Mostrando entradas con la etiqueta Guerra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guerra. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de marzo de 2023

Alemania en el mundo tras la "Zeitenwende"

El inicio de la invasión rusa de Ucrania ha supuesto un cambio de paradigma en las relaciones internacionales. Las predicciones de los analistas apuntan desde a una reedición de la Guerra Fría hasta al nacimiento de un tablero global fragmentado en diversos bloques que acabe con la globalización liderada por Occidente tras la caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética. 

Alemania, una potencia económica de primer nivel y política de peso medio, intenta resituarse en ese nuevo contexto internacional. Tres días después del inicio de la invasión rusa, con solemnidad y ante el Bundestag, el canciller alemán, el socialdemócrata Olaf Scholz, calificó ese momento de impasse con la palabra “Zeitenwende” – traducido al castellano, algo así como “periodo de transición” –. Curiosamente – o no tanto –, la palabra “Wende” también se utiliza popularmente en Alemania para calificar la transición iniciada con la caída del Muro de Berlín en 1989 y culminada con la reunificación del país en 1990. La primera economía de la Unión Europea se encuentra sumida, por tanto, en un momento de redefinición de su papel en el mundo. 

Haciendo retrospectiva de los últimos doce meses, la frenética sucesión de acontecimientos en plano internacional ha dejado al menos cuatro grandes transformaciones en la política exterior alemana: la decisión de enviar armamento a un país en guerra en contra de la tradición del país tras la Segunda Guerra Mundial; el refuerzo de las relaciones transatlánticas y de la OTAN como principal instrumento de Defensa para Alemania; la ruptura económica con Rusia y el consecuente fin de la dependencia energética por las importaciones fósiles del Kremlin; y la pérdida de peso en el tablero internacional y, especialmente, dentro de la Unión Europea, cuyo eje gira actualmente hacia el flanco oriental del bloque en una lógica de rearme frente a Rusia. 


1. Nueva doctrina militar y armamentística: 

Tras la traumática experiencia del nazismo y de la Segunda Guerra Mundial, la República Federal apostó por intentar evitar el envío de armamento a regiones en guerra o de crisis como compromiso a no alimentar conflictos armados más allá de sus fronteras. Para implementar esa decisión histórica, y tratándose de uno de los principales países productores y exportadores de armas del mundo, Alemania cuenta con la llamada “cláusula de permanencia final” (Enverbleibsklausel, en alemán) que establece una autorización obligatoria de Berlín en caso de que un comprador de armas alemanas quiera revender o ceder el armamento a terceros países. 

Esa política de exportación limitada de armas no siempre ha funcionado, como demuestra el caso de los fusiles de asalto G36 del fabricante alemán Heckler & Koch que sirvieron para violar derechos humanos y asesinar a estudiantes en México. La venta de armas a Arabia Saudita y otras monarquías del Golfo Pérsico, que participan en guerras fuera de sus fronteras como la de Yemen, también ha motivado críticas dentro y fuera de Alemania. 

El inicio de la invasión rusa de Ucrania supone, no obstante, un salto cualitativo en la doctrina militar y armamentística del Gobierno federal: poco después de que las tropas rusas cruzasen las fronteras ucranianas, Scholz anunció la intención de su Gobierno de invertir 100.000 millones de euros en el ejército alemán en lo que será el mayor rearme de la historia de la República Federal. 

Esa ingente inversión busca volver a colocar a Alemania entre unos de los países que más gaste en Defensa dentro de la OTAN tras décadas de austeridad en sus propias fuerzas armadas. Esa contención presupuestaria en Defensa también tiene el telón de fondo histórico de que el militarismo no haya tenido buen cartel electoral en Alemania ya desde antes del fin de la Guerra Fría. 

La implementación de ese presupuesto extraordinario no va a ser, sin embargo, tarea fácil. La dimisión el pasado diciembre de la ministra alemana de Defensa, la socialdemócrata Christine Lambrecht, así lo apunta. El también socialdemócrata Boris Pistorius – exministro de Interior del Estado federado de Baja Sajonia – asumió una cartera históricamente muy complicada en la República Federal. De momento, Pistorius parece estar en disposición de llevar adelante la reforma de la Bundeswehr. De puertas para fuera, muestra un alineamiento cerrado con la precavida postura de Scholz. El canciller ha expresado en diversas ocasiones su temor a que la actual situación desemboque en un enfrentamiento directo entre la OTAN y Rusia y, por consiguiente, en la Tercera Guerra Mundial. 


2. Reforzamiento de la dependencia trasatlántica: 

Pese a ciertas resistencias, el Gobierno alemán ha mantenido un dubitativo pero constante suministro de armas al ejército ucraniano en coordinación con EE.UU. y con el resto de países de la OTAN. En este apartado, Scholz ha sido especialmente cuidadoso. Como han reconstruido diversos medios alemanes, como los semanarios Der Spiegel y Die Zeit, la condición que puso Scholz para dar luz verde al envío a Ucrania de tanques de producción alemana Leopard 2 fue que Washington hiciera lo propio con sus tanques de combate Abrams. 

