trata de un nuevo terrorismo, sino de una nueva dimensión de la violencia de extrema derecha con tendencias terroristas; una violencia entendida como una lucha asimétrica contra sus enemigos: los migrantes como 'cultura y raza extranjera', aquellos que apoyan a los refugiados en nombre de la integración, y también la cultura democrática y pro derechos humanos del Estado parlamentario”. Así lo asegura Bernd Wagner, criminalista experto en extrema derecha y fundador de EXIT, asociación que ayuda a militantes de movimientos neonazis a abandonar los círculos xenófobos violentos. 

En una entrevista a través de correo electrónico, Wagner apunta que lo fundamental ahora es saber distinguir “la intencionalidad ideológica” que se esconde tras cada uno de los ataques, y no si tras estos hay grupos organizados con amplias estructuras sociales, o individuos que actúan como lobos solitarios, como parece que fue el caso del atentado contra la alcaldesa de Colonia. 

Como en los 90 

Hans-Gerd Jaschke lo ve diferente: en una entrevista concedida a la radio pública alemana WDR, el académico e investigador de movimientos ultraderechistas cree que los ataques a refugiados proceden cada vez más de ciudadanos integrados y no de militantes neonazis. Un fenómeno similar a los ataques xenófobos ocurridos en Alemania en la década de los 90, fundamentalmente en el Este del país, poco después de la reunificación y durante la llegada de refugiados que huían de la guerra de los Balcanes. En aquel momento, neonazis y ciudadanos aparentemente bien integrados se convirtieron en turbas violentas difícilmente descriptibles que atacaban viviendas de extranjeros. 

En un país con un reciente episodio como el de la NSU (Clandestinidad Nacionalsocialista), una célula neonazi formada por tres dos hombres y una mujer que actuó entre 2000 y 2011 con el apoyo de evidentes estructuras sociales, y que dejó tras de sí 10 asesinatos, numerosos atentados y atracos de bancos, y con el actual auge de movimientos derechistas y xenófobos, parece cuestión de tiempo que surja una nueva forma organizada de violencia neonazi. 

El partido III. Weg muestra el camino que siguen los nuevos grupos neonazis. Bernd Wagner lo define como mezcla de “hitlerismo y nacionalistas autónomos” con tendencias “tradicionalistas y también anticapitalistas”. Un partido que defiende en su programa electoral una ciudadanía basada en criterios étnicos, y también la recuperación de territorios ocupados y posteriormente perdidos por el Tercer Reich en el Este de Europa durante la Segunda Guerra Mundial. 

Movimientos como III.Weg o Pegida cuentan además con conexiones con círculos de extrema derecha de otros países europeos, incluida España. Por eso, el criminalista Wagner advierte: “Europa, como comunidad de valores, debe reorganizarse rápidamente respecto a la cuestión migratoria, o tiene el riesgo de fracasar ante un tremendo giro hacia la extrema derecha”.

jueves, 17 de enero de 2013

¿Sería contraproducente ilegalizar el neonazi NPD?

A finales del año pasado, los 16 Estados federados alemanes acordaron unánimemente en el Bundesrat (Cámara Alta) solicitar al Tribunal Constitucional la prohibición del NPD (Partido Nacionaldemócrata de Alemania), el principal partido de la escena neonazi alemana. Los Estados consideran probado que el principal objetivo del NPD es acabar con el sistema democrático desde una «actitud agresiva y militante». No es el primer intento de ilegalización de la formación neonazi: el último fracaso fue en 2003, cuando el Tribunal Constitucional consideró improcedente la ilegalización del partido tras descubrir la enorme infiltración en sus filas de espías pagados por la policía y los servicios secretos.

El descubrimiento de la célula terrorista de extrema derecha NSU (Clandestinidad Nacionalsocialista) a finales de 2011, que mató a 9 inmigrantes y una agente de policía entre 2000 y 2006, parece ser el impulso definitivo al actual intento de prohibición del NDP, formación con estrechos lazos con la NSU en algunas regiones de Alemania oriental. Todo ello viene además acompañado de garrafales errores y la incapacidad mostrada por la Policía y los servicios de seguridad alemanes de detectar y detener el último caso de terrorismo de extrema derecha en un país donde el neonazismo ha matado a más de 180 personas desde 1990, según cifras de la Fundación Amadeu Antonio. 

Mientras los Estados federados son la punta de lanza en el actual proceso contra el NPD, el Gobierno de Angela Merkel muestra más bien escepticismo al respecto. Lo dijo recientemente la ministra de Justicia de la canciller, la liberal Sabine Leutheusser-Schnarrenberger: «A la extrema derecha no se la combate prohibiendo el NPD. Ninguna confrontación legal puede sustituir a la implicación política». La ministra hizo referencia a la necesidad de combatir al neonazismo con argumentos políticos y a través de programas sociales que hagan frente a la llamada «pobreza blanca» que afecta, sobre todo, a los Estados federados orientales, precisamente allí donde el NPD tiene más apoyo social.

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lunes, 29 de septiembre de 2008

Der Baader Meinhof Komplex

La ristra de películas que durante los últimos años han abordado el pasado reciente de Alemania es considerable: Good bye Lenin, La vida de los otros, El hundimiento, etcétera..Casi casi se trata ya de un género propio. Y esas son las cintas que han llegado a las pantallas de fuera de Alemania. Aquí sigue habiendo una lista de directores que se empeñan en mirar atrás para intentar echar luz sobre un país que ha vivido dos guerras mundiales, la guerra fría y la reunificación del país en un solo siglo. Ahora le toca el turno a la RAF.

RAF (Die Rote Armee Fraktion, o la Fracción del Ejército Rojo) o el grupo Baader-Meinhof (en referencia a sus cabecillas militares e ideológicos) salta a las pantallas alemanas de la mano del director Uli Edel. Es curioso: mientras a los extranjeros residentes en Berlín les encanta ir al cine para conocer mejor la historia del país en que habitan, a los alemanes (sobre todo a las jóvenes generaciones) parece darles pereza. Es como si les hubieran machacado durante toda su niñez y juventud sobre el deber de conocer la historia para evitar los errores ya cometidos. "Qué quieres que te diga, yo sé lo que hicieron los nazis, pero qué tengo yo que ver con ello", me dijo una vez un amigo alemán de unos 30 años.

La RAF, un grupúsculo terrorista que sin una base social real o un brazo político aunque con la simpatía de amplios sectores de la población alemana de la RFA, puso contra las cuerdas al Estado alemán occidental durante los 70, y que justificó sus acciones violentas llevadas a cabo por tres generaciones con el sustrato nacionalsocialista que pervivió en la estructura burocrática del República Federal Alemana. Der Baader Meinhof Komplex, basada en el libro de Stefan Aust, el que fuera director del semario Der Spiegel , ha llegado a las pantallas alemanas sin levantar mucha polvareda, pero dividiendo las opiniones, sobre todo entre los descendientes de unos y otros: para los familiares de algunas víctimas, aunque la película haga uso de la violencia de forma banal y por momentos espectacularizada, muestra a la RAF como el sangriento y sectario grupo terrorista que, según ellos, realmente fue; para otros, la cinta es un simple intento de hacer caja a través de la espectacularización (al estilo hollywoodiense) de la reciente y violenta historia de Alemania, sin buscar realmente las raíces de esa violencia ni una auténtica contextualización histórica de los hechos. Personalmente, la película no me desagradó, aunque sé que si fuera alemán, probablemente mi opinión sería distinta...

Si no vivís en Alemania, tendréis que esperar unos meses a poder ver Der Baader Meinhof Komplex. De momento, aquí tenéis el trailer...