viernes, 18 de abril de 2025

Cómo la ultraderecha conquista a la clase obrera de Alemania

La crisis económica estructural que sufre la primera economía europea alimenta el discurso de bienestar chovinista y la respuesta reaccionaria de AfD a la cuestión social



El distrito de Gelsenkirchen, en la cuenca del Ruhr, ha sido uno de los bastiones históricos del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD). Candidatos del SPD han ganado de manera ininterrumpida la candidatura directa al Bundestag desde las primeras elecciones de la República Federal en 1949. En la última cita con las urnas, el pasado 23 de febrero en unos comicios anticipados, el candidato directo socialdemócrata también fue el más votado, pero esta vez por muy poco. Obtuvo algo más del 31%, poco más de 6 puntos que el segundo, el candidato de la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD). 

En Alemania, el voto está dividido en dos cruces: una dedicada a la candidatura directa de cada distrito y otra, a la lista regional de cada uno de los partidos. El pasado 23 de febrero, la lista de AfD fue la más votada en Gelsenkirchen. Por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial, un partido de ultraderecha es el más votado en este distrito electoral de tradición obrera. 

Gelsenkirchen es una ciudad históricamente minera que sufrió un profundo proceso de desindustrialización. En 30 años - entre finales de los 50 e inicios de los 80 - perdió las industrias textil, acerera y minera. Con el hundimiento de esos tres sectores, se destruyeron cerca de 100.000 empleos. Hoy los servicios tienen un peso fundamental en su economía, que sigue sufriendo desempleo estructural y pobreza. AfD ha sabido explotar la frustración acumulada durante décadas. Gelsenkirchen podría ser como un viaje al futuro de otras regiones que todavía hoy son industriales en Alemania. 

Crisis económica estructural 

La economía alemana lleva dos años encadenados en recesión y este 2025 también parece abocado a malos datos. El fin de la llegada del gas ruso barato, base de la competitividad de la industria alemana, y la guerra comercial de Trump anunciada a los cuatro vientos están golpeando una economía que durante décadas estuvo basada en la exportación de productos manufacturados, como coches, o de alto valor tecnológico, como turbinas. A diferencia de otras crisis anteriores que atravesó la primera economía de la Unión Europea, la de esta vez no es coyuntural, sino estructural, como explica el analista Wolfgang Münchau en su libro Kaput. El fin del milagro económico alemán, recientemente publicado en castellano. 

Ya no valdrá con contener salarios, recortar subsidios sociales e impuestos, o trabajar más horas, como hicieron gobiernos alemanes en pasadas crisis. Ahora es el modelo en sí el que está en crisis, argumentan Münchau y otros analistas económicos. Para salir de la crisis, Alemania deberá reformar en profundidad un modelo que ha dejado de ser exitoso y que ha dejado pasar, por ejemplo, el tren de la revolución digital. 

Hasta ahora, la economía alemana había capeado el temporal gracias al consumo interno. Pero las grandes industrias del país, como la automotriz, la del acero y la química, comienzan a anunciar despidos masivos. “Lo estamos viendo en el núcleo de la industria alemana, en empresas que personificaron el capitalismo social alemán, como Volkswagen, Thyssenkrupp, Bosch o Siemens. Todas están recortando puestos de trabajo y eso tiene que ver con el cambio energético, con el cambio hacia la electromovilidad, etcétera. Todo esto está provocando que la gente busque una forma de protesta y la encuentre en AfD”, dice Klaus Dörre, profesor de la Universidad de Jena especializado en sociología del trabajo, la economía y la industria

Las cifras dejan poco lugar a dudas: 38% de las personas que se autoperciben como “trabajadoras” votaron a AfD en las últimas elecciones alemanas, según el análisis de los datos ofrecido por el instituto Infratest dimap para la televisión pública alemana. La ultraderecha alemana avanzó 17 puntos respecto a los comicios federales de 2021 en ese caladero electoral. El avance entre la clase trabajadora de un partido como AfD, que representa posiciones nacional étnicas cercanas al neonazismo, ha sido fulgurante: en 2017, sólo un 5% de los trabajadores votaron a AfD. En 2021, fue un 21%. Hoy, el porcentaje de personas trabajadoras seducidas por la oferta reaccionaria va camino del 50%. La ultraderecha es con mucho el partido que mejor puntúa entre las personas asalariadas de “cuello azul”, por delante de los democristianos de la CDU (22%) y de los socialdemócratas del SPD (12%). Estos últimos pierden dramáticamente el apoyo del que había sido su sujeto político histórico. 


 “Nueva cuestión social” 

Dos son los perfiles predominantes del voto “obrero” de la ultraderecha alemana: en primer lugar, las personas que trabajan en condiciones precarias y que luchan por llegar a fin de meses a pesar de tener un trabajo a tiempo completo (trabajadores pobres); en segundo lugar, los empleados de industria claves, como la automotriz, en las que todavía se pagan buenos salarios y hay empleo, pero en las que comienza a percibirse la decadencia del modelo. Estos últimos apuestan por la opción ultra como una reacción de miedo a perder el dinero y el estatus social que otorga ser trabajador industrial. 

Ante un escenario de incertidumbre, parte de la clase asalariada compra el discurso de “autoritarismo rebelde” que ofrece la ultraderecha, como lo explica el profesor Dörre: “AfD sugiere que todo puede seguir siendo como hasta ahora. Es un autoritarismo rebelde que, por un lado, se rebela contra los partidos tradicionales y el establishment y, por otro, proclama que el cambio climático tiene poco de verdad y que, básicamente, podemos seguir como antes, que el motor diésel alemán es maravilloso y que son las élites globalistas las que se han unido contra la industria alemana”. 

La Alianza Sahra Wagenknecht (BSW), una escisión de Die Linke que combina políticas económicas de izquierda y una política migración restrictiva que compite con AfD, también promete un retorno a la Alemania de los 80, recuperando el gas ruso y fortaleciendo las industrias alemanas que han sido exitosas durante las últimas décadas. BSW finalmente fracasó en su intento de entrar en el Bundestag copiando parte del discurso que ha llevado a AfD a ser segunda fuerza. Ante la copia, el electorado prefirió el original. 

Ante este giro reaccionario de parte de la clase trabajadora, intelectuales de las Nuevas Derechas alemanas, como el escritor y editor Götz Kubitschek, refuerzan la llamada “nueva cuestión social”. Esta última tesis reinterpreta la lucha de clases: el conflicto ya no es entre los de arriba y los de abajo, argumenta Kubitschek, sino entre “dentro y fuera”, es decir, entre los trabajadores autóctonos y los extranjeros. Esa tesis no sólo sirve para reforzar la visión chovinista del estado del bienestar, sino que incluso atrae votos de alemanes con origen migratorio en una suerte de lucha entre el penúltimo - el inmigrante - contra el último - el refugiado -. 


AfD, Volkspartei 

AfD recibió más de diez millones de votos el pasado 23 de febrero, más del 20% total. Se convirtió así en la segunda fuerza del país, por delante de SPD y verdes. Consiguió movilizar votos en todos los sectores socioeconómicos, todas las franjas de edad, todas las regiones. AfD no es sólo el partido ultraderechista alemán más exitoso desde la derrota del nazismo, sino que, además, ya es un Volkspartei, es decir, un “partido popular”, un adjetivo hasta ahora reservado para las dos grandes formaciones de la Alemania posguerra: la unión conservadora CDU-CSU y los socialdemócratas del SPD. 

Este éxito inapelable genera aún más vértigo si lo ponemos en perspectiva histórica. En regiones marcadamente populares como Turingia, donde la clase obrera pasó de ser roja a parda en los años 30 del siglo pasado, AfD rozó el 39% del voto. El partido ultra, liderado allí por Björn Höcke - alguien que no desentonaría en un partido neonazi - se acerca así a la mayoría absoluta en Turingia y otros estados federados de Alemania oriental. 

Los resultados de AfD son una seria advertencia para el resto de los partidos alemanes y para Europa. Si el próximo Gobierno alemán, liderado por el conservador Friedrich Merz, no consigue reformar exitosamente el modelo económico del país, volver a la senda del crecimiento y devolver la confianza a la ciudadanía, los fundamentos ya están puestos para que siga creciendo la fuerza más radical de la familia ultraderechista europea. Si el proceso de desindustrialización de Gelsenkirchen se expande por otros puntos de Alemania, AfD amenaza con acercarse al umbral electoral del 30%. Cuesta imaginar cómo se podría mantener entonces el alabado y agrietado “cordón sanitario” alemán que en otros Estados de la UE hace tiempo pasó a la historia.

 


Análisis publicado en el diario Publico.es

Seguir a @andreujerez

sábado, 14 de diciembre de 2024

Putin, a través de los ojos de Merkel

El nombre del presidente ruso aparece 143 veces en “Libertad” - el libro de memorias recién publicado por la excanciller alemana -, más que ningún otro de los líderes con los que Merkel compartió reuniones y llamadas durante sus 16 años de Gobierno


Vladímir Putin, en una celebración en la sede de Stasi en Dresde. © Andreu Jerez Ríos

Cuando Angela Merkel se convirtió en canciller federal de Alemania en noviembre de 2005, Vladímir Putin ya lleva 5 años al frente de Rusia. Cuando la política democristiana dejó de ocupar la cancillería en diciembre de 2021, Putin seguía ahí, siendo presidente ruso. Ningún otro gran líder internacional estuvo tanto tiempo en el poder durante los 16 años de la ‘era Merkel’. Difícilmente haya habido un presidente con el que Merkel se haya reunido más veces que con Putin mientras estuvo en la primera línea de la política alemana e internacional. 

