jueves, 7 de noviembre de 2019

La caída inacabada del Muro de Berlín

"La casa y el jardín están cuidados. En el garaje del terreno hay un Trabant. Lo conduce Bernd Frommold. Su hija Curina nació el 20.06.1975".

Berndt Frommold no solo se ríe de que su nombre y el de su primera hija estén mal escritos en el expediente de la Stasi, los servicios secretos de la desaparecida República Democrática Alemana (RDA). También le hace gracia que la descripción de la casa de sus padres a las afueras de Berlín sea tan banalmente exhaustiva.

Este obrero germano-oriental ya jubilado hojea los documentos, desclasificados por las autoridades a petición propia, precisamente en el jardín de la casa descrita por Bansin. Este apodo que esconde la auténtica identidad del espía que escribió en la primavera de 1976 las líneas que abren este reportaje. Frommold no tiene ni la más remota idea de quién pudo ser. En realidad, cualquiera, asegura.


Berndt Frommold, en el jardín de su casa, muestra su expediente de la Stasi. Foto: Andreu Jerez

La paranoia sobre la que estaba construida la dictadura socialista oriental tuvo su mejor expresión en el Ministerio para la Seguridad del Estado (MfS, en sus siglas en alemán): en el momento de la disolución de la RDA, trabajaban oficialmente para él alrededor de 90.000 empleados, según datos de la Agencia Federal para la Educación Política. Contaba además con casi 190.000 "trabajadores informales". Es decir, ciudadanos que, por oportunismo o por simple miedo a las represalias, colaboraban con un ministerio que cumplía el papel de servicios secretos y de policía política. Cualquier vecino, amigo o incluso familiar era, por tanto, un espía potencial.

Cuando se cumplen 30 años de la caída del Muro de Berlín, previa al hundimiento definitivo de la RDA y posteriormente de la Unión Soviética, Frommold se ha decidido a recuperar los restos documentales de ese episodio de la reciente historia alemana. Son los jirones archivísticos de un depredador sistema de espionaje y de un país ya desaparecido, cuya herencia sigue marcada por las luces y las sombras.

'Die Wende' 

El 9 de noviembre de 1989, Berndt Frommold estaba con su esposa y tres hijos en la casa de sus padres. El mismo día en el que el régimen había anunciado que cualquier ciudadano de la RDA podía cruzar la frontera con la Alemania occidental –mensaje que provocó que miles de personas se agolparan en el Muro y que este quedase definitivamente abierto–, él había recibido la respuesta a su solicitud para viajar al otro lado: su familia tenía el salvoconducto oficial para trasladarse a Berlín occidental. 

El 10 de noviembre, cuando la capital alemana todavía se recuperaba de la resaca por la euforia de la apertura del Muro, los Frommold cruzaron la frontera con su coche Trabant (el turismo utilitario de la RDA) en un viaje sin retorno. Atrás dejaban una vida, una nacionalidad y un estado que estaba a punto de derrumbarse. 

La suya es solo una más de las millones de biografías que quedaron marcadas por 'Die Wende' (El Cambio, como se llama popularmente en alemán a la caída del Muro). Reconoce haber tenido suerte: el hecho de haber cruzado justo el día después lo hizo todo más fácil para él y su familia. Pudo encontrar trabajo rápido, antes de que cientos de miles de exciudadanos de la RDA buscasen un nuevo futuro laboral en Occidente después del masivo cierre de fábricas en el desmantelado estado oriental. Acceder a una vivienda también fue más sencillo y pudo integrarse con relativa rapidez en un territorio donde todo era nuevo. La transición fue, en definitiva, menos traumática para él que para millones de sus conciudadanos. 

Campos que no florecieron 

Tres décadas han pasado de aquellos vertiginosos días; no obstante, todavía hoy se sigue diferenciando entre Alemania occidental y Alemania oriental, como si las barreras y la fronteras físicas todavía estuviesen ahí. El proceso de reunificación continúa inacabado. Con la efeméride, los medios se vuelven a llenar con relatos de personas que vivieron todo aquello en primera persona, y también de análisis sobre lo que no funcionó de un proceso que prometía "campos floridos" para los territorios orientales, como dijo en su momento el líder democristiano Helmut Kohl, el canciller de la reunificación. 

