miércoles, 2 de septiembre de 2015

Penúltima parada, Heidenau

La familia kurdo-siria de los Suleiman, frente al centro de acogida de Heidenau. Andreu Jerez ©
Un año y dos meses de viaje, y un presupuesto de 5.000 euros. Es lo que le costó a Ahmed llegar a Europa. Primero viajó de Yemen a Turquía, después, de Turquía a Grecia en patera, y, por último, de Grecia a Alemania en camión a través de los Balcanes y Hungría. Ahmed es un joven yemení de Saná que espera ahora sentado estoicamente frente al centro de acogida de refugiados recién inaugurado en la pequeña de Heidenau, cerca de Dresde, la capital del Estado federado de Sajonia. Espera a poder solicitar su estatus de refugiado para iniciar una nueva vida en Alemania. 

“Dejé mi país huyendo de la guerra y de la corrupción. Nada funciona en Yemen y además no es seguro”, explica Ahmed en perfecto en inglés. Licenciado en idiomas extranjeros por la Universidad de Saná, este joven de 25 años asegura que además de la guerra civil que sacude Yemen, la corrupción es tan galopante que incluso la beca que le pertocaba por ser el mejor estudiante de su promoción fue vendida a un hijo de una familia rica. 

Tráfico de personas

Todas las historias de los alrededor de 600 refugiados que viven en el centro de acogida de Heidenau son similares a la de Ahmed: la mayoría llegó a Grecia procedente de Turquía o del norte de África. Todos los refugiados que acceden a hablar reconocen haber pagado a redes de tráfico de personas para llegar ilegalmente a Austria escondidos en camiones u otros transportes. 

Da igual si los refugiados vienen de Siria, Irak, Afganistán o Yemen: prácticamente todos atravesaron la porosa frontera en Siria y Turquía. Algunos trabajaron ilegalmente durante unos meses en Turquía para acumular el dinero que les faltaba para cruzar los Balcanes y llegar a Austria: alrededor de 1.000 euros por cada adulto, y la mitad por cada niño. 

Así lo hicieron el sirio Mohammed, el kurdo Walid, Ismael y su hijo Maan, de seis a años, y el yemení Jimmy. Son sólo algunos de los nombres de las miles de personas que han aparecido en los informativos de televisión durante las últimas semanas intentando cruzar a pie la frontera entre Macedonia y Grecia. Los refugiados llegados la pasada semana a Heidenau lo consiguieron. Muchos otros se dejaron la vida por el camino. 

El periodista kurdo-sirio Suleiman. Andreu Jerez ©
15.500 euros. Esa fue la cifra total que pagó Suliman para conseguir llevar a su mujer y a sus dos hijos desde Damasco hasta Alemania. Este periodista kurdo-sirio prefirió arriesgar la vida de toda su familia a seguir viviendo en la capital siria, cercada por la guerra civil que ha destruido el país árabe. Se lo jugó todo a una carta, y ya ha conseguido lo más difícil: llegar a su destino soñado, Alemania. El siguiente paso es conseguir el estatus de refugiado para él y su familia. 

Si todo va como han planeado, el yemení Ahmed y los Suleiman pronto pasarán engrosar el grupo de personas que ya ha conseguido este año el estatus oficial de refugiado en Alemania. Hasta el pasado julio, Alemania recibió casi 220.000 peticiones de asilo. Sólo 50.000 de ellas fueron aceptadas. El Ministerio del Interior alemán ya ha dicho que para este año espera la llegada de 800.000 refugiados. 

Las previsiones conservadoras del Gobierno federal sobre la llegada de refugiados dan margen a especular con más de un millón. Sea cual sea la cifra definitiva, una cosa es segura: las 438.191 peticiones de asilo registradas en 1992, en plena guerra de Bosnia y tras la disolución de la Antigua Yugoslavia, serán superadas con creces durante 2015. 

Xenofobia estructural 

El pasado fin de semana fue extraordinariamente tranquilo en Heidenau, a pesar de que los precedentes presagiaban tormenta: hace poco más de una semana, la pequeña localidad sajona fue escenario de unos disturbios de corte xenófobo que recordaron a los pogromos contra extranjeros vividos en Alemania del Este a principio de los 90

Pese a que es evidente que en Estados germanoorientales como Sajonia, Sajonia-Anhalt Mecklemburgo-Pomerania Occidental o Brandeburgo hay unas fuertes estructuras de extrema derecha que rechazan de plano la presencia de refugiados, no es menos cierto que también hay una sociedad civil organizada que intenta contrarrestar esa xenofobia militante. 