Ante la ya complicada imagen de ver de nuevos tanques alemanes combatiendo en Ucrania – la última vez fue durante la Segunda Guerra Mundial por orden de los nazis –, el Gobierno de Scholz quiere evitar a toda costa que el envío de armas pesadas alemanas al frente ucraniano sea interpretado como una decisión en solitario y por riesgo propio. Ese temor demuestra la dependencia que Alemania sigue teniendo de la OTAN – con EE. UU. al frente – y que muy probablemente se profundizará ya desechado el sueño de algunos líderes europeos de establecer una “autonomía estratégica” que hiciera a la Alianza Atlántica algún día prescindible en el seno de la Unión Europea. 

Las voces que apuestan por un reforzamiento de la OTAN y de una mayor aportación de Alemania a la Alianza Atlántica se han hecho aún más fuertes en el debate público del país durante los últimos doce meses. Más allá de la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) y de algunas voces dentro de la alianza de poscomunistas y exsocialdemócratas de Die Linke que niegan la necesidad de continuar dentro del bloqueo militar, en el parlamento alemán predomina el consenso sobre que el futuro de Alemania está dentro de la OTAN. 

Esa posición es compartida por los cuatros grandes partidos históricos de la República federal: conservadores de la CDU-CSU, socialdemócratas del SPD, liberales del FDP y ecoliberales de Los Verdes. Ni siquiera entre los verdes, cuyas raíces descansan en el antimilitarismo de la década de los 80, hay voces de peso que pongan en duda el papel de la OTAN en la seguridad de Alemania. La actual ministra de Exteriores alemana, la co-vicepresidenta verde Annalena Baerbock, es, de hecho, una de las voces más pro-atlantistas y agresivas frente a Rusia de la actual política federal alemana. 


3. Adiós definitivo al gas ruso: 

Antes del 24 de febrero de 2022, Alemania importaba de Rusia la mitad del gas que consumían su industria y sus hogares. Hoy ese gas ya ha desaparecido del mercado energético alemán. A ello han contribuido las sanciones impuestas por Occidente a la economía rusa, la decidida decisión estratégica del Gobierno tripartito alemán – SPD, Verdes y liberales – de poner fin a las importaciones fósiles de Rusia y también el sabotaje de los gasoductos Nord Stream 1 y 2 que unían la Federación Rusa con la República Federal. 

Esa dependencia energética no es precisamente una cuestión reciente: las importaciones de gas y petróleo de Rusia a la República Federal se iniciaron a finales de la Guerra Fría. Era la consumación del principio político “Wandel durch Handel” (“Cambio a través del comercio”), establecido con la Ostpolitik del canciller socialdemócrata Willy Brandt a finales de los sesenta. La normalización de las relaciones comerciales y económicas debía llevar a cambios políticos en el mundo bipolar establecido por la Guerra Fría y acabar desembocando en la reunificación alemana, como acabó ocurriendo en 1990.

La nueva política agresiva del Gobierno de Vladimir Putin en la histórica área de influencia soviética y el fin de la compra de hidrocarburos a Rusia – la principal relación económica entre ambos países – ha dado al traste con el principio político del “Wandel durch Handel”, lo que además ha dejado en mal lugar a no pocas figuras socialdemócratas alemanas, siendo el excanciller Gerhard Schröder – amigo íntimo de Putin que se enriqueció gracias a su presencia en la dirección de varias empresas energéticas rusas – el gran ejemplo. 

El fin de la llegada del gas ruso no ha acabado dando lugar a los peores augurios proyectados el pasado año: es decir, un colapso económico a causa del cierre de la principal fuente de energía que alimentaba los procesos productivos de la industria alemana. A ello han contribuido un invierno relativamente suave, el ahorro en el consumo y también la importación de gas de Noruega y de gas licuado de EE.UU. y de otros países proveedores como Qatar. Ese gas licuado es, sin embargo, notablemente más caro que el gas que llegaba por los gasoductos procedentes de Rusia, lo que está encareciendo la producción industrial, reduciendo la competitividad alemana y contribuyendo a mantener elevada una inflación que cerró 2022 por encima del 8 por ciento en la primera economía de la UE. 

Alemania ha conseguido eliminar a marchas forzadas su dependencia energética de Rusia, pero su economía – renqueante ya antes del inicio de la invasión – mantiene el reto de reconvertirse sin perder la competitividad a la que contribuía el acceso barato al gas ruso. El Gobierno alemán mantiene, de momento, su objetivo de convertirse en la primera potencia industrial del mundo que convierta las fuentes de energía renovables en la columna vertebral de su matriz energética. 


4. Pérdida de peso geoestratégico: 

El último viaje a Europa del presidente de Estados Unidos no lo llevó a Berlín. Tras visitar por sorpresa al presidente ucraniano Volodimir Zelenski en Kiev, Joe Biden pasó por Varsovia en una señal del peso que ha ganado Polonia en la relación trasatlántica entre la Unión Europea y Estados Unidos. Con una política exterior comunitaria que sigue careciendo de una postura común en muchas cuestiones – como la Defensa o la política migratoria, por poner sólo dos ejemplos –, la Polonia gobernada por el partido ultranacionalista y ultraconservador PiS toma cada vez más relevancia en detrimento del liderazgo histórico del eje París-Berlín en la UE. 

