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martes, 3 de septiembre de 2024

Sahra Wagenknecht, la izquierda conservadora que agita Alemania

Sahra Wagenknecht, en Chemnitz. Foto: Andreu Jerez Ríos

Sahra Wagenknecht habla como una pianista que toca las teclas sabiendo de antemano qué música complace más al público que tiene delante. La líder del joven partido BSW (Bündnis Sahra Wagenknecht – BSW – Alianza Sahra Wagenknecht) ofrece un discurso en el centro de la ciudad sajona de Chemnitz, llamada Karl-Marx Stadt por la República Democrática Alemana, la desparecida Alemania socialista. 

A pocos días de las elecciones regionales en los estados federados de Sajonia y Turingia, en las que la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) dieron un nuevo golpe sobre la mesa, Wagenknecht despliega ante cerca de mil personas una efectiva oratoria con los principales temas que llevarán a su formación a entrar con fuerza en los dos parlamentos regionales del Este de Alemania. Cada frase es un eslogan:

“En Ucrania mueren cada día hombres jóvenes, a ambos lados del frente”, “no sólo Putin comenzó una guerra ilegal, también los americanos atacaron ilegalmente siete países en los últimos 30 años”, “con las sanciones a Rusia no dañamos a Putin, dañamos nuestra economía, “queremos diplomacia y no más envío de armas”, “ahí están los políticos que nos pretenden enseñar lo que debemos decir, lo que debemos pensar, lo que debemos comer”, “hace dos años dije que tenemos el gobierno más estúpido de Europa y desde entonces no se ha vuelto más inteligente”, “no puede que en nuestro país haya que gente que muera a manos de personas que no debería estar aquí”. 

Wagenknecht ha sabido leer a la perfección el momento antielitista y populista que se respira en amplios sectores de la sociedad alemana. Con una guerra en pleno continente europeo, a menos de 1.000 kilómetros de la frontera de Alemania, una economía renqueante que bordea la recesión, una inflación que afecta a una clase trabajadora en parte ya empobrecida antes del comienzo de la invasión rusa de Ucrania y unas perspectivas que no invitan especialmente al optimismo sobre el futuro, la exdiputada de los poscomunistas de Die Linke y exlíder de la Plataforma Comunista – un gremio marxista-leninista existente dentro de Die Linke – ha entendido que un mensaje sencillo, directo y en parte simplificador de los problemas que arrastra Alemania es la fórmula perfecta para conseguir el éxito electoral, al menos a corto plazo. 

La gran baza es la misma figura de Wagenknecht, que con un aura de líder mesiánica con fuerte tirón en medios de comunicación tradicionales, y una constante y eficaz estrategia en redes sociales, da sentido y también el nombre a un partido fundado oficialmente el pasado enero y al que todas las encuestas le aseguran presencia en el próximo parlamento federal. 

Tras convertirse en una voz incómoda durante años dentro de su expartido, Wagenknecht ha sabido esperar hasta el momento exacto para lanzar BSW, con el tiempo necesario para entrar en las instituciones pero sin la presión de ofrecer más detalles sobre su propuesta política. La principal arma de la Alianza Sahra Wagenknecht es la propia Sarah Wagenknecht. 


Cuatro folios de programa 

El programa electoral de BSW cabe en cuatro folios. Está dividido en cuatro grandes bloques que dan forma al discurso electoral de Wagenknecht en Chemnitz: “sensatez económica”, “justicia social”, “paz” y “libertad”. El programa combina la apuesta por la redistribución de la riqueza con una defensa de la economía social de mercado, modelo tradicional de los fundadores de la República Federal de Alemania. Es decir, capitalismo con correcciones del Estado y apoyo a la mediana empresa familiar de implantación regional. 

Su programa económico está en realidad más en línea con el discurso socialdemócrata del siglo pasado - e incluso con un partido conservador con sensibilidad social - que con un partido comunista o marxista-leninista, ideología en las que están las raíces políticas de Wagenknecht. Esa política económica, que hace décadas podría haber venido de los socialdemócratas del SPD o los democristianos de la CDU, está hoy salpimentada con propuestas inaceptables para el considerado centro político de Alemania: negociaciones con Putin, fin de las sanciones contra Rusia, recuperación del gas y petróleo rusos que durante años permitieron a la industria alemana producir de forma competitiva en una economía fuertemente dependiente de las exportaciones. 

Con el bloque “paz”, ocurre un poco lo mismo: BSW recupera conceptos del siglo pasado marcado por una Guerra Fría que la propia Sarah Wagenknecht vivió el primera persona como joven ciudadana de la RDA: “Nuestra política exterior está en línea con la tradición del canciller Willy Brandt y del presidente soviético Michail Gorvachov, que se opusieron a la lógica de la Guerra Fría con una política de la distensión, del equilibrio de intereses y de la cooperación internacional. Rechazamos de manera fundamental la solución de los conflictos con medios militares”, reza un programa que lee la geopolítica actual desde la óptica del siglo XX. Se podría decir que BSW es un partido de izquierda por su voluntad de redistribución económica, pero con una receta conservadora anclada en el siglo pasado. 

Wagenknecht sabe que el cansancio con la guerra en Ucrania y sus consecuencias crece entre la población alemana, especialmente en el este del país, cuya economía es más dependiente del comercio con la Federación Rusa y cuya población mira con más simpatía y empatía hacia la población y la cultura del gigante euroasiático por cuestiones culturales, históricas y geográficas. 

El último bloque, el de “libertad”, es una mezcla entre posiciones que podrían estar representadas por un partido liberal-conservador como el FDP: un rechazo latente de la inmigración, que BSW considera “descontrolada”, y un rechazo explícito de la “cultura de la cancelación” y del “estrechamiento” de la libertad de opinión, narrativa también cultivada por la ultraderecha de AfD. 


Las repúblicas perdidas 

El discurso y la oferta política de BSW son como una invitación a volver al pasado: en el oeste, las décadas dorada de los 70 y 80 de la República Federal occidental con su milagro económico y su apuesta por la distensión con la Unión Soviética a través del comercio; en el este, con la sensación de seguridad que ofreció el socialismo real de la RDA, una nostalgia de la república perdida bautizada como “Ostalgie” en alemán. 

Wagenknecht no defiende en Chemnitz la división entre las dos Alemanias, pero sí desliza referencias a la historiad de la RDA que tocan la fibra sentimental e identitaria de la población germanooriental: “Los que vivieron la fase final de la RDA ya experimentaron como los de ahí arriba no consiguen nada, no tienen una visión ni un plan, se dieron cuenta de que algo tenía que cambiar urgentemente”. Wagenknecht traza un paralelismo histórico entre entonces y hoy: la era de cambio que se notaba en el aire a finales de los 80 en la RDA es similar a lo que se respira hoy en la Alemania reunificada, asegura.

Grita es una de las asistentes al acto electoral. El cartel con el que ha venido destaca sobre las cabezas del público: “Kriegstreiber NATO” (“OTAN, belicista”). “Mi infancia la pasé en la RDA, me socialicé en la RDA y, con todos los errores que se cometieron, opino que se deberían haber revisado tras 1989 y que nunca deberíamos haber renunciado a la RDA”, dice esta mujer de 62 años. “Desde la actual perspectiva, sé que sin la RDA habríamos tenido con seguridad de nuevo una guerra. Con su política exterior pacifista, la RDA lo evitó”. 

Entre el público destaca la presencia de gente mayor, especialmente de personas en edad de jubilación. “Tras 40 años cotizados y haber criado a tres niños, además de a mi nieta, me queda una pensión de 800 euros”, dice Conny visiblemente emocionada por el discurso que acaba de escuchar de Sarah Wagenknecht. “Dice cosas que yo también siento, sobre todo en lo relacionado con la migración. No puede ser que tengamos criminales, que no deberían estar aquí y que no respetan nuestras reglas”, dice esta jubilada que reconoce tener que seguir trabajando para llegar a fin de mes. 

Entre los asistentes hay también unos cuantos inmigrantes o alemanes de raíces migratorias. Antonio es uno de ellos, un ingeniero mecánico nicaragüense llegado a la RDA antes de la caída del muro y que lleva más de tres décadas viviendo y trabajando en Alemania: “El nivel de vida ha bajado bastante. Y la migración y la criminalidad han aumentado. Espero que este partido haga cambios. Y si no los hace, pues no lo volveré a elegir”. 

Antes de apostar por a BSW, Antonio votó a Los Verdes y a socialdemócratas del SPD. Algo que no se plantea “nunca más”. Preguntado por la “inmigración descontrolada” que denuncia su actual opción política, responde: “En la RDA había cubanos, argelinos, también había inmigrantes, tal vez incluso más que hoy. Pero en el sistema anterior no había ayudas sociales. Hoy hay ayudas sociales. Esa gente viene aquí, recibe dinero y no se adapta a las normas del país. Y el actual gobierno no hace nada”, denuncia el inmigrante nicaragüense. Mientras, de fondo, la megafonía del acto electoral invita a los asistentes a acercarse al escenario para un hacerse un ‘selfie’ con la líder.