El 42% de los alemanes orientales se consideran hoy ciudadanos de segunda clase. Lo apunta un reciente estudio del instituto demoscópico Allensbach. Ese porcentaje se dispara hasta el 70% en el estado federado de Turingia, donde el pasado domingo se celebraron elecciones. En ellas, los poscomunistas de La Izquierda, con el 31%, y la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD), con el 23,4%, fueron los partidos más votados. 

Turingia demuestra que la brecha entre las dos Alemanias es una realidad. Una brecha que parece estar ahondándose 30 años después del inicio de un proceso vendido en su momento como infalible por los entonces arquitectos políticos y económicos del país. La ultraderecha de AfD, con resultados por encima del 20% en casi todos los estados orientales, amenaza con convertirse en el nuevo partido regional de Alemania del este. 

"Ese porcentaje corresponde a los que están descontentos con la reunificación", dice Frommold. Él mismo asegura tener muchos amigos y conocidos que votan a AfD. También reconoce ser víctima de una crisis de representación política. "Los partidos gobernantes ya no me representan. Apenas se los puede diferenciar. Siento que mi voto no tiene efecto alguno", asegura. 


Hastío ciudadano 

El espíritu de la revolución ciudadana que desembocó en el hundimiento de la RDA se reencarna hoy de alguna manera en lo que AfD ha llamado 'Die Wende 2.0'. El hastío ciudadano toma tintes reaccionarios, ultranacionalistas y xenófobos en la Alemania del siglo XXI. 

Los "campos floridos" prometidos por Kohl no llegaron a buena parte de la antigua RDA, pero Alemania oriental ha experimentado innegables mejoras a lo largo de los últimos 30 años. Incluso Frommold, un crítico que considera que más que una reunificación fue "una conquista", admite transformaciones positivas: mejores infraestructuras, rehabilitación de ciudades y pueblos, aumento del turismo y un mayor respeto a un medioambiente duramente castigado por la industria oriental, muy contaminante. 

Las diferencias económicas entre las dos Alemanias siguen siendo, no obstante, un hecho objetivo. El PIB per cápita del este es, de media, un 30% más bajo que en el oeste; las pensiones y los salarios también son menores, en parte debido a una peor cualificación de los habitantes del este. Ello provoca que los ingresos fiscales de los estados orientales sean notablemente inferiores, lo que obliga al Gobierno federal a seguir aplicando transferencias presupuestarias entre las dos partes del país. 

Son datos de un reciente estudio del Instituto Alemán para la Investigación Económica (DIW), que advierte del peligro de que "el crecimiento económico y el potencial financiero se sigan distanciando" si las tendencias de los últimos años se mantienen las próximas décadas. La marcha de cientos de miles de jóvenes germano-orientales a los estados occidentales o al extranjero agudiza, además, una crisis demográfica especialmente grave en los territorios de la antigua RDA. Según estadísticas oficiales, más de un millón de personas abandonaron el este para irse al oeste entre 1991 y 2012. 

Hijos de la reunificación 

Melanie Stein es un ejemplo de ese éxodo poblacional: esta periodista, nacida en Brandeburgo y criada en Mecklemburgo, reside hoy en Hamburgo, una de las capitales más dinámicas y ricas de Europa occidental. Trabaja para la televisión pública alemana, en la que presenta un programa de debate producido exclusivamente para internet. 

Melanie encarna la llamada 'tercera generación' de alemanes orientales. Son los nacidos en la RDA poco antes de su hundimiento, conforman una franja generacional eminentemente digital que mira al futuro con más optimismo que sus mayores. Junto con otros jóvenes, acaba de lanzar la iniciativa 'Wir sind der Osten' ('Nosotros somos el este'), con la que ofrece una imagen alternativa sobre los estados federados orientales que se aparta de los tópicos de territorios provincianos, pobres, ultraderechistas, xenófobos y opuestos a la sociedad liberal, multicultural y abierta. 