Esa convivencia en lo más alto del poder se proyecta en las memorias recién publicadas por Merkel bajo el título de “Libertad”: 143 veces aparece Putin mencionado en el libro con su apellido, más que Obama (56), Sarkozy (45), Bush (31), Tsipras (23), Cameron (12), Xi Jinping (3), Trudeau (3), Lula da Silva (2), Mariano Rajoy (2) o Pedro Sánchez (1), por poner sólo algunos ejemplos. De hecho, sólo dos nombres de esos líderes ocupan un espacio en el índice de las memorias merkelianas: “Almuerzo con George W. Bush” y “Esperando a Vladímir Putin” ha titulado la excanciller dos capítulos de la cuarta parte del libro de 740 páginas. 

Pese a sus evidentes diferencias, agrandadas tras el inicio de la invasión rusa de Ucrania, Angela Merkel y Vladímir Putin pudieron entenderse. Varios elementos de sus biografías hicieron la comunicación más fácil que entre Putin y otros líderes occidentales. En primer lugar, ambos vivieron en un país que ya no existe: la República Democrática Alemana (RDA), el sistema socialista oriental que se derrumbó tras la caída del Muro de Berlín en 1989. Merkel creció, se educó, se doctoró y vivió los primeros 35 años de su vida en la RDA. Putin vivió y trabajó como agente del KGB en Dresde entre 1985 y 1990, como todavía acreditan numerosos documentos hallados en lo que fue la central de la Stasi – la policía germanooriental – en la capital sajona. 

Merkel aprendió ruso tanto en la escuela como en la universidad, como cuenta en las 200 primeras páginas de sus memorias, dedicadas exclusivamente a la primera parte de su vida, la que trascurrió en la RDA, previa al inicio de su carrera política. Putin aprendió alemán durante su estancia en la Alemania oriental, además de diferentes estancias e intercambios en la Unión Soviética. “Su alemán era bastante mejor que mi ruso”, reconoce Merkel en uno de los pasajes dedicados a uno de sus encuentros con Putin. La lectura de los fragmentos de las memorias dedicados a Vladímir Putin son una valiosa documentación para entender mejor al presidente ruso a través de los ojos de Merkel. 


“Esperando Vladímir Putin” 

Junio de 2007, cumbre del G8 en el balneario de Heiligendamm, en la costa alemana del Mar Báltico. Merkel se encuentra en el ecuador de su primera legislatura como canciller y recibe a los líderes de los siete países más industrializados del planeta. Putin está entre ellos. Rusia busca reencontrar su posición en el mundo tras el trauma del hundimiento de la Unión Soviética y los años más duros de la terapia del shock económica, la privatización del patrimonio estatal y la transición al capitalismo de corte occidental. 

A las puertas de la cumbre, miles de manifestantes llegados de diferentes partes de Europa y del mundo protestan contra el modelo de planeta que proponen los líderes reunidos. Las marchas son uno de los últimos coletazos de lo que se llamó el movimiento altermundista o antiglobalización, nacido a finales del siglo pasado. Las fuertes medidas de seguridad y la presencia policial no evitan fuertes disturbios.

Dentro de la cumbre, el presidente Putin usa sus propios métodos para colocar de nuevo a Rusia en el mapa del poder internacional. “Antes de la cena, quería reunirme con los otros siete jefes de Estado y de Gobierno para tomar un aperitivo. El tiempo era bueno, podíamos sentarnos fuera. Los periodistas iban a la caza de fotos”, narra Merkel en la página 375 de sus memorias. “Sólo faltaba uno: Vladímir Putin. Esperamos y esperamos. Si hay algo que no soporto, es la impuntualidad. ¿Por qué hacía eso? ¿A quién intentaba demostrarle algo?", continúa Merkel. 

Finalmente, el presidente ruso llegó con 45 minutos de retraso. “¿Qué ha pasado?”, preguntó Merkel, casi preocupada. “Tú tienes la culpa. Más concretamente, la Radeberger”, respondió Putin. Radeberger es una marca de cerveza alemana que Putin conocía de su tiempo como agente del KGB en Dresde y que le gusta beber. Merkel decidió dejarle una caja como cortesía en la habitación de su hotel, como él mismo había pedido. “Parecía disfrutar siendo el centro de atención. Probablemente sentía mucha felicidad por haber obligado al presidente estadounidense a esperarle”, escribe la excanciller.


 

“Perdóname, Angela” 

 Putin y Merkel no se conocieron en la RDA. El primer recuerdo de un encuentro personal que la excanciller conserva se remonta a junio del año 2000, cuando ya era presidenta de la conservadora CDU. Su partido todavía estaba en la oposición cuando Putin visitó Berlín como presidente de la Federación Rusa. La primera visita de Merkel al Kremlin fue en febrero de 2002. El socialdemócrata Gerhard Schröder todavía era canciller de Alemania y Putin tendía la mano a Occidente. Un año antes, el presidente ruso había ofrecido un discurso ante el Bundestag. Recibió un aplauso prácticamente cerrado de los diputados federales alemanes. Merkel ocupaba un escaño como diputada democristiana.

En enero de 2007, Merkel visitó a Putin en su residencia privada en la ciudad de Sochi, en la costa rusa del Mar Negro. Antes de la reunión ante la prensa, el equipo de Merkel pidió al de Putin que evitase sacar a su labrador negro Koni, como ya había hecho el presidente ruso en la recepción de otros mandatarios. “Desde mi primera visita como canciller en 2006, Putin sabía que yo tenía miedo de los perros porque uno me había mordido en 1995”, cuenta Merkel en la página 380. La petición no sirvió de nada. Putin dejó entrar a Koni ante los focos de las cámaras y los flashes de los fotógrafos. 

Durante el intercambio de posiciones, el perro no sólo se paseó libremente por la sala, sino que llegó a sentarse a los pies de Merkel, quien, con gesto nervioso, intentaba mantener la calma mientras Putin dibujaba una sonrisa. “Interpreté por su expresión facial que estaba disfrutando de la situación. ¿Simplemente quería ver cómo reacciona una persona en apuros? ¿O era una pequeña demostración de poder?”, reflexiona Merkel. Preguntado al respecto, Putin dijo recientemente, 17 años después del episodio: “Perdóname, Angela. No quería causarte sufrimiento alguno”. 


‘No’ a Georgia y Ucrania 

Uno de los episodios que Merkel explica en su libro con más carga de actualidad es la cumbre de la OTAN en Bucarest de 2008. Sobre la mesa estaba la posible adhesión de Georgia y Rumanía a la alianza militar. Merkel, con el apoyo del presidente francés Sarkozy, se opuso a allanar el camino de entrada para ambos países. Y lo argumenta de la siguiente manera: “Discutir el estatus de Ucrania y Georgia sin analizar también el punto de vista de Putin fue, en mi opinión, una negligencia grave. Desde que Putin llegó a la presidencia de su país en el año 2000, hizo todo lo que estuvo en su mano para convertir de nuevo a Rusia en un actor en la escena internacional, al que nadie pudiera ignorar, especialmente Estados Unidos”. 

La entonces canciller tenía por tanto en cuenta las preocupaciones de seguridad del vecino oriental, algo que hoy puede costarle a un político alemán ser calificado de “Putinversteher” (un neologismo peyorativo que significa algo así como “comprensivo con Putin”). También puso en duda que la entrada de Ucrania y Georgia aumentara la seguridad de ambos países, así como la de la OTAN. La cumbre de Bucarest acabó sin un acuerdo sobre la posible adhesión de Georgia y Ucrania, pero la declaración final abría la puerta a su entrada “algún día”, una fórmula general que suponía una declaración de intenciones y un “reto” para Putin, argumenta Merkel. 

En un encuentro posterior, Putin le dijo al respecto: “Tú no serás canciller para siempre. Y entonces Ucrania y Georgia se convertirán en miembros de la OTAN. Y quiero evitarlo”. Merkel pensó para sus adentros que él tampoco sería presidente ruso para siempre. En diciembre de 2024, camino al tercer aniversario del inicio de la invasión rusa de Ucrania, Putin sigue gobernando Rusia con mano de hierro, mientras Merkel se pasea por platós de televisión y teatros presentando sus memorias. Hay quien se pregunta si Putin habría ido tan lejos con Angela Merkel como canciller federal alemana. Un debate estéril a efectos prácticos, porque Merkel ha cerrado para siempre su carrera política hasta el punto de que evita inmiscuirse con sus declaraciones actuales en la gestión política actual del Gobierno alemán. Lo que quedan son sus memorias.

