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sábado, 14 de diciembre de 2024

Putin, a través de los ojos de Merkel

El nombre del presidente ruso aparece 143 veces en “Libertad” - el libro de memorias recién publicado por la excanciller alemana -, más que ningún otro de los líderes con los que Merkel compartió reuniones y llamadas durante sus 16 años de Gobierno


Vladímir Putin, en una celebración en la sede de Stasi en Dresde. © Andreu Jerez Ríos

Cuando Angela Merkel se convirtió en canciller federal de Alemania en noviembre de 2005, Vladímir Putin ya lleva 5 años al frente de Rusia. Cuando la política democristiana dejó de ocupar la cancillería en diciembre de 2021, Putin seguía ahí, siendo presidente ruso. Ningún otro gran líder internacional estuvo tanto tiempo en el poder durante los 16 años de la ‘era Merkel’. Difícilmente haya habido un presidente con el que Merkel se haya reunido más veces que con Putin mientras estuvo en la primera línea de la política alemana e internacional. 

Esa convivencia en lo más alto del poder se proyecta en las memorias recién publicadas por Merkel bajo el título de “Libertad”: 143 veces aparece Putin mencionado en el libro con su apellido, más que Obama (56), Sarkozy (45), Bush (31), Tsipras (23), Cameron (12), Xi Jinping (3), Trudeau (3), Lula da Silva (2), Mariano Rajoy (2) o Pedro Sánchez (1), por poner sólo algunos ejemplos. De hecho, sólo dos nombres de esos líderes ocupan un espacio en el índice de las memorias merkelianas: “Almuerzo con George W. Bush” y “Esperando a Vladímir Putin” ha titulado la excanciller dos capítulos de la cuarta parte del libro de 740 páginas. 

Pese a sus evidentes diferencias, agrandadas tras el inicio de la invasión rusa de Ucrania, Angela Merkel y Vladímir Putin pudieron entenderse. Varios elementos de sus biografías hicieron la comunicación más fácil que entre Putin y otros líderes occidentales. En primer lugar, ambos vivieron en un país que ya no existe: la República Democrática Alemana (RDA), el sistema socialista oriental que se derrumbó tras la caída del Muro de Berlín en 1989. Merkel creció, se educó, se doctoró y vivió los primeros 35 años de su vida en la RDA. Putin vivió y trabajó como agente del KGB en Dresde entre 1985 y 1990, como todavía acreditan numerosos documentos hallados en lo que fue la central de la Stasi – la policía germanooriental – en la capital sajona. 

Merkel aprendió ruso tanto en la escuela como en la universidad, como cuenta en las 200 primeras páginas de sus memorias, dedicadas exclusivamente a la primera parte de su vida, la que trascurrió en la RDA, previa al inicio de su carrera política. Putin aprendió alemán durante su estancia en la Alemania oriental, además de diferentes estancias e intercambios en la Unión Soviética. “Su alemán era bastante mejor que mi ruso”, reconoce Merkel en uno de los pasajes dedicados a uno de sus encuentros con Putin. La lectura de los fragmentos de las memorias dedicados a Vladímir Putin son una valiosa documentación para entender mejor al presidente ruso a través de los ojos de Merkel. 


“Esperando Vladímir Putin” 

Junio de 2007, cumbre del G8 en el balneario de Heiligendamm, en la costa alemana del Mar Báltico. Merkel se encuentra en el ecuador de su primera legislatura como canciller y recibe a los líderes de los siete países más industrializados del planeta. Putin está entre ellos. Rusia busca reencontrar su posición en el mundo tras el trauma del hundimiento de la Unión Soviética y los años más duros de la terapia del shock económica, la privatización del patrimonio estatal y la transición al capitalismo de corte occidental. 

A las puertas de la cumbre, miles de manifestantes llegados de diferentes partes de Europa y del mundo protestan contra el modelo de planeta que proponen los líderes reunidos. Las marchas son uno de los últimos coletazos de lo que se llamó el movimiento altermundista o antiglobalización, nacido a finales del siglo pasado. Las fuertes medidas de seguridad y la presencia policial no evitan fuertes disturbios.

Dentro de la cumbre, el presidente Putin usa sus propios métodos para colocar de nuevo a Rusia en el mapa del poder internacional. “Antes de la cena, quería reunirme con los otros siete jefes de Estado y de Gobierno para tomar un aperitivo. El tiempo era bueno, podíamos sentarnos fuera. Los periodistas iban a la caza de fotos”, narra Merkel en la página 375 de sus memorias. “Sólo faltaba uno: Vladímir Putin. Esperamos y esperamos. Si hay algo que no soporto, es la impuntualidad. ¿Por qué hacía eso? ¿A quién intentaba demostrarle algo?", continúa Merkel. 

Finalmente, el presidente ruso llegó con 45 minutos de retraso. “¿Qué ha pasado?”, preguntó Merkel, casi preocupada. “Tú tienes la culpa. Más concretamente, la Radeberger”, respondió Putin. Radeberger es una marca de cerveza alemana que Putin conocía de su tiempo como agente del KGB en Dresde y que le gusta beber. Merkel decidió dejarle una caja como cortesía en la habitación de su hotel, como él mismo había pedido. “Parecía disfrutar siendo el centro de atención. Probablemente sentía mucha felicidad por haber obligado al presidente estadounidense a esperarle”, escribe la excanciller.


 

“Perdóname, Angela” 

 Putin y Merkel no se conocieron en la RDA. El primer recuerdo de un encuentro personal que la excanciller conserva se remonta a junio del año 2000, cuando ya era presidenta de la conservadora CDU. Su partido todavía estaba en la oposición cuando Putin visitó Berlín como presidente de la Federación Rusa. La primera visita de Merkel al Kremlin fue en febrero de 2002. El socialdemócrata Gerhard Schröder todavía era canciller de Alemania y Putin tendía la mano a Occidente. Un año antes, el presidente ruso había ofrecido un discurso ante el Bundestag. Recibió un aplauso prácticamente cerrado de los diputados federales alemanes. Merkel ocupaba un escaño como diputada democristiana.

En enero de 2007, Merkel visitó a Putin en su residencia privada en la ciudad de Sochi, en la costa rusa del Mar Negro. Antes de la reunión ante la prensa, el equipo de Merkel pidió al de Putin que evitase sacar a su labrador negro Koni, como ya había hecho el presidente ruso en la recepción de otros mandatarios. “Desde mi primera visita como canciller en 2006, Putin sabía que yo tenía miedo de los perros porque uno me había mordido en 1995”, cuenta Merkel en la página 380. La petición no sirvió de nada. Putin dejó entrar a Koni ante los focos de las cámaras y los flashes de los fotógrafos. 