Durante la mañana del pasado domingo, decenas ciudadanos alemanes acudieron al centro de acogida de Heidenau para llevar comida, juguetes y ropa a los refugiados. Fue el caso de la familia Böhme. Residentes en Dresde, decidieron acercarse hasta el centro de refugiados para llevar ropa de invierno para cuando lleguen los meses de frío.

El yemení Jimmy, a la derecha, y su compañeros de viaje son todo esperanza. Andreu Jerez ©

Peter, el padre, no tiene dudas de que la ola de violencia que sufre Alemania desde hace semanas es esta vez diferente: “Hay una diferencia fundamental entre la oleada xenófoba de principios de los 90 y la actual. Ahora, en Alemania oriental no vivimos la crisis económica sufrida aquí tras la reunificación. A la gente le va bien, el desempleo se ha reducido enormemente. Definitivamente, esta ola de violencia está relacionada con un racismo estructural y latente, y no con problemas sociales internos del país”.

Reportaje publicado en ABC.es.

lunes, 24 de agosto de 2015

Ola de violencia xenófoba en Alemania

Son imágenes que se han convertido en habituales en los informativos y diarios de Alemania durante este verano: grupos de neonazis y militantes de extrema derecha, mezclados con ciudadanos que apoyan y justifican la presencia de los xenófobos, se reúnen ante los centros de refugiados para amedrentar a los peticionarios de asilo. En algunas ocasiones, los manifestantes incluso atacan con piedras y cócteles molotov los centros pese a la presencia de policías antidisturbios. Otras veces, los ataques se producen por la noche y sin previo aviso. 

Alemania está viviendo un verano caliente. Algunos incluso lo comparan con el vivido en 1992, cuando la oleada de refugiados llegados a Alemania huyendo de la guerra de los Balcanes acabó desembocando en una serie de pogromos contra extranjeros y refugiados en el este del país. Imágenes de vergüenza en la historia moderna de Alemania, tal y como apuntan la prensa y los políticos del país; y unas imágenes que despiertan los fantasmas del racismo latente en buena parte de la sociedad germana, especialmente de algunas regiones del Este del país, donde los movimientos y partidos de extrema derecha tienen históricamente un fuerte enraízamiento. 

Heidenau 

La actual ola de violencia xenófoba ha alcanzado este fin de semana una nueva cota: cientos de neonazis se enfrentaron a la policía durante dos noches consecutivas frente a una centro de acogida de refugiados situado en la ciudad de Heidenau, cerca de Dresde, la capital del Estado oriental de Sajonia. Decenas de agentes de policía resultaron heridos. Las imágenes de cócteles molotov y piedras, regadas con eslóganes racistas, recuerdan mucho a las de Rostock-Lichtenhagen, un barrio de la ciudad norteña en el que una turba de ultraderechistas, neonazis y ciudadanos desencantados con la dura situación económica que se vivía en la región tras la reunificación del país atacaron un centro de acogida a finales de agosto de 1992.


En esta ocasión, uno de los detonantes de los enfrentamientos fue la convocatoria de una marcha por el partido neonazi NPD (Partido Nacionaldemócrata de Alemania), una de las formaciones políticas que intenta obtener capital político con la enorme llegada de refugiados durante este año. Una llegada que se mantendrá durante 2015: el Ministerio de Interior alemán informó esta misma semana que prevé que el año cierre con la cifra récord de 800.000 solicitudes de asilo. El vicecanciller alemán, el socialdemócrata Sigmar Gabriel, no dudó este domingo en calificar la ola de inmigrantes como el mayor reto que afronta el país desde su reunificación en 1990. 

Der III. Weg

Aunque la presencia de la extrema derecha en los territorios orientales correspondientes a la desaparecida República Democrática Alemana es históricamente muy fuerte, el resto del país tampoco se salva de la nueva ola de violencia xenófoba. Un ejemplo: el incendio probablemente provocado este agosto en una pensión de la localidad bávara de Reichertshofen en la que estaba previsto alojar a refugiados. Aunque todavía no se ha esclarecido lo ocurrido, la Fiscalía alemana sospecha que el partido de extrema derecha Der III. Weg («La tercera vía», en alemán) está detrás del incendio. La Fiscalía ve al partido como un elemento peligroso que contribuye a crear un ambiente de violencia contra refugiados y extranjeros. 

Un vistazo al programa político de Der III. Weg no deja lugar a dudas: la formación persigue la creación de «socialismo alemán» (una eufemística referencia al nacionalsocialismo del Tercer Reich erigido por Adolf Hitler); el «mantenimiento de la identidad nacional del pueblo alemán», en presunto peligro por «el abuso del derecho de asilo»; el «desarrollo de la sustancia biológica del pueblo» y la «recuperación de las fronteras soberanas» previas al fin de la Segunda Guerra Mundial porque, como dice el partido neonazi, «Alemania es más grande que la República Federal Alemana». 