“¿No tiene usted la sensación de que Alemania, el socio tradicionalmente más importante de EE. UU. en Europa en cuestiones como la cooperación militar, está perdiendo poco a poco cada vez más peso?”, le preguntó recientemente un periodista de la redacción polaca del canal alemán internacional Deutsche Welle a Michael Roth, diputado federal socialdemócrata y presidente de la comisión de Asuntos Exteriores del Bundestag

La respuesta de Roth rechazó cualquier tipo de “envidia” de Berlín respecto a Varsovia y realzó la reciente capacidad del canciller Scholz de convencer a Washington para que enviase tanques Abrams al frente ucraniano. Este último movimiento fue, curiosamente, interpretado en el extranjero como un síntoma de la debilidad y la dependencia del Gobierno alemán respecto al “hermano mayor americano”. 


Análisis publicado por el portal EsGlobal.org.

jueves, 4 de agosto de 2022

Entrevista con Hans-Christian Ströbele, cofundador de Los Verdes alemanes

Ströbele nos recibe en su despacho de Berlín. Foto: Pau Cegarra.

Abogado, militante pacifista, exabogado defensor de militantes de la RAF (Fracción del Ejército Rojo), cofundador de Los Verdes alemanes y del diario berlinés de izquierda TAZ, diputado federal durante dos décadas... Hans-Christian Ströbele es un fragmento vivo de la historia de Alemania. Nacido en 1939, sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial y se politizó en la República Federal de la Guerra Fría, en la que conoció la caza de brujas y también la prisión por “apoyo a organización criminal”. Encara el tramo final de su vida angustiado por la guerra de Ucrania y cabreado por la carrera militarista en que la que su país y el mundo se han embarcado. 

Señor Ströbele, en el actual contexto político y social, ¿hasta qué punto se sigue sintiendo representado por su partido, Los Verdes? 

 Es mi partido, lo cofundé hace 40 años. Y sí, sigo sintiéndome representado por él, incluso cuando no estoy de acuerdo con algunas de sus decisiones y con algunas medidas del actual Gobierno. Pero estoy acostumbrado a eso. Estuve más de 20 años en el Bundestag parlamento federal alemán y ahí también voté repetidamente contra mi propia fracción parlamentaria, sobre todo en cuestiones relacionadas con la guerra y la paz. 

¿Qué queda del partido que cofundó en la década de los 80? 

Los Verdes son el proyecto político más exitoso desde la Segunda Guerra Mundial en Alemania. En aquel entonces nos formamos como una coalición de diferentes movimientos sociales, especialmente del movimiento ecologista, del antinuclear, del movimiento feminista y pacifista. El objetivo no era fundar un partido, sino una coalición para estar representados en el parlamento, para llevar los temas de la calle al parlamento. El movimiento pacifista, por ejemplo, llegó a movilizar en manifestaciones hasta medio millón de personas. Era muy importante. 

Al principio se rieron de nosotros y nos insultaron. Se nos excluía incluso de las comisiones. 40 años después, no sólo somos un partido de Gobierno, sino que además somos el factor más importante del actual Gobierno. Nuestros temas – especialmente el ecologismo y el movimiento antinuclear – forman ya parte del mainstream, están presentes en todos los partidos democráticos alemanes. Si toma los programas electorales de la CDU, del SPD o del FDP, en todos encontrará las demandas ecológicas y el tema climático bien arriba. Son temas centrales. Lamentablemente, esos partidos no actúan después en consecuencia. 

Pero cuando analiza las decisiones de los actuales líderes de su partido, del ministro de Economía, Robert Habeck, y de la ministra de Exteriores, Annalena Baerbock, ¿también se sigue sintiendo identificado? 

Sí, por supuesto. Yo, por ejemplo, fui un activista del movimiento pacifista. Siempre tuve la convicción de que conseguir la paz sin armas era el lema correcto, y no conseguir la paz con cada vez más armas pesadas. Por eso me he expresado últimamente de manera muy crítica sobre la guerra en Ucrania. Pienso que las negociaciones son lo más importante y que tenemos que hacer todo lo posible para evitar una escalada militar y una guerra de desgaste. Debemos encontrar vías para que esta aguerra de agresión de Putin pueda acabar. Y ahí hay diferencias con mi partido. Algunas de sus promesas, como por ejemplo que Ucrania tiene que ganar esta guerra, me parecen una ilusión. Yo digo que Ucrania debe ofrecer resistencia. Eso me parece bien y lo apoyo, pero debemos evitar una escalada que nos lleve a una guerra mayor en Europa contra Rusia, o de los países de Europa del Este y Alemania contra Rusia.

Si nos encontramos ante una posible Tercera Guerra Mundial, ¿por qué el movimiento pacifista alemán, tan fuerte en el pasado, tiene hoy tan poca fuerza? 

El movimiento sigue existiendo, claro está, pero ahora vemos como un pueblo europeo es atacado y bombardeado sin miramientos ni motivo alguno, y como se cometen graves violaciones de los Derechos Humanos. Eso está presente a diario en todos los canales de televisión, en la radio y en los diarios. También por eso las voces que apuestan por un pacifismo consecuente no están tan presentes, tampoco en la calle. Pero espero que eso vuelva a cambiar. 

Siempre leo con mucha atención los mensajes que publica en su activa cuenta de Twitter, y también las respuestas. En ocasiones le acusan de ser un Putinversteher (comprensivo con Putin). ¿Tiene la sensación de que en Alemania se ha estrechado la libertad de expresión? 