Reseña publicada por ElDiario.es.

lunes, 25 de noviembre de 2024

Un "polvorín" llamado Tegel

La terminal C del antiguo aeropuerto berlinés acoge a 5.000 personas refugiadas y peticionarias de asilo. El mayor y más costoso centro de acogida de Alemania es blanco de denuncias por malas condiciones y falta de transparencia financiera


Terminal C de Tegel.© Andreu Jerez Ríos

“La visita dura dos horas y ni un minuto más. Ustedes deciden cómo invertir su tiempo”. Monika Hebbinghaus no se siente cómoda cuando refugiados y refugiadas se acercan al grupo de periodistas. Aunque la jefa de prensa de la Oficina berlinesa de Asuntos de los Refugiados intenta transmitir normalidad, apenas puede esconder que le incomoda que personas alojadas en este centro de refugiados en el antiguo aeropuerto de Tegel detengan al grupo de reporteros para contar sus historias. 

Es mediados del pasado octubre. Los rayos de sol pierden fuerza a medida que avanza el otoño en la periferia norte de Berlín. El invierno se acerca y con él, el frío, la oscuridad y los meses más difíciles para el centro de acogida de refugiados de Tegel. Aquí viven unas 5.000 personas, tendencia al alza. La mayoría son ucranianas, con estatus especial concedido por el Gobierno alemán tras el inicio de la invasión rusa. Gracias a ello, obtuvieron un permiso de residencia sin necesidad de pasar por el proceso burocrático correspondiente. Pero el permiso de residencia no significa poder encontrar un apartamento en una ciudad con uno de los mercados inmobiliarios más tensionados de Alemania y Europa. 

También hay personas peticionarias de asilo de otros países. La mayoría vienen de Turquía, Afganistán, Siria, Vietnam y Moldavia, según cifras oficiales de las autoridades berlinesas. Los responsables de este centro de acogida improvisado en lo que fuera el principal aeropuerto de la capital alemana - cerrado en noviembre de 2020 tras la inauguración del Aeropuerto Internacional Willy Brandt - organizan hoy una visita de prensa para un equipo de la televisión internacional alemana Deutsche Welle y para el ElDiario.es. Tienen interés en mejorar la imagen del mayor centro de acogida de refugiados de Alemania. Tegel acumula demasiados titulares negativos en prensa alemana y extranjera. 

“Un lugar que no debería existir”, tituló el semanario Der Spiegel una larga crónica, publicada el pasado septiembre sobre las precarias condiciones de vida de las personas alojadas alrededor de la terminal C del antiguo aeropuerto. “Los días aquí son largos. No hay nada que hacer aunque hay mucho por resolver” es una de las frases que mejor resume el texto. La crónica arroja luz sobre la gestión del centro de acogida, sobre la falta de transparencia de las contratas y su financiación pública, y, sobre todo, lo hace a través de los protagonistas del lugar: las personas refugiadas. 


Críticas y agradecimiento 

 La cámara y el micro de Deutsche Welle llaman rápidamente la atención de los residentes. Muchos miran con curiosidad. Otros se acercan a hablar directamente en su idioma. Una mujer ucraniana con bastón comienza a dirigirse en ruso al objetivo de la cámara, sin esperar a que nadie le pregunte. Se queja de la falta de una atención médica adecuada. Lleva 18 meses en Tegel, sin perspectivas de ser derivada a otro alojamiento. Cuenta que llegó con dos hijos, uno de ellos con discapacidad. La jefa de prensa de la Oficina de Asuntos de los Refugiados, la señora Hebbinghaus, se interesa primero por su situación para acabar interrumpiendo la conversación con el argumento de que hay que avanzar en la visita. 

Berdnyk Aleksander. 
© Andreu Jerez Ríos
Pero la gente aquí quiere hablar sobre su situación. “Las condiciones son muy malas. No podemos hacer nada. La comida es mala. He perdido peso, se me ven las costillas”, cuenta el joven ucraniano Berdnyk Aleksander, unos metros más adelante, a las puertas de lo que fuera el edificio de la Terminal C en el que las antiguas ventanillas de check-in sirven hoy para registrar a los recién llegados. Berdnyk lleva 10 meses en Tegel. Asegura que nadie le da trabajo, que no puede aprender alemán, que viven sin perspectivas, que ni siquiera le permiten cocinar. 

“Mi esposo y yo sufrimos un incendio. Todas mis pertenencias se quemaron. Nadie prometió ayudarnos. Simplemente cerraron las puertas y echaron la culpa a las víctimas”, dice Aleksandra, ucraniana de 22 años procedente de Crimea, dentro del comedor colectivo, entre armarios de impersonal color gris con decenas de casilleros numerados. Aleksandra habla del incidente más grave conocido hasta ahora en Tegel: un incendio arrasó el pasado marzo una de las tiendas gigantes que servía de dormitorio a 300 personas. Nadie murió ni hubo heridos. Fue un milagro, coinciden los medios berlineses. También fue síntoma de que algo no marchaba bien en Tegel. 

No sólo hay quejas de gente joven. Hay mucha gente mayor, con problemas de salud y movilidad, que muestran descontento con las condiciones en las que viven. Parecen las más desamparadas de todas. Algunas ni siquiera se molestan en protestar. Miran con una mezcla de desesperanza y hartazgo a los periodistas que son paseados por el recinto por los responsables del mismo. 

También hay quien aprovecha la ocasión para agradecer ante la prensa la acogida de Alemania. “Aquí puedo ganar 10 veces más que en Ucrania y tengo una oportunidad para desarrollarme”, dice un joven ucraniano entre las miradas desaprobatorias y las críticas en voz alta de un grupo de compatriotas mayores que él que no comparten su relato. 


Solución de emergencia 

El centro de acogida de refugiados de Tegel abrió sus puertas poco después del inicio de la invasión rusa de Ucrania, en marzo de 2022. En un primer momento, se usó como punto de registro de los refugiados ucranianos que después eran derivados a centros de acogida, viviendas sociales u otro tipo de alojamiento distribuidos por toda Alemania. 

Pero lo que tenía que ser una solución de emergencia provisoria se ha convertido en un alojamiento permanente con capacidad de hasta 8.000 plazas ante la incerteza de cuáles serán la necesidad de acogida en los próximos meses y años. Que la solución improvisada se haya convertido en permanente es la principal crítica de los detractores del centro de refugiados de Tegel.

Kathie Lehmann es una de las integrantes de Tegel Assembly, una asamblea de organizaciones y activistas que denuncian la situación de los refugiados y también de las condiciones de los empleados del centro de acogida. Algunos de los integrantes de esta asamblea trabajaron en él y fueron despedidos por denunciar interna o públicamente las malas condiciones, o por intentar asesorar por su cuenta a los refugiados. 

Hoy organizan una fiesta con música, comida y juegos infantiles para los residentes en Tegel, en el otro extremo del antiguo aeropuerto. Quieren ofrecer un espacio de evasión seguro a las personas alojadas en la Terminal C. “Hay unas condiciones higiénicas catastróficas, brotes de enfermedades, la gente sigue viviendo en un espacio de cuatro metros cuadrados”, cuenta Kathie. “Estamos hablando de un aeropuerto, un espacio completamente asfaltado donde están instaladas las tiendas, lo que parece una solución absolutamente improvisada. Hay muchos guardias de seguridad que, por supuesto, tampoco tienen buenas condiciones laborales. Todo el mundo está muy descontento y simplemente no sabe qué va a ser de ellos”. 

Desde la Oficina berlinesa de Asuntos de los Refugiados piden comprensión ante el desafío de alojar a tanta gente. “Nuestro mandato legal es alojar a todo el mundo. Evidentemente, cuanta más gente viene, más obligados estamos a bajar los estándares. Es lo que estamos viendo aquí, en Tegel. No es una situación normal. Se debe a la cantidad de personas que ha llegado en un tiempo relativamente corto”, argumenta la señora Hebbinghaus, encargada hoy de guiarnos por la explanada convertida en campamento. 


Falta de transparencia 

El centro de refugiados de Tegel tiene un presupuesto anual de más de 400 millones de euros, lo que lo convierte en el mejor financiado del país. La Cruz Roja Alemana gestiona el campo con ese dinero, que también sirve para pagar, entre otras cosas, el alquiler del espacio, el cátering y a una empresa privada que se encarga de la seguridad del perímetro y los interiores del recinto. 

Organizaciones sociales con experiencia en acogida de refugiados consideran que ese presupuesto debería permitir unas condiciones mucho mejores. “No sabemos dónde va a parar todo ese dinero. Si utilizas el presupuesto de 400 millones para alojar a 5.000 personas, estamos hablando de un coste individual de entre 240 y 300 euros al día. Con ese dinero, el Gobierno de Berlín podría proporcionar pisos de lujo para los refugiados”, explica con cierta sorna Emily Barnickel, trabajadora social de la ONG Consejo de Refugiados de Berlín.

Las denuncias de malas condiciones, combinadas con el enorme presupuesto, abonan las acusaciones de falta de transparencia en el uso del dinero público y las sospechas sobre el margen de beneficio que están obteniendo las empresas privadas que ofrecen los servicios del centro de refugiados de Tegel. 

En toda Alemania surgen cada vez más sospechas sobre la gestión privada de centros de acogida de refugiados. La televisión pública ARD y el diario Süddeutsche Zeitung publicaron recientemente una investigación sobre la compañía británica Serco. Especializada en control de fronteras, servicios militares y seguridad, Serco ha ganado contratas públicas en diferentes lugares de Alemania para gestionar centros de acogida de refugiados. 