Crónica publicada por ElDiario.es.

lunes, 21 de noviembre de 2022

Esta es la casa del Union Berlín


El estadio del 1. FC Union Berlín está en medio de un bosque a orillas del río Spree. Para llegar a pie a la Alte Försterei hay que atravesar un camino de tierra entre árboles. Por el peregrinan en asombrosa armonía ultras bebidos, padres con sus hijos y familias al completo. 

La mayoría recorre a pie el kilómetro largo que separa la estación de tren de Köpenick del estadio: el trayecto es un viaje a través del universo unionista. Grupos de hinchas calientan motores a las puertas de los bares, aficionados venden el libreto del club, músicos callejeros le cantan a la larga memoria del Union mientras la reventa de entradas da sus últimos coletazos. 

Försterei significa en alemán algo así como casa en la que viven los guardas forestales. La sede del Union estaba situada originalmente en una casa forestal que todavía hoy sigue en pie, frente al estadio. Probablemente no haya mejor detalle para entender la importancia de las raíces para la identidad de este club. “Esto es más que fútbol. Es una comunidad, el lugar donde te encuentras con amigos, familiares y compañeros de trabajo”, explica Uwe mientras apura su cerveza. 

Equipo de barrio 

El Union es un equipo de barrio y Köpenick, el distrito que lo ha visto crecer. Situado en la periferia oriental de la capital alemana, es el bastión de un club acostumbrado a sobrevivir en las orillas del mundo del fútbol. Esto fue así durante el sistema socialista de la desaparecida República Democrática Alemana – en la que el Union no fue precisamente el equipo preferido del régimen – y lo siguió siendo tras la caída del Muro de Berlín. Que hasta hace poco fuera líder de la Bundesliga es una anomalía, un milagro en un deporte cuya élite vive entregada al dictado del dinero. 


El periodista que escribe estas líneas publicó el pasado octubre un reportaje sobre esa anomalía futbolística. Tras enviar el texto al departamento de prensa del club, llegó la respuesta: “Hola Andreu. Gracias por el reportaje. Te invitamos a ver un partido en nuestro estadio”. La invitación no es cualquier cosa: conseguir una entrada para ver en directo al Union en la Alte Försterei es casi misión imposible. Desde su ascenso a la Bundesliga en 2019 – el primero en su historia –, el estadio, con capacidad para 22.000 espectadores, está siempre lleno hasta la bandera. Esta es la crónica de la visita a la casa de un club sin igual. 

Salchichas, tabaco y cerveza 

En la Alte Försterei se anima y se sufre sin concesiones, se tutea y se habla, sobre todo, con dialecto berlinés. Venir aquí es como pasar la tarde de un domingo en el salón de tus abuelos. Esta hinchada llama, de hecho, a su estadio la “sala de estar” del Union. “Esta familia era pequeña y ha ido creciendo poco a poco, como en la vida misma. Esta familia pasó tiempos de mierda, las cosas no fueron tan bien como nos van hoy”, dice Joachim en el descanso del partido entre el Union y Borussia Mönchengladbach que se disputa esta tarde de domingo. 

La Alte Försterei huele a salchichas, tabaco y cerveza, que corre entre los aficionados antes, durante y después de cada partido. Aquí continúa habiendo un marcador con tablillas que se cambian a mano y la mayoría sigue el juego de pie, como en los estadios de los 80: sólo la tribuna principal, donde se ubican directiva y prensa, cuenta con asientos numerados. Ya sea de pie o sentada, algo une a la afición: aquí se grita los 90 minutos del partido más el descuento. “¡Eisern Union, Eisern Union, Eisern Union!”, vocifera la hinchada cada cinco minutos. 

“Eisern” significa “de hierro”. Nadie sabe muy bien cuál es el origen del adjetivo, pero recuerda el carácter obrero del club. En el siglo XIX, la zona de Köpenick era una de las regiones más industrializadas de Europa. La base social del Union ha sido históricamente trabajadora y orgullosa de ello. El tuteo entre aficionados y el acento berlinés forman parte de esa identidad. 

Juego sin florituras 

La hinchada del Union no necesita una jugada de 30 pases para aplaudir. Una recuperación tras un balón dividido, un saque de esquina a favor o un disparo a las nubes bastan para arrancar una ovación. Los unionistas saben cuáles son las limitaciones futbolísticas de su equipo y no se avergüenzan de ello. La entrega física de sus futbolistas hace posible que ese juego sin florituras sea efectivo. Van quintos de la Bundesliga y disputan competiciones europeas. 

El público grita “Fußballgott” (“dios del fútbol”) cada vez que hay un cambio local. Pero aquí los dioses son de carne y hueso, y están obrando un milagro con un club que estuvo al borde de la desaparición hace dos décadas por problemas financieros. Si el Union sigue existiendo es porque así lo quiso su masa social, que llegó a donar sangre para conseguir fondos para el club y a trabajar en la reforma de su estadio sin cobrar un euro. 

“Cuando gritamos que el Union Berlín será el próximo campeón alemán, por supuesto lo gritamos con ironía”, aclara Georg con la voz rota tras otro partido épico. El Union ha ganado esta noche al Gladbach por 2 a 1 con un gol de cabeza en el último minuto del descuento. Vasos llenos de cerveza han volado por encima de la tribuna de prensa. El milagro continúa en Köpenick. 

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sábado, 1 de mayo de 2021

“Detrás de todo esto hay un plan"

Pequeños empresarios afectados por las restricciones ante la pandemia, ciudadanos descontentos con el gobierno de Angela Merkel, yoguis defensores de la medicina alternativa, neonazis, votantes de la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD), militantes de la izquierda extraparlamentaria "huérfana de partido": estos son sólo algunos de los perfiles que llevan meses participando en las marchas contra las restricciones que recortan los derechos fundamentales en Alemania. 

Desde el pasado mes de marzo, cuando comenzó oficialmente la pandemia, se han venido sucediendo marchas y protestas - algunas con gran afluencia, otras minoritarias -. El bautizado como movimiento anticorona alemán es, probablemente, la expresión de descontento más heterogénea que vive Alemania desde los inicios en Dresde de PEGIDA (Patriotas Europeos contra la Islamización de Europa), que hoy es ya un fenómeno en decadencia y exclusivamente ultraderechista.

En un año en el que se celebrarán elecciones federales - a las que ya no se presentará Merkel -, es una incógnita qué impacto puede tener este díficilmente clasificable movimiento en el tablero político alemán. Los anticorona alemanes o "Querdenker" ("pensadores transversales", como se autodefine una de las plataformas convocantes de las protestas) siguen siendo minoritarios, pero la mala gestión de la pandemia por parte del gobierno ofrece margen para que el descontento se acabe canalizando de alguna forma las urnas. Algunos autores trazan ya ciertos paralelismos con el tercerposicionismo o el Querfront que acosó a la República de Weimar en la década de los 30 del siglo pasado.

Recientemente cubrí para El Periódico de Catalunya la última gran marcha contra la aprobación de una ley que da base constitucional a las actuales restricciones de las libertades ciudadanas. De ahí salió este breve pero jugosa videocrónica sobre una protesta sobre la que mucho se escribe pero con cuyos protagonistas poco se habla:

“Detrás de todo esto hay un plan" 

“¿Qué tipo de plan?" 

 “Eso no lo sabe nadie"



miércoles, 13 de mayo de 2020

Berlín, el confinamiento que nunca fue

La historia de la pandemia en Berlín es la de un confinamiento que nunca fue. La vida pública no ha dejado existir en la capital alemana a pesar de las restricciones contra la expansión del virus. Los comercios no considerados esenciales tuvieron que bajar la persiana a mediados del pasado marzo – la mayoría ya ha reabierto – , parte de la burocracia y los servicios públicos como bibliotecas, colegios o guarderías dejaron de funcionar, los gimnasios siguen cerrados, y bares, clubs y el ocio nocturno están paralizados sine die, pero ni los parques se vaciaron ni los runners desaparecieron de las orillas del río Spree ni por las calles dejaron de circular coches. Fiel a su esencia anárquica y un tanto ajena al resto de Alemania, Berlín ha seguido su propio camino.

Y, sin embargo, la fisonomía de la capital alemana sí ha cambiado con la crisis sanitaria. En primer lugar, sus habitantes han aprendido a vivir con las colas. Lo que antes era considerado un trámite sin complicación, ahora requiere más tiempo y paciencia. Los berlineses tienen a menudo que formar filas en plena calle para comprar en el supermercado, retirar dinero del banco o hacerse con una cerveza en los populares Spätis – tiendas abiertas casi a todas horas que venden alcohol, tabaco, papel de liar y prensa, lo fundamental para pasar una buena tarde –.