Como apuntan algunos observadores de este nuevo partido ultraderechista, Der III. Weg tiene presencia tanto en Alemania occidental como en territorios orientales. Un dato que apunta que la ola xenófoba contra los refugiados es territorialmente transversal y un fenómeno violento que amenaza a todo el país por igual.

Artículo publicado en ABC.es.

viernes, 7 de agosto de 2015

El fantasma de la violencia xenófoba recorre Alemania

Dos cifras han hecho saltar estas últimas semanas las alarmas en Alemania: el país recibió más 179.000 peticiones de asilo por parte de refugiados durante los primeros seis meses de 2015. El número de peticionarios de asilo superó levemente las 202.000 peticiones durante todo el pasado año. Paralelamente, en 2014 y en lo que va de 2015 se han registrado 348 ataques xenófobos a refugiados. Solo este año, la cifra oficial de agresiones protagonizadas por grupos de extrema derecha ya asciende a 173, y está a punto de superar la cifra total de agresiones documentadas a lo largo de 2014 (175). 

Recientemente, un coche de un político local de La Izquierda que trabaja en la acogida de refugiados sufrió un atentado en los suburbios de la ciudad de Dresde. La capital del Estado de Sajonia se ha convertido a lo largo de este año en el centro de peregrinación de los participantes en las marchas de Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente), un movimiento de claro corte nacionalista y islamófobo en el participan tanto militantes de la extrema derecha alemana y neonazis como ciudadanos descontentos con la situación del país y contrarios a la llegada de más inmigrantes. 

Con esas estadísticas e informaciones sobre la mesa, los medios ya han comenzado a establecer comparaciones entre la actual situación y la vivida a principio de la década de los 90: recién caído el Muro de Berlín y con la reunificación del país todavía fresca (y acompañada por el cierre de fábricas y despidos masivos de trabajadores en el Este de Alemania tras la equiparación monetaria), los antiguos territorios de la República Democrática Alemana vivieron una oleada de ataques a extranjeros y refugiados que en algunas ciudades desembocaron en auténticos pogromos. 

Rostock-Lichtenhagen 

Fue el caso de Rostock: en el barrio de Lichtenhagen de la ciudad del noreste de Alemania, un turba de militantes ultraderechistas y neonazis, mezclados con ciudadanos que miraban y aplaudían, provocaron disturbios de corte xenófobo durante un largo fin de semana de finales de agosto de 1992. La turba acabó atacando con piedras y cócteles molotov un edificio en el que vivían trabajadores extranjeros vietnamitas invitados por el Gobierno de la ya desaparecida RDA. Milagrosamente, nadie murió, pero la historia reciente de Alemania quedó irremediablemente manchada. Una mancha imposible de borrar y narrada ahora por la película «Wir sind jung, wir sind stark» («Somos fuertes, somos jóvenes»), estrenada a principios de este año.


«Nos se puede decir que nos encontremos ante una situación de violencia similar a la vivida a principios de los 90, pero lo que sí que vemos es la consolidación de una opinión pública abiertamente racista en partes de la sociedad. A ello contribuyen declaraciones como las de Horst Seehofer, en las que diferencia entre 'refugiados buenos' y 'refugiados malos'», asegura Joschka Fröschner, trabajador social de una oficina de ayuda a víctimas de la violencia racista del Estado germanooriental de Brandeburgo. 

Fröschner hace referencia a las reiterativas declaraciones del líder de los socialcristianos bávaros de la CSU. Seehofer ha repetido durante los últimos meses que los refugiados e inmigrantes procedentes de los Balcanes (muchos de ellos gitanos) están abusando del derecho a pedir asilo en Alemania. El líder socialcristiano incluso ha llegado a plantear el establecimiento de campos de refugiados para poder expulsarlos del país con mayor rapidez. 

Autoridades desbordadas 

Los centros de acogida de Berlín y las autoridades que se encargan de procesar las peticiones de asilo hace tiempo que están desbordados. Así lo advierte Nora Brezger, del Consejo de Refugiados de Berlín, que apunta que el personal y los recursos son insuficientes teniendo en cuenta el enorme flujo de extranjeros que no cesará en los próximos meses. 

Previsiblemente, Alemania recibirá a lo largo de este año más de 400.000 peticiones de asilo. Esa cifra incluso podría superar el récord de 438.000 registrado a principio de los 90 debido a la llegada masiva de ciudadanos de la antigua Yugoslavia que huían de la guerra de los Balcanes. La inacción de la política y una deficiente infraestructura de acogida, sumadas al racismo latente en parte de la sociedad, desembocaron entonces en unas imágenes de violencia xenófoba que despertaron los peores fantasmas de la historia moderna de Alemania.