Durante el intercambio de posiciones, el perro no sólo se paseó libremente por la sala, sino que llegó a sentarse a los pies de Merkel, quien, con gesto nervioso, intentaba mantener la calma mientras Putin dibujaba una sonrisa. “Interpreté por su expresión facial que estaba disfrutando de la situación. ¿Simplemente quería ver cómo reacciona una persona en apuros? ¿O era una pequeña demostración de poder?”, reflexiona Merkel. Preguntado al respecto, Putin dijo recientemente, 17 años después del episodio: “Perdóname, Angela. No quería causarte sufrimiento alguno”. 


‘No’ a Georgia y Ucrania 

Uno de los episodios que Merkel explica en su libro con más carga de actualidad es la cumbre de la OTAN en Bucarest de 2008. Sobre la mesa estaba la posible adhesión de Georgia y Rumanía a la alianza militar. Merkel, con el apoyo del presidente francés Sarkozy, se opuso a allanar el camino de entrada para ambos países. Y lo argumenta de la siguiente manera: “Discutir el estatus de Ucrania y Georgia sin analizar también el punto de vista de Putin fue, en mi opinión, una negligencia grave. Desde que Putin llegó a la presidencia de su país en el año 2000, hizo todo lo que estuvo en su mano para convertir de nuevo a Rusia en un actor en la escena internacional, al que nadie pudiera ignorar, especialmente Estados Unidos”. 

La entonces canciller tenía por tanto en cuenta las preocupaciones de seguridad del vecino oriental, algo que hoy puede costarle a un político alemán ser calificado de “Putinversteher” (un neologismo peyorativo que significa algo así como “comprensivo con Putin”). También puso en duda que la entrada de Ucrania y Georgia aumentara la seguridad de ambos países, así como la de la OTAN. La cumbre de Bucarest acabó sin un acuerdo sobre la posible adhesión de Georgia y Ucrania, pero la declaración final abría la puerta a su entrada “algún día”, una fórmula general que suponía una declaración de intenciones y un “reto” para Putin, argumenta Merkel. 

En un encuentro posterior, Putin le dijo al respecto: “Tú no serás canciller para siempre. Y entonces Ucrania y Georgia se convertirán en miembros de la OTAN. Y quiero evitarlo”. Merkel pensó para sus adentros que él tampoco sería presidente ruso para siempre. En diciembre de 2024, camino al tercer aniversario del inicio de la invasión rusa de Ucrania, Putin sigue gobernando Rusia con mano de hierro, mientras Merkel se pasea por platós de televisión y teatros presentando sus memorias. Hay quien se pregunta si Putin habría ido tan lejos con Angela Merkel como canciller federal alemana. Un debate estéril a efectos prácticos, porque Merkel ha cerrado para siempre su carrera política hasta el punto de que evita inmiscuirse con sus declaraciones actuales en la gestión política actual del Gobierno alemán. Lo que quedan son sus memorias.

Reseña publicada por ElDiario.es.

martes, 17 de agosto de 2021

El día que Berlín despertó dividida

El 13 de agosto de 1961, Berlín se levantó con un soleado domingo de verano por delante. Lo que tenía que ser un día de descanso para la ciudad, todavía ocupada por fuerzas militares extranjeras y con visibles rasguños de la segunda guerra mundial, se convirtió en una jornada que cambió la historia y que aún hoy marca la fisonomía urbana y la psicología de la capital federal de la Alemania reunificada.

Durante la madrugada del sábado 12 de agosto al domingo 13, obreros de la socialista República Democrática Alemania (RDA) comenzaron a colocar alambre de espino sobre la línea que separaba los tres sectores occidentales – estadounidense, británico y francés – y el sector oriental, bajo influencia soviética. 

Ese hilo de púas, instalado bajo la estrecha vigilancia de policías fronterizos armados, fue el primer paso para levantar un sofisticado y ultravigilado muro de hormigón que mantuvo dividida la ciudad durante casi tres décadas. El Muro de Berlín se convirtió en el punto de fricción más evidente, directo y explosivo de la Guerra Fría entre EEUU. y la Unión Soviética, en la frontera más vidente de una paz imposible y una guerra improbable a causa de las cabezas nucleares de ambas potencias. 

Levantado literalmente de la noche al día, el Muro sorprendió a la ciudadanía de ambos lados. Muchos se despertaron fuera de su distrito habitual de residencia; muchos otros vieron como su visita dominical a familia o amigos era frenada de improviso; en el peor de los casos, los ciudadanos de la parte oriental cuyas viviendas estaban frente a la frontera o sobre ella vieron como las autoridades orientales ordenaban tapiar las ventanas de lo que habían sido sus hogares. La separación física, temida durante mucho tiempo, se consumaba en cuestión de horas en un muro que se fue sofisticando con los años. 

El 9 de noviembre de 1989 – fecha de su apertura, también inesperada –, “el Muro estaba vigilado por 302 torres, 20 búnkeres, 259 casetas para perros guardianes y siete regimientos fronterizos dirigidos por el Grenzkommando-Mitte [comando fronterizo], pertrechado con 11.504 guardias, 503 empleados civiles, 567 vehículos blindados de transporte de tropas, 48 lanzagranadas, 48 cañones antitanque, 114 lanzallamas, 156 carros de combate, un parque móvil de 2.295 vehículos y 992 perros”, como describe minuciosamente el libro En el Muro de Berlín. La ciudad secuestrada. El Muro era, en definitiva, la primera línea de la Guerra Fría. 


Sangría migratoria 

Entre 1949 – año de la fundación de la RDA – y el mismo 13 de agosto de 1961, según cálculos de la Agencia Federal para la Formación Política, más de dos millones y medio de ciudadanos de la república socialista alemana se marcharon a la occidental República Federal de Alemania (RFA). Buena parte esos migrantes usaron el oeste de Berlín como puerta de entrada. Ello supuso la pérdida de una séptima parte de la población de la RDA. Aproximadamente la mitad eran menores de 25 años con formación profesional y técnica en plena edad laboral. El flujo migrante era, por tanto, una auténtica sangría demográfica. El Muro fue el torniquete con el que el Gobierno del entonces presidente de la RDA, Walter Ulbricht, aseguró la supervivencia del país. 

“La situación era muy tensa: el peligro de que la RDA se desangrase por la marcha al Oeste de cada vez más personas en posiciones importantes – médicos, técnicos, economistas – era enorme”, explica Wolfgang von Polentz a EL PERIÓDICO. Nacido en 1939, Wolfgang era estudiante de Germanística y Literatura cuando el régimen socialista decidió levantar el Muro. “Los ciudadanos orientales eran reclutados directamente desde la parte occidental con ofertas atractivas: el salario era mayor que en la RDA, también las posibilidades de viajar. Y para las empresas occidentales era una enorme ventaja no tener que financiar los estudios de esos trabajadores. La RDA era como una vaca a la que se podía ordeñar”, explica Wolfgang, quien creyó en el socialismo hasta el hundimiento de su ex país. 