Sí, tiene usted razón, ese tipo de posiciones se ha extendido, lo que considero no sólo estúpido y erróneo, sino también antidemocrático. Es antidemocrático insultar o denunciar a alguien con quien no se está de acuerdo. Pero si usted mira mis tweets, también se percatará de que son muy exitosos. Hoy, por ejemplo, he escrito uno en el que digo que si las ciudades quieren ahorrar energía ante la falta de suministro, entonces deberían apagar los anuncios luminosos, que no tienen sentido y además son perjudiciales. Hasta ahora tengo más de 8.000 ‘me gusta’. Con el coche propongo lo mismo: dejar de usarlo. 

Lo acaba de comentar usted. Ha escrito en Twitter: “Todos hablan de ducharse, pero si hay que ahorrar energía, entonces las publicidades luminosas deberían apagarse en todas las ciudades. Nadie las necesita”. Entiendo que es una crítica al ministro de Economía, el verde Robert Habeck, responsable de la cuestión energética… 

En la actualidad, la Coalición Semáforo [gobierno tripartito alemán de socialdemócratas, verdes y liberalesintenta eliminar los problemas sociales. Lamentablemente, lo hace con medidas para toda la población, como si fuera con una regadera que ha de llegar a toda la población, no sólo a los más necesitado, sino también a los ricos, a las personas que tienen suficiente como yo. Eso no puede ser. Se tienen que discutir nuevas medidas que se concentren en las personas que realmente sufren o que no pueden seguir pagando su vivienda.

Robert Habeck detectó muy pronto el problema energético, pero tiene poco tiempo para actuar porque Putin puede cerrar pronto el grifo del gas. Será una situación muy difícil. Ahí habrá que mirar a quién se atiende primero. Creo que habría que atender primero a la población y a sus necesidades fundamentales, y después a la industria, especialmente la gran industria. No es que haya que destruir todo, pero sí hay que considerar elementos sociales para que esta terrible guerra no tenga además como consecuencia que la gente se vea arrastrada a la pobreza y la desesperación en Alemania. 


Usted ya calificó en el pasado – ya antes de la invasión rusa de Ucrania – a Putin de dictador. He leído que cuando el Bundestag lo recibió en 2001, usted fue el único diputado que permaneció sentado como gesto de protesta. ¿Ha sido Occidente demasiado acrítico con Putin durante demasiado tiempo? 

No quiero disculpar a Putin: sólo él carga con la responsabilidad. Pero Putin ya propuso en el Bundestag una mayor cooperación en cuestiones como la distensión, las garantías de paz y también propuso negociaciones. Aquello cayó en saco roto. Yo eso lo critico a pesar de que ya entonces considerara a Putin una mala persona. Ya sabía lo que había hecho en Chechenia, por ejemplo. Por eso permanecí sentado, aunque no estoy seguro de que fuera el único diputado. Con todo, Putin ofreció un discurso en el Bundestag en el que dijo que había que sentarse e intentar encontrar un orden de seguridad y de paz compartido. Y creo que ese habría sido el camino correcto. 

¿Qué opina de las voces que critican que Occidente haya financiado durante décadas la guerra que Rusia despliega ahora en Ucrania a través de las importaciones de fuentes de energías fósiles? 

Creo que una crítica generalizada contra el comercio con Rusia es errónea. Con un país tan cercano y tan grande – sobre el que, por cierto, todavía tenemos una responsabilidad por lo ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial –, se debe comerciar. Otra cosa es si la dependencia energética – que podría provocar ahora que nos quedemos sin calefacción durante el invierno – fue correcta. Seguramente no lo fue. Pero desde la caída del Muro y la desaparición de la Unión Soviética, la política alemana también podría haber hecho algo para evitar que los países que antes eran zona de influencia soviética se convirtiesen en la avanzadilla de la OTAN. Evidentemente, no se le puede prohibir nada a esos países, pero ¿realmente había que colocar bases con misiles frente a la frontera de Rusia? El argumento de que esos misiles apuntan hacia Irán es obviamente una estupidez. Se tendría que haber actuado de manera más sensible a la hora construir una seguridad compartida con Rusia y que la expansión de la OTAN no se orientase contra Rusia. 

Destacadas figuras políticas alemanas como Ursula von der Leyen o Olaf Scholz aseguran una y otra vez que la OTAN es una alianza militar defensiva… 

No, simplemente no lo es. Eso no es verdad. La OTAN protagonizó una guerra de 20 años en Afganistán sin base legal alguna. Una guerra que perdió, por cierto. También bombardeó Serbia sin una resolución de la ONU, e intervino Libia y es culpable de que ese país siga sumido en una guerra civil espantosa. Estados Unidos y otros estados de la OTAN protagonizaron también una guerra criminal en Irak que incendió todo Oriente Próximo y que generó lo que vino después, es decir, Estado Islámico. El asalto de Estados Unidos a Irak hizo que el orden en aquella región saltara por los aires. Después vinieron las fuerzas islamistas radicales que incluso fundaron su propio estado. Estados Unidos tiene una responsabilidad directa sobre todo eso. 

¿Es historia la estrategia de “autonomía estratégica europea”, es decir, una defensa europea independiente de la OTAN? 

