viernes, 4 de septiembre de 2009

Bienvenidos a Israel


Llegada al aeropuerto de Schönefeld a las siete de la mañana del viernes 21 de agosto: después de una noche sin dormir tras haber trabajado hasta las 3 y media de la madrugada y haber tenido que preparar todo mi equipaje a última hora, como siempre, lo primero que me llamó la atención al llegar fue la presencia de una pareja de policía alemana pertrechados con armas cortas que paseaba frente a la terminal donde tenía que facturar mi equipaje para mi vuelo a Tel Aviv. Nunca había visto algo así en un aeropuerto alemán. En seguida me di cuenta de que la presencia policial estaba directamente relacionada con el avión que tenía que tomar: era de la compañía israelí ELAL.

Entré en la terminal y, tras un breve barrido visual, supe cuáles eran las ventanas de ‘check in’ correspondientes a mi vuelo: ante ellas habían sido instaladas una docena de pequeñas mesas, distribuidas en cuatro filas paralelas y acordonadas con una cinta de seguridad. Era el primer filtro al que me tenía que enfrentar antes de entrar en Israel: una entrevista de más o menos profundidad dependiendo de mi perfil. Decididí hacer un pequeño experimento: confesar a primera de cambio mi profesión: periodista. Palabra que parece aterrorizar a las autoridades israelíes a la vista de cómo reaccionó mi interlocutor. “¿Periodista? Aha...”.

La entrevista cambió de rumbo en ese momento: las preguntas aparentemente más inocentes cómo “¿Has estado en Israel alguna vez?” o “¿Dónde vives en Berlín?” comenzaron a intercalarse con otras más incisivas como “¿Conoces a alguien en Israel o en algunos de los países árabes del alrededor?”, “¿Qué has leído sobre Israel hasta el momento?” o “¿Tienes pensado escribir algo durante tu visita?”. Ahí está el punto decisivo: el Gobierno de Israel y parte de su población están convencidos de que los medios internacionales ofrecen una imagen tergirversada del conflicto en la que ellos siempre aparecen como los malos de la película. Se me ocurre, además, que el Gobierno también tiene cosas que esconder. Por eso, las autoridades israelíes son extremadamente cuidadosas a la hora de dejar entrar a profesionales de medios en el país y, si quieren acceder al carnet de prensa israelí, les obligan a firmar documentos que les comprometen a no publicar material que suponga un peligro (según el criterio del Ejército judío) para la seguridad del Estado.

Tras una larga ristra de preguntas que se alargó por casi media hora durante la que mi interlocutor se ausentó en un par de ocasiones para consultar a su superior sobre mi caso, mi entrevistador me pidió algo de lo que me habían advertido algunos compañeros que ya habían estado en Israel: “Mira, ya hemos visto que tienes una invitación oficial de una universidad israelí, pero son todos documentos que podrían haber sido falsificados. Por eso necesitamos que nos muestres un mail de la organización del seminario. Si no te supone ninguna molestia, me deberías acompañar a una habitación y abrir tu correo electrónico para que podamos ver que efecticamente has recibido un mail con los documentos y la invitación formal”. Mi reacción fue en un primer momento de rechazo, alegando que tenía derecho a preservar la privacidad de mis comunicaciones. Finalmente, le pedí al funcionario tener que mostrarle "sólo" uno de los correos recibidos de mi contacto en Tel Aviv y que, por favor, no curiosease en la bandeja de entrada de mi cuenta. Aceptó.

Una vez confirmado que efectivamente había recibido la invitación de la universidad, volvimos a la mesa. Una decena de preguntas más y ya tenía el permiso de las autoridades para volar a tierra santa. En total, unos 45 minutos de interrogatorio. Bienvenidos a Israel.

Tel Aviv

Llegar a Tel Aviv un viernes a media tarde no es buena idea: el sabbat, día sagrado de los judíos, empieza el viernes al mediodía. Los transportes públicos se paralizan, con lo cual no hay manera de moverse en autobús o tren entre el aeropuerto internacional de Ben Gurion y el centro de la capital israelí. Yo lo descubrí ese mismo viernes. Sin embargo, lo que no cesa es el negocio: los taxis y los shuttles (furgonetas colectivas) siguen funcionando a precios nada asequibles. Por el trayecto en taxi entre el aeropuerto y la zona de Haryakon me cobraron 141 shekels. Al cambio, unos 30 euros. Una vez es una vez. El taxista era simpático y me dejó en la misma puerta de mi hostal, el Haryakon 48. El edificio, de cinco plantas, era un hervidero de mochileros entre los que predominaban los turistas estadounidenses. Dejé el equipaje en mi habitación, un espacio de unos 15 metros cuadrados con cuatro literas y bastante sucio, pero al menos con aire acondicionado. Pronto conocí a Mike, un canadiense de 20 años. Judío, me dijo con orgullo, electricista y de espaldas anchas. Mike me propuso ir a comer: el turista canadiense se convirtió casi sin quererlo en mi primer guía en Israel.

La conversación de Mike estaba llena de lugares comunes y su ignorancia era atrevida. Con todo, su presencia podía ser por momentos agradable. Fuimos a comer a un lugar que él conocía. Camareras de impresión nos dieron la bienvenida. Allí comenzamos a hablar sobre esto y aquéllo. Me enseñó con orgullo la estrella de David que colgaba de su cuello. Tras comer bien y barato nos fuimos a dar un paseo por la playa. Tel Aviv se parece a Benidorm: es ciudad alargada sobre la costa, plagada de rascacielos y con barrios de casa bajas que han acabado engullidos por las nuevas y mastodónticas edificaciones. Su aparentemente interminable paseo marítimo está salpicado por innumerables discotecas, restaurantes y tiendas. Por la noche, la mezcla de luces y colores puede llegar a aturdir.

A la izquierda de una de las carreteras que recorre de forma paralela a la playa y el paseo, a medio camino entre el antiguo pueblo árabe de Yaffa y el centro de Tel Aviv, se levanta una mezquita (la única que vi en la capital israelí). El minarete estaba adornado con unas luces verdes fosforentes que le daban un curioso aspecto kitsch al templo. Comenté en voz alta y sin mayor intención “una mezquita”. “Sí”, contestó Mike con una enorme sonrisa clavada en los labios, “habría que reventarlas todas”. Yo, perplejo, pregunté con escandalizada candidez: “¿Por qué?” “Pues porque ellos hacen lo mismo con nuestras sinagogas", contestó Mike casi más escandalizado que yo. Luego me acusó ante un grupo de turistas estadounidenses de apoyar a Hamás (¡!).

Fue la primera vez, pero no la última, que me tuve que enfrentar en Oriente Próximo al discurso apuntalado por las palabras “ellos” y “nosotros”. El bien y el mal. El blanco y el negro. Estructuras dicotómicas y reduccionistas nacidas de los 60 años de conflicto o incluso tal vez generadoras del mismo enfrentamiento. Discurso que no hace más que alimentar la espiral de odio, hambre de venganza y violencia, y, lo peor de todo, asumido por extranjeros ajenos al conflicto.

1 comentario:

oriol dijo...

tio!!!
joder con Israel!!! a veure fins a quin punt tenen menjada la olla aquesta gent!!! segueix escirivit q ho fas d puta mare!!!