lunes, 14 de abril de 2014

Armas alemanas para el mundo

El comercio mundial de armas no entiende de crisis: creció un 14% entre 2009 y 2013. Dentro de esa lógica exportadora armamentística, la llamada locomotora económica europea ocupa la tercera posición mundial.

Así lo indica el último informe anual del Instituto Internacional de Estudios para la Paz (SIPRI) con sede en Estocolmo. Aunque Alemania redujo sus exportaciones de armas un 24% durante el último lustro, la industria armamentística germana continúa acumulando el 7% del mercado global de armas y mantiene así la tercera posición, sólo por detrás de Estados Unidos (30%) y Rusia (26%), pero incluso por delante del gigante chino (5%).

Aunque esa cifra encaja bastante bien en la lógica económica de un país que basa más del 50% de su PIB en las exportaciones, que Alemania sea uno de los principales exportadores de armas del mundo no casa con la retórica oficial utilizada por su diplomacia desde del fin de la Segunda Guerra Mundial: prudencia en guerras y agresiones unilaterales como la invasión de EE.UU. a Irak.

Pero una cosa son las cifras y los discursos oficiales y otra, las prácticas reales de las elites políticas y económicas. El caso de los fusiles G36 de la empresa Heckler & Koch, encontrados hace tres años en manos tanto de miembros de la delincuencia organizada como de los llamados grupos de atodefensa en México, son un claro ejemplo.

La ley de la República Federal Alemana establece que la industria armamentística del país no puede exportar a países o regiones en crisis o en guerra. Por eso, para exportar armas o la tecnología necesaria para fabricarlas, las empresas del ramo necesitan licencias otorgadas por el Gobierno federal. ¿Cómo puede ser, por tanto, que fusiles de asalto del modelo G36 de Heckler & Koch terminasen en Guerrero, uno de los Estados federados mexicanos más golpeados por la llamada "guerra contra el narcotráfico", que ya ha dejado más de 100.000 muertos desde de 2005, según cifras del propio Gobierno mexicano?

En busca de respuestas

La conferencia "Dependencias violentas", organizada recientemente en la capital alemana por el grupo México vía Berlín, intentó dar respuesta a esa y otras preguntas. Con la participación de expertos, periodistas especializados, académicos e investigadores, la principal conclusión fue: Alemania dice una cosa ante la comunidad internacional, pero hace otra a la hora de firmar los millonarios contratos de venta de armas. Y lo hace sin considerar seriamente las consecuencias de su modelo exportador.

"El Gobierno federal olvida que la exportación de armamento tiene un efecto de larga duración. Un fusil como el G36, por ejemplo, puede ser utilizado durante décadas, mientras que las decisiones políticas suelen tener una caducidad de cinco años o incluso menos. Que el fusil cayera en manos de criminales mexicanos demuestra que la estrategia de Alemania de intentar fortalecer al Estado mexicano no sólo fracasó, sino que además contribuyó al aumento de la violencia". El que habla es Hauke ​​Friedrichs, periodista especializado en temas de seguridad y colaborador habitual del prestigioso semanario Die Zeit.

Asumiendo el rol de abogados del diablo, algunos de los asistentes a la conferencia preguntaron si hay alternativas realistas a los millonarios negocios que las empresas armamentísticas germanas cierran fuera de las fronteras de la Unión Europea. "En Europa, un mercado clave para los fabricantes de armas alemanes, el negocio peligra. Esto obliga a la industria del país a exportar más para no caer en la decadencia económica", asegura Alexander Lurz, experto en armamento y asesor del partido opositor Die Linke ("La Izquierda"). "Ante esta situación, el Gobierno alemán tiene dos opciones: fomentar la venta de armas a otros países o poner en marcha programas de reconversión industrial".