Es la consecuencia de que los comercios cumplan las condiciones para abrir: limitar el aforo es la manera de garantizar la distancia de seguridad de metro y medio exigida por las autoridades. A ello hay que sumar el uso de máscaras y de líquido desinfectante en las entradas de comercios y edificios públicos. La prevención higiénica ha pasado a formar parte de la cotidianidad berlinesa con sorprendente naturalidad.

Polución estable 

Una ojeada a la evolución de la calidad del aire en el centro de Berlín da cuenta de que la vida ha continuado en las calles: según datos de la Oficina Federal de Medio Ambiente, desde mediados de pasado marzo los niveles de contaminación en la capital alemana se han mantenido estables, incluso con un repunte de “partículas de suspensión” generadas por la actividad humana a finales de marzo. Un mayor uso del coche en lugar del transporte público en la fase de mayor incertidumbre parece la causa.

Si los berlineses no han dejado de salir es porque no ha estado prohibido: el gobierno nunca aplicó un confinamiento generalizado a toda la población. Merkel se opuso alegando la necesidad de ciudadanos y familias de salir a pasear y tomar aire fresco. Un confinamiento tras el largo y oscuro invierno berlinés habría supuesto una factura social difícil de defender políticamente.

En esa decisión también ha sido clave la mortalidad oficial del virus en Alemania: a pesar de ser uno de los países del mundo con un mayor número de infectados (más de 171.000), la tasa de mortalidad es mucho más baja que en Italia o España. Con algo más de 6.200 casos y 165 muertos confirmados, Berlín no es excepción.

Y a pesar de haber sufrido menos que otras capitales, un sector clave para la economía berlinesa sale muy malparado: el batacazo para el turismo es visible en los lugares de atracción; sitios emblemáticos como la Puerta de Brandeburgo o la Columna de la Victoria, por lo general anegados de turismo – especialmente con la llegada de la primavera –, están hoy semivacíos.

Negacionistas por turistas 

 “Mi facturación ha bajado un 80%”, dice con estoicismo y sin aparente preocupación Georg, uno de los conductores de bicitaxis que esperan a clientes en el centro histórico. “Soy optimista porque no tengo grandes pretensiones”, dice. Está convencido, sin embargo, de que habrá una oleada de cierres de empresas dependientes del turismo y la hostelería. No será su caso porque que no tiene grandes gastos y puede aguantar con pocos ingresos, asegura.

“Yo he perdido el 75% de mis clientes”, responde Alí, un taxista de origen pakistaní y acento berlinés. Nunca había vivido algo así en las tres décadas que lleva aquí. Es uno de los miles de pequeños empresarios que pidió la ayuda pública de emergencia de 5.000 euros para poder seguir funcionando. “A pesar de la caída de pasajeros, salgo casi a diario. Es mejor que quedarse en casa delante de la tele”.

A pocos metros del taxi, donde hace meses meses se formaban colas de turistas para subir a la cúpula de cristal del Bundestag, hoy se reúnen varios cientos de personas que niegan la pandemia. Forman parte del nuevo paisaje urbano de Berlín. Desde hace semanas, una variopinta mezcla de ultraderechistas, militantes de las más diversas teorías de la conspiración y ciudadanos descontentos protestan contra la limitación de derechos fundamentales.

Controlados por policías, que advierten con la mirada a los concentrados que deben mantener la distancia de seguridad, los negacionistas se reúnen con metros en la mano para hacer efectivo el metro y medio exigido. Mientras, un charlatán grita a los cuatro vientos su mensaje a través de un micrófono: “La República Federal nunca fue liberada del nacionalsocialismo. El Imperio alemán nunca dejó de existir. Seguimos siendo un país ocupado”.

Crónica pública en El Periódico de Catalunya.

martes, 19 de febrero de 2019

Judíos, israelíes y acusados de antisemitismo en Alemania

Ronnie Barkan, Stavit Sinai y Majed Abusalama, en Berlín. © Andreu Jerez
“Los alemanes tienen que madurar, tienen que pasar página. Ya es hora de que dejen de apoyar a aquellos que están cometiendo crímenes contra la humanidad. Si aprendieron algo del Holocausto, entonces tendrían que saber que hoy deben apoyar los derechos de los palestinos”. 

Decir una frase así en público no es un paso sencillo en Alemania. La sombra de los crímenes cometidos por el nacionalsocialismo y del Holocausto sigue marcando la vida política del país, y condicionando las opiniones públicas sobre Israel. Las críticas contra el Estado fundado en 1948 y que debía convertirse en el lugar seguro para los judíos del mundo, pueden tornarse rápidamente en acusaciones de antisemitismo todavía hoy en Alemania, más de 70 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial y de la derrota del hitlerismo. 

El autor del párrafo que abre este artículo es, sin embargo, Ronnie Barkan, judío, israelí y activista del Movimiento Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS, en sus siglas en inglés), una campaña global que desde hace más de una década intenta presionar a la comunidad internacional para acabar con lo que considera un "sistema de apartheid" levantado por el Estado de Israel contra todos aquellos de sus ciudadanos no judíos y, especialmente, contra los palestinos de los territorios ocupados y en la diáspora.

Ronnie no puede evitar dibujar una sonrisa ante la siguiente pregunta: ¿se puede ser judío y antisemita? El movimiento BDS se enfrenta desde hace tiempo a ese tipo de acusaciones en Alemania por su activismo y denuncia de las operaciones del ejército israelí y la ocupación de Cisjordania o el bloqueo de la Franja de Gaza. 

El BDS es especialmente controvertido en Alemania por las asociaciones psicológicas entre su campaña y el boicot puesto en marcha por los nazis con su llegada al poder en 1933 bajo el lema “No compres a judíos”. La Oficina de Defensa de la Constitución de la ciudad-Estado de Berlín incluso incluyó al BDS en su capítulo dedicado al antisemitismo después de que sus activistas boicoteasen con éxito un festival de música cofinanciado por la embajada israelí en la capital alemana. 

“El sionismo es claramente supremacista, racista, ultranacionalista; tiene las características más horribles. No hay una versión moral del mismo. La campaña de BDS está dirigida contra cualquier forma de racismo, incluyendo el sionismo y el antisemitismo”, asegura Ronnie en conversación con El Confidencial. Este activista de 42 años decidió abandonar Israel por considerar irresponsable seguir viviendo en su país natal ante la actual situación. Tras pasar por Italia, decidió establecerse en Berlín. Pero, ¿por qué Alemania? 

“Este el último bastión para el sionismo, la última frontera. Ello tiene que ver con una 'razón de Estado' que va incluso más allá de la ley y establece que la existencia del Estado de Alemania está intrínsecamente relacionada con la defensa del Estado de Israel, sin entender qué está ocurriendo realmente. Por eso, cualquier crítica al sionismo o al Estado de Israel es entendida como una crítica a Alemania. Incluso una crítica a la ocupación de territorios palestinos, que en realidad es el síntoma del problema, o de los mismos asentamientos israelíes en esos territorios, es motivo suficiente para ser blanco de acusaciones de antisemitismo. Estas son herramientas muy efectivas para negar cualquier tipo de voz crítica con Israel”.

"Alemania no puede fijar los límites” 

Stavit Sinai asiente ante cada una de las frases de Ronnie. Ella también es judía, israelí y antisionista. Esta académica y activista del movimiento BDS residente en Alemania desde años no da crédito a las acusaciones de antisemitismo y antijudaísmo a las que tiene que hacer frente en un país que, paradójicamente, asegura querer defender los derechos de su país natal y su pueblo: “Como hija de una familia superviviente del Holocausto no aceptaría ningún dictado de nadie sobre cómo formular mis ideas políticas ni tampoco me siento obligada a pedir permiso para expresar mi opinión. No creo que la sociedad alemana esté en disposición de establecer cuáles son los límites de la discusión”, sentencia Stavit. 

En los artículos y reportajes publicados por medios alemanes es fácil leer acusaciones veladas de antisemitismo contra el BDS. Sin embargo, rara vez se menciona la condición judía de algunos de sus activistas ni su origen israelí. “Ser judío, israelí y denunciar de forma no violenta en Alemania el apartheid que aplica nuestro país hace muy difícil que nos acusen de antisemitismo”, razona Ronnie sobre esos silencios mediáticos. 

El debate sobre si Israel ha establecido un sistema de apartheid, de segregación por etnia y religión tanto en los territorios palestinos como dentro de sus propias fronteras, no es nuevo. En 2017, un informe realizado por encargo de Naciones Unidas concluyó sin reservas que Israel había erigido un sistema de segregación basándose “en las mismas leyes y principios internacionales de los Derechos Humanos que rechazan el antisemitismo”. 

“Ningún Estado está exento de cumplir las normas y reglas recogidas en la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas Formas de Discriminación Racial. (…) El fortalecimiento de ese cuerpo de la legislación internacional sólo puede beneficiar a todos aquellos grupos que han sufrido históricamente discriminación, dominación y persecución, incluyendo a los judíos”, concluía el informe.