"La historia de Alemania oriental siempre fue contada a través de las lentes de Alemania occidental. Y esa narrativa histórica estuvo cargada desde el principio de prejuicios", explica Stein. "Por eso, con nuestra iniciativa, queremos que sean los propios alemanes del este los que cuenten su historia". La web 'Nosotros somos el este' reúne 200 biografías explicadas en primera persona por sus protagonistas. El objetivo es seguir recopilando historias. Los hijos de la reunificación toman así la palabra. 

Stein considera que el auge electoral de la ultraderechista AfD podría ser tal vez el último "disparo de advertencia" que lanza la sociedad para reconocer y corregir los errores cometidos en un proceso de reunificación inacabado y con enormes grietas: "Mi gran esperanza –confiesa la periodista– es que dentro de 30 años ya no distingamos entre las dos Alemanias".

Reportaje publicado en El Periódico.

martes, 1 de octubre de 2019

Se apaga la era Merkel: luces y sombras de un periodo para la historia

La era Merkel tiene fecha de caducidad: otoño de 2021. La Canciller alemana ya dijo que esta será su última legislatura. Si agota su actual mandato –algo que hoy no muchos se atreven a predecir, debido a la debilidad de la Gran Coalición que encabeza–, Merkel habrá estado al frente del Gobierno federal alemán un total de 16 años, tantos como su padre político, el gigante democristiano Helmut Kohl. La era Merkel ya ha comenzado, por tanto, a apagarse lentamente. 

“La pragmática del poder”, como la describía recientemente una crónica del diario conservador alemán Frankfurter Allgemeiner Zeitung durante su última visita a China, ha pilotado con luces y sombras un poder regional como Alemania, con un gran peso económico en el mundo, pero con una influencia política muy limitada más allá de las fronteras de la Unión Europea. 

Es hora de hacer repaso del liderazgo merkeliano, que, guste más o menos, pasará a la historia del siglo XXI. Comencemos por los aspectos positivos: 

La responsabilidad histórica ante la llamada “crisis de refugiados”: el reciente docudrama de la televisión pública alemana ZDF Horas decisivas: Merkel y los refugiados califica los primeros días de septiembre de 2015 como un punto de inflexión en la carrera política de la canciller. Miles de refugiados procedentes fundamentalmente de Oriente Medio comenzaron entonces una marcha a pie desde Hungría hacia Alemania; la “marcha de la esperanza”, como la bautizaron los mismos refugiados, dejó imágenes que impactaron con fuerza en la opinión pública alemana. 

En una reconstrucción de aquellos días de tensión política que combina hechos contrastados con ficción, el filme muestra a una Merkel que oscila entre la consciencia de que se encuentra ante una decisión de calado histórico y el cálculo político para amortiguar al máximo el desgaste electoral que iba a traer consigo la decisión de no cerrar las fronteras a los refugiados. 

Alemania recibió alrededor de un millón de personas peticionarias de asilo. Un cierre de las fronteras habría generado muy probablemente un caos en Europa oriental y en la ruta de los Balcanes, donde entre los países todavía rige un frágil equilibrio generado por las heridas no cicatrizadas de la guerra de Yugoslavia. Si Merkel hubiese cedido a la presión y cerrado las fronteras, habríamos muy probablemente sido testigos de escenas de represión (aún más duras) con quién sabe cuántos muertos.  

“Con toda honestidad tengo que decir que si ahora tenemos que comenzar a disculparnos porque mostramos una cara amable en situaciones de emergencia, entonces este ya no es mi país”. Esto lo dijo Merkel durante una rueda de prensa en 2015 junto al entonces canciller austríaco, el socialdemócrata Werner Faymann, otra figura clave para entender lo ocurrido aquellos días. Merkel se enfrentaba sin reservas a aquellas voces que la calificaban de “traidora de la patria” y de “canciller anticonstitucional”, y que posteriormente alimentaron a la joven ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD), hoy tercera fuerza del Bundestag.