Una industria con historia

Carlos A. Pérez Ricart es uno de los fundadores de México vía Berlín. Este estudiante de doctorado y politólogo mexicano no tiene dudas: Alemania vendió ilegalmente armamento "sobrante" de la Segunda Guerra Mundial a países en conflicto entre 1964 y 1975. Su investigación titulada MEREX AG o la frontera de lo (i)legal en la política alemana de exportaciones de armamentos apunta que Alemania vendió armas incluso a bandos enfrentados en un mismo conflicto, como los ejércitos de India y Pakistán en 1965.

El informe, basado en documentos desclasificados de la CIA, coloca a la empresa MEREX AG, fundada por el exmilitar nazi Gerhard Mertin y protegido entonces por los servicios de inteligencia del Estado alemán occidental, en el centro neurálgico de una red de contactos y empresas fantasmas que se encargaba de realizar las ventas de armamento que la ley alemana no permitía. "En esas operaciones participaron los servicios secretos del país para deshacerse de arsenal de la Segunda Guerra Mundial a precio de mercado", asegura Pérez Ricart.

Todo ello, en palabras del politólogo mexicano, pone en evidencia "la contradictoria política exterior alemana durante la segunda mitad del siglo XX y la delgada línea entre la legalidad y la ilegalidad" que caracteriza el mercado mundial de exportación de armas, del que la industria alemana sigue siendo líder destacado.

P.D.: reportaje publicado originalmente en catalán en el número 357 de Setmanari Directa. La versión en catalán la podéis leer íntegramente haciendo click sobre la siguiente foto.

martes, 25 de febrero de 2014

El mercado es insustituible

"La concentración de poder en manos privadas provoca que la política deje de ser soberana, que la democracia sea vacíada y que los mercados dejen de funcionar."

"Marx pensaba que la economía podía y debía ser completamente planificada para evitar crisis. Eso era una idea comprensible entonces, con el bajo nivel de consumo de aquel tiempo. Pero la actual economía altamente diversificada no permite la completa planificación."

"Tanto mercado como sea razonable. (...) Evidentemente, todo se puede someter al libre mercado, también la educación, el agua y la sanidad. La cuestión es cuán regulado debe estar el mercado para que funcione. (...) Los mercados hacen a los grandes más grandes y provocan la desaparición de los pequeños."

"Considero a los mercados algo insustituible."

"Necesitamos reglas que eviten que los bancos se conviertan en tahúres."

Todas estas son citas extraídas de la recomendable entrevista a la líder del partido La Izquierda (principal partido de la oposición parlamentaria en Alemania) Sahra Wagenknecht, recientemente publicada por el diario económico alemán Handelsblatt: en la charla con tres periodistas de la publicación coservadora y liberal, Wagenknecht despliega un discurso que combina una alta preparación intelectual y un pragmatismo político nacido de la reflexión sobre las contradicciones que supone representar los valores de la izquierda (redistribución de la riqueza; de cada uno según sus posibilidades, a cada uno según sus necesidades; etcétera).

El discurso de Wagenknecht me recuerda en cierta manera al del actual presidente de Uruguay, Pepe Mujica, a quien tuve la oportunidad de ver en vivo y en directo en Berlín hace ya unos años: tanto Wagenknecht como Mujica son conscientes de que los mercados no son una concepción ideológica de una determinada perspectiva política sobre cómo deberían ser las sociedades, sino una realidad humana innegable: el mercado formaba ya parte de la plaza pública, era un punto de encuentro de los grupos humanos hace miles de años. 

Tanto Wagenknecht como Mujica saben que el socialismo real se hundió, en parte, a causa de su cerril y dogmática pretensión planificadora de la economía. La economía planificada demostró ser ineficaz e inviable en la URSS y en Cuba, por poner dos claros ejemplos. La izquierda actual que aspira realmente a hacerse con el poder debe, por tanto, redefinir su posición hacia un mercado necesario, pero que también necesita claros límites para acabar con las especulaciones destructivas del actual sistema económico.