Documentos filtrados desde dentro de la empresa apuntan a un margen de beneficios de más del 50% en algunos casos, lo que explicaría las pésimas condiciones en las que los refugiados viven en esos centros. Ello también lanza dudas sobre los concursos de concesión de las contratas y sospechas de posibles intereses personales de los responsables políticos correspondientes. 

Pese a todas las críticas recibidas por Tegel, el alcalde-gobernador de Berlín, el conservador Kai Wegner (CDU), no se atreve a descartar una ampliación del número de plazas del centro de refugiados. Wegner gobierna desde abril del año pasado con los socialdemócratas del SPD en la llamada “Gran Coalición”. Los Verdes, hoy en la oposición, son muy duros con la situación en Tegel. El diputado regional ecologista Jian Omar, nacido en el Kurdistán sirio y que recibió asilo político en Alemania tras llegar con una visa de estudiante en 2005, es una de las voces más críticas con el centro. En una entrevista con el semanario Der Spiegel, Omar resume la situación con una advertencia: “Tegel es un polvorín que puede explotar en cualquier momento”.

Reportaje publicado por ElDiario.es.

martes, 3 de septiembre de 2024

Sahra Wagenknecht, la izquierda conservadora que agita Alemania

Sahra Wagenknecht, en Chemnitz. Foto: Andreu Jerez Ríos

Sahra Wagenknecht habla como una pianista que toca las teclas sabiendo de antemano qué música complace más al público que tiene delante. La líder del joven partido BSW (Bündnis Sahra Wagenknecht – BSW – Alianza Sahra Wagenknecht) ofrece un discurso en el centro de la ciudad sajona de Chemnitz, llamada Karl-Marx Stadt por la República Democrática Alemana, la desparecida Alemania socialista. 

A pocos días de las elecciones regionales en los estados federados de Sajonia y Turingia, en las que la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) dieron un nuevo golpe sobre la mesa, Wagenknecht despliega ante cerca de mil personas una efectiva oratoria con los principales temas que llevarán a su formación a entrar con fuerza en los dos parlamentos regionales del Este de Alemania. Cada frase es un eslogan:

“En Ucrania mueren cada día hombres jóvenes, a ambos lados del frente”, “no sólo Putin comenzó una guerra ilegal, también los americanos atacaron ilegalmente siete países en los últimos 30 años”, “con las sanciones a Rusia no dañamos a Putin, dañamos nuestra economía, “queremos diplomacia y no más envío de armas”, “ahí están los políticos que nos pretenden enseñar lo que debemos decir, lo que debemos pensar, lo que debemos comer”, “hace dos años dije que tenemos el gobierno más estúpido de Europa y desde entonces no se ha vuelto más inteligente”, “no puede que en nuestro país haya que gente que muera a manos de personas que no debería estar aquí”. 

Wagenknecht ha sabido leer a la perfección el momento antielitista y populista que se respira en amplios sectores de la sociedad alemana. Con una guerra en pleno continente europeo, a menos de 1.000 kilómetros de la frontera de Alemania, una economía renqueante que bordea la recesión, una inflación que afecta a una clase trabajadora en parte ya empobrecida antes del comienzo de la invasión rusa de Ucrania y unas perspectivas que no invitan especialmente al optimismo sobre el futuro, la exdiputada de los poscomunistas de Die Linke y exlíder de la Plataforma Comunista – un gremio marxista-leninista existente dentro de Die Linke – ha entendido que un mensaje sencillo, directo y en parte simplificador de los problemas que arrastra Alemania es la fórmula perfecta para conseguir el éxito electoral, al menos a corto plazo. 

La gran baza es la misma figura de Wagenknecht, que con un aura de líder mesiánica con fuerte tirón en medios de comunicación tradicionales, y una constante y eficaz estrategia en redes sociales, da sentido y también el nombre a un partido fundado oficialmente el pasado enero y al que todas las encuestas le aseguran presencia en el próximo parlamento federal. 

Tras convertirse en una voz incómoda durante años dentro de su expartido, Wagenknecht ha sabido esperar hasta el momento exacto para lanzar BSW, con el tiempo necesario para entrar en las instituciones pero sin la presión de ofrecer más detalles sobre su propuesta política. La principal arma de la Alianza Sahra Wagenknecht es la propia Sarah Wagenknecht. 


Cuatro folios de programa 

El programa electoral de BSW cabe en cuatro folios. Está dividido en cuatro grandes bloques que dan forma al discurso electoral de Wagenknecht en Chemnitz: “sensatez económica”, “justicia social”, “paz” y “libertad”. El programa combina la apuesta por la redistribución de la riqueza con una defensa de la economía social de mercado, modelo tradicional de los fundadores de la República Federal de Alemania. Es decir, capitalismo con correcciones del Estado y apoyo a la mediana empresa familiar de implantación regional. 

Su programa económico está en realidad más en línea con el discurso socialdemócrata del siglo pasado - e incluso con un partido conservador con sensibilidad social - que con un partido comunista o marxista-leninista, ideología en las que están las raíces políticas de Wagenknecht. Esa política económica, que hace décadas podría haber venido de los socialdemócratas del SPD o los democristianos de la CDU, está hoy salpimentada con propuestas inaceptables para el considerado centro político de Alemania: negociaciones con Putin, fin de las sanciones contra Rusia, recuperación del gas y petróleo rusos que durante años permitieron a la industria alemana producir de forma competitiva en una economía fuertemente dependiente de las exportaciones. 

Con el bloque “paz”, ocurre un poco lo mismo: BSW recupera conceptos del siglo pasado marcado por una Guerra Fría que la propia Sarah Wagenknecht vivió el primera persona como joven ciudadana de la RDA: “Nuestra política exterior está en línea con la tradición del canciller Willy Brandt y del presidente soviético Michail Gorvachov, que se opusieron a la lógica de la Guerra Fría con una política de la distensión, del equilibrio de intereses y de la cooperación internacional. Rechazamos de manera fundamental la solución de los conflictos con medios militares”, reza un programa que lee la geopolítica actual desde la óptica del siglo XX. Se podría decir que BSW es un partido de izquierda por su voluntad de redistribución económica, pero con una receta conservadora anclada en el siglo pasado. 

Wagenknecht sabe que el cansancio con la guerra en Ucrania y sus consecuencias crece entre la población alemana, especialmente en el este del país, cuya economía es más dependiente del comercio con la Federación Rusa y cuya población mira con más simpatía y empatía hacia la población y la cultura del gigante euroasiático por cuestiones culturales, históricas y geográficas. 

El último bloque, el de “libertad”, es una mezcla entre posiciones que podrían estar representadas por un partido liberal-conservador como el FDP: un rechazo latente de la inmigración, que BSW considera “descontrolada”, y un rechazo explícito de la “cultura de la cancelación” y del “estrechamiento” de la libertad de opinión, narrativa también cultivada por la ultraderecha de AfD. 


Las repúblicas perdidas 

El discurso y la oferta política de BSW son como una invitación a volver al pasado: en el oeste, las décadas dorada de los 70 y 80 de la República Federal occidental con su milagro económico y su apuesta por la distensión con la Unión Soviética a través del comercio; en el este, con la sensación de seguridad que ofreció el socialismo real de la RDA, una nostalgia de la república perdida bautizada como “Ostalgie” en alemán. 

Wagenknecht no defiende en Chemnitz la división entre las dos Alemanias, pero sí desliza referencias a la historiad de la RDA que tocan la fibra sentimental e identitaria de la población germanooriental: “Los que vivieron la fase final de la RDA ya experimentaron como los de ahí arriba no consiguen nada, no tienen una visión ni un plan, se dieron cuenta de que algo tenía que cambiar urgentemente”. Wagenknecht traza un paralelismo histórico entre entonces y hoy: la era de cambio que se notaba en el aire a finales de los 80 en la RDA es similar a lo que se respira hoy en la Alemania reunificada, asegura.

Grita es una de las asistentes al acto electoral. El cartel con el que ha venido destaca sobre las cabezas del público: “Kriegstreiber NATO” (“OTAN, belicista”). “Mi infancia la pasé en la RDA, me socialicé en la RDA y, con todos los errores que se cometieron, opino que se deberían haber revisado tras 1989 y que nunca deberíamos haber renunciado a la RDA”, dice esta mujer de 62 años. “Desde la actual perspectiva, sé que sin la RDA habríamos tenido con seguridad de nuevo una guerra. Con su política exterior pacifista, la RDA lo evitó”. 

Entre el público destaca la presencia de gente mayor, especialmente de personas en edad de jubilación. “Tras 40 años cotizados y haber criado a tres niños, además de a mi nieta, me queda una pensión de 800 euros”, dice Conny visiblemente emocionada por el discurso que acaba de escuchar de Sarah Wagenknecht. “Dice cosas que yo también siento, sobre todo en lo relacionado con la migración. No puede ser que tengamos criminales, que no deberían estar aquí y que no respetan nuestras reglas”, dice esta jubilada que reconoce tener que seguir trabajando para llegar a fin de mes. 

Entre los asistentes hay también unos cuantos inmigrantes o alemanes de raíces migratorias. Antonio es uno de ellos, un ingeniero mecánico nicaragüense llegado a la RDA antes de la caída del muro y que lleva más de tres décadas viviendo y trabajando en Alemania: “El nivel de vida ha bajado bastante. Y la migración y la criminalidad han aumentado. Espero que este partido haga cambios. Y si no los hace, pues no lo volveré a elegir”. 