Merkel ha pagado un indudable precio por aquella decisión y llega al tramo final de su carrera política más debilitada que nunca. Aunque también convendría analizar el papel que jugó la Canciller en el controvertido acuerdo entre la Unión Europea y Turquía para frenar la llegada de refugiados a Europa, a estas alturas está bastante claro que su impopular decisión de acoger a los refugiados evitó males mayores. 

Aquella decisión fue, además, consecuente con la propia biografía personal de Merkel, exciudadana de la socialista República Democrática Alemana (RDA), un país ya desaparecido y cuyo hundimiento expulsó a miles de refugiados a finales de los 80 del siglo pasado.  

Talante negociador en un mundo cargado de testosterona: Merkel no lo ha tenido fácil para abrirse camino en la política alemana; su condición de mujer y de alemana oriental no le granjearon precisamente apoyos dentro de su propio partido, la conservadora Unión Cristiano Demócrata (CDU). En una esfera política dominada demasiado a menudo por la testosterona, ella ha mostrado un tono más reposado y un talante negociador abierto a pactos con actores políticos con los que era sumamente complicado llegar a compromisos. La Canciller alemana ha intentado, en definitiva, evitar el juego de suma cero a la hora de hacer política. 

El antecesor de Merkel en la cancillería, el socialdemócrata Gerhard Schröder, fue todo un macho alfa de la política alemana y europea; en la memoria de muchos periodistas todavía están vivas las imágenes de un Schröder derrotado en las urnas en las elecciones federales de 2015, pero que se mostraba condescendiente y paternalista con la que iba a ser su sucesora en el cargo, una risueña Angela Merkel. 

Pese a los augurios de Schröder, que aseguró que Merkel no sería canciller con los votos socialdemócratas, la líder democristiana acabó formando su primer gobierno de Gran Coalición después de aquellas elecciones de 2005. Schröder era historia. Su fin daba paso a un liderazgo menos estridente, más dialogante y también más aburrido. Sin grandes aspavientos, Merkel ha sabido tejer mayorías parlamentarias en situaciones complicadas. 

Schröder nunca más volvió a la política, pero el mundo de 2019 sigue estando cargado de liderazgos guiados por la testosterona. Frente a presidentes de potencias globales como Donald Trump, Vladímir Putin, Jair Bolsonaro o Boris Johnson, Merkel evita alzar el tono y sigue apostando por un pragmatismo pactista en la arena internacional. Algunos de sus adversarios políticos dentro de Alemania incluso reconocen que ese será un valor que echarán de menos cuando Merkel diga definitivamente adiós a la vida política. 

Centrismo de la CDU: “No tenemos por qué asumir todas las posiciones que los socialdemócratas consideren correctas”. Estas palabras de Friedrich Merz, uno de los candidatos que se presentaron a las primarias para suceder a Merkel en la presidencia de la CDU, representan al ala más conservadora del partido democristiano. Merz, que finalmente perdió ante Annegret Kramp-Karrenbauer al igual que lo hizo ante Merkel cuando Kohl se retiró de la vida política, verbalizó con su candidatura una crítica que hace tiempo que cunde entre las filas del partido conservador: que Merkel ha girado demasiado hacia a la izquierda o, al menos, hacia el centro del tablero político. 

La canciller “pragmática” ha asumido efectivamente ciertas batallas del centroizquierda, no en lo económico, pero sí en cuanto a las libertades civiles y el medio ambiente. Con la catástrofe de Fukushima, Merkel decidió abandonar definitivamente la energía nuclear de cara a 2022 para apostar por las fuentes de energía renovables. Los ecoliberales de Los Verdes veían así cómo la Canciller les arrebataba uno de los principales temas electorales. 

Otro ejemplo: en 2017, Merkel abandonó su rechazo sin fisuras al matrimonio homosexual, muy controvertido entre amplias capas de la población de un país predominantemente conservador, y decidió dar libertad de voto a los diputados de la CDU en una votación al respecto en el Bundestag. Aunque la Canciller acabó votando en contra, la ley salió adelante también gracias al apoyo de 70 diputados conservadores. Nuevamente, Merkel hacía del pragmatismo su principal arma política y dejaba el camino libre a una legislación de corte liberal sin necesidad de votar a favor. 