En este momento, sí. Ahora mismo se hace todo lo posible para convertir a la OTAN en una alianza más grande, más fuerte, más compacta y, a poder ser, ampliamente armada con cabezas nucleares. Creo que eso es muy peligroso. Ese es un problema que tenemos que solucionar cuando la guerra en Ucrania acabe. Hay quien dice que la Unión Europea debería dotarse de unas fuerzas armadas que pudieran actuar en caso de guerra. En todo caso, tenemos que analizar cuál es en realidad la relación entre la estrategia de seguridad de la Unión Europea y la de la OTAN. ¿Son siempre idénticas? Son muchas las cuestiones que hay que resolver y sobre las que antes yo no era consciente. 

Usted es un fragmento vivo de la historia reciente de Alemania. Ha vivido y visto mucho. ¿Tiene todavía razones para mirar con optimismo hacia el futuro dado el actual estado de las cosas? 

En este momento, no. Ahora tengo muchos motivos para el temor. Mi principal acción política ahora es concentrarme en advertir a lo que nos arriesgamos con esta guerra. Pero obviamente espero – y por eso hago política – que esto cambie. Siempre le digo a la gente lo que ahora le voy a decir a usted: durante 74 años de mi vida no viví una guerra en Alemania. Eso es casi un milagro. Y ahora eso se ve amenazado por la destrucción. Tenemos que apostar por la mediación, por el diálogo con el otro, como hizo el canciller Willy Brand en su momento. No soy un fan de Brandt. Nunca condenó, por ejemplo, la guerra de Vietnam. Pero su política de apertura en un contexto de frentes endurecidos fue un acierto. Entonces, aquí en Berlín occidental, si interpretabas una pieza de teatro de Bertold Brecht, eras automáticamente un comunista y ya pertenecías al otro lado. Esa es la atmósfera que en parte también hoy se respira. Si hoy no dices que estás dispuesto a darlo todo por Ucrania, independientemente de lo que pase aquí en Alemania, eres automáticamente un Putinversteher, un fan de Putin. Es una auténtica estupidez.

Entrevista publicada por la revista CTXT.


viernes, 27 de mayo de 2022

Rusohablantes en Alemania: comunidad entre dos tierras

Alrededor de tres y medio millones de personas con raíces en el espacio postsoviético viven en Alemania. No es una cifra oficial, sólo estimaciones basadas en un microcenso de la Oficina Federal Estadística en 2016. La mayoría de esa diáspora postsoviética, mayoritariamente de habla rusa, procede de Rusia, Kazajistán y Ucrania. La actual guerra en este último país ha colocado a esa importante minoría migratoria en una situación incómoda, entre dos tierras. 

Alrededor de dos millones y medio de los rusohablantes residentes en la República Federal conforman, además, una comunidad con estatus especial: los llamados Russlanddeutsche (alemanes de Rusia), descendientes de colonos de habla alemana que se asentaron a finales del siglo XVIII e inicios del XIX en la cuenca del río Volga y en la costa norte del Mar Negro – entonces Imperio Ruso y hoy territorio en guerra entre Rusia y Ucrania –. 

Esas colonias alemanas respondieron a la invitación de la emperatriz Catalina II y el emperador Alejandro I, que pretendían así poblar territorios vacíos de su Imperio. Como explica la Central Federal para Formación Política, los colonos recibieron la promesa de ventajas: tierras gratuitas, exención fiscal, liberación del servicio militar y de culto religioso, derecho a la autonomía administrativa y al retorno a su origen si así lo deseaban en algún momento. 


Ola de denuncias 

Con el triunfo de la Revolución Rusa en 1917, la minoría étnica alemana llegó incluso a tener una república propia dentro de la URSS: la República Autónoma Socialista Soviética de los Alemanes del Volga. El estallido de la Primera Guerra Mundial, de la Segunda y las purgas estalinistas acabaron arrinconando a la minoría alemana, susceptible de ser colaboracionista con los nazis. Los descendientes de los alemanes de Rusia fueron retornando paulatinamente a sus territorios de origen antes y después del fin de la Guerra Fría. 

Aún hoy, las autoridades de la República Federal conceden la nacionalidad alemana a aquellos que pueden demostrar una descendencia de los colonos que se instalaron en el Imperio Ruso hace dos siglos. Estas últimas personas reciben el nombre spätaussiedler, que sirve para denominar a los migrantes retornados del espacio postsoviético a lo largo del siglo XX y del XXI. El concepto de Russlanddeutsche – que en muchos casos no hablan alemán o lo hacen con acento ruso – puede llegar a tener hoy una connotación peyorativa en Alemania, un fenómeno acentuado por la guerra en Ucrania.

Desde el inicio de la invasión rusa, las autoridades alemanas han registrado más de 1.700 delitos relacionados con la guerra, la mayoría crímenes de odio, agresiones verbales, pintadas amenazantes e incluso violencia física. La minoría rusohablante es la gran protagonista de estos incidentes, ya sea en el rol de víctima o agresor. La organización Mediendienst Integration – especializada en asuntos migratorios – confirma que ha habido un aumento de las denuncias de agresiones contra la comunidad rusoparlante en Alemania. En esta coyuntura, la embajada rusa en la República Federal tampoco deja escapar la ocasión para denunciar una oleada de rusofobia. 


9 de mayo 

Es difícil hacerse una idea de cuál es la posición predominante dentro de esa minoría rusohablante respecto a la guerra en Ucrania. El miedo a expresarse públicamente y a ser calificado de seguidor de Putin juega seguro un papel importante. La visita al Memorial Soviético de Treptow Park en Berlín el 9 de mayo es así una oportunidad de oro: este lugar se convierte en un centro de peregrinación para ciudadanos de raíces soviéticas el día que Rusia celebra la victoria sobre la Alemania nazi. Aquí hay enterrados unos 5.000 soldados soviéticos caídos en la Segunda Guerra Mundial. 