Doble fracaso 

“Nadie tiene la intención de levantar un muro”. Estas fueron palabras de Walter Ulbricht el 15 de junio de 1961 en una conferencia de prensa internacional convocada por el propio Gobierno de la RDA. Con perspectiva histórica, se puede decir que la construcción de la “muralla de defensa antifascista”, como las autoridades orientales bautizaron eufemísticamente al Muro, fue el anuncio prematuro del fracaso de la RDA: a pesar de que permitió cierta estabilidad para dar paso al llamado “socialismo realmente existente”, el sistema se salvó sin la participación voluntaria de buena parte de su población. 

La construcción del Muro también supuso el fracaso de la estrategia del entonces gobierno de la RFA, liderado por el canciller democristiano Konrad Adenauer: la estrategia del enfrentamiento verbal y del lenguaje de la fuerza de Bonn frente a la Unión Soviética y la RDA para forzar la reunificación alemana bajo un sistema capitalista y multipartidista acabó demostrándose fallida. Estados Unidos decidió no responder militarmente a la construcción del Muro y respetóla zona de influencia soviética. “Un muro es mucho mejor que una guerra” son las palabras que se atribuyen a John F. Kennedy, que había asumido la presidencia estadounidense el 20 de enero de 1961. 


Las víctimas 

Más allá de las grandes figuras que movían las piezas geoestratégicas, el Muro lo sufrieron los ciudadanos de Berlín. Las 140 víctimas mortales que dejó durante sus 28 años de existencia son el recuerdo más crudo de ese padecimiento: la mayoría – más de 100 – eran ciudadanos orientales que intentaron cruzar la frontera y cayeron por disparos de la guardia fronteriza de la RDA, o ahogados en el río Spree o alguno de los muchos canales de cruzan la ciudad; también ciudadanos sin intención de cruzar murieron por balas perdidas, personas que simplemente pasaban por uno u otro lado del Muro; y cayeron también 8 soldados fronterizos orientales por balas disparadas desde la parte occidental o por fuego cruzado entre ellos mismos. 

Estas 140 víctimas mortales son solo las oficiales. Hay indicios sobre una cifra fue muy superior. Pero hasta día de hoy faltan pruebas que lo demuestren. Son las víctimas invisibles del Muro, cuyos pocos fragmentos todavía en pie se han convertido en una atracción turística del Berlín del siglo XXI, una ciudad que difícilmente se deshará de la herencia de la división.


Reportaje publicado por El Periódico de Catalunya.

martes, 15 de diciembre de 2020

Alemania recuerda a la primera víctima del neonazismo tras la reunificación

Imagen de archivo cedida por la Fundación Amadeu Antonio.

Imagen de archivo cedida por la Fundación Amadeu Antonio.



Amadeu Antonio Kiowa murió de un fallo multiorgánico el 6 de diciembre de 1990. Tenía 28 años. Dos semanas antes, el 24 de noviembre, había sido rodeado en plena calle por una turba de varias decenas de neonazis. Lo golpearon con bates de béisbol y le patearon la cabeza hasta dejarlo inconsciente. 
 
Amadeu Antonio era un inmigrante congoleño residente en Eberswalde, una pequeña ciudad del estado de Brandeburgo, este de Alemania. Es considerado la primera víctima mortal de la violencia neonazi tras la reunificación alemana. Fue el primero de una larga lista de nombres: el gobierno federal contabiliza 109 asesinados a manos del terrorismo neonazi desde 1990. La Fundación Amadeu Antonio, creada en memoria del congoleño, eleva esa cifra a 213.
 

Estado de “guerra”

“En los 90 no había racismo, sino sencillamente una guerra. No podíamos salir solos a la calle. Teníamos que hacerlo en grupo, y eso valía también para mujeres y niños”, cuenta Augusto Jone Munjunga, también inmigrante congoleño y amigo personal de Amadeu. Ambos llegaron a la desaparecida República Democrática Alemana (RDA) en 1987. 

Tras trabajar varios años en una empresa estatal procesadora de carne, Augusto y Amadeu decidieron quedarse en Eberswalde pese al hundimiento del estado socialista que los había traído a Europa. “Queríamos para cambiar la situación. Ahora es mucho mejor. Aquí tenemos estudiantes de muchos lugares del mundo”, dice Jone Munjunga, quien fundó la asociación cultural Palanca y trabaja por la tolerancia y una sociedad abierta en la localidad situada a apenas 60 kilómetros de Berlín.

Quien vivió en primera persona aquellos días en Alemania oriental suele describir algunas zonas de la antigua RDA como un área de auténtico riesgo para extranjeros, militantes de izquierda o grupos antifascistas. Con unas fuerzas policiales inseguras e incapaces de – o incluso reacias – hacerse con el control de la situación, grupos neonazis y ultranacionalistas aprovecharon el vacío de poder para ejecutar ataques contra extranjeros o residencias en las que vivían “trabajadores invitados” por la desaparecida RDA. 

El de Eberswalde fue uno sólo uno de múltiples casos; los disturbios de Rostock-Lichtenhage en 1992 – en los que neonazis atacaron y prendieron fuego con cócteles motolov a bloques de edificios en los que vivían vietnamitas mientras una masa de vecinos miraba, celebraba y aplaudía – recordaron demasiado a los pogromos vividos en la Alemania de los años 30 del siglo XX.


 
 
 Bajas condenas
 
“El racismo policial en la década de los 90 era algo normal, casi obvio”, recuerda Anetta Kahane, presidenta de la Fundación Amadeu Antonio que lleva trabajando más de tres décadas contra el racismo y la xenofobia. En ese contexto de odio ultranacionalista, alimentado por el desempleo y un proceso de reunificación que quedó muy por debajo de las expectativas creadas entre la población germanooriental, fue asesinado Amadeu Antonio. 
 
El juicio acabó con cuatro condenas de prisión de entre dos y cuatro años, y una libertad condicional. 21 personas fueron absueltas. Con perspectiva histórica, las condenas, ya entonces criticadas por demasiado leves, se presentan hoy aún más escandalosas. Investigaciones periodísticas destaparon además posteriormente que policías de civil observaron la agresión sin intervenir. 
 
Las autoridades judiciales, policiales, fiscales y parte de la prensa de la República Federal llevan décadas enfrentándose a la acusación de estar “ciegas del ojo derecho”: mientras durante mucho tiempo alertaron del peligro del surgimiento de una Fracción de Ejército Rojo 4.0. – es decir, un nueva violencia de extrema izquierda como la de la RAF entre los 70 y los 90 del siglo pasado –, eran incapaces de ver cómo el terrorismo neonazi mataba de manera efectiva. 
 
El caso de la NSU – Clandestanidad Nacionalsocialista, la última célula terrorista neonazi conocida en Alemania, que operó entre los años 2000 y 2007 – apunta en esa dirección: las autoridades alemanas necesitaron más de una década para dar con los terroristas. 