Pero la era Merkel ha estado lejos de ser todo luces. El liderazgo de la Canciller ha estado marcado por las sombras y por decisiones que, dado el peso político de Alemania en la Unión Europea, tuvieron un impacto más allá de las fronteras de la potencia regional. Repasemos algunos de los aspectos negativos. 

El surgimiento de AfD, un fracaso personal: “A la derecha de la Unión [CDU-CSU] no puede haber ningún partido legitimado políticamente”. Esta frase la pronunció el padre de los socialcristianos bávaros, Franz Josef Strauß, en los 80 al calor del partido ultraderechista Die Republikaner, que llegó a conseguir representación a nivel regional y municipal. 

La frase de Strauß resume uno de los pactos tácitos de la política alemana nacidos tras la Segunda Guerra Mundial: los partidos establecidos no podían permitir el surgimiento y establecimiento de una fuerza política ultraderechista con un electorado lo suficientemente transversal como para superar la barrera del 5% que permite acceder en el Bundestag. 

La historia moderna de Alemania, con la catástrofe nacionalsocialista como hito más traumático, justifica ese pacto de su partitocracia. El nacimiento en 2013 de AfD y su entrada en el Bundestag en septiembre de 2017 con el 12,6% de los votos –y como tercera fuerza más votada– supone un punto de inflexión para la República Federal de Alemania y un fracaso personal de Angela Merkel. El “Factor AfD” es probablemente la mayor mancha en la hoja de servicios de la Canciller y acaba de un brochazo con la máxima de Franz Josef Strauß. 

AfD, con un discurso ultranacionalista, xenófobo, islamófobo, eurófobo y revisionista de la historia, pone a Alemania en una situación complicada: por una parte, supone el surgimiento de una incómoda agenda política presuntamente enterrada tras 1945 y, por otra, dificulta la formación de gobiernos federales y regionales estables, debido a la fragmentación del arco parlamentario. Merkel fracasó a la hora de calibrar correctamente la amenaza real de que AfD pudiese abrirse un espacio electoral a la derecha de su partido, y se marchará del poder dejando un peligroso factor en la ecuación política alemana. 

Las recientes elecciones regionales de los estados orientales de Brandeburgo y Sajonia así lo confirman: AfD consiguió ser segunda fuerza con más del 20% de los votos y con espectaculares avances en ambos estados. Y aunque la fuerza ultra parece haberse estancado en un 13% en la intención de voto a escala federal, convendría no subestimar su capacidad de seguir creciendo electoralmente. Todo dependerá de la coyuntura. 

La gestión de la crisis de deuda y del euro: la crisis financiera y de la moneda única europea impulsaron precisamente el surgimiento de AfD, que un primer momento era un partido euroescéptico, neoliberal y opuesto a las políticas de rescate de los Estados de la periferia de la UE y también de los bancos. En este contexto, Merkel usó en reiteradas ocasiones el argumento de que todas esas medidas, acompañadas por la austeridad del gasto público, era alternativlos, una palabra alemana cuya traducción al castellano responde a “sin alternativa”. 

Merkel apagaba así todo debate político sobre la viabilidad de otras recetas económicas para superar la crisis que estaban sufriendo los países de la UE y también su moneda. Esta “Alternativlosigkeit” pregonada a los cuatro vientos por Merkel fue demasiado a menudo complementada por la inflexibilidad, el paternalismo e incluso cierto chauvinismo económico alemán, encarnado mejor que nadie por el exministro de Finanzas Wolfgang Schäuble, considerado durante años el amo de llaves de la Canciller. 

Lo peor de aquella crisis ya quedó –al menos oficialmente– a nuestras espaldas, pero ha dejado tras de sí una profunda huella en clases medias y bajas no sólo en la periferia europea, sino también dentro de la propia Alemania, cuya política de freno de gasto público y contención salarial ha provocado un aumento de la brecha entre los ricos y la clase asalariada. Y todo ello, a las puertas de una recesión económica. 