La publicación supuso la reacción inmediata del gobierno israelí, de otras voces de Estados Unidos y de la propia secretaría general de la ONU. Ante la negativa de eliminar el informe de la web de Naciones Unidas, la jordana Rima Khalaf, directora de la Comisión Económica y Social para Asia Occidental que había encargado la elaboración del estudio, decidió presentar su renuncia. A día de hoy, el informe ya no está en la web de la ONU, pero es fácil de encontrar en otras páginas académicas o de activismo político. 

La legislación internacional en defensa de los Derechos Humanos establece que el crimen de apartheid se traduce en “actos inhumanos cometidos en el contexto de un régimen institucionalizado de opresión sistemática y de dominación de un grupo racial sobre otro u otros grupos raciales con la intención de mantener ese régimen”. El concepto de apartheid procede del sistema de dominación blanca sobre la población negra levantado en Sudáfrica el siglo pasado. Mientras voces como la del escritor israelí nacido en Ciudad del Cabo Benjamin Pogrund se niega a aceptar esa comparación aduciendo sus propias vivencias en aquel sistema de segregación racial sudafricano, Ronnie Barkan y Stavit Sinai no tienen dudas al respecto.

Proceso legal 

“Yo crecí en Haifa, una ciudad diversa. Nunca me mezclé con chicos árabes de mi edad, nunca, porque el sistema educativo está segregado. Fui a una escuela para judíos. La población también está segregada por barrios. Nunca me encontré con chicos de mi edad que no fueran judíos. Por supuesto que me encontraba con árabes, pero siempre en contextos en los que ellos me servían a mi. Me criaron, por tanto, como si yo perteneciese a una raza superior”, explica Stavit. 

Ronnie va más allá de su propia experiencia personal y saca un tabla de elaboración propia basada en datos de la Oficina Central de Estadística de Israel: según esa tabla, la legislación israelí establece tres categorías a la hora reconocer los derechos de los habitantes de Israel y de los territorios ocupados: la ciudadanía, la nacionalidad (judía, árabe, drusa, etcétera) y la religión. Según Ronnie, a cualquier persona que no cuente con una ciudadanía israelí y una nacionalidad judía, reconocidas oficialmente como tales por las autoridades israelíes, le serán negados automáticamente los plenos derechos y deberes ciudadanos. Aquellos ciudadanos palestinos que no cuenten con ciudadanía israelí y que vivan en territorios ocupados o en la diáspora forzada conforman el escalón más bajo, sin estatus ni derecho alguno. “Si todos los ciudadanos de Israel contasen con una ciudadanía israelí, ello significaría el fin del apartheid”, añade Ronnie.

Un ejemplo claro de esta última categoría está sentado al lado de los dos activistas israelíes del movimiento BDS. Se llama Majed Abusalama y es un refugiado palestino que pudo abandonar la Franja de Gaza en 2014 tras recibir un disparo del ejército de Israel. Majed, que había sufrido previamente la persecución de Hamás en Gaza, colaboró con fundaciones de partidos políticos alemanes como la CDU o La Izquierda tras su llegada al país. Dejó de hacerlo cuando empezó a sentirse utilizado para justificar la posición de las instituciones alemanas respecto al comportamiento de Israel para con su pueblo. Actualmente también es activista en el movimiento BDS de Alemania: “Para mi vivir en Gaza significó vivir en una prisión a cielo abierto, en un campo de concentración, en un gueto. Yo viví allí y sé cómo vive mi gente allí en estos momentos”.


En junio de 2017, Ronnie, Stavit y Majed protagonizaron una acción de protesta durante una conferencia ofrecida en la Universidad Humbold de Berlín por la parlamentaria israelí Aliza Lavie, diputada del partido centrista, laico y opositor Yesh Atid. Los activistas quisieron llamar así la atención sobre lo que ellos consideran la colaboración necesaria de la oposición israelí laica con el sistema de ocupación y bloqueo contra la población palestina que mantiene el actual gobierno del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu. 

La acción no les salió gratis. Los dos activistas israelíes afrontan ahora un proceso legal en Berlín por intento de agresión y allanamiento, en un acción calificada por la práctica totalidad de la prensa alemana de “ataque antisemita”. Ronnie y Stavit asumen las posibles consecuencias legales, pero se niegan a dejar de ejercer su activismo en Alemania: “Al igual que un blanco en la Sudáfrica del apartheid, aquí nosotros tenemos dos opciones: o estás en contra o estás a favor; en aquella Sudáfrica no había una tercera opción y tampoco la hay con el actual sionismo”.

Artículo publicado por El Confidencial.

jueves, 22 de noviembre de 2018

“Mi cara polariza”: Merkel, en Chemnitz después de los disturbios ultras

“Reflexioné durante mucho tiempo sobre cuándo sería el mejor momento para venir a Chemnitz, porque, por una parte, sé que mi cara polariza y, por otra, quería visitar la ciudad sin que hubiera un ambiente crispado”. Estas fueron las primeras palabras que Angela Merkel pronunció este viernes frente a un auditorio compuesto por ciudadanos de la ciudad germanooriental elegidos por la dirección del diario local Freie Presse. 

Casi tres meses después de las protestas de corte ultraderechista a raíz del asesinato del ciudadano cubano-alemán Daniel H., presuntamente a manos de peticionarios de asilo, la canciller visitó finalmente la ciudad sajona. Reaccionaba así a las críticas de la alcaldesa de Chemnitz, la socialdemócrata Barbara Ludwig, quien dijo que la visita de la canciller debería haber llegado antes. Merkel quiso hacerse una idea de la situación de la localidad, considerada uno de los bastiones del ultraderechismo y del movimiento anti-Merkel, y hacer visible que Chemnitz es mucho más que las imágenes de disturbios ultras y pogromos xenófobos que dieron la vuelta al mundo a finales del pasado agosto. 

Con un cuidado y controlado programa, la canciller visitó a un equipo de baloncesto local y participó en un diálogo ciudadano organizado por Freie Presse al que sólo unos pocos representantes de la prensa pudieron acceder. Merkel evitó pisar las calles en las hace sólo unos meses grupos de ultraderechistas y neonazis gritaron eslóganes xenófobos, agredieron a extranjeros y mostraron músculo ultranacionalista. La todavía presidenta de la CDU, que se encuentra en el momento de mayor debilidad de toda su carrera política, se cuidó de dejar imágenes incómodas y de tensión con ciudadanos contrarios a su política migratoria y a su forma de gobernar.  

Choque de civilizaciones 

“¡Prensa mentirosa”, “¡Merkel debe irse!”, “¡Nosotros somos el pueblo, nosotros somos el cambio!”, “¡Este es nuestro país!”. Mientras Merkel dialogaba con ciudadanos en el interior del acto, la plataforma ciudadana derechista Pro Chemnitz recibía a la canciller con los eslóganes que han protagonizado las marchas del movimiento islamófobo Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente) y del partido ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD) durante los últimos cuatro años. Alrededor de dos mil personas mostraron nuevamente en Chemnitz que ya sólo esperan una cosa de Merkel: su dimisión. 

Pro Chemnitz, que cuenta con una fracción propia de cuatro concejales en el ayuntamiento de la ciudad, lleva organizando semanalmente este tipo de marchas desde la ola de violencia desatada el pasado agosto. “Le decimos adiós. Tour de despedida de Angela Merkel” era el irónico lema de la concentración convocada este viernes por el movimiento ciudadano autoproclamado “conservador” y “patriota”, y que niega rotundamente ser ultraderechista. La plataforma ya celebra que Merkel haya anunciado que esta será su última legislatura en el poder, pero sigue exigiendo el fin de su política migratoria mientras siga en la cancillería. 

“No estamos en contra de la inmigración, sino en contra de una inmigración descontrolada y, sobre todo, en contra de la inmigración de hombres musulmanes menores de 40 años que no huyen de nada, sino que simplemente pretenden una vida mejor”, dice a Jahn Zoschke, jefe de prensa de Pro Chemnitz. Con un discurso muy bien argumentado, pausado y reflexionado, Zoschke lanza un mensaje meridianamente claro: el problema no son los extranjeros, sino el Islam. “Se trata de un lucha de culturas”, de un choque de civilizaciones, una teoría trazada por el politólogo estadounidense Samuel Huntington hace más de dos décadas y que ahora cosecha un considerable número de seguidores en las llamadas Nuevas Derechas alemanas. 

La marcha anti-Merkel de este viernes confirma que buena parte de los simpatizantes de plataformas ciudadanas como Pro Chemnitz o de los votantes del principal partido ultraderechista alemán, AfD (actualmente tercera fuerza del Bundestag), no son ni mucho menos militantes del neonazismo violento. Grupos de jóvenes, jubilados y familias enteras participaron en la marcha para gritar con todas sus fuerzas que ya no quieren más a Merkel. Que los participantes en la marcha no sean militantes de grupos neonazis o violentos no significa, sin embargo, que no defiendan posiciones abiertamente radicales o xenófobas. Basta con hablar con ellos para encontrar algunos ejemplos.