La efeméride ha estado este año cargada de tensión. Las autoridades berlinesas tomaron una medida salomónica para evitar enfrentamientos entre nacionalistas rusos y ucranianos: prohibir cualquier tipo de símbolo nacional de ambos países, así como de la desaparecida URSS. Igor, Artur y Alex sacan, sin embargo, una bandera de la Federación Rusa ante el imponente monumento que representa un liberador soldado soviético con una esvástica destruida a sus pies y una niña en sus brazos. 

Este grupo de rusos de origen kazajo vienen cada año a celebrar el 9 de mayo, que esta vez tiene especial importancia: están cansados de que criminalicen a su país de origen, aseguran. “Si la prensa de aquí dice la verdad, ¿por qué prohíben los medios rusos?”, pregunta Alex a en referencia al bloqueo de RT y Sputnik en la Unión Europea. “La guerra no es en absoluto contra el pueblo de Ucrania, es contra el fascismo. Y eso es la mitad de Ucrania”, asegura Igor. Todos escucharon el discurso del presidente Vladimir Putin antes de venir al monumento. Todos lo apoyan. Putin sólo quiere la paz, dicen. 

“Vivo en Alemania. Soy un alemán de Rusia retornado. Pero, en realidad, somos los hijos de la Unión Soviética y eso es sagrado”, dice Vladimir, enfundado en una camiseta con las iniciales en cirílico de la URSS. “No me gusta nada lo que está pasando, ese acoso a Rusia, el odio que hay contra Rusia. Yo soy soviético, comunista, y no me gusta que los tiempos soviéticos sean ahora ensuciados, escupidos, igual en donde sea”. 

Ludmila sostiene una foto de su padre Andrei, héroe militar soviético que defendió Stalingrado y Moscú. Está aquí hoy con su hija Svetlana para honrar la memoria de los que cayeron haciendo lo mismo que él. Originarias de Moldavia, niegan sufrir rusofobia en Alemania, rechazan la guerra en Ucrania y aseguran ayudar a refugiados ucranianos. Ludmila se agarra a lo divino para espantar los fantasmas de una Tercera Guerra Mundial: “Espero que Dios devuelva la razón a los presidentes de ambos países y que la guerra entre Ucrania y Rusia acabe pronto”.


Reportaje publicado por El Periódico de Catalunya.

viernes, 17 de enero de 2020

El asesinato de Soleimani salpica a una base de EEUU en Alemania

La onda expansiva política y diplomática generada por el asesinato del general iraní Qasem Soleimani el pasado 3 de enero en Bagdad podría rebasar el territorio de Oriente Próximo. Alemania es una de las fichas de ese movimiento militar de Estados Unidos para la que también debería haber consecuencias. Esa es al menos la opinión del veterano activista y antimilitarista alemán Hermann Theisen. El asesinato extrajudicial de Soleimani habría sido imposible sin la participación de la base militar estadounidense situada en la ciudad alemana de Ramstein, asegura. 

“Hoy sabemos que los drones militares operados desde Estados Unidos utilizan el repetidor de la base de Ramstein para llevar a cabo sus ataques en Oriente Medio. Y lo sabemos porque, debido a la curvatura de la tierra, un pilotaje sólo con la ayuda de satélites genera un retraso en la transmisión de datos que provoca, a su vez, que los ataques pierdan efectividad y exactitud”, me explica por teléfono Theisen. “Hasta ahora se desconoce si hay otra base con un repetidor como el que tiene Ramstein que pudiera servir de alternativa para las operaciones militares de Estados Unidos en Oriente Próximo. Ello nos lleva a concluir que los ataques de dron como el ejecutado contra Soleimani se realizan a través de Ramstein”. 

Historial de denuncias 

“Denuncia contra Ramstein”. Este fue la noticia que algunos pocos medios alemanes recogieron la semana pasada. Un activista anónimo había interpuesto una denuncia contra la base militar estadounidense en el estado federado de Renania Palatinado por “colaboración o participación en el pilotaje de un dron de combate en el asesinato del iraní Soleimani y de otras personas”. La fiscalía de Zweibrücken confirmó la recepción de la denuncia, cuyo autor fue el mismo Hermann Theisen.

Ramstein acumula un largo historial de denuncias contra prácticas que presuntamente violan la legislación alemana y la soberanía nacional del país. En 2016, el eurodiputado verde Hans-Christian Ströbele ya interpuso una denuncia contra el centro de operaciones militares por su participación en los ataques de Estados Unidos en Oriente Próximo y África. 

En 2015, la publicación por la revista alemana Der Spiegel y el portal The Intercept de los llamados “Drone Papers” - que dejaron a la luz documentos militares estadounidenses - ya apuntó el papel clave que juega Ramstein en la “guerra de drones” global llevada adelante por el ejército estadounidense y la CIA ya desde la anterior administración de Barack Obama. 

