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lunes, 25 de noviembre de 2024

Un "polvorín" llamado Tegel

La terminal C del antiguo aeropuerto berlinés acoge a 5.000 personas refugiadas y peticionarias de asilo. El mayor y más costoso centro de acogida de Alemania es blanco de denuncias por malas condiciones y falta de transparencia financiera


Terminal C de Tegel.© Andreu Jerez Ríos

“La visita dura dos horas y ni un minuto más. Ustedes deciden cómo invertir su tiempo”. Monika Hebbinghaus no se siente cómoda cuando refugiados y refugiadas se acercan al grupo de periodistas. Aunque la jefa de prensa de la Oficina berlinesa de Asuntos de los Refugiados intenta transmitir normalidad, apenas puede esconder que le incomoda que personas alojadas en este centro de refugiados en el antiguo aeropuerto de Tegel detengan al grupo de reporteros para contar sus historias. 

Es mediados del pasado octubre. Los rayos de sol pierden fuerza a medida que avanza el otoño en la periferia norte de Berlín. El invierno se acerca y con él, el frío, la oscuridad y los meses más difíciles para el centro de acogida de refugiados de Tegel. Aquí viven unas 5.000 personas, tendencia al alza. La mayoría son ucranianas, con estatus especial concedido por el Gobierno alemán tras el inicio de la invasión rusa. Gracias a ello, obtuvieron un permiso de residencia sin necesidad de pasar por el proceso burocrático correspondiente. Pero el permiso de residencia no significa poder encontrar un apartamento en una ciudad con uno de los mercados inmobiliarios más tensionados de Alemania y Europa. 

También hay personas peticionarias de asilo de otros países. La mayoría vienen de Turquía, Afganistán, Siria, Vietnam y Moldavia, según cifras oficiales de las autoridades berlinesas. Los responsables de este centro de acogida improvisado en lo que fuera el principal aeropuerto de la capital alemana - cerrado en noviembre de 2020 tras la inauguración del Aeropuerto Internacional Willy Brandt - organizan hoy una visita de prensa para un equipo de la televisión internacional alemana Deutsche Welle y para el ElDiario.es. Tienen interés en mejorar la imagen del mayor centro de acogida de refugiados de Alemania. Tegel acumula demasiados titulares negativos en prensa alemana y extranjera. 

“Un lugar que no debería existir”, tituló el semanario Der Spiegel una larga crónica, publicada el pasado septiembre sobre las precarias condiciones de vida de las personas alojadas alrededor de la terminal C del antiguo aeropuerto. “Los días aquí son largos. No hay nada que hacer aunque hay mucho por resolver” es una de las frases que mejor resume el texto. La crónica arroja luz sobre la gestión del centro de acogida, sobre la falta de transparencia de las contratas y su financiación pública, y, sobre todo, lo hace a través de los protagonistas del lugar: las personas refugiadas. 


Críticas y agradecimiento 

 La cámara y el micro de Deutsche Welle llaman rápidamente la atención de los residentes. Muchos miran con curiosidad. Otros se acercan a hablar directamente en su idioma. Una mujer ucraniana con bastón comienza a dirigirse en ruso al objetivo de la cámara, sin esperar a que nadie le pregunte. Se queja de la falta de una atención médica adecuada. Lleva 18 meses en Tegel, sin perspectivas de ser derivada a otro alojamiento. Cuenta que llegó con dos hijos, uno de ellos con discapacidad. La jefa de prensa de la Oficina de Asuntos de los Refugiados, la señora Hebbinghaus, se interesa primero por su situación para acabar interrumpiendo la conversación con el argumento de que hay que avanzar en la visita. 

Berdnyk Aleksander. 
© Andreu Jerez Ríos
Pero la gente aquí quiere hablar sobre su situación. “Las condiciones son muy malas. No podemos hacer nada. La comida es mala. He perdido peso, se me ven las costillas”, cuenta el joven ucraniano Berdnyk Aleksander, unos metros más adelante, a las puertas de lo que fuera el edificio de la Terminal C en el que las antiguas ventanillas de check-in sirven hoy para registrar a los recién llegados. Berdnyk lleva 10 meses en Tegel. Asegura que nadie le da trabajo, que no puede aprender alemán, que viven sin perspectivas, que ni siquiera le permiten cocinar. 

“Mi esposo y yo sufrimos un incendio. Todas mis pertenencias se quemaron. Nadie prometió ayudarnos. Simplemente cerraron las puertas y echaron la culpa a las víctimas”, dice Aleksandra, ucraniana de 22 años procedente de Crimea, dentro del comedor colectivo, entre armarios de impersonal color gris con decenas de casilleros numerados. Aleksandra habla del incidente más grave conocido hasta ahora en Tegel: un incendio arrasó el pasado marzo una de las tiendas gigantes que servía de dormitorio a 300 personas. Nadie murió ni hubo heridos. Fue un milagro, coinciden los medios berlineses. También fue síntoma de que algo no marchaba bien en Tegel. 

No sólo hay quejas de gente joven. Hay mucha gente mayor, con problemas de salud y movilidad, que muestran descontento con las condiciones en las que viven. Parecen las más desamparadas de todas. Algunas ni siquiera se molestan en protestar. Miran con una mezcla de desesperanza y hartazgo a los periodistas que son paseados por el recinto por los responsables del mismo. 

También hay quien aprovecha la ocasión para agradecer ante la prensa la acogida de Alemania. “Aquí puedo ganar 10 veces más que en Ucrania y tengo una oportunidad para desarrollarme”, dice un joven ucraniano entre las miradas desaprobatorias y las críticas en voz alta de un grupo de compatriotas mayores que él que no comparten su relato. 