Thomas y Nico son una pareja de unos 40 años que ha recorrido unos 400 kilómetros desde Renania para mostrar su rechazo a Merkel. No están en Chemnitz sólo por su política migratoria, sino también por su política económica y por su “inacción” en la crisis financiera. “Tenemos la sensación de que Merkel hace tiempo que dejó de escuchar”, dice Thomas. “Aquí no hay ultraderechistas, aquí sólo hay patriotas”, añade. Merkel representa al establishment y ellos están cansados de que manden siempre los mismos. 

Rainer y Wienfried son dos jubilados residentes en Chemnitz. Ambos acceden a hablar con este periodista porque no trabaja para ningún medio alemán. La prensa, especialmente la nacional, sigue siendo uno de los principales enemigos de las Nuevas Derechas alemanas. Rainer enumera las tres razones que lo han traído hoy hasta aquí: la inmigración, la política energética y las sucesivas políticas del rescate dentro de la zona Euro impulsadas por el gobierno de Merkel. Los tres temas forman parte de la agenda fundamental de AfD. Para Rainer, todos los problemas actuales de Alemania proceden de “la ideología izquierdista” y del “neomarxismo”, cuyas raíces llegan hasta las revueltas de 1968 y siguen teniendo amplias cuotas de poder en el país. 

“El Islam no pertenece a Alemania. La inmigración procedente de Afganistán, un país que todavía vive en la Edad Media, nunca podrá integrarse”, asegura a este diario una manifestante de unos 60 años. Su marido añade: “Y luego vendrán los negros, que son muchísimo peores”. La pareja, elegantemente vestida, evita dar sus nombres de pila, ni siquiera quieren revelar dónde viven. Prefieren que sus argumentaciones, que rebasan ampliamente los márgenes de lo políticamente correcto en Alemania, queden en el anonimato. 

“¿Cuándo piensa usted dimitir?” 

Mientras afuera el ambiente se calentaba pese a las bajas temperaturas, dentro Merkel seguía respondiendo a las incómodas preguntas de los ciudadanos elegidos por el diario local. Muchas de las cuestiones iban dirigidas contra la política migratoria de su gobierno, que abrió la puerta del país a alrededor de un millón de refugiados sólo en 2015. Merkel reconoció errores y descontrol en la gestión de la llegada de peticionarios de asilo, pero volvió a rechazar la posición de los que fuera exigían su dimisión: “Yo siempre estoy preparada para hablar con quiera conversar conmigo. Lo triste es que hoy haya manifestaciones que no buscan el diálogo, sino hacer callar a otros”. 

Gabi Engelhardt y Bernhard Herrmann conocen de primera mano la intolerancia de una parte de los “ciudadanos preocupados” que protestan cada semana contra Merkel y su política de asilo. Gabi forma parte de la plataforma Aufstehen Gegen Rassismus (Levantarse Contra el Racismo) y Bernhard es concejal en el Ayuntamiento de Chemnitz por el partido ecoliberal de Los Verdes. Ambos son parte de la Alemania que se niega a aceptar que el Islam no pertenece a Europa y que los refugiados e inmigrantes musulmanes nunca podrán integrarse plenamente en el país. 

“Después de las manifestaciones de Pro Chemnitz ha habido agresiones y hemos visto saludos hitlerianos en sus marchas. Recientemente, hubo un ataque contra un restaurante turco. Todo eso tiene relación con la atmósfera racista propagada por la plataforma”, dice Gabi Engelhardt en una concentración contra el racismo organizada frente al enorme busto de Karl Marx que todavía se conserva en el centro de la ciudad tres décadas después de la caída de la autoritaria República Democrática Alemana. La activista reconoce que Chemnitz sigue siendo una ciudad dividida. Una división que incluso se proyecta dentro de las familias y los grupos de amigos. 

“A Chemnitz le va bien económicamente, hay poco desempleo. Sin embargo, hay una creciente brecha entre los barrios a los que les va bien y aquellos en los que se concentran los desempleados de larga duración”, explica el concejal verde Herrmann. “Además, en un lapso de dos años, Chemnitz ha pasado de ser un ciudad grande, pero provinciana, a una ciudad europea de corte internacional. Ese proceso de internacionalización ha sido especialmente rápido y tiene una relación directa con la llegada de refugiados”. 

La polarización de Chemnitz no deja de ser, en definitiva, una proyección de la Alemania de la que Angela Merkel ya ha comenzado a despedirse políticamente: tras 13 años en el poder, la canciller democristiana, un día considerada la mujer más poderosa del mundo, ya no es capaz de alcanzar amplías mayorías electorales que le permitan gobernar sin dificultades. Merkel genera rechazo y enfado entre importantes sectores de la población alemana. El fenómeno AfD y la consecuente inestabilidad política, que hasta hace bien poco era desconocida por el país más rico y poblado de la UE, son un reflejo de todo ello.


“Una última pregunta, señora Merkel, ¿cuándo piensa usted dimitir?”, interpeló a la canciller un participante del diálogo ciudadano. Fue la intervención más incómoda. El espíritu de la concentración ultra que gritaba eslóganes contra Merkel a las puertas del edificio se coló en la sala para sorpresa de los presentes. Mientras tanto, los “ciudadanos preocupados” no se cansaban de gritar en la fría noche de Chemnitz: “¡Vete ya!¡Vete ya!¡Vete ya!”.

Crónica publicada por El Confidencial.

martes, 5 de julio de 2016

Tuitear desde dentro de Pegida

“Lügenpresse, Lügenpresse, Lügenpresse…!” (“¡Prensa mentirosa, prensa mentirosa...!”) 

Este es uno de los eslóganes coreados habitualmente en marchas de Pegida (siglas en alemán para “Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente”), uno de los gritos franquicia del movimiento islamófobo y marcadamente nacionalista. La prensa es una de las principales dianas de esta iniciativa ciudadana, que desde hace más de dos años saca cada lunes a miles de personas a las calles de diferentes ciudades de Alemania. 

Dresde es el gran bastión de Pegida. En la ciudad germanooriental a orillas del río Elba se gestaron sus inicios. Hasta la capital del Estado federado de Sajonia han peregrinado miles de personas procedentes de toda Alemania y del resto de Europa para participar en marchas de marcado corte antimigración. Pase lo que pase, cada lunes uno de los reporteros de la cuenta de twitter @streetcoverage sigue la manifestación y tuitea en directo lo que en ella ocurre. Alexej y Johannes asumen así la tarea que muchos periodistas y reporteros han dejado de hacer. Por el miedo que generan las amenazas e incluso las agresiones físicas. 

El móvil como escudo Johannes se mueve con paso decidido por las calles empedradas del centro de Dresde pese a que el calor apriete en la capital sajona. Este joven estudiante de medicina no se separa de su teléfono móvil: es la herramienta que le permite explicar a los más de 15.000 seguidores de @streetcoverage lo que ocurre a su alrededor. 

Cuando llegamos a la plaza desde la que este lunes parte la marcha de Pegida, Johannes percibe la hostilidad que genera su presencia desde el primer momento. Agacha la mirada sobre su móvil para tuitear algunas de las frases que los oradores escupen desde el podio. Mientras, un miembro de la seguridad privada de Pegida, corpulento y de cabeza rapada, se sitúa a pocos metros de nosotros con mirada de pocos amigos. Johannes tuitea y tuitea. Parece agarrarse a su móvil como si fuera un escudo con el que poder protegerse.


“Miedo no es la palabra correcta. En todo caso diría respeto. Hemos vivido escenas que estuvieron marcadas por el miedo, en las que tuvimos que tomar la decisión de huir, porque nuestra integridad física estaba amenazada. Pero no tengo miedo, porque creo que lo que hacemos es muy importante y eso nos da aliento. En todo caso, no debemos ser imprudentes”, asegura Johannes, tras reflexionar unos segundos la respuesta.

Más agresiones, menos libertad de prensa

@streetcoverage nació en marzo de 2015. Un grupo de refugiados había acampado ante la Ópera de Dresde como forma de protesta por sus condiciones de acogida. Una noche, alrededor de 150 simpatizantes de Pegida atacaron la acampada con gritos xenófobos. Johannes y Alexej estaban allí. Para su sorpresa, los medios de comunicación no se hicieron eco del ataque. “No podíamos comprender que algo así pudiera pasar en nuestra sociedad sin que automáticamente se convirtiese en un tema de discusión, sin que los ciudadanos se enfrentaran a ello. Los valores fundamentales de nuestra convivencia estaban siendo atacados”.

En ese momento, decidieron crear su propia herramienta informativa. La red social Twitter de mensajería instantánea fue la plataforma elegida. Su cuenta se ha convertido en toda una referencia en Alemania para seguir en tiempo real lo que ocurre en marchas de uno de los movimientos islamófobos más populares de Europa. “Reportajes y narración en vivo desde donde arde. Contra el racismo y la xenofobia”, reza la descripción del perfil.