En resumen: si la izquierda quiere superar el capitalismo, para ello necesitará del mercado en su versión más productiva y cooperativista, y menos especulativa posible. Un ejemplo de qué pinta podría tener ese modelo es la startup berlinesa Lendico, que pretende poner en jaque el negocio del préstamo bancario y sobre la que recientemente publiqué el siguiente reportaje: 

https://plus.google.com/photos/113438775561754820035/albums/5231378757196873889/5982073918197855858?banner=pwa&pid=5982073918197855858&oid=113438775561754820035

lunes, 17 de febrero de 2014

Cada mesa, un Vietnam

“Puede decirse con seriedad que el periodismo, primera última de todas las cosas, como hubiera dicho Esopo, ha creado a los hombres una vida completamente nueva, llena de progresos, de ventajas y de cuidados. Esta voz de la humanidad que viene cada mañana a nuestro despertar a contarnos cómo ha vivido la humanidad la víspera, proclamando ya grandes verdades, ya espantosas mentiras, pero siempre marcando cada uno de los pasos del ser humano y sonando a todas horas de la vida colectiva…”.

La aristócrata francesa Amandine Aurore Lucile Dupin escribió bajo el seudónimo masculino de George Sand el párrafo que abre este texto durante una estancia en isla de Mallorca entre los años 1838 y 1839. Con la Revolución Francesa todavía muy fresca en la intelectualidad gala de la época, Dupin (o Sand) expone con gran claridad el alto valor que el periodismo (esa labor de saber contar con tino historias más o menos relevantes para el conjunto de la sociedad) tuvo en la modernidad. 

De camino a que se cumplan los 200 años del puñado de líneas trazadas por Dupin, algunos parecen empeñados en enterrar al periodismo, tal y como se hiciera ya con la modernidad, periodo historiográfico en el que la tarea de describir la realidad a través de la razón tanta importancia tuvo en la búsqueda de la verdad. Con la inauguración de la postmodernidad, el concepto de verdad pareció saltar en mil pedazos, al igual que la importancia de su búsqueda. Con el inicio de la postmodernidad, todo se convirtió en relativo y poliédrico. También la verdad, fin último del periodismo honesto. 

El cierre de decenas de medios de comunicación, el consecuente despido de miles de periodistas en todo el mundo y la aparentemente imparable precarización de las condiciones laborales de aquellos profesionales de la información que todavía tienen un puesto de trabajo parecen darle la razón a esas voces agoreras, tan del gusto del relativismo postmoderno, que dan por amortizada la noble profesión de (intentar) explicar a diario lo que ocurre a nuestro alrededor, de hacerse preguntas y de contestarlas a través de más preguntas.

Seguir leyendo el texto en el siguiente enlace: http://santacruz-ic.com/es/issue/ow5/

domingo, 5 de enero de 2014

Sobre guerras secretas e intereses bastardos

La indignación desplegada por el Gobierno de la canciller Angela Merkel y el aparato diplomático de la República Federal Alemana ante el espionaje masivo de Estados Unidos en suelo alemán es puro teatro. Ésa es la conclusión a la que uno llega tras leer el recomendable libro Geheimer Krieg ("Guerra secreta") escrito por los periodistas Christian Fuchs y John Goetz. 

Cuando hace unos meses, y gracias a las filtraciones hechas por el extécnico de los servicios secretos estadounidenses Edward Snowden (todavía refugiado en Moscú a la espera de un salvoconducto), la prensa alemana desveló que EE.UU. había estado interviniendo durante años el teléfono móvil de Merkel, de otros parlamentarios alemanes así como las comunicaciones de millones de ciudadanos residentes en Alemania, el establishment político germano se echó las manos a la cabeza, calificó las escuchas de "inadmisibles" y exigió explicaciones "inmediatas" a Washington. El embajador de estadounidense en Alemania incluso fue llamado a consultas por primera vez en la historia moderna de las relaciones de ambos países. El barrio político de Berlín parecía recuperar así las atractivas esencias de las novelas de espionaje tan típicas de la Guerra Fría.