Ines Karl, fiscal superior de Berlín, considera legítimas las críticas pero responde que se han hecho avances e insiste en la necesidad de la colaboración de la sociedad civil: “Es muy importante que aquellos que tengan pruebas, por ejemplo, de casos de ultraderechismo en las fuerzas de seguridad no sólo las ofrezcan a los medios de comunicación, sino también a la fiscalía”. 

Para Anetta Kahane, de la Fundación Amadeu Antonio, la crítica debe ir un poco más más lejos: “Tenemos el ‘caso NSU’ y otros muchos en los que queda la sensación de que las autoridades miran de manera diferente a diferentes fenómenos de violencia”. Y advierte del nuevo contexto creado por el partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD): “Ha conseguido algo preocupante: integrar a las fuerzas nacional-revolucionarias – lo que tradicionalmente llamamos neonazis – del Este de Alemania con las fuerzas nacional-derechistas del Oeste del país”.

Reportaje publicado por El Periódico de Catalunya.


martes, 21 de abril de 2020

‘La transición alemana’: aún Ossis y Wessis

El politólogo Herfried Münkler asegura que las viejas naciones europeas tienen que redefinir su identidad colectiva cada 30 años. Así ha sido en la modernidad y también parece serlo en la bautizada como postmodernidad, en pleno siglo XXI. Alemania no es una excepción.

El último episodio que marcó un hito en su historia fue la caída del Muro de Berlín en 1989 y la reunificación en 1990. Están a punto de cumplirse tres décadas de que las dos repúblicas nacidas de la derrota del nazismo y en pleno inicio de la Guerra Fría se convirtieran en una sola en un proceso que para algunos fue una refundación de la República Federal y, para otros, una victoria de un sistema sobre otro, una conquista. 

Así las cosas, es hora de preguntarse: ¿cuál es la identidad de Alemania hoy? ¿Tenía dos identidades que se fusionaron en una sola? ¿Continúa ese proceso abierto? ¿Siguen existiendo una identidad germanooriental y otra occidental? ¿Qué queda de la identidad cultural de la extinta RDA?  Todo esos interrogantes los abordamos en este nuevo episodio, el tercero, de nuestro podcast La Transición Alemana.






jueves, 7 de noviembre de 2019

La caída inacabada del Muro de Berlín

"La casa y el jardín están cuidados. En el garaje del terreno hay un Trabant. Lo conduce Bernd Frommold. Su hija Curina nació el 20.06.1975".

Berndt Frommold no solo se ríe de que su nombre y el de su primera hija estén mal escritos en el expediente de la Stasi, los servicios secretos de la desaparecida República Democrática Alemana (RDA). También le hace gracia que la descripción de la casa de sus padres a las afueras de Berlín sea tan banalmente exhaustiva.

Este obrero germano-oriental ya jubilado hojea los documentos, desclasificados por las autoridades a petición propia, precisamente en el jardín de la casa descrita por Bansin. Este apodo que esconde la auténtica identidad del espía que escribió en la primavera de 1976 las líneas que abren este reportaje. Frommold no tiene ni la más remota idea de quién pudo ser. En realidad, cualquiera, asegura.


Berndt Frommold, en el jardín de su casa, muestra su expediente de la Stasi. Foto: Andreu Jerez

La paranoia sobre la que estaba construida la dictadura socialista oriental tuvo su mejor expresión en el Ministerio para la Seguridad del Estado (MfS, en sus siglas en alemán): en el momento de la disolución de la RDA, trabajaban oficialmente para él alrededor de 90.000 empleados, según datos de la Agencia Federal para la Educación Política. Contaba además con casi 190.000 "trabajadores informales". Es decir, ciudadanos que, por oportunismo o por simple miedo a las represalias, colaboraban con un ministerio que cumplía el papel de servicios secretos y de policía política. Cualquier vecino, amigo o incluso familiar era, por tanto, un espía potencial.

Cuando se cumplen 30 años de la caída del Muro de Berlín, previa al hundimiento definitivo de la RDA y posteriormente de la Unión Soviética, Frommold se ha decidido a recuperar los restos documentales de ese episodio de la reciente historia alemana. Son los jirones archivísticos de un depredador sistema de espionaje y de un país ya desaparecido, cuya herencia sigue marcada por las luces y las sombras.

'Die Wende' 

El 9 de noviembre de 1989, Berndt Frommold estaba con su esposa y tres hijos en la casa de sus padres. El mismo día en el que el régimen había anunciado que cualquier ciudadano de la RDA podía cruzar la frontera con la Alemania occidental –mensaje que provocó que miles de personas se agolparan en el Muro y que este quedase definitivamente abierto–, él había recibido la respuesta a su solicitud para viajar al otro lado: su familia tenía el salvoconducto oficial para trasladarse a Berlín occidental. 

El 10 de noviembre, cuando la capital alemana todavía se recuperaba de la resaca por la euforia de la apertura del Muro, los Frommold cruzaron la frontera con su coche Trabant (el turismo utilitario de la RDA) en un viaje sin retorno. Atrás dejaban una vida, una nacionalidad y un estado que estaba a punto de derrumbarse. 

La suya es solo una más de las millones de biografías que quedaron marcadas por 'Die Wende' (El Cambio, como se llama popularmente en alemán a la caída del Muro). Reconoce haber tenido suerte: el hecho de haber cruzado justo el día después lo hizo todo más fácil para él y su familia. Pudo encontrar trabajo rápido, antes de que cientos de miles de exciudadanos de la RDA buscasen un nuevo futuro laboral en Occidente después del masivo cierre de fábricas en el desmantelado estado oriental. Acceder a una vivienda también fue más sencillo y pudo integrarse con relativa rapidez en un territorio donde todo era nuevo. La transición fue, en definitiva, menos traumática para él que para millones de sus conciudadanos. 

Campos que no florecieron 

Tres décadas han pasado de aquellos vertiginosos días; no obstante, todavía hoy se sigue diferenciando entre Alemania occidental y Alemania oriental, como si las barreras y la fronteras físicas todavía estuviesen ahí. El proceso de reunificación continúa inacabado. Con la efeméride, los medios se vuelven a llenar con relatos de personas que vivieron todo aquello en primera persona, y también de análisis sobre lo que no funcionó de un proceso que prometía "campos floridos" para los territorios orientales, como dijo en su momento el líder democristiano Helmut Kohl, el canciller de la reunificación. 

El 42% de los alemanes orientales se consideran hoy ciudadanos de segunda clase. Lo apunta un reciente estudio del instituto demoscópico Allensbach. Ese porcentaje se dispara hasta el 70% en el estado federado de Turingia, donde el pasado domingo se celebraron elecciones. En ellas, los poscomunistas de La Izquierda, con el 31%, y la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD), con el 23,4%, fueron los partidos más votados. 

