lunes, 21 de junio de 2021

Esclavos españoles en el Muro Atlántico de Hitler



Antonio Muñoz buscaba en realidad documentos oficiales sobre las relaciones entre España y Alemania en la década de los 60 y 70 – su especialidad académica –, cuando se encontró con archivos sobre unos juicios sobre los que ni él ni casi nadie había escuchado antes; en esos procesos celebrados en la década de los 60 en Colonia, españoles republicanos en el exilio aseguraban haber sido explotados por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial en la Francia ocupada. 

Reclamaban una indemnización como perseguidos políticos del fascismo alemán como la que habían recibido sus compañeros republicanos deportados a campos de concentración en el Reich. Algunos la consiguieron, a otros les fue denegada. Ese hallazgo fue la primera piedra de la exposición Rotspanier. Trabajadores forzados españoles en la Segunda Guerra Mundial. Víctimas olvidadas del nazismo, recientemente inaugurada en el Centro de Documentación del Trabajo Forzado Nazi de Berlín y abierta hasta el 30 de octubre. 

“En esos documentos encontré todo un mundo, a miles de españoles que habían trabajado en el Muro Atlántico”, cuenta Antonio Muñoz, historiador asturiano y comisario de la muestra. El Muro Atlántico fue el intento de Adolf Hitler de levantar una línea defensiva a lo largo de toda la costa occidental de Francia. El objetivo de la sucesión de búnkeres y bases submarinas construidas entre Hendaya y el Cabo Norte era rechazar el previsible ataque aliado. 

Esas infraestructuras defensivas, responsabilidad de un organismo paramilitar llamado Organización Todt (OT) que seguía al ejército alemán, fueron levantadas en buena parte por las manos de trabajadores esclavos. Unos 35.000 de ellos fueron republicanos españoles, bautizados despectivamente por los nazis como “Rotspanier” (españoles rojos). Alrededor de 50.000 fueron a forzados a trabajar por la Alemania nazi en el conjunto de sus territorios. 


Organización Todt 

La OT, en sus inicios dirigida por el ingeniero Fritz Todt y que después quedó bajo el control del arquitecto nazi Albert Speer – condenado a 20 año de prisión en los juicios de Núremberg –, se convierte en “el pilar fundamental de la economía de guerra alemana, siendo el mayor empleador de la ‘Europa de Hitler’”, explica el libro de la exposición. “En poco más de cinco años, la Organización Todt ha completado el programa de construcción más impresionante desde la época de los romanos”, apuntaban asombrados los servicios secretos del ejército británico en marzo de 1945. 

La OT, que se financió con el dinero de los bancos de los países ocupados, contó con grandes recursos y repartió contratas entre empresas privadas francesas, belgas y alemanas para que ejecutasen la construcción de puentes, fortificaciones o rampas de lanzamientos de misiles. Algunas de esas compañías todavía existen hoy: Hochtief – ironías del destino, ahora mayoritariamente en manos de la española ACS –, Hans Blatzheim Hochtiefbau, Franz Gassen o Keller Bau son sólo algunas de ellas.

“La OT destruyó la mayor parte de sus expedientes al final de la guerra. Por eso, la investigación es tan complicada. Hasta prácticamente la década de los 80 no hubo publicaciones”, explica Peter Gaida, historiador alemán y el otro curador de la exposición. “La actividad de la OT en Rusia y en Bielorrusia, por ejemplo, todavía está por investigar. Digamos que es una gran desconocida dentro de la historiografía alemana. Y ello tiene que ver con que durante muchas décadas no se la consideró una organización específicamente nazi”, añade Antonio Muñoz 


“La historia de un pueblo” 

“La de mi padre no es la historia de un hombre, es la historia de un pueblo”, dice José Ruiz, hijo de Carlos Ruiz García. Este último, fallecido en 2006, fue uno de los miles de “españoles rojos” esclavizados por el nazismo. Escribió el libro Carta a un amigo, en el que explica su paso por un campo de trabajo forzado de Burdeos. Le pidió a su hijo que no lo publicase hasta su muerte. “Buena parte de esa generación no se atrevió a contar lo vivido por miedo y por vergüenza”, explica José Ruiz al teléfono desde Francia. Perder la guerra y convertirse en apátridas fue tan duro y vergonzoso para los republicanos españoles que muchos prefirieron guardar silencio durante décadas sobre la esclavitud sufrida. 