En 2015, Alemania cayó de la posición 12 a la posición 16 en el ránquing de libertad de prensa elaborado por Reporteros Sin Fronteras. Esa degradación de 4 puestos se debe fundamentalmente a ataques contra reporteros a manos de grupos de extrema derecha en marchas como las de Pegida. RSF documentó al menos 39 agresiones contra periodistas durante 2015 en Alemania. Otros tantos ha recogido el Centro Europeo para la Libertad de Prensa, con sede en Leipzig, otra de las ciudades alemanas considerada foco de movimientos derechistas. En una página web, el Centro Europeo localiza sobre un mapa de Alemania diferentes ataques a periodistas: agresiones físicas, insultos, rotura de cámaras de video y fotos, e incluso amenazas de muerte.

Así las cosas, muchos reporteros de medios regionales y del resto de Alemania han dejado de acudir a las marchas. Unos porque consideran que el riesgo de sufrir una agresión es demasiado alto; otros, porque ya fueron atacados física o verbalmente. Johannes y Alexej podrían haber tomado la misma decisión; sin embargo, y a pesar de no dedicarse profesionalmente al periodismo, los creadores de @streetcoverage prefieren seguir cubriendo las manifestaciones. No ignoran las amenazas, pero se niegan a aceptar que la libertad de prensa tenga que sufrir tales restricciones en un país como Alemania.

“Nuestras coberturas son objetivas, en ellas evitamos opiniones o posicionamientos ideológicos; simplemente describimos lo que vemos. De esta manera, no se nos puede acusar de nada. Simplemente, de describir lo que ellos mismos hacen o dicen. Somos como un espejo. Y eso nos protege de alguna manera”, afirma Johannes con media sonrisa.

Pero esa fría manera de informar parapetados tras los 140 caracteres de Twitter no siempre les sirve de protección: tanto Johannes como Alexej han sufrido golpes y amenazas verbales durante coberturas de marchas islamófobas y también del partido derechista y euroescéptico Alternativa para Alemania (AfD), que algunos ya consideran el brazo político de Pegida.

Capitalización política de la islamofobia 

Decir que Pegida sólo representa a sectores de la extrema derecha y a los círculos neonazis de Alemania sería faltar a la verdad; quien haya acudido alguna vez a una marcha islamófoba en Dresde se habrá percatado de que los manifestantes conforman un grupo heterogéneo, en el que por supuesto hay neonazis y elementos de la extrema derecha, pero también trabajadores y ciudadanos de clase media que participan en las manifestaciones como forma de protesta contra el establishment alemán. Es la forma de expresar su descontento con la marcha del país.

Pegida es un fenómeno político y social más o menos transversal, característica que lo une a Alternativa para Alemania, el partido derechista y eurófobo que actualmente se sitúa por encima de 12 por ciento en las encuestas de intención de voto a nivel federal. No en vano, altos miembros de la formación han acudido a título individual a marchas de Pegida. AfD asegura que no tiene nada en contra de los musulmanes, pero considera que el Islam ni pertenece ni puede pertenecer a Alemania. La formación derechista intenta así capitalizar políticamente y sin sonrojo la creciente islamofobia que la sociedad germana viene experimentando durante los últimos años.

Johannes no tiene duda alguna sobre la cooperación activa entre la direcciones de Pegida y AfD: “Hace unas semanas, un líder de AfD de Turingia participó en una marcha en Dresde y habló desde el podio. Uno de los objetivos de Pegida era precisamente fundar un partido propio. Pero no parece que lo estén consiguiendo. Y una de las consecuencias de esa incapacidad es la cercanía con AfD, que sirve así para canalizar políticamente el movimiento”.

La manifestación de Pegida de este lunes avanza lenta y de manera silenciosa a través del centro de Dresde. Unas 2.000 personas caminan rodeadas de un fuerte cordón policial. El dispositivo de seguridad desplegado por las fuerzas de seguridad es realmente impresionante. Johannes avanza paralelamente a la marcha sin dejar de tuitear lo que ve y lo que escucha. Evita acercarse demasiado a los manifestantes, cuyas miradas son cada vez más amenazantes.

Un joven participante en la manifestación se le acerca y le pregunta para quién trabaja. “Periodista independiente”, responde Johannes. El joven, enfundado en una camiseta negra con el lema de “Defend Europe” (“Defiende Europa”), intenta seguir con la conversación, pero Johannes lo evita. Tanto manifestantes como miembros de la seguridad privada de Pegida comienzan entonces a fotografiar a Johannes y a este reportero. Cuando el seguimiento se hace más que incómodo, decidimos abandonar la marcha. Por seguridad personal, afirma Johannes.

Pasividad policial 

¿Y la policía? “Tenemos mucho contacto con ella. Y la propia policía reconoce que tiene simpatizantes de Pegida entre sus filas. Y no precisamente pocos. Llevamos más de doce meses haciendo coberturas y lo vemos claramente: vemos como miembros de Pegida y agentes se saludan y se chocan las manos”. Johannes incluso denuncia pasividad policial ante ciertas agresiones protagonizadas por manifestantes de Pegida contra refugiados y periodistas. “A veces no nos hemos sentido lo suficientemente protegidos por la policía y hemos tenido que ser recogidos por conocidos para salir de marchas”.

Hoy, la manifestación de Pegida culmina en la misma plaza en la que comenzó. En una de las calles adyacentes, un par de cientos de antifascistas se manifiestan en contra. Un amplio cordón policial separa a ambos grupos. Los militantes izquierdistas profieren insultos contra los simpatizantes de Pegida, que responden con más insultos y con amenazas. Se producen momentos de tensión. Una violencia latente se mezcla con el asfixiante calor; parece que los enfrentamientos pueden comenzar en cualquier momento. Ello no impide que Johannes siga tuiteando situado entre ambos grupos. Las marchas se acaban finalmente disolviendo sin mayores problemas.

“Pegida ha cambiado completamente el ambiente de Dresde; no sólo porque la ciudad se haya convertido para los medios de comunicación en la capital del movimiento que apuesta por el racismo y la xenofobia, sino también porque genera discusiones en las familias y entre colegas de trabajo. Las escuelas, universidades y centros investigación de carácter internacional también están sufriendo las consecuencias. El Instituto Max Planck, por ejemplo, les paga un taxi a algunos de sus investigadores extranjeros todos los lunes por la noche. Por seguridad”, explica Johannes. El joven estudiante de medicina y reportero circunstancial también toma medidas de protección personal que, por razones obvias, prefiere no desvelar.

El terrorismo de extrema derecha y neonazi no es un fenómeno nuevo en Alemania. La Fundación Amadeu Antonio estima que las estructuras neonazis militantes mataron a alrededor de 180 personas desde la reunificación del país en 1990. El último gran episodio de terrorismo pardo fue la célula NSU (Clandestinidad Nacionalsocialista), que asesinó a 9 ciudadanos de origen turco y griego y a una agente de policía entre 2000 y 2007, además de perpetrar atracos de bancos y atentados con bomba antes de ser disuelta definitivamente hace cinco años.

Como cercano observador de los nuevos movimientos derechistas alemanes, Johannes no tiene dudas: “Las fuerzas más activas y militantes de Pegida se han retirado durante los últimos meses del espacio público. El problema es que a través de las marchas de Pegida y de otros eventos similares, esas fuerzas derechistas más militantes se han interconectado muy bien, incluso tal vez mejor que en la década de los 90, antes de la aparición de la NSU. Es posible que estén pasando a la clandestinidad con estructuras muy organizadas y también con nuevas fuentes de financiación. Y temo esto acabe expresándose de manera violenta, con muertos, durante los próximos 10 años”.

Crónica publicada en ElConfidencial.com.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Penúltima parada, Heidenau

La familia kurdo-siria de los Suleiman, frente al centro de acogida de Heidenau. Andreu Jerez ©
Un año y dos meses de viaje, y un presupuesto de 5.000 euros. Es lo que le costó a Ahmed llegar a Europa. Primero viajó de Yemen a Turquía, después, de Turquía a Grecia en patera, y, por último, de Grecia a Alemania en camión a través de los Balcanes y Hungría. Ahmed es un joven yemení de Saná que espera ahora sentado estoicamente frente al centro de acogida de refugiados recién inaugurado en la pequeña de Heidenau, cerca de Dresde, la capital del Estado federado de Sajonia. Espera a poder solicitar su estatus de refugiado para iniciar una nueva vida en Alemania. 

“Dejé mi país huyendo de la guerra y de la corrupción. Nada funciona en Yemen y además no es seguro”, explica Ahmed en perfecto en inglés. Licenciado en idiomas extranjeros por la Universidad de Saná, este joven de 25 años asegura que además de la guerra civil que sacude Yemen, la corrupción es tan galopante que incluso la beca que le pertocaba por ser el mejor estudiante de su promoción fue vendida a un hijo de una familia rica. 

