lunes, 24 de febrero de 2020

Políticos locales en la diana

La asamblea de Lichtenberg está rodeada por policías antidisturbios; fuera, una veintena de militantes antifascistas se concentran tras una pancarta: "Ninguna colaboración con AfD". La tensión en este distrito de Berlín oriental es buena muestra de la excepcionalidad que vive Alemania. 

Han pasado menos de 24 horas desde el atentado de Hanau en el que 9 personas, todas de raíces extranjeras, fueron asesinadas por un agresor con motivaciones racistas. Más de 500 kilómetros separan el lugar del crimen de esta asamblea de distrito, pero la sombra de la violencia marca la sesión, que comienza con un minuto de silencio. 

La ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) cuenta con 12 representantes. Con el 19% y más de 24.000 votos, el joven partido fue tercero en las elecciones locales de 2016. Katrin Framke comparte asamblea y día a día político con ellos. Es una de las 18 diputadas que obtuvo la lista de La Izquierda, la más votada en Lichtenberg y que gobierna el distrito. "Hablo lo justo y necesario con los representantes de AfD", dice. 

Visita policial 

Hace pocas semanas, agentes de la Brigada de Investigación Criminal de Berlín visitaron a Framke. Traían malas noticias. Habían encontrado informaciones personales, fotos de ella y de su coche particular en un disco duro de un militante ultraderechista durante una redada. La operación buscaba pruebas sobre una serie de ataques con presunta motivación política en Neukölln, un distrito del sur de la capital alemana con un alto porcentaje de población inmigrante. 

Ferat Kocak, otro político local de La Izquierda de origen kurdo, sobrevivió por poco a uno de esos atentados: hace un año, alguien prendió fuego a su coche en plena noche. Las llamas se extendieron al resto de su casa. Si Ferat hubiera despertado un par de minutos más tarde, él y sus padres estarían hoy muertos. 

Otros tuvieron menos suerte: el pasado verano, el político local democristiano Walter Lübcke fue asesinado a tiros en la terraza de su casa en Kassel. El principal sospechoso es un militante neonazi, que en un primer momento reconoció la autoría y posteriormente se retractó. Lübcke había defendido públicamente la política de acogida de refugiados de la cancillera Angela Merkel. 

"El 'caso Lübcke' me sorprendió muchísimo", reconoce Katrin Framke. "Tradicionalmente habíamos sufrido amenazas y agresiones los políticos de La Izquierda, Los Verdes y el Partido Socialdemócrata". Los políticos locales aparecen ahora en el centro de la diana ultraderechista en Alemania. 

"Provocación necesaria" 

El caso de Christoph Landscheidt, alcalde socialdemócrata de Kamp-Lintfort -una localidad del estado de Renania del Norte-Westfalia- es otro ejemplo: el pasado año, solicitó una licencia de armas para, oficialmente, defenderse de posibles atentados. El socialdemócrata llevaba meses recibiendo amenazas tras haber ordenado la retirada de carteles electorales del pequeño partido ultraderechista Die Rechte. 

La noticia corrió como la pólvora en la prensa. Landscheidt había solicitado previamente protección estatal. Tras ser rechazada, decidió pedir la licencia de armas y hacerlo público. Su objetivo no era hacerse con una pistola, sino generar un debate público. "La anécdota de la licencia de armas era, tal vez, la provocación necesaria", reflexionó . Finalmente, consiguió un guardaespaldas financiado con dinero público. 

La dinámica de la asamblea municipal de Lichtenberg demuestra que algo se ha roto en la política alemana. Las mociones de la ultraderecha de AfD son rechazadas sistemática y unánimemente por el resto de grupos políticos, incluida la CDU. Esto último ya no es, sin embargo, algo que se dé por descontado tras la reciente ruptura del cordón sanitario en el parlamento regional de Turingia

Lichtenberg tiene experiencia con la ultraderecha. En los 90, tras la reunificación, aquí había una activa estructura nazi. Hace algo más de una década, el partido neonazi NPD incluso llegó a tener una fracción propia en la asamblea de distrito. La formación desapareció finalmente del mapa parlamentario local, pero AfD -un partido cuyos militantes no llevan botas militares ni la cabeza rapada- capitalizó en buen parte el voto radical. 

AfD supone un antes y un después no solo para la política local, sino también para la federal: el NPD nunca consiguió superar la barrera electoral del 5% que permite entrar en el Bundestag. Con su agresivo discurso antimigratorio, AfD recibió casi seis millones de votos en las últimas elecciones federales de 2017. 

"El clima se ha vuelto más áspero. Y AfD ha contribuido a ello", reflexiona en voz alta Katrin Framke. "Entre sus representantes hay incendiarios que preparan el terreno para que gente se sienta llamada a actuar. Y ello asusta profundamente".

Reportaje publicado en El Periódico de Catalunya.



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