Solución de emergencia 

El centro de acogida de refugiados de Tegel abrió sus puertas poco después del inicio de la invasión rusa de Ucrania, en marzo de 2022. En un primer momento, se usó como punto de registro de los refugiados ucranianos que después eran derivados a centros de acogida, viviendas sociales u otro tipo de alojamiento distribuidos por toda Alemania. 

Pero lo que tenía que ser una solución de emergencia provisoria se ha convertido en un alojamiento permanente con capacidad de hasta 8.000 plazas ante la incerteza de cuáles serán la necesidad de acogida en los próximos meses y años. Que la solución improvisada se haya convertido en permanente es la principal crítica de los detractores del centro de refugiados de Tegel.

Kathie Lehmann es una de las integrantes de Tegel Assembly, una asamblea de organizaciones y activistas que denuncian la situación de los refugiados y también de las condiciones de los empleados del centro de acogida. Algunos de los integrantes de esta asamblea trabajaron en él y fueron despedidos por denunciar interna o públicamente las malas condiciones, o por intentar asesorar por su cuenta a los refugiados. 

Hoy organizan una fiesta con música, comida y juegos infantiles para los residentes en Tegel, en el otro extremo del antiguo aeropuerto. Quieren ofrecer un espacio de evasión seguro a las personas alojadas en la Terminal C. “Hay unas condiciones higiénicas catastróficas, brotes de enfermedades, la gente sigue viviendo en un espacio de cuatro metros cuadrados”, cuenta Kathie. “Estamos hablando de un aeropuerto, un espacio completamente asfaltado donde están instaladas las tiendas, lo que parece una solución absolutamente improvisada. Hay muchos guardias de seguridad que, por supuesto, tampoco tienen buenas condiciones laborales. Todo el mundo está muy descontento y simplemente no sabe qué va a ser de ellos”. 

Desde la Oficina berlinesa de Asuntos de los Refugiados piden comprensión ante el desafío de alojar a tanta gente. “Nuestro mandato legal es alojar a todo el mundo. Evidentemente, cuanta más gente viene, más obligados estamos a bajar los estándares. Es lo que estamos viendo aquí, en Tegel. No es una situación normal. Se debe a la cantidad de personas que ha llegado en un tiempo relativamente corto”, argumenta la señora Hebbinghaus, encargada hoy de guiarnos por la explanada convertida en campamento. 


Falta de transparencia 

El centro de refugiados de Tegel tiene un presupuesto anual de más de 400 millones de euros, lo que lo convierte en el mejor financiado del país. La Cruz Roja Alemana gestiona el campo con ese dinero, que también sirve para pagar, entre otras cosas, el alquiler del espacio, el cátering y a una empresa privada que se encarga de la seguridad del perímetro y los interiores del recinto. 

Organizaciones sociales con experiencia en acogida de refugiados consideran que ese presupuesto debería permitir unas condiciones mucho mejores. “No sabemos dónde va a parar todo ese dinero. Si utilizas el presupuesto de 400 millones para alojar a 5.000 personas, estamos hablando de un coste individual de entre 240 y 300 euros al día. Con ese dinero, el Gobierno de Berlín podría proporcionar pisos de lujo para los refugiados”, explica con cierta sorna Emily Barnickel, trabajadora social de la ONG Consejo de Refugiados de Berlín.

Las denuncias de malas condiciones, combinadas con el enorme presupuesto, abonan las acusaciones de falta de transparencia en el uso del dinero público y las sospechas sobre el margen de beneficio que están obteniendo las empresas privadas que ofrecen los servicios del centro de refugiados de Tegel. 

En toda Alemania surgen cada vez más sospechas sobre la gestión privada de centros de acogida de refugiados. La televisión pública ARD y el diario Süddeutsche Zeitung publicaron recientemente una investigación sobre la compañía británica Serco. Especializada en control de fronteras, servicios militares y seguridad, Serco ha ganado contratas públicas en diferentes lugares de Alemania para gestionar centros de acogida de refugiados. 

Documentos filtrados desde dentro de la empresa apuntan a un margen de beneficios de más del 50% en algunos casos, lo que explicaría las pésimas condiciones en las que los refugiados viven en esos centros. Ello también lanza dudas sobre los concursos de concesión de las contratas y sospechas de posibles intereses personales de los responsables políticos correspondientes. 

Pese a todas las críticas recibidas por Tegel, el alcalde-gobernador de Berlín, el conservador Kai Wegner (CDU), no se atreve a descartar una ampliación del número de plazas del centro de refugiados. Wegner gobierna desde abril del año pasado con los socialdemócratas del SPD en la llamada “Gran Coalición”. Los Verdes, hoy en la oposición, son muy duros con la situación en Tegel. El diputado regional ecologista Jian Omar, nacido en el Kurdistán sirio y que recibió asilo político en Alemania tras llegar con una visa de estudiante en 2005, es una de las voces más críticas con el centro. En una entrevista con el semanario Der Spiegel, Omar resume la situación con una advertencia: “Tegel es un polvorín que puede explotar en cualquier momento”.

Reportaje publicado por ElDiario.es.

lunes, 16 de enero de 2023

La paradoja alemana


Es una crisis largamente anunciada, pero que comienza a notarse en cada vez más sectores del mercado laboral de Alemania. Si hace 10 años eran sobre todo las llamadas profesiones MINT – matemáticos, informáticos y científicos – las que sufrían la falta de mano de obra, cada vez es más habitual que guarderías, hospitales o las propias fuerzas de seguridad alemanas reconozcan serios problemas para cubrir los puestos vacantes. 