Concentración de la riqueza y desigualdad en un modelo falto de reformas: Alemania es uno de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en los que la concentración de la riqueza se ha acentuado más en los últimos años: según un informe de la OCDE de 2015, solo el 10% de la población acumula el 60% del patrimonio privado del país, mientras el 40% más pobre no posee prácticamente nada. A pesar de que la Gran Recesión golpeó con fuerza a las exportaciones alemanas y el PIB del país en 2009, los datos macroeconómicos se han mantenido relativamente estables desde entonces. 

Sin embargo, esa estabilidad macroeconómica también ha ido acompañada de un desgaste de las rentas más bajas a través de dos fenómenos concretos: el aumento de la precariedad laboral o del trabajador pobre, y una creciente pobreza en la tercera edad difícilmente comprensible en un país rico como Alemania. Las imágenes de ancianos buscando botellas retornables en las grandes ciudades del país o de jubilados haciendo cola ante los bancos de alimentos han dejado de ser anómalas en la locomotora económica europea. Y la ultraderecha no ha dudado en capitalizar políticamente ese desgaste social. 

La llamada Agenda 2010, el paquete de reformas neoliberales introducido por el gobierno rojiverde del canciller Gerhard Schröder en 2003, abrió el camino a la precarización de importantes capas asalariadas de Alemania. Como apuntan estadísticas de la Oficina Federal de Empleo, en abril de 2017 en Alemania había más de 7 millones de personas con un trabajo temporal y/o poco remunerado. 

Un informe de la Fundación Blöcker –dependiente de la DGB, la mayor organización sindical alemana– aumenta esa cifra: 2016 cerró en Alemania con 14 millones de personas con un trabajo temporal, un subempleo, un minijob o cualquier otro trabajo de pocas horas a la semana y, por regla general, poco o insuficientemente remunerado. La desigualdad en Alemania no es, por tanto, un mito. Se refleja en las estadísticas y también en la calle. 

Merkel llegó al poder en 2005, cuando las reformas neoliberales de Schröder ya se habían puesto en marcha. La Canciller, que ha gobernado con los socialdemócratas del SPD tres legislaturas y con los liberales del FDP una, ha tenido más de una década para hacer reformas en un modelo económico que está generando disfunciones sociales; no obstante, se ha limitado a mantener las líneas maestras de un modelo basado en las exportaciones (suponen casi la mitad del PIB alemán), el dogma del déficit cero y la contención salarial. 

La guerra comercial entre el Estados Unidos de Trump y China, y las tendencias proteccionistas en el mercado internacional amenazan ahora las bases del modelo económico alemán, que no ha sido reformado desde que Merkel llegó al poder. La pendiente digitalización de importantes sectores de la economía germana, el declive de su sector automovilístico y el fuerte aumento de los precios de la vivienda en los grandes núcleos urbanos del país, que amenazan con dejar a amplios sectores de la ciudadanía fuera del mercado inmobiliario, provocan que lo que antes parecía un modelo económico incontestable aparezca ahora como una economía de futuro incierto. 

A la espera de ver cuál será el impacto de la recesión que ya asoma en el horizonte, la existencia de una fracción parlamentaria abiertamente ultraderechista como la de AfD con más de 90 diputados apunta que el margen político para el gobierno federal se estrechará aún más ante un eventual escenario de dificultades económicas para Alemania. Merkel dirá adiós a la política como muy tarde en 2021. La amenaza de la ultraderecha, sin embargo, sobrevivirá a la Canciller.

Análisis publicado por Esglobal.org.

miércoles, 7 de agosto de 2019

Amenaçats pel terrorisme neonazi en l’Alemanya del segle XXI

Ferat Kocak no perd el somriure tot i estar amenaçat de mort. Aquest polític berlinès de Die Linke (L’Esquerra), d’origen kurd, fa temps que no té un residència fixa per por de patir un atemptat. Ferat dorm cada nit en un lloc diferent gràcies al suport de familiars i amics. 