Antes de apostar por a BSW, Antonio votó a Los Verdes y a socialdemócratas del SPD. Algo que no se plantea “nunca más”. Preguntado por la “inmigración descontrolada” que denuncia su actual opción política, responde: “En la RDA había cubanos, argelinos, también había inmigrantes, tal vez incluso más que hoy. Pero en el sistema anterior no había ayudas sociales. Hoy hay ayudas sociales. Esa gente viene aquí, recibe dinero y no se adapta a las normas del país. Y el actual gobierno no hace nada”, denuncia el inmigrante nicaragüense. Mientras, de fondo, la megafonía del acto electoral invita a los asistentes a acercarse al escenario para un hacerse un ‘selfie’ con la líder.

Crónica publicada por ElDiario.es.

jueves, 25 de julio de 2024

“TikTok-Guerrilla”: ultranacionalismo étnico por un cambio de régimen

Kanal Schnellroda / Youtube
 
Erik Ahrens no esconde su ideología: “Yo lucho por mi propia gente, por mi pueblo, a mi lo que me interesa es mi pueblo, es mi nación, es mi gente, son mis amigos, mi familia, mi tribu.” Este activista ultraderechista apuesta abiertamente por un nacionalismo alemán basado en criterios étnicos. Es cierto que no defiende – al menos públicamente – las vías violentas para alcanzar sus metas políticas. De lo contrario, su ideología podría ser encuadrada perfectamente en el neonazismo. 
 
Ahrens forma parte de una nueva hornada de jóvenes alemanes que militan en las llamadas Nuevas Derechas alemanas. Con formación académica, estética de hijos de clase media acomodada, lenguaje intelectual y muy activos en redes sociales, estos activistas intentan devolver el nacionalismo étnico al centro del tablero político alemán y europeo, y normalizar una concepción étnica de la ciudadanía de los Estados. 
 
El austriaco Martin Sellner puede ser considerado la figura de referencia dentro del espacio de habla alemana, y el Movimiento Identitario, la organización juvenil más relevante en ese espectro ideológico. En su libro Regime Change von rechts (Cambio de régimen desde la derecha), Sellner expone con absoluta claridad su teoría política: “El intercambio de población llena los agujeros demográficos del pueblo alemán con extranjeros. Estos construyen enclaves que a menudo desarrollan una ‘hiperidentidad’ de aislamiento respecto a la sociedad mayoritaria. Mantienen una fuerte relación con sus países de origen, conservan su tradición y construyen su propia comunidad. Se resisten a la integración y a la asimilación, que apenas son exigidas por el Estado. Una mayoría alemana, en la que podría integrarse una minoría inmigrante, simplemente ya no existe en muchas ciudades.” 
 
En su libro, Sellner deja claro, primero, que está convencido de que está habiendo una sustitución planificada de la población “autóctona” por extranjeros - en línea con la teroría conspirativa del "gran remplazo"- y, segundo, que para él, el pueblo alemán es aquel que tiene determinadas características étnicas. El objetivo de las llamadas Nuevas Derechas alemanas es claro para Sellner: “Debemos proteger nuestra identidad etnocultural y nuestra sustancia”. 
 
 
Nuevas Derechas alemanas 
 
Una cosa une a Sellner, Ahrens y otros intelectuales de la ultraderecha alemana y austriaca: se autoperciben y se presentan como activistas de “derecha” (“rechts”, en alemán) o como “patriotas”, dejando de lado el resto de adjetivos o etiquetas políticas. El pasado nacionalsocialista de Alemania y Austria no forma parte de su reivindicación política; no porque lo rechacen explícitamente, sino porque ya no lo consideran útil para alcanzar sus objetivos. La “rehabilitación” del nacionalsocialismo no sirve para construir una “hegemonía cultural y metapolítica”. 
 
Los conceptos “metapolítica” y “hegemonía” son fundamentales para entender la forma de pensar y de actuar de esta nueva generación de activistas de ultraderecha. Su profundo convencimiento es que las sociedades europeas están dominadas por valores de izquierda heredados de las revueltas juveniles y estudiantiles de 1968, y que esas ideas y valores copan las esferas más relevantes: desde la política al periodismo, pasando por la judicatura o la universidad. Por eso, sus textos y discursos están plagados de referencias a Antonio Gramsci a pesar de defender ideas opuestas a las del filósofo comunista italiano. 
 
En realidad, Sellner, Ahrens y compañía no hacen más que desempolvar el pensamiento gramsciano de derecha inaugurado por la Nouvelle Droite fundada por el francés Alain de Benoist en la década de los 70 del siglo pasado. Pero a diferencia de la generación de pensadores como Benoist, ellos hacen un uso abierto y cada vez más profesionalizado de las redes sociales y la comunicación digital para conseguir la hegemonía metapolítica y cultural tan ansiada como condición previa para recuperar sociedades europeas étnica y culturalmente homogéneas. 
 
La ofensiva que partidos ultraderechistas como AfD llevan haciendo desde hace años en redes sociales como TikTok es clave para entender la estrategia de construcción de esa “hegemonía cultural y metapolítica” ultraderechista. Y Erik Ahrens es una figura capital para comprender una táctica de guerrilla digital que ya está teniendo resultados en las franjas de edad de nuevos y jóvenes votantes de algunos países europeos
 
 
“TikTok-Guerrilla” 
 
A Erik Ahrens se le contacta fácilmente a través de la aplicación de mensajería Telegram. Allí coordina un canal llamado “TikTok-Guerrilla” con más de 2.000 suscriptores. El objetivo del canal queda claro en su primer mensaje: “Vencer la censura en TikTok desde la derecha. Juntos llevaremos a todas las pantallas un TikTok de derechas censurado. Si podemos hacerlo una vez, podremos hacerlo una y otra vez en el futuro.” 
 
El mensaje incluye un breve tutorial sobre cómo descargar fragmentos de vídeos del líder de las juventudes de Alternativa para Alemania (AfD) Eric Engelhardt, editarlos brevemente con diferentes herramientas y volver a subirlos a TitTok para crear una marea de cuentas que alimenten el algoritmo y ayuden a crear una burbuja digital con mensajes ultranacionalistas. Ahrens sortea móviles Iphone entre sus “guerrilleros de tiktokería”, como él llama a los participantes en el canal. 
 
Con este tipo de estrategias, ha conseguido convertir al que fuera cabeza de lista de AfD al Parlamento Europeo, Maximilian Krah, en toda una estrella de TikTok entre el público germanohablante, especialmente entre el joven. Krah consiguió millones de impactos en la campaña electoral hasta ser apartado por la dirección de su partido por ser investigado por la fiscalía alemana a causa de presuntas conexiones con los servicios de inteligencia de Rusia y China, y tras blanquear a la organización nazi de las SS en una entrevista. Krah ha sido apartado de la fracción de AfD en el Europarlamento, pero mantiene su escaño y sigue teniendo carnet del partido. 
 
Cuando le preguntas a Ahrens sobre el secreto de su éxito como asesor digital, su respuesta es bastante más sencilla que la de aquellos que lo consideran un genio de la comunicación: “Entendí que TikTok es un nuevo tipo de red social. En TikTok gana la autenticidad, ganas cuando hablas de los problemas cotidianos, de la vida actual, de la vida real, de cosas como las relaciones, la alimentación, la identidad, la seguridad en la calle, en tu vida, tu futuro, cosas que tocan la vida del público”, explica en un castellano más que correcto. Estudió magisterio de español antes de entrar en la asesoría política.
 
 
   

 
Revolución política y comunicativa 
 
Erik Ahrens comenzó a trabajar con Maximilian Krah el año pasado. El político tenía un problema: era muy conocido en la burbuja ultraderechista alemana, pero inexistente fuera de ella, según Ahrens, porque los medios tradicionales lo ignoraban y los periodistas no le daban visibilidad. Fue precisamente a través de su éxito en TikTok cuando los medios tradicionales comenzaron a interesarse por él y a entrevistarlo. Ahí entró en la radio y la televisión tradicionales, lo que retroalimentó el tráfico de su canal de TikTok, donde no cesa de lanzar mensajes directos, efectivos y provocativos contra la política de memoria y la inmigración, y en favor del sentimiento nacionalista alemán y de una identidad histórica sin complejos. 
 
“Tus antepasados no eran unos criminales”, dice Krah en uno de sus vídeos hecho a medida del público joven. El vídeo hace referencia indirecta a los crímenes nacionalsocialistas y carga - sin necesidad de citarla - contra la política de memoria histórica establecida como consenso en la República Federal. Cada uno de esos vídeos ayuda a construir la “hegemonía cultural y metapolítica” predicada por Martin Sellner en su libro Cambio de régimen desde la derecha
 
La batalla de la ultraderecha de habla alemana por recuperar la hegemonía será lenta, probablemente cuestión de décadas, pero no tienen prisa. Las redes sociales serán uno de los campos en los que se disputará la batalla. Ahrens lo resume nuevamente con absoluta transparencia, como si su estrategia fuera una aplicación o un sistema operativo de fuente abierta: “Vivimos nosotros en un periodo revolucionario y hay muchas revoluciones en este momento. Una revolución tecnológica con la inteligencia artificial, una revolución de comunicación con las nuevas redes sociales, principalmente con Twitter - X - y TikTok, porque estas redes sociales son redes sociales algorítmicas en las que no es importante que tú tengas una presencia en la tele o en la radio o en las medios antiguos, sino que seas auténtico. Los primeros que usen estos medios revolucionarios ganarán el discurso y van a ganar dentro de 10 o 20 años que vienen. Y esos somos nosotros.”
 