“Postúlate. Hablar alemán de manera fluida es indispensable”, anima a la audiencia un anuncio de la policía de Berlín difundido por redes sociales y diferentes plataformas de streaming de audio. La policía berlinesa hace tiempo que apuesta por las nuevas tecnologías y el lenguaje de los canales digitales para reclutar agentes entre las generaciones más jóvenes. El cuerpo policial de la capital alemana tiene cada vez más empleados con diferentes colores de piel, reflejo de la diversidad de la ciudad. 

Pero Berlín está lejos de ser representativo del resto de Alemania. La capital federal, con su dinámica economía y su amplia oferta cultural, es un polo de atracción para jóvenes de decenas de países tanto de Europa como de otros continentes. Mientras Berlín gana población, la mayoría de regiones de Alemania envejece a causa de una tasa de natalidad anual que a duras penas supera los 1,5 niños por mujer. 

La crisis de natalidad comenzó en Alemania occidental ya a inicios de la década de los 70. La República Federal dejó entonces atrás los años del llamado baby boom de postguerra – desde 1945 hasta finales de los 60 –, cuando la natalidad llegó a superar los 2,5 niños por mujer. La desaparecida República Democrática Alemana –socialista y oriental – también se sumió en esa crisis tras el hundimiento de la Unión Soviética y la reunificación alemana en 1990. La tasa de natalidad de los territorios orientales llegó a tocar fondo en 1993 con menos de un niño por mujer en una sociedad que prefería no traer descendencia al mundo ante la incertidumbre económica y vital a la que se enfrentaba por la desaparición del socialismo real. 

Tras la reunificación, la tasa de natalidad de las dos Alemanias fue emparejándose paulatinamente hasta rondar los 1,5 niños por mujeres durante la última década. A pesar de las ayudas públicas que intentan fomentar la maternidad y la paternidad, la tasa se mantiene estable y sin visos de que vaya a crecer notablemente a corto y medio plazo. La cifra es, a todas luces, insuficiente para hacer frente al “cambio demográfico” – como han bautizado el fenómeno algunos expertos –. La potencia industrial de Alemania se asoma así al abismo de una crisis demográfica que pone en jaque su modelo económico y su estado del bienestar.

      

Proyecciones 

El 2023 comenzó con una buena noticia para Alemania: la llamada locomotora económica europea cerró el pasado año con más de 45 millones de personas con empleo, cifra récord desde 1990, según anunció la Oficina Federal Estadística (Destatis). La noticia tiene, sin embargo, letra pequeña: esas buenas cifras se deben en buena medida a la inmigración que consiguió integrarse en el mercado laboral. Y hace tiempo que economistas y demógrafos advierten que el flujo migratorio que recibe Alemania es insuficiente para equilibrar la próxima jubilación de los últimos baby boomers que todavía trabajan. 

Destatis calcula que el mercado laboral alemán perderá hasta 2035 entre 1,6 y casi cinco millones de trabajadores en comparación con la actualidad. Las proyecciones que hace el Instituto para la Investigación del Empleo – IAB en sus siglas en alemán, dependiente de la Agencia Federal de Empleo – son todavía más pesimistas: el potencial de personas en edad activa a disposición de las empresas podría caer más de siete millones hasta 2035. Esa pérdida podría rozar los 9 millones en 2060. El IAB condiciona esa evolución a un factor fundamental: la llegada de extranjeros, el único recurso con el que Alemania puede combatir a corto y medio plazo los efectos de la crisis demográfica. 

Un estudio publicado en 2021 por el IAB dibuja cuatro escenarios: el primero plantea un país sin inmigración adicional, lo que supondría una pérdida de más de siete millones de personas en edad laboral y dejaría un mercado laboral con poco más de 31 millones de personas en 2060; el segundo plantea un país sin inmigración adicional, pero con la activación de mano de obra ya existente, lo supondría una pérdida de casi 4,5 millones de personas en edad laboral hasta 2035 y un mercado laboral con menos de 35 millones de personas en 2060; el tercer escenario dibuja una Alemania con una inmigración anual neta de 100.000 personas, lo que dejaría una población activa de unos 44 millones de personas en 2035 y un mercado laboral con una población activa de menos de 40 millones en 2060; el cuarto y último escenario proyecta una inmigración anual neta de 400.000 personas, que aumentaría la mano de obra disponible hasta los 47 millones de trabajadores potenciales en 2035 y dejaría un mercado laboral con casi 48 millones de personas disponibles en 2060. 

En resumen, la actual evolución demográfica de Alemania, sin una migración neta positiva y constante de al menos 100.000 personas al año, proyecta a una potencia industrial con un mercado laboral con menos de 35 millones de personas disponibles en 2060 – es decir 10 millones menos que la población activa con la que cerró Alemania 2022 – y en tendencia claramente descendente. 

“Sí, sin duda necesitamos inmigración adicional, aunque yo no confiaría únicamente en ella. Por un lado, intentaría que la gente que ya está aquí se quede – porque la tasa de emigración entre los extranjeros es considerablemente superior a la de los alemanes – y, por otro, animaría a la gente ya trabaja a que lo haga más tiempo”, dice Doris Sönlein, analista de IAB. “Por ejemplo, hay mujeres que trabajan a tiempo parcial, como yo misma, a las que tal vez les gustaría hacerlo más horas. También hay gente que quiere seguir trabajando en lugar de jubilarse”, añade. 


¿País de migración? 