Turingia demuestra que la brecha entre las dos Alemanias es una realidad. Una brecha que parece estar ahondándose 30 años después del inicio de un proceso vendido en su momento como infalible por los entonces arquitectos políticos y económicos del país. La ultraderecha de AfD, con resultados por encima del 20% en casi todos los estados orientales, amenaza con convertirse en el nuevo partido regional de Alemania del este. 

"Ese porcentaje corresponde a los que están descontentos con la reunificación", dice Frommold. Él mismo asegura tener muchos amigos y conocidos que votan a AfD. También reconoce ser víctima de una crisis de representación política. "Los partidos gobernantes ya no me representan. Apenas se los puede diferenciar. Siento que mi voto no tiene efecto alguno", asegura. 


Hastío ciudadano 

El espíritu de la revolución ciudadana que desembocó en el hundimiento de la RDA se reencarna hoy de alguna manera en lo que AfD ha llamado 'Die Wende 2.0'. El hastío ciudadano toma tintes reaccionarios, ultranacionalistas y xenófobos en la Alemania del siglo XXI. 

Los "campos floridos" prometidos por Kohl no llegaron a buena parte de la antigua RDA, pero Alemania oriental ha experimentado innegables mejoras a lo largo de los últimos 30 años. Incluso Frommold, un crítico que considera que más que una reunificación fue "una conquista", admite transformaciones positivas: mejores infraestructuras, rehabilitación de ciudades y pueblos, aumento del turismo y un mayor respeto a un medioambiente duramente castigado por la industria oriental, muy contaminante. 

Las diferencias económicas entre las dos Alemanias siguen siendo, no obstante, un hecho objetivo. El PIB per cápita del este es, de media, un 30% más bajo que en el oeste; las pensiones y los salarios también son menores, en parte debido a una peor cualificación de los habitantes del este. Ello provoca que los ingresos fiscales de los estados orientales sean notablemente inferiores, lo que obliga al Gobierno federal a seguir aplicando transferencias presupuestarias entre las dos partes del país. 

Son datos de un reciente estudio del Instituto Alemán para la Investigación Económica (DIW), que advierte del peligro de que "el crecimiento económico y el potencial financiero se sigan distanciando" si las tendencias de los últimos años se mantienen las próximas décadas. La marcha de cientos de miles de jóvenes germano-orientales a los estados occidentales o al extranjero agudiza, además, una crisis demográfica especialmente grave en los territorios de la antigua RDA. Según estadísticas oficiales, más de un millón de personas abandonaron el este para irse al oeste entre 1991 y 2012. 

Hijos de la reunificación 

Melanie Stein es un ejemplo de ese éxodo poblacional: esta periodista, nacida en Brandeburgo y criada en Mecklemburgo, reside hoy en Hamburgo, una de las capitales más dinámicas y ricas de Europa occidental. Trabaja para la televisión pública alemana, en la que presenta un programa de debate producido exclusivamente para internet. 

Melanie encarna la llamada 'tercera generación' de alemanes orientales. Son los nacidos en la RDA poco antes de su hundimiento, conforman una franja generacional eminentemente digital que mira al futuro con más optimismo que sus mayores. Junto con otros jóvenes, acaba de lanzar la iniciativa 'Wir sind der Osten' ('Nosotros somos el este'), con la que ofrece una imagen alternativa sobre los estados federados orientales que se aparta de los tópicos de territorios provincianos, pobres, ultraderechistas, xenófobos y opuestos a la sociedad liberal, multicultural y abierta. 

"La historia de Alemania oriental siempre fue contada a través de las lentes de Alemania occidental. Y esa narrativa histórica estuvo cargada desde el principio de prejuicios", explica Stein. "Por eso, con nuestra iniciativa, queremos que sean los propios alemanes del este los que cuenten su historia". La web 'Nosotros somos el este' reúne 200 biografías explicadas en primera persona por sus protagonistas. El objetivo es seguir recopilando historias. Los hijos de la reunificación toman así la palabra. 

Stein considera que el auge electoral de la ultraderechista AfD podría ser tal vez el último "disparo de advertencia" que lanza la sociedad para reconocer y corregir los errores cometidos en un proceso de reunificación inacabado y con enormes grietas: "Mi gran esperanza –confiesa la periodista– es que dentro de 30 años ya no distingamos entre las dos Alemanias".

Reportaje publicado en El Periódico.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Stalin: la divinitat socialista d’Alemanya oriental

© Gedenkstätte Berlin-Hohenschönhausen

“Estudia Stalin. Aprèn de Stalin. Lluita amb Stalin”. Berlín, desembre del 1949. La recentment fundada República Democràtica Alemanya (RDA) celebra l’aniversari de Ióssif Vissarionóvitx Stalin. La seu del Partit Socialista Unificat d’Alemanya (SED), situada al mateix centre d’una capital alemanya que encara es recupera dels estralls de la Segona Guerra Mundial, apareix engalanada amb frases propagandístiques i ortodòxia comunista. Un enorme mural amb el rostre de Stalin presideix l’edifici. Al més pur estil del Gran Germà imaginat per George Orwell, “el líder i mestre de la humanitat” clava la seva dura i freda mirada en l’objectiu de la càmera que immortalitza el moment.

L’estalinisme va tenir una versió alemanya durant un període de la història poc estudiat i que encara avui continua sent incòmode per a alguns en un país ja molt marcat pels dotze anys de nacionalsocialisme. L’exposició Der rote Gott. Stalin und die Deutschen [El déu roig. Stalin i els alemanys] intenta ara omplir aquest buit. 

“Pràcticament cap altre polític estranger del segle XX va exercir una influència tan persistent sobre Alemanya com el polític georgià, que, sota el nom de guerra de Stalin, va estar gairebé trenta anys al capdavant de la Unió Soviètica”, escriu Hubertus Knabe, director acadèmic del Centre Commemoratiu Berlín-Hohenschönhausen. Aquest complex d’edificis grisos, situat al profund Berlín Est, va ser un centre de repressió política durant pràcticament tota l’existència de la RDA. Per les seves cel·les hi van passar víctimes de les purgues que va posar en marxa l’estat socialista els primers anys després de la guerra. Avui, una de les seves sales, situada just damunt d’una presó secreta de la policia soviètica, acull l’exposició El déu roig fins al 30 de juny. És una decisió simbòlica per honrar les víctimes de l’estalinisme alemany. 

“Aquells que van ocupar les posicions de poder més altes fins al final de la RDA, com ara Erich Honecker i la seva dona, Margot Honecker, eren estalinistes de primera hora. Honecker, com a cap de la Joventut Lliure d’Alemanya [FDJ, joventuts socialistes de la RDA], va ser, per exemple, un dels principals protagonistes del culte a Stalin”, explica a l’ARA Andreas Engwert, comissari de l’exposició. L’autoritarisme va ser “el fil conductor” de l’estat oriental alemany de principi a fi, considera Engwert. 