La biografía del barcelonés Francisco Font también forma parte de esa historia olvidada: huye a Francia en 1939 tras haber defendido la República durante la Guerra Civil. En 1941, es deportado por la OT a la ciudad de La Rochelle, donde es forzado a construir un búnker submarino. En el invierno de 1942, él y 1.500 españoles republicanos son enviados al archipiélago de las Islas del Canal, el único territorio británico ocupado por los nazis. Allí sufre trabajo esclavo y es testigo de las crueldades sufridas por los peones forzados soviéticos y judíos. Tras la liberación de las islas, decide a quedarse a vivir allí y luchar por la memoria de lo ocurrido. Tras su muerte en 1979, su hijo Gary Font continuó esa lucha. 

Celestino Alfonso nace en 1916 en Salamanca. Emigra a París con sus padres cuando todavía era un niño. Allí aprende el oficio de carpintero y comienza a militar en las juventudes comunistas. En 1936, decide volver a su país para defender a la República del golpe militar. Tras la derrota, huye a Francia y es internado en el campo de refugiados de Argelès. Tras la ocupación nazi, es deportado a Berlín para trabajar forzosamente. Pero consigue volver a Francia, donde se une la resistencia. En 1943, mata a un oficial de las SS. Finalmente, es detenido por los servicios secretos de la República francesa de Vichy, colaboracionista del nazismo, condenado a muerte por un tribunal de guerra y ejecutado en París en 1944. 

La historia de los republicanos españoles esclavizados por el nazismo es como un rompecabezas al que le faltan muchas piezas. El proyecto http://rotspanier.eu, impulsado por la Universitat Rovira i Virgili y cofinanciado con fondos de la UE, pretende subsanar esa debilidad de la memoria histórica española y europea. Los siguientes pasos serán un congreso el próximo octubre en Berlín y la previsible llegada de la exposición a Barcelona y otras ciudades españolas. “Estamos empezando a investigar. Nos falta un cuadro completo”, avanza Antonio Muñoz.


Reportaje publicado por El Periódico de Catalunya.

viernes, 7 de mayo de 2021

Ultraderecha y ecología: del ecofascismo al negacionismo climático

¿Es el ecologismo intrínsecamente progresista? ¿Es la defensa del medio ambiente una bandera política exclusivamente de la izquierda? ¿Coinciden todos los partidos de ultraderecha en negar el cambio climático y el calentamiento global? Una mirada a la historia del ecologismo y del fascismo apunta claramente al “no” como respuesta a estas tres preguntas. 

“Puede resultar sorprendente saber que la historia de las políticas ecologistas no fue siempre inherente y necesariamente progresista y benigna. De hecho, las ideas ecologistas arrastran una historia de distorsión y manipulación al servicio de fines altamente regresivos, e incluso de utilización al servicio del propio fascismo”, escribieron en 1995 Janet Biehl y Peter Staundenmaier en el prólogo a la primera edición de su libro Ecofascismo. Lecciones sobre la experiencia alemana (editado en castellano por Virus). Esa situación parece haberse agravado desde entonces con el avance electoral de diversas fuerzas políticas de ultraderecha que, en parte, entroncan con la tradición posfascista europea. 

El libro de Biehl y Staundenmaier navega por la historia del fenómeno bautizado como “ecofascismo” e indaga en las raíces de la llamada “ala verde” del nacionalsocialismo alemán: es decir, la confluencia entre el naturismo y el nacionalismo forjada por la “influencia del irracionalismo antiilustrado de las tradiciones románticas del siglo XIX”. Esa convergencia sirvió a posteriori al nacionalsocialismo hitleriano para dar un barniz ecologista al principio de Blut und Boden (sangre y tierra): es decir, cuidado del medio ambiente de la patria como condición para mantener el “espacio vital” de la “raza alemana”. La ecología defendida por los nazis no era otra cosa que un nacionalismo etnicista que se creía arraigado en la tierra, una ideología construida sobre misticismo naturalista, el irracionalismo y el antihumanismo. 