La crisis demográfica de Alemania no sólo amenaza al mercado laboral. Menos gente cotizando supone también un impacto directo en el sistema de pensiones – que funciona bajo el principio de solidaridad intergeneracional: la población activa paga la jubilación de las personas mayores –, menos ingresos en forma de impuestos para el Estado, una probable disminución de la competitividad de Alemania como potencia industrial e incluso una pérdida del peso geoestratégico en el tablero internacional. 

Y a pesar de que Alemania necesita objetivamente más extranjeros – y de que las primeras oleadas migratorias ya llegaron en las décadas de los 50 y 60 desde Turquía, España o Italia –, el país sigue anclado en un debate sobre si es un país de migración o no. El último episodio de esa sempiterna discusión es la polémica generada por los disturbios registrados en diferentes ciudades del país el pasado Año Nuevo. Políticos y medios, predominantemente de centroderecha y ultraderecha, quisieron ver en la migración y la fallida integración de extranjeros – especialmente de origen árabe y musulmán – la razón principal de los disturbios, sin estadísticas concluyentes al respecto. El fácil acceso a potente pirotecnia o la exclusión social que sufren barrios conflictivos quedaron en segundo plano. 

Scharjil Ahmad Khalid en la mezquita
en la que ejerce como imam. 
© A.Jerez
“A las seis de la mañana, cuando la mayoría de la gente aún estaba con resaca de la noche de Año Nuevo, nosotros ya estábamos despiertos, rezamos y luego nos fuimos a limpiar y retirar basura en las calles de 280 comunidades de todo el país. Eso es nuestro compromiso con Alemania”, explica Scharjil Ahmad Khalid, imam de la comunidad musulmana Ahmadi, rama heterodoxa y reformista del islam con raíces en Pakistán, donde están perseguidos. 

Scharjil nació en 1994 en el estado federado de Hesse, en el oeste de Alemania. Sus padres llegaron desde Paquistán en la década de los 80 huyendo de la persecución. Tras completar la educación secundaria, estudio teología islámica y se convirtió en imam de su comunidad en Berlín. Habla un alemán sin acento extranjero y lleno de cultismos, tiene pasaporte alemán y un trabajo estable, pagas sus impuestos, es padre de un hijo y se declara patriota alemán, así como lo hace toda la comunidad Ahamadi, cuyos folletos incluyen los colores de la bandera nacional de la República Federal. Se puede decir, por tanto, que Scharjil es un ejemplo de integración. Pero incluso así, se enfrenta a discursos que lo excluyen de la ciudadanía en un país en el que ciertos sectores siguen diferenciando entre “ser alemán” y “tener pasaporte alemán” desde una perspectiva etnicista. 

“Lo triste es que también hay inmigrantes que lo ven así. Por ejemplo, tengo amigos de Polonia y Croacia. Cuando se juega la Copa del Mundo y les digo que la vamos a ganar, ellos responden: ‘¿Qué quieres decir con que la vamos a ganar? Tú tampoco eres alemán’”, explica el imam. “En la escuela esa situación era típica. Y la pregunta clásica cuando dices que eres alemán es: ‘¿Pero de dónde vienes realmente?’ Puedo entender que la gente se dé cuenta de que tengo raíces migratorias, porque así lo dice mi aspecto, pero no entiendo que no se pueda ser alemán por no corresponder con el aspecto típico de alemán, si es que tal cosa existe.” 


Medidas del Gobierno 

El actual Gobierno federal, conformado por socialdemócratas, verdes y liberales, quiere reducir las barreras que impiden que Alemania atraiga más migración y mantener a la mayoría de los extranjeros que están en el país. La primera medida es hacer más fácil el acceso al pasaporte: en el futuro sólo será necesario haber vivido cinco años consecutivos en Alemania, en lugar de ocho. Además, aquellas personas procedentes de fuera de la UE no tendrán que prescindir de su pasaporte original. La segunda medida prevé reducir la burocracia para la homologación de títulos académicos y profesionales extranjeros, otro de los grandes obstáculos que dificultan la integración de inmigrantes en el mercado laboral. 

Algunos políticos de la oposición conservadora acusan al Gobierno de “regalar” la ciudadanía y abrir la puerta a la inmigración masiva. En el caso de la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD), el discurso llega en algunos casos a la conspiración del “gran remplazo”; es decir, que el Gobierno está remplazando de manera sistemática y voluntaria a la población cristiana y blanca por pueblos no europeos de cultura islámica. Alemania se enfrenta, por tanto, a la paradoja de que una solución a su crisis demográfica se convierta en un asunto con el que una parte del espectro político agita el miedo con fines electoralistas. 

La comunidad de Ahmadi es ejemplo de esa paradoja. Miembros de la comunidad musulmana, con más de dos décadas de residencia en el país, estudios y un perfil demandado en el mercado laboral, pueden recibir una orden de expulsión a Pakistán si así lo decide un juez. Scharjil Ahmad lo resume así. “Desperdiciar tanto talento es una vergüenza para esas personas, pero, sobre toto, una vergüenza para Alemania”.

Reportaje publicad por El Periódico de Catalunya.


martes, 7 de abril de 2020

Podcast ‘La transición alemana’: los detestados imprescindibles

Aquí va el segundo episodio del podcast ‘La transición alemana’ que estaré coproduciendo con el colega Franco Delle Donne para el programa Estación Sur, de Cosmo Radio, hasta el próximo de octubre. Se cumplirán entonces los 30 años de la reunificación alemana. Esta semana lo dedicamos a la posiblemente mayor paradoja a la que se enfrenta este país en la actualidad.