Deïtats seculars 

La Unió Soviètica i els seus estats satèl·lit van posar fi a la rellevància social de la religió, però, al seu lloc, van crear noves deïtats del marxisme-leninisme, la infal·libilitat de les quals estava fora de tota discussió. El culte a la figura de Stalin n’és una prova. “El geni més gran de la nostra època”, “El creador del socialisme”, “Genial estrateg” o “El millor amic del poble alemany” van ser alguns dels noms que el dictador soviètic va rebre a l’Alemanya Oriental. 

© Gedenkstätte Berlin-Hohenschönhausen

El socialisme autoritari de la RDA també necessitava divinitats seculars per combatre els dubtes sobre els dogmes marxistes-leninistes. Tot i que el règim va intentar establir cultes a la personalitat de líders comunistes locals, com ara Ernst Thälmann, Wilhelm Pieck o Walter Ulbricht, cap d’ells es va ni tan sols acostar a la propaganda construïda sobre la figura de Stalin. Això comença a canviar l’any 1953: a la Unió Soviètica, la mort de Stalin dona pas, a partir del 1956, a un procés públic batejat com a desestalinització, que el govern de l’RDA executa molt més tard i de manera més silenciosa. Els bustos i les estàtues, així com els noms de carrers i places dedicats a Stalin, desapareixen de la quotidianitat de la RDA a partir del 1961. El simbolisme estalinista s’esfuma de sobte de l’espai públic, però la repressió contra ciutadans i rivals polítics no cessa, només se sofistica. 

El déu roig rastreja, recopila i ofereix d’una manera un pèl caòtica les restes d’una doctrina absolutista que, incomprensiblement, va seduir importants segments de l’esquerra emancipadora mundial i va deixar la seva empremta a Alemanya. La RDA, que es va autoconsiderar fins al seu enfonsament l’únic estat alemany veritablement antifeixista, va conservar fins a l’any 1989 un caràcter inequívocament autoritari, com demostren les fotografies, els vídeos, els retalls de diaris i els documents oficials de l’exposició. 

“A l’Alemanya de l’Est només va ser possible fer una anàlisi oberta de l’experiment soviètic, les relacions entre Alemanya i la Unió Soviètica i les experiències de la guerra d’extermini, l’ocupació i l’estalinisme a partir de la tardor del 1989”, opina Jan C. Behrends, historiador del Centre d’Investigació d’Història Contemporània (ZZF) de Potsdam. “Al llarg de quatre dècades, parlar amb llibertat sobre la Unió Soviètica, Rússia i Stalin va ser impossible a la RDA. I això és també una herència del comunisme que segueix influint el nostre present”, afegeix Behrends. 

L’antifeixisme cosmopolita, objectiu de purgues 

“Els funcionaris comunistes que van ser empresonats a l’Alemanya Oriental eren, en general, els que havien fugit de Hitler a l’exili occidental i no a la Unió Soviètica. És a dir, comunistes que van viure a França, Espanya o Mèxic”, apunta l’historiador Andreas Engwert, comissari de l’exposició El déu roig. Stalin i els alemanys. L’estalinisme erigit per la Unió Soviètica va mostrar una desconfiança sistemàtica cap a aquells militants antifeixistes que havien lluitat contra el hitlerisme a l’Europa Occidental o contra el franquisme durant la Guerra Civil Espanyola. 

És el que Andreas Engwert descriu com “l’odi a l’antifeixisme cosmopolita” que, en ocasions, podia desembocar també en antisemitisme. Militants comunistes i antifeixistes que, fins i tot, havien demostrat en públic admiració per Stalin van ser víctimes de les seves purgues polítiques. La ràbia generada per aquest autoritarisme paranoic es va deixar notar pocs mesos després de la mort del dictador: el 17 de juny del 1953, la RDA va viure la seva revolta popular més gran contra la influència soviètica. Va ser, però, durament reprimida.

Reportatge publicat pel Diari Ara.

viernes, 16 de diciembre de 2016

'Spanienkämpfer': los otros alemanes que lucharon en España

Karl Popp tenía 25 años cuando decidió dejarlo todo y marcharse a España. Corría septiembre de 1936. La Guerra Civil acababa de estallar y este miembro de la minoría alemana de Checoslovaquia no dudó ni un minuto en sumarse a los miles de brigadistas internacionales que defendieron con las armas a la República española. Fue uno de los más de 50.000 extranjeros que combatieron por el orden republicano, de los cuales alrededor de 3.500 eran alemanes. Ninguno de estos últimos ha podido llegar vivo al 80 aniversario de la fundación de las Brigadas Internacionales, que se celebró este mes de octubre. Sin embargo, un grupo de descendientes y voluntarios luchan ahora desde Alemania para que la memoria de aquellos interbrigadistas no se pierda por el sumidero de la historia. 

“Cuando comenzaron los combates el 18 de julio, probablemente todo antifascista en Europa sintió una estimulante esperanza, pues aquí se levantaba, al parecer y por fin, una democracia contra el fascismo”. Con esta frase atribuida a George Orwell comienza el tomo de más de 500 páginas que recoge las biografías de cientos de voluntarios alemanes que lucharon en defensa de la República: “Sie werden nicht durchkomen. Deutschen an der Seite der Spanischen Republik y der sozialen Revolution” (“No pasarán. Alemanes en defensa de la República española y la revolución social”).

Publicado en 2015, se trata del estudio más amplio y sistemático de las historias individuales que conformaron el fenómeno de los interbrigadistas alemanes o Spanienkämpfer (combatientes de España), como se los conoce en Alemania. Un libro que habría sido imposible sin el trabajo de recuperación de memoria histórica realizado por la asociación alemana KFSR, acrónimo de Combatienes y Amigos de la República Española, de la que hoy forma parte la hija de Karl Popp. 

“Él siempre me decía que no vio otra posibilidad de aplastar las tendencias que despreciaban la dignidad humana en la década de los 30”. Así responde Karla Popp cuando se le pregunta sobre las razones de su padre para embarcarse voluntariamente hacia una guerra en un país por aquel entonces lejano y desconocido. Como en el caso de muchos otros jóvenes de la Europa central de entreguerras, la biografía de Karl Popp lo abocó a luchar en la Guerra Civil española: joven desempleado sin perspectivas, miembro del Partido Comunista de Checoslovaquia y consciente de las tendencias fascistas que amenazaban a su tierra, asumió como propia una sentencia que marcó aquella generación: “Sólo por Madrid podremos volver a Alemania”. 

La venganza del estalinismo 

Karl Popp en una foto cedida por su familia.
Pocas semanas después del inicio de la contienda, Karl Popp se integró en el Batallón Thälmann, cuyo nombre rendía homenaje al comunista alemán Ernst Thälmann, que acabaría fusilado en el campo de concentración de Buchenwald en 1944 tras 11 años de reclusión. Karl alcanzó rango militar de teniente. Dejó el frente tras caer herido en la Batalla del Jarama para abandonar definitivamente España en agosto de 1938 camino de Checoslovaquia. Nunca más volvió a pisar tierra española.