Texto publicado en ElDiario.es
 

miércoles, 10 de abril de 2024

“Con potencias nucleares no se juega"

Nuestros políticos llevan dos años repitiendo un doble mantra sobre la invasión rusa de Ucrania: “Rusia no puede ganar esta guerra” y “Ucrania no puede perderla”. El problema es que la mayoría de esos políticos occidentales, en especial los de Alemania, no acaban de explicar qué significa a efectos prácticos que Rusia no gane y que Ucrania no pierda. Si esto último significa que Ucrania recupere su soberanía y sus fronteras de 1991 - con la península de Crimea y los actuales territorios del este ocupados por Rusia -, parece bastante evidente que Ucrania ya ha perdido esta guerra.

Esta obviedad se da en medio de un encendido debate en Alemania sobre la entrega de misiles de crucero Taurus al ejército ucraniano. Kiev los lleva demandando desde hace un año, el mismo tiempo que el canciller alemán, el socialdemócrata Olaf Scholz, se niega a entregarlos. Scholz desconfía del Gobierno de Zelenski y teme que Ucrania pueda usar los misiles para golpear la retaguardia rusa dentro del propio territorio de la Federación Rusa. Con el actual estado del frente, Ucrania podría golpear militarmente en las puertas de Moscú con esos misiles de producción alemana.

La desconfianza de Scholz crece con las recientes declaraciones del presidente de Francia, Emmanuel Macron, en las que se negaba a descartar el envío de tropas terrestre de la OTAN a Ucrania, un extremo que el canciller alemán tardó tan sólo unas horas en desmentir con un mensaje institucional en el que dijo textualmente: “Confíen en mi: no habrá tropas alemanas en Ucrania”. Scholz teme una escalada nuclear entre la OTAN y Rusia. Ese es el contexto en el que se niega a enviar los misiles Taurus a Ucrania. Y, pese a que la realidad desmiente los deseos de nuestros políticos, en el Gobierno alemán sigue cundiendo el mantra de que “Ucrania no puede perder esta guerra”.

“Cualquier niño sabe que con potencias nucleares no se pelea”. Esto me dijo recientemente el coronel del ejército alemán en la reserva Ralph D. Thiele. Lo entrevisté para un reportaje de Deutsche Welle Español sobre el miedo de Scholz a una escalada nuclear y la negativa de Berlín a enviar sus misiles Taurus al campo de batalla ucraniano. Thiele está lejos de ser lo que en Alemania se denomina despectivamente como “Putinversteher”, es decir, un presunto agente del Kremlin en Europa Occidental que compra y difunde la narrativa de Moscú. Thiele trabajó como asesor del Ministerio de Defensa alemán y también de la comandancia de la OTAN, además de aparecer constantemente en medios generalistas de Alemania. Es decir, es una voz autorizada y reconocida en asuntos militares.

Me permito reproducir aquí parte de la entrevista. Me parece de enorme valía para entender el delicado momento que vive Ucrania y cómo hemos llegado hasta el punto de especular sobre una posible guerra directa - y nuclear - entre la OTAN y Rusia.

- Señor Thiele, ¿podrían cambiar los misiles Taurus el rumbo de la guerra en Ucrania?

En cierto modo, sí. Los Taurus podrían escalar la guerra hasta provocar el uso de armas nucleares. Así que sí podrían suponer un cambio radical en el curso de la guerra en Ucrania. Son aquellos que argumentan a favor del envío de Taurus los que los ven como un cambio relevante en favor de Ucrania, hasta el punto de Ucrania pudiese ganar la guerra a Rusia. Pero, ciertamente, no es así.

¿Han entregado otros países occidentales misiles de crucero similares a los Taurus a Ucrania ?


Otros países no han suministrado misiles de crucero o misiles guiados comparables a los Taurus. EE.UU. puede alcanzar fácilmente los 2.000 kilometros con sus misiles de crucero, cuyo alcance ha limitado a unos 150 kilómetros en Ucrania. De hecho, sólo dos países han entregado un misil parecido al Taurus: Francia e Inglaterra, el Scalp y el Storm Shadow respectivamente. Estos vuelan unos 300 kilometros, y eso ya supuso una nueva dimensión. La entrega Taurus ahora significaría que estaríamos doblando el alcance. 

¿Está justificado el miedo de Schlolz a una escalada nuclear?

Está bien fundamentado. Y el problema básico de la discusión es que muchos aspectos de la misión están sujetos a secreto o incluso a alto secreto. Por eso el canciller no siempre puede explicar detalladamente qué razones tiene.

El Taurus es tan preciso porque dispone de bases de datos, porque cuenta con personal formado durante muchos años. Así que, con todos estos son argumentos, en realidad, para utilizar los Taurus con sensatez en la guerra de Ucrania, haría falta una participación alemana. Pero el canciller no quiere iniciar una guerra contra Moscú. En otras palabras, no tenemos la certeza de que el Taurus no se utilizará contra Moscú, y Berlín sólo puede tenerla si los oficiales alemanes están presentes sobre el terreno si finalmente se despliegan los Taurus en Ucrania.

En ese temor a una escalada nuclear, Alemania no cuenta con armamento nuclear propio, a diferencia de Francia y Reino Unido. ¿Puede que esa falta de capacidad disuasión nuclear sea otra de las razones de la prudencia de Scholz?

El paraguas nuclear americano es existencial para nosotros. Los únicos potenciales nucleares que tenemos aquí son los de los británicos y los franceses, y son muy pequeños. Mientras, EE.UU., China o Rusia tienen una cartera muy amplia de armas nucleares. Sus arsenales nucleares son como las teclas de un piano que  se pueden tocar según sea necesario en una situación táctica o estratégica. Así las cosas, es el paraguas nuclear de EE.UU el que nos salva el culo a los europeos, por así decirlo.

¿Deben entenderse las advertencias de Putin sobre una posible guerra nuclear como una ambigüedad estratégica o como una emanaza real?

Durante décadas, hasta los niños sabían que con potencias nucleares no se juega. Yo viví en primera persona la Guerra Fría, de hecho fui testigo cuando cayó el Telón de Acero de cómo un inspector general checo entregaba al comandante en jefe de la OTAN un plan de ataque ruso en el que se detallaba el uso de armas nucleares como algo normal. Ese no es ahora el contexto de nuestra discusión. Nos perdemos en debates peregrinos sobre diferentes variantes militares sin tener en cuenta lo que ello significa para el otro, para el que tenemos enfrente. 

Putin habla en serio sobre el uso de armas nucleares si los intereses vitales de Rusia se ven afectados. Y eso es lo que ha ocurrido con la ampliación de la OTAN hacia las fronteras rusas. Su preocupación de que las fuerzas de la OTAN crucen directamente la frontera rusa e intenten desestabilizar el régimen de Putin es percibido por el Kremlin como una cuestión vital que podría justificar el uso de armas nucleares. Y ahí se insertan las amenazas de un posible envío de tropas de tierra de la OTAN a Ucrania. Yo tomaría en serio las amenazas de Putin. En parte, forman parte de una guerra de información, pero al mismo tiempo son muy serias. Y me parece que todo ello no se refleja lo suficiente en nuestras discusiones occidentales.

¿Se refiere con ese posible envío de tropas de la OTAN a las palabras del presidente de Francia, Emmanuel Macron?

A pesar de que el presidente francés es inteligente, creo que en este caso es ingenuo. Por supuesto que se puede jugar al póquer y es cierto que en un conflicto estratégico hay que mostrar los instrumentos de que se dispone. Pero si el adversario sabe que no se tiene nada a mano, es decir, conoce la debilidad de nuestra capacidad de defensa convencional - no sólo por nuestros medios de comunicación, sino por supuesto también por sus propios servicios secretos -, es ingenuo amenazar ahora con el envío de unas tropas que ni siquiera tenemos.

Mi recomendación sería más bien que nos ocupáramos primero de ampliar nuestras capacidades militares convencionales. Así también podremos entregar más munición y material militar a Ucrania y, al mismo tiempo, comenzaría a explorar la vía de la negociación con Rusia. Creo que estamos siendo imprudentes al descartar la posibilidad de las negociaciones desde un principio.

+++

Estas respuestas son un extracto de una entrevista más amplía realizada para la confección del siguiente análisis para DW Español:


viernes, 17 de noviembre de 2023

La ultraderecha abre un nuevo escenario político en Alemania

Las elecciones regionales de Alemania en Hesse y Baviera del pasado octubre acabaron con dos de los mantras que han marcado el análisis político de Alemania durante los últimos años: que la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) iba camino de convertirse en una fuerza regional del Este del país y que ello supondría el principio del fin del partido fundado en 2013. 