La resistencia a la inmigración en Alemania se ha multiplicado en los últimos años con las nuevas corrientes de refugiados y el auge paralelo de los populismos. Sin embargo, todos saben que la economía alemana no podrá funcionar mucho tiempo con esta población. Sobre la necesidad de mano de obra extranjera y el racismo estructural en Alemania versa la segunda entrega.





domingo, 6 de enero de 2019

Emigrar no es fácil

Hay quien emigra por amor y quien lo hace por desamor; hay quien deja su tierra por necesidades económicas o en busca de cumplir sus sueños más personales y ocultos; hay quien llega a otro país huyendo de la violencia o de un contexto hostil con lo diferente, y también con la esperanza de encontrar un espacio individual, legítimo e intransferible de paz y libertad. 

Independientemente de la razones que esconda cada caso, hay una verdad irrebatible: no encontrarás dos historias migratorias idénticas. Cada inmigrante tiene la suya, con sus alegrías y sus miserias, sus aprendizajes y sus golpes, sus aciertos y sus errores. 

No hagas caso de lo que dicen por ahí: emigrar no es fácil. Suele ser una experiencia traumática, marcada por momentos de soledad, indecisión y miedo. Pero también es un intenso proceso de aprendizaje, en el que se suceden escenarios y personas que nunca se te habrían cruzado en la vida que vivías en aquella ciudad o aquel pueblo que te vio nacer, crecer y despedirte. 

Emigrar suele ser un trance ligado a aprender un idioma ajeno, a escuchar nuevos acentos, a probar sabores y olfatear olores desconocidos, y también a enfrentarte con puntos de vista que te pueden obligar a replantearte aquellas opiniones que un día consideraste innegociables. No se me ocurre, de hecho, mejor jarabe contra la ortodoxia y el dogmatismo que vivir en otro país por un tiempo lo suficientemente largo para poder tomar perspectiva de tu origen y también de ti mismo. 

Durante los años más duros de la crisis tuvimos que escuchar a políticos hipócritas defender públicamente, con cinismo y sin sonrojo, las ventajas de emigrar a la aventura. Al fin y al cabo, lo que está fuera no molesta, o por lo menos molesta menos, y el desempleo y la precariedad vital hacía tiempo que estorbaban demasiado en las Españas. También proliferaron películas y series de televisión sobre la nueva migración española. No malgastaré ni una sola línea en citar los títulos. No merecen la tinta ni el espacio. 

Aquellos políticos, directores y guionistas no sabían nada de emigrar. Y se notaba, porque fueron incapaces de ocultar esa ignorancia en sus discursos, en sus películas. Podrían haber enmendado esa falta de conocimiento acudiendo a la fuente primaria de su objeto de deseo: los propios emigrantes. No tuvieron, al parecer, el tiempo. O simplemente les faltó el interés. 

Por fortuna, hubo y hay proyectos que ayudaron y ayudan a construir una narrativa pública, a veces incómoda y siempre realista sobre los retos, las dificultades, los fracasos y las victorias de la nueva inmigración. El ya mítico blog Berlunes fue uno. El libro que tienes entre las manos es otro. 

Patas arriba es la historia de Paloma Lirola, nada más y nada menos que su experiencia migratoria única contada por ella misma. Sin edulcorantes ni concesiones, con un buen puñado de imprescindible humor y a través de la voz propia de quien conoce de primera mano las alegrías y las miserias, los aprendizajes y los golpes, los aciertos y los errores de una emigrante española en Berlín.



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Este texto es el prólogo de Patas Arriba, el primer libro de la show woman Paloma Lirola. Lo puedes adquirir en el siguiente enlace.

sábado, 22 de julio de 2017

Alemania, dos años después del verano de los refugiados

Masas formadas por hombres, mujeres y niños agotados que atravesaban a pie las fronteras de Alemania; centros de acogida de refugiados saturados y con gente acampada a sus puertas; la burocracia y las autoridades germanas superadas por el torrente de peticiones de asilo; un poder político federal, estatal y local que, por momentos, pareció perder el control de la situación. 

Son todas imágenes registradas en Alemania a mediados de 2015, durante el llamado “verano de los refugiados”. Durante ese año, alrededor de 890.000 personas (según cifras oficiales), fundamentalmente procedentes de países como Siria, Irak y Afganistán, pero también de los Balcanes, buscaron cobijo en el país más rico, poblado y poderoso de la Unión Europea. 

Aquello fue todo un test de estrés para la canciller Angela Merkel y su Gobierno, cuya innegociable negativa al cierre de fronteras cosechó enemistades y críticas en el resto de Europa, y también dentro de Alemania: un número considerable de miembros del partido de Merkel, la CDU, comenzó a poner en entredicho la estrategia e incluso el liderato de la canciller; en el bautizado como “verano de los refugiados”, el joven partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) consiguió afianzarse como la tercera fuerza de intención de voto con un 15 por ciento en las encuestas electorales, su hasta ahora mayor porcentaje de intención de voto a nivel federal. Todo un aviso para Merkel, cuya popularidad tocó entonces mínimos históricos. 

Dos años después del “verano de los refugiados”, y a las puertas de unas elecciones federales que Merkel parece abocada a ganar nuevamente el próximo septiembre, ¿en qué punto se encuentra Alemania en su gestión de la llamada “crisis de refugiados”? ¿Qué ha ocurrido con ellos? ¿Hasta qué punto siguen marcado los refugiados la agenda política germana? ¿Cómo está funcionando su integración laboral en un país que objetivamente necesita de inmigración para mantener su modelo económico y su Estado del Bienestar? ¿Han asumido el resto de partidos ciertos postulados de la ultraderechista AfD por pura estrategia electoralista? ¿Concuerda la dialéctica de fronteras abiertas del Gobierno de Merkel con su política migratoria efectiva? 