Tráfico de personas

Todas las historias de los alrededor de 600 refugiados que viven en el centro de acogida de Heidenau son similares a la de Ahmed: la mayoría llegó a Grecia procedente de Turquía o del norte de África. Todos los refugiados que acceden a hablar reconocen haber pagado a redes de tráfico de personas para llegar ilegalmente a Austria escondidos en camiones u otros transportes. 

Da igual si los refugiados vienen de Siria, Irak, Afganistán o Yemen: prácticamente todos atravesaron la porosa frontera en Siria y Turquía. Algunos trabajaron ilegalmente durante unos meses en Turquía para acumular el dinero que les faltaba para cruzar los Balcanes y llegar a Austria: alrededor de 1.000 euros por cada adulto, y la mitad por cada niño. 

Así lo hicieron el sirio Mohammed, el kurdo Walid, Ismael y su hijo Maan, de seis a años, y el yemení Jimmy. Son sólo algunos de los nombres de las miles de personas que han aparecido en los informativos de televisión durante las últimas semanas intentando cruzar a pie la frontera entre Macedonia y Grecia. Los refugiados llegados la pasada semana a Heidenau lo consiguieron. Muchos otros se dejaron la vida por el camino. 

El periodista kurdo-sirio Suleiman. Andreu Jerez ©
15.500 euros. Esa fue la cifra total que pagó Suliman para conseguir llevar a su mujer y a sus dos hijos desde Damasco hasta Alemania. Este periodista kurdo-sirio prefirió arriesgar la vida de toda su familia a seguir viviendo en la capital siria, cercada por la guerra civil que ha destruido el país árabe. Se lo jugó todo a una carta, y ya ha conseguido lo más difícil: llegar a su destino soñado, Alemania. El siguiente paso es conseguir el estatus de refugiado para él y su familia. 

Si todo va como han planeado, el yemení Ahmed y los Suleiman pronto pasarán engrosar el grupo de personas que ya ha conseguido este año el estatus oficial de refugiado en Alemania. Hasta el pasado julio, Alemania recibió casi 220.000 peticiones de asilo. Sólo 50.000 de ellas fueron aceptadas. El Ministerio del Interior alemán ya ha dicho que para este año espera la llegada de 800.000 refugiados. 

Las previsiones conservadoras del Gobierno federal sobre la llegada de refugiados dan margen a especular con más de un millón. Sea cual sea la cifra definitiva, una cosa es segura: las 438.191 peticiones de asilo registradas en 1992, en plena guerra de Bosnia y tras la disolución de la Antigua Yugoslavia, serán superadas con creces durante 2015. 

Xenofobia estructural 

El pasado fin de semana fue extraordinariamente tranquilo en Heidenau, a pesar de que los precedentes presagiaban tormenta: hace poco más de una semana, la pequeña localidad sajona fue escenario de unos disturbios de corte xenófobo que recordaron a los pogromos contra extranjeros vividos en Alemania del Este a principio de los 90. 

Pese a que es evidente que en Estados germanoorientales como Sajonia, Sajonia-Anhalt Mecklemburgo-Pomerania Occidental o Brandeburgo hay unas fuertes estructuras de extrema derecha que rechazan de plano la presencia de refugiados, no es menos cierto que también hay una sociedad civil organizada que intenta contrarrestar esa xenofobia militante. 

Durante la mañana del pasado domingo, decenas ciudadanos alemanes acudieron al centro de acogida de Heidenau para llevar comida, juguetes y ropa a los refugiados. Fue el caso de la familia Böhme. Residentes en Dresde, decidieron acercarse hasta el centro de refugiados para llevar ropa de invierno para cuando lleguen los meses de frío.

El yemení Jimmy, a la derecha, y su compañeros de viaje son todo esperanza. Andreu Jerez ©

Peter, el padre, no tiene dudas de que la ola de violencia que sufre Alemania desde hace semanas es esta vez diferente: “Hay una diferencia fundamental entre la oleada xenófoba de principios de los 90 y la actual. Ahora, en Alemania oriental no vivimos la crisis económica sufrida aquí tras la reunificación. A la gente le va bien, el desempleo se ha reducido enormemente. Definitivamente, esta ola de violencia está relacionada con un racismo estructural y latente, y no con problemas sociales internos del país”.

Reportaje publicado en ABC.es.

lunes, 24 de agosto de 2015

Ola de violencia xenófoba en Alemania

Son imágenes que se han convertido en habituales en los informativos y diarios de Alemania durante este verano: grupos de neonazis y militantes de extrema derecha, mezclados con ciudadanos que apoyan y justifican la presencia de los xenófobos, se reúnen ante los centros de refugiados para amedrentar a los peticionarios de asilo. En algunas ocasiones, los manifestantes incluso atacan con piedras y cócteles molotov los centros pese a la presencia de policías antidisturbios. Otras veces, los ataques se producen por la noche y sin previo aviso. 

Alemania está viviendo un verano caliente. Algunos incluso lo comparan con el vivido en 1992, cuando la oleada de refugiados llegados a Alemania huyendo de la guerra de los Balcanes acabó desembocando en una serie de pogromos contra extranjeros y refugiados en el este del país. Imágenes de vergüenza en la historia moderna de Alemania, tal y como apuntan la prensa y los políticos del país; y unas imágenes que despiertan los fantasmas del racismo latente en buena parte de la sociedad germana, especialmente de algunas regiones del Este del país, donde los movimientos y partidos de extrema derecha tienen históricamente un fuerte enraízamiento. 

Heidenau 

La actual ola de violencia xenófoba ha alcanzado este fin de semana una nueva cota: cientos de neonazis se enfrentaron a la policía durante dos noches consecutivas frente a una centro de acogida de refugiados situado en la ciudad de Heidenau, cerca de Dresde, la capital del Estado oriental de Sajonia. Decenas de agentes de policía resultaron heridos. Las imágenes de cócteles molotov y piedras, regadas con eslóganes racistas, recuerdan mucho a las de Rostock-Lichtenhagen, un barrio de la ciudad norteña en el que una turba de ultraderechistas, neonazis y ciudadanos desencantados con la dura situación económica que se vivía en la región tras la reunificación del país atacaron un centro de acogida a finales de agosto de 1992.


En esta ocasión, uno de los detonantes de los enfrentamientos fue la convocatoria de una marcha por el partido neonazi NPD (Partido Nacionaldemócrata de Alemania), una de las formaciones políticas que intenta obtener capital político con la enorme llegada de refugiados durante este año. Una llegada que se mantendrá durante 2015: el Ministerio de Interior alemán informó esta misma semana que prevé que el año cierre con la cifra récord de 800.000 solicitudes de asilo. El vicecanciller alemán, el socialdemócrata Sigmar Gabriel, no dudó este domingo en calificar la ola de inmigrantes como el mayor reto que afronta el país desde su reunificación en 1990. 

Der III. Weg

Aunque la presencia de la extrema derecha en los territorios orientales correspondientes a la desaparecida República Democrática Alemana es históricamente muy fuerte, el resto del país tampoco se salva de la nueva ola de violencia xenófoba. Un ejemplo: el incendio probablemente provocado este agosto en una pensión de la localidad bávara de Reichertshofen en la que estaba previsto alojar a refugiados. Aunque todavía no se ha esclarecido lo ocurrido, la Fiscalía alemana sospecha que el partido de extrema derecha Der III. Weg («La tercera vía», en alemán) está detrás del incendio. La Fiscalía ve al partido como un elemento peligroso que contribuye a crear un ambiente de violencia contra refugiados y extranjeros. 

Un vistazo al programa político de Der III. Weg no deja lugar a dudas: la formación persigue la creación de «socialismo alemán» (una eufemística referencia al nacionalsocialismo del Tercer Reich erigido por Adolf Hitler); el «mantenimiento de la identidad nacional del pueblo alemán», en presunto peligro por «el abuso del derecho de asilo»; el «desarrollo de la sustancia biológica del pueblo» y la «recuperación de las fronteras soberanas» previas al fin de la Segunda Guerra Mundial porque, como dice el partido neonazi, «Alemania es más grande que la República Federal Alemana». 

Como apuntan algunos observadores de este nuevo partido ultraderechista, Der III. Weg tiene presencia tanto en Alemania occidental como en territorios orientales. Un dato que apunta que la ola xenófoba contra los refugiados es territorialmente transversal y un fenómeno violento que amenaza a todo el país por igual.

Artículo publicado en ABC.es.

viernes, 17 de julio de 2015

Srebrenica, una ferida oberta al cor d'Europa

Un home resant enmig dels taüts abans de ser enterrats a Potocari. Carles Palacio.
A part d'un rellotge de paret que pareix que fa anys que no funciona, la sala d'estar de la casa d'Irvin Mujcic a Srebrenica està plena de referències a l'antiga Iugoslàvia: imatges del mariscal Tito, fotos que immortalitzen moments de felicitat familiar d'abans de la guerra, calendaris d'un país que ja no existeix, una imatge de l'antic equip de futbol de Srebrenica. Entre els jugadors, s'hi pot veure el desaparegut pare d'Irvin. Aquest bosnià musulmà de 28 anys, exemple clar de l'anomenada iugonostàlgia, va perdre el seu pare al genocidi perpetrat per les forces serbobosnianes de Ratko Mladic el juliol de 1995. Irvin també va perdre 25 familiars més durant el primer genocidi comès a Europa des de la fi de la Segona Guerra Mundial. 