La seva vida s’ha instal·lat en un estat d’excepció permanent. La matinada de l’1 de febrer de l’any passat va estar a punt de morir després que un incendi provocat al seu cotxe propagués les flames a casa seva. Els seus pares i ell van salvar la vida de miracle. Un parell de minuts més a l’interior i hi haurien mort. Tot apunta que l’atac tenia un rerefons polític i que va ser perpetrat per dos militants neonazis. 

Imatge de l’atemptat contra Ferat Kocak.
Això va quedar del seu cotxe.

“Visc en un estat de constant tensió. Em sento observat. Cada vegada que entro a una habitació i obro una porta, l’obro del tot per comprovar que no hi ha ningú darrere que em pugui disparar o atacar a ganivetades”, admet Ferat a l’ARA. L’entrevista transcorre en un lloc secret per raons de seguretat. La història d’aquest polític i activista d’esquerres és l’expressió paradigmàtica de la por que pateixen des de fa mesos altres polítics locals. 

Violència d’ultradreta 

La violència ultradretana i el terrorisme neonazi no són fenòmens nous a Alemanya, però el cas Walter Lübcke va suposar un salt en la violència exercida pels cercles de l’extremisme ultranacionalista i xenòfob: el polític de la CDU va ser assassinat d’un tret al cap el 2 de juny quan era a la terrassa de casa seva. La fiscalia federal ha dit públicament que hi ha prou indicis per pensar que l’atac tenia una motivació política. Un neonazi, ja detingut, és fins ara el principal sospitós. Lübcke havia defensat públicament la política migratòria de la cancellera Merkel i va donar la benvinguda als refugiats. 

Però el de Lübke no és pas un cas aïllat: l’alcaldessa de Colònia, Henriette Reker, i l’alcalde d’Altena, Andreas Hollstein, van ser atacats a ganivetades el 2015 i el 2017, respectivament, en dos atemptats amb rerefons ultradretà. Tots dos van estar a punt de morir. Tots dos havien defensat activament la política de fronteres obertes de Berlín. 

Els precedents de Lübcke, Reker i Hollstein, sumats als gairebé 200 assassinats deixats pel terrorisme neonazi a Alemanya des del 1990 -segons xifres de la Fundació Amadeu Antonio-, generen un panorama d’enorme inseguretat per a aquells polítics locals i activistes que s’oposen obertament a les postures xenòfobes i racistes dels cercles neonazis més militants. Però també del partit d’ultradreta Alternativa per a Alemanya (AfD), que ara actua com a braç polític d’aquesta nova onada de violència des del Bundestag. L’AfD va entrar al Parlament federal com a tercera força l’any 2017. Des d’aleshores, la seva violència verbal contra certes minories no ha parat de créixer. 

“A partir del 2017 vaig començar a ser vigilat per neonazis”, diu Ferat Kocak. L’activista i antifeixista ho sap perquè una investigació de la televisió pública alemanya ARD ho va treure a la llum: els periodistes van tenir accés a alguns dels enregistraments que els serveis secrets alemanys van fer de les trucades dels dos militants ultradretans que van seguir Ferat. Tot i que la intel·ligència sabia dels seguiments, mai va informar l’afectat. La fiscalia no ha pogut presentar càrrecs contra ells perquè assegura que no té cap prova de la seva connexió amb l’atac contra la casa de Ferat.

Connexions amb la policia 

“Ja no confio en les forces de seguretat alemanyes -reconeix el polític de Die Linke-. Jo no només diria que l’estat alemany està cec de l’ull dret, sinó també sord de l’orella dreta. Les autoritats veuen el problema, però prefereixen tancar l’ull dret”, afirma Ferat, fent referència a les connexions entre certs sectors de la policia i el neonazisme. 

Ferat ha crescut, viu i treballa a Neukölln, el districte amb el percentatge de població estrangera o d’arrels migratòries més alt de Berlín. Hi viuen turcs, kurds, grecs, italians, espanyols, polonesos, alemanys i també neonazis. 