Ese ecofascismo llega a hasta nuestros días: aún hoy siguen surgiendo en diferentes regiones poco pobladas de Alemania comunidades rurales de econazis que pretenden vivir en armonía con el medio ambiente, cultivan la agricultura orgánica y recuperan granjas abandonadas o pueblos vacíos con la perspectiva de convertirse en una alternativa a la sociedad industrial, multicultural, globalista y urbana. Es la versión reaccionaria, antisemita y antimoderna de la cultura bio, tan del gusto entre las clases medias de Alemania y otros países occidentales, como explican los periodistas alemanes Andreas Röpke y Andreas Speit en su obra Völkische Landnahme. Alte Sippen, junge Siedler, rechte Ökos (Conquista nacional de tierra. Viejos clanes, jóvenes colonos y ecologistas de derecha). El libro describe cómo el econacionalismo atraviesa el espacio político de la ultraderecha alemana: lo defienden desde pequeños colectivos rurales que se consideran a sí mismos los herederos de la pureza germánica hasta el partido neonazi NPD. 

Pero las pretensiones medioambientalistas dentro del actual movimiento reaccionario están lejos de ser unitarias: si bien la ultraderecha comparte una serie de elementos ideológicos y también estrategias comunicativas que se repiten en prácticamente todos los países con partidos relevantes de extrema derecha o derecha radical, estas formaciones difieren en numerosos campos –lo que hace precisamente complicado el avance de los frentes internacionales que la francesa Marine Le Pen o el italiano Matteo Salvini han intentado poner en marcha como una suerte de Caballo de Troya dentro de la Unión Europea–. 

La protección del medio ambiente es una de las dimensiones en las que reina la diversidad de opiniones dentro de la ultraderecha europea y global, un asunto sobre el que algunos partidos ultras muestran posiciones contradictorias dentro de sus diferentes facciones y, en ocasiones, sobre el que ni siquiera tienen ideas ni propuestas claramente definidas. 


Escépticos, cautos y afirmativos 

A inicios de 2019, a pocos meses de las últimas elecciones europeas, el centro de estudios políticos Adelphi publicó el informe Convenient Truths. Mapping climate agendas of right-wing populist parties in Europe. Partiendo de la hipótesis de que el aumento de eurodiputados de partidos de ultraderecha podría tener un serio impacto en la agenda verde de la UE, el informe comparó las posiciones medioambientales y respecto a la cuestión climática de una veintena de partidos de ultraderecha con presencia en Parlamento Europeo. 

“A pesar de que se oponen mayoritariamente a las políticas climáticas y de transición energética, hay importantes excepciones. Un grupo de partidos exhibe una especie de patriotismo verde que apoya enérgicamente la conservación ambiental, pero no la acción climática. Otras formaciones políticas abogan por cuotas de energía renovables en pos del aire limpio y de la independencia energética”, apunta el estudio. 

 
Para intentar ordenar la diversidad de posiciones sobre las políticas ambientales y contra el calentamiento global, los analistas de Adelphi establecen una triple categoría con la que clasifican a las diferentes fuerzas políticas de ultraderecha: los “escépticos o negacionistas” – aquellos que ponen en duda o rechazan el consenso científico sobre el cambio climático generado por la acción humana–; los “cautos” –que no tienen una posición claramente definida y/o le dan una importancia menor a la cuestión medioambiental–; y los “afirmativos” –los que desde posiciones pragmáticas apoyan el consenso sobre la necesidad de frenar el calentamiento global y apostar por la preservación ambiental por considerar que la inacción afectará gravemente los intereses nacionales de sus países–. 

A continuación, y usando como base la clasificación de Adelphi, pasamos a analizar la actual posición de los partidos de extrema derecha más importantes de Francia (Rassemblement National, RN), España (VOX), Alemania (AfD), Austria (FPÖ) e Italia (Lega), países con relevantes diferencias históricas, económicas y sociales que nos pueden dar una idea de hacia dónde podría evolucionar la ultraderecha europea respecto a las políticas verdes: 


Econacionalismo lepenista. Con unas elecciones regionales y presidenciales en el horizonte, el RN de Marine Le Pen lleva tiempo rearmándose dialécticamente para convertirse en una alternativa real a la Francia en Marcha del presidente Emmanuel Macron. En su intento de parecer más presidencial, Le Pen ha moderado su discurso, en el que ha incluido más propuestas para la protección del medio ambiente y de los animales. Ese barniz verde parece perseguir la suma de las clases medias al proyecto lepenista.