Reportaje publicado en ABC.es.

viernes, 17 de julio de 2015

Srebrenica, una ferida oberta al cor d'Europa

Un home resant enmig dels taüts abans de ser enterrats a Potocari. Carles Palacio.
A part d'un rellotge de paret que pareix que fa anys que no funciona, la sala d'estar de la casa d'Irvin Mujcic a Srebrenica està plena de referències a l'antiga Iugoslàvia: imatges del mariscal Tito, fotos que immortalitzen moments de felicitat familiar d'abans de la guerra, calendaris d'un país que ja no existeix, una imatge de l'antic equip de futbol de Srebrenica. Entre els jugadors, s'hi pot veure el desaparegut pare d'Irvin. Aquest bosnià musulmà de 28 anys, exemple clar de l'anomenada iugonostàlgia, va perdre el seu pare al genocidi perpetrat per les forces serbobosnianes de Ratko Mladic el juliol de 1995. Irvin també va perdre 25 familiars més durant el primer genocidi comès a Europa des de la fi de la Segona Guerra Mundial. 

La neteja ètnica portada a terme per l'exèrcit de la República Sprska (entitat sèrbia dins de Bòsnia i Hercegovina) a la zona de Srebrenica és un paradigma de la brutalitat de la guerra civil que van patir els Balcans després de la dissolució iugoslava: una vegada conquerit l'enclavament de Srebrenica, aleshores de majoria musulmana i declarada zona protegida per les Nacions Unides, l'onze de juliol del 1995, Mladic va ordenar als seus homes que continuessin avançant fins a la localitat de Potocari, dins la municipalitat de Srebrenika, on hi havia el destacament d'un parell de centenars de cascs blaus.

Allà, s'hi havien refugiat més de 25.000 persones bosnianes musulmanes procedents de tota la vall del Drina que escapaven de l'avanç de les tropes serbobosnianes. Esperaven rebre la protecció dels cascs blaus. No va servir de res. Davant la passivitat de la comunitat internacional, Mladic va ordenar separar tots els menors i homes d'entre 12 i 70 anys, prop de 8.000, que van ser executats sistemàticament durant els dies següents. La resta de població musulmana va ser deportada o va fugir a peu a través de les muntanyes.

El Tribunal Penal Internacional per l'Antiga Iugoslàvia (TPIY) va sentenciar, el 2004, que l'objectiu de l'operació ordenada per Mladic va ser netejar ètnicament la regió. El govern serbi ha condemnat "amb claredat el crim horrorós" de Srebrenica, però es nega a qualificar-lo de genocidi. L'horror viscut a Srebrenica ara fa vint anys ha esdevingut un símbol de la guerra de Bòsnia (1992-1995): al llarg d'aquest conflicte armat que va tenir lloc al cor dels Balcans, sovint, l'objectiu de les diferents comunitats (bosniana musulmana, croata bosniana –catòlica– i serbobosniana –ortodoxa) va passar de ser vèncer l'enemic a ser, també, fer-lo fora dels territoris que consideraven seus per drets històrics i de sang, un cop desapareguda l'autoritat superior iugoslava.

Viure amb l'horror

Irvin no té problemes per explicar els seus records de la guerra. Ho fa amb calma, sense exaltar-se ni mostrar indicis d'odi, però amb una tristesa evident en la mirada, una expressió comuna a Srebrenica. Irvin sembla haver après a viure amb els records de l'horror. Tant és així que, el desembre passat, aquest jove de 28 anys crescut a Itàlia va decidir mudar-se a la casa familiar de Srebrenica. Després de ser destrossada i ocupada per les forces serbobosnianes, feia anys que estava abandonada. Irvin es va ocupar de rehabilitar-la tot sol per poder-hi viure. Avui, és l'únic membre de la família a Srebrenica.

Tornar a les seues arrels no va ser una decisió fàcil. La ciutat està situada dins la República Srpska, entitat governada i habitada majoritàriament per població serbobosniana dins les fronteres del fràgil Estat de Bòsnia i Hercegovina, nascut després que, el 1995, se signés la Pau de Dayton, un acord de pau forçat pels Estats Units. Centenars de milers de persones bosnianes musulmanes van abandonar les seves cases durant el conflicte i només una minoria va decidir tornar a l'est de Bòsnia i Hercegovina quan les armes van callar. "Srebrenica és el meu lloc, però, al mateix temps, no ho és", diu Irvin. El jove té assumit que no viurà molt temps ací: Srebrenica ja no és –i difícilment tornarà a ser– la ciutat d'abans de la guerra.

La Mars Mira és una marxa de commemoració de les víctimes de Srebrenica​ que, en molts trams, passa entre zones minades. Andreu Jerez
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