Les estructures ultres a la part sud de Neukölln són històriques i, des de l’entrada d’AfD al Parlament regional de Berlín el 2016, la xifra d’atacs i amenaces de mort contra polítics d’esquerres, activistes i membres de la societat civil supera la cinquantena, com documenta l’ONG MBR (Mobile Beratung gegen Rechtsextremismus). Bianca Klose, directora de MBR, llança la veu d’alarma: “És només qüestió de temps que hàgim de lamentar alguna cosa més greu”.


sábado, 22 de junio de 2019

AfD, camino de ser primera fuerza en el este de Alemania

La joven ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) va camino de convertirse en el primer partido de buena parte de Alemania oriental. Esta es la conclusión que están dejando los resultados de las últimas elecciones celebradas en el país, ya fueran de carácter nacional, regional, municipal o europeo. AfD está consiguiendo capitalizar el voto protesta que históricamente se ha hecho fuerte en los territorios de la antigua Alemania socialista. Estos mapas extraídos del blog eleccionesenalemania.com así lo demuestran:


https://eleccionesenalemania.com/2019/05/27/europeas-2019-en-alemania-siete-claves-de-la-eleccion-en-18-mapas/

Tras la irrupción federal de AfD en las últimas elecciones alemanas de septiembre de 2017, las urnas están trazando un mapa político con cuatro Alemanias: la conservadora de la CDU de la canciller Merkel, que ve como su poder decrece cada vez que se vota, la socialdemócrata del SPD, que comienza a estar amenazada por la irrelevancia política e incluso por la desaparición, la urbana y optimista representada por Los Verdes, cuyo liberal-ecologismo podría ser pronto primera fuerza federal, y la ultranacionalista y reaccionaria representada por AfD, cada vez más fuerte en el este.

¿Significa esto último que el 'factor AfD' es un fenómeno circunscrito exclusivamente a los territorios orientales alemanes? No, de ninguna manera. El partido ultraderechista está representado en todos los parlamentos regionales de los 16 estados federados, y obtuvo resultados de dos dígitos en más de la mitad de ellos, tanto del este como del oeste. El espacio electoral surgido a la derecha de la unión conservadora de la CDU-CSU es, por tanto, sólido y apunta a que ha llegado para quedarse.



A pesar de que hay resultados de AfD que llaman especialmente la atención, como por ejemplo el 15,1% y el 10,2% conseguidos respectivamente por los ultras en Baden-Württemberg y Bayern (dos de los estados más ricos del país, con un desempleo prácticamente técnico), es evidente que el fenómeno electoral ultraderechista está alcanzando una nueva cualidad en los territorios orientales. AfD va camino de convertirse en el Volkspartei o gran partido de la antigua RDA. 

El voto protesta de amplias capas de la población germanooriental, descontentas con la evolución del país desde la reunificación en 1990, y la sensación de falta de alternativa que ha generado la repetición de Grandes Coaliciones de democristianos y socialdemócratas (tres en las cuatro últimas legislaturas) se presentan como los principales motivos de ese auge ultra en el este alemán. El caso de la alcaldía de la ciudad sajona de Görlitz es, en ese sentido, paradigmático.



Como ya advertimos en su día con nuestro libro Factor AfD, la entrada en el Bundestag en 2017 de la formación ultraderechista más exitosa de la historia de la República Federal de Alemania supuso un terremoto político que ponía en serio peligro la estabilidad del sistema de partidos y la gobernabilidad del país más poderoso de la Unión Europea.

Las elecciones regionales en los estados orientales de Brandenburg, Sachsen y Thüringen que se celebrarán el próximo otoño pueden ser el siguiente paso de ese proceso. En al menos dos de ellos, AfD podría convertirse en primera fuerza, por delante de la CDU, como apuntan las encuestas.

Con un gobierno de Gran Coalición ya de por sí muy debilitado, la CDU difícilmente le perdonará a Merkel un resultado como ése. De consumarse esa tendencia en las urnas, Alemania parece abocada  irremediablemente a elecciones anticipadas y a un final abrupto de la carrera política de Merkel, la que un día fuese bautizada como la mujer más poderosa del planeta.