Deportar: Afganistán, “país seguro” 

“Yo me ofrezco a acompañar a De Mazière a Afganistán y hacerle de traductora. Volamos a Kabul y él me debe mostrar cómo es posible viajar de la capital a otras zonas del país de forma segura… Es muy fácil estar sentado tras un escritorio y declarar desde ahí un país como seguro”.

Esta es la respuesta de Lina Homa, una joven refugiada afgana que ya lleva nueve años en Múnich, a la pregunta de qué le diría al ministro de Interior alemán, el democristiano Thomas de Mazière, respecto a que el Gobierno de Merkel haya calificado a Afganistán como país parcialmente seguro. En efecto, el Ministerio de Migración y Familia y el servicio exterior germanos consideran suficientemente seguras algunas regiones del país asiático como para deportar a refugiados afganos cuyas peticiones de asilo han sido rechazadas. Una calificación que De Mazière ha defendido en público una y otra vez.

Pero la realidad es terca: el pasado 31 de mayo, un coche bomba golpeó el centro de Kabul. El atentado dejó decenas de muertos y heridos, y destrozó por completo la fachada de la embajada alemana en la capital afgana. Las imágenes de destrucción no tardaron en llegar a Alemania y de desmontar la posición oficial del Gobierno federal respecto a la situación de seguridad en Afganistán, un país que todavía sigue objetivamente golpeado por el terrorismo, la violencia y el galopante desempleo.

Yasin Rahmati y Lina Homa. (Thomas Lobenwein)

“Deberían dejar de engañarse a sí mismos”, sentencia Lina sobre aquellos que defienden la postura de Berlín sobre su país de origen. A esta joven, sus padres la metieron en un avión con dirección a Fráncfort hace casi una década. Entonces tenía 16 años. Su familia era consciente de que ya no estaba en disposición de garantizar la seguridad de su hija en Afganistán. Al llegar sola y como menor a las fronteras alemanas, las autoridades del país se vieron obligadas a hacerse cargo de ella.

Lina habla hoy alemán prácticamente sin acento y está absolutamente integrada. La suya es una historia de éxito entre los centenares de dramas que viven los refugiados llegados a Alemania durante los últimos dos años. A su lado se encuentra Yasin Rahmati, un joven afgano que apenas lleva 21 meses en el país. Lina y Yasin forman parte de la asociación juvenil Heimaten, con sede en Múnich. Ambos trabajan en la integración de jóvenes procedentes de Siria, Irak, Afganistán, Sierra Leona, Somalia y Uganda. Lina tiene hoy un permiso de residencia; Yasin sigue esperando a una respuesta de las autoridades alemanas a su petición de asilo. Sabe que si esta es rechazada, lo más probable es que lo deporten.

“La gente tiene miedo porque cualquiera puede ser deportado en cualquier momento. Y ese es un pánico que afecta no sólo a los refugiados afganos, sino también de otros países”, asegura Marianne Seiler, la directora de la asociación Heimaten. Un pánico que se metió a finales del pasado mayo en millones de hogares alemanes a través de sus pantallas de televisión: decenas de policías, entre ellos algunos agentes de las fuerzas especiales bávaras, ejecutaban la orden de deportación de un refugiado afgano de 20 años en la ciudad de Núremberg. El joven fue sacado por la fuerza de un aula de la escuela en la que estaba cursando una formación profesional. Algunos de sus compañeros intentaron evitar que la policía se lo llevase. Los agentes reprimieron duramente la resistencia pasiva de los escolares. Unas imágenes difícilmente vendibles por el Gobierno alemán para defender su actual política migratoria. No todo son puertas abiertas en Alemania.





“Desde 2015, es evidente que la política, tanto a nivel federal como en los Estados federados, ha buscado vías para aumentar la cifra de deportaciones y limitar los derechos de los refugiados. Ya en los meses posteriores al verano de 2015 vimos como se hacía efectivo el endurecimiento de leyes”, asegura Stephan Dünnwald, miembro del Consejo Bávaro de Refugiados.

Desde el “verano de los refugiados”, el Parlamento federal alemán, con los votos de la Gran Coalición conformada por conservadores y socialdemócratas, ha aprobado diversos endurecimientos de la Ley de Asilo; unas reformas que dificultan la reunificación familiar de refugiados que no son reconocidos como tales por las autoridades alemanas, que limitan su libertad de movimiento en territorio alemán, que facilitan su retención, hacen más sencillo el procedimiento de expulsión de personas con pocas perspectivas de conseguir asilo e incluso permiten que las autoridades intervengan los móviles y las comunicaciones de aquellos refugiados que no tengan documentos para acreditar su identidad. Estas reformas legislativas han sido criticadas por organizaciones pro Derechos Humanos.

Además de la innegable amenaza yihadista, Stephan Dünnwald no tiene dudas del papel jugado por los ultras de AfD, cuya presión electoral parece haber alimentado ese giro a la derecha de la política migratoria del Gobierno encabezado por Merkel. Las consecuencias del endurecimiento de la Ley de Asilo permanecen invisibles en la mayoría de ocasiones, pero en ocasiones deja paradigmáticas imágenes como las de la violenta deportación del joven afgano en Núremberg.