Tras meses de intensas investigaciones, el periodista estadounidense John Goetz, quien trabaja en Alemania desde hace dos décadas, lo tiene claro: los servicios secretos de EE.UU. ni han dado ni dan un solo paso en suelo alemán sin el beneplácito del espionaje alemán, y por tanto, del Gobierno federal. O mejor dicho: los servicios secretos estadounidenses cuentan con absoluta carta blanca de Berlín para actuar cuando y como crean necesario en territorio germano, básicamente porque Alemania es un elemento fundamental de la política exterior y de seguridad de Estados Unidos y porque "el aparato militar alemán y estadounidense son inseparables, la misma cosa", en palabras del propio Goetz.

De este modo, ¿a qué viene tanta indignación por parte del Gobierno alemán si los servicios secretos y militares de Estados Unidos campan a sus anchas por el territorio de la República Federal desde el fin de la Segunda Guerra Mundial?  Como Fuchs y Goetz apuntan, tanto aspaviento responde más bien a una estrategia política de mero consumo interno: como claramente muestran las encuestas, la ciudadanía alemana ha mantenido y mantiene por razones obvias una postura manifiestamente pacificista desde 1945. Los alemanes se oponen de manera inequívoca a intervenciones militares de su país fuera de sus fronteras. No obstante, y como deja patente la investigación Geheimer Krieg, la silenciosa y mortífera "guerra contra el terrorismo" que la Administración Obama lleva actualmente cabo a través de ataques con drones en países como Afganistán, Pakistán o Somalia sería imposible sin la indispensable colaboración de Alemania, país que sirve de base de operaciones, logística e inteligencia al ejército y a los servicios secretos estadounidenses.


Los sucesivos gobiernos alemanes, ya estuvieran encabezados por socialdemócratas o democristianos (o por ambos, como en la actual Gran Coalición), han desplegado así un doble juego político: con una mano, y ante la opinión pública, se abstienen de apoyar e incluso se oponen a la estrategias belicistas de sus aliados de Washington, mientras con la otra, le conceden a Estados Unidos total libertad y los medios que estén a su alcance para poner en marcha y ejecutar sus políticas de seguridad y sus estrategias bélicas desde suelo alemán.

Pero si el Gobierno federal alemán aplica ese doble juego político, ¿dónde queda la responsabilidad de los representantes democráticamente elegidos por la ciudadanía alemana? ¿De qué sirve el ordenamiento constitucional vigente en Alemania si a final de cuentas el Gobierno federal permite que el ejército estadounidense ordene ejecuciones extrajudiciales de presuntos terroristas y también de decenas de civiles inocentes en Afganistán, Pakistán o Somalia desde bases situadas en Stuttgart o Ramstein? Una de las voces que aparece en el libro de Fuchs y Goetz es Dieter Deiseroth, actualmente juez del Tribunal Federal Administrativo. Deiseroth lo expone con la sutileza diplomática que confiere la jerga jurídica: "Todo gobierno alemán se mueve en los límites de la inconstitucionalidad" cuando permite que se lleven a cabo guerras ilegales desde su territorio soberano.

Los socialdemócratas alemanes, con el apoyo de Los Verdes en el entonces Gobierno de coalición rojiverde, todavía sacan pecho por haberse opuesto a la (ilegal) guerra de Irak impulsada por la Administración de George W. Bush tras los atentados del 11-S. Sin embargo, nada dicen de la pasividad diplomática mostrada entonces por el Gobierno federal sobre el secuestro y las torturas a las que fueron sometidos ciudadanos alemanes inocentes detenidos previamente por Estados Unidos por ser presuntos terroristas. ¿Un ejemplo?: la experiencia de Murat Kurnaz en la cárcel ilegal de Guantánamo narrada en la película 5 Jahre Leben (Cinco años de vida) pone de manifiesto cuán poco le importan al poder político los ciudadanos a los que representa cuando sus derechos entran en conflicto con otros intereses bastardos y absolutamente carentes de legitimidad democrática y moral.