Tras la ocupación por la Alemania hitleriana de los Sudetes natales de Karl, el interbrigadista se encamina al exilio inglés en febrero de 1939. En Inglaterra trabaja como obrero en un fábrica y también como maestro de niños de otros refugiados políticos. Vuelve a Checoslovaquia tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Finalmente, en enero de 1946, se instala en la Alemania ocupada por las tropas soviéticas y contribuye a fundar en 1949 la oriental y socialista República Democrática Alemana (RDA). 

El escritor inglés Eric Blair, conocido mundialmente por su seudónimo George Orwell, fue uno de los máximos exponentes de un fenómeno común entre los interbrigadistas que lucharon en la Guerra Civil española: la evolución desde el antifascismo al antiestalinismo. Pero George Orwell no fue el único. Muchos otros nombres que no pasaron a los anales de la historia fueron testigos y participes de la llamada “guerra dentro de la guerra”: es decir, del enfrentamiento entre fuerzas comunistas de derechas, con el estalinismo como principal baluarte, y milicias libertarias y revolucionarias de izquierdas, encabezadas por el trotskismo y el anarcosindidalismo. Un enfrentamiento que llegó a derramar sangre, como durante los conocidos como hechos de mayo en la Barcelona de 1937. Combates que desembocaron en purgas y desapariciones de líderes declaradamente antiestalinistas, como el catalán Andreu Nin. 

Karl Popp también sufrió en sus carnes el totalitarismo de la RDA, un Estado que fue inequívocamente estalinista hasta la muerte del dictador soviético en 1953 y que nunca perdió el carácter autoritario hasta su hundimiento en 1989 pese al llamado proceso de desestalinización. “La realidad no era como los sueños, tampoco en la RDA, y menos en sus inicios”, asegura Karla Popp con cierto desencanto en los ojos que parece haber heredado de su padre. “Evidentemente, el nuevo Estado tenía que asegurar su supervivencia. Pero sí, aquello era estalinismo. Y los antiguos interbrigadistas lo vivieron en sus propias carnes”. 

Karla cuenta, por ejemplo, como su padre se alistó en la policía del nuevo Estado socialista alemán, pero también que posteriormente fue expulsado cuando los servicios secretos del régimen descubrieron el periodo que había pasado en Europa occidental. En plenos inicios de la Guerra Fría, eso lo convertía automáticamente en sospechoso para la paranoia estalinista. Karl fue rehabilitado rápidamente y pasó a formar parte del ejército germanooriental. Otros antiguos interbrigadistas alemanes no corrieron la misma suerte. Fue el caso de Franz Dahlem, quien fue cesado de sus cargos políticos bajo la sospecha de ser un “agente sionista” en un proceso marcado por el antisemitismo tan del gusto de Stalin. Otros antiguos interbrigadistas, como el escritor berlinés Alfred Kantorowicz, incluso se vieron obligados a buscar asilo político en la Alemania occidental por su insistencia de poner en duda los dogmas estalinistas. 

Memoria viva que se extingue

Homenaje a los interbrigadistas alemanes en Berlín, en octubre de 2016 (Fuente: KFSR).
Conservar la memoria y los valores antifascistas de los alemanes que decidieron luchar contra Franco. Esa la principal labor que cumple hoy la KFSR, según su presidenta, Kerstin Hommel. “Eso valores son hoy más relevantes que nunca, atendiendo a las tendencias fascistas que vemos actualmente no sólo en Alemania, sino también en el resto de Europa”, asegura Hommel. Partidos ascendentes como el Frente Nacional en Francia o AfD (Alternativa para Alemania) encarnan en su opinión nuevas formas de derechismo autoritario que rayan con el fascismo contra el que lucharon miles de voluntarios alemanes en la década de los 30 del siglo pasado. 

Cuando en España se habla de memoria histórica y cultura del recuerdo, Alemania suele aparecer como el gran ejemplo. Kerstin Hommel, sin embargo, tiene sus reservas: “Desde 1945 hasta hoy, no se puede decir que en Alemania tengamos un Estado con una cultura de recuerdo antifascista”. La presidenta asegura que las instituciones germanas no honran a todos los alemanes que lucharon contra el fascismo. Como ejemplo de esa memoria fallida y selectiva pone la berlinesa Spanische Alle (Avenida Española), nombrada así por el régimen de Hitler en 1939 para conmemorar a los soldados alemanes de la Legión Cóndor que lucharon contra el orden constitucional republicano y en apoyo a a los militares sublevados. Esa avenida ha mantenido ese nombre hasta hoy. 

Otto Hirschmann fue el último interbrigadista alemán. Murió en Estados Unidos el 10 de diciembre de 2012. Según cálculos de la KFSR, actualmente aún viven unos 15 exbrigadistas de diversas nacionalidades repartidos por todo el mundo. La memoria viva de aquel grupo de voluntarios está, por tanto, a punto de extinguirse. 

Karla Popp tiene hoy 67 años. Ni siquiera puede decir cuándo supo por primera vez que su padre había luchado por la República española. Fue algo con lo que creció en casa, que siempre tuvo presente. Cuando cumplió los 20 años, comenzó a pasar largas sesiones con su padre: en ellas, Karl Popp le dictaba sus recuerdos de España mientras ella los pasaba al papel. De esa manera, la hija de Popp reconstruyó la biografía de un interbrigadista que, de otra manera, hoy ya habría desaparecido. 

El mismo trabajo desinteresado de decenas de personas como ella ha permitido la conservación de cientos de biografías de interbrigadistas alemanes. Miles de documentos oficiales transportados de España a Moscú tras el fin de la Guerra Civil, archivos de los servicios secretos de la desaparecida RDA, memorias personales, libros, diarios de guerra y cartas familiares. Todos esas fuentes han servido para reconstruir las miles de vidas anónimas que conformaron las Brigadas Internacionales. “Ahora tengo que ocuparme más intensamente de la vida de mi padre”, asegura Karla, consciente de que el tiempo se le agota y de que ella forma parte de la última generación que tuvo contacto directo con aquellos hombres para los que España fue sinónimo de esperanza.

Reportaje publicado en El Confidencial.

domingo, 19 de mayo de 2013

La otra vida de Angela Merkel

A pocos meses de las próximas elecciones federales alemanas, y cuando medios europeos e internacionales ponen en duda la política económica impulsada por la canciller alemana en la UE, sus asesores quieren mostrar una cara más amable de Angela Merkel. Su presencia el pasado domingo en la proyección de la película «Die Legende von Paul und Paula» (La leyenda de Paul y Paula), filme de culto de la década de los 70 en la República Democrática Alemana (RDA), es un ejemplo de ese giro en la política de comunicación de la Cancillería. 