Merkel logra su objetivo 

Según estadísticas oficiales, la cifra de peticiones de asilo se ha reducido exponencialmente en los primeros seis meses de 2017 respecto a los dos años anteriores: en 2015, Alemania recibió casi medio millón de peticiones de asilo; en 2016, esa cifra rozó los 800.000 refugiados; entre enero y junio del presente año, las peticiones de asilo superaron ligeramente las 111.000. Eso supone una caída del 73 por ciento respecto al mismo periodo de 2016. El acuerdo entre la UE y Turquía y el cierre de la ruta de los Balcanes han sido la clave de esa reducción, a la que también parece haber contribuido el endurecimiento de la legislación alemana que disuade a muchos refugiados de presentar su solicitud de asilo.

Angela Merkel consigue así uno de sus grandes objetivos coyunturales: sacar la llamada “crisis de refugiados” (que suponía un claro lastre para su nueva candidatura a la cancillería) de la primera línea de la agenda política en pleno año electoral. Y ello sin tener que prescindir del cartel de gran defensora de la política de fronteras abiertas y de acogida de refugiados, a pesar de que la realidad de su gestión apunte en otra dirección: el rechazo de peticiones de asilo crece, obtener el estatus de refugiado cada vez es más difícil en Alemania.

Ello no deja de ser paradójico en un país profundamente envejecido y que necesita objetivamente de la inmigración para combatir a corto y medio plazo la grave crisis demográfica que sufre y que pone en peligro su modelo económico y su Estado del Bienestar. No es menos paradójica la actual situación en el mercado laboral alemán: muchos empresarios siguen sin poder cubrir la demanda de mano de obra en numerosos sectores, mientras refugiados con un alto potencial de inserción laboral (o incluso ya con una oferta de empleo) no reciben un permiso de trabajo por proceder de países considerados “seguros” y ser candidatos potenciales a la deportación. Es complicado no distinguir la sombra del ultraderechismo populista de AfD y del electoralismo cortoplacista en la gestión que el Gobierno federal hace de los refugiados desde el verano de 2015.

La economista Yvonne Giesing, de instituto muniqués Ifo, ha elaborado un estudio sobre la integración de los refugiados en la capital bávara; en él, Giesing constata que con paciencia y voluntad política buena parte de los refugiados pueden encontrar un futuro laboral en Alemania pese a las dificultades idiomáticas y la reconversión formativa en muchos casos necesaria. Pero también demuestra que hay obstáculos burocráticos difíciles de entender en un país que necesita mano de obra: “En Alemania, da igual si trabajas o no para la evolución de tu proceso de asilo. Es una cuestión que ni siquiera es planteada por las autoridades”.

La economista no entiende por qué la ley de asilo alemana está absolutamente desconectada de la situación laboral de los candidatos a obtener el estatus de refugiado. Ello genera situaciones absurdas, como, por ejemplo, que un peticionario de asilo que ha encontrado una formación profesional o un empleo no pueda acceder a un permiso de trabajo porque su solicitud de asilo todavía no ha recibido respuesta. O incluso peor: que un refugiado con un puesto de trabajo asegurado sea finalmente deportado a su país de origen por ser este considerado “seguro” por las autoridades alemanas. La economista del Ifo instituto considera este tipo de decisiones son un tiro en el pie al sistema productivo alemán y aconseja encarecidamente al Gobierno de Merkel conectar la legislación migratoria y de asilo con la expedición de permisos de trabajo para evitar escenarios kafkianos.

¿Una nueva ola? 

El acuerdo migratorio entre la Unión Europea y Turquía, de momento, aguanta. Sin embargo, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan ha amenazado repetidamente con cancelarlo. Para el autócrata turco es evidente que los refugiados son una simple baza negociadora. Si el acuerdo entre Bruselas y Ankara acaba por hundirse, de poco servirá que la ruta de los Balcanes esté ahora cerrada. Será prácticamente imposible evitar que se repitan las imágenes del “verano de los refugiados” registradas en las fronteras alemanas en 2015.

La mayoría de expertos consultados para este reportaje coinciden en apuntar que Alemania está hoy mejor preparada que hace dos años para hacer frente a una nueva ola de refugiados: existen unas sólidas estructuras de acogida, la comunicación entre los diferentes niveles estatales está mejor engrasada, está más claro a qué nivel de gobierno corresponde cada competencia.

Lo que, sin embargo, parece impredecible es el coste político que podría tener para el sistema de partidos tradicionales una llegada de refugiados similar a la de 2015. El surgimiento y establecimiento de los ultraderechistas de AfD, que hoy siguen peleando por convertirse en la tercera fuerza parlamentaria del Bundestag, es buena prueba de ello. Tal vez por ello no pocas figuras del actual Gobierno federal dan ya definitivamente por superada la “crisis de refugiados”.

“Es un gran error dejar de prepararnos para la llegada repentina de más refugiados”, advierte Petra Bendel, politóloga de la Universidad de Erlangen-Núremberg. “Es un autoengaño pensar que no volverá ocurrir algo similar a lo del verano de 2015. Todos los indicios y todos los escenarios apuntan que puede volver a pasar en cualquier momento”.

Reportaje publicado en El Confidencial.

jueves, 23 de octubre de 2014

La (fallida) política de asilo en Alemania


Las alarmas saltaron a finales del pasado septiembre: un trabajador de una empresa de seguridad privada pisa con su bota la cabeza de un residente en un centro de acogida de la localidad de Burbach, en el Estado de Renania del Norte-Westfalia. Mientras Marwan Rahmani, refugiado procedente del norte de África, sufre esta humillación boca abajo y con las manos esposadas tras su espalda, otro miembro de la seguridad posa de cuclillas y con una sonrisa ante la cámara del teléfono móvil con el que una tercera persona fotografía la escena. «Son imágenes que recuerdan a Guantánamo», dijo un cargo policial tras dar a conocer el caso. 