La ejecución de Soleimani no hace más que volver a poner sobre la mesa del poder judicial alemán un espinoso tema con implicaciones diplomáticas y políticas que incomodan al gobierno de Berlín. En 2013, el libro “Geheimer Krieg” ("Guerra secreta"), de los periodistas de investigación Christian Fuchs y John Goetz, lo expuso de una manera menos diplomática de lo que le gustaría al poder político alemán: “El gobierno federal es el anfitrión del comando militar de Estados Unidos sin el permiso del Bundestag”. 

Precedente judicial 

“El estatus de las tropas de la OTAN estacionadas en Alemania establece que están obligadas a respetar las leyes del estado en que el residen”, argumenta Hermann Theisen. “En el caso de las disposiciones legales que tienen que ser cumplidas por las tropas extranjeras en Alemania, destacan la prohibición de una agresión militar, establecida por el artículo 26 de la Constitución alemana, así como el respeto del derecho internacional”. El asesinato extrajudicial de Soleimani, en caso de haberse ejecutado con la participación de la base, quebranta ambas obligaciones legales.

El incómodo rol de Ramstein ya generó el año pasado una sentencia considerada un antes y un después en el encaje legal de la base en el orden constitucional de Alemania: el Tribunal Superior Administrativo de Münster ordenó al gobierno de Angela Merkel a comprobar la legalidad de las operaciones militares que Estados Unidos lanza desde la base. La sentencia llegó tras la denuncia de tres ciudadanos yemeníes que perdieron familiares en un ataque con drones estadounidenses en 2012.

  

“Esa sentencia apunta que las consultas del gobierno alemán al estadounidense son insuficientes, y que Berlín podría tener que exigir a Washington la aportación de pruebas de que sus tropas están respetando las leyes alemanas”, analiza Thiesen. En el aire queda si su denuncia dejará de ser un mero gesto simbólico para convertirse en otro precedente legal. 

El veterano pacifista, que lleva desde la década de los 80 militando en el antimilitarismo y que incluso ha pasado en tres ocasiones por prisión por su activismo y sus actos de insumisión, confía en la independencia judicial de su país: “Por mi propia experiencia, puedo decir que Alemania tiene un Estado de Derecho que funciona”.


viernes, 23 de septiembre de 2011

Nada es lo que parece

En la política turca nada es lo que parece. Ésta es una de las máximas con las que se manejan los periodistas extranjeros en este país para intentar no errar en sus análisis. Es algo en lo que coinciden Andrés Mourenza, que trabaja para la agencia EFE y El Periódico de Catalunya, y Ricardo Ginés, quien lo hace para La Vanguardia. No en vano, “sólo los charlatanes y los imbéciles creen comprenderlo todo” y “mejor me callo” son dos citas sacadas de sus respectivos blogs periodísticos cocinados desde Estambul. Dos sentencias que parecen advertir a cualquiera que se enfrente a la tarea de explicar tanto el conficto kurdo como cualquier otro asunto espinoso de la realidad política interior y exterior de Turquía sobre la dimensión de la empresa. Y en ésas estoy yo.

Seguir leyendo en Contrast.es

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Conflicto kurdo: entre la búsqueda del consenso y el rebrote de la violencia



“Algo ha pasado en Ankara. Un coche bomba, parece”, me dice nervioso Murat Sofuoglu, coordinador de la ONG Ekopoltik, tras atender una llamada y colgar el teléfono. El diario on-line de izquierdas y pro-derechos humanos Bianet informa de una “explosión en un minibus” en una céntrica calle de la capital administrativa de Turquía, cerca de un edificio gubernamental y una escuela. Hay al menos tres muertos y de decenas de heridos, además de numerosos coches destrozados y cuantiosos daños materiales. Aunque el ministerio del Interior turco no confirma en un primer momento que se trate de un ataque terrorista, las agencias ya apuntan justo después de la explosión a la autoría del PKK: en opinión de los “expertos en seguridad” a los que suelen recurrir las agencias, para los islamistas radicales no tiene mucho sentido realizar un ataque en Ankara, donde precisamente está el Gobierno islamista moderado del primer ministro Erdogan, mientras que para los círculos de la debilitada extrema izquierda el atentado parece demasiado bien preparado.

Seguir leyendo en Contrast.es

martes, 20 de septiembre de 2011

La "cuestión kurda": disección de un conflicto

Oficialmente recibe el nombre de “cuestión kurda“, un eufemismo que sirve para denominar el largo conflicto librado dentro y más allá de las fronteras de Turquía entre el Estado turco y su minoría kurda de entre 12 y 15 millones de personas. Un conflicto cuya expresión más sangrienta es la guerra de baja intensidad que desde la década de los ochenta enfrenta al Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) -grupo armado clasificado como terrorista por la Unión Europea y Estados Unidos- y el ejército y la policía turcas. Una guerra de baja intensidad que ya ha dejado por el camino un reguero de más de 40.000 muertos, además de millones de desplazados dentro de la propia Turquía. Éste es el primer post de un viaje de dos semanas por Estambul y Diyarbakir para intentar diseccionar el actual momento que atraviesa este conflicto sin aparente final.

Seguir leyendo en contrast.es.

martes, 1 de septiembre de 2009

De vuelta de Oriente Próximo...