“Más que competir con partidos liberales en el terreno de la ecología, la apuesta de Le Pen consiste en adaptarse al contexto: el ecologismo, un tema menor hace cinco años, ha crecido mucho en Francia, está muy presente en la cuestión pública y el electorado. Le Pen no quiere parecer una candidata en contra del signo de los tiempos. Lo mismo hace, por ejemplo, con el feminismo, que combina con la islamofobia”, apunta Enric Bonet, corresponsal en Francia para diferentes medios. 

El periodista no duda en confirmar el carácter “cauteloso” del lepenismo respecto a la cuestión medioambiental. “La principal inspiración del partido de Le Pen no es el ecofascismo –es decir, la tradición de los años 30–, sino la Nueva Derecha de los 70 de Alain de Benoist”, continúa Bonet. “La palabra clave aquí es localista, es decir, defender la vida arraigada en un lugar en contraposición con la metrópoli y la movilidad. El concepto clave es el etnodiferencialismo a la hora de defender ciertas propuestas de apariencia ecológica y de defensa del medio ambiente”. 

Las dudas de VOX. El programa electoral del partido de extrema derecha español (“100 medidas urgentes para España”) sólo contiene dos propuestas cercanas al ecologismo: un Plan Hidrológico Nacional unitario que respete “la sostenibilidad de los recursos hídricos y de los ecosistemas” y un Plan de Energía que permita “la autosuficiencia energética” de forma “sostenible, eficiente y limpia”. 

“Mi impresión es que VOX no tiene una posición definida sobre la lucha contra el cambio climático y la defensa del medio ambiente. Tiene una posición muy errática”, dice el politólogo e investigador de la Universidad Complutense de Madrid Guillermo Fernández. “Duda entre adaptarse a una postura econacionalista que reconozca el cambio climático para afrontarlo en clave patriótica o decantarse por la defensa de los intereses de la agricultura intensiva de Murcia, Almería y algunas zonas de las Castillas, una agricultura que necesita básicamente agua y negar el cambio climático. Entre esas dos posturas, VOX parece apostar últimamente por la segunda”, apunta Fernández. 

Esa tendencia hacia el negacionismo del cambio climático coloca al partido español, de momento, más bien en la órbita trumpista, en opinión del politólogo de la UCM, que ve a VOX lejos todavía de posiciones más elaboradas como el econacionalismo desplegado por la extrema derecha francesa. “Las corrientes econanacionalistas son muy minoritarias dentro de la formación. Y creo que eso no va a cambiar. El partido está más cerca de las posiciones del expresidente José María Aznar que de los viejos sectores de la extrema derecha ecofascista, que tienen una cierta sensibilidad conservacionista”.

Negacionismo compartido de AfD y FPÖ. “¡Me gusta el motor diésel!”, gritaba Björn Höcke, líder de Alternativa para Alemania (AfD) en la última campaña electoral para las elecciones del estado de Turingia en 2019, en las que la ultraderecha alemana fue el segundo partido con más del 23% de los votos. Más allá de cierta defensa folclórica del paisaje y del típico bosque germano agitado por su ala más radical (cercana al neonazismo), el discurso predominante dentro del partido ultraderechista más exitoso de la historia de la República Federal se sitúa claramente en el negacionismo del cambio climático. 

A la espera de publicación del programa electoral para las elecciones federal del próximo septiembre, basta con echar un vistazo a su anterior programa para certificar lo apuntado: “El clima cambia desde que la tierra existe. La política climática del gobierno federal se basa en modelos climáticos hipotéticos y no probados”, dice AfD para criticar el apoyo de Alemania a los acuerdos internacionales contra el calentamiento global y su apuesta por las energías renovables, a la que acusa del encarecimiento de la factura eléctrica. AfD se opone, por ejemplo, a la instalación de molinos eólicos que “destruyen el paisaje y suponen una amenaza mortal para los pájaros”. 

El FPÖ –partido de ultraderecha austriaco con mucho más recorrido histórico que AfD, pero que comparte muchas posiciones con la ultraderecha alemana– se suma al negacionismo o sencillamente ignora la cuestión. El exjefe del partido austriaco, Heinz-Christian Strache, llegó a calificar el debate sobre cómo combatir el calentamiento global de “propaganda” y “religión climática”. El FPÖ sí se opone, sin embargo, a la energía nuclear y apuesta por las fuentes renovables, un asunto sobre el que hay consenso en Austria. En un momento en el que Los Verdes cogobiernan en el país alpino y apuntan a entrar en el gobierno federal en Alemania, la ultraderecha de ambos países busca un marco argumental alternativo al ecoliberal. 