Tras la salida a la luz de la foto, las autoridades recibieron más denuncias de torturas y vejaciones en otros dos centros de acogida en Essen y Bad Berleburg, también en Renania del Norte-Westfalia. Los tres casos apuntan a la firma de seguridad privada SKI, con sede en la ciudad Núremberg pero activa en todo el país, y que al mismo tiempo fue subcontratada por European Homecare, firma gestora de seis centros de acogida para refugiados en Renania del Norte-Westfalia y de cuarenta en toda Alemania. El Gobierno regional ya ha rescindido el contrato con European Homecare en el centro de Burbach y está estudiando el resto de subcontratas. 

Amnistía Internacional Alemania reaccionó con un duro comunicado que señala directamente a los gobiernos regional y federal: «Cuando se confía a una empresa privada este tipo de responsabilidades públicas, las autoridades correspondientes tienen que controlar regularmente el trabajo de esa empresa», afirma la ONG, que recuerda además que la Convención de las Naciones Unidas contra la Tortura establece que los Estados son los responsables últimos de evitar maltratos y vejaciones contra ciudadanos nacionales y extranjeros.

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sábado, 23 de octubre de 2010

¿Qué integración?


Dorada tarde de otoño en la terraza de cualquier 'kneipe' de la Maybachufer, Kreuzköln. El panorama, lleno a rebosar de berlineses de nacimiento y adopción haciendo la fotosíntesis. Tres chicas, aparentemente de fuera de Berlín, esperan a ser servidas. Se les nota nerviosas. Llevan "una hora esperando a que les pongan tres bebidas y dos platos de comida". Finalmente llega una mujer turca mayor que trabaja como camarera. "Oiga, cuándo llega nuestro pedido? Es que llevamos más de una hora...". "Es kommt noch....", dice la mujer con marcado acento turco, y una sonrisa. "Fíjate, seguro que lleva 20 años viviendo aquí y todavía no la entendemos cuándo habla alemán", la reacción de las tres niñas pijas.

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El debate se inició (artificialmente) por las descaradas declaraciones de un ya ex presidente del Bundesbank y ex miembro del partido socialdemócrata. Según Thilo Sarrazin, la mala situación socioeconómica de parte de la población de origen árabe y turco residente en Alemania demostraba que todos turcos y alemanes residentes en Alemania tienen un menor nivel intelectual que los alemanes y otros europeos de tradición no musulmana. Palabras racistas y cargadas de frustrado odio, sin duda. Por eso el pobre Sarrazin, quien dijo que no tenía por qué pedir perdón por ser alemán, fue eliminado del sistema por el status quo de la República Federal.

Parecía que el debate moría por falta de peso. Pero de pronto, más que probablemente con la vista puesta en las próximas elecciones, la ahora en horas bajas canciller Angela Merkel, tan moderada habitualmente, nos vino a decir que el "el proyecto multicultural había fracasado". Que estaba muerto. Y su colega Seehofer, jefe de los socialbárvaros, se mordía menos la lengua y dijo que Alemania no necesitaba inmigrantes de otras culturas como la turca o la árabe. Mentira.

Alemania tiene un problema demográfico grave: su población blanca se muere lentamente, mengua por una críticamente baja tasa de natalidad. El mercado laboral alemán necesitará en los próximos años alrededor de medio millón de trabajadores extranjeros para mantener la tan laureada recuperación económica basada en la exportación. Y en parte porque la población alemana originaria no está lo suficientemente formada para cubrir esa demanda. Por tanto, no nos queda más remedio que ver en las declaraciones de parte de la clase política germana un transfondo claramente racista.

Y sí: la sociedad alemana es, en parte, racista. Tal vez no más que otras como la española o la inglesa, pero racista. El problema no es ése, sino que los que están arriba no quieren reconocer ese racismo subyacente en la sociedad de la República. Lo tapan por lo que pasó en este país a partir de 1933 y hasta el fin de la guerra: "die deutsche Katastrophe". Y de ahí que se produzcan cortocircuitos en el sistema llamados Sarrazin o Seehofer. Conclusión: el racismo sociológico va más allá de los residuales partidos neonazis. Y, sí, está presente en el Bundestag.

Pero, amigos, antes de juzgar, antes de ver la paja en el ojo ajeno, conviene mirarse al espejo. Oficialmente, en España viven más de 113.000 alemanes. No sé cuántos de ellos son jubilados con pasta cansados de no poder hacer la fontosíntesis en su propio país que llegaron a la encementada costa mediterránea para morir bajo la luz de sol, pero sí que sé que son unos cuantos. Y esos cuantos no hacen mucho esfuerzo por integrarse: es decir, ni hablan español ni hacen el esfuerzo por hacerlo. Pero ellos no lo necesitan porque, oficialmente, no son inmigrantes, sino turistas residentes con dinero para gastar y sin necesidad de ganarse la vida. El lenguaje no es inocente. Está cargado de ideología y el uso de las palabras "inmigrante" y "turista" es un ejemplo de ello. Pura hipocresía, porque ¿de qué inmigración hablamos y de cuál no?

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Primera hora de la mañana de cualquier día de la semana en Ostbahnhof. Un joven mochilero mexicano con cara de indio busca desorientado un tren que le lleve a Frankfurt. Dos agentes de policía, con pintas estúpidamente diligentes, se le acercan....para pedirle el pasaporte. El mochilero se lo muestra con expresión de indignada incredulidad. Los policías se van con cara de inútil satisfacción. Una chica alemana se le acerca y le pregunta por qué le pidieron el pasaporte. "Mucha inmigración, me han dicho".