En el estado libre de Baviera, en el sur de Alemania, AfD fue el tercer partido más votado con más del 14% y una mejora de más de cuatro puntos respecto a los últimos comicios regionales bávaros. En el estado federado de Hesse, los resultados de los ultraderechistas fueron incluso mejores: con un 18,5% de los votos – y un avance de más de cinco puntos –, AfD fue segunda fuerza por delante de los socialdemócratas del SPD y los ecoliberales de Los Verdes, y sólo por detrás de los democristianos de la CDU, vencedores electorales. 
 

Estos resultados en dos estados occidentales de la República Federal acaban con la idea de que AfD era sólo un problema de los territorios orientales correspondientes a la antigua República Democrática Alemana, desaparecida con la reunificación del país en 1990. Con diez años recién cumplidos, Alternativa para Alemania confirma que su base electoral es sólida y amenaza con seguir creciendo en un contexto de crisis múltiples que abona el terreno para su discurso antisistema, xenófobo y revisionista de la historia alemana. 

AfD lleva meses anclada en el 20% de intención de voto a nivel federal, según apunta la media de todas proyecciones electorales. Si hoy se votase en Alemania, sería segunda fuerza nivel nacional, sólo por detrás de la unión conservadora CDU-CSU, lo que abre un panorama político similar al que dejaron los comicios regionales de Hesse. Llega por tanto el momento de preguntarse por qué precisamente ahora Alternativa para Alemania, tras años de escisiones, graves crisis internas y altibajos, está alcanzado tales intenciones de voto. 


Confluencia de crisis 

Desde la aparición social y político de AfD en 2013, Europa y el mundo han atravesado diversas crisis: la llamada crisis financiera de 2008 y la resultante gran recesión global, la posterior crisis de deuda y del euro, la "crisis de los refugiados" de 2015, la pandemia del coronavirus, la invasión de Ucrania, con su correspondiente inflación, y ahora la guerra en Oriente Medio. Una de las grandes preocupaciones de los analistas que observan AfD es intentar prever qué los podría llevar hasta las puertas del poder, como ha ocurrido en otros países europeos con otros partidos ultraderechistas. 

Ahora nos encontramos ante el momento de mayor auge del partido ultraderechista alemán más exitoso de la historia de la República Federal y, si nos ponemos algo más catástrofistas, desde la llegada al poder del NSDAP (Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, es decir, el partido nazi) en los años 30 del siglo pasado. La pregunta es: ¿si Alemania, Europa y el mundo han atravesado tantas crisis en las dos últimas décadas, por qué precisamente ahora consigue AfD sus mejores porcentajes de intención de voto, diez años después de su fundación? 

La respuesta es que, en esta ocasión, todas las crisis llegan al mismo tiempo: inflación, crisis energética, desgaste de la clase media, miedo al descenso social y al futuro ante los cantos belicistas que llegan desde los principales centros militares del planeta, una crisis climática que se hace cada vez más presente en cada vez más rincones del planeta, todo ello sumado a un descrédito creciente de los partidos tradicionales alemanes y también del propio sistema democrático, como demuestran recientes estudios de opinión en Alemania. 

Veamos algunos los principales factores de esa confluencia de crisis: 

- Decepción con la 'Coalición Semáforo': la actual coalición gobernante en Alemania, conformada por los socialdemócratas del SPD, los ecoliberales de Los Verdes y los liberal-conservadores del FDP, llegó al Gobierno federal en diciembre de 2021 con el objetivo de transformar el país tras el fin de la 'era Merkel'. Meses después comenzó la invasión rusa de Ucrania con sus consecuencias correspondientes. Desde entonces, la valoración del Gobierno alemán no ha hecho más que descender. En una reciente proyección demoscópica de la televisión pública alemana, sólo el 20% de la población se mostraba "contenta" con el trabajo del tripartito. Ello, sin duda, ha alimentado a la ultraderecha de AfD, considerada ya por muchas personas como la única oposición verdadera al 'establishment’. 

- Miedo a la guerra, la recesión y la inflación: Alemania es un país esencialmente conservador y amante de las certezas. Es difícil encontrar una sociedad en el mundo en la que la palabra "seguridad" tenga tanto peso. Y en el mundo actual, las certezas no abundan. Tras una pandemia y una nueva guerra en suelo europeo, la población alemana ve como su modelo, durante décadas alabado fuera y dentro de la potencia económica europea, renquea. El gas ruso ya no llega, el país está a las puertas de la recesión, la inflación de alimentos y combustible se mantiene alta, la migración se convierte en un elemento fundamental para el futuro de un país con una grave crisis demográfica. Son muchos cambios estructurales de golpe para una sociedad tan conservadora. 

- Respuesta nacionalista y reaccionaria a la crisis social: ese torrente de incertezas está alimentando la narrativa de la ultraderecha y su respuesta reaccionaria a la(s) crisis. Sin duda hay un voto xenófobo y ultranacionalista estructural en AfD, pero difícilmente sirve para explicar el actual auge. La incertidumbre y el miedo respecto al futuro empujan esa respuesta nacionalista y reaccionaria ofrecida por AfD, con un cierre de fronteras y un proteccionismo económico que más que solucionar los problemas de Alemania, los agravaría. 

- Instrumentalización de la "paz": cuesta encontrar en Alemania la palabra "paz" en los discursos políticos predominantes respecto a la situación en Ucrania. En prácticamente todo el arco parlamentario - con la excepción de partes de los poscomunistas de Die Linke - cunde el consenso sobre la actual estrategia occidental respecto a la guerra en Ucrania: es decir, envío de armas para el ejército ucraniano y sanciones contra la economía rusa. AfD es el único partido que se ha desmarcado por completo de ese consenso. Independientemente de si lo hace de manera oportunista o desde el convencimiento, la ultraderecha alemana es el único partido que apuesta por dejar de armar a Ucrania y establecer negociaciones con el Kremlin. Ello está seduciendo a una parte del electorado alemán. 

- Normalización: como en el resto de Europa con otros partidos ultras, en Alemania también está habiendo una cierta normalización de AfD, que ya lleva dos legislaturas y media dentro del Bundestag. Sus mensajes contra minorías, que antes generaban escándalo, van calando en la discusión pública y ya no provocan como antes. Ello no significa que su mensaje esté menos cargado de odio que hace años, sino que el partido ha conseguido normalizar determinadas posturas. La gestión de peticionarios de asilo y de la inmigración, con propuestas cada vez más restrictivas desde partidos considerados de centro y desde la Comisión Europea, es buen ejemplo de ello. A ello hay que sumar que partes de la CDU, incluida su dirección, se abren cada vez más claramente a una cooperación directa o indirecta con los ultras. El llamado "muro de contención" establecido frente a AfD por el resto de fuerzas políticas alemanas cada vez tiene más grietas. 

- Cierre de filas de AfD: Alternativa para Alemania ha sido un partido marcado prácticamente desde su fundación por las luchas internas. Nacido como formación euroescéptica y nacionalista ha evolucionado hacia un partido ultraderechista, cuya fracción más radical - liderada por Björn Höcke, un político cercano a posiciones neonazis - es la más poderosa. AfD ha ido dejando un reguero de cadáveres políticos fruto de esas luchas internas por hacerse con el control del aparato. Y el partido ha escenificado en numerosas ocasiones esas divisiones entre la facción nacionalconservadora y la etnonacionalista, lo que los ha penalizado en las urnas. Esa división es hace tiempo historia de puertas afuera. El partido se muestra unido en el espacio público y ya nadie pone en tela de juicio el poder que Höcke tiene de los cuadros de AfD. 

- Éxitos electorales en el Este: el pasado verano, AfD consiguió su primer cargo público a través deunas elecciones. Fue en el distrito de Sonneberg, en el sur del estado federado de Turingia. AfD está precisamente liderada allí por Björn Höcke. AfD ganó la segunda vuelta de los comicios para elegir al administrador del distrito a pesar de que el resto de partidos había pedido el voto para el otro candidato, de la CDU. Días después, el partido ultraderechista también ganó la alcaldía de un pequeño pueblo de Raguhn-Jeßnitz, en el estado de Sajonia-Anhalt, también en Alemania oriental. Estos éxitos electorales a nivel local ayudan a normalizar aún más a un partido que cada vez más gente observa como "normal" y votable, como demuestran las proyecciones demoscópicas. 


Las (posibles) consecuencias 

La actual fortaleza de AfD abre, por tanto, un nuevo escenario en Alemania de consecuencias todavía inciertas. La primera consecuencia más clara es la fundación del partido Alianza Sarah Wagenknecht. La exparlamentaria de Die Linke lanzó recientemente su formación, que llevaba meses haciéndose esperar. Con un discurso de izquierda en lo económico y conservador en cuestiones identitarias o migratorias – “Por el sentido común y la justicia” es su lema –, el lanzamiento del partido de Wagenknecht se ha visto acelerado por el auge electoral de AfD. El partido nace, entre otros objetivos, con la vocación de robar votantes a AfD entre los electores decepcionados con los partidos tradicionales que votan a los ultras no tanto desde la convicción ideológica sino como señal de hartazgo. 

Esta nueva fragmentación del tablero electoral augura, además, una aún mayor dificultad para formar coaliciones de Gobierno en Alemania. El actual tripartito gobernante no es más que el producto de un panorama político fragmentado con seis partidos a nivel federal en el que todas las formaciones se niegan a pactar con la ultraderecha de AfD a nivel federal y regional. Este “muro de contención” frente a la ultraderecha tiene, sin embargo, brechas que amenazan con abrirse cada vez más si AfD se mantiene en el 20% de intención de voto o incluso sigue avanzando. 