La neteja ètnica portada a terme per l'exèrcit de la República Sprska (entitat sèrbia dins de Bòsnia i Hercegovina) a la zona de Srebrenica és un paradigma de la brutalitat de la guerra civil que van patir els Balcans després de la dissolució iugoslava: una vegada conquerit l'enclavament de Srebrenica, aleshores de majoria musulmana i declarada zona protegida per les Nacions Unides, l'onze de juliol del 1995, Mladic va ordenar als seus homes que continuessin avançant fins a la localitat de Potocari, dins la municipalitat de Srebrenika, on hi havia el destacament d'un parell de centenars de cascs blaus.

Allà, s'hi havien refugiat més de 25.000 persones bosnianes musulmanes procedents de tota la vall del Drina que escapaven de l'avanç de les tropes serbobosnianes. Esperaven rebre la protecció dels cascs blaus. No va servir de res. Davant la passivitat de la comunitat internacional, Mladic va ordenar separar tots els menors i homes d'entre 12 i 70 anys, prop de 8.000, que van ser executats sistemàticament durant els dies següents. La resta de població musulmana va ser deportada o va fugir a peu a través de les muntanyes.

El Tribunal Penal Internacional per l'Antiga Iugoslàvia (TPIY) va sentenciar, el 2004, que l'objectiu de l'operació ordenada per Mladic va ser netejar ètnicament la regió. El govern serbi ha condemnat "amb claredat el crim horrorós" de Srebrenica, però es nega a qualificar-lo de genocidi. L'horror viscut a Srebrenica ara fa vint anys ha esdevingut un símbol de la guerra de Bòsnia (1992-1995): al llarg d'aquest conflicte armat que va tenir lloc al cor dels Balcans, sovint, l'objectiu de les diferents comunitats (bosniana musulmana, croata bosniana –catòlica– i serbobosniana –ortodoxa) va passar de ser vèncer l'enemic a ser, també, fer-lo fora dels territoris que consideraven seus per drets històrics i de sang, un cop desapareguda l'autoritat superior iugoslava.

Viure amb l'horror

Irvin no té problemes per explicar els seus records de la guerra. Ho fa amb calma, sense exaltar-se ni mostrar indicis d'odi, però amb una tristesa evident en la mirada, una expressió comuna a Srebrenica. Irvin sembla haver après a viure amb els records de l'horror. Tant és així que, el desembre passat, aquest jove de 28 anys crescut a Itàlia va decidir mudar-se a la casa familiar de Srebrenica. Després de ser destrossada i ocupada per les forces serbobosnianes, feia anys que estava abandonada. Irvin es va ocupar de rehabilitar-la tot sol per poder-hi viure. Avui, és l'únic membre de la família a Srebrenica.

Tornar a les seues arrels no va ser una decisió fàcil. La ciutat està situada dins la República Srpska, entitat governada i habitada majoritàriament per població serbobosniana dins les fronteres del fràgil Estat de Bòsnia i Hercegovina, nascut després que, el 1995, se signés la Pau de Dayton, un acord de pau forçat pels Estats Units. Centenars de milers de persones bosnianes musulmanes van abandonar les seves cases durant el conflicte i només una minoria va decidir tornar a l'est de Bòsnia i Hercegovina quan les armes van callar. "Srebrenica és el meu lloc, però, al mateix temps, no ho és", diu Irvin. El jove té assumit que no viurà molt temps ací: Srebrenica ja no és –i difícilment tornarà a ser– la ciutat d'abans de la guerra.

La Mars Mira és una marxa de commemoració de les víctimes de Srebrenica​ que, en molts trams, passa entre zones minades. Andreu Jerez
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lunes, 26 de enero de 2015

Auschwitz 70 años después

La cínica frase "Arbeit macht frei" sigue presidiendo la entrada a Auschwitz. Andreu Jerez © 
«Llegamos con el primer tren de prisioneros a la estación de Auschwitz. Éramos 728 jóvenes, la mayoría estudiantes. Nos bajaron de los vagones y nos llevaron ante el edificio principal de la estación. Tenían una lista con nuestros nombres. El oficial nazi Karl Fritzsch se dirigió a nosotros para dedicarnos unas palabras que me han acompañado toda la vida. ‘No tenéis ni idea de dónde estáis’, nos dijo. ‘Esto es un campo de concentración alemán, no un centro curativo. Aquí se sobrevive como mucho tres meses. Y si entre vosotros hay sacerdotes o judíos, entonces la esperanza de vida es de seis semanas’». 

Józef Paczynski cuenta su historia con tranquilidad pasmosa y gesto amable. A veces incluso esboza una media sonrisa. Józef tenía 19 años cuando llegó al campo de concentración y exterminio de Auschwitz. Era 14 de junio de 1940. Tras ser detenido en Eslovaquia, fue trasladado al campo como preso político por formar parte del ejército de liberación polaco. 

Józef Paczynski sobrevivió para contarlo.  Andreu Jerez ©
Contra el pronóstico del oficial nazi que lo recibió a las puertas de una muerte casi segura, Józef abandonó el campo el 19 de enero de 1945 (poco antes de liberación de Auschwitz) en la llamada «Marcha de la Muerte»: acosados por el ejército soviético, las SS trasladaron a los prisioneros hacia el interior del Reich. Tras pasar por Mathausen, Józef recaló en los campos de Melk y Ebensee, en Austria. Un domingo 6 de mayo, una patrulla del ejército de Estados Unidos lo liberó definitivamente. Hoy tiene 95 años y es uno de los pocos cientos de supervivientes que todavía pueden contar su historia. El próximo martes se cumple el 70 aniversario de la liberación de Auschwitz por el Ejército Rojo. 

Una fecha redonda para conmemorar el horror vivido en el que fue centro fundamental del holocausto programado y ejecutado por el régimen nacionalsocialista de Adolf Hitler. «Sólo aquel que vivió Auschwitz puede entender lo que aquello fue. Auschwitz fue un infierno». Esta es una de las frases más repetidas por quienes viven para contarlo. En la maquinaria bélica nacionalsocialista, Auschwitz se convirtió en el mayor campo de concentración y exterminio del Tercer Reich. 

Construido en la primavera de 1940 en el sur de la Polonia ocupada, en verano de 1941 el comandante en jefe de las SS, Heinrich Himmler, le comunicó a Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, que el campo de concentración que dirigía tenía que cumplir una función central en la «solución final» para los judíos europeos y otras minorías del Viejo Continente. 

Según cálculos aproximados, entre 1940 y 1945 el régimen nacionalsocialista deportó a alrededor de 1,3 millones de personas a Auschwitz: la gran mayoría eran judíos, pero también había ciudadanos polacos, gitanos, presos políticos alemanes y soviéticos, y milicianos de la resistencia antinazi de diversas nacionalidades, entre ellos republicanos españoles. Alrededor de un millón de personas no sobrevivieron. El 90 por ciento de los muertos eran judíos. La gran mayoría de las víctimas fueron asesinadas en cámaras de gas.

No fue casualidad que Hitler se decidiese por Auschwitz, cerca de la ciudad de Cracovia, como centro de operaciones de esa maquinaria genocida: el dictador nazi consideraba los territorios occidentales de la Unión Soviética el espacio geográfico en el que históricamente se concentraba el grueso del «bolchevismo judío», tal y como denominaba la jerga nacionalsocialista a los millones de judíos que vivían desde hacía siglos en Europa oriental. 

Como muestran los documentos conservados, Hitler diseñó un «Plan General para el Este». «Ese plan preveía para Polonia oriental, los Estados bálticos, Bielorrusia y Ucrania un gigantesco reasentamiento de más de 30 millones de ciudadanos judíos y eslavos a cambio de grupos de población alemana y otros pueblos germánicos», escribe el historiador Gerd R. Ueberschär en su artículo «El asesinato de los judíos y la guerra en el Este». Ese presunto intercambio de población acabó desembocando en una máquina de aniquilar seres humanos perfectamente engrasada. 

La lógica industrial de Auschwitz supone un punto de inflexión en los crímenes perpetrados por el ser humano a lo largo de la historia. Al campo de concentración y exterminio de Auschwitz se iba a morir, pero no sin que los asesinos hubiesen calculado la optimización de las ejecuciones masivas y la productividad que las víctimas podían aportar en los trabajos forzados antes de ser ejecutadas o de simplemente fallecer por agotamiento o a causa de las enfermedades que surgían en los barracones por las pésimas condiciones sanitarias. Esa obsesión del régimen nacionalsocialista por la productividad de los prisioneros queda patente en la cínica frase en alemán que todavía hoy se puede leer a la entrada de Auschwitz: «Arbeit macht frei» («El trabajo hace libre»).

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