Tras la proyección en la Filmoteca de Berlín, Merkel, acompañada por su marido, respondió a algunas preguntas del público, y el debate sobre su papel en la extinta Alemania socialista se coló de lleno en el coloquio. «Lo importante para mí es que nunca oculté nada», respondió la canciller a una pregunta sobre su posición de responsable cultural de las juventudes socialistas del régimen germanooriental cuya afiliación era algo común entre los jóvenes de la RDA. 

El debate sobre el pasado de Merkel en la Alemania socialista se ha reavivado esta semana con la publicación de «La primera vida de Angela M.», libro escrito por los periodistas Ralf Georg Reuth y Günther Lachmann. Los dos autores trabajan, por cierto, para la editorial Axel Springer, una de los mayores de Europa y dueña de los diarios alemanes «Die Welt» y «Bild», de línea conservadora y, en ocasiones, populista y de cierta tendencia nacionalista.

Seguir leyendo en ABC.es.

martes, 21 de abril de 2009

La caída del muro no fue ninguna casualidad



Mucho se ha escrito y mucho se sigue escribiendo sobre la República Democrática Alemana (RDA) a 20 años vista de la caída del muro de Berlín. Y mucho de lo escrito es banal e innecesario, a pesar de que queden muchas cosas y verdades por decir sobre ese periodo histórico y esa parte sociogeográfica del país. No obstante, hace unos días salió a la luz un dato en apariencia sin importancia, pero que deja entrever hasta qué punto se descomponía la vanguardia del socialismo real alemán.

La tarde del 9 de noviembre de 1989, Günther Schabowski, miembro del Politbüro del SED (el partido gobernante en la RDA), ofreció una rueda de prensa en Berlín. En aquella comparecencia, un corresponsal italiano, Riccardo Ehrmann, hizo una pregunta que desencadenó la caída del muro: "¿Qué piensa hacer la RDA después de que la URSS haya abierto las fronteras para los ciudadanos de Alemania oriental?", preguntó Ehrmann, a lo que Schabowski respondió, echando mano de una nota ya escrita: "Los viajes privados pueden ser solicitados sin condiciones". "¿Cuándo entra esa medida en vigor?" "De forma inmediata". Luego se produjeron las ya mundialmente famosas imágenes de ciudadanos de la RDA saltanto el muro y destrozándolo como forma de liberación simbólica y real. La RDA era historia.

El caso es que ni la pregunta fue improvisada ni pensada por el propio periodista, ni parece que tampoco lo fuera la respuesta. Como el mismo Riccardo Ehrmann confesó la semana pasada, un redactor en jefe de la agencia de noticias oficial de la RDA, ADN (no se confundan con el diario gratuito), le sugirió que debía preguntar sobre la reglamentación sobre los viajes privados. Queda por tanto relativamente claro que la orden venía de arriba. Si la vanguardia de la RDA quería dar una muestra de su capacidad de adaptación a los nuevos tiempos, desde luego se le escapó de las manos. O quizá es que prefirió cavar su propia tumba en lugar de que la cavaran otros...

martes, 18 de noviembre de 2008

RDA-arte contemporáneo chino: hilos invisibles

A veces creo que los lugares que vamos pisando a lo largo de nuestra vida están unidos por hilos invisibles. Creemos que los pasos que damos responden a nuestra libre voluntad pero en realidad seguimos inconscientemente caminos ya marcados.

Mi primer contacto con el arte contemporáneo chino lo tuve en el distrito 798 de Pekín. Cosas de la vida, y contra pronóstico, tuve la oportunidad de viajar por China durante dos semanas. El 798 se autodefine como un lugar “emergente, de avanguardia y trendy que acoge eventos culturales y artísticos de high-level”. Un espacio de moda, postindustrial y elitista, con cierto sabor underground, situado en el mismo corazón del Pekín postolímpico.

Curioso: el 798 fue diseñado a comienzos de la década de los 50 por ingenieros y arquitectos de la República Democrática Alemana. Es un trozo del legado arquitectónico socialista de la RDA (del que estamos cansados en Berlín) en el mismo corazón de Pekín. Esa conexión invisible debió de ser la que me arrastró hasta allí.

En el 798 se cuece parte del efervescente y cotizado mercado del arte contemporáneo de Pekín. Revistas, diarios, blogs, galerías, museos, catálogos de Europa y Estados Unidos aparecen plagados últimamente por artistas contemporáneos chinos. Li Wei, Cang Xin, Xiao Lu, Cui Xiuen, Zeng Fanzhi, Lee Pei, Zheng Guou, Zhao Zhao, Zhang Xiaogang, Yue Minjun. Nombres impronunciables altamente cotizados en el mercado mundial. Una tendencia alimentada por el segundo salto adelante que han supuesto los Juegos Olímpicos y por la atracción hacia lo desconocido que representa el gigante asiático, visto desde Occidente como un imperio emergente que seduce y aterra a partes iguales. Pero, ¿qué hay de arte real y de simple mercadeo en esa innegable tendencia?

De China nos llega mucha información, casi siempre propaganda positiva o negativa, casi siempre información interesada. Por eso cuesta contestar a la pregunta líneas arriba formulada. Liu Ding, director de JoyArt, un espacio-proyecto situado en el distrito 798 que acoge y promueve tanto exposiciones de artistas chinos como extranjeros, nos ayuda a analizar ese proceso:“En efecto, el arte contemporáneo chino forma parte del mercado global de arte, pero también es una especie juego que la nueva élite económica china utiliza para invertir el dinero amasado y construir simbólicamente una clase alta diferenciada de las masas. El aumento del interés occidental por el arte contemporáneo chino está directamente ligado al emergente papel que China juega como poder político y económico en el tablero mundial. El arte contemporáneo es utilizado por Occidente para intentar entender e interpretar al gigante asiático.”

¿Qué uso hace de ello el Gobierno chino?: “El Partido Comunista simplemente considera la existencia del arte contemporáneo chino como un signo más del proceso de apertura económica iniciado hace 30 años, pero ni lo promueve ni lo apoya. La escena sigue estando muy aislada. Además, son muy pocos los artistas que adoptan una posición crítica respecto a la actual situación social del país.”

¿Qué papel ha jugado y juega el distrito 798?: “Ese espacio dejó de ser underground a partir del año 2000. El 798 nació como una iniciativa de unos pocos artistas y galeristas que se ha ido convirtiendo poco a poco en un foco de referencia en la actual escena del arte chino. Ahora el Gobierno, que de forma ambigua ni apoya ni reprime esa escena, se aprovecha del espacio tras haberlo convertido en una de las paradas obligatorias en las guías turísticas."

¿Perspectivas?: “El futuro del arte contemporáneo chino es la formación y perfeccionamiento de una estructura y un sistema independientes que permitan el pluralismo y estimulen diferentes modelos creativos. Ese paso debería dejar atrás la existencia del arte como mero fenómeno mercantil."

P.D: las fotos del post son obras de Cang Xin y Li Wei, y fueron cedidas amablemente por la galería barcelonesa www.espace-ample.com.