La pregunta a estas alturas no es si la CDU colaborará políticamente con AfD, sino por qué no debería hacerlo. La llamada crisis de Turingia en 2019 – en la que la CDU y AfD votaron conjuntamente por un candidato minoritario del FDP como alternativa a un Gobierno regional liderado por Die Linke – fue sólo el primer aviso de que el “cordón sanitario” difícilmente aguantará si los actuales niveles de intención de voto a AfD se consolidan a largo plazo en Alemania.

Análisis publicado por Esglobal.org.

lunes, 9 de octubre de 2023

¿Apoyó Alemania el golpe contra Allende?

Marzo de 2019. Un grupo de periodistas de investigación alemanes llega a Santiago de Chile para consultar el Archivo Nacional del país sudamericano. Poco antes, habían sido liberados miles de documentos sobre la dictadura chilena y también sobre el rol de Colonia Dignidad, una secta alemana colaboracionista con el pinochetismo.

Los periodistas, del canal público MDR, sabían que el Archivo Nacional chileno contenía cientos de miles de fichas y documentos de la secta alemana, así como del archivo personal de Paul Schäfer, su líder. Schäfer había sido un colaboracionista con la dictadura chilena y Colonia Dignidad, un lugar en que se torturó y ejecutó a detenidos por el régimen de Pinochet tras el golpe de Estado contra el Gobierno de Salvador Allende el 11 de septiembre 1973. 

Como confirma Christian Bergmann, uno de los periodistas alemanes que accedieron a los documentos, Schäfer era muy desconfiado y ordenó registrar todas las comunicaciones que salían y entraban de Colonia Dignidad, lo que permite ahora “tener acceso a acuerdos casi secretos”. El historiador y experto en la secta alemana, Jan Stehle, considera que el archivo de Colonia Dignidad es "el mayor archivo sobre la represión en Chile que hasta ahora se ha encontrado en Chile”.

El archivo de Colonia Dignidad confirma el ya sabido colaboracionismo de la secta con los golpistas y la dictadura chilena. Pero los periodistas alemanes encontraron algo más: indicios de que el Bundesnachrichtendienst - BND por sus siglas en alemán, es decir, los servicios secretos de la República Federal – pudo haber enviado armas a Colonia Dignidad como parte de los preparativos para el golpe contra Allende, como publicaron en un reportaje días antes del 50 aniversario del golpe de Estado contra Allende.

Los periodistas de MDR encontraron referencias a la presunta implicación de órganos estatales de la República Federal alemana, que podrían haber usado sus contactos con un traficante de armas para hacer llegar armamento a Colonia Dignidad antes del golpe de Estado de Pinochet.  Lo encontrado hasta ahora en el Archivo Nacional de Chile no demuestra de forma concluyente que el BND estuviera implicado en la entrega de armas para los golpistas. Sí abre, sin embargo, una nueva puerta de investigación sobre las conexiones entre Colonia Dignidad, la dictadura pinochetista y los servicios secretos alemanes.

“La pregunta que abre ese reportaje es cuánto sabía el BND de esto. El periodista del reportaje llamó al armamentista al que Colonia Dignidad encargó un envío de armas y este armamentista contestó que él no podía hablar del asunto antes de que el BND le diera permiso para ello”, dice el historiado Jan Stehle. "Eso, creyendo a ese personaje, significaría que el BND estaba al tanto de estos envíos. Y yo pienso que esto es perfectamente posible, pero no lo podemos confirmar como investigadores hasta que tengamos acceso a la documentación del BND que aún está clasificada.”


¿Qué es y cómo funciona el BND?

Oficialmente, el Bundesnachrichtendienst fue fundado en 1956. El origen de los actuales servicios secretos alemanes se remonta, no obstante, a 1945, poco después de la derrota militar de la Alemania nazi. Un grupo de oficiales del ejército alemán ofreció entonces sus servicios a la inteligencia militar estadounidense que ocupaba una parte de la Alemania dividida. La influencia de los servicios secretos de Estados Unidos en la inteligencia de la República Federal es, por tanto, evidente. 

El BND es actualmente uno de los tres servicios de inteligencia con los que cuenta Alemania. Dependiente directamente del Gobierno federal, la misión del BND es obtener información militar, económica, técnica y política más allá de las fronteras de la República federal. Con 6.500 empleados, es el servicio de inteligencia con más recursos del país.

Oficialmente, el BND está sujeto al control de comisiones parlamentarias, una comisión independiente, al control del Comisionado Federal para la protección de datos y libertad de información, al del Tribunal de Cuentas y a la cancillería federal. Sin embargo, es sabido que los servicios secretos tienen cierta autonomía y métodos para actuar al límite de la ley y - a veces - incluso fuera de ella, como demuestran por ejemplo las escuchas de la NSA estadounidense a Angela Merkel cuando todavía era canciller alemana. En el caso del golpe en Chile, ¿podría haber actuado el BND a espaldas del entonces gobierno del canciller socialdemócrata Willy Brandt?

“Los servicios secretos tienen un cierto espacio libre, eso es muy claro, pero son instrumentos de un gobierno, dependen del gobierno” opina el historiado Holger Meding. "En Alemania, dependen y dependían de la cancillería, no son una institución completamente libre, aunque tengan espacio libre. En el caso de un golpe de Estado o de un suministro de armas, es muy difícil actuar con sin el consentimiento de un gobierno”, dice Meding, que conoce bien al BND. Forma parte de la llamada comisión independiente de historiados del BND, que tuvo acceso a los archivos de los servicios secretos 
y publicamos el libro Die Auslandsaufklärung des BND. Operation, Analysen, Nertwerke. 

El contexto histórico

Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y la fundación del BND, los nuevos servicios secretos comenzaron a establecer redes en todo el mundo, también en Latinoamérica. El contexto político en esa región estaba marcado por la Guerra Fría y la influencia de los dos grandes bloques: el soviético, por una parte, y el occidental con Estados Unidos a la cabeza, por otra. En este último estaba encuadrada la República Federal de Alemania. 

El anticomunismo fue entonces la principal base de las actividades del BND en América Latina, como demuestran numerosos estudios históricos. Y dentro de ese anticomunismo, los servicios secretos de Alemania occidental no dudaron en contar con la colaboración de antiguos criminales de guerra nazis. “Muchos de los agentes del BND tenían un pasado nazi, como miembro de partido, como miembro del servicio secreto durante la Segunda Guerra Mundial, como miembro del aparato represivo del Tercer Reich. Este pasado es muy bien conocido”, apunta el profesor Meding.

Los antiguos nazis, colaboradores del BND, tuvieron una evidente afinidad ideológica con dictaduras militares latinoamericanas, como la de Pinochet en Chile. Alguno de ellos, como por ejemplo Walter Rauff, incluso tuvo contacto y colaboración directa con el dictador chileno. Medios alemanes describen a Rauff como “el padrino alemán” de Pinochet. Rauff fue dirigente de las SS y responsable directo del Holocausto y los crímenes del nacionalsocialismo.


El archivo del BND

El antes mencionado libro sobre el BND, coescrito por el historiado Holger Meding, tiene casi mil páginas. Es el primero y hasta ahora único estudio sistemático sobre las actividades del BND basado en los archivos del mismo servicio secreto. El BND decidió encargárselo a una comisión de historiadores que pudieron consultar los archivos del BND, pero sólo hasta el año 1968. 

Sin embargo, y como reconoce el propio profesor Meding, los historiados no pudieron publicar toda la información consultada. “Nosotros teníamos pleno acceso a todos los documentos, pero no tuvimos la posibilidad de publicar todo. Hubo una censura final y yo he sufrido mucho de esta censura. Me han quitado un capítulo entero y muchas informaciones que no puedo ahora divulgar”, reconoce el historiador.

La parte dedicada a Latinoamérica incluye capítulos sobre las actividades del BND en Argentina, Guatemala, Cuba, Venezuela o Brasil, pero ninguno sobre Chile, a pesar de la evidente actividad del servicio secreto en el país sudamericano antes y después del golpe de Estado contra el Gobierno de Allende. Esa ausencia llama poderosamente la atención. El acceso a los archivos del BND posteriores a 1968 será clave - si es que se acaba permitiendo - para poder contrastar la información recientemente encontrada por el canal público alemán MDR en el Archivo Nacional de Chile.

El problema reside en el marco legal actualmente existente en la República Federal: la ley permite al BND censurar qué parte de sus archivos puede ser publicada si esto sirve oficialmente para proteger fuentes de información o métodos de espionaje usados por el servicio secreto. "El estudio de Holger Meding muestra, sin embargo, que el único secreto de Estado entre comillas que querían proteger era el hecho de que estaban compinchados con criminales de guerra nazis”, responde Stenfa Rinke, historiador del Instituto de Estudios Latinoamericanos de Berlín.

La intransparencia sobre archivos relacionados con el papel jugado por los servicios secretos alemanes en la década de los 70 en los países latinoamericanos que fueron víctimas de dictaduras militares genera aún más preguntas y dudas. La pelota está en el tejado de la cancillería federal alemana.