De vuelta. De vuelta de una tierra marcada por la guerra, de una tierra que se no deshace del odio ni puede mirar hacia delante sin mantener uno ojo puesto en el pasado, una tierra regada por la sangre derramada por fanatismos varios. Ya estoy de vuelta de dos realidades separadas por apenas 30 kilómetros, pero a años luz si comparamos sus condiciones de vida. La sociedad israelí, esquizofrénica con la paraonia de la seguridad, con un tembleque eterno causado por el convencimiento de que la existencia del Estado judío sigue pendiendo de un hilo. La palestina, traumatizada por décadas de guerra y destrucción, de ocupación, falta de soberanía y libertad.

Tel-Aviv, Yaffa, Herzeliya, Jerusalén, Ramalla, Jenín, Hebrón, Nablús... ciudades donde abundan las miradas cargadas de desconfianza, donde se pueden escuchar frases henchidas de odio. Sin embargo, las ansías de venganza parecen estar deshinchándose irremediablemente. Demasiada sangre derramada para nada, piensan muchos. El estancamiento en la sociedad palestina parece haber acabado por convencer a la parte más débil del conflicto que esta guerra no la ganará militarmente. Por otra parte, la presión internacional ha disuadido a la mayoría de israelíes de que sólo la creación de un Estado palestino permitirá alcanzar lo más parecido a eso que llaman paz. Durante los próximos meses veremos un reinicio de las negociaciones de paz entre la Atoridad Nacional Palestina de Abu Mazzen y el Gobierno de Netanyahu, nos dijeron varios periodistas israelíes.

Tras una semana de acaloradas discusiones sobre el conflicto y el concepto de verdad en situaciones bélicas, y cinco días vagando por Cisjordania, para mi hay dos puntos difícilmente rebatibles: 1) el Estado de Israel ha construido, tanto dentro de sus fronteras como en los territorios ocupados palestinos, un sistema de segregación que si no es igual al apartheid surafricano, se parece bastante. 2) El hastío provocado por la guerra y el enfrentamiento estéril permitirá algún día alcanzar una convivencia sin violencia. Una paz duradera y de bases fuertes parece, hoy por hoy, algo inalcanzable.

Entrevistas, charlas informales, caminatas, viajes en camión, furgoneta, autobús y coche, fotos, notas y reflexiones. Ahora toca ordenarlo todo y escribir. Lo tendréis todo aquí y en otros sitios de la galaxia cibernética.

domingo, 17 de agosto de 2008

Guerra en Georgia: ¿Rusia, el único culpable?

Rompo el silencio tras una semana de exilio estival en Alicante. Desde allí, entre baños y salidas nocturnas, he seguido espantado la guerra entre Georgia y Rusia por los territorios de Osetia del Sur y Abjazia. Causalmente, justo hace un año tuve la oportunidad de visitar Armenia, país vecino de Georgia y corazón del Cáucaso, esa región estratégica cargada con una historia llena de guerras.

Durante mi visita a Armenia, acompañada de la excelente fotógrafa barcelonesa Mar Costa (con la que cofirmé el reportaje Armènia, un país marcat per un genocidi publicado en el Setmanari Directa), tuvimos la oportunidad de conocer a un buen puñado de georgianos y armenios, que nos explicaron por qué el Cáucaso es una zona tan codiciada por las grandes potencias. Más concretamente, por Estados Unidos y Rusia. Recuerdo que en mi escala en Moscú, antes de volar a Yereván, leía cómo los diarios rusos editados en inglés abrían con las tensiones entre Tibilisi y Moscú por una presunta violación del espacio aéreo georgiano de la aviación rusa. Un aviso de la trágica guerra que ahora no tiene visos de cerrarse tan fácilmente pese a la firma del presunto plan de paz.

En efecto, Estados Unidos y Rusia pugnan desde hace años por hacerse con el control del Cáucaso, una región que ha sido y probablemente volverá a ser el escenario de conflictos bélicos nacidos en la post Guerra Fría. Rusia, sin duda, busca mantener su recuperada condición de imperio del Este nacida al calor de su poder energético. Pero Estados Unidos tampoco puede aparecer como inocente defensor de la democracia georgiana. Washington ha armado a Georgia porque le interesa tener como fiel aliado a un país cruzado por el oleoducto procedente de Baku, Azerbayán (por cierto, sigue mal cerrada una guerra entre Armenia y Azerbayán por el territorio de Nagorno Karabaj; pero, claro, esa guerra no interesa). Dan ganas de reir cuando ves a los mandatarios estadounidenses aparecer antes las cámaras como inocentes defensores de un pequeño país que ahora ha sido atacado por el maligno y renacido Imperio ruso. Aquí cada uno debe asumir la parte de culpa que le toca.

Y desde Europa, más exactamente desde Berlín, llega Angela Merkel con la cantinela de que, aunque "nadie es culpable absoluto de un conflicto", Rusia ha usado desproporcionadamente la fuerza contra Georgia. Un prueba más de que la Unión Europea sigue yendo a remolque de los Estados Unidos, a través de la OTAN, en cuestión de política exterior. Sin voz común y sin palabras claras ni verdaderas.

Dos conclusiones:

- El gran perdedor de esta guerra ha sido Georgia: Tibilisi díficilmente podrá mantener su integridad territorial y Occidente sólo intervendrá cuando vea en peligro el control del oleoducto que cruza el país caucásico.

- El Cáucaso será muy probablemente el escenario de nuevos conflictos post Guerra Fría en la lucha por mantener o recuperar el control de las canales energéticos.

P.D: la foto que abre este post fue tomada en el norte de Armenia, cerca de la frontera con Georgia, en agosto de 2007.