El oportunismo de la Lega. El partido de Matteo Salvini es probablemente la más camaleónica de las formaciones expuestas en este artículo. Con unos orígenes independentistas del norte de Italia y de tendencias xenófobas con la parte sur del país, La Lega de Salvini se ha alineado por lo general con la línea negacionista del cambio climático defendida por AfD y FPÖ. Como apunta el informe del centro de estudios Adelphi, por ejemplo, a nivel europeo la Lega se ha opuesto a todas las medidas presentadas por la Comisión contra el cambio climático. 

Pero el oportunismo podría ser la mejor palabra para definir su posición medioambiental: como parte del actual gobierno de coalición italiano liderado por el primer ministro Mario Draghi, la Lega apoya la reducción de emisiones, el reciclaje o la reducción de residuos. Unir el combate del cambio climático con el tema migratorio sea tal vez la mejor manera de describir ese oportunismo: “Es una locura explotar un asunto serio como el cambio climático para legitimar la inmigración ilegal”, ha llegado decir Salvini para atacar el discurso que advierte sobre los flujos migratorio del sur al norte que ya está generando el calentamiento global. 


La amenaza del marco reaccionario “La experiencia de la rama verde del fascismo alemán es un recordatorio aleccionador de la volatibilidad política de la ecología”, atinan a recordar los autores del libro Ecofascismo. Biehl y Staundenmaier coinciden con los periodistas alemanes Andreas Röpke y Andreas Speit en apuntar los inicios de Los Verdes alemanes, partido con serias posibilidades de gobernar Alemania en un futuro cercano: la formación hoy ecoliberal, fundada en la década de los 80, tuvo en sus inicios una rama cercana al ecofascismo que finalmente acabó perdiendo la batalla fundacional y abandonando el partido. 

Que actualmente las políticas de protección climática y medioambientalista estén sobre todo en manos de formaciones de izquierda o liberales no significa que tenga seguir siendo así. Los autores del informe de Adelphi lo dicen con mayor claridad: “Una de las mayores amenazas para la implementación del Acuerdo de París no es el crecimiento de los partidos populistas escépticos con el cambio climático en Europa, sino el peligro de que los partidos centristas acaben adoptando su lenguaje y argumentos”.


Análisis publicado por Esglobal.org

sábado, 1 de mayo de 2021

“Detrás de todo esto hay un plan"

Pequeños empresarios afectados por las restricciones ante la pandemia, ciudadanos descontentos con el gobierno de Angela Merkel, yoguis defensores de la medicina alternativa, neonazis, votantes de la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD), militantes de la izquierda extraparlamentaria "huérfana de partido": estos son sólo algunos de los perfiles que llevan meses participando en las marchas contra las restricciones que recortan los derechos fundamentales en Alemania. 

Desde el pasado mes de marzo, cuando comenzó oficialmente la pandemia, se han venido sucediendo marchas y protestas - algunas con gran afluencia, otras minoritarias -. El bautizado como movimiento anticorona alemán es, probablemente, la expresión de descontento más heterogénea que vive Alemania desde los inicios en Dresde de PEGIDA (Patriotas Europeos contra la Islamización de Europa), que hoy es ya un fenómeno en decadencia y exclusivamente ultraderechista.

En un año en el que se celebrarán elecciones federales - a las que ya no se presentará Merkel -, es una incógnita qué impacto puede tener este díficilmente clasificable movimiento en el tablero político alemán. Los anticorona alemanes o "Querdenker" ("pensadores transversales", como se autodefine una de las plataformas convocantes de las protestas) siguen siendo minoritarios, pero la mala gestión de la pandemia por parte del gobierno ofrece margen para que el descontento se acabe canalizando de alguna forma las urnas. Algunos autores trazan ya ciertos paralelismos con el tercerposicionismo o el Querfront que acosó a la República de Weimar en la década de los 30 del siglo pasado.

Recientemente cubrí para El Periódico de Catalunya la última gran marcha contra la aprobación de una ley que da base constitucional a las actuales restricciones de las libertades ciudadanas. De ahí salió este breve pero jugosa videocrónica sobre una protesta sobre la que mucho se escribe pero con cuyos protagonistas poco se habla:

“Detrás de todo esto hay un plan" 

“¿Qué tipo de plan?" 

 “Eso no lo sabe nadie"



lunes, 12 de abril de 2021

Can Dündar: "La UE ha sacrificado sus principios"

Can Dündar sabe lo que se siente al ser amenazado personalmente por el presidente turco. "La persona que escribió ese artículo lo pagará caro", dijo en 2015 Recep Tayyip Erdogan después de que el diario Cumhuriyet, dirigido entonces por Dündar, publicase una información exclusiva sobre la entrega de armamento a rebeldes islamistas sirios de manos de los servicios secretos turcos. Sobre el periodista pesa desde el pasado diciembre en Turquía una condena de prisión de más de 27 años de cárcel por espionaje y apoyo a organización terrorista. En 2016, después del fallido golpe militar contra Erdogan y cuando pasaba una estancia en España, decidió exiliarse en Alemania. En Berlín se ha convertido en una incómoda voz para el presidente turco y también para la postura europea hacia Ankara. Pude hablar con él.


¿Vive su país actualmente bajo una dictadura? 

No puedo decir que sea una dictadura porque aunque Erdogan intenta y pretende ser un dictador, hay gente que todavía resiste, personas suficientemente fuertes para resistir a la opresión. Pero sí puedo definir a mi país como un régimen autoritario, como un sistema de un solo hombre que quiere gobernar sin Parlamento, sin justicia ni medios independientes. No lo ha conseguido todavía porque sigue habiendo partidos que resisten, medios de comunicación que asumen el riesgo de decir la verdad y gente que se niega a vivir bajo una dictadura.

¿Cómo definiría la visita oficial de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y del presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, esta semana a Ankara? 

Como una decepción enorme para todas las fuerzas democráticas de Turquía que creen en la democracia, en los estándares europeos, en la libertad de prensa, en la igualdad entre hombres y mujeres, y en el secularismo. Esperábamos que la Unión Europea respaldara a los luchadores por la libertad en Turquía, pero en su lugar prefiere dar su apoyo a Erdogan en el peor momento de su carrera política.

¿Cómo se explica esa visita después del enorme retroceso autocrático sufrido por Turquía con Erdogan en el poder? 

La prioridad de la Unión Europea es frenar el flujo de refugiados de Siria, y necesita a Erdogan para que los mantenga en territorio turco en lugar de enviarlos a Europa. Esa es la primera razón. La segunda es que la UE no quiere enojar a Erdogan para evitar problemas en el Mar Mediterráneo, en el Mar Egeo frente a Grecia, y también una política exterior agresiva de Turquía. Y, por último, la UE no quiere que Erdogan se acerque a la Rusia de Putin y pretende que siga siendo parte de la OTAN.

 


En numerosas ocasiones se ha dicho que la UE necesita a Turquía más de lo que Turquía necesita a UE.

Sí, exactamente. Es un importante socio económico. Turquía es un país grande al que los países europeos pueden vender muchas cosas, por ejemplo, armas. Pero estamos hartos de esa imagen de Turquía como soldado que vigila la frontera de Occidente y de la OTAN, o como el mejor comprador de las armas producidas por otros estados de la OTAN. Queremos ser un socio igual y respetable de la familia europea. 

Para usted, como ciudadano turco, ¿ha perdido la UE toda credibilidad como un proyecto que dice fomentar los derechos humanos y el Estado de derecho en aquellos países que aspiran a convertirse en estados miembros del bloque? 

Yo ya no veo que la UE exista en la política mundial. Ya no es un actor en Oriente Medio, en el Extremo Oriente ni tampoco en África. Europa está perdiendo su poder de influencia en todo el mundo. Y lo mismo pasa en Turquía: Europa fue un día nuestro sueño, no por su riqueza, sino por sus principios democráticos. Pero mírela ahora: Turquía se niega a aceptar las decisiones del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, y Europa no puede hacer absolutamente nada al respecto. La UE está perdiendo su popularidad y su poder de influencia al tiempo que pierde sus principios. La UE ha sacrificado sus principios en favor de su quehacer cotidiano. 

¿Actúa la UE con hipocresía al criticar a Erdogan en público para firmar después con él acuerdos en privado? 

Absolutamente. Imagine por qué los líderes europeos no han querido reunirse con la oposición en Turquía. La cancillera Merkel ha visitado Turquía más que ningún otro país en los últimos años. ¿Por qué no se reunió con integrantes de la oposición? ¿Por qué la presidenta de la Comisión Europea no ha querido ver esta semana a familiares de presos políticos turcos?

Hace un par de años usted dijo: "Nosotros tenemos presos políticos y España tiene presos políticos. La única diferencia es que España es un estado miembro de la Unión Europea y Turquía es sólo un candidato". ¿Sigue pensando lo mismo? 

Sí, seguro. Turquía ha estado mostrando a España como un ejemplo de cómo ilegalizar partidos o arrestar a parlamentarios, y me parece vergonzoso para España que Erdogan la considere un ejemplo. Cuando en Turquía deciden ilegalizar un partido o encarcelar a un diputado, y la oposición critica esas medidas, el Gobierno responde: "Miren a España, miren a Catalunya, miren al País Vasco". Erdogan toma España como un ejemplo para justificar sus agresiones. Eso es algo triste también para Europa.

Entrevista publicada por El Periódico de Catalunya.

jueves, 18 de marzo de 2021

Debacle electoral de la CDU

El presidente de la CDU, Armin Laschet, insistió en la víspera de las elecciones regionales del pasado domingo en que no había que leer esos comicios en clave nacional. El peor resultado de la historia de su partido en los estados de Baden-Wurtemberg y Renania-Palatinado le deja, sin embargo, nulo margen para ello. 

El dirigente del partido conservador se vio obligado a reaccionar este lunes a seis meses de las elecciones federales a las que pretende presentar su candidatura a la cancillería: "El resultado electoral de la CDU en las dos elecciones regionales es decepcionante". Laschet sabe que necesita una reacción para intentar mantener su ambición de ser canciller. 

Los democristianos difícilmente pueden poner paños calientes sobre las dos derrotas del domingo: en el rico Baden-Wurtemberg, que un día fue uno de sus bastiones, la CDU quedó -con el 24% de los votos- a más de ocho puntos de Los Verdes tras perder tres puntos respecto a los comicios de 2016; en Renania-Palatinado, con 27,7% de los sufragios, el partido de Laschet perdió cuatro puntos y quedó a otros ocho de los ganadores, los socialdemócratas de la primera ministra Malu Dreyer. 

En ambos casos, la CDU tiene muchas papeletas para ser oposición: el primer ministro verde de Baden-Wurtemberg, Winfried Kretschmann, podría apostar por una coalición con los socialdemócratas y los liberales del FDP, fórmula conocida en Alemania como "Coalición Semáforo" por los colores de los tres partidos (verde, rojo y amarillo); con la reedición de ese mismo tripartito pretende también la primera ministra Dreyer seguir gobernando en Renania-Palatinado.


 

En campaña 

Ante los pésimos resultados que las encuestas siguen otorgando a los socialdemócratas para las elecciones generales -claramente por debajo del 20%-, la dirección nacional del SPD se agarra a una coalición con los ecoliberales y el FDP como posible gobierno alternativo a la CDU, que lleva liderando gobiernos federales 16 años de forma ininterrumpida. "La Coalición Semáforo es posible y vamos a luchar por ella", dijo este lunes el secretario general del SPD, Lars Klingbeil. 

El claro tono de campaña del SPD tras la primera cita con las urnas del superaño electoral en Alemania irrita a la CDU de Laschet. Democristianos y socialdemócratas siguen siendo socios de gobierno en la Gran Coalición que dirige el país. El presidente de la CDU criticó este lunes a los socialdemócratas y les que pidió más disciplina dentro del gobierno federal. Laschet intentó sacar una conclusión positiva de las elecciones del pasado domingo: "Los populistas de derecha perdieron en los dos estados", dijo en referencia al retroceso electoral de varios puntos de la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) que, sin embargo, sigue teniendo un sólido espacio electoral a la derecha de la unión CDU-CSU. 

Los malos resultados de AfD son, en todo caso, poco alentadores para el futuro cercano de la CDU: en una encuesta dada a conocer este lunes, los democristianos caen por debajo del 30% por primera vez desde el pasado febrero, poco antes del inicio oficial de la pandemia. La CDU parece abocada a un descenso electoral que podría agravarse con el adiós político de Angela Merkel.

Análisis publicado por El Periódico de Catalunya.